Dicen los síntomas

Bárbara Blasco · Capítulo 2 de 29

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Dicen los síntomas

—Tienes unos pechos firmes aún.

En sus palabras he visto bocas que succionan con ansia, pezones como manguitos de goma, duros, plásticos, invencibles. Y una gota de leche que chorrea, triunfante.

Aún es la palabra central de su frase, un perfume de vieja dulzón que permanece en el ambiente.

Es alto, algo más de metro noventa. Solo ha dejado de tocarme para desvestirse él mismo, con movimientos precisos. Se ha desabrochado los botones de la camisa a cuadros con una sola mano, ha desatado los cordones cruzados de sus botas con un único movimiento. Me ha besado, con cariño de robot me ha besado, con la misma mecanicidad que guía todos sus actos, como si una orden anterior a su voluntad le imprimiera determinación a sus acciones pero no verdadera intención. Sospecho sin embargo que es de los que no dudan cuando una página les pide que escriban un captcha: demuestre que no es un robot.

Está orgulloso de su cuerpo. De sus hombros anchos como el manillar de una bici, de sus espaldas, de sus bíceps. Y aunque está bueno, no dejo de pensar en esa probable úlcera, en el gesto amargo de acariciarse la tripa en la sobremesa.

Úlcera y narcisismo como dos puntos que pertenecen a una misma línea.

En la cena no ha parado de hablar. Me ha contado de su afición al montañismo, de la tremenda emoción al contemplar la visión picada de la tierra, allá arriba, en la cima del monte Cervino, en los Ojos del Salado. Argentina, ha aclarado con esnobismo de viajero.

—¿Algún ochomil? —he preguntado, tratando de parecer interesada.

—Eso son palabras mayores —ha respondido.

Y he visto a un niño al pie de una enorme montaña cuando lo decía.

Me ha contado de los negocios millonarios que se tejen allá en el Everest, de la locura coronadora que lleva a diletantes a gastar ochenta mil euros por jugarse la vida, bien provistos, en su locura, de guías locales.

Me ha hablado de refugios, de compañerismo, de las mejores latas de conserva, de los mejores calcetines, los que nunca se mojan, de una afición en suma que más tarde han confirmado sus gemelos, duros como panes de una semana.

Me ha contado lo que le dijo hace unos días a una clienta del banco, una limpiadora: que reclamara la cláusula suelo de su hipoteca. Se lo advirtió en un susurro —yo no te he dicho nada—, cuando el subdirector andaba distraído. Él, un hombre de altura, solidarizándose con la cláusula suelo de la barrendera. Satisfecho, ha bebido un trago de vino.

No ha dejado de hablar durante la cena. Me ha contado que a los doce años ganó un concurso de inventos de su colegio, en un pueblo de la Ribera del Júcar, y viajó a Santa Cruz de Tenerife con todos los gastos pagados. Él, que es de montaña. Me ha contado que el sol le quemó la piel y que por la tarde, cuando subió al escenario a recoger el premio, se quedó en blanco. Tenía que pronunciar ante el auditorio unas palabras de agradecimiento que llevaba escritas en un papel, pero fue incapaz de leer una sola frase, de articular una sola palabra.

Lo he imaginado con la misma barba hípster de ahora y el uniforme de colegial, como un cabezudo de feria recogiendo su premio. Acto seguido, ha bebido vino como un colegial imberbe.

Y ha seguido contando, ocupando uno a uno todos los espacios vacíos con sus palabras, transformándome en escenario mudo donde desplegar su actuación.

Ya en la calle, ha propuesto subir a mi casa —no queda lejos, ¿no?—, en su afán incansable de seguir escalando, con el tono de la voz, con la aproximación corporal cada vez más osada.

—No, no queda lejos —he admitido con pasividad de cima.

Mi piso es funcional, aunque también podría definirse como deprimente. Claro que él no es de los que se fija en los detalles, en que no hay cortinas, ni cuadros, ni alfombras, y sí platos por lavar en la pila, y mugre silenciosa y verde creciendo en las juntas de las baldosas.

Solo ha dejado de hablar para gemir, no de forma grotesca, más bien como un roedor de tamaño mediano. No ha abierto los ojos durante el acto, se ha derramado sin apenas ruido. No ha proferido piropo alguno salvo el aún de tus pechos. Un aún que sigue marcando el ritmo, un minuto antes de que se desborde la nostalgia.

—Debe de ser bonito contemplar el mundo desde ahí arriba.

—Es una sensación que no se puede explicar con palabras. Hay que vivirla.

—¿Y cuánto dura? ¿Cuánto tiempo permanece uno allá en la cima, disfrutando de las vistas?

—Pues no hay un tiempo establecido.

