Diagnóstico final

Arthur Hailey · Capítulo 20 de 24

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Diagnóstico final

Veinte

—Dios mío, ¿qué estarán haciendo? ¿Cómo no han contestado aún?

Los dedos del doctor Pearson tamborilearon nerviosamente sobre su mesa. Había transcurrido una hora y media desde que le sacaron la muestra de sangre al niño Alexander y la enviaron al Hospital de la Universidad. Ahora el viejo patólogo y David Coleman estaban solos en el despacho.

—Llamé por segunda vez al doctor Franz —dijo Coleman, a media voz— y me dijo que telefonearía inmediatamente cuando supiera el resultado.

Pearson movió la cabeza, aturdido. Preguntó:

—¿Dónde está el muchacho… Alexander?

—Lo trajeron en el mismo coche de la policía. Ahora está con su mujer. — Coleman vaciló—. Mientras esperamos, ¿no podríamos hablar con el servicio de higiene sobre el asunto de las cocinas, y asegurarnos de que se empiecen en seguida los reconocimientos?

Pearson sacudió la cabeza.

—Más tarde…, cuando haya terminado todo esto. —Y añadió, vehemente—: No puedo pensar en nada más mientras esto no esté arreglado.

Por primera vez desde aquella mañana —en que de modo tan explosivo se habían iniciado los acontecimientos— David Coleman reflexionó sobre Pearson y se preguntó cuáles serían sus sentimientos. No había habido ninguna discusión sobre las declaraciones de Coleman referentes al análisis de sensibilización, y el silencio de Pearson parecía involucrar una confesión tácita de que su joven colega estaba mejor informado que él, al menos en aquel particular. Coleman pensó: «Debe de ser amargo encontrarse así», y, por primera vez, sintió nacer una corriente de simpatía hacia el viejo, Pearson dejó de tamborilear y dio una fuerte palmada sobre la mesa.

—¡Diablos! —exclamó—. ¿Por qué no llamarán?

 

—¿Hay alguna noticia de Patología? —preguntó el doctor Dornberger, que esperaba en el pequeño quirófano del servicio de Obstetricia, a la enfermera que acababa de entrar.

La joven sacudió la cabeza.

—No, doctor.

—¿Cuándo estará todo a punto?

La enfermera llenó dos botellas de goma con agua caliente y las colocó debajo de la manta que cubría la pequeña mesa de operaciones destinada a los niños.

—Dentro de pocos minutos —respondió.

Un interno se acercó a Dornberger y preguntó:

—¿Va a hacer la transfusión total, aun sin saber el resultado del Coombs?

—Sí —respondió Dornberger—. Ya hemos perdido bastante tiempo y no quiero perder un minuto más. —Reflexionó, añadiendo—: De todos modos, la anemia es ya lo bastante aguda para justificar una transfusión sanguínea, incluso sin el análisis.

—A propósito, doctor —dijo la enfermera—, el cordón umbilical de la criatura fue cortado muy al ras. No sé si lo sabe usted.

—Sí, gracias. —Y explicó al interno—: Cuando sabemos de antemano que será necesaria la transfusión, dejamos el cordón umbilical un poco largo, pues resulta un punto conveniente para la inyección. Desgraciadamente, en este caso no lo sabíamos y el cordón fue cortado al ras.

—¿Y cómo lo hará? —preguntó el interno.

—Emplearé anestesia local y practicaré una incisión precisamente encima de la vena umbilical. —Volviéndose a la enfermera, preguntó—: ¿Ha hecho calentar la sangre?

—Sí, doctor —asintió ella.

Dornberger le explicó al interno:

—Es importante asegurarse de que la temperatura de la sangre sea aproximadamente igual a la del cuerpo. En otro caso, aumenta el peligro de shock.

En un departamento estanco de su mente, Dornberger tenía conciencia de que hablaba tanto por propia conveniencia como para instrucción del interno. Hablando evitaba pensar demasiado profundamente, y de momento Charles Dornberger quería eludir los pensamientos profundos. Desde que se había separado de Pearson en el laboratorio, después de su filípica, no había dejado de atormentarse con su angustia y sus recriminaciones. El hecho de que, técnicamente, no le cupiese ninguna responsabilidad por lo ocurrido, parecía carecer de importancia. Era «su» paciente el que estaba en peligro, su paciente el que podía morir a causa de una negligencia médicamente inexcusable, y la responsabilidad última era para él.

