Diagnóstico final
Cinco
La cafetería del Hospital Tres Condados era un lugar de reunión tradicional para el cuadro facultativo y empleados del establecimiento. También era el centro de información del hospital, cuyas ramas invisibles se extendían por todos los servicios y departamentos dentro de los muros del Tres Condados. Pocos acontecimientos se producían en el hospital —ascensos, escándalos, despidos, nombramientos— que no se conocieran y discutieran en la cafetería antes de darse a conocer oficialmente.
El personal médico empleaba frecuentemente la cafetería para «consultas de mesa de café» con colegas que sólo veían a la hora de la comida o de la sobremesa. Ciertamente, muchos asuntos graves de medicina eran tratados alrededor de sus mesas, y, a menudo, opiniones valiosas de especialistas, que en otra ocasión habrían ido seguidas de una minuta sustanciosa, se brindaban espontáneamente, con gran ventaja a veces de un enfermo, que, al recobrarse de cualquier dolencia rebelde en un principio, no sospechaba siquiera el origen casual del nuevo tratamiento.
Desde luego, había excepciones. Había algunos médicos a quienes venía cuesta arriba derrochar los conocimientos adquiridos a costa de tantos esfuerzos, y se resistían a dejarse arrastrar por sus colegas a la discusión de casos concretos. En tales casos, la réplica habitual era: «Creo que será mejor celebrar una consulta en mi despacho. Allí funciona el contador».
Gil Bartlett era uno de los que rechazaban aquellos intentos, y a veces sus negativas eran mucho más rudas. Se refería una anécdota de ésta su táctica personal de resistencia, que no había tenido por escenario la cafetería, sino un salón particular durante un coctel. La anfitriona, una gran dama de la sociedad de Burlington, había acorralado a Bartlett, bombardeándole con preguntas acerca de sus dolencias, reales e imaginarias. Bartlett la había escuchado durante un buen rato, y después había anunciado, en voz tan alta que hizo que se callaran todos los demás: «Señora, opino, por lo que usted me ha dicho, que padece un desorden menstrual. Si quiere desnudarse, la reconoceré aquí mismo».
La mayoría, empero, aunque eludían las consultas de esa índole fuera del hospital, aceptaban los cambios de impresiones en la cafetería, suponiendo que ganaban tanto como perdían. Y muchos médicos, para interrumpir sus conversaciones, lanzaban esta pulla: «Si quieres algo más de mí, estaré en mi segundo despacho». Generalmente, no se pedía ni se daba más explicación.
Por lo común, la cafetería era una zona democrática en la que, sin olvidarla, se prescindía temporalmente de la jerarquía hospitalaria. Tal vez la única excepción era la costumbre de reservar un grupo de mesas para el cuerpo facultativo. La señora Straughan, la jefe de Dietética, recorría periódicamente aquella zona, sabedora de que la menor deficiencia en la higiene o el servicio podía originar severas quejas en la próxima junta de médicos del hospital.
Con pocas excepciones, los médicos titulares usaban las mesas reservadas. El personal, sin embargo, era menos estable en sus costumbres, y a veces los internos y los residentes hacían gala de independencia reuniéndose con las enfermeras o con otros grupos. Por consiguiente, nada tenía de particular que Mike Seddons se hubiese dejado caer en una silla frente a Vivian Loburton, la cual, habiendo terminado su labor antes que otras compañeras estudiantes, estaba almorzando sola.
Desde que se habían conocido diez días atrás en la sala de autopsias, Vivian había tropezado en varias ocasiones con Mike Seddons en el hospital, y cada vez —al contemplar su mata de pelo rojo y su sonrisa de oreja a oreja— lo había ido encontrando más simpático. Instintivamente, había esperado que él no tardaría en iniciar una aproximación directa, y ahí lo tenía ahora.
—¡Hola! —dijo Seddons.
—¡Hola! —La palabra había brotado torpemente, porque Vivian acababa de morder, con envidiable apetito, un muslo de pollo. Señaló la boca, y murmuró—: Perdón.
—No hay de qué —dijo Seddons—. No te apresures. He venido a hacerte una proposición.
