Diagnóstico final

Arthur Hailey · Capítulo 13 de 24

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Diagnóstico final

Trece

Vivian permaneció inmóvil… anonadada, sin comprender. Esto no podía ocurrirle a ella; la doctora Grainger debía de referirse a otra persona. Sus ideas se desbocaron. Sí, ¡tenía que ser esto! Habían confundido su ficha con la de otra enferma. Esto ocurría a veces en los hospitales. La doctora Grainger tenía mucho trabajo; podía confundirse fácilmente. Tal vez ahora mismo le estaban diciendo a otra enferma…

De pronto atajó sus pensamientos, aquietándolos, intentando poner orden en su cabeza. No era ningún error, Podía leerlo claramente en la expresión de los semblantes de la doctora Grainger y de Mike Seddons. Ahora la estaban observando, sentados uno a cada lado del lecho del hospital en que yacía Vivian, medio sentada, apoyada en las almohadas apiladas a su espalda.

Se volvió a Lucy Grainger.

—¿Cuándo lo sabrá… seguro?

—Dentro de dos días. El doctor Pearson nos lo dirá…, sea lo que sea.

—¿Y él no sabe…?

—De momento, no, Vivian —respondió Lucy—. No lo sabe. No sabe nada seguro.

—¡Oh, Mike!

Alargó una mano buscando la de él. Mike la estrechó con cariño, y ella dijo:

—Lo siento… pero creo… que voy a llorar.

Seddons rodeó a Vivian con los brazos, y Lucy se puso en pie.

—Volveré más tarde. —Y, dirigiéndose a Seddons—: ¿Se quedará un rato?

—Sí.

—Procure que Vivian comprenda bien que no hay nada definitivo —dijo Lucy—. Sólo he querido que estuviera preparada… por si llegara el caso.

Él asintió con la cabeza, balanceando el rojo cabello.

—Comprendo.

Y, al salir al pasillo, Lucy pensó: «Sí, estoy segura de que lo comprendes».

Ayer por la tarde, cuando el doctor Pearson había informado a Lucy por teléfono, ésta había vacilado entre explicarle en seguida a Vivian lo que podía ocurrir, o esperar hasta más tarde. Si esperaba, y el dictamen de Patología sobre la biopsia era «benigno», todo iría bien y Vivian no sabría nunca el peligro que se había cernido sobre ella. Pero, en cambio, si dentro de dos días el diagnóstico era de tumor «maligno», la amputación debería practicarse con la mayor urgencia. En este caso, ¿habría tiempo para preparar a Vivian, o el choque psicológico sería excesivo? Ignorando la niña que podía padecer una dolencia grave, la impresión podía ser tremenda. Podían transcurrir varios días antes de que Vivian aceptara someterse a la intervención, y la pérdida de esos días podía ser fatal.

Lucy consideraba además otro factor. El hecho de que Joe Pearson buscara el consejo ajeno era algo muy significativo. Si se hubiese tratado de un caso claro de excrecencia benigna, lo habría dicho inmediatamente. El hecho de que no lo hiciera, a pesar de su resistencia a pronunciarse en uno u otro sentido, quería decir que existía una gran posibilidad de que el tumor fuera maligno.

Sopesando todo esto, Lucy había decidido exponerle la situación a Vivian ahora. Si después el veredicto era «benigno», habría sufrido innecesariamente; pero esto era mejor que exponerla a una brusca impresión para la cual no estaba preparada.