Cuando iba a seguir hablando, Dornberger se interrumpió bruscamente. Algo no marchaba bien; sintió una especie de vahído, palpitaciones en las sienes, y la habitación empezó a dar vueltas. Cerró un momento los ojos y los volvió a abrir. Ya había pasado; volvía a ver bien y el marco había casi desaparecido. Pero, cuando se miró las manos, vio que le temblaban. Trató de dominar aquel temblor y no lo consiguió.

Entraron la incubadora en que se hallaba el pequeño Alexander. En el mismo momento, oyó que el interno le preguntaba:

—Doctor Dornberger, ¿se encuentra usted bien?

Tuvo en la punta de la lengua la respuesta «Sí». Sabía que, haciéndolo, podría seguir adelante, ocultar lo sucedido, sin que nadie lo supiera más que él. Y entonces tal vez, en el último momento, gracias a su habilidad y buen criterio, podría salvar a la criatura, salvando al propio tiempo, al menos hasta cierto punto, su conciencia y su integridad.

Pero, simultáneamente, recordó lo que siempre había dicho y creído durante tantos años… sobre los viejos que se empeñan en prolongar su autoridad; aquel blasonar de que, cuando llegara su hora, lo conocería y dejaría el camino libre a los demás; aquella convicción de que nunca realizaría una labor sin gozar de sus plenas facultades. Pensó en estas cosas y volvió a contemplar sus temblorosas manos.

—No —dijo—, creo que no me encuentro bien. —Hizo una pausa y, experimentando por primera vez una emoción profunda que le impedía dominar su voz, suplicó—: ¿Quiere alguien avisar al doctor O’Donnell? Díganle que no puedo seguir y que desearía que lo hiciese él.

En aquel momento, de hecho y de corazón, el doctor Charles Dornberger cesó en el ejercicio de la medicina.

Al sonar el teléfono, Pearson arrancó el auricular de su soporte.

—¡Diga! —Una pausa—. El doctor Pearson al habla. —Escuchó—. Está bien. Gracias.

Sin soltar el auricular, apretó un botón y pidió un número interior. Hubo un chasquido, una respuesta, y dijo Pearson:

—Póngame con el doctor Dornberger. De parte del doctor Pearson.

Una voz dijo unas pocas palabras, y Pearson respondió:

—En tal caso dele el recado. Dígale que acabo de recibir noticias de la Universidad. El análisis de sangre del niño Alexander ha dado resultado positivo. El niño tiene eritroblastosis.

Pearson colgó el teléfono. Levantó la mirada y halló los ojos de Coleman clavados en él.

 

El doctor Kent O’Donnell estaba en la planta baja del hospital y se dirigía a Neurología. Había convocado una consulta para discutir una parálisis parcial de uno de sus enfermos.

Era el primer día de O’Donnell en el Tres Condados después de su regreso de Nueva York la noche anterior. Todavía conservaba la impresión de alborozo y de frescura nacida de su excursión; todos los médicos, se dijo, necesitaban un cambio de escena de vez en cuando. A veces el contacto diario con la medicina y la enfermedad podía producir un estado de depresión y agotamiento, sin que uno se diese cuenta. También en un sentido más amplio, el cambio servía para vigorizar y despejar la mente. Paralelamente a estos pensamientos, la cuestión de poner fin a su servicio en el Tres Condados y a su estancia en Burlington, suscitada a raíz de su encuentro con Denise en Nueva York, se planteaba con creciente frecuencia en su cerebro, para ser meditada y sopesada; y cada vez los argumentos a favor del traslado le parecían más convincentes. Comprendía, desde luego, que su móvil principal estaba en los sentimientos que le inspiraba Denise, y que, hasta su último encuentro, ni siquiera le había pasado por las mientes el marcharse de Burlington. Pero, en cambio, se preguntaba: ¿Tenía algo de malo que un individuo hiciera una elección profesional que redundase en bien de su felicidad privada? No era lo mismo que dejar la medicina; sólo trasladaría su base de operaciones y seguiría dando en otra parte lo mejor de sí. Después de todo, la vida de un hombre es el compendio de todas sus actividades; sin el amor, una vez encontrado, lo demás podía marchitarse y perder todo su valor. Con el amor podía mejorar su condición de hombre —aumentando su celo y su abnegación—, porque su vida estaría completa. De nuevo pensó en Denise con excitación creciente y llena de esperanza.