—Ya, pero ¿cuánto suele ser lo habitual? ¿Cinco, diez minutos, media hora? ¿Cuándo sabe uno que ha llegado el momento de bajar?, ¿hay algún tipo de convención al respecto?

—Pues depende, no sabría decirte…

—¿O alguien, cualquiera, propone: bajamos ya? Quiero decir, ¿es una decisión consensuada o en toda expedición hay alguien que manda y que establece el tiempo de subida, el de permanencia en la cima, el de bajada? Y sobre todo, ¿cuánto de media se disfruta de esa vista del mundo?

Ahora me mira como si nos halláramos a cinco mil metros de altitud y le estuviera preguntando por la boca de metro más cercana.

—No entiendo la pregunta, no sé adónde quieres llegar.

Tal vez ha entrevisto alguna alusión metafórica al clímax sexual en mis palabras, algún reproche oculto en el subtexto. Me apresuro a aclarar:

—Estoy pensando en montañas, solo en montañas.

Pero eso solo lo empeora. Se ha puesto serio, adopta un tono crispado:

—No hay un tiempo establecido, coronas y bajas. Punto. Depende de la situación atmosférica, de la hora que sea, normalmente no puedes demorarte mucho porque las montañas además de subirlas, hay que bajarlas. Las cimas no son miradores, no sé si te haces cargo —dice con ironía.

—Ya…, pero por tu experiencia, ¿cuánto dirías que es de media? Supongo que más bien cinco minutos que treinta, ¿no?

A estas alturas, necesito un número, una cantidad física mensurable, un valor objetivo al que aferrarme. Un maldito número.

Sus brazos cruzados sobre el pecho expresan un claro rechazo.

Tampoco yo entiendo su afán de despreciar la muerte por una postalita cenital del mundo, por sacudirse la adrenalina de niño pijo. ¿Por cuánto exactamente? ¿Cinco, diez, quince minutos de placer en la cumbre? ¿Media hora? ¿Cuánto?

Ni se molesta en contestar.

—Es que de pronto me ha parecido que hay algo triste en ese momento, algo melancólico en el gesto de emprender la bajada tras haber alcanzado la cumbre, sin transición. Quiero decir que no hay nada que separe la gloria del descenso, no hay una meta que cruzar, ni una legión de seguidores aplaudiendo entusiasmados, ni siquiera un tiempo establecido para disfrutar del éxito.

Ahora me mira con asco. Tal vez hubiera sido mejor hablarle abiertamente de sexo, de la inconveniencia de ir directo al mete saca, sin una lengua que antes recorra el camino. Claro que mis prioridades ahora difieren bastante del placer.

—No tiene nada de triste —replica—, has coronado, es un triunfo.

—¿Y nadie ha querido quedarse allí, nadie se ha aferrado a la cima, ninguno ha enloquecido, aunque solo sea por la falta de oxígeno, o por el tremendo esfuerzo, sobre todo en esas montañas tan duras?

—Pues no, que yo sepa. Precisamente en esas montañas, cualquiera es consciente de que permanecer arriba más de la cuenta es un suicidio. Una cima no es un mirador, no sé si te haces una idea.

Otra vez el mirador. Hay una rabia contenida en su voz. Solo espero que la paciencia no sea una cualidad que se transmita genéticamente.

—Ya, bueno, solo me preguntaba si conocías alguna historia, por curiosidad.

Lo importante es que parece sano, que no fuma, que bebe con moderación, que tiene una constitución atlética, fibrosa, un aspecto saludable salvo por la úlcera. Rezo por que no exista ninguna enfermedad congénita en su familia, aunque ya es tarde para pensar en ello.

Esther dice que soy hipocondriaca pero no es verdad. Si lo fuera, no tendría relaciones a pelo con desconocidos. Es solo que me interesa la enfermedad, que no consigo olvidar el sentido trágico de la existencia, el hecho de que mi cuerpo quiere acabar conmigo y finalmente va a conseguirlo. Que camino hacia la decrepitud, que se me caerán los dientes, como pinzas de tender desde un séptimo piso, con el ruido insignificante que hacen las cosas importantes al caer. Que me arrastrarán unas piernas mordidas por la artritis, que borrachos indigentes acamparán en mi hígado. Y a pesar del drama, encuentro cierta poesía en la enfermedad, cierta belleza jubilosa en la decadencia.

