El amor me absolverá
Días cero
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
Ésta es una historia verdadera, aunque me cueste creer que realmente sucedió.
Es también una historia con persecución. Una historia de amor, así parece;
algo raro en el mundo, en esta época de nuestro mundo.
Ésta es la historia de una Revolución.
Conozco al protagonista, y también a los que no lo son tanto.
Conozco el lugar, y los días pasados.
Conozco el motivo (el mío) y conozco los medios.
Sé quiénes serán los perdedores, algunos; y con suerte, quizá, quién no
será destruido.
Pero yo no estaré, no creo, y no podría…
No se puede detener a los hombres una vez que han empezado.
No se puede parar a la gente una vez que ha empezado a creer.
«Seré mi biógrafa» podría entenderse como «seré la testigo» (expresión
que no podrá encontrarse en ningún diccionario).
He aquí lo que ocurrió: corríamos todos hacia un torbellino, que también
era una especie de horno, en cuyo calor, identidades y destinos acabarían por
fundirse para cobrar nuevas formas.
Ésta es una historia cuyo final está vendido, todos lo conocemos: el arribo
venturoso de 81 cubanos en el Granma a Santiago de Cuba, procedentes del
puerto de Tuxpan, Veracruz, en México, para iniciar la guerrilla en la Sierra
Maestra.
Lo lograron, porque no sabían que era imposible…
Iré aún más lejos.
Ignoraba por qué hacía o me abstenía totalmente de hacer algo. A mí
nunca me asustó la oscuridad, y aunque más tarde lo supe, el miedo a la
oscuridad puede sintetizarse en un laboratorio. El miedo a la oscuridad es una
conjunción de quince aminoácidos, o sea una proteína.
Un par de aclaraciones con respecto a los protagonistas, dos exiliados: una
española, y el otro, un cubano.
Todo empezó unos cuantos meses antes de la celebración de la
Independencia de México (puesto que la preparación de esta Revolución se
hizo en la capital de ese país). Así, México es el nombre del país y México es
también el nombre de su capital. En esta ciudad, casi todo se describe a sí
mismo de manera precisa, según se muestra ante los ojos. Reina aquí la
pobreza, pero se obstina en no distinguirse de lo vulgar, como si cualquier
ambigüedad en la denominación de las cosas pudiera producir el hundimiento
del presente y que este quedara sumergido, igual que el pasado. Algo que
siempre me pareció reconfortante son sus nubes aborregadas, en tonalidades
rosas; no importa qué pase abajo o arriba, ellas al final salen triunfantes,
imitando las formas variadas de mamíferos complacientes. Cuando las nubes
cobran venganza, al sentirse atosigadas por los contaminantes que suben y les
llegan, se desploman atascando las alcantarillas con la basura que se apelmaza
en los charcos. Quedan las calles, todo el día, cubiertas por una película de
agua en la que brillan larvas de mosquitos, que flotan arriba del arco iris
destilado de los herrumbrosos depósitos.
En esta urbe grandísima, llena, repleta e inundada, nos perseguían
constantemente la DFS («Dirección Federal de Seguridad Mexicana», policía
política) y los esbirros camuflados enviados por Batista, desde Cuba, para el
aniquilamiento de sus opositores, revolucionarios como eran los del
«Movimiento 26 de Julio», al cual yo me adherí.
Después de una reflexión profunda, sólo puedo localizar en México dos
nombres de lugares que evoquen aceras resquebrajadas y árboles centenarios,
un acontecimiento o una persona sugeridos de pretérito indio o colonial (San
Ángel-Xochimilco). Claro, al protagonista masculino sólo le gustaban dos
calles: Revolución y División del Norte, esta última por aludir al
destacamento militar de Pancho Villa.
¿Que por qué los seguí?
Podría venir de algo que me llegaba de muy atrás, por algo que mi padre,
Álvaro, contaba con orgullo, con orgullo de «español republicano». Estando
refugiados en París, en una casa de seguridad de amigos franceses
antifascistas, narraba que la diversión del grupo (numeroso) era mi personita.
Apenas llegaba a los dos años y ya le explicaba al atento público las
diferencias existentes entre los distintos regímenes: democracia, dictadura,
monarquía, república, etc., etc.; y después de la larga perorata, contestaba
siempre correctamente las preguntas de los amables oyentes.
¿Sería acaso ese anhelo de justicia y libertad inyectado en la sangre? ¿Esa
búsqueda de la patria perdida?
Liberté, Egalité, Fraternité.
Esta historia que sólo es para los vivos, la llamaré ilusiva, porque
entonces yo era una estudiante de ilusión, además de juiciosa seguidora de la
política; y nunca he podido sostener discusiones monetarias, porque alteran el
flujo de energía trascendental. Cuento todo esto acerca de mí misma sólo para
legitimar mi voz. No nos sentimos a gusto con una historia hasta que sabemos
quién la refiere. Trato de establecer las debidas distinciones.
Nosotros, «los tres», llegamos a La Habana en el primer periodo de la
dictadura del cabo o sargento del ejército, Fulgencio Batista; pero cuando yo
exclamaba «¡Me gusta el presidente, es muy guapo!» recibía un sopapo.
Desde entonces, cada vez que veo un negro guapo, me lo callo.
Desaprobaba la mezquindad y la ostentación.
En la escuela diurna a la que asistía, la que tenía por objetivo «el
desarrollo de una actitud realista», nos daban clases de natación y mi cabello
rubio adoptaba una pálida tonalidad verde gris del cloro de la piscina. Uno se
imagina a una niña seria e indolente, de cuerpo suave por la grasa infantil, con
un índice de atención algo regular, además de un limitado alcance en su radio
de intereses, salvo que estos proviniesen de la política.
Así, así.
Un día de un calor fortísimo, fortísimo, llegamos al parque Las Misiones
(frente al malecón) creo que para recibir la brisa, pero lo que recibimos fue
una tunda. O más bien, una golpiza propiciada por unos cuantos hombres que
salidos de la nada se acercaron a mi padre. Él, sentado en un banco junto a mi
madre, descansaba. En el suelo terroso, yo hacía pasteles con unos
moldecitos. Los terribles hombres vociferaban improperios en contra de mi
padre, acusándolo de… algo, insultos soeces, procaces y las siempre
consabidas palabras: fascismo, opresión, cárcel, comunismo… que ya eran de
mi cotidianidad. Él en vano se defendía, hasta que mi madre envalentonada
tomó como arma defensiva mi muñeca (que descansaba a su lado en el banco)
y se lanzó en contra del más golpeador. Lo molió a muñecazos, lo que desató
una enorme trifulca, con más golpes de ambos lados. Como yo contemplaba
la escena desde el suelo, me parecía una batalla de gigantes, hasta que llegó la
policía y nos llevaron a todos. Lo tánico que saqué en claro de todo aquello
fue una muñeca nueva (más bonita y más grande) y un helado que me
proporcionaron los policías mientras esperaba.
