El amor me absolverá

Isabel Custodio · Capítulo 5 de 8

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El amor me absolverá

Días dos

 

tiempo justo

de fervor en la palabra

hay un rojo mineral

que se adivina

lejos

¿Podré albergar en mi bóveda interior, en la que sólo puedo escuchar largas

notas profundas, lo maravilloso, el sueño de la Revolución por el bienestar de

todos?

Creo que no hará falta especificar que el mencionado viaje a Catemaco

me costó un gran pleito, disgusto, discusión, alegato, etcétera. Nosotras

argumentamos el súbito deceso del padre de Zenaida (al que ella ni llegó a

conocer) y su necesidad de mi compañía para compartir juntas el dolor. Las

consabidas razones: ¡POR TU SEGURIDAD!; tú ya no puedes andar por ahí suelta,

como si nada. Detrás de ti existe toda una organización, mucha gente, que

pones en peligro.

Encima de todo, yo tenía grandes líos no resueltos, como la llegada de mis

padres, reconstruir nuestra imprentita y su reorganización, la justificación de

mis faltas a los estudios.

Un lío.

Este era un mundo frágil, perecedero, de olores penetrantes, de tacto

cálido, en el cual a la memoria le entran sucesos con naturalidad, unos

empujan a otros y todos encuentran un lugar ignorando el peso que se va

acumulando, para surgir repentinamente sin ser llamados a cuentas…

Desde que la Revolución había entrado en la casa de las Lomas, Teté la

cabalgaba airosa. Una tarde en la que ella, Cándido González (el inseparable)

y Rafael del Pino charlaban en el salón aguardando la llegada de Fidel, yo

estaba como siempre encerrada en mi cuarto, estudiando; y aun así me

llegaban los humos y la franca, abierta risa de Teté.

Atrás habían quedado los grises días, los llenos de nubarrones. Entre ellos

se contaban (según decían) los del romance con Adolfo López Mateos, que

luego sería presidente de México. Ella ahora lucía en todo su esplendor

tropical. Tenía una rara belleza, siendo lo más notable el perfecto dibujo de

los carnosos labios que ella embadurnaba de rojo carmesí. ¡Y las piernas!

Eran perfectas y las lucía con desparpajo; al sentarse, siempre cuidaba que la

falda estuviese más arriba de la rodilla. En La Habana había sido estrella muy consentida, su guardarropa era extensísimo, al grado de que en un año no

repetía un solo atuendo (y del cual yo me servía). Aquí en México, trabajó en

la embajada cubana, fungió como diplomática en el periodo de Prío Socarrás.

Es decir… sabía… sabía…

Esa tarde subió apresurada la patrona y me forzó a bajar para oír la

conversación.

—Te conviene saber, te conviene saber, apúrate y baja…

—Pero realmente, Zenaida, no me interesa lo que puedan decir los otros…

—Abajo está ese «blanquito» del que te hablé, el que no me gusta. ¿Qué

crees? el otro día que le abrí la puerta, por poco le piso la cola. ¡Por Diosito

Santo! —hizo la señal de la cruz, que besó—. ¡Ándale!

Bajé hasta el descanso de la escalera, en donde no me veían, pero podía

oír. Estaba hablando Rafael del Pino (este era su verdadero nombre, y del cual

hacía gala):

—Entonces en 1947, como les iba diciendo, Fidel planifica la invasión a

la Dominicana, junto a un grupo de unos cientos de expedicionarios que

pensaban zarpar desde Cayo Confite, en la provincia de Oriente. Pero se

abortó el proyecto, puesto que los apresaron a todos, salvo a él, que logra

escapar nadando y cargado con una pistola cruza la bahía de Nipe, que como

todos sabemos es la más ancha de Cuba y está infestada de tiburones, y así

llega a la hacienda familiar de los Castro.

Sus tres espectadores lo escuchaban con la boca abierta. Digo tres, puesto

que Zenaida, con el pretexto de traer café, vaciar ceniceros y otros

menesteres, acomodaba su poltrona (especial para todas sus inmensidades) en

la entrada del salón. Así estaba… pero no estaba…

Sigue el cuento:

—Más tarde, Fidel y yo, en 1949, vamos a Bogotá, a la Conferencia

Panamericana. Él como delegado de los Estudiantes de Derecho de Cuba.

Armamos una protesta en contra del colonialismo norteamericano. Ocurre el

sonado asesinato del líder Jorge Gaitán, con el consecuente linchamiento del

asesino, en donde mueren alrededor de tres mil personas. Después nos

trasladan a Cuba bajo el respaldo de la embajada argentina.

La historia quedó trunca por la llegada del esperado.

Aclaro algo curioso.

Nadie, nunca, sabía los tiempos y horarios de Fidel. Dónde dormiría cada

noche; dónde comería; dónde sería la reunión de trabajo del día; qué ropa

usaría; con quién se vería; en dónde, cuándo y cómo llegaría, a dónde y con

quién. Para salvaguardar la seguridad de la casa había todo un lenguaje de contraseñas o códigos secretos que se ponían despreocupadamente en el

balcón de la habitación de Teté, que daba a la calle: una maceta que según el

color de las ñores quería decir cuántos estaban reunidos; de otro color, si

Fidel estaba o no estaba, si llegaría más tarde, si no había nadie, etcétera. No

sólo eran macetas, también ropa que colgaba, adornos, escobas, de todo, yo

siempre me confundía, pero la artífice y responsable de todas las artimañas

era, por supuesto, la patrona, que decía que ella ¡sí que trabajaba para el

derrocamiento del tirano!; del cual, por cierto, nunca se aprendió el nombre, y

cuando se enteró de que era de su mismo color, dijo:

—¡No, si siempre lo he dicho, cuando el negro es cabrón, lo es más que

ninguno!

Cuando Fidel aparecía todo se trastocaba, era como encender un motor. Y

mientras permanecía, el motor funcionaba a todo lo que daba, cambiaban los

sonidos, los efluvios, los olores, el ambiente, todo.

Yo desaparecí, pero alcancé a oír la consabida pregunta y la consabida

respuesta:

—¿Isabel está bien, dónde?

—Sí, bien, en su recámara, estudiando.

Se encierran como siempre en la biblioteca, los llegados, los que ya

estaban y otros llegados más tarde.

La única que sabía cuándo, cómo, dónde sería visitada, atendida,

solicitada, acunada, engargolada, ensamblada, arrullada, agasajada,

inspeccionada, observada, implorada, exigida, requerida, invitada, advertida,

obsequiada, era yo.

Tiempo después apareció en mi cuarto, para contarme que un cargamento

de armas, que se trasladaba a Mérida en manos de tres valientes combatientes

que viajaban en ómnibus y después en coche, fue interceptado por la Federal,

que incautó las armas. Los tres se quedaron en Mérida, con libertad bajo

fianza.

—Esto significó una importante pérdida, que de alguna manera tendremos

que compensar con más esfuerzo y, por supuesto, trabajo de todos al tomar

precauciones mayores —dijo.

(No estaba exenta de inquietud ante aquella existencia que se abría ante

mí, tenía muy pocos años y él era el primer hombre que ocupaba mi vida,

pero a su lado todo parecía sencillo, y yo le agradecía que me asustara tan

poco).

Sigue diciendo que a esto se añade el sorpresivo cateo de los siempre

atentos federales en la casa de Boca del Río, en Veracruz, utilizada como campamento. Se llevaron armas y documentos comprometedores.

