El amor me absolverá
Días tres
las utopías
de improbable permanencia
son ya canción
para que la digan todos
RELACIONES DIPLOMÁTICAS: MÉXICO-CUBA 1956
En noviembre de 1953 hacía casi un año que la plaza de embajador de
México en Cuba estaba vacante. El último embajador, Benito Coquet, había
sido llamado por el presidente Adolfo Ruiz Cortines para que asumiera el
cargo de subsecretario de la presidencia, y a partir de entonces México hizo
evidente su desidia para encontrar sustituto, a pesar de los reclamos del
gobierno de La Habana, encabezado por Fulgencio Batista, quién llegó al
poder mediante un golpe militar el 10 de marzo de 1952.
La embajada de México en la isla tenía una tradición en cuanto a las
personalidades que habían ocupado esa representación. México mostraba
interés por estar bien representado en esa plaza y Cuba confería la mayor
importancia a sus relaciones con ese país. La desidia mostrada en 1953, por
tanto, era un elemento novedoso en las relaciones. Ruiz Cortines daba largas a
los apuros de La Habana, mientras Batista se mostraba inconforme al tener
que tratar los asuntos entre los dos países con un encargado de negocios.
A la sazón, Gilberto Bosques fungía como enviado extraordinario y
ministro plenipotenciario en Suecia, nombrado en 1949. Era un hombre de
izquierda, antiguo partidario de Lázaro Cárdenas y había integrado el Ejército
Constitucionalista a las órdenes de Venustiano Carranza. Como periodista
llegó a ser director de El Nacional. Ruiz Cortines le propuso el cargo en La
Habana y en su entrevista con el presidente, antes de pasar a ocupar la
embajada de Cuba, Bosques recibió la recomendación de manejar la situación
de las relaciones Cuba-México con cautela, puesto que el augurio que le
ofrecía el gobierno de Batista no era bueno para la diplomacia y había que
conducir estos asuntos con especial cuidado, para poder sortear situaciones
que con seguridad no iban a ser fáciles en el futuro. El presidente le
recomendó a su embajador mucho tacto.
Por su parte, La Habana no acogió el nombramiento de Bosques con
entusiasmo. Su historial no lo señalaba como el hombre indicado para
representar a México en la coyuntura de 1953, pues su actuación no prometía
favorecer en modo alguno al régimen de Batista. No obstante, el gobierno
cubano estaba obligado a aceptar la designación, dada su insistencia en que se
nombrara un embajador.
Entre los conflictos que tuvo que enfrentar el embajador mexicano en esos
años estaba el asilo, porque a medida que la persecución se hizo más
enconada, creció el número de personas que solicitaban asilo en México. Los
primeros provenían de las acciones del asalto al Moncada y sus repercusiones.
La embajada en La Habana hizo de los convenios establecidos una práctica
real, y asumió la responsabilidad absoluta al decidir rápidamente sobre cada
caso, sin consultar a la Secretaría de Relaciones Exteriores de México. El
trámite era agilizado al máximo y el asilo se concedió con todas sus
consecuencias: gestión inmediata de salvoconducto ante el gobierno,
protección y salida del país en breve plazo.
Sin duda éste fue el problema central con la embajada mexicana. Tal vez
la demostración más clara fue que nunca se invitó al general Fulgencio
Batista para la celebración del 16 de septiembre. Nunca pisó la Embajada de
México. Bosques se las ingeniaba para que la fecha fuera celebrada sin
connotación extranacional, y así no reclamara la presencia del tirano en su
sede.
Bosques había conocido a Fidel Castro durante sus trámites de visado para
México, y a esas alturas mantenía amistad con importantes figuras de la
izquierda cubana, como Juan Marinello. Fue embajador hasta 1964.
Cuando Bosques llegó a La Habana, alguien cercano al equipo de Batista
le dijo, aun antes de presentar cartas credenciales:
—Sabemos que usted no colaborará con nosotros.
Y éste respondió:
—Mi misión no es colaborar, sino más bien mantener una relación
amistosa entre nuestros gobiernos, cosa totalmente diferente.
La izquierda no puede renunciar a la Utopia, no
puede abandonar objetivos, que son inalcanzables de
momento, pero que infunden sentido a los cambios
sociales; la existencia de una Utopia como tal es el requisito previo, imprescindible para que deje de
ser antes o después una Utopia…
Podría decirse que en unos metros cuadrados de provincia eran nuestros
paseos, por el barrio de San Ángel, con calles empedradas, pequeños
parquecitos apacibles, con espacios para las farolas, donde se juntan sombras
y cubos de basura. Y como siempre, me siguen sorprendiendo las personas.
Lo contemplo con atención, él de pie, yo sentada en un banco de piedra, en el
atrio de la iglesia colonial de San Jacinto, frente a una cruz enclavada en
medio de una fuente. Por allí nos gustaba merodear, por el siglo xviii, del cual
México todavía no se recobra, en su resaca del colonialismo. Esta vez me
cuenta, tomado de la mano del futuro, cómo será nuestra vida en el proyecto
de nación a construirse, en el deseo de una patria ideal: trabajo, austeridad,
instrucción y tolerancia.
Mientras divago con el atardecer que nos envuelve, distingo,
nebulosamente, la luz que llega filtrada a través de las losas de tumbas sin
nombre de los que cayeron confundidos y confusos en comunión. Allí mismo,
donde estamos tejiendo los lazos de amor.
¡BÉSAME, BÉSAME MUCHO!
Nuestros dos exilios se encuentran como dos bocas en un beso.
Él observa, no penetra. Disecciona a los seres humanos y expone a la vista
sus partes vitales; tan personal para lo suyo, verdaderamente gobernado por
su propio sol, pero tan impersonal para los demás.