El problema inmediato se simplificó también gracias a la intervención del doctor Seddons. La noche anterior, el joven residente había hablado con Lucy y le había referido los planes matrimoniales que había forjado con Vivian. Había confesado que al principio tenía intención de mantenerlos ocultos, pero que había cambiado de idea. Lucy se alegró de esto. Al menos Vivian ya no estaba sola y tendría alguien que podría consolarla y darle ánimos. Indudablemente, la niña lo iba a necesitar. Lucy le había revelado que temía la existencia de un sarcoma osteogénico —con todas sus trágicas consecuencias— lo más suavemente que pudo. Pero, a pesar de las buenas palabras, en realidad no había manera de mitigar la rudeza del golpe. Ahora Lucy recordó otra cosa que tenía que hacer: avisar a los padres de la niña. Miró un trozo de papel que tenía en la mano. Contenía una dirección de Salem, Oregón, que había copiado de la ficha de Vivian. La joven había consentido en que se informara a sus padres. Ahora Lucy tenía que apañarse para dar la mala noticia por teléfono.

Su cerebro preveía ya lo que vendría después. Vivian era menor de edad. Según las leyes del Estado, se requería la autorización de los padres para realizar una amputación. Si los padres venían en avión desde Oregón, el consentimiento escrito podría ser firmado a su llegada. Si no, tendría que convencerles de que enviaran una autorización telegráfica, dejando a la discreción de Lucy el hacer uso de ella en caso necesario.

Consultó su reloj. Aquella mañana tenía dadas muchas horas en su consultorio particular. Tal vez sería mejor llamar ahora, antes de salir del Tres Condados. En el segundo piso, se dirigió al pequeño gabinete que compartía con Gil Bartlett. Era un cuartito tan pequeño que raras veces lo empleaban al mismo tiempo. Ahora estaba ocupado por Bartlett y Kent O’Donnell.

Al verla, O’Donnell dijo:

—Perdona, Lucy. Voy a salir. Este lugar no está hecho para tres personas.

—No hace falta. —Se escurrió entre los dos hombres y se sentó a la pequeña mesa—. Tengo que hacer un par de cosas, y después me marcharé.

—Harías bien en quedarte. —La barba de Gil Bartlett efectuó sus oscilaciones acostumbradas. Hablaba muy engolado—: Kent y yo nos sentimos extraordinariamente profundos esta mañana. Estábamos discutiendo el futuro de la cirugía.

—Alguien te diría que no existe tal futuro. —Lucy imitó el tono de Bartlett. Había abierto un cajón de la mesa y empezó a buscar unas cuantas hojas clínicas que necesitaba para su consulta particular—. Dicen que los cirujanos estamos en camino de extinguirnos, y que dentro de pocos años estaremos tan pasados de moda como los hechiceros.

Nada gustaba tanto a Bartlett como aquel género de controversia. Dijo:

—¿Y quién —preguntó— rajará y coserá los sangrientos cuerpos humanos?

 

—No habrá que rajar nada. —Lucy había encontrado las notas, y cogió

una cartera—. Todo será cuestión de diagnóstico. La medicina empleará las fuerzas de la naturaleza contra sus propias desviaciones. Se habrá demostrado que en la mente está la raíz de las enfermedades orgánicas. Se evitará el cáncer por la psiquiatría y la gota por la psicología aplicada. —Cerró la cartera y añadió con ligereza—: Como podéis suponer, cito a otro autor.

—Estoy impaciente porque esto ocurra —dijo Kent O’Donnell, sonriendo.

Como siempre, la proximidad de Lucy le producía una sensación placentera. ¿Era estúpido, ridículo incluso, eludir la mayor intimidad de sus relaciones? ¿Qué temía, a fin de cuentas? Pero ahora —en presencia de Gil Bartlett— no era momento adecuado para concertar una cita.

—Dudo de que ninguno de nosotros viva para verlo. Mientras hablaba, el timbre del teléfono repiqueteó débilmente. Lucy contestó y después le pasó el aparato a Gil Bartlett.

—Es para ti.

—¿Diga?

—¿El doctor Bartlett?

Todos pudieron oír una voz de mujer al otro extremo de la línea.

—Al habla.

—Soy la señora Rawson, de Urgencia. Tengo un recado de parte del doctor Clifford.

El doctor Clifford era el más antiguo de los cirujanos residentes del hospital.

—Adelante.