—Por lo tanto, voy a tener que desplazarme hasta allí, para solucionar el

asunto que está en manos de un abogado que ha llamado mi amigo el pintor

José Manuel Fidalgo. ¿No te he hablado de él, verdad? Un gran cubano,

solidario como todos a los que he acudido.

Me envolví en mí misma,

engargolada,

para darme a ti en este sinfín de vueltas

y así convertirme en un simple objeto tuyo…

—Te suplico no hacer cosas comprometedoras, mira todo lo que está

pasando, nos tienen puestos todos los ojos encima. Te voy a dejar a Del Pino

para que te cuide.

—¡No! a Del Pino no… ése tiene cola que le pisen…

—¿Cómo dices?

—Bueno, es un decir, la verdad, si ha de ser así, prefiero a Cándido.

—¡No! Cándido no, es muy joven, no experimentado. Bueno, te mandaré

otros. Vuelvo en unos días. ¡Déjate cuidar!

Sus palabras eran fruto de su largo comercio con la adversidad.

Soy tu enemiga que no tendrá piedad

y te llamaré batalla

y ensayaré en ti la libertad de la batalla

y tomaré en mis manos tu cuello duro

y llegaremos juntos a esa isla…

En México, el presidente en ese entonces era Adolfo Ruiz Cortines, un

sesentón gris y austero. El opuesto a su espectacular predecesor, Miguel

Alemán, quien saqueó al país como harían, en adelante, todos los

subsecuentes integrantes del monolítico y único partido en el poder (que

duraría más de setenta años). Por lo que se sabe, parece ser que lo único

interesante que le sucedió (a este rígido presidente) fue casarse con una mujer

todavía mayor que él, que decían las «buenas lenguas» que regenteaba un

burdel en Veracruz, el cual frecuentaba, y al parecer por los buenos oficios de

Doña Mariquita, salió premiada.

Pertenecer a un exilio hace que se viva en una isla dentro del propio país.

En realidad yo no tenía trato con los mexicanos. Eran los que inundaban las

calles, pero conocencias, conocencias, no. Primero una escuela francesa,

luego la UNAM con mis compañeritas. En casa se seguía viviendo como si

estuviéramos en España, y toda la gente que acudía eran extranjeros, siempre.

Mi contacto con lo de afuera era circunstancial, esporádico y superficial.

Vivir en la Tierra es caro, pero incluye un viaje gratis alrededor del sol…

En esos días del «desaparecido» fui a comidas, cenas, etcétera, con mis

amigos de siempre, que extrañados me preguntaban por mis prolongadas

ausencias, a lo que yo respondía que estaba metida en un complot político

clandestino para desestabilizar a un régimen establecido, que ocupaba todo mi

tiempo. Provocaba grandes risotadas y me dejaban en paz. En una de esas,

relatándole a Chini el tremendo robo del que habíamos sido víctimas en la

imprentita (ella sí sabía) y sin saber qué hacer para obtener dinero, se le

ocurrió (era muy hábil para planificar o inventar) mandar algunas muestras de

las muchas fotos que me había tomado Néstor a un concurso de un refresco de

moda, donde solicitaban chicas jóvenes para implementar una campaña

publicitaria. Chini estaba enterada de esas noticias publicitarias, con modelos

o chicas, por la Boutique Vilches; y efectivamente así fue, así fue, gané el

premio (muy sustancioso en dólares) y durante un año todos los calendarios

colgados en las accesorias, farmacias y talleres de autos, tuvieron mi foto con

el refresco. A mí, el único que me preocupaba era mi padre, pero como nunca

frecuentaba esos lugares, imposible que me descubriera. Las razones por las

que obtuve el premio fueron: las excelentes fotos de Néstor y, sobre todo, lo

picarescas y atrevidas que eran.

En una junta repartimos el botín entre las diferentes atribuciones que

teníamos cada una y todavía nos alcanzó para darle una suma considerable a

nuestra ginecóloga feminista, la doctora Elfriede Dircks, madre de Geertjie

(Tulipán, por aquello de que era holandesa), quien sostenía una clínica

clandestina donde las mujeres pudientes pagaban para hacerse abortos. Por

cada rica que pagaba se le hacía otro a una que no pagaba y nosotras

ayudábamos con donaciones que le conseguíamos, además ella aleccionaba a

nuestras obreras sobre el cuidado del cuerpo.

Dice la Iglesia: el cuerpo es un pecado. Dice el Mercado: el cuerpo es un

negocio. Dice el cuerpo: yo soy una fiesta.

Y alcanzó todavía más: para ir de copas al lugar de moda, el restaurante

más chic de la Zona Rosa, el «1 -2 -3», adonde acudían los niños bien de la

alta sociedad.

Le superflu… chose si necessaire…

La cena fue después de salir de Bellas Artes y de escuchar un concierto de

Sergiu Celibidache, del cual estábamos todas enamoradas. Como entramos en

tropel (dieciséis) a pedirle un autógrafo y a felicitarlo, le interesó nuestro

grupo y quiso saber. Siempre decíamos la verdad, que nadie tomaba en serio,

así que él, sin dejar de reírse, al igual que todos los demás, nos dijo:

—Voilá, ma contribution pour ce merveilleux jeune groupe de beautés

révolutionnaires.

Nos entregó un fajo de dólares que aumentó el resto obtenido. Su foto

siempre permaneció en el lugar de honor de nuestro reducto, junto a sus

grabaciones de las sinfonías de Brahms.

Por consejos de Zenaida, cambiamos todas las antiguas fotos de

revolucionarias por las de la Virgen de Guadalupe, patrona de México, para

protección de los posibles robos subsecuentes. No es que ella estuviese al

tanto de esa parte «tan oculta» de mis quehaceres, sino que un buen día me

desapareció los tres bustos de las revolucionarias Alejandra, Rosa y Clara,

que tenía en mi recámara, diciendo que a esas tres putas se las había llevado

por orden de sus Santitos, que me mal aconsejaban, y las sustituyó por otras

Vírgenes, que ya habían sido bendecidas. Así nos quedamos, presididas por

Celibidache y las Vírgenes. Al que nunca cambiamos ni sustituimos fue al

«Fundillo Franco», cuya foto pegada en la tapa del retrete presidía nuestras

evacuaciones.

Mis «cuidadores, guardianes» me seguían a todos lados, tomando nota,

pero como en todos estos desplazamientos no existía presencia masculina

alguna… ¡Volvimos a las andadas!

¡Bing, bang, bung!…

 

En la Utopia, puede ocurrir muy bien que lo que es

imposible en un momento determinado, se haga posible

sólo indicándolo cuando todavía es imposible.

 

No me apetece hablar. Me apetece estar así, quietecita en esta silla, con los

codos apoyados sobre el quicio de la ventana, bebiendo un vaso de leche. Sin

teléfono, sin cuadernos, sin libros, sin ladridos de perros, arrullando a Solange

II, la andrajosa.

De vez en cuando se nota el viento, no muy alto, un susurro.

¿Qué dice?

Me duele algo detrás de los ojos, no exactamente dolor, sino una

impresión.

En el tejado de la casa vecina, vi morirse a un gorrión. De repente pareció

derrumbarse y cayó. Me estremece la impresión de que le cuento esto a

alguien que no conozco y que, no obstante, existe. El gorrión se estremece también, en el suelo, se quedó quieto. Horas después, el jardinero tiró el

gorrión a la basura. Lo cogió por las alas y listo. La desaparición repentina de

esa insignificante ave me hizo pronto visualizar la quizás próxima

desaparición, también, de varios de estos entusiastas jóvenes militantes

comprometidos; que una vez llegados a la playa del desembarco, alguna bota

militar los empujaría hacia la corriente del mar para hacerlos desaparecer en

sus profundidades; cuando ellos, al igual que el pajarito, cumplían su misión

en el planeta.