Él es inmediato, por eso vive la política como las mujeres; el bello don de
la emoción directa, el bello don de responder con todo su ser.
Mis explosiones de Neptuno son siempre interiores, como cuando hoy lo
miro desde abajo, egocéntrico, encantador, tierno, dulce y siempre
apresurado.
Él, un hombre solo que se desliza sobre las ardientes necedades, con gran
visión, que fue capaz de ver mucho mejor que cualquier otro a la anarquista, a
la doncella que yacía despierta en un suburbio de México, esperando.
—¿Estarás de acuerdo conmigo?
—¿…?
Cuando alguien se entrega al diablo, lo más tremendo es ver cómo acaba
adhiriéndose a él, en términos de humana afición.
Él seguía exponiendo cómo iba a ser nuestra boda.
—¿Boda?
A mí aquello me parecía demasiado serio.
¿Cómo entender estar casada con un difunto?
El desembarco que él prometía venturoso, a mí me parecía sólo un
regadero de cadáveres, contando el suyo como el primero. Por eso el tiempo
del que disponíamos siempre era demasiado poco, y el otro tiempo, el que
usábamos, se acababa demasiado pronto. A la boda pretendía hacer llegar de
Cuba a una hermana especial, por el gran afecto.
¿La boda? Un día antes del viaje por mar: yo en la tierra, escondida, sola,
esperando… esperando… esperando.
En esas nuestras futureadas, la impertinente lluvia (¡siempre llueve en
México!) nos usurpó el lugar, el lugar de los coloquios coloniales amorosos.
Alcanzamos el Buick o Packard, donde nos esperaban pacientes nuestros
cuidadores.
¡Oh!, sorpresa. El coche, junto con ellos, estaba rodeado por múltiples
curiosos, además de una patrulla repleta de tamarindos mordelones. Imposible
acercarnos, pero conocedora de los quehaceres policiacos locales, instruyo a
Fidel para que se adelante dos calles. Me acerco subrepticiamente entre el
populacho, le deslizo con discreción, a uno de los compañeros, el clásico
billetazo, y sigo mi camino hasta alcanzar a Fidel para esperarlos.
Me interroga.
—Hice lo que hay que hacer aquí para solucionar cualquier problema:
entregar el famoso papelito impreso.
Al poco tiempo aparece el coche, entre las protestas siempre contrarias a
fomentar el soborno, de su parte.
—Llevábamos parte del tiempo que ustedes pasaron en el atrio
discutiendo con los patrulleros, porque según ellos: ¡estábamos en lugar
prohibido!
—¡Totalmente falso! —digo yo.
—¿Tú cómo lo puedes saber? —dice Fidel.
—¡Absolutamente cierto! —dice el cuidador— compañero, no existía
ninguna señalización al respecto que los apoyara, por eso nuestro
empecinamiento en sostenernos en nuestra razón.
—¡Uumm!… peligroso, en nuestra situación —dice Fidel.
—¡Todo a mi favor!, hay que sacar a relucir «el billetito arreglador».
—Por supuesto, en cuanto relució el billete de cien pesos ($100)
dispersaron a la gente y se fueron a gran velocidad. Estábamos entrando en un
aprieto, porque empezaban a querer revisar el interior, ¡imagínate, con el fusil
debajo del asiento y la pistola de este otro!… Salvados.
Enfilamos a gran velocidad, con la lluvia acompañándonos por Reforma
hasta llegar a la calle de Morelos, donde se encontraba la sede del Ateneo
Español de México, cuyas escaleras de madera, de tan usadas rechinaban con
las notas de un concierto barroco de Corelli, al subirlas o bajarlas. Nos
esperaba un grupo de representantes de varias asociaciones de refugiados
españoles, deseosos de conocer el proyecto de nación que Fidel les plantearía
después del triunfo de la Revolución, y para lo cual estábamos solicitando su
cooperación y apoyo moral.
En un pequeño foro se acomodó tranquilo, ante un numeroso público
expectante y deseoso de ser convencido. En ese mismo foro, mi padre había
presentado las funciones de La Celestina, con la actriz española Amparo
Villegas, siendo él uno de los varios socios fundadores del Ateneo.
Preguntaban, preguntaban, contestaba, contestaba.
—… en el barrio, en la fábrica, en el núcleo endógeno, cooperativas,
deben ir naciendo unidades de defensa popular, unidades de diferente
magnitud: diez personas, cien personas, quinientas personas…
—Después de más de dos horas, todavía los tenía embelesados, al final
junto a las felicitaciones, le prometieron ayuda de toda clase y especie. Los
abrazos más que efusivos, sobre todo de las mujeres, que se empujaban para
ganar lugar; las mayores, sacando provecho, lo besaban impunemente y le
decían:
—¡Majo, que estás majísimo! Te daremos todo lo que nos pidas, majo ¡so
valiente!
Él con discreción se limpiaba las babas, y yo disfrutaba de la escena,
esperando el momento de estar solos para que me hiciera su propia
reinterpretación de lo acontecido.
¡Uuff! ¡Otros más en la lista de encantados!
Los compañeros-cuidadores tomaron nota de todo. A estos últimos, la voz
local los llama «guaruras», pero como ese apelativo se aplica a los
guardaespaldas de los nefastos políticos, yo los tenía bautizados como los
«domingos», por ser todos como un domingo soleado.
Salí del recinto, a lomos de mi albedrío, y la armé largamente…
—¿Y qué, en esta casa sólo se puede cenar comida cubana, con la
imposición además del humo permanente del puro en la cara? —grité
enfurecida.
La velada transcurría tranquila, hasta mi exabrupto, que partió la noche en
dos.
Teté y los otros, todos enmudecieron.