—¡Doctor O’Donnell! ¡Doctor O’Donnell!

El sonido de su propio nombre en los altavoces del hospital lo volvió a la realidad. Se detuvo y miró a su alrededor buscando un teléfono desde el cual poder contestar a la llamada. Vio uno en una garita a unas yardas de distancia. Entró, llamó a la centralita y un momento después le dieron el recado de Dornberger. Sin pensarlo siquiera, cambió de dirección y tomó un ascensor que le dejó en el cuarto piso, en Obstetricia.

Mientras Kent O’Donnell se vestía, Dornberger, de pie a su lado, le explicó lo que había ocurrido en aquel caso y sus propias razones para llamar en su ayuda al jefe de cirugía. Dornberger no dramatizó ni ocultó nada; relató la escena del laboratorio de patología, así como los acontecimientos que la precedieron, minuciosamente y con frialdad. Sólo en dos ocasiones le interrumpió O’Donnell para hacer unas preguntas escuetas; el resto del tiempo se limitó a escuchar atentamente, aumentando la severidad de su expresión a medida que Dornberger avanzaba en su relato.

Ahora se había esfumado todo el júbilo de O’Donnell, apagado de pronto e increíblemente por lo que acababa de escuchar, por la revelación de que la negligencia y la ignorancia —de las cuales, en un sentido real, era él mismo el responsable— podían ser causa de que perdiera la vida un paciente de su hospital. Pensó amargamente: «¡Yo pude haber echado a Joe Pearson! Había motivos más que suficientes para ello. ¡Pero, no! Perdí el tiempo y me demoré, haciendo política, convenciéndome de que obraba prudentemente cuando traicionaba a la medicina». Tomó una toalla estéril y se secó las manos, que introdujo después en los guantes que le ofrecía una enfermera.

—Está bien —dijo a Dornberger—. Vamos allá.

Al entrar en el pequeño quirófano, O’Donnell repasó con los ojos el equipo que habían preparado. Conocía bien la técnica de la transfusión total de sangre —y por esto Dornberger había llamado al jefe de cirugía— y había trabajado con los jefes de los servicios de Pediatría y de Obstetricia para mejorar los procedimientos del Tres Condados, basándose en su experiencia de otros hospitales.

El diminuto y débil Alexander había sido extraído de la incubadora y colocado en la mesa de operaciones debidamente calentada. Ahora la enfermera ayudante, asistida por el interno, sujetaba al niño mediante unos lienzos —rodeando cada brazo y cada pierna— plegados en largas y estrechas bandas y sujetos con pinzas a la mesa. O’Donnell advirtió que el niño yacía muy quieto, sin reaccionar casi a todo lo que le hacían. En un niño tan pequeño, no era un síntoma alentador.

La enfermera desdobló un paño estéril y cubrió con él al niño, dejando sólo descubiertos la cara y el ombligo, éste aún en vías de cicatrización en el lugar donde se había efectuado el corte del cordón umbilical. La anestesia local había sido ya realizada. Ahora la joven le pasó unas pinzas a O’Donnell, que las tomó, cogió con ellas un montón de gasas y comenzó a preparar la zona operatoria. El interno había tomado una libreta y un lápiz. O’Donnell le preguntó:

—¿Va usted a hacer el registro?

—Sí, señor.

O’Donnell advirtió el tono respetuoso del otro y, en otras circunstancias, habría sonreído interiormente. Los internos y los residentes formaban una casta notoriamente independiente, dispuestos siempre a sorprender las faltas de los médicos titulares, y que uno de aquéllos le llamara «señor» era algo así como obtener un diploma.

Unos minutos antes habían entrado en el quirófano dos estudiantes de enfermera, y, siguiendo la costumbre, O’Donnell explicó el procedimiento mientras trabajaba.

—Una transfusión total, como tal vez ya saben ustedes —y O’Donnell miró a las dos estudiantes—, es un proceso de renovación. Primero sacamos una cantidad de sangre del niño, que reemplazamos con una cantidad igual de sangre del dador. Después vamos repitiendo la misma operación hasta que la mayor parte de la sangre primitiva y mala ha sido renovada.