—¿Sabes?, un primo de mi madre, vasco, deportista, montañero, fuerte como un camión, empezó a padecer insomnio de la noche a la mañana. Pensaron que tenía problemas en el trabajo, tal vez el estrés le robaba el sueño. Pero iban pasando los días y él seguía sin dormir. Pensaron que tenía una aventura, un hijo ilegítimo. Pasaron más días y él seguía sin pegar ojo, y no era una hipérbole, literalmente no dormía ni un minuto, no reiniciaba el sistema, se había borrado la transición entre los días. Pensaron que sufría una depresión, de causa impronunciable, como casi todas las depresiones, que se negaba a confesarse el problema incluso a sí mismo. El pobre hombre visitó médicos, visitó psicólogos, psiquiatras, tomó toda clase de tranquilizantes, de somníferos, de hipnóticos. Pero seguía sin poder dormir, ni un solo minuto. Enloqueció. Sus pupilas se contrajeron, la presión sanguínea aumentó, hasta que alcanzó un estado de letargo. Tras varias semanas sin dormir llegó a tal punto de agotamiento que ya no podía caminar, ni hablar, ni pensar. Estaba completamente ido, lobotomizado por la vigilia. A esas alturas, al menos, su familia sabía que no se trataba de un problema psicológico, sino de algo mucho más grave. La fase final del insomnio lo llevó a un coma profundo y sin retorno. Por lo visto, padecía una enfermedad genética degenerativa muy rara llamada insomnio familiar fatal. La sufren muy pocas personas en el mundo. Aparece un día, en la edad adulta, sin haber manifestado antes ningún síntoma y todo termina en pocas semanas. No tiene cura. Una noche no puedes dormir y es el principio del fin.

—Joder, qué miedo. ¿Y tú podrías haberla heredado?

Y tanto, desde que vi el documental en televisión, cuando no consigo conciliar el sueño siempre pienso que se ha activado la enfermedad.

—Realmente era el marido de la prima de mi madre, no compartimos genes.

Respira aliviado, como si estuviera a salvo del contagio.

—Y en tu familia, ¿ha habido alguna enfermedad rara?

—No, que yo sepa. Pero al mejor amigo de mi padre, de la noche a la mañana le diagnosticaron una ELA. Fue un palo ver cómo se le doblaban las manos, cómo iba perdiendo fuerza, él, que había sido un crack en baloncesto. Cuando yo era pequeño…

—Pero en tu familia, nada, ¿no?

No me interesa el sentimentalismo de la enfermedad.

—No, en mi familia no.

Esther confunde mi interés por las dolencias, que intente comprender el mundo a través de ellas, con la hipocondría. Solo porque me gusta reflexionar acerca de las patologías, porque la mayoría de las veces me parecen más sinceros los síntomas del cuerpo que las opiniones de quienes los habitan. Porque encuentro que no hay trampa en ese lenguaje físico emancipado de la hipocresía social.

Si tuviera que escoger un único aspecto para estudiar la historia de la humanidad, solo uno, elegiría sin duda la historia de las enfermedades. Claro que Esther hasta se niega ya a oír de mi boca los partes médicos por si he sembrado en ellos alguna mina que pueda estallarle entre las manos. Sostiene que, ante cualquier mención de enfermedad, hasta los silencios los cargo de paréntesis, de subtítulos y de glosas, que de cualquier dolencia extraigo conclusiones y construyo teorías, que completo casillas de un crucigrama imaginario que yo misma he creado y cuya resolución invariable es muerte. Que estoy obsesionada con la enfermedad y con la muerte. Vaya tontería.

Solo porque una vez se me ocurrió conectar la diverticulitis de su amiga Nati con el trabajo de contable de su marido. Hay que ver cómo se puso, como si no fuera evidente la relación. Y el año pasado la operaron de almorranas por si te interesa, me respondió en un tono airado, totalmente fuera de lugar. Fue muy desagradable, sobre todo para su amiga, que, estoy segura, no necesitaba compartir ese dato conmigo.

Realmente no entiendo cómo a alguien puede no interesarle ordenar los datos que escupe la realidad a través de los cuerpos.

Recuerdo que esas navidades, en un alarde de ingenio vengativo, Esther me regaló El enfermo imaginario, de Molière. Oh, me encanta, lo leí en el instituto, pero esta edición es preciosa, le agradecí. Y tomé la mano que yo le había traído como regalo, una de esas manos articuladas que sirven de modelo en bellas artes, y se la tendí para estrechar la suya.

Esther dice que tengo un humor enfermo.

Claro que no creo que puedan extraerse conclusiones definitivas de las enfermedades, pero me entretiene observar la poesía de la casualidad, interpretar los síntomas, no para llegar a una conclusión definitiva, sino como una forma de viajar en clase turista por el sentido de la vida. No creo que haya nada malo en ello.

Por supuesto, no quisiera caer en la infamia de culpabilizar al enfermo.