Si alguien tiene un destino, se trata de un hombre.

Si alguien consigue un destino se trata de una mujer.

En esos momentos para mí el enigma de mi existencia era igual al de

resolver el del peso de la paja… ¿Acaso es el destierro una forma

desgarradora y trágica de defender la soledad?

Solo sé que tengo una única imagen debajo de los párpados, tú.

El viajero de Veracruz regresó.

¿En qué etapa estaba yo para entonces?

Atracción.

Incertidumbre.

Exclusividad.

Se supone que son los tres estadios de la relación amorosa.

No quiero comer contigo

ni gallinas ni pavos reales,

quiero comerme unas sopas

con una persona que me iguale…

Así, era así…

Otra vez, ese nerviosismo, como de espera, en espera de algo, algo por

venir, por hacerse, algo importante, algo esperanzador.

Como todo se construía, todo estaba siempre por llevarse a cabo, como la

propia Revolución; futureando hacia el hecho de que si actualmente la

organización era revolucionaria en su carácter, era debido sobre todo a que las

actividades se definen como revolucionarias…

Con los días el nerviosismo adquirió un nombre: José Antonio Echeverría,

presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU). Llegaba de

Chile, donde participó en un Congreso Latinoamericano de Estudiantes. Esta

presencia tan esperada requirió de preparativos especiales, secrecías mayores,

acondicionamientos, idas y venidas, cambios del personal cotidiano y de

guardia, pistas falsas, despistes, etcétera.

Tan importante sería que fui notificada con «anterioridad» de que se me

llevaría a la otra casa.

¡Ah, la otra Casa!

Había dos casas clave, primordiales. Pertenecían las dos a dos mujeres

muy parecidas (¡ojo!, no físicamente). La primera, que ya conocemos: Casa

de Teté. La segunda, que no conocemos: Casa de Orquídea.

Esta tal Orquídea Pino, tan cubana como Teté (y más o menos igual de

madura). Igual de comprometida con la causa revolucionaria. Igual de

solidaria y proveedora. Igual de generosa, alegre, emprendedora, dedicada; y

de belleza excepcional. Actriz, cantante de boleros, lo único que ésta última

tenía y Teté no, era un marido mexicano: Alfonso Gutiérrez, al que todos

apodaban Fofo.

Fofo y Orquídea ofrecían su casa y más, mucho más, todo lo que se

necesitase para la noble causa en la que tantos estábamos comprometidos: el

derrocamiento del déspota. En esta otra segunda casa, por estar en un barrio

muy lujoso, exclusivo y fuera de sospecha, llamado el Pedregal de San Ángel,

y por ser sumamente grande y espaciosa, arribaban todos los «llegados» de

nueva cuenta, a esperar ser entrevistados por Fidel, que después de aceptarlos

y calarlos colocaba en lugares específicos del propio movimiento. Como

primera medida, y descontado está, se iban sin chistar a los campamentos de

entrenamiento de Veracruz.

Hablaban muy bien la una de la otra, pero nunca se frecuentaban, nunca.

Orquídea, a diferencia de Teté, tenía una habitación tapizada de clósets

recubiertos por espejos del piso al techo, y clasificada la ropa por estaciones.

No deja de llamar la atención, sin embargo, lo de las cuatro diferentes

temporadas, en donde en los dos países involucrados no hay más que una sola

estación: en Cuba el verano todo el tiempo; y en México, la primavera.

Físicamente eran deslumbrantes las dos.

Para hacerme entender, Teté era igual a Gene Terney, la actriz de moda

norteamericana, y Orquídea era Heidi Lamar, la otra estadounidense famosa.

Asimismo, se comportaban, vestían y hablaban más o menos igual. La una

cantaba divinamente, la otra fumaba en su boquilla de marfil y olía a

Shalimar. Ambas discutían sobre tópicos teatrales; y ambas se comprometían

como verdaderas organizadoras de sabotajes y complots. ¡Ah!, eso sí, siempre

como estrellas refulgentes, como en realidad eran. Estrellas del azul

firmamento que descendían a ratos a la nebulosa Tierra, para deleite de los

opacos terrícolas, que las veneraban, en el éxtasis.

Como los designios de la Providencia son inescrutables, al describir a

estas dos mujeres y regodearme en su ambiente de fulgor estelar, me remonto

al recuerdo de otro muy similar en el personaje, que me tocó vivir justo al

poco tiempo de recién llegados a México.

Uno de los primeros departamentos en que vivimos (fueron muchos) se

encontraba frente a un parquecito en las calle de Melchor Ocampo y Río

Mississipi. Tenía juegos infantiles y yo me trepaba a ellos con singular placer,

lo cual provocaba amargas reprimendas del vecindario, que en su ñoñez se

escandalizaban porque al hacerlo mostraba los calzones (por cierto muy

delicados, tejidos a gancho por mi madre, y con lacitos), lo cual indicaba, para

ellos, una muy deficiente educación en una niña.

Nosotros vivíamos en el último piso, y en el de abajo una «estrella», una

estrella brasileña. ¡Una belleza sin par! Yo aceptaba que era una enorme

belleza porque así lo decían todos al verla, empezando por mi padre. Esta

gran belleza tenía un perro forrado de pelos, más bien una miniatura de perro,

que según decía le trajeron del Himalaya. Ella era enorme de tamaño, muy

alta, más que todos, con unos muslos muy grandes que mostraba, pues llevaba

unos «shorts» que le quedaban muy cortitos y apretaditos. Por eso creo que

todos exclamaban: ¡enorme belleza! Tenía un nombre desde luego, del cual

no me acuerdo, pero el del ridículo animalito sí, Sherriñio. Esta pequeñez era

listísima y todo lo entendía enseguida. Cuando yo llegaba del colegio por la

tarde, subía cual bólido, tiraba la mochila, pedía un bocadillo que ya me

tenían preparado y bajaba como meteoro, cruzaba y en el parque me subía a

los juegos mecánicos. Él estaba al tanto de todos estos movimientos del

atardecer, y nada más oírme llegar empezaba a rascar la puerta hasta hacerse

abrir. Subía con gran esfuerzo por los escalones (mucho más grandes que él)

hasta la puerta de mi casa, que yo había abierto. Directo a la cocina, donde

siempre encontraba a mi madre, que le daba probaditas. Si no encontraba a

nadie, seguía hasta la biblioteca de mi padre, donde «siempre» también le

obsequiaba nueces con pasas, que él consumía y guardaba en una bola de

cristal. Si acaso mi padre no se daba cuenta de su presencia, por lo

ridiculamente enano e insignificante, moviendo la madeja de pelos que era, y

profiriendo unos ronquidos estentóreos, pedía su ración. Daba media vuelta y

bajaba. Si de casualidad me encontraba por el camino, rápidamente se

escondía como podía, al saber que donde estuviese le propinaba un patadón

que lo mandaba por los aires, ya que mi pie era más grande que todo él. Su

dueña, que hablaba muy poco español, recibía todo el día (creo que por las

noches también) a sus amigos (ella decía «bailarines»). Ponían una música infernal, de tambores y pitidos, que a todos molestaba, salvo a mi padre, que

fuese lo que fuese, siempre salía en su defensa.