La enfermera ayudante ponía boca abajo una botella de sangre colocada en un estante sobre la mesa. O’Donnell prosiguió:

—El banco de sangre ha cotejado ya la sangre del paciente con la del dador, para asegurarse de que son compatibles. También tenemos que cuidar muy bien de inyectar exactamente la misma cantidad de sangre que extraemos. Por esto llevamos un registro. —Y señaló la libreta del interno.

—Temperatura: noventa y seis —anunció la enfermera.

—Bisturí, por favor —dijo Kent O’Donnell, extendiendo la mano. Manejando cuidadosamente el bisturí, cortó la parte seca de la vena umbilical, dejando al descubierto un tejido húmedo—. Seque.

El interno observaba atentamente. O’Donnell dijo:

—Hemos aislado ya la vena umbilical. Ahora extraeremos el coágulo.

Tendió la mano y la enfermera le dio las pinzas. El coágulo de sangre era minúsculo, apenas visible, y él lo extrajo cuidadosa y delicadamente. Operar a un niño tan pequeño era como intervenir a una muñeca. ¿Había probabilidades, se preguntó O’Donnell, de que la criatura viviera? En circunstancias normales, el pronóstico habría sido favorable, incluso muy bueno. Pero ahora, con el retraso de varios días, aquéllas habían menguado muchísimo. Observó la cara del niño. No era feo, como suelen ser todos los niños prematuros; incluso era guapo, con su acusada mandíbula reflejando un vigor latente. Contra su costumbre, dejó vagar un instante su imaginación y se dijo: «¡Qué vergüenza! ¡Tener que nacer con tantas cosas en contra!».

La enfermera ayudante sostenía un tubo de plástico al que estaba sujeta una aguja; por él se aspiraba la sangre y se reemplazaría ésta. O’Donnell tomó el tubo y delicadamente insertó la aguja en la vena umbilical. Dijo:

—Comprueben la presión.

Mientras sostenía el tubo en posición vertical, la enfermera empleó una regla milimétrica para medir la altura de la columna de sangre.

—Seis milímetros —anunció.

El interno tomó nota.

Un segundo tubo de plástico estaba conectado a la botella de sangre, y un tercero iba a parar a un recipiente metálico al pie de la mesa. O’Donnell los enchufó en una jeringa de veinte milímetros, con una llave de tres espitas a un extremo. Dio un giro de noventa grados a una de las espitas.

—Ahora —dijo— empezaremos a extraer sangre.

Con sus dedos sensibles, tiró delicadamente del émbolo. Éste era siempre el momento más crítico en aquella clase de transfusiones; si la sangre no fluía, había que desenchufar el tubo y repetir toda la maniobra. O’Donnell se dio cuenta de que, a su espalda, Dornberger se inclinaba hacia adelante. Entonces, suave y sencillamente, la sangre comenzó a fluir, llenando el tubo y penetrando en la jeringa. O’Donnell dijo:

—Advertirán ustedes que aspiro la sangre muy lentamente y con mucho cuidado. En este caso, extraeremos muy poca a cada aspiración, a causa de lo pequeño que es el niño. Normalmente, si se tratara de un niño nacido a su tiempo, extraeríamos veinte milímetros cada vez; pero ahora sólo extraeremos diez, para evitar una fluctuación excesiva en la presión sanguínea.

El interno anotó en su libreta: «10 mm fuera».

O’Donnell manejó una de las espitas de la jeringa y apretó el émbolo con fuerza. La sangre extraída del niño fue expulsada en uno de los cubos metálicos.

Accionando de nuevo la espita, O’Donnell absorbió sangre del dador y, con mucha suavidad, la inyectó en el niño. Anotó el interno: «10 cc dentro».

Esmeradamente, O’Donnell prosiguió la operación. En cada extracción e inyección, realizadas cuidadosamente y con regularidad, empleaba cinco minutos. Asaltábale la tentación de ir más de prisa, por ser el caso tan crítico, pero sabía que la precipitación era algo que había que evitar a toda costa. El cuerpecito que yacía sobre la mesa tenía tan poca resistencia que los efectos del shock podían ser inmediatos y fatales.