Mi nombre es ISABEL… que no está mal, pero me hubiese gustado
llamarme Clelia, como el personaje de La Cartuja de Parma de Stendhal, el
prototipo de la feminidad: sumisa, discreta, pura y enamorada.
De algo sí estoy segura, fui convenientemente vacunada contra: el cólera,
la viruela, el tifus, la fiebre amarilla, la tifoidea, el tétanos y las paratifoideas
A y B, todo esto escrito y sellado en un carné (número: M 469/326), con la
foto de una nimia mofletuda que decía que había ingresado con una adulta (mi
madre, Isabel) al campo de concentración de refugiados españoles en la
frontera con Francia, en la ciudad de Juan les Pins.
Recuerdo a mi madre, que llevaba un «tú y yo» (una sortija con una perla
negra y otra blanca) que salvó después de pagar con las otras su salida de ese
campo de concentración. La veo con ropa de alto precio, cuyo deficiente
estado era apenas perceptible, el imperdible que aguanta una hombrera del
vestido floreado, el zipper que no encaja bien en la bolsa de mano de piel de
cocodrilo; y todo parecía delatar alguna equivalente deficiencia en la moral,
cierta vulnerabilidad, cierta angustia. Caminando con deliberada lentitud, al
tiempo que anudaba y volvía a anudar un chal que el viento nocturno no
cesaba de sacudir, parecía concentrar toda su atención en él, aparentemente
ajena a las circunstancias deprimentes y desoladoras que nos aquejaban.
Otra vez, otro exilio…
Salimos así de Cuba, del primer periodo batistiano, donde llegamos
provenientes de París, y vivimos varios años; en donde yo aprendí a hablar y a
escribir en español. No obstante fue hasta que perdí un empaste, y se presentó
la ocasión de estar en la silla del dentista, que me enteré, al contarlo mi padre,
cómo nuestra salida intempestiva de La Habana, acompañados por esos
militarotes armados, había sido por su pertenencia al Partido Comunista
Cubano.
O sea, España, Francia, Cuba.
En seguida.
Lo siguiente, se lo escuché al piloto del avioncito militar cubano que nos
condujo precipitadamente, mientras sus compinches nos empujaban
presurosos por la espalda, para que juntos subiéramos al aparato con alas, e
iban amenazándonos con rifles de alto calibre. Este piloto cruzaba el
Atlántico, que nos conducía hacia México, y muy sabedor de los usos y
costumbres de ese país, aleccionaba a mis padres, mientras yo me entretenía
en abastecer las bolsas especiales para el vómito. En cuanto avistamos tierra,
preguntó:
—¿No conocen las pirámides de Teotihuacán, verdad? —y al oír la
negativa, continuó—: ¡Pues verán, ésta sí que va a ser una entrada triunfal en
la Mexicanidad! —y viró para enfilarse sobre la «Calzada de los Muertos», la
larga avenida que separa las dos pirámides: la de la Luna y la del Sol.
Algo que me inquietaba sobremanera de México era no poder estar
segura, nunca, de que en la comida no hubiesen mezclado un poco de
marihuana como condimento; y de que los tacos estuviesen rellenos con el
dedo de un niño. Aunque ya para entonces yo empezaba a darme cuenta de
los muchos defectos de esta parte del mundo mexicano: el más bien iluso
machismo, la contraparte susceptible y el convencimiento de que su herencia
(de todos) por fuerza debía ser aristocrática. Por otro lado, la manifestación de
resentimiento proletario se mantenía en estado simbólico en su mayor parte;
aunque la infección intestinal fuera la causa principal de muerte natural y
encabezara la lista de descontentos.
Soñaba mi vida.
Como un dato más, diré que aprendí a distinguir a los que le tenían miedo
a la oscuridad (por aquella estructura molecular de la proteína, que más arriba
relaté).
Todo recuerdo es lírico, todo desenlace divertido y a veces también
irónico.
Estaba mi madre.
Estaba mi padre.
Estaba yo.
Sólo los tres, en este inmenso país.
Estaba la calle de Córdoba, en la Colonia Roma, donde vivíamos y
adonde de vez en cuando llegaban personajes importantes de la política
cubana, también exiliados por sus ideas progresistas y de izquierda. Solían
quedarse a vivir cierto tiempo con nosotros, hasta que se ubicaban por ellos
mismos. Recuerdo sobre todo uno por enorme, tenía unas manos inmensas y
me acariciaba siempre el pelo cuando me cruzaba en su camino. Decía «¡por
ser tan rubio!», pero yo creo que por ser él tan negro y grandote.
Mi madre en los «peores momentos» (mis berrinches, travesuras, etcétera)
hablaba como si mi padre la hubiera eximido del voto de silencio, desde algún
profundo vacío y agotamiento nervioso, que lo transmitía sumisa. Hablaba
con una voz suave, clara y curiosamente confidencial, que acompasaba con
las largas bocanadas de humo que salían de su boca, después de haber
chupado la boquilla rellena de algodón de unos cigarrillos llamados «Rusos»,
que venían empacados en cajitas de cartón rojas. Uno de esos «peores
momentos» (así los llamaba), numerosos en mi infancia, fue cuando henchida
de valor «antifascista-izquierdoso-republicano», rompí con piedras (que
cargaba en los bolsillos de mi delantal del uniforme de la escuela) los vitrales
con motivos religiosos de la iglesia católica más próxima a mi propia casa, el Perpetuo Socorro. En la vertiginosa huida del lugar, al lograr un atajo en el
camino, atravesé un mercadillo y tuve tiempo para proporcionarme una lata
de… ¿algo?, y desde luego un suculento pan, que abiertamente expuesto
escuché claramente cómo me llamaba por mi nombre para irse conmigo.
¡Dicen que el Diablo es muy buen lingüista!
Más tarde, esperando en la oscuridad, a la cual no temía, por aquello de
las proteínas, escondida en un portal bajo la lluvia (acá siempre llueve
mucho), descubrí que la lata era de paté francés. Lo devoré sacándolo con los
dedos y untándolo en el pan. Imposible olvidarlo, puesto que tres días después
seguía siendo presa de una terrible diarrea, con espantosos dolores
abdominales; y además tuve que padecer el consabido castigo, pues el cura
chismoso logró localizarme para acusarme y cobrar los desperfectos.