A mí nunca me permitían entrar en la casa de nadie, por temor a los

secuestros. Me contaban que, en México, se robaban a las niñas rubias y les

cortaban el pelo para ponérselo luego a las muñecas que vendían a precios

descomunales, por ser de pelo natural. Y a veces también, cuando escaseaban

los de celuloide, les sacaban los ojos verdes. De ahí que fuera extraño que mi

padre me alentara, con frecuencia, a visitar a la «brasileña», ya que luego él

bajaba a buscarme.

De repente la mujer, que ya hablaba más español, aunque con defectos,

empezó a estar muy sola. Ya no venían sus amiguitos bailarines a visitarla ni

ponía sus estridencias; y el Sherriñio pasaba más tiempo en mi casa, detrás de

mi madre, su preferida (nadie entendía por qué el engendro desaparecía en

cuanto yo aparecía). La enorme belleza se aburría sola, el día entero, y cuando

yo llegaba me estaba esperando, ansiosa, para llevarme con ella (y el apestoso

con pelos) de compras, a pasear, tomar helados o cualquier tontería que se le

ocurriese. Nos llevaba un chofer muy elegante, y dos mayordomos también

uniformados, que nos acompañaban a todas partes. Ella me decía que yo

podía elegir lo que más me gustase, porque su novio actual le daba permiso

para tener todo lo que quisiese, y más.

Yo le preguntaba:

—¿Por qué no tienes amiguitos de tu edad, en vez de andar conmigo, que

ni amiga tuya soy, y menos de este pelangoche?

—No puedo, mi novio no me da permiso.

—¿Los novios también tienen que dar permiso igual que los padres?

—Sí, a veces así es.

—¡Entonces yo nunca voy a tener novio! A mí no me gusta pedir permiso

para nada, por eso casi siempre estoy castigada.

Después de estas sustanciosas conversaciones, acababa llorando y dándole

besos en la boca al inmundo manojo de pelos, que además de todo, se tiraba

unos pedos olorosísimos, con aroma al chorizo de Cantinpalo que le regalaba

mi madre.

Yo regresaba entonces, cargada de paquetes. Mis padres siempre me

recibían con raras expresiones, que a mí me lucían bastantes sospechosas,

como de burla o algo parecido.

El apestoso usaba un collar, del mismo color y forma que la pulsera del

tobillo de su ama, de diferentes colores, verdes, azules, rojos, amarillos,

blancos, etcétera. Mi madre, al limpiarle los morros con un trapo especial (excesivamente pulcra, lo consentía como si fuese suyo), le dice a la

muchacha asombrada:

—Este collar que lleva el animalito es de verdad, estas piedras son

brillantes auténticos, y los rojos rubís junto a los verdes ¡¡esmeraldas!! ¡Ostia

Divina, qué lujo!

Así transcurrían los días, yo pateando al lujoso Sherriñio, recibiendo

regalos, obteniendo caprichos, hasta que un día me caí de la resbaladilla y

quedé toda raspada, magullada, adolorida, entierrada, sangrante. Entré

despavorida a mi casa, gritándole a mis padres, que no estaban. La muchacha

asustada llamó inmediatamente a la vecina, ella a su vez llamó al chofer y los

mayordomos, que a su vez me llevaron, todos, a una clínica o algo así, muy

elegante.

Había muchos doctores y enfermeras, que me atendían y hacían

preguntas; y ella, con el pedorro en brazos, lloraba y daba explicaciones más

que si fuera mi madre. Me curaron, me pusieron cuanto ungüento había, me

dieron hasta vendas y una píldora para el dolor; eran una docena a mi

alrededor, creo que demasiado. Por fin todo acabó.

Llegamos a casa, donde mis padres, advertidos, esperaban impacientes.

Todo bien resuelto, gran alegría. Como bien venía al caso, mi padre solícito

decidió que lo correcto era bajar para darle las gracias personalmente, lo cual

hizo.

Pasaba el tiempo, luego más tiempo, luego más y luego más tiempo, hasta

que mi madre nerviosa, y algo furiosa, manda a la muchacha con el recado de

decirle a mi padre que ya es hora de subir.

Regresó la muchacha y dijo:

—Que ahoritita sube… que está medio… ocupado.

—¿Cómo que medio ocupado? ¡Nada más faltaba! Menudo cretino es mi

marido.

Cuando estaba a punto de bajar, se abre la puerta y entra triunfante mi

padre.

—¡Coño!, ¿a que no sabéis quién está abajo con la enorme belleza?, ¡y

además es su novio!

Las dos nos miramos expectantes.

—¡El Presidente! Sí, el presidente de México, Miguel Alemán. ¡Qué tío

más simpático, realmente encantador!

 

Las flores de romero

Niña Isabel,

Hoy son flores azules

Mañana serán miel…

 

—Papá, ¿es cierto que al acabar la guerra se abonaban los campos con los

huesos de los muertos rojos?

—¡Qué dices, hija! ¿de dónde sacaste eso?

—Simplemente lo leí.

—Isabelita, no debes leer todavía esas cosas, no tienes edad para entender

tanta crueldad. Mejor disfruta de este otro libro.

El libro era Los pescadores de perlas, de Salgari, que desde luego devoré,

pero seguí leyendo libros sobre la Guerra Civil.

Volvamos a la casa de Orquídea y Fofo en El Pedregal, donde no cabe

sino la modesta pero alerta honestidad moral, para contener la arrogancia del

poder y no sucumbir al repugnante deseo de prescindir de la razón…

Aquí se sostuvieron las conversaciones donde se trazó la estrategia a

seguir por las fuerzas revolucionarias, analizando el actual panorama cubano

con el recién llegado de la FEU. Por supuesto que estaban siempre los

importantes, entre ellos Raúl, Del Pino y el Che. Mientras se llevaban a cabo

los cónclaves, describiré lo que era el ambiente y los comportamientos de los

cortesanos que por allí pululaban.

Voy de frente con el equipo femenil. Ellas (un grupito, suficientes)

reunidas en la cocina, charlaban amigablemente mientras bebían café. Una

cocina espaciosa y amplia, moderna, forrada de aluminio, repleta de utensilios

eléctricos.

Entré y a boca de jarro les expuse, a modo de iniciar un acercamiento:

—En 1792, Mary Wollstonecraft, en su obra Vindicación de los Derechos

de la Mujer, no encontraba argumentos, basados en la razón, para que la

mitad de la raza humana fuera excluida por la otra, de toda participación en el

gobierno; dos siglos después, yo tampoco…

Como si en vez de haberles expuesto tal planteamiento les hubiese

notificado que habíamos sido invadidas por una inmensa plaga de enormes

ratas, todas salieron despavoridas, sólo les faltó llevarse las escobas.

Había un ejército de sirvientes: mozos, meseros, mayordomos, recaderos,

choferes, jardineros, cuidadores, mucamas, camareros, etc., todos ellos

comandados por Orquídea, que a pesar de haber siempre tanta gente de fuera

deambulando (tal y como se circula por los pasillos en los castillos) todo

permanecía bajo su control. Ella con su afectada elegancia lo mantenía todo a

punto y caminando.

La casa era de un tipo de modernidad que se usó entre los años treinta y

cuarenta. Los espacios estaban distribuidos en varios niveles, lo cual propiciaba reuniones diversas de diferentes grupos, todos al mismo tiempo,

todos atendidos por la servidumbre uniformada y solícita, para el caso. Sobre

lo que no había control era desde luego con la monumentalidad de los

sentimientos que allí se manipulaban al por mayor. Tal y como fueron mis

escasos escarceos con el Che, que resultaron siempre más o menos en el

mismo tenor: él haciendo gala de la clásica pedantería argentina, ayudada por

la soberbia de saberse el favorito.