Al fin, al cabo de veinticinco minutos, el niño se agitó y púsose a llorar.

Fue un llanto débil, una protesta delicada y frágil que se extinguió apenas iniciada. Pero era una señal de vida y, por encima de las mascarillas de los que estaban en la sala, los ojos comenzaron a sonreír, y pareció nacer cierta esperanza.

O’Donnell sabía que no debía hacerse ilusiones precipitadas. Sin embargo, le dijo a Dornberger por encima del hombro:

—Parece que se ha enfadado. Puede ser una buena señal.

Dornberger también había reaccionado. Se inclinó para leer la tarjeta-registro del interno, y, consciente de su papel, se limitó a insinuar:

—Tal vez un poquito de gluconato de calcio…, ¿no te parece?

—Sí.

O’Donnell desenchufó la jeringa y la sustituyó por una jeringuilla de diez centímetros cúbicos de gluconato de calcio que le entregó la enfermera. Inyectó un centímetro y la devolvió. La enfermera volvió a darle la jeringa, después de limpiarla en un segundo cubo de metal.

O’Donnell advirtió que había disminuido la tensión en la sala. Empezó a preguntarse si, a fin de cuentas, el niño saldría adelante. Cosas más extrañas había visto; sabía desde hacía tiempo que nada es imposible y que, en medicina, lo inesperado se presenta igualmente en favor que en contra de uno.

—Bueno —dijo—, prosigamos.

Sacó diez milímetros de sangre, y los reemplazó; sacó otros diez, e inyectó diez. Y otros. Y otros.

Y entonces, a los cincuenta minutos de empezar, la enfermera anunció en voz baja:

—La temperatura está bajando, doctor. Ahora está a noventa y cuatro, coma tres.

—Compruebe la presión sanguínea —dijo él, rápidamente. Era de treinta y cinco; excesivamente baja.

—No respira bien —dijo el interno— y tiene mal color.

—Tómele el pulso —le dijo O’Donnell. Y, volviéndose a la enfermera—: Oxígeno.

Ella cogió una máscara de goma y la colocó sobre la cara del niño. Un momento después se oyó un débil silbido y empezó a salir el oxígeno.

—Pulso muy débil —dijo el interno.

Y la enfermera declaró:

—La temperatura ha bajado a noventa y tres.

El interno auscultaba con el estetoscopio. Miró hacia arriba.

—La respiración falla. —Y, un momento después—. Ha dejado de respirar.

O’Donnell tomó el estetoscopio y auscultó. Pudo oír un latido del corazón, pero muy débil. Dijo, vivamente:

—Coramina. Un centímetro cúbico.

Mientras el interno se alejaba de la mesa, O’Donnell apartó los paños que cubrían al niño y empezó a hacer la respiración artificial. El interno volvió al cabo de un instante, trayendo en la mano una jeringuilla hipodérmica.

—Directa al corazón —dijo O’Donnell—. Es la única posibilidad.

En el despacho de patología, el doctor David Coleman sentía crecer su inquietud. Se había quedado allí con Pearson, esperando, desde que les anunciaron el resultado del análisis de sangre. Entre los dos habían despachado algunos informes de cirugía; pero lo habían hecho despacio, conscientes ambos de que tenían el pensamiento en otra parte. Ahora había transcurrido ya casi una hora, y aún no sabían nada. Quince minutos antes, Coleman se había levantado y había insinuado:

 

—Quizá será mejor que vea si hay algo en el laboratorio…, ¿no?

El viejo había levantado los ojos, con mirada perruna. Casi suplicando, le había dicho:

—¿Le importaría quedarse?

Sorprendido, había respondido Coleman:

—No, si usted lo desea.

Y habían permanecido juntos matando el tiempo.

También para David Coleman resultaba dura aquella espera. Sabía que en el fondo estaba tan excitado como Pearson, aunque en este momento el viejo demostrara más su ansiedad. Por primera vez se daba cuenta Coleman de lo mucho que le preocupaba aquel caso. El hecho de que hubiese tenido razón y de que Pearson se hubiese equivocado en el análisis de sangre no le producía satisfacción alguna. Por el bien de los Alexander, deseaba desesperadamente que su hijo viviera. Le asombró la intensidad de sus propios sentimientos; era extraño que algo le afectara hasta tal punto. Recordó, sin embargo, que le había tomado simpatía a John Alexander desde el primer momento en que lo vio en el Tres Condados; y más tarde, cuando había conocido a su mujer y se había enterado de que los tres eran oriundos del mismo pueblo, había parecido nacer entre ellos una especie de parentesco no confesado, pero real.