Así las cosas.
Para cuando Fidel y yo entramos en conocencias, mi padre había logrado
ya un estatus importante. Su compañía, llamada «Teatro Clásico Español de
México», gozaba de gran prestigio. Las obras que presentaba pertenecían al
repertorio clásico, al Teatro del Siglo de Oro Español: Lope de Vega,
Calderón de la Barca, Fernando de Rojas, Cervantes, y así, y así. Los premios
y trofeos ocupaban grandes espacios entre los estantes de los libreros, junto a
los libros, que era lo único que siempre permanecía intacto en la casa. El
resto, como el refrigerador, el auto, los sofás, el comedor, los adornos, los
cuadros, el tocadiscos, salían periódicamente por la puerta, llevados en
hombros por los ropavejeros de La Lagunilla (un mercado de cosas viejas y
usadas que se ocupaba en exhibirlas para venderlas). Al cabo de un tiempo,
entraban otros, nuevos y diferentes, a sustituirlos, todo en dependencia del
buen resultado de la «nueva temporada» en cuestión.
¡El Teatro se come a grandes bocanadas el dinero!
De haber nacido en otras circunstancias y no durante un bombardeo en un
hospital para heridos de guerra, quizá no tendría que padecer el sangrado de la
nariz que me ocurre cada vez que se apodera de mí algo como una desazón,
como algo tremendísimo, como algo que no sé… algo. Ahora estaba en suelo
firme, en México, con varios años atrás y por delante el exilio, pero con
tiempo suficiente como para observar los esfuerzos de una pareja de moscas
tratando de liberar sus patas de la crema de encima del postre de natillas que
cocinaba mi madre.
El aire.
La soledad.
Las… las largas caminatas, las comidas condimentadas: el chorizo, la
morcilla, la sobreasada, el salchichón, la tortilla de patatas, la leche frita, el
cocido madrileño… ¡ah, con un Rioja!
Yogur al atardecer.
¡Lee, trabaja, destila!
Eran la máximas papales (de mi padre).
Y yo, ¡observo, reflexiono, dudo!
Por las noches íbamos al cine los tres (¡oh felicidad!), de paseo bajo las
hileras de bombillas, inútiles casi todas en cuanto caía la primera lluvia. La
ciudad, cuando anochecía, quedaba entonces bañada por una necrótica
semiclaridad amarillenta; y yo preguntaba:
—¿Por qué en las películas a los esposos de las futuras madres, los tienen
que poner al tanto de sus embarazos? —y al no recibir más que una sardónica
sonrisa de ambas partes, seguía—: ¡Bueno, creen acaso que las espectadoras
somos todas tontas! ¡Ah, pero yo no!
Nacionalidad: MEXICANA.
Aunque lo desmientan en el pasaporte (número: Mx 300), porque dice:
Mexicana por Naturalización, nacida en Valencia, España.
Estando en presencia del ex presidente Lázaro Cárdenas, el día que
fuimos Fidel y yo a darle las gracias por haberlo librado de la cárcel de presos
políticos, supe cómo gracias a su ayuda pudimos entrar en México todos los
refugiados españoles y gozar de todos los privilegios de los mismos
mexicanos, precisamente por ese pequeñísimo detalle que dice:
«naturalizada». Yo también le di las gracias por todos nosotros, contando a
los niños por supuesto.
Y como así era, desde que tuve pasaporte empecé a hablar como
mexicana: todo con eses. Las Z y las C las dejé en España, dentro de los
refugios contra los bombardeos, donde al parecer jugaba despreocupada con
los niños encerrados allí también como yo, junto a mi madre, que tejía con las
otras madres (aunque nunca llegué realmente a ver el fruto del tejido). Mi
padre no estaba con nosotras, porque estaba en «el frente». Eso «del frente»
yo no lo tenía muy claro, pero cuando preguntaban por él, yo contestaba: «en
el frente», y en seguida se hacía un silencio respetuoso.
Me ha parecido oír por allá que el pasado no interesa.
A mí, sí.
Siento el desdeño por ser «de afuera», una intrusa.
Soy de afuera.
He sido de afuera toda mi vida.
Frente a un mapamundi en blanco, habría sabido situar las iniciales de los
países donde existía algún conflicto bélico. Sobre la Guerra Civil Española,
conocía de memoria las diferencias ideológicas que distinguían a las diversas
brigadas del PSUC de la milicia del POUM, y así, así. Me daba cuenta de que
algo siempre estaba ocurriendo en el mundo político.
En cualquier caso.
Esa mañana de aquel verano húmedo…
Pero no, antes tengo que decir que la mayor parte de lo que sé, la parte de
lo que sé más digno de confianza, deriva de mi capacitación en el terreno de
la conducta humana, en poder distinguir de inmediato en los otros el miedo.
Realmente no sé si también se deba a otra cualquiera proteína (como la
famosa de la oscuridad), sin embargo el miedo lo huelo. Creo que esto
proviene de la guerra, y como yo estuve allí, se me quedó pegado en las fosas
nasales. Nada nos acerca tanto a otros seres como el tener miedo juntos.
El miedo es un atributo muy poderoso.
Sigo.
La mañana de aquel húmedo verano se levantó el viento. Las persianas de
madera muy fina se golpeaban contra las ventanas abiertas, que no se podían
cerrar, pues toda la casa se llenaba con el olor de la cebolla frita que estaba
guisando mi madre para la tortilla de patatas.
—¡El timbre, que alguien abra la puerta, coño! —gritó desesperada.
Acudí solícita y ¡oh, sorpresa!, Néstor Almendros, muy tieso sosteniendo
su maleta (venía de Cuba) con una gran fila de dientes relucientes. Abrazos,
besos; esta llegada significaba una puerta abierta hacia la libertad y la
confianza. Pero no hay que confundirse. Este verano no es el que luego será el
famoso de la cárcel de Inmigración para presos políticos de Miguel Schultz,
en donde Néstor le hizo una entrevista con fotos a Fidel y a todo su grupo,
unos días antes de que los pusieran en libertad (salvo al Che Guevara, que
permaneció preso varias semanas más). Esa vez él llegó como corresponsal de
la revista Bohemia, precisamente buscando la noticia de los forajidos anti-
batistianos; pero todos los veranos anteriores Néstor llegaba de vacaciones a
mi casa, pegado a su cámara, y juntos recorríamos los más interesantes sitios
arqueológicos del país, que son muchos y espléndidos. Por eso me refiero a la
«Libertad» (la Libertad con mayúscula), porque mi padre, que era encantador
y despreocupado para todo, pero para cuidar mi integridad física me tenía bajo cuarenta candados, resguardando mi pureza virginal cual damisela del
medioevo.