—Supongo que con mi inmensa artificiosidad y tolerancia, sí, tolerancia a
que se fume en la mesa cuando todavía alguien, por ejemplo yo, no termino
de comer… ¿Qué? Antes se probaba de todo, y hoy por hoy…
—¿Isabelita, qué bicho te picó? —dijo Teté.
—¿Qué bicho, qué bicho? el bicho del exceso de tolerancia…
Me levanté airosa y desaparecí.
—¡Ay, así se ponen las enamoradas! No la tomen mucho en cuenta,
ahoritita se le baja, con un tesito de hierbas que le voy a subir —dijo Zenaida.
NADA DE NOSOTRAS SIN NOSOTRAS.
¡Volví a las andadas!
Aprovechaba el escaso tiempo libre para mí, antes de la nueva partida de
mis padres. Seguía en el colectivo de AZUCENAS, pero en baja densidad.
Ahora, al pasar algunas noches en mi casa, podía acudir por las madrugadas a
las puertas de las fábricas de las obreras, como solíamos hacer. Precisamente
uno de esos días, al acabar de repartir panfletos, teníamos en puerta una
próxima huelga promovida por nosotras, exigiéndoles a los patrones
guarderías para los hijos. Contábamos con el dinero del concurso para
sostener la huelga, al apoyarlas material y económicamente con lo
almacenado en la imprentita. Justo cuando pretendía subirme a la camioneta,
junto con las otras, me topo de narices con el capitán de la DFS, al que según
yo le tomé el ¿pelo, gorra, medida?, si es que algo fue.
—¡Señorita! Qué bien acompañada en esta ocasión. ¿Acaso vienen de una
fiestecita? Lo digo por la hora…
—¡Ejem!… qué tal, mi capitán.
—Al parecer, y a como vamos, nos seguiremos encontrando por estas
calles de Dios.
—¿Ah sí, usted cree, mi capitán?
Mis compañeras aterradas, dentro de la camioneta, sólo movían los ojos
en redondo, como muñecas de celuloide en aparador de feria.
—Me podría explicar la numerosa presencia de sus mercedes, a estas
horas de la madrugada, a las puertas de una fábrica de ropa para mujeres…
—¿Es absolutamente necesario?
—¡Señorita, por favor, no me haga menos!
—Pues, la verdad, mi capitán, vinimos a adelantarnos, a ganar lugar a una
barata de calzones… ¡Sí, al rato van a promover saldos!… y pues a la que
madruga…
Mientras tanto las otras guardaban, como bien se les daba, debajo de las
faldas, entre los pantalones, en el brassier, la propaganda que había sobrado, pero sobre todo lo más comprometedor: los vales para los abortos gratuitos en
la clínica de la doctora Elfriede. Además de poner caras de mosquitas
muertas.
De pronto, veo que estaba un vale en el suelo, y tuve que hacer una
pirueta para taparlo con mi pie, pero todavía se alcanzaba a leer un pedacito
que decía: … LA VERDADERA DIFERENCIA ENTRE HOMBRES Y MUJERES NO RADICA
EN QUE UNOS TIENEN PENE Y OTRAS TIENEN VAGINA. LA VERDADERA DIFERENCIA ES
QUE LAS MUJERES TIENEN APARATO REPRODUCTOR Y LOS OTROS NO. LA LUCHA POR
LOS DERECHOS DE LAS MUJERES GIRA ALREDEDOR DEL CONTROL NO SÓLO DE LA
REPRODUCCIÓN, SINO TAMBIÉN DE LA SEXUALIDAD.
—¡Ajá, ajá, así que con esas tenemos! Me van a permitir revisar su
camioneta…
La tal camioneta parecía licuadora, por la temblorina que traían todas por
el espanto. Desde luego que el representante de la ley no venía solo, lo
acompañaban por lo menos uno para cada una de nosotras.
—Mire capitán, no es por quedarle mal, pero tengo entendido que un
vehículo viene a ser propiedad privada, y a menos que usted tenga una orden
del juez para cateo, creo que no podrá hacerlo…
Este diálogo se llevaba a cabo entre una especie de contorsiones, donde
arrastraba el pie que tapaba el panfleto acusador que se me resbalaba y
parecía caminar solo y él me seguía en mis aviesas contorsiones.
—Está bien, está bien, señorita Custodio, ya se dio cuenta que la tengo en
la mira, así que mejor se está sosiega, porque usted, lo que sea de cada quien,
se anda metiendo en muchos lados, donde nadie la llama, y está fichada…
—¿Y cómo sabe quién soy, capitán?, ese día que nos conocimos, ¡gulp! es
verdad, le mentí, le dije otro nombre; ¿sabe?, es que tengo varios…
—Todos sus alias los conozco, ¿quiere que se los enumere?, y además le
recuerdo lo bien que me instruyó sobre su amistad con mi general Lázaro
Cárdenas.
—¡Caramba!, mi capitán, mis respetos hacia sus oficios.
—Yo nomás le digo, ojalá y no me la vuelva a encontrar, porque la tercera
es la vencida, y en esa ocasión sí me la jalo conmigo, ¡ahí usted sabe!
Se dio la media vuelta y le gritó a sus hombres:
—¡Vámonos, muchachos!, aquí todavía no se cuece este arroz. ¡Ah!, por
cierto, salúdeme a su novio…
Se subieron rápidamente todos a las patrullas y silenciosamente, tal y
como llegaron, desaparecieron. Asimismo, dejó de agitarse la licuadora con
ruedas.
Y pues, luego…
Otra vez huir, escapar, esconderse.