El tiempo transcurría lentamente, y cada minuto de espera parecía más largo que el anterior. Intentó plantearse algún problema para mantener ocupada la mente. Decidió concentrar la atención en algunos de los aspectos del caso Alexander. Punto número uno: El hecho de que el Coombs practicado en la sangre del niño hubiese dado resultado positivo, significaba que también la madre tenía Rh-sensibilizada. Pensó en cómo se habría producido esto.

La madre, Elizabeth Alexander, podía, desde luego, haberse sensibilizado durante su primer embarazo. Esto —razonó David Coleman— podía no haber afectado a su primer hijo, que había muerto de… —¿de qué le habían dicho?—, ¡ah, sí!, de bronquitis. Era mucho más frecuente descubrir los efectos de la sensibilización Rh durante un segundo embarazo.

También cabía la posibilidad, naturalmente, de que, en algún momento, se hubiese hecho a Elizabeth alguna transfusión de sangre Rh positiva. Aquí se detuvo; en lo más recóndito de su cerebro rebullía una idea aún no formada, un sentimiento inquieto de hallarse cerca de algo que no lograba alcanzar. Se concentró, frunciendo las cejas. De pronto se juntaron las piezas del rompecabezas: allí estaba lo que había presentido, perfectamente claro a la vista. Anotó mentalmente: Transfusiones. El accidente de New Richmond. El paso a nivel en que el padre de Elizabeth había muerto y en que ella había sido herida aunque hubiese sobrevivido.

Una vez más, Coleman concentró su pensamiento. Intentaba recordar lo que John Alexander le había dicho de Elizabeth. Las palabras volvieron a su memoria: Elizabeth estuvo a las puertas de la muerte. Pero gracias a unas transfusiones de sangre logró reponerse. Creo que fue aquélla la primera vez que pisé un hospital. Casi viví allí durante una semana.

No podía probarlo, desde luego, después de haber pasado tanto tiempo; pero habría apostado cualquier cosa a que había ocurrido de aquel modo. Pensó: La existencia del Rh sólo fue descubierta por la medicina después de 1940, y aún se necesitaron otros diez años para que los hospitales y médicos adoptaran el análisis correspondiente. Mientras tanto, hubo muchos sitios en que las transfusiones de sangre siguieron haciéndose sin hacer la prueba del Rh; probablemente New Richmond fue uno de aquéllos. El tiempo parecía concordar. El accidente sufrido por Elizabeth debía de haber ocurrido en 1949; recordaba que su padre le había contado algo poco después.

¡Su padre! Ahora se le ocurrió pensar otra cosa; había sido su propio padre, el doctor Byron Coleman, quien había ordenado la transfusión de sangre a Elizabeth Alexander. Si se habían hecho varias, debió de emplearse más de un dador; era más que probable que la sangre de uno de ellos fuera Rh positiva. He aquí cómo Elizabeth había sido sensibilizada; ahora estaba seguro de ello. De momento, naturalmente, no se habrían manifestado los efectos. Pero su sangre había comenzado a producir anticuerpos…, anticuerpos ocultos e insospechados que habían despertado nueve años más tarde, vigorosos y virulentos, para aniquilar a su hijo.

Evidentemente, no podía censurarse al padre de David Coleman, aunque la hipótesis fuese cierta. Había actuado de buena fe, según las normas médicas y vigentes en su tiempo. Cierto que entonces ya se conocía el factor Rh y que en algunos lugares ya se practicaba el análisis. Pero difícilmente podía esperarse que un médico rural, agobiado de trabajo, estuviera al corriente de los últimos avances. ¿O tal vez debió estarlo? Algunos médicos de aquella época, incluso de medicina general, conocían los horizontes abiertos por los modernos grupos sanguíneos. «Ellos» habían afirmado inmediatamente el valor de los últimos descubrimientos. Pero, arguyó David Coleman, éstos debían de ser hombres jóvenes. Su padre, por aquel entonces, se estaba ya haciendo viejo; trabajaba demasiado para que le quedara tiempo de leer. Pero ¿era ésta una excusa suficiente? ¿Aceptaría él, el propio Coleman, la misma excusa para los demás? ¿O acaso existía un doble sistema de normas, uno más benévolo, cuando había que juzgar a uno de la propia estirpe, aunque fuese un padre que había muerto?