Néstor Almendros era hijo de un compañero suyo de clases (del famoso
«Instituto Escuela de Madrid», que tantos intelectuales de renombre
proporcionó a América) y que en aquel entonces fungía como rector de la
Universidad de Oriente en Santiago de Cuba. Néstor, atraído por las bellezas
visuales de México (recordemos que más tarde ganaría un «Oscar» en Estados
Unidos, y varios «Cesar» en Francia por la fotografía de famosas películas
premiadas en ambos países), como fotógrafo recorría, usándome de cargadora
de sus utensilios e implementos, los diversos parajes exóticos que abundan
por estas latitudes.
Quien vive una vez, vive para siempre…
¡Ah, las fechas exactas!
Mi aversión por las fechas (que me sigue hasta hoy) empezó en la escuela,
en el «Liceo Franco Mexicano», en donde nos hacían aprendernos los años,
los meses, los días y algo más; por ejemplo, de toda la parentela de la familia
Plantagenet, sus batallas, sus bodas, sus festines, sus asesinatos, sus robos, sus
masacres… (¿o qué me dicen de toda la saga de los Luises… y?).
Néstor era siete años mayor, eso lo posicionaba por encima ante los ojos
de mi padre, pero cuando nos encontrábamos fuera del alcance patriarcal, los
poderes se trastocaban. Sentados a la luz de la luna, afuera de la tienda de
campaña, sorbiendo un café con «piquete» me argumentaba:
—El fascismo es diferente del nacionalsocialismo, y por supuesto del
comunismo, pero esa especificidad no niega su condición de experimento
totalitario y de movimiento revolucionario, por cuanto pretende una mutación
radical del poder.
Y yo:
—Claro, por eso se trata de producir un conocimiento racional del pasado
humano, incluso en sus manifestaciones más irracionales, ya que implica la
exigencia de explicar fenómenos que siguen hoy gravitando sobre la vida de
las democracias.
Las chispas de la fogata, junto con el resplandor de las estrellas de la Osa
Mayor, alumbraban el pequeño círculo protegido de depredadores que
gustasen visitarnos (sólo los de cuatro patas, porque también pululaban los de
dos). La noche de las disertaciones sobre el fascismo (nuestro tema favorito),
nos encontrábamos en la ruinas de la pirámide de Xochicalco (ciudad que
marca la transición entre dos culturas, de acuerdo a los frisos que la rodean y
que adoptan variadas formas), en Morelos. Entre los edificios que la circundan existe una caverna, a la cual debe llegarse en plena oscuridad a
través de unos escalones estrechísimos hasta posicionarse bajo un pequeño
agujero excavado en la superficie, y en donde al estar a la hora indicada se ve
al planeta Venus, o Lucero de la Mañana.
Ilusiones mentales.
Cuando volvíamos a la ciudad íbamos al cine, que años más tarde sería
«su suerte». Nos gustaba la Nouvelle Vague Française Du Cinema: François
Truffaut, Roger Vadim, Eric Rohmer, Jacques Chabrol…
Hubo una pausa.
Néstor succionó aire a través de los dientes y sus lustrosas uñas
tamborilearon sobre la tapa del azucarero, que resbaló; luego, sin pronunciar
palabra, hundió el pulgar en el azucarero y con la vista clavada en mí,
succionó el azúcar que había quedado adherido a uno de sus dedos, al tiempo
que las palabras comenzaban a fluir pausadamente, como si llegasen de muy
lejos, con mucha dificultad.
—Sabes… —a veces se le escapaba el acento catalán— a mí las
mujeres… las mujeres… me… me parecen sosas, es decir, no me gustan…
Yo, enigmáticamente inexpresiva, con los ojos apenas parpadeando, los
codos apoyados sobre el mantel de plástico manchado de comida y moscas,
en una mesa comunal enorme, de las que suelen estar llenas de comensales
los mercados populares:
—¿Y tienen que gustarte a fuerzas? —largo silencio—. ¿Qué importa
eso? —mirada oblicua inquisitiva y silencio—. A mí no me gustan las
lagartijas, ¿y a quién le interesa?
La rotunda carcajada dio por terminada la instructiva conversación de
sobremesa pueblerina.
Al volver a casa de estas excursiones, mi madre siempre se extrañaba de
mi «muy notoria delgadez».
—¿Hija, qué te sucede en estos quehaceres que te exprimen en tal forma?
A mi madre, que nada le pasaba inadvertido (en ningún sentido), no podía
confesarle mis múltiples pecados. Estos consistían en comer todo lo que ella
me tenía prohibido: peneques, tlacahoyos, huaraches, chalupas, gorditas,
pambazos, enchiladas y los famosos tacos, que desde luego no estaban
rellenos de dedos de niños, pero sí de productos inefables con muchísimo
chile y que me provocaban unas diarreas perennes que me dejaban en los
huesos. Todo esto acompañado por los kilómetros de pecas que mapeaban
todo mi cuerpo más las picaduras de mosquitos y quién sabe cuántos bichos
más. Sus últimas palabras eran al final las mismas:
—¡Siempre lo he dicho, la selva es peligrosísima, que manía en querer
descubrirla!
Esto ponía fin a la última excursión, hasta el año siguiente, cuando Néstor
Almendros volvía otra vez de Cuba.
MÉXICO-CAPITAL (1956)
Tierra de contrastes
En una casa-campamento de Polanco, en las calles de Kepler y Copérnico,
Fidel Castro, Universo Sánchez y Ramiro Valdés fueron apresados. Uno de
ellos se asomó a la ventana y dijo:
—¡Estamos rodeados!
El Packard, cuyo chofer era Ciro Redondo, no estaba a la vista, era el
enlace entre la ciudad y el rancho de entrenamiento Santa Rosa, en Chalco.
Salieron silenciosamente y en el portal Fidel dijo:
—A lo mejor hay que batirse aquí —al mismo tiempo señaló las dos
ametralladoras que llevaban.