Ella tragó el bocado de pollo, y respondió:
—Suponía que era costumbre tardar un poco más.
Mike Seddons hizo un guiño.
—¿No te has enterado aún? Estamos en la era de la velocidad. No hay tiempo para andarse con remilgos. Escucha mi proposición: Iremos al teatro pasado mañana, después de haber cenado en el Cuban Grill.
Vivian preguntó, curiosa:
—¿Tienes dinero para pagarlo?
Entre el personal de la casa y las estudiantes de enfermera, la pobreza era desde antiguo motivo de amargas bromas. Seddons bajó la voz hasta convertirla en un murmullo teatral:
—No se lo digas a nadie, pero es que hago estraperlo. Esos pacientes de la sala de autopsias… Muchos de ellos llevan dientes de oro. Es tan sencillo…
—¡Oh, cállate! ¡Se me va a indigestar el almuerzo!
Mordió de nuevo el muslo de pollo, y Seddons le hurtó dos patatas fritas.
—¡Hum! No están malas —dijo, saboreándolas—. Las comeré más a menudo. Y, ahora, ahí va la historia. —Sacó del bolsillo dos entradas y un vale impreso—. Mira esto: Obsequio de un paciente agradecido.
Las entradas eran para el espectáculo de un music-hall de Broadway. El vale daba derecho a una comida para dos en el Cuban Grill.
—¿Qué hiciste? —Vivian se sentía francamente intrigada—. ¿Cirugía del corazón?
—No. La semana pasada suplí durante media hora a Frank Worth en la sala de urgencia. Llegó un tipo con una herida muy grande en una mano, y se la suture Y no supe más, hasta que llegó esto por correo. —Chascó la lengua—. Worth está furioso, desde luego. Dice que no volverá a abandonar su puesto. Bueno, ¿quieres venir?
—Me gustaría mucho —dijo Vivian, y no mentía.
—¡Estupendo! Te iré a buscar a la residencia de enfermeras a las siete. ¿De acuerdo?
Mientras hablaba, Mike Seddons se dio cuenta de que cada vez miraba a la muchacha con mayor interés. Había advertido de pronto que en ella había muchísimo más que una linda cara y una buena figura Al mirarle y sonreírle, transmitía la sensación de algo tibio y fragante. Él pensó: «Me gustaría que saliésemos hoy en vez de pasado mañana, es mucho tiempo para esperar». Después, una voz débil de alerta que brotó en su interior le previno: «¡Cuidado con los enredos! Recuerda la política de Seddons: ámalas y déjalas… felices con sus recuerdos; las despedidas son dolorosas, pero muy prácticas para quien quiera conservar la libertad».
—De acuerdo —dijo Vivian—. Tal vez me retrase un poco, pero no mucho.
Había transcurrido una semana y media desde que Harry Tomaselli había dicho a O’Donnell que las obras de ampliación del hospital debían comenzar en primavera. Ahora, Tomaselli, Kent O’Donnell y Orden Brown, presidente de la Junta Directiva, hallábanse reunidos en el despacho del primero para discutir las primeras cosas que debían realizarse.
Meses antes, y asesorados por un arquitecto, los tres habían trazado planes detallados para cada sección que debía albergar la nueva ala. Los deseos de los jefes de servicio tenían que adaptarse a las disponibilidades de dinero. Orden Brown había actuado de árbitro, y O’Donnell le había servido de enlace médico. Como siempre, el presidente se había mostrado enérgico y mordaz, pero con un sentido del humor que matizaba su rudeza originaria. A veces habían accedido a todo lo solicitado; pero, si habían sospechado que alguien perseguía un interés particular, habían realizado una investigación a fondo.
Un jefe de servicio, el de Farmacia, había insistido mucho en tener un retrete particular dentro de sus dependencias. Cuando el arquitecto le había hecho observar que sólo a cuarenta pies pasillo abajo había una instalación de sanitarios, el farmacéutico había replicado que cuarenta pies era mucha distancia cuando uno padecía de ataques periódicos de diarrea. Orden Brown le había enviado secamente a consultar al internista.