Esta idea le turbó. Percibió, inquieto, que un sentimiento personal de fidelidad venía a velar una de sus más arraigadas opiniones. David Coleman lamentó haber pensado en ella. Ahora se sentía preso de una duda inquietante, de una impresión de inseguridad… acerca de todo.

Pearson lo estaba observando. Preguntó:

—¿Cuánto tiempo llevan?

Coleman consultó su reloj y respondió:

—Un poco más de una hora.

—Voy a llamar. —Impulsivamente, Pearson cogió el teléfono. Después vaciló, y volvió a soltarlo—. No —dijo—, será mejor esperar.

 

En el laboratorio de serología, John Alexander sentía también pasar el tiempo. Hacía una hora que había visitado a Elizabeth, y desde entonces había intentado varias veces ponerse a trabajar, pero había sido en vano. Comprendía que tenía la cabeza en otra parte, y había preferido no trabajar a cometer algún error. Ahora, tomando un tubo de ensayo, se dispuso a empezar de nuevo, pero Bannister se acercó a él y se lo quitó de la mano.

Mirando la hoja correspondiente, el viejo técnico dijo, con amabilidad:

—Lo haré yo.

Alexander protestó débilmente, y dijo Bannister:

—Vamos, muchacho, deje que lo haga yo. ¿Por qué no se va con su esposa?

—Se lo agradezco, pero prefiero quedarme. El doctor Coleman ha dicho que en cuanto supiera algo… vendría a decírmelo. —Los ojos de Alexander consultaron el reloj de pared una vez más. Añadió, con voz tirante—: Ahora ya no pueden tardar mucho.

Bannister se volvió de espaldas.

—No —dijo, lentamente—. Supongo que no.

 

Elizabeth Alexander estaba sola en su cuarto del hospital. Yacía en silencio, abiertos los ojos, hundida la cabeza en la almohada, cuando entró la enfermera Wilding. Elizabeth le preguntó:

—¿Hay alguna noticia?

La enfermera de cabellos grises sacudió la cabeza.

—Se lo diré en cuanto sepamos algo. —Dejando el vaso de jugo de naranja que le había traído, dijo—: Si quiere, puedo hacerle compañía unos minutos.

—Sí, gracias.

Elizabeth sonrió débilmente, y la enfermera acercó una silla a la cama y se sentó. La Wilding sintió alivio al poder descansar los pies; últimamente le habían dolido mucho, y sospechaba que pronto la obligarían a dejar su trabajo de enfermera, tanto si quería como si no.

Bueno, a fin de cuentas pensaba que no le quedaba mucho tiempo.

Sin embargo, Wilding deseaba poder hacer algo por los dos jóvenes. Desde el principio le habían sido simpáticos; los dos —marido y mujer— eran para ella como dos chiquillos. En cierto modo, al cuidar a esta niña —que, según todas las apariencias, estaba a punto de perder a su hijo— era casi como si cuidara a la hija que tanto había deseado y que nunca había tenido. ¿No se estaba portando como una tonta? Con tantos años de enfermera, ahora, en el último instante, se volvía sentimental. Preguntó a Elizabeth:

—¿Qué estaba pensando… cuando yo entré?

—Pensaba en los niños…, en los niños sanos y rollizos que gatean sobre la hierba al ponerse el sol de la tarde. —Elizabeth hablaba con voz soñadora—. Es lo que hacían los niños en Indiana, cuando yo era pequeña… en el verano. Ya entonces solía pensar que llegaría el día en que yo tuviera hijos, y que yo me sentaría a su lado mientras se revolcarían en la hierba, a la luz del crepúsculo, igual que hice yo.

—Con los niños ocurren cosas raras —dijo Wilding—. A veces las cosas salen al revés de lo que una quisiera. Yo tuve un hijo, ¿sabe? Ahora es un hombre.

—No —dijo Elizabeth—, no lo sabía.