Al avanzar sólo unos cuantos metros fueron lampareados por múltiples
reflectores y patrullas de la policía mexicana. A partir de entonces
comenzaron las detenciones, hasta completar veintiocho hombres. Esa misma
noche, al apresar a Ciro Redondo en el Packard, le encontraron en la cajuela
veinticinco fusiles modernos y una buena cantidad de proyectiles. Tenía
también una anotación, en una cajita de fósforos, que decía: «Al rancho una
hora, es la base». Al no poder conseguir la policía que alguno hablara y dijera
dónde se encontraba el tal rancho, trazó un círculo alrededor de la ciudad,
teniendo en cuenta una hora de distancia en coche, y así lo localizaron. Se lo
notificaron a Fidel y éste decidió acompañarlos personalmente para evitar un
combate y la inútil pérdida de vidas. Llegan todos a la cárcel de Inmigración
para presos políticos, ubicada en la calle de Miguel Schultz, en la colonia San
Rafael. Sólo Raúl Castro y Héctor Aldama, por no estar en ese momento, no
fueron apresados.
Mi mente estaba vacía de rencores, agravios y malevolencia familiar, yo creo
que a causa de que todavía dormía con la andrajosa Solange II, una muñeca
con cara de vaca suiza que me había regalado mi padre, cuando llegó a La Habana en el barco tripulado por los cuáqueros de Filadelfia, en donde ya lo
esperábamos mi madre y yo (pero como no hay nada más traicionero que los
recuerdos, no estoy completamente segura si fue mi padre o Teté, por aquello
de que siempre me llenaba de regalos).
Teresa Casuso era gran amiga de mi madre, además de actriz de las
puestas en escena de las obras de mi padre, como esa llamada «La Borrachera
Nacional», una sátira irreverente. Vivía en una casa en el Vedado, con jardín
y alberca, dos perros, seis sirvientes, dos coches y muchas pulseras de
brillantes, pero ningún niño. Yo hacía las veces de esa carencia infantil y me
subía a uno de los coches, con la mucama y el chofer y después de pasearnos
un rato por el Malecón entrábamos a los almacenes «El Encanto» y me decía:
—¡Escoge lo que más te guste!
A mí lo que más me gustaba era ella misma, su perfume y la larga
boquilla de marfil con la que fumaba. Teté Casuso Morín había pertenecido a
la bien llamada «efebocracia» de los años treinta, en donde ella, única mujer,
junto a otros dieciocho estudiantes, en el breve periodo de gobierno del
presidente Mendieta, obtuvieron el decreto presidencial que le concedió la
autonomía a la Universidad de La Habana; no sin antes haber tenido que pasar
por arrestos, marchas, huelgas, mítines y hasta muertes.
En una de esas tardes, cuando me la pasaba en alguna casa desconocida,
esperando que Fidel convenciera de participar a los simpatizantes de la
Revolución, Universo Sánchez me relató algo de la atmósfera de la cárcel:
—La comida era infame, pero como el pueblo mexicano se volcó hacia
nosotros y nuestros ideales revolucionarios, además del consuelo del apoyo
nos llevaban comida —una costumbre por demás mexicana, ya que el
maltrato a los presos es de todos conocido—. Allí no solamente estábamos
nosotros, sino muchos otros extranjeros de múltiples países, que empezaron a
gozar de nuestro almacén de comida, que compartíamos con ellos. Como
nuestra detención fue muy publicitada, se formaban largas colas de todos los
simpatizantes de izquierda, que buscaban conocernos y solidarizarse con
nuestra causa. Con toda la gente reunida allí cantábamos primero el himno
nacional y luego el himno del 26 de julio. También jugábamos béisbol en el
enorme patio central, pero el Che nunca podía terminar un juego completo,
por su condición asmática le sobrevenían terribles accesos de tos y creo que
también por la altitud. Sosteníamos largas conversaciones, muy ilustrativas,
con los republicanos españoles, que nos ponían al tanto de su tan mentada Guerra Civil. Pero bueno, españolita, tú eso ya sabes cómo es. Todo esto, y
más, lo hacíamos para quitarnos de encima el fantasma de la «deportación»,
que gravitó sobre nuestras cabezas el tiempo que duró el encierro.
Sólo cuando algo me desconcertaba, me volvía huraña y retraída, puesto
que las cosas, todas las cosas, sólo me divertían a rachas…
No tenemos que pedir permiso a nadie para hacer la
Revolución…
En cualquier caso.
Esa muñeca, la Solange II, me la llevaba conmigo cuando dormía en la
casa de Teté del Vedado. Allí llegaba a veces a cenar un amigo suyo, que
también me regalaba cosas… ¡hay que decirlo!, él sólo me daba chocolates.
Tenía un nombre muy chistoso, algo así como «Pío-pío». Yo lo llamaba el
señor gallina. Más tarde supe que era el presidente Carlos Prío Socarrás, al
cual Fulgencio Batista le dio un golpe de estado el 10 de marzo de 1952.
Nuestra organización en su carácter de
revolucionaria se debe, sobre todo, a que nuestras
actividades, sean estas cuales sean, se definen como
revolucionarias…
¡Si es difícil vivir, es aún más penoso explicar nuestra vida! Algunas veces
conseguimos dirigir nuestros actos, menos nuestros pensamientos; pero en
nuestros sueños no podemos influir nunca.
En el cuarto de arriba, mi cuarto, que daba al jardín, de la casa de Teté en las
Lomas de Chapultepec (desde luego que ya en México, en la misma época de
la aprehensión de la organización de Fidel), me quito la falda y el jersey, los
aviento encima del altero de libros que están sobre la silla del tocador. Luego
el juego de ropa interior francesa de seda cosida a mano, y lo dejo caer en el
suelo. Me pongo un descolorido camisón rosa pálido, me tiendo en la cama y
contemplo el desvanecimiento de las últimas claridades del día a través de las ventanas. Aparece Teté en la puerta, en su consabida bata amarilla de tela de
toalla (por entonces su atuendo cotidiano) para decirme que llama Néstor
Almendros al teléfono.
—¿Ya estás de vuelta? —pregunto.
—Me adelanté un poco, esta vez me envía Bohemia, vengo a hacer un
reportaje a unos presos políticos cubanos, revolucionarios del Movimiento 26
de Julio. ¿Pero tus padres dónde están, y tú qué haces ahí?
—Estoy en casa de Teresa Casuso, ven para que te explique a…
Néstor sabía muy bien quién era Teté, pues ella además de actriz y
modelo (por muy bonita) era la viuda de Pablo de la Torriente-Brau, que
durante la dictadura de Machado, en los años treinta, junto a un numeroso
grupo de estudiantes, formaron el «Directorato». En la mañana del 30 de
septiembre de 1930, los estudiantes, que estaban desarmados, realizaron una
protesta frente a la universidad. Uno de ellos, Rafael Trejo, fue abatido a tiros
por la policía. Al acercarse a socorrerlo, Pablo de la Torriente Brau fue
también alcanzado con una bala en la cabeza, disparada por un policía de la
montada que lo dejó tirado, sangrando, inconsciente, en las escaleras. La
sangre permaneció ahí varios días más, expuesta como símbolo testimonial.
