Dicen los síntomas

Bárbara Blasco · Capítulo 1 de 29

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Dicen los síntomas

Revolotea una gran agitación alrededor de la…

Revolotea una gran agitación alrededor de la muerte. Enfermeros, médicos, auxiliares se mueven con diligencia, sin titubeos. La medicación de las ocho, la de las cuatro, la de las doce, el cambio de gotero, el cambio de bolsa, bolsas transparentes que contienen líquidos, líquidos dorados, cobrizos, impúdicos. La cuña, el lavado de genitales, levantar el cuerpo en un, dos, tres. A la muerte se la ahuyenta con ritmo. Bandejas con puré de verduras, con pescado hervido, con yogur desnatado, con pechuga a la plancha. A la muerte le pirra la grasa. Todo parece consistir en aguardarla con orden germano, para así tratar de despistarla, como si la rutina pudiera vencerla, como si la inmortalidad se compusiera de pequeñas acciones cotidianas enlazadas una tras otra sin fin. Como si eso no se pareciera sospechosamente al infierno.

—Parece que por fin ha llegado tu hora —le susurro.

Tiene el aspecto de un anciano Leonardo, apoyado sobre la baranda del tiempo, meditando. La luz lechosa que entra por la ventana empapa su barba, sus cabellos más sedosos que nunca, más blancos que nunca, líquenes derramados sobre la roca sumergida.

No responde. Hace dos días que no habla, que ha entrado en un estado comatoso que bien podría confundirse con la paz interior. Yo creo que ha optado por cerrar los ojos como la única forma de permanecer dentro cuando ya todo lo suyo quedó fuera: sus líquidos, su resistencia, su dignidad. Los párpados son esa última persiana que puede echar.

—¿Tienes miedo ahora? Di, ¿tienes miedo, cabrón?

No responde. La enfermera entra y revisa tubos, revisa niveles, revisa constantes. Su culo redondo y blanco va y viene ante mis ojos. La asepsia es importante, aquí el blanco es importante. Las paredes son blancas, la mesita de noche blanca, la cama blanca, las sábanas, las pastillas son blancas. Aunque también las hay rosas. El silencio es blanco.

Observo sus arrugas de cerca, suavizadas desde que cerró los ojos. Y recuerdo la frase de Tolstói en su lecho de muerte: «No entiendo qué se supone que he de hacer ahora». Eso deberías hacer ahora: dudar.

Y de pronto un grito espeluznante, que no proviene de su boca en pausa sino de la anciana de la cama de al lado que, incorporada como una momia recién resucitada, chilla con los huesos por fuera de la bata, y el pelo ralo levantado, sosteniendo una única nota en su garganta.

Pero es imposible que me haya oído, si está completamente sorda y en estado senil, si a diario asistimos al desquiciante espectáculo de una hija obesa que le grita que si hervido o lentejas, que si merluza o pollo. Veinte minutos de berridos inhumanos para elegir el menú. Y en la sobremesa, las voces de la telenovela retumbando atronadoras como patios de colegio.

Me mira, la miro. Somos dos seres perplejos mirándose, uno con sonido y el otro mudo, los dos igual de monstruosos e incongruentes. Ya sopeso la idea de hacerla callar a cualquier precio, con la almohada si es preciso, cuando, de pronto, la anciana se desploma, y el silencio se posa con la delicada velocidad de una araña descendiendo del techo. Un silencio tan frágil que casi no me atrevo a respirar en él.

Parece dormir ahora, ajena al terrible espectáculo que acaba de protagonizar.

El mundo antes del grito se me aparece como un recuerdo borroso ya.

Y cuando vuelvo la vista hacia él, noto que algo ha cambiado en su rostro, su piel brilla más que antes, un aura de luz envuelve su busto de piedra. Tal vez esté deslumbrada. Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. No, hay algo distinto, sutil, apenas perceptible. Permanece en la misma posición, no se le ha movido ni un pelo, y sin embargo su expresión ha cambiado. Sí, el muy bastardo está sonriendo.

Estoy a punto de derrumbarme cuando entra mamá.

—¿Ha pasado el médico?