—Quisiera que bajara usted a echar una mano, si le es posible. Ha habido un accidente de tráfico. Tenemos varios heridos de importancia, e incluso uno de pecho, muy grave. El doctor Clifford quisiera que usted le ayudase en este último.

—Dígale que iré en seguida. —Bartlett colgó el teléfono—. Lo siento, Lucy; tendremos que seguir la discusión otro rato. —Se dirigió a la puerta y se detuvo—: Sin embargo, te diré una cosa: no temo quedarme cesante. Mientras sigan construyendo coches, cada vez mayores y más potentes, los cirujanos siempre tendremos trabajo.

Salió, y, con un saludo amistoso a Lucy, O’Donnell fue detrás de él. Una vez sola, Lucy reflexionó un momento y después descolgó de nuevo el teléfono.

—Deseo una conferencia de larga distancia —dijo, al responderle la telefonista, y miró el trozo de papel—. Es particular… Con Salem, Oregón.

Esquivando el tráfico del pasillo con habilidad nacida de la práctica, Kent O’Donnell se dirigió a paso vivo a su gabinete del hospital. También él tenía un día atareado. Antes de media hora tenía que estar en el quirófano; después tenía una reunión del comité médico ejecutivo, y, finalmente, tenía que visitar a varios enfermos en su consultorio particular; un programa que se prolongaría hasta bien entrada la noche.

Mientras andaba, se halló pensando de nuevo en Lucy Grainger. El verla, el sentirla cerca, había hecho que unos momentos antes imaginara lo que podría haber entre los dos. Pero ahora volvían las antiguas dudas, la impresión de que acaso tenían demasiados intereses en común para una relación permanente.

Se preguntó por qué, últimamente, había pensado tanto en Lucy… o en la mujer, que para el caso era lo mismo. Tal vez porque al pasar de los cuarenta los hombres buscan tradicionalmente la estabilidad. Después sonrió interiormente al recordar que habían sido pocos los períodos de su vida en que las aventuras amorosas —de la clase que fueran— no le hubieran salido naturalmente al paso. Ahora eran sólo un poco más intermitentes. Y también por necesidad, tenía que ser más prudente que en sus años mozos.

Sus pensamientos pasaron de Lucy a Denise Quantz. A causa de la invitación a telefonearla que ella le hiciera la noche de su encuentro en casa de Eustace Swayne, O’Donnell había anunciado su asistencia al Congreso de Cirugía de Nueva York. Ahora recordó que la fecha de éste se había fijado para la semana próxima. Si tenía que ver a la señora Quantz, lo mejor era preparar de antemano la entrevista.

Al entrar en su gabinete, el reloj que había encima de la mesa le indicó que faltaban veinte minutos para su primera intervención. Descolgó el aparato, diciéndose que cuando se pensaba una cosa, lo mejor era hacerla pronto.

Oyó que la telefonista pedía el número a Informaciones, de Nueva York. Después escuchó un timbre y un chasquido.

Dijo una voz:

—Casa de la señora Quantz.

—Llaman a la señora Denise Quantz desde larga distancia —dijo la telefonista de Burlington.

—La señora Quantz no está en este momento.

—¿Sabe a qué hora la podemos llamar?

El ritual de la compañía telefónica se había puesto en marcha.

—La señora Quantz está en Burlington, Pennsylvania. ¿Quiere que le dé su número de teléfono allí?

—Por favor —dijo la telefonista de Burlington.

—El número es Hunter 6-5735.

—Gracias, Nueva York. —Otra vez el chasquido, y dijo la telefonista—: ¿Ha anotado usted el número, señor?

—Sí, gracias —dijo O’Donnell, y colgó.

Con la otra mano había alcanzado ya el listín telefónico de Burlington. Pasó las hojas hasta que encontró «Swayne, Eustace R.». Como había supuesto, el número consignado en el listín era el mismo que acababan de darle.

Volvió a marcar.

—Casa del señor Eustace Swayne —dijo una voz masculina.