Yo me mareaba solamente con observar la tonalidad azul de las venas de mis
muñecas y a pesar de ser ya una mujer no podía nadar en aguas turbias donde
no se viera el fondo. Pero aguantaba treinta y seis horas consecutivas sin
dormir, poniendo inyecciones de vacuna contra el cólera en fábricas de
obreras de la costura, cuando atacaba una epidemia como la de ese año.
Lá, tout n’est qu ’ordre et beauté, luxe, calme et volupté.
Después de la llamada de Néstor y mientras lo esperaba abrí mi bolso de
mano para buscar la pluma y empezar a escribir mi clase del día siguiente.
Entre las cosas que encontré antes de llegar a ella: un sobre doblado, dos
dulces de miel, un lapicero roto, dos barras de labios, un frasquito de perfume
de violetas, una galleta de la buena suerte china sin abrir, una aspirina y un
alka-seltzer. La chinese cookie por lo visto llevaba mucho tiempo allí, porque
estaba como una piedra, pero el papelito de la suerte estaba intacto. Lo
destapé y decía «Una sorpresa en reserva aguarda la llegada del amor».
—¡Ah!, O. K. little cookie.
Todas las mujeres tenemos los mismos sueños. Versan sobre entrega
sexual y muerte infantil, lugares comunes de la existencia obsesiva femenina.
Alexandra Kolontaí
Rosa Luxemburgo
Clara Zetkin
Siempre me acompañaban, sus bustos descansaban arriba del cajonero
donde guardaba mi ropa interior. Entró otra vez Teté, acompañada por su
boquilla de marfil con un Chesterfield:
—Ahora es una de tus compañeritas de Universidad… esa, ¡puuff!…, la
de los ojos azules.
Sólo había tres teléfonos, uno arriba, en el cuarto principal de Teté, y los
otros dos abajo, en el salón y la cocina. El de la cocina se puso especialmente
para la cocinera Zenaida, que por gorda subía muy poco. Parecía que la
habían buscado (y desde luego encontrado) para completar el cuadro cubano.
Era gorda, gorda, gorda, chocolate, chocolate, chocolate, con el pelo pasudo,
enormes arracadas de oro, blusas de satín de colores brillantes, con delantales
de flores, que era lo único que se cambiaba, y sólo de vez en cuando. ¡Ah!,
pero lo más importante: la sonrisa, que mostraba orgullosa con los dos dientes
frontales cercados de oro. Tampoco le faltaban las chancletas, que arrastraba
avisando su llegada. Era veracruzana, pero todo aquel que la conocía daba por
sentado su «cubanidad», que ella no desmentía, porque hasta en el hablar lo
era. Cocinaba una mezcla «cubano-veracruzana» sabrosísima, con la cual
todos nos deleitábamos, con todo y el café colado, que se servía a toda hora y
momento. Era la dueña absoluta de la casa y la única que controlaba a los dos
perros, super maleducados, que ante la voz tronadora se postraban a sus pies:
«el Gordo» y «el Negro» (estos no eran, por supuesto, los mismos que
ensuciaban las inmaculadas escaleras de mármol blanco de la casa del
Vedado; estos dos eran unos Cocker-Spaniel, manchados de blanco, negro y
marrón).
—¡Hola!, ¿Gardenia? —pregunté.
—Soy Dalia, se lo dije a Teté, pero me parece que de su cuarto al tuyo se
le borra. Te informo que «aquello» ya llegó. Tenemos reunión mañana a las
ocho de la noche.
—Está bien, allí estaré, chao.
Este hablar casi en clave era para despistar a Zenaida, que me espiaba
constantemente. Alegaba que ella era la que tendría que rendirle cuentas a mis
padres, cuando volvieran de su gira teatral por Centroamérica, razón de mi
estancia allí (aunque en realidad la costumbre de vivir con Teté se prolongó
desde La Habana, cuando siendo pequeña disfrutaba de sus atenciones. Mi
cuarto siempre estaba puesto, lo ocupara o no). Y en aquel tiempo yo apenas
empezaba mi carrera universitaria y abandonar mis estudios en ese momento hubiese sido fatal; con la agravante de que estaba estudiando a marchas
forzadas historia de México, porque al venir de una escuela francesa había
pasado por alto ese pequeño detalle e ignoraba por completo la historia del
país en que vivía.
Zis, zas, zis.
Para ese entonces, el gobierno de Batista comienza en México a ejercer
presión, por la vía diplomática, para que se repriman las actividades de los
cubanos revolucionarios. En la prensa cubana oficial también se desata una
campaña de desprestigio.
Bohemia, en su época la única revista de izquierda de toda América
Latina, envía a México a Néstor Almendros, para desentrañar el meollo del
asunto y para obtener información de primera mano. La propia embajada
cubana en México participa y es instrumento de un primer plan para eliminar
a Fidel, que trata de ejecutarse aproximadamente en los primeros meses del
año 56. Un agente encubierto, que sigue todos sus pasos, es descubierto por el
grupo y tiene que huir a la isla. Regresa más tarde acompañado por otros dos,
que a su vez contactan a otras dos personas (un venezolano y otro cubano),
quienes a cambio de diez mil dólares se disponen a matar a Fidel. Otra vez el
grupo está al tanto y deshace el plan. Pero a partir de ese entonces diversos
agentes del gobierno de la isla trasladaron a México considerables sumas de
dinero, con el objeto de comprar los servicios de todo aquel que estuviese
dispuesto a coartar las actividades de estos cubanos exiliados. Se conoce el
regalo de $25 000 (veinticinco mil pesos) a la policía mexicana.
En este año de 1956 es cuando llegan a México la totalidad de los
hombres, quienes se alojan en casas-campamento rentadas en distintos
rumbos de la ciudad. Los primeros entrenamientos están a cargo de Arsacio
Vanegas, mexicano que practica la lucha libre. Se encarga de darles
preparación física en un gimnasio y en los cerros del Chiquigüite y de
Zacatenco. Se inician también las prácticas de tiro, en una zona de las afueras
de la ciudad llamada Los Gamitos.