Unos pocos proyectos de importancia hubieron de ser vetados sólo por razón del coste. «Ding Dong» Bell, el radiólogo, había propugnado de modo muy convincente la implantación de un servicio de cine-radiografía, con el fin de mejorar el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades del corazón. Pero, al saberse que sólo el equipo costaría cincuenta mil dólares, el plan tuvo que ser rechazado a su pesar.
Ahora, trazado el plan general, toda su atención se concentraba en el aspecto práctico, o sea, la obtención del dinero. Estrictamente hablando, esto era función de la Junta Directiva, pero ésta esperaba que el cuerpo médico prestara su ayuda.
Orden Brown dijo:
—Sugerimos una escala de cuotas para los doctores: seis mil dólares para los médicos jefes de servicio, cuatro mil para los adjuntos y dos mil para los ayudantes.
O’Donnell lanzó un débil silbido y le dijo al presidente:
—Temo que habrá algunas quejas.
Orden Brown sonrió.
—No tendremos más remedio que aguantarlas.
Terció Harry Tomaselli:
—El dinero puede ser aportado en cuatro años, Kent. En cuanto tengamos la suscripción por escrito, podemos pedir un crédito al Banco.
—Y aún hay más —dijo Brown—. Cuando circule la noticia de lo que van a dar los médicos, estoy seguro de que nuestro fondo general experimentará un gran aumento.
—Y usted cuidará de que la noticia circule, ¿no?
—Naturalmente —sonrió Brown.
O’Donnell pensó que le tocaría a él plantear la cuestión en junta de médicos. Imaginó las expresiones doloridas con que tendría que enfrentarse. Sabía que la mayoría de los médicos, igual que la mayoría de la gente en estos tiempos, vivían al día. Desde luego, las cuotas no serían obligatorias, pero a cualquiera resultaría difícil negarse a colaborar, y más habida cuenta de que el cuadro facultativo tenía mucho que ganar con la ampliación del hospital. Muchos, ciertamente, darían el dinero que se les pidiera y —así es la naturaleza humana— presionarían a los otros para que apechugaran a su vez. Un hospital es terreno abonado para la intriga, y hay muchas maneras de hacerle la vida imposible a un recalcitrante.
Harry Tomaselli, con su intuición acostumbrada, dijo:
—No te preocupes, Kent. Te informaré ampliamente antes de la junta de médicos. Tendremos preparada toda la propaganda. En realidad, verás como alguien incluso ofrecerá más de la cuota.
No cuentes con ello —sonrió O’Donnell—. Vamos a herir a un grupo de médicos en su punto más sensible: la cartera.
Tomaselli sonrió a su vez. Estaba convencido de que cuando el jefe de cirugía luciese su llamamiento al personal, lo haría certeramente y a conciencia, como hacía todo lo demás. Pensó, no por primera vez, Jo agradable que era trabajar con un hombre del carácter de O’Donnell, fin el hospital en que antes había trabajado Tomaselli, como ayudante del administrador, el presidente del cuerpo facultativo era un hombre que buscaba la popularidad y encaraba las velas según soplara el viento de las opiniones. Resultado de ello fue que no existiera una dirección verdadera y que el prestigio del hospital bajara sensiblemente.
Harry Tomaselli admiraba la rectitud y las decisiones rápidas, principalmente porque era su propio método como administrador del Tres Condados. Tomando rápidas decisiones, uno a lo mejor se equivocaba, pero se hacían más cosas y, a la larga, los errores disminuían notablemente. La rapidez —de palabra, de ideas y de acción— era algo que Harry Tomaselli había aprendido en las salas de justicia mucho antes de que pensara siquiera en buscar un empleo detrás de una mesa de hospital.
Al terminar la segunda enseñanza, había ingresado en la Facultad de Derecho, y, al estallar la guerra, había forjado ya los cimientos de un buen bufete. Anticipándose al reclutamiento, se había alistado en la Armada de los EE. UU., y allí le habían dado un destino en la administración de Sanidad. Más tarde, cuando los hospitales navales se llenaron de heridos, el teniente Tomaselli había demostrado ser un administrador muy capaz y poseer el instinto de percibir la invisible frontera entre la práctica de la medicina y los asuntos propios de la dirección de un hospital.