Como ya no podíamos hacer en la imprentita nuestros mítines de
preparación para el estallamiento de la huelga, por aquello de la persecución,
resolvimos algo diferente. Las reuniones las hacíamos en lugares públicos, en
donde acudía mucha gente. Así llegamos al IFAL (Institut Français pour
L’Amerique Latine), en la calle de Río Nazas, donde mi padre dirigía el Cine
Club. Siendo el director del cine, tenía acceso a la sala principal de reuniones,
y yo, como su ayudante, otro tanto. Le servía como traductora de películas y
de escritos de toda clase, formales e informales. Todo el personal me conocía,
y los tenía bien apalabrados, entiéndase, por medio del papelito mágico, bien
llamado «billetazo». Nosotras hacíamos nuestros mítines los días en que no
había funciones en la sala. Allí se tomaban decisiones con las líderes del
movimiento obrero de huelga.
[Aquí Tengo Que Hacer Un Apartado:
Nuestra conducta con las mujeres obreras de las fábricas era una copia vil del
comportamiento de los líderes políticos para ganarse adeptos o votos. La usanza nacional del partido único en el poder consiste en regalar, según la región del país: costales de cemento, techos de lámina, bicicletas, cubetas de pintura, etcétera, a cambio de votos. Nosotras les dábamos: despensas, ropa para niños, cobijas, estufas, medicinas, apoyo médico y otras ayudas, desde luego con gran diferencia de los politiquillos, acompañado del adoctrinamiento «marxista-feminista-anarquista» que ellas, con tal de conseguir lo ofrecido, al principio con impaciencia y resignación soportaban, pero al final nos rebatían los planteamientos con tesis más apoyadas en la realidad y más veraces que las nuestras. Recibíamos en recompensa lo esperado, una vez ganada una mujer, una vez consciente de su cuerpo, ya no lo entrega más al patriarcado para su uso indiscriminado.
Fin Del Apartado].
Teníamos un trato con el «cácaro» (proyectista), por medio del papelito
mágico, y muy mañosamente aparentaba dar una función mientras duraba el
mitin (si la DFS nos seguía, al entrar al IFAL se quedaban en la puerta
esperando nuestra salida, entendiendo que íbamos a tomar o dar clases de
francés, que era la labor primordial del Instituto). De esta circunstancia
también sacamos ventaja. Al elaborarle a mi padre las fichas técnicas de
pedidos para las películas a los diferentes centros y museos cinematográficos
del resto del mundo, me di cuenta que al final de las mismas había una serie
de películas que tenían XXX, sin título, se lo pregunté y no me hizo ningún
caso, pero la curiosidad me perseguía. Un día las marqué, pidiéndolas junto a
las normales. Como no me gustaban los regaños por equivocaciones o errores, le dije al «cácaro» que cuando llegaran las marcadas con las tres XXX no las
abriera delante de mi padre, que simplemente me las entregara a mí,
aclarando que de por medio iba el billetito arreglador. Así fue, y cuál no sería
nuestra sorpresa cuando las proyectamos y nos encontramos con que eran
pornográficas, de diferentes países, sin subtítulos. Total, supimos que para
este estilo salen sobrando los diálogos. El «cácaro», a su vez, hizo doble
negocio con nosotras. Por su cuenta las realquilaba y se mochaba con una
parte de lo que recibía. La diversión nos duró bastantito, hasta que un día mi
padre se dio cuenta. Desapareció al técnico, no sin antes cubrirnos de
improperios, y a mí me quitó el trabajito por el que recibía algunos pesos.
¡Pero nos dio tiempo de aprender… mucho… mucho!, y de paso palabras
desconocidas en japonés, alemán, sueco, turco, etcétera.
Cuando estalló la huelga en la fábrica de las obreras, la sostuvimos un
buen tiempo, hasta que cedieron los abusadores patrones y ellas obtuvieron su
guardería y una que otra prestación más. Nosotras volvimos a las andadas,
teniendo en la mira otro asuntito.
La palabra trasterrada, que por cierto no existe en el diccionario, y que
quiere decir transplantado o algo así, es un amuleto contra la reproducción
indefinida de la guerra civil, para separar los sueños y el tiempo…
Charlaba con Teté:
—¿Por qué crecen en nuestras ciudades la pobreza material, la miseria
moral, la indigencia cultural, la violencia y el malestar, mientras disminuyen
o empeoran la seguridad jurídica, la protección social y las garantías legales?
—¿…?
Le cuento, además, la extraña postura del policía persecutor, que sólo se
acercaba a mí para asustarme (¡y lo logró!). Pero nunca, salvo futuras
amenazas, hizo nada drástico.
—Parecería, como si todo estuviese al revés, como si nos persiguiera,
pero para protegernos, ¿no te suena muy raro?
—¡Francamente, muy raro!, contando con que la policía mexicana tiene el
honroso segundo lugar en corrupción en el mundo, creo que sólo le gana
algún país asiático.
—Otra cosa también muy sospechosa, nunca nos pescan, ni a Fidel ni a
mí. Sólo se quedan con la infantería, que sin embargo al poco tiempo sueltan
rápidamente.
—¿Y tú no le has expuesto estas dudas a Fidel?
—Por supuesto que sí, y sólo me hace una caricia y me da un beso como
respuesta.
—¡Ah!, bueno… pues así será.
—Más bien, creo que es obra del Gavilán.
—¿Qué Gavilán, acaso así se llama el jefe de la policía?
Se corta abruptamente nuestro acercamiento, por la alharaca perruna.
Cuando los ladridos eran tan efusivos, marcaban la llegada de alguno de sus
favoritos, en este caso Cándido. Pero también lo acompañaban Del Pino,
Raúl, Fidel y el Che. ¡Toda la plana mayor! Se trataba de algo trascendental,
como más tarde conocería.