Mientras la mayor parte de los hombres se entrena, la dirección del
Movimiento 26 de Julio se dedica a la búsqueda de los medios necesarios para
equipar la expedición. Más tarde se renta el rancho Santa Rosa, en la
localidad de Chalco. Se instala un campamento de instrucción militar, cuyo
responsable es un republicano español, el coronel Alberto Bayo, y el jefe Ernesto Guevara, el Che. Se hace táctica militar, pasan todos rotándose, para
recibir preparación política también.
Raúl Castro es testigo de la boda del Che con Hilda Gadea, en Tepoztlán,
los dos y un guatemalteco, Julio Roberto Cáceres Valle, son fotógrafos
ambulantes en el D. F.
Más tarde llega Fidel a la calle de Amparán, número 49, a la casa de la
cubana María Antonia González, en donde se encuentra con el Che. Hablan
durante toda la noche y al día siguiente éste se convierte en el médico de la
expedición a la isla.
—¡Para ser médico revolucionario, lo primero que hay que tener es
Revolución…! —dice el Che.
… hacer las cuentas con el proletariado, quiere
decir en el fondo hacer un análisis de la
explotación y de la opresión capitalista, distinguir
entre las necesidades reales y las que el sistema
impone para la supervivencia…
Algo importa,
Que en la vida mala y corta
Que llevamos,
Libres o siervos seamos.
ANTONIO MACHADO
Evitaba voltear la cabeza.
Otro tipo de acondicionamiento físico era la natación. Se practicaba en las
albercas públicas, que existían a todo lo largo de la Avenida Zaragoza, hacia
la salida a la carretera de Puebla. A esta práctica yo solía acudir acompañada
por Fidel. Llegábamos al atardecer, cuando ya no quedaba casi nadie (y
contribuyendo con una pequeña «mordida», para el mantenimiento de las
instalaciones, los que quedaban acababan por irse). Entonces cruzábamos las
piscinas de lado a lado; bueno… es un decir, cuando él había dado tres vueltas
yo iba a la mitad de la inicial.
La primera vez que fui salí muy oronda de los vestidores con un «dos
piezas». La cara del susodicho fue tal que no tuvo que expresarlo con palabras
vanas. La siguiente vez, caminando hacia los vestidores, me ofreció un
paquete y dijo:
—¡Espero que te guste, me aseguran que es el último grito de la moda!
¡¡¡Claro!!!, era un traje de baño de una sola pieza, ¡y ancho! Tengo que
aclarar que yo pertenecía al equipo de natación del «Ballet Acuático» del
Club Deportivo Chapultepec. Éramos un grupo de jovencitas, todas con la
misma talla y estatura, que dábamos funciones nocturnas en el club para
eventos internacionales. «Catalina», la marca de bañadores más famosa del
mundo en la época, nos hacía trajes especiales que brillaban con la luz de los
reflectores bajo el agua, eran modelos diseñados por los mejores modistos
franceses. ¡Y el hombre me compra un trajecito de tela de cuadritos, parecido
a mantel de bistró! Chistoso, ¿verdad?
Pero ya me adelanté bastante, a como voy todavía ni lo conozco. ¡Perdón!
Vuelvo atrás.
Parece ser que era transparente para el resto del mundo, salvo para mí
misma.
Teté, como tantas mujeres, se sentía cómoda tendida en cualquier cama
(se casan o no se casan con ecuanimidad; se divorcian o no se divorcian;
pueden abandonar una cama y olvidarla; duermen sin soñar, se levantan,
miran por la ventana… y siguen). Sus piernas daban la impresión de encajar
en forma extraña en las bien redondeadas caderas. Su cuerpo se soltaba, como
si lo convulsionara la cuestión de quién tenía acceso a él y quién no.
Localizaba el lecho matrimonial como el auténtico trópico de la fiebre y la
inquietud. Por el momento pasaba por la temporada del encierro, en su cuarto,
y sólo se alcanzaba a distinguir el teclear impertinente de la novela que
escribía (al parecer de sus aventuras) y el espeso humo que salía por debajo
de la rendija de la puerta. Sólo Zenaida entraba periódicamente con los
refrigerios y los asuntos del exterior. De allí que fuese tan «blanda» en
ocuparse de mis salidas y entradas, ni me tomaba en cuenta.
El Gordo y el Negro, tan mal educados y nefastos, un día se le escaparon a
la absoluta «patrona» Zenaida y cual bólidos entraron en mi cuarto. Se
comieron en parte a Solange II (que desde entonces se llamó la Andrajosa) y
parte de las hojas de mi trabajo de investigación de la facultad. Sólo recuperé
un pedazo babeante que colgué en la puerta, con una chinche, como prueba
del atraco. Decía: «… la condición esencial para la existencia y para el
predominio de la clase burguesa es la formación y aumento del Capital, la condición para el Capital es el trabajo asalariado. El trabajo asalariado se basa
únicamente en la competencia entre los trabajadores.» (Manifiesto Comunista
-1848). El infortunado incidente me permitió desde entonces cerrar con llave
mi puerta. Así tuve la libertad de poder llenar cajones y cajas de cartón con
los panfletos marxista-feminista-anarquistas que imprimía con mis
compañeras en nuestro reducto clandestino.
El sujeto, el verbo, el predicado… y el guerrillero.
(Sigo con estas disquisiciones, mientras Fidel permanece en la cárcel, sin
que pase nada).
Suena el timbre, los ladridos y el grito consecuente:
—¡Isabelita, te buscan!
Algo llega entre los aullidos perrunos y el alto volumen de la radio,
provenientes de la puerta abierta de la cocina. Aviento la novela de Durrell
—Justine—, me enfundo rápidamente en unos jeans y bajo.
Néstor y yo nos ponemos al tanto de nuestros quehaceres cotidianos y
futuros, entre los cuales surge el inconveniente de su actual estancia en el D.
F., puesto que siempre llegaba a casa de mis padres.
—¿Qué tal si te quedas aquí?, ¡hay suficiente espacio!
—¿Cómo, en casa de Teté? Ni siquiera me conoce, ¡es una locura, chica!
—¡Eso se soluciona rápido, verás!
Subí a trancos hasta el recinto sagrado y al entrar al tabernáculo le cuento
a la sacerdotisa. Con un gesto condescendiente aceptó, sin molestarse siquiera
en divisar al interfecto.
—Por supuesto que sí, mi niña —expresa, y sigue en el pantano de sus
relatos.