Niego con un gesto. La enfermera huesuda asoma la cabeza por la puerta.

—¿Todo en orden por aquí?

—Todo bien —miento.

—Hay que ver cómo está la cafetería a estas horas —se queja mamá.

No parece advertir nada raro en el convaleciente ni en la anciana de la cama de al lado. Mamá tiene migas alrededor de la boca. Se las limpio con rectitud, como a una niña de párvulos de la que tanto se espera en la vida.

Sus ojos son dos estanques turbios, en cuyo fondo se adivina un lodo que nadie sabe a ciencia cierta a qué distancia está. Si la morfina pasara por sus manos, se la inyectaría sin dudarlo. Tiene que conformarse con las drogas que le suministra el psiquiatra, Escitalopram para levantar el ánimo, Orfidal para dormir, Tranxilium para mantener a raya el nervio cuando está despierta. El resultado es que no duerme del todo bien de noche, ni está del todo despierta durante el día.

—El médico nunca pasa antes de las once —le recuerdo.

Por supuesto, su estado semizombi no le impide zamparse dos cruasanes de los grandes para desayunar, buscando saciar a esa bestia hueca que le crece dentro. Tampoco la incapacita para las tareas prácticas de hospital, como colgar la chaqueta en la percha, acomodar el bolso en la repisa de la ventana, su sitio definitivo en este escenario provisional, o doblar la mantita en cuatro cada mañana para colocarla sobre el brazo del sillón de tortura donde duerme. El orden y la rutina vencerán a la muerte, sin duda.

—¿Tú sabes si le están dando la medicación para el colesterol? — pregunta.

—¿Y qué más da el colesterol ahora, mamá?

Me mira como a un monstruo.

—Qué dura eres —se lamenta, como si esa fuera la mayor de sus preocupaciones.

Pero ante la irrupción del médico, se traga la retahíla de reproches que cuelga de su garganta. No es el doctor del otro día, de perilla y aire juanramoniano, sino un hombre joven, moreno, atractivo: el representante supremo del blanco en la Tierra. Sonríe con unos dientes blanquísimos, inmaculados. Cada uno de sus gestos lo propulsa a años luz de esta habitación de hospital, lejos de nuestras opacas miserias, de la turbia indignidad de los cuerpos defectuosos.

Cuando pasa junto al enfermo, le da dos palmaditas a la sábana, a la altura de la pierna, como si fuera un muchacho convaleciente por una rotura de ligamentos, y no un viejo en coma.

—Sigue grave, la situación no mejora —dice— debido a la insuficiencia hepática, el sistema de coagulación del cuerpo se ha deteriorado y es posible que alguna de esas hemorragias sea la causante del coma vegetativo. —Sus ojos son oscuros, persuasivos como el lomo de un animal salvaje, la mandíbula recortada a viriles machetazos, una barba incipiente que no ensucia su aspecto, al contrario, resalta aún más el blanco de su dentadura—. La ictericia, ese color amarillo sobre todo en los ojos, y el edema en el vientre son síntomas del daño cerebral. Habrá que esperar, pero… —Aprieta la mandíbula en señal de gravedad, dibujando dos hoyuelos encantadores— todo apunta a que nos encaminamos hacia un fallo multiorgánico.

Qué guapo es. Mamá lo mira como si esa jerga misteriosa con la que se expresa nada tuviera que ver con nosotros. Se niega a decodificar sus palabras, como si así pudiera mantenerse a salvo de su significado. Casi temo que le pregunte: Y mi marido, ¿cómo está?

—Fallo sistémico —recalco yo, para demostrar que he entendido, que no solo entiendo palabras como multiorgánico, sino que alcanzo a emplear sinónimos, y no como nuestros vecinos de habitación, incapaces de repetir la palabra catéter.

El médico asiente.

—Supongo que es cuestión de tiempo pero… ¿sufre? —Ahora lo miro directamente a los ojos, disfrutando de esa suerte de intimidad acelerada que nos regalan los hospitales.

—No tiene aspecto, ¿verdad?