Después de la guerra, puesto en trance de elegir entre volver a las leyes o permanecer en el trabajo del hospital, había escogido lo último y había ingresado en la Escuela de Administración Hospitalaria de la Universidad de Columbia.
Y había obtenido su título en el momento en que se consideraba ya la administración de hospitales como un trabajo de especialista, para el cual el título de médico no era necesario ni particularmente útil. Este reconocimiento dio origen a una gran demanda de administradores, y, al cabo de dos años de trabajo auxiliar, había aceptado la oferta de Orden Brown para el primer cargo administrativo del Tres Condados.
Ahora Harry Tomaselli adoraba su trabajo. Compartía los puntos de vista de O’Donnell sobre la dignidad de la buena medicina y respetaba el ingenio y agudeza comerciales del presidente de la Junta Directiva, Orden Brown. Como administrador, incumbía a Tomaselli cuidar de que todos los servicios del hospital —alimentación, régimen interior, instalaciones, obras, contabilidad y ramas secundarias— estuvieran al nivel exigido por los otros dos hombres. Lográbalo por delegación de sus funciones —tenía la suerte de saber elegir buenos jefes de departamento— y también dedicando todo su interés personal a cuanto en el hospital ocurría. Casi nada importante escapaba a Harry Tomaselli. Cada día podía verse su breve y cuadrada figura discurriendo por los pasillos y deteniéndose a menudo para hablar con las enfermeras, los pacientes, los ordenanzas, los empleados, los cocineros, en fin, todos los que podían mejorar su régimen. Las nuevas ideas lo entusiasmaban, y su propio entusiasmo inspiraba a los demás. A veces, con la cabeza echada hacia delante, brillantes los ojos detrás de las gafas de negra montura, se ponía a hablar desordenadamente, mientras galopaban sus ideas y las subrayaba con vivos ademanes.
Durante sus peregrinaciones, raras veces tomaba Harry Tomaselli notas por escrito. Su práctica de abogado le permitía conservar los hechos en la memoria, debidamente clasificados. Pero, después de cada gira de inspección, redactaba extensísimos informes que comprendían todos los puntos, grandes y pequeños, en que pensaba que podía mejorarse la administración del Tres Condados.
Sin embargo, y a despecho de todo, ponía tal diplomacia en el tono y las palabras que raras veces ofendían a alguien. Cuando reñía a uno verbalmente, hablaba en seguida de cualquier cosa graciosa. Le repugnaba despedir a un empleado del hospital, a menos que la falta fuese realmente grave. Solía decir a sus jefes de departamento: «Cuando alguien ha trabajado aquí más de un mes, su experiencia es una partida de nuestro Activo. Sería más beneficioso para nosotros tratar de corregirlo, que buscar uno nuevo que pueda tener otras faltas que ignoramos». Esta política hacía que fuese apreciado y respetado, y mantenía elevada la moral del personal.
Pero todavía existían en la administración cosas que le preocupaban. Sabía que algunos departamentos podían ser más eficaces. Había sectores en que podía mejorarse el cuidado de los enfermos. Había que tirar y reemplazar muchos instrumentos anticuados. Había material moderno —el aparato de cine-radiografía era un ejemplo— que, en condiciones ideales, debería tener el hospital. El plan de obras remediaría alguna de estas deficiencias, pero no todas. Como O’Donnell, estaba convencido de que les esperaban muchos años de trabajo y que algunos objetos tal vez no podrían ser nunca alcanzados. Pero, a fin de cuentas, así era la ruta del progreso: uno siempre debía pretender algo más de lo que podía conseguir.
Orden Brown atajó sus pensamientos, volviéndole a la realidad presente. El presidente le estaba diciendo:
—Desde luego, cuando iniciemos la campaña, habrá que desarrollar una gran actividad social. ¡Ah! Y algo más. Creo que sería interesante, Kent, que diera una conferencia en el «Rotary Club». Podría explicarles la importancia de las obras, nuestros planes para el futuro, etcétera.