Leí a Susan Sontag y su metáfora de la enfermedad, donde ponía en evidencia la cruel mezquindad de los símbolos levantados socialmente en torno a algunas enfermedades, y que a menudo resultan más duros de soportar que la propia enfermedad.

La metáfora del cáncer, por ejemplo, huele a vergüenza y a culpa. Hace que no se trate de una enfermedad colectiva sino privada, propia de personas amargadas que han desdeñado su felicidad, que no han sido todo lo positivas que debieran, que son culpables.

Sin embargo, a la tuberculosis le creció un halo romántico, que llevaba a la gente de la época a creer que únicamente atacaba a personas de carácter artístico, sensible, melancólico. Jóvenes poetas la deseaban en secreto, ansiaban la delgadez azulada, la hondura del esqueleto, la transparencia de lo efímero que proporcionaba la enfermedad. Por supuesto, la metáfora social despreciaba la parte más escabrosa, el tremendo padecimiento de la asfixia, el hedor de las flemas, la muerte prematura.

El sida, por su parte, ha sido considerado desde sus inicios como una enfermedad bíblica, y ha cargado con el símbolo del pecado y del castigo divino.

En definitiva, toda una simbología creciendo alrededor de la enfermedad, en ese espacio en sombras que aún no ha sido alcanzado por la luz de la ciencia.

Porque la ciencia consiguió explicar y erradicar la tuberculosis, y siguieron existiendo los poetas románticos y las almas melancólicas.

Se ha amansado el sida y siguen existiendo la promiscuidad y el puritanismo.

Se erradicará el cáncer y seguirá existiendo la culpa.

En realidad, no sé si se erradicará el cáncer, Henrietta Lacks se empeña en sostener que no.

En el fondo no parece un mal tipo. Pero desconfío de su úlcera, de esos ácidos que recorren su interior y le provocan llagas secretas, de su afán por escalar montañas, del té con leche siempre a la misma hora, del pincho de tortilla de patatas los viernes. Desconfío de la gente de costumbres.

Todos los días, desde hace un par de meses, acude al bar a eso de las diez, y toma un té con leche, con la leche no muy caliente pero tampoco fría, sentado en el extremo derecho de la barra. Los viernes, solo los viernes, le sirvo un pincho de tortilla de patatas y una caña. Lee el diario, siempre de atrás hacia delante. A pesar de su aspecto de leñador canadiense, trabaja en el banco de la esquina, un banco hecho de siglas, de nombre impronunciable.

Tiene los ojos intensamente azules, la mirada ruda e infantil, y un leve acento de la Ribera.

Ahora que aún permanece en mi cama, su aspecto físicamente interesante es ya anecdótico. Y pienso que aún vendrá todos los días a tomar el té o el pincho de tortilla, aún se sentará en el extremo derecho de la barra a leer el periódico.

—Te invitaría a dormir, pero mañana he de ir temprano al hospital, tengo a mi padre ingresado.

—No, por favor, me visto y me voy, no quiero molestar.

Ha contestado rápido, demasiado rápido. He detectado alivio en su voz.

—¿Es grave lo de tu padre?

—Una simple operación de próstata —contesto.

Ha sido la segunda mentira. La primera: que tomo anticonceptivos.

Empieza a vestirse, con la misma mecanicidad con la que se desnudó. Y entiendo, en ese sencillo gesto, que es un buen montañero.

—Tranquilo, no hay prisa.

—Es que si me apalanco, me da pereza. Si pienso que aún he de coger el coche, aparcar, subir a casa, desvestirme…

Aún. Me ha invadido un cansancio triste, el vértigo de la melancolía del que está a punto de descender la montaña.

Aún es una palabra hermosa si lo piensas, aún es el único tiempo posible, un limbo que se extiende desde que aprendemos que somos mortales hasta que lo comprobamos. Aún tengo treinta y nueve años, y soy fértil. Aún no tengo hijos, pero aún puedo tenerlos. Aún tengo un padre que está vivo, que aún no ha muerto. Aún existe la posibilidad de que uno de sus espermatozoides esté ahora mismo escalando mi cuello uterino, dispuesto a coronar mi óvulo.

—¿Cuál fue el invento?

—¿Qué?

—El invento con el que ganaste el concurso del colegio.

—Un cepillo para limpiar los zapatos con velcro en la parte superior para eliminar la pelusa de la ropa.

Me conformo con poco, con unos genes. Normalmente soy yo quien desaparece. A menudo doy un teléfono falso, a veces un nombre falso.

Cuando se va, anoto en mi libreta:

En los humanos, el músculo más fuerte del cuerpo, en relación con su tamaño, es la lengua. Esa y no otra es nuestra ventaja frente al resto de las especies. Y además está el sexo oral.