—Quisiera hablar con la señora Quantz.

—Un momento, por favor.

Se hizo una pausa.

—La señora Quantz al habla.

Hasta aquel momento no había recordado O’Donnell lo mucho que le había atraído su voz. Tenía una suavidad aterciopelada, que prestaba gracia a las más insignificantes palabras.

—No sé si me recuerda —dijo él—. Soy Kent O’Donnell.

—¡Claro que sí! Doctor O’Donnell, ha sido muy amable al llamarme.

Él la imaginó de pronto junto al teléfono, caído el suave cabello negro sobre los hombros.

—Llegué en avión anoche —dijo Denise Quantz—. Papá ha tenido un ataque de bronquitis. Y vine a pasar con él un par de días.

—Espero que no sea nada grave —dijo él, cortésmente.

—Desde luego —rió ella—. Papá tiene la salud de una mula… además de su tozudez.

«Lo creo», pensó él. Y, en voz alta, dijo:

—Me proponía invitarla a comer en Nueva York. Espero estar allí la próxima semana.

—Pues puede hacerlo. —La respuesta fue rápida y rotunda—. Yo estaré ya allí de regreso.

Cediendo a un impulso, dijo él:

—Podríamos anticiparlo. ¿Tiene alguna noche libre en Burlington?

Después de una breve pausa, respondió ella:

—Creo que la de hoy es la única posible.

O’Donnell calculó rápidamente. Sus visitas durarían hasta las siete. Si no se presentaba nada más…

—¡Oh, espere! —Denise Quantz interrumpió sus cálculos—. Lo había olvidado. El doctor Pearson come con mi padre; supongo que debo quedarme. —Y añadió—: A menos que quiera usted hacerlo con nosotros…

Él rió para sus adentros. ¡Vaya sorpresa tendría Joe Pearson de encontrarle allí! Su instinto, empero, le dijo que no era una buena idea. Respondió:

—Muchas gracias. Pero creo que será mejor aplazarlo.

—¡Qué lástima! —Por la voz, pareció contrariarla; después se animó—: Pero, si quiere, podríamos encontrarnos después de comer. Sin duda papá y el doctor Pearson se enzarzarán en una de sus partidas de ajedrez, y, cuando lo hacen, todo el mundo está de sobra.

Él se sintió encantado de repente.

—Sería maravilloso. ¿A qué hora estará libre?

—Supongo que a eso de las nueve y media.

—¿Quiere que vaya a buscarla?

Probablemente ahorraremos tiempo si nos encontramos en el centro de la ciudad. Dígame dónde.

Él pensó un momento y dijo:

—¿El «Regency Room»?

—Muy bien; a las nueve y media. Hasta luego.

Colgó el aparato, sintiéndose agradablemente ilusionado. Después volvió a mirar el reloj. Tenía que apresurarse si no quería llegar al quirófano con retraso.

La partida de ajedrez de sobremesa entre Eustace Swayne y Joseph Pearson había empezado hacía cuarenta minutos. Los dos viejos se enfrentaban sobre la mesa de palorrosa, en la misma biblioteca en que, tres semanas antes, O’Donnell y Swayne habían sostenido su polémica. Sólo dos luces iluminaban la estancia: una bombilla con tulipa colgada encima de la mesa y una tenue lámpara rococó junto a la puerta del vestíbulo.

Al caer la luz directamente sobre el tablero colocado en el centro de la mesa, las caras de ambos hombres quedaban en la sombra. Sólo cuando uno de ellos se inclinaba para hacer una jugada se manifestaban sus facciones al reflejo de la luz.

En este momento los dos guardaban silencio, un silencio profundo que caía como un mullido manto sobre los sillones Luis XV en que se sentaban. Eustace Swayne se había echado atrás. Sosteniendo delicadamente entre los dedos la copa de coñac, de cristal color rubí, observaba la posición de las piezas.