—No lo interprete mal —dijo Wilding—. Es un buen chico…, oficial de marina. Se casó hace un mes o dos. Me escribió una carta comunicándomelo.

Elizabeth pensó, sin darse apenas cuenta: «¿Cómo sería eso de tener un hijo… y recibir una carta diciendo que se había casado?».

—Siempre tuve el presentimiento de que no nos comprenderíamos bien —siguió diciendo la Wilding—. Supongo que yo tuve parte de la culpa… al divorciarme y no haberle dado nunca un verdadero hogar.

—Pero irá usted a verle alguna vez —dijo Elizabeth—. Y tendrá nietos… seguramente.

—He pensado mucho en esto —respondió la Wilding—. Siempre imaginé que sería divertido. Compréndame: tener nietos…, vivir en algún lugar, cerca de ellos, e ir a verlos por las noches… y todo lo demás.

Elizabeth preguntó:

—¿Y no lo hará… ahora?

La Wilding sacudió la cabeza.

—Tengo el presentimiento de que, si fuese, sería como visitar a unos extraños. Y tampoco podría hacerlo a menudo. Mi hija ha sido destinada a Hawai; partieron hace una semana. —Y, en un tono de retadora sinceridad, añadió—: Pensaba venir a presentarme a su esposa. Pero surgió una dificultad en el último momento, y entonces no pudieron hacerlo.

Hubo una pausa, y luego dijo la Wilding:

—Bueno, ahora tengo que marcharme. —Se levantó, y, al llegar a la puerta, añadió—: Tómese el jugo de naranja, señora Alexander. Ya vendré a decirle… en cuanto sepamos alguna cosa.

 

Kent O’Donnell sudaba, y la enfermera ayudante se inclinó para enjugarle la frente. Habían pasado cinco minutos desde que había comenzado la respiración artificial, y aún no respondía el cuerpecillo que tenía entre las manos. Con los pulgares apretaba la cavidad torácica, mientras los otros dedos se cruzaban en la espalda. El niño era demasiado pequeño, y las dos manos de O’Donnell se encontraban; tenía que emplearlas con cuidado, temeroso de que un exceso de presión pudiese quebrar los frágiles huesos. Una vez más, delicadamente, apretó y aflojó, mientras silbaba el balón de oxígeno, tratando de forzar la respiración, de excitar a los cansados y diminutos pulmones para que así volvieran a la vida.

O’Donnell necesitaba que el niño viviera. Sabía que, si moría, significaría que el Tres Condados —su hospital— había fracasado en su función más esencial: cuidar debidamente de los enfermos y de los débiles. El niño no había sido atendido debidamente; se le había dado lo mínimo cuando necesitaba lo máximo, y el abandono había sido manifiesto. Instintivamente trataba de comunicar, de transmitir su propia energía a través de las puntas de sus dedos al corazón vacilante de la criatura. Tuviste necesidad de nosotros, y fallamos; probaste nuestra fuerza, y nos hallaste débiles. Pero probemos otra vez… juntos. A veces lo hacemos mejor; no nos juzgues por un solo fracaso. En este mundo hay mucha ignorancia y tontería, y prejuicios y ceguera… Ya te lo hemos demostrado. Pero también hay otras cosas: cosas buenas por las que vale la pena vivir. ¡Respira! ¡Es una cosa tan fácil… pero tan importante! Y las manos de O’Donnell se movían hacia atrás y hacia adelante… apretando… aflojando… apretando… aflojando… apretando…

Transcurrieron otros cinco minutos, y el interno seguía auscultando con el estetoscopio, prestando toda la atención. Después se irguió. Sorprendió la mirada de O’Donnell y movió la cabeza. O’Donnell se detuvo; sabía que era inútil proseguir.

Volviéndose a Dornberger, le dijo en voz baja:

—Creo que ha muerto.

Se encontraron sus miradas, y los dos supieron que eran iguales sus sentimientos.

O’Donnell se sintió invadido por una furia ardiente. Se arrancó con rabia la mascarilla y el gorro y los guantes de goma, y los arrojó al suelo.

Los otros tenían los ojos fijos en él. Apretando los labios en amarga sonrisa, le dijo a Dornberger:

—Bueno, podemos irnos. —Y, con voz ronca, dirigiéndose al interno—: Si alguien pregunta por mí, estoy con el doctor Pearson.