O’Donnell, a quien disgustaban los actos públicos, y especialmente el ambiente bonachón y ordenancista de los clubs filantrópicos, estuvo a punto de hacer una mueca, pero se contuvo a tiempo. En vez de ello, dijo:
—Si cree usted que puede ayudarnos…
—Uno de mis familiares es directivo del «Rotary» —dijo Orden Brown—. Haré que él se encargue. Convendría hacerlo durante la primera semana de la campaña. La semana siguiente podríamos hacer lo mismo con el «Kiwanis». O’Donnell iba a decirle al presidente que le dejara un poco de tiempo para la cirugía, pues, en otro caso, le sería muy difícil pagar su propia cuota. Pero lo pensó mejor y se calló.
—A propósito —dijo Orden Brown—, ¿está libre pasado mañana para la comida?
—Sí, señor —respondió O’Donnell con presteza, pues le gustaba la tranquilidad y la dignidad ordenada que presidía las comidas en la casa de la colina.
—Quisiera que me acompañase a casa de Eustace Swayne. —Y, viendo la sorpresa de O’Donnell, añadió—: No tema…, está invitado. Me pidió que se lo dijera en su nombre.
—Con mucho gusto.
Sin embargo, aquella invitación a comer con el más recalcitrante de los miembros del Consejo Directivo, era algo inesperado. Naturalmente, O’Donnell había hablado con Swayne unas pocas veces, pero no lo conocía muy a fondo.
—Y ahora escuche una sugerencia —dijo Brown—. Me gustaría que usted le hablase del hospital en términos generales. Si puede, hágale comprender algunas de sus ideas. Hablándole con franqueza, a veces constituye un problema en el seno del Consejo. Pero usted ya sabe esto, desde luego.
—Haré lo que pueda.
Ahora que ya sabía de qué se trataba, no le hizo ninguna gracia a O’Donnell intervenir en las intrigas del Consejo. Hasta entonces había logrado mantenerse al margen de ellas. Pero no podía decirle que no a Orden Brown.
El presidente tomó su cartera y se dispuso a marchar, Tomaselli y O’Donnell también se levantaron.
—Seremos un grupo muy reducido —dijo Orden Brown—; probablemente media docena de personas. Podemos pasar a recogerle. Le llamaré antes de salir.
O’Donnell le dio las gracias y el presidente salió, despidiéndose con una amistosa inclinación de cabeza.
Apenas se había cerrado la puerta detrás de Orden Brown, cuando entró la alta y esbelta Kathy Cohen, secretaria de Tomaselli.
—Siento interrumpirles —dijo.
—¿Qué ocurre, Kathy?
Ella respondió:
—Hay un hombre al teléfono que insiste en hablar con usted. Un tal señor Bryan.
—Ahora estoy ocupado con el doctor O’Donnell. Dígale que yo le llamaré.
Tomaselli parecía sorprendido. Era extraño que tuviera que decirle a Kathy algo tan elemental.
—Ya se lo he dicho, señor Tomaselli. —Pareció titubear.—
Pero ha seguido insistiendo. Dice que es el esposo de una enferma. Pensé que debía comunicárselo a usted.
—Tal vez será mejor que hables con él, Harry. —O’Donnell sonrió a la muchacha —. Kathy te lo agradecerá. A mí no me importa esperar.
—Está bien.
El administrador descolgó uno de sus dos teléfonos.
—Es la línea cuatro.
La muchacha esperó hasta que se hubo establecido la comunicación y volvió a la oficina exterior.
—El administrador al habla.
El tono de Tomaselli era amistoso. Después frunció ligeramente las cejas, escuchando lo que decían desde el otro extremo de la línea.