Los perros adoraban a Cándido, gruñían a Del Pino, chillaban a Raúl,
movían la cola sin sonidos al Che y se quedaban impertérritos ante Fidel.
Realmente estaban perfectamente aleccionados por Zenaida, porque así eran
sus propias preferencias. En cuanto se presentaba toda la tropa, ella corría
veloz a acicalarse. Se pintaba de rojísimo los labios, se cambiaba el delantal
por uno brillante y floreado, los aretes de filigrana de oro, y sobre todo los
polvos blancos para las mejillas, olía al perfume de un jabón llamado
«Jardines de California» de uso común entre todas las criadas, y guardaba el
peine que siempre llevaba clavado a media cabeza. Embellecida, se
pavoneaba por toda la casa, llevaba y traía lo que se le pedía, cada vez más
solícita y dichosa. Cuando de eso se trataba, yo desaparecía ante la mirada
escudriñadora del resto del equipo: todos me veían con los ojos torcidos.
El humo que salía por las ventanas era tan espeso que ni el aire lo
disolvía, porque allí permanecía durante horas, tomando decisiones,
planeando estrategias… ¡Bueno, preparando una Revolución, o sea, una
utopía, o sea, persiguiendo un sueño!
Sobre el atosigamiento permanente del humo del puro, debo aceptar que
mi pataleta pasada surtió un espléndido efecto: no se fumaba más en la mesa,
ni dentro del coche, ahora que dentro de las casas…
La espía, que con sólo una palabra componía todo el contenido, de vez en
cuando subía a mis aposentos a traerme café o golosinas y me ponía al tanto:
—Viaje… Miami… Teté… Presidente… Fidel… así van las cosas…
niña, más al rato regreso.
Finalmente subió el susodicho. Tenía en sus manos ¿un rifle o fusil? belga
con mirilla, lo trataba como tesoro encontrado en las minas del Rey Salomón.
—¿Y eso?
—¡Contempla, qué belleza, que perfección de técnica! —lo manipulaba
cadencioso, con toda parsimonia.
Se sentó en el borde de la cama y mientras me contaba la resolución
recientemente acordada, lo fue desarmando pieza por pieza, como quien va sacando de la roca pedazos de preciosos brillantes, que depositaba con
cuidado en lo blandito. Observaba cada pieza, limpiaba, acomodaba, así con
todas hasta que volvió a armarlo perfectamente. Yo no salía de mi asombro, al
constatar tanta reverencia hacia un instrumento que servía para penetrar
violenta y ferozmente en la carne humana, tan blanda y delicada.
—¿Entonces, para ti, un cuerpo que cae fulminado no es más trágico que
un rayo que cae en lontananza?
Me desarrolló toda la teoría de la justificación de abatir al enemigo, y por
lo tanto ese instrumento sólo era un medio más para apoyar las ideas justas.
No era que me contara nada nuevo, nada que no supiese. Todo eso venía
conmigo desde mi principio, pero dicho por él yo era una más de todos esos
seres que en su cercanía quedábamos encantados, hipnotizados, ¿qué más?
¡Encantada… pero reticente!
El telegrama de Zenaida se aclaró. Se iba en un viaje relámpago a Miami
(o algo así), para entrevistarse con Prío Socarrás, el ex presidente depuesto, en
una cita concertada por Teté. Su intención era pedirle ayuda para terminar de
armar todo el gran proyecto, y de momento se había mostrado receptivo. Yo,
para mis adentros, pensaba: «Este hipnotizador profesional lo va a dejar
encantado, y el otro sucumbirá, como el resto».
¿Una despedida? Ya habíamos tenido un ensayo previo, éste era el
segundo. Me deleitan las despedidas, cuando se sabe que durarán poco, muy
poco; porque no hay amor que dure abandonado a sí mismo.
¡BÉSAME, BÉSAME MUCHO! Te llamo desde ese tu
sudor planetario, que envuelve todo mi ser y en
donde juntos nos convertimos en esos pasajeros
eternos… oxidándose…
¡Soy la zalamera de los besos, la desnuda que te cerca, la que te induce, tu
deleitosa!
Un mechón de pelo serpentea a lo largo del cuello de esta enamorada
inerte.
Los ojos claros fijos se hunden en esa nada que constituye todo el
porvenir…
Poco a poco, aquella solidaridad con las desgracias de los suyos había ido
ampliándose, y en lo sucesivo la asociaba con todos los humillados, con todos
los oprimidos, con todos los castigados. La espera del porvenir había dado a
este hombre, destinado a la rebelión, los ojos abiertos de los dioses
propiciatorios.
Se deslizó calladamente en la madrugada (aunque los aulladores dieron
cuenta de su partida discreta) y con la anuencia de la mirada de las vírgenes
que nos rodeaban (las que habían remplazado a las antiguas revolucionarias,
por putas).
¡En esta segunda vez mi vigilancia se redoblaría!
El retorno precoz de un pájaro pasaba por ser un prodigio y, en cambio, a
todo el mundo le parecía muy natural que la Virgen de Guadalupe curase a los
ciegos.
Y yo no podía salir a dar un simple paseo sola…
¡Carajo!
Las revoluciones no las hacen ángeles ni demonios,
sino mujeres y hombres imperfectos…
Mis padres reanudaron su gira, por eso organizaron una fiestecita de
despedida a la cual acudí. Entre las muchas celebridades que se presentaron
estaba Luis Buñuel, íntimo de mi padre. Su siempre cariñosa presencia con
Jeanne, su mujer, también entrañable, me hizo recordar parte de mi tierna
infancia, pero sobre todo un día en especial, en el que ocurrió una anécdota
buñuelesca.