—Tú, niña amuñecada, de sobra sabes que le estás haciendo un muy flaco

favor a la causa y todo el trabajo que preparamos, con tu permanencia al lado

de él; que lo distraes de sus obligaciones y proyectos.

Yo le contestaba lo que se me ocurría en el momento, y así seguíamos

hasta que alguien se daba cuenta e intervenía para separamos, hasta la

próxima, en que daba igual quién empezara. El Che por lo menos me tomaba

en cuenta, aunque fuese para pelearse, pero las mujeres sentían todas tal

desprecio y creo que también tanta envidia (además de quién sabe cuántas

cosas más) que ni siquiera me dirigían la palabra. Todas, las que ya estaban,

las que llegaban de nueva cuenta, las que faltaban por llegar, las nuevas que

conocíamos en nuestras excursiones para reunir fondos, todas, todas las

mujeres que estaban en la organización alrededor de él: ¡todas morían de

enamoramiento, afición, admiración, dedicación, enajenamiento y todo lo

demás, por Fidel!

¡Yo les salía sobrando!

Sólo Melba Hernández, con la que rara vez coincidía, me trataba como

persona… eso, como ser humano (asexuada), sólo como persona… Hasta

esbozaba una sonrisa al hablarme con dulzura y llamarme por mi nombre…

Era sumamente respetada por todos, al ser una de las sobrevivientes del asalto

al cuartel Moncada, junto con Pedro Miret y la otra mujer.

Eso sí, ahora tengo que abogar algo en su favor, él, «el añorado favorito»,

las trataba a todas con el mayor respeto y delicadeza (de sobra eran los

mejores elementos) pero con una estudiada distancia y mucha educación

afectada, apoyada en buenas maneras. Esto, desde luego que sólo provocaba

más el acendrado odio que me profesaban.

Raúl era de los pocos que, al igual que su hermanito con las otras,

mostraba hacia mí una estudiada y falsa modestia de acercamiento

benevolente, distanciado. Para que bien se entienda, esta Corte despreciativa

era la segunda isla de un continente en el que flotaba otra vez sola: la

náufraga, la diferente, la de afuera, la extranjera, la que no pertenece; lo ya

conocido.

Sin embargo yo a ellas las admiraba, al conocer el trabajo que

desempeñaban. Eran las que viajaban entre Cuba y México formando

pequeños núcleos, organizaciones, agrupaciones, infiltrándose en grupos

populares, gremios, sindicatos, etcétera. Las que más se exponían, al no

provocar sospechas; por lo mismo, se arriesgaban seriamente. Eran las que

llegaban con noticias frescas de cómo se iba levantando subrepticiamente la

sublevación para derrocar al régimen. Cuál era el interés general de la

población y con quiénes se contaba. Los puntos débiles del enemigo, las

estrategias de organización por sectores distritales, por barrios, por manzanas,

etcétera. En pocas palabras, quienes hacían el bordado fino, aunado a una

firme conciencia de la solidaridad humana en el desarraigo del exilio

impuesto.

Pero a la mujer del César hay que tratarla como tal.

Esa casa tenía el servicio permanente, al igual que un hotel de cinco

estrellas. Allí se comía a cualquier hora, durante todo el día, también se

dormía, se vivía durante días, se mudaban de ropa algunos, se bañaban,

afeitaban, maquillaban. Tal cual, todos los servicios de hotel, y todo por

supuesto al servicio de los dictados de Fidel: sus salidas, entradas, reuniones

interminables, etcétera. Esto gracias a las bondades del marido mexicano de

Orquídea: Fofo. Él era realmente un proveedor excelente, siempre amable,

educado, atento, simpático, gracioso, cariñoso, amigable, complaciente,

benévolo, dulce, correcto, encantador. Y el más feo de todo el mundo y sus

alrededores, pero más chiquito y mucho muy, pero mucho más feo todavía.

¡Uno, dos, tres… pido TIME! (como cuando jugaba de niña y pedía un

respiro).

Ellos ignoraban que yo solamente era una estudiante trasterrada de claras

ideas políticas, con un enorme espíritu social, que me llevaba a concebir la

suerte de la patria como destino propio y mi vida individual de manera

colectiva. No recibía voces exteriores que dirigieran mi camino, mi voz nacía

desde dentro, del olor que permanecía de esas dos Españas. Del divorcio que

propició la guerra fraticida, fraguando antagonismos que harían surgir

españoles de dos especies irreconciliables e incompatibles, libertadores de dos

países distintos, que no podían coexistir.

Así, sola en uno de los múltiples salones, con un libro por compañía,

trascurría la tarde en que se firmó la «Carta de México», un documento en

donde se constituye un acuerdo de unidad para derrocar a Batista y llevar a

cabo la Revolución Cubana, por Fidel Castro, a nombre del Movimiento 26 de Julio, y de José Antonio Echeverría, a nombre de la FEU. Este nuevo

acuerdo reforzaba estratégicamente el firmado con Frank País, días atrás.

El tiempo se empezó a acelerar en forma vertiginosa a partir de entonces,

la partida era inminente. Ese día fue de gran júbilo, casi podría decirse que

festivo, sin exagerar.

Él, como el verdadero hipnotizador, no es el que duerme a las personas

sino el que las despierta. A donde quiera que va, va su sombra, su cuerpo y el

sol interior.

Héroe de los caminos, dueño de las pistas por donde transitas deprisa, te

has llevado contigo a la extranjera, a esa batalla constante…

El cuerpo al que tanto maltrato, sigue adelante y yo con él.

Un montón de añoranzas en el lugar de la garganta, a donde fui a llenar

los ojos con mi infancia, que continúa en aquellos parques, con los calcetines

bordados que ya no existen y no obstante siguen estando en mí…

 

El Capital se acumula porque la igualdad de

oportunidades nunca es igual. En el orden histórico,

el hombre y la mujer no son iguales, porque se

establecen diferencias.

 

La plusvalía es la ganancia que se tiene de un producto después que ese

producto se pagó por si mismo.

 

El recuerdo embellece lo que toca…

Mis padres se dejaron venir.

A mí me costaba arrancar, pero finalmente tuve que aterrizar en sus

dominios. Tarea difícil la de explicar esta mi nueva… ¿mi nueva qué? ¿Cómo

se puede entender un estado transitorio hacia algo intangible, algo por venir,

algo que se está construyendo, un estado de ánimo desconocido hasta ahora?

Cualquier cosa que yo tratara de explicar, ¡UHF!, difícil… difícil. Yo todavía

no era nadie, no estaba acabada de construir, concluida; no podía decidir

sobre mi persona, ¿persona?

—¿Un grupo revolucionario?

—¡Bueno estaría!, encima de que ni siquiera estamos en nuestro país,

todavía conspirando contra otro, ¿pero qué idioteces te propones?

—Pero Álvaro, déjala que se explique, tendrá sus razones, aunque

absurdas, pero habrá que oír todo.

—¿Absurdas?, una buena sarta de memeces de adolescente pretenciosa.

¡Se acabó! Te perdimos la confianza, ahora mismo vuelves con nosotros y te

unes a lo que falta de la gira, y nada de pretextos de los estudios, que ya

sabemos que los has abandonado. ¡Se acabó tanta libertad! —giró sobre sus

talones y de un portazo se encerró en su biblioteca.