Y los tres miramos al convaleciente y quedamos atrapados en su burbuja luminosa, en esa dimensión plácida en la que él flota desde hace unos días, y que convierte la muerte en algo tan leve como la vida, algo incluso mejor que la vida.

—En cualquier caso, nuestro trabajo consiste en evitar, en la medida de lo posible, su sufrimiento.

Y le da otra palmadita a la pierna incólume del paciente, afianzando así la tácita complicidad entre ellos, una complicidad que de pronto me repugna. Se va a ir sin sufrir, va a conseguirlo.

—¿Ves? Si en el fondo te preocupas por él —dice mamá en cuanto nos quedamos a solas.

Hay una ternura siniestra en sus pupilas de gelatina.

La salud es sin duda el mayor de los misterios. Existen saludes ferrosas, que se quiebran con una corriente de aire, y enfermos de cristal fino, crónicos, que nos sobrevivirán a todos.

Mamá, por ejemplo, setenta y cuatro años, extracción de amígdalas a los doce, fiebre de Malta a los veintiocho, un aborto natural y dos partos, uno de ellos con hemorragia y riesgo por su vida —no fui yo—, una depresión diagnosticada a los cincuenta y seis, hernia discal a los sesenta y dos, ciática, algo de artritis —me matan los días así, nublados— y un porfiado estreñimiento que la ha acompañado a lo largo de su vida, una vida entera de supositorios de glicerina, de salvado en el yogur, de laxantes de todas las formas y colores, para ayudar a esas heces a encontrar el camino de salida.

Tras un novio diabético, hace ya casi medio siglo, lo conoció a él, setenta y ocho años, ninguna enfermedad diagnosticada más allá del egoísmo patológico, que no afecta al portador sino a sus convivientes. Miento, a los trece años, una apendicitis estuvo a punto de mandarlo al otro mundo. A partir de entonces, un desierto de salud, una inmunidad descorazonadora, psicopática. Carajillos con medida, habanos con medida, grasas saturadas con medida. Ni azúcar, ni úlcera, ni hipertensión, solo un poco de colesterol pasados los sesenta y cinco. Su muerte va a ser una película sin un anuncio previo antes del estreno.

Y ella, la mujer de las mil teclas, la coleccionista de síntomas, va a sobrevivirlo. Pero ni siquiera es capaz de hacer una lectura victoriosa del hecho, de celebrar que la historia de los cuerpos, que es la historia de lo físico, que es la historia de los hechos en definitiva, vaya a darle la razón.

Todo síntoma es una metáfora, ya lo dijo Lacan. Trato de descifrar la poética de mamá, los versos ocultos entre sus quejas. Lo cierto es que cada día me caen más gordos los psicoanalistas.

Anoto en mi libreta:

La enfermedad parece un arte abstracto pero es figurativo.

La oigo suspirar en su silla, como una carcasa vacía ya, y me pregunto cómo se las ingeniará para existir sin él, para seguir girando cuando su luz se extinga, tras cincuenta años siendo su sombra. Si orbitará alrededor de su recuerdo, como un planeta al que los astrofísicos le han arrebatado la categoría.

La maldad nos sobrevivirá. Leí en Facebook que la primera línea de células inmortales descubiertas pertenece a una mujer, Henrietta Lacks, que en 1951 fue ingresada por una hemorragia vaginal. Padecía un cáncer de cuello de útero muy agresivo que se la llevó a la tumba poco tiempo después. Se le realizó una biopsia y se guardaron parte de esas células cancerígenas. Lo insólito es que llevan más de setenta años reproduciéndose sin cesar, sin necesidad de un cuerpo que las sostenga. Cada veinticuatro horas, nace una nueva generación de células malignas, todopoderosas, inmortales, sin que nadie acierte a explicar por qué.

—¿Qué hora es? —pregunta mamá.

—Once y veinte.

Las horas discurren lentas en el hospital, pero los días se suceden veloces. Solo poseemos tiempo aquí, tiempo por los cuatro costados. Abandonadas a él, jugamos a pasarnos los minutos la una a la otra, como una pelota abandonada en la playa.