O’Donnell pudo oír las fuertes vibraciones del auricular. Captó estas palabras: «Una situación deplorable…, es abusar de una familia…, debería hacerse una investigación». Tomaselli tapó el micrófono con una mano y le dijo a O’Donnell:
—Está que echa chispas. Es algo acerca de su mujer. No acabo de comprender… —Escuchó un momento más y dijo—: Señor Bryan, tenga la bondad de empezar por el principio. Cuénteme todo lo ocurrido. —Tomó un bloc y un lápiz, y dijo—: Sí, señor. —Pausa—. Dígame, por favor, ¿cuándo ingresó su esposa en el hospital? —El auricular vibró de nuevo, y el administrador tomó rápidamente una nota—. ¿Y quién era su médico? —Otra nota—. ¿Y la fecha de alta? —Pausa—. Sí, ya comprendo.
O’Donnell oyó la frase: «No me dan ninguna explicación», y luego volvió a hablar Tomaselli:
—No, señor Bryan, no recuerdo este caso en particular. Pero lo averiguaré. Se lo prometo. —Escuchó, y respondió—: Sí, señor; ya sé lo que significa una factura de hospital para una familia. Pero ya sabe usted que el hospital no obtiene ningún lucro.
O’Donnell seguía oyendo la voz en el teléfono, pero ahora parecía más calmada, respondiendo al tono conciliador de Tomaselli. Éste dijo:
—Sí, señor; pero es el médico el que determina el tiempo que un paciente debe permanecer en el hospital. Creo que debería hablar de nuevo con el médico de su esposa, y, entretanto, yo haré que nuestro cajero revise su factura, partida por partida. —Escuchó un momento más, y después—: Muchas gracias, señor Bryan. Adiós.
Colgó el aparato, arrancó la hoja del bloc y la depositó en una azafata que llevaba el rótulo «Dictado».
—¿De qué se trataba?
O’Donnell formuló la pregunta sin darle importancia. En un hospital que no careciera de trabajo, las quejas sobre el servicio y las facturas no eran raras.
—Protesta de que su esposa estuvo aquí demasiado tiempo. Dice que tiene que empeñarse para pagar la cuenta. O’Donnell preguntó, vivamente:
—¿Y cómo sabe que estuvo demasiado tiempo?
—Dice que lo ha comprobado… ¡Vete a saber lo que quiere decir! —Y Tomaselli añadió, pensativo—: Puede haber sido necesario, desde luego, pero el caso es que estuvo aquí cerca de tres semanas.
—¿Y bien?
—Normalmente, la cosa no me preocuparía. Pero hemos tenido un número excesivo de quejas semejantes. No todas tan fuertes como ésta…, pero todas en el mismo sentido. Como un destello surgió en la mente de O’Donnell una palabra: Patología.
—¿Quién era el médico encargado? —preguntó.
Tomaselli consultó sus notas.
—Reubens.
—Veamos si podemos localizarlo y aclaramos en seguida la cuestión.
Tomaselli pulsó el teléfono interior.
—Kathy —dijo—, mire de localizar al doctor Reubens. Esperaron en silencio. Desde el pasillo les llegaba una voz que repetía en los altavoces: «Doctor Reubens, doctor Reubens». Al cabo de un momento zumbó el teléfono. Tomaselli alzó el auricular y escuchó. Después lo pasó a O’Donnell.
—¿Reub? Soy O’Donnell.
—¿Qué deseas?
O’Donnell distinguió la voz fina, precisa, de Reubens, uno de los cirujanos antiguos, al extremo de la línea.
—¿Tuviste un paciente… —consultó las notas que Tomaselli le había acercado —, una tal señora Bryan?
—Si. ¿Qué ocurre? ¿Se ha quejado su marido?
—¿Lo sabes, pues?
—¡Claro que lo sé! —Reubens parecía irritado—. Personalmente, creo que tiene motivos de queja.
—¿Cuál es el caso, Reub?
—El caso es que operé a la señora Bryan de un posible carcinoma de mama. Extirpé el tumor. Y resultó ser benigno.
—Entonces, ¿por qué la retuviste tres semanas?
Al preguntarlo, O’Donnell recordó que siempre tenía que hacerse esta comedia de preguntas y respuestas con Reubens. Este raras veces brindaba espontáneamente sus informes.