Un día a la semana íbamos a comer a la casa de Luis y Jeanne, y otro ellos
venían a la nuestra, debido a que las dos mujeres confeccionaban sendos
banquetes, que rivalizaban en exquisiteces: la una a la española, la otra a la
francesa. Los Buñuel tenían dos hijos: Jean-Louis y Raphael, de las mismas
edades que yo y mi hermanita. Los chicos nunca venían a las comidas de mi
casa, en cambio yo sí iba siempre a las de ellos. Luis sentía una extraña
atracción por mí, creo yo porque habíamos convivido en el mismo periodo y
en la misma casa durante parte de la estancia de todos en París, cuando yo era
una bebé (y al parecer de muy buen apetito, al grado que cuando escaseaba la
comida lo poco que se conseguía me lo daban a mí; después, todos a mi
alrededor esperaban ansiosos que yo empezara a escupirla, como señal de
satisfacción, para recoger las sobras). Mi madre me había bordado un baberito
con punto de cruz que me hacía llevar como escudo protector, por el asedio
constante de los adultos que me rodeaban, y que decía lo siguiente:
¡NO ME BESES!
Luis siempre fue sumamente cariñoso conmigo: zalamero, regalón,
juguetón, dicharachero, lo que no hacía con sus hijos, con los cuales era
sumamente estricto y seco.
A las comidas en su casa llegábamos siempre muy puntuales, y después
de los saludos se cumplía un ritual, que se llevaba a cabo una y otra y otra
vez, siempre exactamente igual. Mi padre y Luis se encerraban en el cuarto de
los martinis. Mi madre y Jeanne se encerraban en la cocina y Jean-Louis y yo
salíamos a jugar al jardín si hacía buen tiempo o nos quedábamos en su
cuarto. Después de dos o tres martinis pasábamos todos al comedor. Luego de
la comida las madres se iban al cuarto de costura, los padres a fumarse un
puro mientras charlaban y nosotros a intercambiar libros de aventuras y otras
cosas.
El día de la tal anécdota en la sobremesa se produjo una curiosa plática
(aunque este tipo de charlas eran de lo más típico):
—Estarás de acuerdo conmigo, Álvaro, en que la palabra «culo», que el
vulgo considera poco elegante, con lo cual yo no estoy de acuerdo, es de uso
muy común sólo… ¡Hèlas!… en España. Se dice el culo del vaso, bébete el
culillo, he tomado sólo muy poco, sólo un culillo, el culo de la silla, y cuando
hay asientos de bejuco, el pregonero dice: ¡Hago el culo de las sillas! Y
siempre se ha dicho, culo de mal asiento… ¿Qué te pareció mi interesante
investigación?
Los dejamos enfrascados en la conversación de los culos y Jean-Louis y
yo nos fuimos a hojear libros con estampas. Después de un rato me propone
entrar al cuarto de su padre, ¡prohibidísimo!, para enseñarme una nueva
adquisición, descubierta a hurtadillas por él.
¿Cómo era la casa de Buñuel? Más que de una casa hay que hablar de un
monasterio medieval, aunque quizá este último todavía sería más acogedor.
Hasta ese día «trasgresor», yo desconocía su cuarto. Era igual a una celda de
castigo: la cama, una mesita y una silla, donde sólo colgaba el retrato que le
pintó Dalí. Entramos con sigilo y ¡oh, sorpresa!, la nueva adquisición era una
Virgen de Lourdes de plástico, que al conectarla se encendía por dentro y
movía sinuosamente las caderas, al tiempo que le escurrían lágrimas por los
ojos, todo esto acompañado de una muy dulce musiquita celestial.
¡Quedé en éxtasis…! Bueno, los dos. ¡Qué descubrimiento! No podíamos
despegar los ojos de tanta belleza empírea.
Finalmente el miedo a ser descubiertos logró despegarnos de tanta
fascinación. Jean-Louis, envalentonado por la milagrosa presencia, creo yo,
me propuso una vez más jugar al hospitalito. En ese juego él era el Doctor y yo la Paciente. Como me llevaba tres o cuatro años, su presencia era
imponente, muy parecido al padre, pero en guapo. De mala gana aceptaba, en
realidad la auscultación del manoseador médico en cada juego duraba más y
la desarrollaba a más profundidad. En esas estábamos, yo con los calzones en
la mano, cuando se aparecieron nuestras madres, extrañadas ante la demora de
nuestra presencia para solicitar el consabido «chocolate con croissant» de la
media tarde.
¡Inútil describir la que se armó!
Encima, también llegó a descubrirse la intromisión al claustro, pues la
desdichada virgen regó todo el piso con sus malditas lágrimas celestiales
acusadoras.
Ya en la puerta de salida, en la despedida, veo de reojo cómo Luis abraza
a su hijo, al mismo tiempo que le pregunta:
—¿Y el culito de Isabelita, es rosadito?
Buñuel le pedía con frecuencia a mi padre que yo participara en sus
películas, a lo que mi padre, en mala hora, se negaba, argumentando no querer
ser el progenitor del sueño libidinoso de un espectador puñetero.
En esa fiesta de despedida de la compañía estaban todos los actores de la
misma, más otras celebridades del cine como Ninón Sevilla, Rita Macedo,
María Félix, con su ¿amiga o novia? refugiada, Amelia Abascal (ambas muy
amigas de mi madre), Andrea Palma, las hermanas Blanch, Katy Jurado y los
malos, malos Miguel Inclán y Carlos López Moctezuma y también alguno de
los hermanos Soler. Estos son de los que por el momento me acuerdo. Cuando
los nombraba, hablando de cualquier cosa banal con mis compañeros, todos a
mi alrededor abrían mucho la boca y salían de ella sonidos cómo: ¡ah, oh, eh,
uh!, cuyo significado aún no tengo muy claro.