Mi doble apuración: la inminente llegada anunciada por Fidel, el rechazo

a recibirlo de mi padre; y la furia de mi madre al pretender presentarse donde

no sería bienvenido. ¡Todos igual de necios y tercos! Los unos en el

ninguneo, el otro en la insistencia perniciosa.

—¡Ya basta, que se vayan todos al carajo!

Efectivamente, el timbre impertinente interrumpe los argumentos entre

madre e hija.

—Espero que no sea el «insistente guerrillero cubano» ese, porque lo voy

a mandar a freír monas… ¡ya verá!

—¡Mamá, no vayas!, déjame a mí primero hablar con él, te lo suplico, no

sabes bien con quién te metes.

—¡A mí con esas! ¡Ya veremos!

Me quedé petrificada y preferí cerrar los ojos.

Esta casa de ahora estaba en los famosos «Edificios Condesa», en la

propia colonia Condesa. Eran cuatro bloques de edificios construidos a

principios del siglo, que ocupaban una manzana completa y estaban rodeados

por jardines; de hecho, fueron los primeros departamentos que se hicieron en

la ciudad, y conservaban un estilo afrancesado tirando al xix. Allí se

concentró primero, por la novedad, la élite porfiriana, y en mi época los

artistas e intelectuales. Los techos artesonados altos, con espacios interiores

muy amplios, separados por puertas de madera con vidrios biselados, pisos de

madera con tablones anchos y salida por atrás (donde se desarrollaba un

submundo diferente, pero, por eso mismo, igualmente interesante).

Oí voces altisonantes y, al abrir los ojos, Fidel como estatua frente a mí,

mientras aparecía mi padre por atrás. Decidí volver a cerrarlos.

Mi madre me sacudió como señal para abrirlos, al hacerlo, vi cómo Fidel

y mi padre se encerraban en la biblioteca.

—¡Qué tío más decidido, el cubanito este!

Yo no pude articular palabra, preferí sentarme para ayudar a mis piernas a

sostener mi tembloroso cuerpo. Mi madre me sirvió un té, al tiempo que mandó a la muchacha con cafés, Chinchón, dulcecitos y galletas para los

enclaustrados.

Me pidió que le contara, en confianza, entre mujeres. Más o menos le

explico; yo misma no sé mucho, bien a bien.

Ella en respuesta me contó lo siguiente:

—Cuando me vi sola en Barcelona, porque ya habían movilizado a tu

padre, vi que la guerra se terminaba y que entraba Franco, me dije que ni

hablar, que allí no me quedaba. Hice una maletilla con cuatro cosillas y me

puse mi abrigo de petigrís. Te agarré a ti, mi niña, me metí en un coche y me

fui. No había llegado ni a diez kilómetros de Barcelona cuando unos soldados

me bajaron del auto a fuerza, amenazándome con una ametralladora.

Entonces me fui andando. Llevaba unos tacones muy altitos, siempre los

usaba para poderme nivelar con tu padre, y al rato, como es lógico, me tuve

que quitar los zapatos. ¿Por qué me los cambié?, por los de un soldado

muerto. Agarré mi abrigo de petigrís y con él te enrollé, mi niña, te hice

taquito; nomás te dejé un agujerito para que te entrara el aire. Tenías pocos

meses y eras gorda, ¡divina! Yo me vestí con el uniforme de un soldado.

¡Horrendo!, aquello fue horrible. Me metí en la caravana, en la bola de

hombres, mujeres y heridos que iban a Francia. Tardamos once días y once

noches en llegar. Aquel viaje fue algo… Si a mí me hubieran dicho lo que iba

a vivir, no lo hubiera creído. Ahora mismo firmaría en todos los documentos

del mundo que hubiera preferido, casi, quedarme con Franco que ver aquello.

Sin comer, porque encontrábamos en el camino masías, pero estaban

abandonadas. A veces las propias mujeres cerraban las masías, con los

animales dentro, y les prendían fuego para que Franco no pudiera agarrar

nada. Yo pude conseguir en una ocasión una onza de chocolate, lo masticaba

y te lo daba, no podía dejarte las manitas afuera porque te congelabas.

Llevaba como dos meses que me había vendado el pecho para que se me

retirara la leche. Pero de repente sentí un latigazo en el pecho y dije: ¡Anda!,

si esto es leche que tengo todavía. Me quité las vendas, te puse al pecho y fue

la salvada del siglo, porque mamaste otra vez. Y a un niño que llevaba otra

mujer, chiquitito, también le di. Una de las cosas más terribles que viví fue

que en dos ocasiones se me acercaron hombres heridos, me pusieron la pistola

en la mano y me dijeron: «¡Mátame, compañera!». Por supuesto, no lo pude

hacer, pero siempre había alguna otra mujer atrás de mí que me llamaba

maricona, cabrona y todo lo demás, y que los ayudaba a bien morir. Así

seguimos, hasta que oí de repente unos gritos: «Isabel, Isabel». Pensé que ya

estaba desvariando, por el hambre y el frío y todo. Pero la voz insistía, me volví por fin, y era tu padre subido en un coche, pero agarrado por fuera.

Resulta que él para ese entonces ya era sargento, y cuando supo que iba a

entrar Franco a Barcelona volvió por mí. Se arriesgó y llegó hasta mi casa,

todavía no entraba Franco, pero sólo faltaban minutos. Cuando le dijeron que

ya me había ido, empezó a seguir el camino, buscándome por todos lados.

Eso es amor, ¿no? En una ocasión le dijeron que un camión se había

desbarrancado por allí, y bajó el terraplén como loco a ver si entre los

escombros estaban su mujer y su hija. Luego me encontraría, no sé ni cómo,

porque yo iba vestida como ya te expliqué. Bueno… todos estábamos igual,

pero él me pareció a mí que estaba como un sol. Le sentaba muy bien el

uniforme, estaba guapísimo. Entonces dijo que subieran al coche todas las

mujeres que cupieran. Se subieron como arañas ¿no? Quedó lleno, lleno,

lleno. Nos llevó unos kilómetros adelante, hasta la falda de la montaña, donde

ya no se podía subir. Se volvió otra vez atrás, a defender España para la

República: la conciencia hasta el último instante. A las mujeres nos dijeron

que no nos faltaba nada para llegar a Francia, que sólo teníamos que subir una

colinita. Claro, ninguna tenía experiencia. Resulta que yo tomé, sin darme

cuenta, la iniciativa de caminar hacia un lugar, y como cuando el rebaño está

medio perdido, si hay alguien que esté un poco más p’allá la siguen sin saber

por qué sí ni por qué no, de repente me encontré con que yo era la cabecilla.