La segunda parte era mucho más complicada, pues se trataba de negociar
con la «patrona suprema». La radio puesta en la estación popular de La
Charrita del cuadrante era su eterna compañía (además de los perros, por
supuesto); pero el volumen llegaba a niveles desquiciantes. La música era una
infernal mezcla de cualquier cosa, acompañada por interminables
comerciales. Así que yo compraba su silencio y ella aceptaba mi «música de
iglesia» en mis permanencias. Sigilosa me acerqué en esa ocasión a sus
dominios y para que me oyera apagué la radio. La pareja perruna fue la
primera en reaccionar, estupefacta, espejo el uno del otro, esperaban la
reacción mirando a un lado y al otro.
—¡Zenaida!, Néstor, el que acaba de llegar, se va a quedar aquí unos días
—la atajé con el gesto, antes de que el fuego de sus pupilas me abrasara—. Sólo unos cuantos días, por lo tanto podemos llegar a un acuerdo como el que
tenemos con la música.
Apaciguada, respondió:
—¿De a cómo?
—El mismo precio que la música, por cada día de estancia, ¿está bien? —
le supliqué zalamera.
—¡Umnn, umnn…! Bueno… está bien. ¿Y éste también es cubano? Se le
oye como algo español.
—Efectivamente, es cubano y catalán, verás, te va a encantar, es muy
educado, como a ti te gustan.
Fin de la transacción.
La izquierda puede tener una ideología política,
mientras que la derecha no tiene nada más que
tácticas…
La hora del asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, es a las 5.30 a.
m. Participan dos mujeres: Melba Hernández y Haidée Santamaría. Ciento
once hombres, además Raúl y Fidel. Ochenta son capturados, sobreviven
treinta y dos y mueren setenta.
Fidel es condenado a quince años de prisión, Raúl a trece, en la Isla de
Pinos. Es el año 53.
Dieciocho compañeros, más Raúl y Fidel, son indultados en 1955. Llegan
a México en diferentes viajes, con la finalidad de reunir un núcleo de
guerrilleros entrenados para regresar a la isla y derrocar al tirano.
Raúl sale primero, se le acusa de provocar un incendio voluntario.
El 26 de Julio coincide por poco con el 25, que es el día principal del
Carnaval de Santiago de Cuba.
Lo andaluz nunca se pierde, ese como otro sentido del humor, ¡precisamente
andaluz! Así era mi padre. Él nació en Écija (cuyo nombre original era Ástigi
y se lo pusieron los romanos al fundarla), una ciudad a la que la fama le
llegaba por dos lados: La Sartén de Andalucía y las cuevas donde se
escondían unos bandoleros llamados «Los 7 Niños de Écija», sumamente populares por arrebatarle sus posesiones a los ricos para dárselas a los pobres
en el siglo XVIII.
Provenía de familia de alcurnia, su abuela era nada menos que «Señora de
Manto» (no me entretengo aquí, porque esto es sólo una novela) y su nombre
fue Visitación Fernández-Pintado y Doña Mayor, se casó con Don Baldomero
Custodio y tuvieron dos hijas: Guadalupe y Victoria (Guadalupe también es
otra novela y si alcanza el tiempo algo contaré). Victoria, mi abuela, se casó
con Juan Muñoz Guerrero-Estrella y procrearon cinco hijos: Alejandro,
Baldomero, Ana María, Guillermo y Álvaro, mi padre. Guadalupe se casó con
Carlos Fraile, y no tuvieron hijos.
Mi padre era el clásico Carpe Diem, aprovechaba la vida a todo lo que da,
nunca le vio el lado trágico a la guerra ni al exilio, así era y nada más. Vivió
rodeado de proyectos, y de tantos, sólo algunos se cumplían, pero se cumplían
y bien, bien. Cuando se enfadaba, bañaba al que estuviese enfrente a
salivazos, pues escupía como si tuviera un trozo de pescado podrido, en
medio de blasfemias. Físicamente no se parecía en nada a Federico García
Lorca, con el cual recorrió la provincia española, pues perteneció al grupo
universitario de teatro «La Barraca» unos años antes de la Guerra. Esta
compañía teatral ¡sí que era democrática!, se turnaban, además de los papeles,
los oficios teatrales. Sólo hombres interpretaban los dos sexos. Con un overol,
como vestuario permanente, recitaban a los clásicos del Teatro del Siglo de
Oro Español. Federico les decía: «La vanidad la encierran en su arca todos los
imbéciles».
Escribo para que el aire envenenado pueda olerse.
Cada vez estoy menos convencida de que la palabra «inestable» tenga
algún significado útil, salvo cuando se aplica a la descripción de un
compuesto químico. En todo caso, no lo tiene si se refiere a mí.
Supongo que quiero decir que sólo una mujer comprende perfectamente el
peligro que entraña mirar hacia atrás.
Eso era.
En el primer periodo batistiano se legaliza el Partido Comunista Cubano y
se funda un periódico, Hoy, una emisora de radio, Mil Diez, la editorial
Páginas y la compañía fílmica Cuba Sono-Films. Por esta razón existe el
tropel de exiliados españoles, que sostiene en marcha todos los espacios
arriba expuestos.
Aparte del Movimiento 26 de Julio existen otros grupos, llamados
«Directorio Revolucionario», «Triple A», «Organización Auténtica»,
«Resistencia Cívica», cuyo fin (de todos) es derrocar al hoy dictador y
antiguo estenógrafo.
En 1898 llega a La Habana, desde Galicia, Ángel Castro Argiz con las
tropas españolas que combatirán en la Guerra Hispano-Cubano-Americana.
Se queda en la isla y se casa con una maestra, con la cual tiene dos hijos:
Lidia y Pedro Emilio. Trabaja para los norteamericanos en la Nipe-Bay Co.
Durante las noches recorría las cercas de la compañía y así va agrandando su
propia finca. A su vez procreó otros siete hijos (Ángela, Fidel, Raúl, Emma,
Agustina, Ramón y Juana) con una campesina de origen libanes, Lina Ruz,
que vive en un bohío cerca de la casa grande, en Birán, Oriente. Más tarde, al
enviudar, se casa con ella.
Allí está, tambaleándose al filo de la eternidad, una situación tan
aterradora como la misma certeza…
La intromisión de Néstor en la casa cambió la dinámica de Zenaida y sus
secuaces. Se ganó a los tres. A ella le regaló una caja de jabones Jardines de
California (sus favoritos) y para los escandalosos se llenaba los bolsillos con
galletas Mac Ma de chocolate, que les tiraba a puñados y ellos se lo
agradecían a lametazos.
Ese domingo, el del CONOCIMIENTO, en el desayuno al hacer planes para
coordinar los horarios, nos sorprendió la repentina presencia de la «mundana-
encerrada», que se dignó tomarse un café colado con nosotros. En verdad lo