Había jugado el doctor Joseph Pearson. Hacía un par de minutos que, alzando suavemente la reina blanca de marfil exquisitamente tallado, la había hecho avanzar un solo cuadro.

Ahora, dejando reposar la copa de coñac, Eustace Swayne eligió uno de sus peones del ala derecha y lo hizo adelantar dos cuadros. Después, rompiendo el silencio ásperamente, dijo:

—Tengo entendido que ha habido cambios en el hospital. Desde la penumbra, Joe Pearson estudió el tablero. Cuando se hubo decidido, se inclinó hacia delante y movió un peón del ala izquierda, haciéndole avanzar un cuadro y contrarrestando el avance del otro. Sólo después gruñó una sola palabra:

—Algunos.

Y de nuevo el silencio, la paz, la impresión de detenerse el tiempo. Después el viejo cacique rebulló en su silla:

—¿Aprueba usted esos cambios?

Se inclinó hacia adelante y empujó el alfil dos cuadros en diagonal hacia la derecha. Con cierta burla escudriñó la penumbra por encima de la mesa. Parecía decir: Rompe esta línea si puedes.

Esta vez Joe Pearson respondió antes de jugar:

—No del todo.

Y permaneció en la sombra, estudiando el gambito del otro y pensando en las alternativas que se le ofrecían. Después, lentamente, sin dejar de acariciar las fichas, movió la torre un cuadro hacia la izquierda, dominando una columna abierta.

Eustace Swayne esperó. Transcurrió un minuto, dos minutos, tres. Finalmente, su mano asió la torre e hizo una jugada semejante en la misma columna, aceptando el desafío de su contrario. Después dijo:

—En lo sucesivo, tiene usted derecho al veto, si quiere ejercitarlo.

—¿Sí? ¿Qué clase de veto?

La pregunta fue casual, pero la acción que la acompañó fue rápida. Pearson tomó su caballo de reina, lo alzó sobre las piezas y lo colocó en uno de los cuadros centrales. Mientras estudiaba el tablero, asegurándose de la fortaleza de su posición, Swayne dijo:

—Le notifiqué a Orden Brown, y a su jefe de cirugía, que estoy dispuesto a dar un cuarto de millón de dólares para las obras.

Al pronunciar la última palabra realizó su jugada, adelantando su caballo de rey y situándolo en el cuadro contiguo al del fuerte caballo de su oponente.

Esta vez se prolongó el silencio. Al fin, el patólogo lanzó su alfil al otro lado del tablero y tomó un peón contrario.

—¡Jaque! —dijo. Y después—: Es mucho dinero.

—Pero he puesto una condición. —Swayne, ahora a la defensiva, movió su rey un cuadro a la derecha—. Sólo recibirán el dinero si le dejan a usted en libertad de gobernar su departamento en la forma que quiera y por el tiempo que quiera.

Esta vez Joe Pearson no hizo ningún movimiento. Parecía cavilar, perdida la vista en la oscuridad, por encima de la cabeza del otro. Después, dijo, simplemente:

—Muy amable.

Sus ojos volvieron al tablero. Al cabo de un rato movió el caballo, llevándolo a un cuadro desde el cual amenazaba el acorralado rey de Swayne.

Eustace Swayne había observado la jugada atentamente. Pero, antes de realizar la suya, cogió la botella de coñac y llenó la copa de Pearson y la propia. Luego, dejando la botella, dijo:

—Este mundo es de los jóvenes, y supongo que siempre ha sido igual. Pero a veces los viejos aún tenemos fuerza… y sabemos cómo emplearla.

Después, brillándole los ojos, movió el peón que estaba frente al rey y tomó el molesto caballo.

Pearson, reflexivamente, se pellizcó la barbilla con el índice y el pulgar. Después adelantó la reina seis cuadros por la columna libre y tomó el peón negro de rey.

—Dígame… Orden Brown y O’Donnell… ¿lo saben?

—Se lo dije claramente.