El día de la fiesta, mi madre me dijo que varias veces me había estado
buscando mi amiga de la infancia, Valquiria García Ferlosio.
—¿Valquiria, la rubia Valquiria?
Me dio un vuelco el corazón. Al día siguiente, sin falta, nos vimos.
Nos encerramos en la suite del Hotel Regis, en la Alameda, a pasar juntas
ese fin de semana en el D. F. (porque estaba de paso: se iba a Berkeley, en
donde empezaría una licenciatura). Regresaba de París, donde vivía desde
años atrás. Era la única suite, la habitación número 345, y tenía una alberca
romana privada en la terraza. Nos subían todos los manjares que
solicitábamos, servidos específicamente por doncellas jovencitas, puesto que
las recibíamos desnudas.
Valquiria fue mi primera amiga española, tan española como yo, cuando
acudí recién trasterrada a México al «Instituto Luis Vives», en la calle de
Sadi-Carnot. Anarquista asumida, tanto como yo, sólo me llevaba unos
cuantos años, pero eran los suficientes para aventajarme en sapiencia.
Aprendí con ella a tirar piedras con recaditos obscenos, escritos en estampitas
de santas (y a las cuales además les pintábamos bigotes y botas de militar), a
través del muro divisorio del patio central que separaba al Vives del Cristóbal
Colón. El «Cristóbal Colón» era una escuela para varones, todos «carcas», o
sea de derechas; católicos irredentos comandados por las huestes sacerdotales.
Cuando sonaba la chicharra de salida, que se oía doblemente, salíamos a toda
carrera para enseñarles el culito, levantándonos los uniformes en las mismas
narices de los curas.
¡Para que los sueños estuviesen poblados de pecados!
¡Ja, jaja, ja, jaja!
El primer día de clases, yo estaba tímidamente sola y aislada en un rincón
del patio. Había ingresado a medio año del ciclo escolar, por lo tanto, los
clásicos grupitos de afectos mutuos me dejaban fuera. Valquiria, que por ser
mayor no estaba en mi grupo, al salir al patio y verme, se dirigió sin demora a
mi encuentro. Se me acercó, me agarró de la mano y conduciéndome
suavemente me dijo:
—¡Ven, acompáñame al baño, que te voy a enseñar a besar!
Así fue.
Así fue también la razón por la cual más tarde nos expulsarían a ambas,
además de por descalabrar a unos cuantos niñitos católicos «fifís», por fumar
Faros en los baños y… por… otras cosas…
Y también fue esa la razón por la que acabaría después en la escuela
francesa, con la amenaza pendiente de castigos inquisitoriales, si volvían a
expulsarme; lo cual evidentemente pasó. En ésta todos mis compañeritos
querían ser mis novios, y yo les correspondía gustosa, lo cual provocaba tales
broncas que llegaban a extremos sublimes, hasta que en la «dirección» se
cansaron.
Esa vez me salvó la buena fortuna de que, prendado como estaba de mi
personita, mi profesor de filosofía, que en esa época se llamaba Jean-Francois
Ricard (luego cambiaría por el de Jean-Francois Revel, al convertirse en
famoso e importante escritor político en Francia) intercedió por mí, ante mi
solicitud, para salvarme de la casi inminente intención de ponerme a los pies
de la leña en la hoguera. Le requirió a mi padre, al mismo tiempo, la ya muy solicitada mano matrimonial mía (aunque estuviese casado pero separado,
prometiendo romper). Él, enfurecido, le respondió:
—¡Ah, no!, las dos cosas no. Eso es mucho pedir. Concedo el perdón,
pero la mano… eso es ya exagerado… ¿Dónde se ha visto, pedir dos cosas al
mismo tiempo? ¡Me cago en la leche con el filosofito!
México es
México fue
México será
Punto de apoyo de la palanca económica de las Américas.
Entre nosotros
Yo también estaba allí.
Todos nosotros recordamos lo que necesitamos recordar.
Observaba el empleo del pronombre colonial, la primera persona del
plural que utilizan los políticos. El implícito «nosotros». Aunque me integrara
en él, reconocía que no pintaba nada en este lugar, pero ya llevaba demasiado
tiempo para cambiar. Suscribía el «nosotros».
Y me siento cada vez menos segura de que esta haya sido una historia
ilusiva. Este era el México que me rodeaba, con sus rescoldos coloniales: para
querer hacerse los importantes los individuos se hacen llamar por su
profesión: Ingeniero, Licenciado, Profesor, Diputado, Arquitecto, etcétera, y
se omite el nombre propio, en realidad no son nadie, son sólo el título, brasas
de las reminiscencias aristocráticas del siglo XVIII.
En México el presidencialismo es más absoluto que la más retrógrada de
las monarquías. El Presidente saliente deja a su sucesor, no por herencia de
sangre, sino para que le cuide las espaldas. Además de quedarse con una
buena parte del litoral de playa. ¡Tienen de donde escoger!, se pueden asomar
al Pacífico, al Atlántico o al Caribe, todo va en gustos.
Existen dos cámaras, Senadores y Diputados, que sólo reciben órdenes y
no conocen la palabra legislar. Todo, pero todo, se puede lograr por medio del
soborno, que es avalado por la corrupción del partido único gobernante. ¿La
oposición?, dedica su tiempo a teorizar y de vez en cuando se les anima
solapadamente para que aparezcan, para servir de contraste a la política
circunstancial de la nación. Estos son puntos difíciles de captar por el
extranjero de sensibilidad romántica. Como bien se verá, yo era una
gachupina atípica; fuera de época y lugar.
Fidel nunca comentaba nada en público, con respecto a todos estos
asuntos mexicanos, y sólo sonreía cuando yo los criticaba. Yo me explayaba quizá un poco más allá, precisamente un poco para romper las imposiciones
del silencio. El sólo decía:
—¡México lindo, y querido!