Las dos sabemos que este juego acabará en la palabra muerte, como todos los tiempos. Lo sabemos y lo ignoramos a la vez. Ella por miedo —salta por encima de la palabra con agilidad de turista sobre un charco—, yo por falta de fe: me cuesta creer que él vaya a desaparecer definitivamente.

Cómo limpiar tu hígado bebiendo zumo de limón. A María José Abellán le ha gustado esto. Me maravillan los hitos que alcanza la estupidez humana. Detesto a los hierbas, en general a todo aquel que pretenda salvarnos colectivamente y no de uno en uno. Y, sin embargo, pincho en el enlace y leo: medio limón en un vaso de agua media hora antes de desayunar, medio limón en un vaso de agua poco antes de dormir, sigue este tratamiento a lo largo de una semana y descansa la siguiente para que tu hígado se regenere por completo.

Veo imágenes de uñas afiladas, garras que se sumergen en ríos viscosos y dibujan ondas de colores irisados, espirales hipnóticas. Veo gatitos, veo bebés adorables, veo rostros de mujeres que se maquillan con pericia, que hacen de la belleza alta tecnología, y cuando terminan su obra, miran a cámara con cara de descerebradas. Las desprecio y las veo.

—Ya estás otra vez enganchada al aparatito —dice mamá.

—Te he explicado mil veces que no es un aparatito, que se llama Internet, un pequeño invento que ha cambiado a la humanidad, no sé si te suena… Conecta a millones de personas a través de la red.

—Ay, como los adolescentes, todo el día enganchada.

—Que no estoy enganchada —protesto.

Pero no se puede nada contra quien sujeta la razón con firmeza, por raquítica que sea esa razón. Como si ella fuera la más indicada para ir dando lecciones.

—Como si tú fueras la más indicada para hablar de adicciones.

Ahora compone una expresión de indignación tan exagerada que está a punto de darme la risa.

—Lo que me faltaba por oír.

Voy a replicar cuando revienta una burbuja del Messenger y aunque sé que estamos en plena discusión y no debo mirar el móvil, no debo mirarlo, lo miro: «¿Cenamos esta noche?».

No reconozco el perfil, esa imagen en blanco y negro. Abro el mensaje con ansia para identificar una barba exageradamente hípster, unos ojos claros.

Y ella concluye, victoriosa:

—¿Tú lo ves? Enganchada al aparatito. Ni una conversación se puede mantener contigo.

Y no puedo sino darle la razón. Se trata de un cliente del bar, un asiduo con el que no he compartido más que banales conversaciones de barra.

—¿Y no va a venir hoy tu hija predilecta? —contraataco.

—No digas tonterías.

—Sí, ya sé que es tontería esperar su presencia.

—No digas bobadas —repite—, la pobre Esther hace lo que puede, ya tiene bastante con los niños. Ha dicho que pasará luego…

Tecleo: «¿dónde y a qué hora?».

Por supuesto, Esther apenas puede deleitarnos con su presencia porque es madre de dos niños que ocupan todo su tiempo, dos niños trinchera, dos niños excusa, dos niños centro del universo, que nos convierten al resto en suburbio, en miserable periferia. La realidad es que a Esther, este aire viciado de hospital no le sienta bien, corrompe sus pulmones, mustia su cutis, le opaca el cabello. Esther ha nacido para algo más que para pudrirse en un hospital.

No recuerdo cuándo se convirtió en mandamiento familiar proteger a Esther, supongo que a raíz de la enfermedad. Pasó a ser un objeto precioso que había que resguardar de las inclemencias de la realidad, qué importaba si para ello había que sacrificar a algún otro miembro de la familia menos perentorio.

Puede que no se vendan bien las esculturas de Esther, pero qué delicadeza en sus figuras de aire fauve, en esos brazos danzarines terminados en punta, tendentes al infinito, que apuntan lejos, tan lejos como empujan a Esther de este hospital. El caso es que no sabe esculpir manos ni pies, por eso las puntas. Siempre mostró gracia para los rostros, para las expresiones, para los torsos, pero las extremidades le quedan como apéndices muertos, postizos demasiado grandes o demasiado pequeños, que remiten a engendros deformes. Por eso las puntas.