Con el alfil de rey tomó el alfil de su contrario, que estaba en cinco caballo de rey.

De pronto, Joe Pearson rió entre dientes. Era imposible saber si era el juego o la conversación lo que producía su hilaridad. Alargó rápidamente la mano y colocó la reina junto al rey negro. Con voz suave, dijo:

—¡Jaque mate!

Aunque derrotado de improviso, Eustace Swayne abrió unos ojos admirados. Después asintió con la cabeza, como confirmando su propio juicio.

—¡Joe —dijo—, no hay duda de que sigue usted… en plena forma!

 

Paró la música, y las parejas que bailaban en la pista del pequeño pero elegante club nocturno —uno de los pocos que existían en Burlington— volvieron a sus mesas.

—Dígame lo que estaba pensando —dijo Denise Quantz, sonriendo a Kent O’Donnell por encima de la mesita negra que los separaba.

—Francamente, pensaba en lo agradable que sería repetir todo esto.

Ella alzó delicadamente su vaso.

—Brindo porque siga teniendo tan buenas ideas.

Apuró el whisky con soda y llamó al camarero para pedir otros. La música había vuelto a sonar.

—¿Bailamos?

—Con mucho gusto.

Ella se levantó y le precedió, vuelta a medias hacia él en dirección a la pequeña pista, débilmente iluminada. Bailaron. O’Donnell nunca había sido un bailarín experto; la medicina le había dejado poco tiempo para ello. Pero Denise Quantz acomodaba todos sus movimientos a los de él. Al pasar los minutos, Kent pudo advertir que el cuerpo de ella, alto y flexible, le seguía obediente, anticipándose a la música y a sus propios movimientos. Una vez el pelo de ella le rozo una mejilla, y sintió una ráfaga del mismo perfume que había observado a raíz de su primer encuentro.

El quinteto, discreto, acomodando su ritmo a la intimidad del ambiente, tocaba una balada popular de cinco años antes:

Contempla las Pirámides junto al Nilo,

Mira salir el sol en una isla tropical,

Pero recuerda siempre, amada mía,

Que has de ser para mí.

Por un instante tuvo él la impresión de que se había detenido el tiempo, de existir en el vacío, aislado, lejos de la medicina, del Tres Condados y de todo lo que constituía su vida cotidiana. Después la música atacó un ritmo más rápido, y él sonrió para sí al darse cuenta de su sentimentalismo.

Mientras bailaban, preguntó:

—¿Viene usted a menudo? Me refiero a Burlington…

—No mucho —respondió ella—. Sólo de vez en cuando, a ver a mi padre. Francamente, no me gusta esta ciudad. Y añadió, riendo: —Espero no haber ofendido su orgullo ciudadano.

—No —dijo él—. No tengo por ella ningún sentimiento definido. Pero ¿no naciste aquí…, si me permites?

—Desde luego. Prescindamos de cumplidos. —Le miró a la cara, sonriendo. Después respondió a su pregunta—: Sí, nací aquí. Aquí estudié y aquí viví. Entonces vivía mi madre.

—Entonces, ¿cómo vives ahora en Nueva York?

—Creo que soy neoyorquina por instinto. Además, mi esposo vivía allí; y sigue viviendo. —Era la primera vez que aludía a su matrimonio, y lo hizo naturalmente, sin darse cuenta—. Después de separarnos, descubrí que quería quedarme. No hay ninguna ciudad que se le parezca.

—Sí —dijo él—; creo que tienes razón.

De nuevo pensó en lo hermosa que era aquella mujer. Tenía una elegancia, una naturalidad, que es difícil encontrar en mujeres más jóvenes. Pero nada en ella iba en mengua de su exquisita feminidad, sino todo lo contrario. Pensó…

Pero deliberadamente alejó aquel pensamiento. Era prematuro. Volvió a admirar, como había hecho antes, el traje de noche que ella vestía. Escotado, de color escarlata brillante, en rica «peau de soie», se ajustaba a su figura y sólo se ensanchaba por debajo de la cadera. La impresión que causaba era a un tiempo deslumbrante y discreta… y de riqueza.