En la bola iba una señora que estaba enferma del corazón y llevaba una niñita,

entonces yo hice el viaje como cuatro veces, porque subía unos cuantos

metros, dejaba el bultito (tú, mi niña) en la nieve, volvía a bajar por la señora,

volvía a dejarla contigo y volvía luego por la otra niña. O sea que dos o tres

veces me echaba yo el viaje, y todas las demás mujeres, despacio, tranquilas,

esperándome. Cuando me di cuenta del juego me dio pánico porque les tengo

miedo a las mujeres juntas. Cuando éstas se exacerban en el odio y van juntas,

son mil veces más terribles que los hombres. No hay nada que pueda frenar a

unas mujeres en la adversidad, nada. No hay gritos que valgan, ni palabras, ni

frenos, nada, nada. Es algo inconcebible. Cualquier ruidito que oían en la

montaña les parecía que eran fascistas que venían por ellas. Era una obsesión:

horroroso. Por otra parte, en la nieve anochece enseguida, en invierno

enseguida no ves, y además tarda mucho en amanecer, así es que las noches

son interminables. Y más aun al no poder dormir porque estás en medio de la

nieve y hace un frío de muy señor mío, y entonces tienes que estarte

levantando constantemente, no te puedes quedar quieta un rato, tienes que

andar. Aquel viaje fue espantoso. Cuando llegamos a la cúspide de la

montaña, había otra montaña más pequeña detrás, o sea que había que bajar y volver a subir la otra. Bajar era más fácil para mí porque me podía orientar

mejor, con seguir la caída del agua de un arroyito ya sabes que vas para abajo.

Porque si no, te pierdes en la montaña, no sabes si estás bajando, subiendo o

qué haces. Por fin llegamos a la frontera, a Le Perthus, y nos encontramos con

que estaba cerrada y no podíamos pasar a Francia. Yo no llevaba maleta, por

supuesto, no llevaba nada, sólo un pasaporte diplomático y documentación

que me había metido en el brasier y unos cuantos anillos. Les hablé en mi

francés a los carabineros y les dije que les iba a pesar mucho no dejarme

entrar porque yo era muy importante, muy influyente, una gran diplomática.

¡Y yo me miraba con aquel traje! Pero les decía que si iba vestida de aquella

manera era por las circunstancias que había tenido que pasar en la guerra.

Total, los amedrenté, los convencí, les di lástima, no sé, pero nos dejaron

pasar, a mi bultito y a mí. ¡Llevaba once días y once noches sin comer!

Con los ojos llenos de lágrimas, nos abrazamos, le contagié mis

humedades y lloramos juntas un rato.

—Hija, te cuento parte de mi historia, para que te veas reflejada un poco,

en lo que significa seguir a un hombre, en la adversidad, por sus ideales;

tienes que llegar hasta las últimas, sean cuales sean… ¡Qué barbaridad, llevan

tres horas encerrados! Esos pasmarotes siguen juntos. Voy a ocuparme en

mandarles algo de cenar… mientras no se abra esa puerta…

Así lo hizo; y sólo después de otras dos horas se abrió el santo-santorum.

Irrumpieron en la sala, ante nuestro estupor, abrazados el uno al otro,

como compañeros de toda la vida (y quizá de toda la vida no, pero de cinco

horas sí).

—¡Este tío es algo grande! Le decía que me recordaba —nos refiere a mi

madre y a mí, mientras se encamina hacia la salida—, que me recordaba al

Papa Urbano II, quien el 27 de noviembre de 1095 arengó a la multitud en

Clairmont y convenció a la cristiandad para embarcarse en la primera

Cruzada. Su asombrosa audacia le proporcionó el triunfo. Ese Urbano tuvo

que ser tan carismático y lleno de razones como este joven combatiente…

—¡Carajo, Álvaro!, éste no es el momento de darnos una conferencia

histórica.

—Este hombre cumplirá su palabra. Yo no puedo en conciencia

entrometerme. Y además, ¡ya me ganó para su causa!

—¡Madre mía del cielo hermoso!

—Escucha, Isabelita, me ha prometido que pase lo que pase, defenderá tu

vida con la suya. ¡Yo le creo!… Y si tú lo quieres seguir…

—Hija preciosa —dice mi madre—, espero que tu lucha sea menos dura

que la mía, como bien sabes… te dejo mis mejores deseos…

Nos abrazamos todos largamente. Yo salí de la mano de Fidel, tal y cómo

él lo tenía planeado desde el principio.

 

Proliferan las bacterias.

Aquí, las fiebres son recidivas.

La picadura de una mosca deposita un huevo que, en su estado de

crisálida, provoca supuración en la carne humana.

He observado que hay que ser mejor.

He observado que no basta tener razón.

Él era solamente un forastero independiente que vivía gracias a su

habilidad para manipular el interior de las personas.

Como otra forastera que soy, reconocí también esa arma…

Me limité a continuar andando, agradablemente maravillada de poder

hacer aún todas aquellas cosas…

¡Aleluya, aleluya… que cada quien agarre la suya!

Todavía me da risa, ¡ja, ja, ja!, me gana la risa, ¡ja, ja, ja!, qué risa…

 

En uno de esos largos y tediosos días en casa de Orquídea, allí mismo, fue

cuando conocí a Fidelito. El hijo de Fidel, un niñito muy preciosito, bastante

parecido al padre. Lo había llevado Juanita, la hermana, para que todos lo

conocieran. El pequeño, evidentemente molesto por estar en exhibición,

retraído, nos contemplaba a su vez. Según se comentaba, existían ciertos

problemas con la ex esposa, Mirta Balart, en cuanto al cuidado y educación

ideológica del vástago. Creo que de alguna forma, finalmente no sin

dificultades, todo se arregló y el niño regresó con su madre.

Bueno, pero lo de la risa fue porque mientras se desarrollaba una reunión

de trabajo, de formación de elementos recién llegados, yo estaba como

siempre, sola y en otra sala con un libro, cuando se me acercó un muchacho,

joven, de la última camada, y empezó a socializar conmigo. ¡UF, uuff!

Yo gozosa, porque además de guapo, simpático, abierto, coqueto y lleno

de noticias frescas de la situación que prevalecía en La Habana, me entretenía

el cambio de rutina. Así duramos un buen rato, hasta que por allí alguien pasó

y nos vio, enseguida se sucedió un desfile que contemplaba la escena de

cerca, luego volvían otros. Así hasta llegar a Orquídea, que abiertamente le exigió al intruso desaparecer. El hombrecito defendió su postura, alegando

que mientras yo aceptase de buen grado su compañía, no lo haría. ¿Qué razón

existía?

Por supuesto yo no lo hice y seguimos en nuestro devaneo.

Al poco rato se oyeron voces que se acercaban, una más estentórea:

—¿Dónde está Isabel?

Sin respuesta.

Preguntó otra vez; lo mismo.

El corderito pascual: ajeno a los interludios pasionales. Finalmente se

destacó la alta figura que a grandes zancadas entró en la habitación, presuroso

me tomó por un brazo con decisión forzada, me condujo sin decir palabra

hacia la puerta de salida. El inocente sorprendido, sin entender nada, se quedó

pasmado, todos los demás, desconcertados, sin saber qué hacer o decir, vieron

cómo, obligada, me hizo subir a un coche y cómo él mismo tomó el volante.

Le costó arrancar, lo logró blasfemando en un estado de furia tal que

pensé podría destrozar el carromato en vez de echarlo a andar. Salimos con

arrancones y frenazos provocados por la sublime iracundez, al mismo tiempo

que a gritos e insultos me soltó una larguísima perorata de cómo debe ser el

comportamiento, nada menos ni nada más, de la mujer del «César».

¡Y yo que lo decía de broma!

¡Acabáramos!

Sin derecho a réplica, no pude ni siquiera decirle cómo se cambiaban las

velocidades, al darme cuenta que no sabía manejar, simplemente el auto se

deslizaba porque íbamos de bajada, entre frenazos y falsos arranques, hasta

que lógicamente provocó un embotellamiento y se apareció el clásico

«mordelón» (policía con derecho a extorsionar). Por descontado está que trató

de explicarle al susodicho, de la mejor manera, los defectos del vehículo, por

los cuales se armó el barullo. Además, por lo bajo yo le aconsejaba el

consabido truco del «papelito mágico» (un billete de cien pesos), que resuelve

todo en instantes; sin embargo, es igual a mi padre: los dos Caballeros con

lanzas (léase lenguas) sobre Rocinante, que se niegan a prestarse al soborno.