A los ocho años, Esther padeció una meningitis que superó sin secuelas pero que casi le cuesta la vida. A partir de entonces, se desplegó sobre ella un escudo sobreprotector. Niña endeble, a todas partes iba con su angustia amarilla y su caja de rotuladores de dos pisos. Le bastaba alegar un leve dolor de cabeza para eludir el colegio, si decía que no le apetecía bañarse, respetaban su deseo. No había que contrariar a Esther bajo ningún concepto. Yo sospechaba que a menudo fingía sus síntomas, pero no podía probarlo.

Aquella niña tímida desembocó en una adolescente de mirada lánguida, pómulos pronunciados y talle cimbreante. Se hizo hermosa, se hizo artista. Cuando vimos Mujercitas, apretados en el sofá de escay, todos aceptamos que ella era Amy, que moriría joven, de melancolía o de cualquier otra causa por la que mueren las jóvenes de pupilas aguadas. Y hasta que llegara el momento, había que darlo todo por ella, había que sacrificarse por la etérea Amy, por la efímera Esther, a un paso de disolverse entre la niebla.

De esto hace ya más de veinte años. Esther apenas coge un resfriado. No la han operado nunca, nunca ha estado ingresada. Padeció una neumonía sin complicaciones a los veintitrés, eso es todo. Se casó con un ingeniero de telecomunicaciones con el que ha tenido dos hijos, niño y niña, dos embarazos ejemplares, dos partos en cuyo relato no cabe ni la placenta, ni las heces previamente expulsadas, ni las hemorroides. Esther va al gimnasio, Esther no fuma, Esther apenas bebe. Esther toma litros y litros de té verde, de boldo y de hierbaluisa. Esther ingiere fruta y verdura ecológica en cantidades obscenas, y brotes de alfalfa y pan de centeno de masa madre y quinoa. Esther conserva una indolente mirada de miope, como si la felicidad la pillara desprevenida y a la vez le viniera de paso.

—Entonces, ¿a qué hora viene Esther? —insisto.

—En cuanto pueda, ya hace bastante con venir, la pobre.

—Es por si aún pillaba el súper abierto, que no tengo nada en la nevera.

—Pues claro, ve tranquila.

Miento. Lo que quiero es ducharme y acicalarme sin prisa para mi cita de esta noche.

La anciana de la cama de al lado continúa sin abrir los ojos cuando la luz naranja de un sol cansado, a punto de tenderse como un caballo sobre la loma, me chiva que son cerca de las ocho.

Tengo la sensación de que los tumbados forman equipo en este partido, se comunican en silencio, igual que mamá y Esther, que también hablan un idioma privado que solo ellas conocen.

Recuerdo haber leído que Virginia Woolf veía a los enfermos como a desertores del ejército de los erguidos que, por tener su propia batalla que librar, la del cuerpo, rehúsan participar en ninguna guerra. Los tumbados como los más radicales pacifistas.

También decía que son los que mejor saben mirar el cielo, a los convalecientes les crece un extrañamiento en la mirada que hace renacer el mundo ante sus ojos. Pero ¿y los que están en coma, Virginia? ¿Qué pasa con ellos?

Me despido de mamá con un beso que no llega a rozar su mejilla.

Cubro mi boca con el fular y atravieso los pasillos del hospital, voy leyendo los carteles que indican las especialidades, los quirófanos, las salas de espera, avanzo de pantalla en pantalla, buscando alcanzar el nivel final, el que da acceso a la realidad. Paso junto a una familia de gitanos congregada alrededor de la máquina de café como si fuera un fuego, a punto siempre de arrancarse con un cante. Alegres y ruidosos, juegan a confirmar el estereotipo, no sé si dentro o fuera de mi cabeza, armados con cadenas de oro, zapatillas de andar por casa recubiertas de plumas, las lorzas asomando entre el algodón y la licra, y están unidos de forma tan ostentosa que me provoca envidia.

Sigo mi camino, busco en cada espalda de bata blanca al médico guapo. Me decepciono cuatro, cinco, siete veces.

Por fin salgo a la insignificancia de la calle donde todo parece irreal.