Esto le recordó algo que se le había ocurrido pensar por primera vez aquella noche: Denise era evidentemente una mujer rica. Habían llegado al «Regency Room» casi al mismo tiempo. Él acababa de aparcar su coche y se dirigía a la puerta del club nocturno cuando un resplandeciente «Cadillac» se había detenido y un chófer uniformado había corrido a abrir la portezuela a Denise. Se habían saludado, y ella se había vuelto al chófer, que permanecía discretamente apartado.

—Gracias, Tom. Creo que no es necesario que vuelva. Supongo que el doctor O’Donnell querrá acompañarme a mi casa.

—Gracias, señora —había respondido cortésmente el chófer, añadiendo—: Buenas noches, señor —y arrancando después.

Desde luego, si hubiese pensado en ello, O’Donnell habría advertido en seguida que la hija de Eustace Swayne tenía que ser una potentada. Y no es que esto le importara gran cosa; sus propios ingresos le bastaban para llevar una vida desahogada, y aún le sobraba. Sin embargo, una mujer rica de veras era algo nuevo en sus experiencias personales. Una vez más surgió en su mente la comparación entre Denise y Lucy Grainger.

Con una estridencia moderada, terminó la orquesta su serie de selecciones. O’Donnell y Denise le dedicaron un breve aplauso y salieron de la pista. Tomándola ligeramente del brazo, él la condujo a la mesa. El camarero estaba alerta; apartó las sillas para que se sentaran y sirvió las bebidas que O’Donnell había ordenado.

Mientras sorbía la fría mezcla, dijo Denise:

—Hemos hablado de mí. Ahora hablemos de ti.

Él vertió más soda en su whisky. Le gustaba el licor bien diluido, costumbre que parecían aborrecer la mayoría de los camareros.

—Mi vida es muy rutinaria.

—Pero yo soy una buena oyente, Kent.

Denise hablaba sólo la mitad de lo que pensaba. La otra mitad era: «He aquí un hombre, ¡todo un hombre!». Sus ojos apreciaron su corpulencia, sus anchos hombros, sus vigorosas facciones. Se preguntó si la besaría esta noche, y a qué conduciría después. Y decidió que el doctor O’Donnell era un caso interesante.

O’Donnell le habló del Tres Condados, de su trabajo allí y de lo que esperaba realizar. Ella le hizo preguntas acerca del pasado, de sus experiencias, de la gente que había conocido… sin dejar de admirar la profundidad de ideas y de sentimientos que traslucían las palabras de él.

Bailaron de nuevo; el camarero volvió a servirles; hablaron; bailaron; volvió el camarero; y la escena se fue repitiendo. Denise le habló de su matrimonio, celebrado hacía dieciocho años, y que había durado diez. Su marido era abogado especializado en sociedades, y tenía una gran clientela en Nueva York. Habían tenido dos hijos gemelos —Alex y Philippa— que estaban bajo la custodia de la madre. Dentro de unas semanas cumplirían diecisiete años.

—Mi marido es un hombre perfectamente razonable —dijo ella—. Ocurre sólo que nuestros caracteres son incompatibles y que perdimos mucho tiempo antes de llegar a esta conclusión.

—¿Le ves a menudo?

—¡Oh, sí! En reuniones y en lugares de la ciudad. De vez en cuando almorzamos juntos. En cierto aspecto, Geoffrey es encantador. Estoy segura de que te gustaría.

Ahora hablaban los dos con mayor libertad. Sin esperar a que se lo pidieran, el camarero les sirvió de nuevo. O’Donnell preguntó acerca del divorcio; ¿había algo que lo impidiera?

—En realidad, no —respondió ella, francamente—, Geoffrey está dispuesto a divorciarse, pero insiste en que yo aporte las pruebas. Ya sabrás que en el Estado de Nueva York tienen que ser de adulterio. Y hasta ahora no he podido comprobarlo.