¡Ninguno de los dos entendió nunca qué es lo que hace caminar al país!

Después de un rato, de no obtener ninguna solución (sino todo lo

contrario, cada vez se complicaba más), me escabullí, detuve un taxi y

desaparecí.

Si todas las cosas se volvieran humo, las narices las descubrirían…

Estando mis padres en México, yo sacaba doble ventaja de poseer dos

espacios: a veces con Teté, otras con ellos, según convenía.

Esa noche me presenté en mi casa a manera de una «limpia

revolucionaria». Tuve la agradable sorpresa de encontrarme con León Felipe,

uno de los asiduos que más quería. Desde que lo conocí me sentaba en sus

piernas y me cantaba, con una voz bastante entonada y melodiosa:

 

Tienes el culo

Isabelita

Como los melocotones

Rosado y con pelusita…

 

Todos decían que era el más grande poeta de la emigración y otros confines.

Yo me sentía muy orgullosa, convencida de que esos versos, que siempre

cantaba al verme, me los había escrito a mí. ¡Hèlas! no era así. Cronos, que

tantas cosas aclara, me diría que simplemente cantaba una copla popular.

¡Ah!, pero eso sí, ¡arreglada por él!

Y con León Felipe veo al grupo de personajes que solían aparecerse por

casa, yo creo que ante el magnífico olor que despedían los connotados guisos

de paella y cocido madrileño que preparaba mi madre afanosamente y con

gran dedicación.

Max Aub, Cipriano Rivas-Cherif, Juan Rejano, José Ignacio Mantecón,

Germán Somolinos, Pedro Garfias, José Moreno Villa, Antonio Giral, Josep

Renau y muchos otros más de los cuales tal vez al rato me acuerde mejor.

A las que sí tengo muy presentes es a dos amigas de mi madre, pintoras

las dos, que por cierto le hicieron un retrato; claro, a su estilo cada una.

Remedios Varo, de la cual todavía conservo un anillo, una argolla de la

cual cuelga un colmillo de lagarto, que ella me regaló haciéndome un relato

inverosímil. Muy buscadora de lo insólito, y como México se presta, al darme

el colmillo me contó la historia «fantasmagórica» de la situación en que lo

había conseguido. Yo lo sigo usando como amuleto de la buena suerte.

Remedios le hizo a mi padre los diseños escenográficos y el vestuario para el

auto sacramental de Calderón, La vida es sueño, que montó al aire libre en el

frontispicio del Convento de Acolman, edificio de estilo herreriano, junto a la

iglesia con capilla abierta que está muy cerca de la ciudad prehispánica de

Teotihuacán. Como bien relaté antes, mi padre, en su compañía del Teatro

Clásico Español de México, que duró de 1953 hasta el 73, se ganó varios años

todos los premios teatrales: dirección, escenografía, vestuario, adaptación,

actuación, etcétera; cuando no era uno era otro, y a veces todos juntos.

La otra amiga era Leonora Carrington, que también le hizo los diseños de

vestuario y escenografía para el Don Juan Tenorio, de Zorrilla. Como bien podrán suponer, no ha habido un Tenorio más original, excepcional y

extraordinario que ése, no solamente por la aportación pictórica de Leonora,

sino por el montaje apoyado en una bien adiestrada compañía, en la que

muchos actores españoles, y otros tantos mexicanos, decían a los clásicos en

forma impecable.

El retrato que pintó de mi madre es tan fantástico que iniciaré su

descripción:

Es enorme. Se ven dos figuras, el padre y la madre, muy en su estilo,

especie de pájaros compuestos por diferentes partes de otros mamíferos, entre

ellos los humanos. El personaje femenino lleva de la mano a una niñita, yo.

Sé que somos mi madre y yo porque nos pintó los ojos verdes, los mismos

que tenemos. La niñita es también un animal rarísimo, lleva en la mano un

juguetito, única pieza que representa la realidad. El resto, todo encerrado en

un mundo mágico, se llama «Isabel con la Sagrada Familia».

Mi madre las visitaba con frecuencia y me llevaba en sus faltriqueras. Yo

las oía conversar, lo normal, en un aquelarre. Luego me daría cuenta de que

esos diálogos no entraban en lo de todos los días, puesto que las entrevistas

con el diablo siempre se mantienen en grupo. Nombraban muy a menudo lo

del «Zipi-Zape». Más tarde yo le pedía aclaraciones y ella me sacaba de mis

dudas con respuestas así:

—¿El Zipi-Zape?, es lo que tenemos las mujeres para recibir visitas…

Yo quedaba muy conforme. Y ellas gustosas con mi madre, que era quien

confeccionaba el vestuario de sus diseños para el teatro y otros menesteres; y

además les cocinaba, cosa que ninguna de las otras dos hacía.

Quelle mecanique, le naturel, et combien de ruses pour etre vraie…

Después de la escenita digna del moro de Venecia, desaparecí lo más que

pude, hasta que fui nuevamente alcanzada. Recompensada con mil halagos y

remilgos, arrepentimientos y disculpas, que me hicieron sentir a mis anchas.

Él poseía uno de esos rostros que no constituyen un semblante sino una

sucesión de máscaras: una máscara de conquistador que no le pertenecía

exclusivamente a él, sino que servía, asimismo, a un buen número de colegas

suyos; una máscara bronceada de meridional, con rasgos de medallón griego

que ostentaba desde hacía dos mil años; una máscara voluptuosa, que se

adivinaba a veces bajo las comisuras de todas las demás, y que parecía más

individual al estar oculta. Para este esclavo de la isla (a la vez mucho y

apasionadamente español) yo era la Tierra, esa poderosa Tierra Española que

sobrevive a todas las aventuras de los diferentes regímenes.

Algo que gané, al fin, y por lo cual me alegré, fue la fortuna de que el Che

no estuviese por el medio. Según sabría luego, estaba de viaje por

Sudamérica, al parecer contactando a un mecenas adherido a la causa que

proporcionó el dinero para reponer las armas que últimamente la policía se

había adueñado.

Un vez terminado el juego, el rey y el peón volvieron a la misma caja.

Me aleccionaba en asuntos de la isla:

Que en 1902 evacuaron las tropas norteamericanas, que a un presidente

llamado Alfredo Zayas le decían «el pesetero»; que otro, Gerardo Machado,

por el alzamiento del pueblo en 1933 llegó al poder; que Fulgencio Batista, en

1940, se autonombró coronel y se presentó como candidato a la presidencia, y

cuatro años después huyó a Miami, etcétera.

Cuando yo determinaba que ya apareciera el final, le planteaba preguntas

por el estilo:

—¿Tú crees que una vez llegados, y después del triunfo, podamos jugar al

ping pong?

—¿…?

—Bueno, lo digo porque… si no… es que… debemos tener dos doncellas

que nos tienen que acompañar para recoger las pelotitas. ¡Uff, qué lata,

uuff!… si no yo no puedo jugar ping pong a mi gusto…

Se acababa el adiestramiento caribeño ipso facto, no sin antes recordarme

algunas frases de Martí: «La libertad sólo tiene sentido para quien la actúa».

Las cosas blandas siempre penetran en las cosas duras…