Claro, era cierto, pero lo otro también era cierto, y no soltaba prenda. En
cambio, le salían rayos y centellas por la boca cuando de Cuba se trataba,
claro, de la ridicula Cuba del tirano. Allí era donde yo ni chistaba, ¿para qué?,
todos los dictadores son aburridísimos, igual que el recalcitrante Fundillo
Franco: injusticia, inequidad, miseria, amordazamiento, represión inminente;
todos parecidos, todos Tirano Banderas. ¡Ah!, ¡pero eso sí, el negro guapo!
Sólo cuando estábamos solos, pero muy muy solos, absolutamente solos,
me hacía la parodia «nahuatlaca»; y yo estallaba.
¡México lindo, y querido!, como dice la canción. Con todo y el regateo,
las tardanzas, el tequila, la mentalidad del mañana, el doble mensaje, la
marihuana, la impuntualidad y los indispensables chilaquiles verdes en el
desayuno, con crema, queso panela y picositos, picositos.
¿Acaso podría haberse dado en otra parte del mundo que no fuese México
la consecución y preparación de una Revolución?
Con aquello de que todo lo hacían por mi seguridad, no me decían de qué
iba, sólo estaba al tanto de lo que pescaba al vuelo… que aquí muy
calladita… pas mal!
La izquierda constituye la levadura o factor de
fermentación aun en la masa más endurecida del
presente histórico, sigue siendo la «dinamita» de la
espe-ranza que hace explotar la pesada carga de los
sistemas, instituciones, costumbres, hábitos
intelectuales y doctrinas fosilizadas. La izquierda
une estos átomos dispersos, cuyo movimiento
constituye lo que en último extremo llamamos
«progreso».
Y como para seguirle el cuento a mi padre, cuando decía de mí:
—¿Mi hija? Sí, da vueltas alrededor de la Universidad, y así dice que está
haciendo una carrera universitaria…
Efectivamente, volví a mis clases por un tiempo.
Como ellos ya no estaban y el otro tampoco, sentía una extraña sensación
de libertad. Bueno, es un decir, porque me llevaban los siempre diferentes
«domingos», y a donde fuese permanecían como vigías, luego a ellos y a mí
nos vigilaba la nunca bien nombrada DFS, con su «conocido Capitán
Estrella», los esbirros batistianos y detrás de todos la mismita CIA.
Sintiéndome «toda libre», cada vez que llegaba o salía de cualquier lugar
les mandaba un saludo. Lo hacía imitando a los Presidentes
Latinoamericanos, cuando suben por las escalerillas de los aviones y antes de
entrar se dan vuelta hacia su expectante y clamoroso público y le lanzan una
estereotipada falsa sonrisa acompañada por efusivos besos. Así yo, a la cauda
que me acompañaba. Este continente latinoamericano. El «injusto», así
llamado por su extrema injusticia, por la separación que existe entre los más
pobres y los más ricos.
En una íntima conversación con Chini (realmente la necesitaba) me
desahogaba al expresarle mis incertidumbres, desenlaces, conclusiones, de
todo:
—Desde Esparta, y de eso hace por lo menos tres mil años, nadie había
participado en un experimento que supone la construcción de un Estado sobre
una base mística, donde lo fundamental, lo más importante, es el principio
que Licurgo expresaba más o menos así: «Una población que vive en una
comunidad sencilla, en la que un plato de frijoles con arroz y la supervivencia
en términos generales son los bienes más preciados. Un Estado social con
ciudadanos contentos, rodeados por el mar».
—¡Claro!, tienes razón, ahora entiendo la conducta espartana de Fidel, su
dedicación absoluta a la causa, sin separarse del deber 24 de 24. Por eso,
todos te ven como bicho de otra especie…
—Él no se apoya en el comunismo, ni en cualquier otra idea
extranjerizante, porque él mismo no tiene una orientación ideológica concreta.
Es un hombre solo, muy grande y dominante, que tiene algo de ausente, en
busca de un imposible, que desea realizarlo. No aspira al poder sólo para
tenerlo en su mano. Quiere utilizarlo para un fin razonable y borrar la imagen
de los tiranos del pasado, que se valían de la miseria y de una brutal policía,
que amasaban fortunas que después disfrutaban en Miami.
—Contado así, me resultó todo un viaje a la Hélade, ¡ojalá lo logre! Pero
muy duro, cuánto sacrificio y cuántas contradicciones por vencer.
—Yo, dentro de toda esta gran historia me siento desarraigada, como nos
pasa tantas veces a las extranjeras de todo, cuando creemos entender y al mismo tiempo nos vemos frente a un muro impenetrable… Yo sé que tú
sabes…
—¿Y entonces la boda?
—Él con sus: «ahora hacemos esto y luego esto otro»… ¿y así será?
—¡Ah, no, a mí no me dejas con mi vestido de testigo principal de la
novia! Me lo están haciendo en la boutique de mi madre, por cierto, ¡una de
sus admiradoras!
—¡Qué pelmaza! Deja ya de fastidiarme con la dichosa boda, así están
todos, dale que dale.
Luego nos despachamos una botella de Rioja con croquetas, su
especialidad; y bien repantingadas y borrachas nos pusimos a bailar y a cantar
la copla andaluza:
De los cuatro muleros,
De los cuatro muleros,
Mamita mía,
Que van al río, que van al río,
El de la mula torda, el de la mula torda,
Es mi marido, es mi mando.
Ay, que me he equivocado,
Ay, que me he equivocado,
Que el de la mula torda,
Mamita mía,
Es mi cuñado, es mi cuñado.