—¿No desea tu marido casarse de nuevo?

Ella pareció sorprendida.

—¿Geoffrey? Supongo que no. Más bien creo que se ha casado con la ley.

—Comprendo.

Denise hizo girar el tallo de su copa.

—Geoffrey siempre consideró que la cama era el mejor lugar para leer sus escritos jurídicos —dijo ella, en voz baja, casi confidencial, y O’Donnell creyó saber la razón del fracaso de aquel matrimonio.

El camarero estaba a su lado.

—Excúseme, señor, pero van a cerrar el bar dentro de unos minutos. ¿Quiere que les sirva algo más?

Sorprendido, O’Donnell miró su reloj. Era casi la una de la madrugada. Aunque no lo hubiese dicho nunca, hacía más de tres horas y media que estaban juntos. Consultó con la mirada a Denise, y ésta negó con la cabeza.

—No, gracias —le dijo al camarero, y pagó la nota que éste le presentó.

Apuraron sus copas y se dispusieron a marcharse. El camarero les dedicó un amistoso «Buenas noches»; la propina había sido espléndida. O’Donnell experimentaba una sensación de bienestar.

En el vestíbulo, esperó a Denise, mientras un mozo se dirigía en busca del coche. Al llegar, ella se colgó del brazo de O’Donnell y dijo:

—Es una vergüenza que nos marcháramos tan pronto. Casi lamento no haber tomado la última copa que nos ofrecieron.

Él titubeó, y después dijo, insinuante:

—Si quieres, podemos entrar en mi casa. Tengo un bar bien surtido, y nos viene de paso.

Por un momento temió haber sido imprudente. Creyó observar en ella una súbita frialdad, un destello de dolorosa sorpresa. Pero se extinguió en seguida, y ella respondió, sencillamente:

—¿Y por qué no?

Fuera, les esperaba el «Buick», abierta la portezuela y el motor en marcha. Condujo él por la ciudad con gran cuidado, más despacio de lo que solía, porque se daba cuenta de que había bebido bastante. La noche era tibia, y habían bajado los cristales del coche. Volvió él a notar la ráfaga de perfume. Al llegar frente a su casa, aparcó el coche junto a la acera. Subieron en el ascensor.

Mezclo él las bebidas, cruzó la estancia y le ofreció a Denise la copa de whisky con soda. Estaba ella junto a una ventana abierta del «living», contemplando las luces de Burlington a sus pies. El río que cruzaba la ciudad era como un tajo profundo y negro entre las dos orillas.

De pie junto a ella, dijo O’Donnell a media voz:

—Hace mucho tiempo que no he preparado una mezcla de éstas. Espero que no sea demasiado dulce.

Ella tomó un sorbo y, después, también en voz baja, dijo:

—Como todo lo que tú haces, Kent, está en su punto.

Sus ojos se encontraron y él alargó la mano para coger la copa de ella. Denise se la acercó, gentilmente, con naturalidad. Se besaron, y él la estrechó entre sus brazos.

Y en aquel instante, estridente, impetuoso, sonó el teléfono a su espalda. No había ninguna manera de hacerse el desentendido.

Suavemente, Denise se separó.

—Contesta, querido —y le rozó la frente con los labios. Mientras cruzaba la estancia, O’Donnell vio que ella recogía su bolso, su estola y sus guantes. Era evidente que había terminado la velada. Descolgó el aparato casi con rabia, respondió secamente y escuchó. Y de pronto se desvaneció el enfado. Llamaban desde el hospital… el interno de guardia. Uno de los enfermos de O’Donnell presentaba síntomas alarmantes. Hizo un par de rápidas preguntas y luego:

—Está bien, iré en seguida. Entretanto, avise al banco de sangre y prepárelo todo para una transfusión.

Cortó la comunicación y llamó al portero de noche para que buscara un taxi para Denise.