—¡Harías mejor en preguntárselo a Joe Pearson! —dijo.
—Pero será más sencillo si me lo dices tú, Reub. —O’Donnell mostraba una cortés insistencia—. Al fin y al cabo, es un paciente tuyo.
—Está bien. Ya te he dicho que el tumor era benigno. Pero pasaron dos semanas y media antes de que yo lo supiera. El tiempo que tardó Pearson en ponerlo bajo su microscopio y dictaminar.
—¿Se lo recordaste?
—Si no le llamé diez veces, no le llamé ninguna. Probablemente habría tardado más si yo no hubiese insistido tanto.
—¿Y ésta fue la causa de que retuvieras a la señora Bryan… durante tres semanas?
—Naturalmente. —La voz del teléfono adoptó un tono sarcástico—. ¿Pretendes acaso que hubiese tenido que darla de alta?
O’Donnell pensó que Reubens tenía motivos para mostrarse quisquilloso. Indudablemente, se habían puesto en una situación difícil. Si hubiese dado de alta a la enferma, se hubiese expuesto a tener que llamarla de nuevo para otra intervención, como le había ocurrido a Bill Rufus. Por otra parte, cada día de hospital significaba un dispendio extraordinario para la familia. Respondió, llanamente:
—No pretendo nada, Reub. Sólo estoy averiguando.
Por lo visto, Reubens ya se había figurado algo de esto.
—Entonces deberían hablar con algún otro —dijo—. No soy el único a quien le ha ocurrido una cosa así. ¿Sabes lo de Bill Rufus?
—Sí, lo sé. Y, francamente, me figuraba que las cosas habían mejorado un poco.
—Si ha sido así, nadie lo diría. ¿Qué piensas hacer con la factura de Bryan?
—Dudo de que podamos hacer nada. Después de todo, su mujer estuvo aquí tres semanas. Y el hospital anda mal de fondos, ya lo sabes.
O’Donnell se preguntó cuál sería la reacción de Reubens cuando se enterara de que le pedían seis mil dólares para las obras.
—Es una lástima. El marido es un buen muchacho…, carpintero o algo parecido, que trabaja por su cuenta. No está asegurado. Esto le hará empeñarse por mucho tiempo. O’Donnell no respondió. Su pensamiento se adelantaba ya, calculando lo que ocurriría después. De nuevo sonó la voz fina en el teléfono:
—Bueno, ¿algo más?
—No, Reub, nada más. Gracias.
Devolvió el aparato a Harry Tomaselli.
—Harry, hay que celebrar una reunión esta tarde. —O’Donnell había resuelto ya lo que tenía que hacer—. Convocaremos a media docena de los grandes. Nos reuniremos aquí, si no te importa, y quisiera que estuvieras tú también presente.
Tomaselli asintió con la cabeza.
—Lo haré.
O’Donnell repasaba los nombres.
—Necesitamos a Harvey Chandler, desde luego, como jefe de medicina. También hay que contar con Bill Rufus y con Reubens, según creo. —Hizo una pausa—. ¡Ah, sí! Y Charlie Dornberger. Puede sernos útil. ¿Cuántos suman?
El administrador sumó los nombres que había escrito.
Seis, si nos contamos tú y yo. ¿Qué te parece Lucy Grainger?
O’Donnell vaciló un momento. Después dijo:
—Muy bien. Así seremos siete.
—¿Orden del día? —preguntó Tomaselli, dispuesto el lápiz.
—No hace falta. Sólo hay un asunto a debatir: cambios en Patología.
Cuando el administrador mencionó el nombre de Lucy Grainger, O’Donnell había vacilado por una sola razón: le había recordado que había salido con Lucy la noche anterior.
Habían ido a comer —resultado de la invitación de O’Donnell el día de la conferencia sobre mortalidad— y habían tomado combinados y consumido una delicada cena en el «Palm Court» del «Roosevelt Hotel». Habían pasado un rato muy agradable y tranquilo, hablando ligeramente de ellos mismos, de personas conocidas y de sus propias experiencias dentro y fuera de la medicina.
