Dicen los síntomas
Le he preguntado al médico cuándo calcula…
Le he preguntado al médico cuándo calcula que se desencadenará el fin, en parte por lo de mi permiso laboral, pero solo en parte. Él ha esgrimido sus análisis, los niveles de albúmina, de proteína, las enzimas hepáticas, mientras yo trataba de adivinar el final agazapado entre los números, un final que no sé si tiende a cero. ¿Cómo se representa numéricamente la muerte? ¿Qué cifras arroja la analítica de un cadáver?, ¿sus linfocitos, sus leucocitos, su calcio, su hierro, su potasio caen a plomo el mismo día del deceso o van disminuyendo lentamente a medida que la descomposición avanza?, ¿hasta alcanzar qué?, ¿el cero absoluto?, ¿la muerte es igual a cero?
El extraño ha recuperado gran parte de su autonomía y ya se levanta sin ayuda. Me ha asustado la idea de que un día salga del baño, recoja sus cosas y se marche. Que cierre la puerta de esta habitación de hospital y en lugar de desaparecer él, desaparezcamos nosotros.
He deseado que no sea leve lo que tiene, que se demoren en descubrir la causa exacta de su dolencia, que necesite un largo tratamiento.
Mamá suspira ruidosamente.
—¿Cómo van las lumbares?
—Ay, una se acostumbra a vivir dentro del dolor y ya ni recuerda cómo son las cosas ahí fuera —dice con cierto dramatismo—. Aprovecha ahora que aún eres joven.
Pienso en la fuente exacta de donde mana su dolor, que no es el nervio ciático, ni el sillón del hospital sino un pinzamiento en algún lugar metafísico.
Claro que no quiero caer en esa gilipollez de que todas las enfermedades son del alma, que conduce irremediablemente a emitir un veredicto de culpabilidad contra el enfermo.
Todos los días se mueren niños felices con leucemia.
No creo en las enfermedades como alegorías morales, pero tampoco que sean arbitrarias, acaso síntomas de una patología universal.
Es verdad que existen los enfermos psicosomáticos, que se empeñan en arrastrar a su cuerpo al lado oscuro, enfermos cuyos dolores no encuentran un sitio donde dolerse y tienen que ayudarlos.
Pero también están las enfermedades idiopáticas —siempre me hizo gracia la palabra técnica idiopática— cuyo origen supone un misterio para la ciencia. Y son precisamente ellas las que desdibujan las fronteras, las que incitan a sospechar las unas de las otras. No conviene decir que una dolencia es psicosomática cuando es idiopática, ni que es real cuando es psicosomática.
Leí en Facebook el caso de una mujer a la que le creció un pequeño bulto en la sien derecha. Estaba convencida de que tenía un tumor cerebral. Le hicieron todo tipo de pruebas y los resultados fueron negativos. Al poco tiempo, se le quedó paralizada la parte derecha del cuerpo. Experimentaba dificultades para caminar, para hablar, para comer, la mitad derecha de su cara era de cemento. Su médica le explicó que si uno desarrolla un tumor en el hemisferio derecho del cerebro es la parte izquierda del cuerpo la que queda paralizada, un dato que su inconsciente, artífice de los síntomas en la sombra, desconocía. Y la derivó al psiquiatra.
—Protégete bien las lumbares y no cojas frío, que por ahí entra todo — dice mamá.
Su instinto de protección se resume en una camiseta interior. Podría llamarla para contarle que me han atracado, me han dado una paliza y luego me han violado en la comisaría cuando he ido a denunciar, y ella preguntaría: pero ¿llevas camiseta interior?
El extraño sale del baño.
—Si su marido no va a usar esa almohada, ¿le importaría prestármela?
Mamá lo mira con cara de horror. Pienso que va a sublevarse por la desfachatez, por la falta de tacto, pero responde que sí.
El extraño acomoda la segunda almohada bajo su cabeza y lee.
A menudo le sorprendo con la vista fuera del libro, las letras correteando por sus ojos.
¿Y si lo de aligerar el testamento con donaciones es una treta para resguardar los bienes de las pretensiones de un heredero bastardo? ¿Y si mamá conoce de sobra la historia?
—Habrá que agradecer el detalle de las flores del otro día, ¿no te parece? ¿Tú conoces a esa tal Brígida?
—Me suena de algo, no sé si la he visto alguna vez —responde tranquila.
Pero es que ella es capaz de fingir.
—Creo que es la viuda de un socio de tu padre, pero tampoco me hagas mucho caso.
Pero es que ella ha demostrado ser una excelente actriz en otras ocasiones.
—¿Y el chico que trajo las flores?
—¿El impedido? No lo había visto nunca, pero me parece de muy mal gusto mandar a alguien así a hacer recados…
—¿Por qué? ¿Da mala imagen?
—No digas tonterías, porque no puede andar bien.
Pero es que ella tiene esa forma inteligente de hacerse la estúpida, construye dobleces dentro, pequeños cajones donde guarda secretos que ella misma olvida.
La he mandado a casa, con la mantita eléctrica aunque es octubre y hace calor y no suena a plan que entusiasme. Pero quiero que se vaya, enterrarla, protegerla, hacerla callar o que se decida a hablar para siempre.
—Es que me sabe mal que estés tanto tiempo sola, y más con… —dice cuando se va, señalando discretamente hacia atrás, hacia el extraño que lee.
—Como si fuera posible estar solo en un hospital —replico en voz alta.
