Día de muertos
El famoso certificado médico
Una de las creencias más arraigadas en la zona es que si el muerto ha mantenido durante su vida relaciones carnales con algún miembro de su familia, quien transporta sus fragmentos hasta la cumbre de la fortaleza corre el peligro de morir desbarrancado. Se dice que cuando duerme un hombre que mantiene relaciones carnales con algún miembro de su familia, su espíritu se desprende del sueño y se transforma en un animal desesperado que da sobrecogedores gritos por los lugares que esa persona acostumbra transitar.
EL FAMOSO CERTIFICADO MÉDICO
Pero mi padre sufría también. Principalmente porque no podía asistir a la escuela sin llevar un certificado médico. Porque no podía aprender, o, mejor dicho, perfeccionar mis conocimientos de suma, resta y multiplicación, que parecían ser lo único que tenía valor en la vida. Hasta ahora no comprendo por qué se sulfuraba tanto, entraba en un estado de furia incontrolable cuando me olvidaba que en el resultado final de una suma debía añadirle los dígitos que llevaba de la fila anterior. Por qué me arrinconaba contra una pared para golpearme por olvidar hacer la tarea de sumas y restas para el día siguiente. En estos trances de furia la más dañada resultaba ser mi madre, quien interponía su embarazado cuerpo para impedir que mi padre me siguiera golpeando. «Alfredo ya, Alfredo ya», eran sus palabras. Luego todo volvía a la calma. Mi madre se olvidaba por unos momentos de su malestar y me llevaba a mi pequeña habitación. Me despojaba de mis arneses, ¿por qué razón debían colocar un brazo ortopédico, con su complicado juego de arneses, fierro y cuero, a un niño de tres años?, es una pregunta que hasta el día de hoy no halla respuesta. El apartamento húmedo y oscuro, las destellantes camisas de mi padre, el miedo de mi madre ante un segundo embarazo que podía dar como resultado un niño también anormal, las terribles palizas motivadas por el infinito respeto a las sumas y las restas pueden tener una explicación. Es más, la tienen y es de una simpleza casi vergonzosa. Pero el asunto de la prótesis obtenida gracias a la caridad de un grupo de damas piadosas que dedicaban su tiempo libre a hacer obras de caridad en el Instituto Peruano de Rehabilitación, creo que no admite una interpretación cuerda. Nunca podré olvidar, ya no la parafernalia de estas damas de la guarda que se enorgullecían de ser las promotoras de una prótesis que no tenía ninguna utilidad práctica, sino la pelota que me regalaron en una celebración de Navidad que organizaron en el patio del Instituto. Mi padre me llevó entusiasmado. Había dejado en la casa su alba camisa. Colgada en la misma habitación donde mi madre incubaba sus temores acerca de la criatura por venir. Me dieron esas señoras un boleto con un número. Luego vino el sorteo. Cuando me acerqué vi en una mesa trasera una serie de juguetes que brillaban bajo la luz del sol. Me llamó la atención una locomotora de fierro, de aquellas que cuando se desarmaban evidenciaban que fueron hechas en Japón usando como materia prima los restos de las latas de conserva con que se evitó que durante la posguerra la población muriera de hambre.