Después O’Donnell había acompañado a Lucy a su casa. Hacía poco tiempo que ésta se había trasladado a Benvenuto Granger, una grande y elegante casa de departamentos, hacia el norte de la ciudad. Ella le había dicho:
—Subirás a tomar la última copa, ¿no?
Él había dejado que el uniformado portero aparcara el coche y la había seguido. Habían subido al quinto piso en el ascensor pulido y silencioso, recorriendo después un pasillo con panales de abedul, amortiguados sus pasos por la mullida alfombra. Él había enarcado las cejas y Lucy había sonreído.
—Es un poco pavoroso, ¿verdad? Yo misma estoy aún impresionada.
Había sacado una llave para abrir la puerta, y, ya en el interior, accionó un conmutador. Un elegante saloncito quedó inundado por una luz tenue y agradable. Justo enfrente, vio la puerta entreabierta del dormitorio.
—Voy a preparar un coctel —dijo ella.
Ahora estaba de espaldas a él. El hielo tintineó en los vasos.
—Lucy, ¿no te has casado nunca? —dijo O’Donnell.
—No —respondió ella sin volverse.
Él observó, con voz dulce:
—A veces me he preguntado por qué.
—En realidad es muy sencillo. Ha pasado mucho tiempo desde que me lo propusieron. —Lucy se volvió, llevando en la mano los combinados. Dijo, pensativa —: Ahora que lo recuerdo… hubo sólo una ocasión… Al menos, sólo una que significara algo para mí. Entonces era mucho más joven.
O’Donnell sorbió su bebida.
—¿Y respondiste «no»?
—Yo quena seguir la carrera de medicina. En aquel entonces me parecía algo terriblemente importante. Y no me parecía que fuese compatible con el matrimonio.
Preguntó él, como sin darle importancia:
—¿Y lo lamentas?
Lucy meditó su respuesta.
—Creo que no, en realidad. He logrado lo que pretendía, y en muchos aspectos ha valido la pena. ¡Oh! A veces una se pregunta qué giro habrían tomado las cosas de haber adoptado otra decisión; pero esto es humano, ¿verdad?
—Supongo que sí. —O’Donnell se dio cuenta de que se hallaba extrañamente conmovido. De Lucy emanaba algo profundo y tierno, una impresión de paz y de hogar. Habría tenido hijos, pensó. Y preguntó seguidamente—: ¿Piensas todavía lo mismo de la medicina y el matrimonio… en cuanto a ti se refiere, naturalmente?
—Ya no me atrevo a sentar afirmaciones sobre nada. —Sonrió—. Al menos, he aprendido esto.
O’Donnell se preguntó cómo sería desde su propio punto de vista el matrimonio con Lucy. ¿Habría en él amor y ternura? ¿O acaso sus caminos habían discurrido paralelos demasiado tiempo para que ahora pudiesen juntarse? Si se casaban, ¿en qué emplearían sus ratos de ocio? ¿Hablarían de intimidades y del hogar? ¿O seguirían comentado los asuntos del hospital, comiendo historias clínicas y haciendo diagnósticos para postre? Acaso en vez de conquistar un santuario, se hallaría con una nueva dependencia de hospital y una continuación de su trabajo diario. Dijo en voz alta:
—Siempre he pensado que tú y yo teníamos muchas cosas en común.
—Sí, Kent —dijo Lucy—. Yo también lo he pensado. O’Donnell había apurado su vaso y se levantó para marcharse. Se dio cuenta de que los dos habían dicho mucho más de lo que habían expresado sus palabras. Ahora necesitaba tiempo para reflexionar. Se jugaba demasiado para tomar decisiones rápidas.
—No te marches aún, Kent. Puedes quedarte un rato más. Lucy lo había dicho sencillamente, pero él comprendió que, si se quedaba, ya no podría responder de lo que pasara después.
Una parte de su cerebro le decía que se quedara, pero la cautela y el hábito vencieron.
—Buenas noches, Lucy. Pensemos en todo esto.
Al cerrarse las puertas del ascensor, ella seguía de pie en el umbral de la puerta de su departamento.