—Como si en este mundo superpoblado, la soledad no fuera más que una ilusión —ha dicho el extraño en cuanto nos hemos quedado a solas.
Ni siquiera me importa que la haya oído. Claro que, en su caso, ni una visita, ni una llamada, eso se parece mucho a la soledad real, eso roza el ascetismo, la sociopatía, la misantropía.
—¿No tiene usted hijos? —le pregunto.
—No.
Claro que, en un mundo superpoblado, si algo sobra son hijos. Oímos a la enfermera por el pasillo:
—El Promixin para la doscientos doce, suero para la doscientos catorce.
Las ruedas del carro se deslizan chirriantes. Se oyen pasos que rondan. Se empeña en mostrarse agrio, supongo que para él soy lo mismo que mi familia, no traza líneas divisorias, soy ellos, son yo.
—Salinas hablaba de la divina mentira de estar solo. Pero a su hija la llamó Soledad.
—No tiene mucha lógica la soledad. Mírenos a nosotras, haciendo turnos para velarlo, para que no permanezca solo ni un minuto, aunque él siga despreciando nuestra compañía.
Es estimulante esta franqueza repentina con el extraño, como si la impudicia fuera de pronto un rasgo de inteligencia.
—Y encima puede que haya mantenido una doble vida, una multitudinaria soledad durante más de treinta años.
—Ah, el gran amor de los muertos.
Lo ha dicho en tono sarcástico. Parece que le divierte la situación, que disfruta de nuestro pequeño drama familiar. Por alguna extraña razón, no me molesta su actitud.
—¿Sabe? Hay una película que se llama Langosta en la que está prohibido quedarse solo. No es que esté mal visto, que uno se sienta fracasado porque su pareja lo abandone o por su torpeza congénita para ligar, es que literalmente supone un delito, las autoridades te detienen, es necesario salir a la calle identificado como casado, solo ellos gozan del estatus de ciudadanos.
—No parece una posibilidad tan descabellada.
—Lo malo es que los otros, los de la resistencia, tampoco son mejores. Ultrafanáticos de la soltería, guerrilleros organizados en el monte, se oponen radicalmente a la pareja. Creen en el individualismo extremo, prohíben el amor y toda relación carnal.
Qué antigua he sonado, relación carnal.
—A la protagonista la dejan ciega porque se enamora. Lo siento si le he hecho spoiler.
—No se preocupe, soy inmune a esas estupideces, si una historia hace de la sorpresa final su fuerte, no me interesa. ¿Y acaba bien?
—Mmm, sí, bueno, no. No sé. Su amante también se arranca los ojos para estar con ella. Pero no es un final feliz.
—Ya.
—Mi madre está convencida de que es usted un asesino, un violador de niñas o un maltratador. Que por eso nadie viene a verlo.
Es la primera vez que lo veo reír.
—Es curioso que, en estos tiempos individualistas, sea precisamente la soledad la que esté bajo sospecha —se lamenta.
Pero es imposible que no la sienta aquí, sin nadie que le ahueque la almohada, que le pregunte cómo estás, que quiera saber de su sangre, de su tensión, de sus sedimentos, de sus leucocitos, mientras los médicos hurgan dentro, violentan su cuerpo.
Y me acuerdo del muchacho en coma, consciente y sin poder mover un solo músculo, pienso en todas esas palabras taponándole la garganta, levantando un muro de soledad infranqueable.
El extraño ni siquiera tiene Internet en el móvil, un Nokia de plástico, sólido, anacrónico, que permanece en silencio junto al pan que ha sobrado del desayuno, uno de esos bollos pálidos de hospital. Parece leerme el pensamiento.
—Y ahora las redes han venido a dar coartada al individualismo, a maquillarlo, a hacerlo atractivo. Comunícate mucho y permanece aislado.
—El otro día leí que una adolescente de quince años enviaba de media cien whatsapps al día, unos tres mil mensajes al mes, mientras se lavaba los dientes, en clase, comiendo; nunca permanecía desconectada más de diez minutos seguidos.
—Qué monstruosa soledad —ha dicho.
Y he asentido. Le oculto que mi soledad también es monstruosa, que miraría indefinidamente el móvil si no tuviera que ir a trabajar, que dejaría que me pasara por encima el rodillo de Facebook, me abandonaría a esa cinta transportadora infinita hasta desaparecer como una astronauta a la que le han cortado el hilo y se aleja sin ruido en el espacio.
—El anonimato se ha convertido en un nuevo lujo. Poder vivir libres de miradas ajenas pronto estará solo al alcance de unos pocos. Algo tan barato como la intimidad se ha vuelto un privilegio.
Y miramos los dos por la ventana, a ese cielo tan azul y tan antiguo.
Nos quedamos callados para demostrar no sé qué teoría, o para refutarla, quién sabe.
Sé que es inútil preguntarle por su enfermedad, por su trabajo, por su soledad, forman parte de ese lujo del que disfruta. Y qué más da si acabamos convertidos en langostas.
—Voy a seguir leyendo —ha dicho, zanjando la conversación.
Y yo me he puesto roja en mi silla, sin saber bien por qué. No quiero mirar el móvil, me resisto a mirarlo.
Anoto en mi libreta:
Lo único que no envejece es el pan, el mismo desde la
infancia.
Dicen que la eternidad está hecha de hueso, de fosfato, de
cal, pero en realidad está hecha de agua, de harina, de levadura.