El ángel del olvido

Berta Tabor · Capítulo 21 de 35

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El ángel del olvido

Capítulo 6 - La travesía de los Alpes

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La travesía de los Alpes

 

D esde el Lido, adonde nos llevó Pietro, el enviado de Juan y yo nos dirigimos a las afueras de los territorios gobernados por la Serenísima. Durante el trayecto, me explicó que las expediciones de refugiados se habían incrementado mucho y se disculpó porque no disponían de tantos hombres armados como habrían deseado para proteger las caravanas.

Era algo que esperaban poder solucionar en breve, me aseguró, antes de añadir que me habían asignado el carromato más confortable, el de Miguel Barchilón, el jefe de la expedición, un boticario portugués viudo que viajaba con su hijo Rubén de siete años, y con María, la anciana aya del niño.

Creí desfallecer al contemplar esa caravana dispar, formada por cinco carretas, un par de viejos carromatos, y una destartalada carroza, pero disimulé como pude mi espanto para no ofender a esa pobre gente y me subí sin rechistar al carromato de Miguel Barchilón.

Aunque no era abultado, mi baúl de ropa ocupó la mayor parte del poco espacio que quedaba libre. Me acomodé como pude junto a la anciana María y el pequeño Rubén, que apenas me miró y siguió jugando con la cajita de madera que sostenía en sus manos.

El viaje resultó penoso. Durante el día, la caravana avanzaba por estrechos senderos por los que parecía que nadie más que nosotros hubiera transitado nunca, y en cuanto oscurecía, hacíamos noche, si teníamos suerte, junto a un riachuelo, en el que nos aseábamos y hacíamos acopio de agua.

Cuando alcanzábamos el lugar establecido por los organizadores de la expedición, esperábamos a que llegara un nuevo correo con los salvoconductos necesarios y con la información actualizada sobre los próximos lugares seguros, antes de proseguir nuestro camino. Era frecuente que tuviéramos que volver sobre nuestros pasos y desviarnos de la ruta inicial para evitar así una zona que se había tornado peligrosa.

María, a pesar de su avanzada edad, lo sobrellevaba todo con una entereza extraordinaria. No se quejaba del hambre que hacía rugir nuestras tripas ni del asfixiante calor en el que transcurrían las horas del mediodía, cuando los rayos del sol parecían atravesar la tela de nuestro carromato y apenas circulaba el aire en su interior, ni del helador frío que padecíamos durante la noche.

Animada por nuestra cercanía forzosa, me contó que no quiso separarse del pequeño Rubén cuando el padre decidió huir de Oporto con el niño, después de que la Inquisición condenó a Margarita, la madre, a la hoguera.

Se le empañaron los ojos y con el revés de la manga de su vestido se secó una lágrima y suspiró:

—A ella también la crie yo. Era mi niña…

Había escondido a Miguel y a Rubén en la vivienda de unos parientes suyos en el campo, cerca de Sintra, y desde allí habían viajado los tres hasta Lisboa para embarcarse rumbo a los Países Bajos, gracias a la misma gente que les ayudaba ahora a alcanzar Ancona, en los territorios papales, donde tenían pensado instalarse.

Miguel le había dicho que Ancona era un lugar hospitalario cuyas autoridades habían asegurado a los conversos que huían de la Península que sus hijos no serían bautizados a la fuerza, y donde, a cambio de unas elevadas tasas eclesiásticas de casi mil ducados anuales, podrían practicar la fe judía y ser eximidos de portar vergonzantes señas externas sobre sus ropas.

—Son gente buena… —me aseguró María señalando con afecto a Rubén y a Miguel.

Cada día, en cuanto comenzaba a oscurecer, nos parábamos y colocábamos los carromatos en círculo antes de sentarnos a tomar una cena que consistía en un pedazo de pan duro, media cebolla y una finísima tajada de carne o de pescado en salazón.

Aprendí a prolongar la que era nuestra única comida del día dando pequeños bocados que masticaba hasta que el alimento perdía todo su sabor y se deshacía en mi boca. Nunca encendimos una lumbre ni para hervir agua ni para calentarnos, con tal de no atraer la atención de bandidos, campesinos hambrientos o alguna soldadesca ávida de rapiña.

Después de la cena, María y yo acondicionábamos el interior del carromato para pasar en él la noche, con el pequeño Rubén tumbado entre nosotras dos, mientras Miguel marchaba a turnarse con los demás hombres en la guardia.

Muchos de nuestros guardas de fortuna eran ancianos, otros, todavía imberbes, y no pasó noche en que no le rogara en mis plegarias a la Virgen María que aquella pesadilla acabara de una vez y que esa pobre tropa dispar y mal armada no tuviera que defendernos de ningún peligro.

Una mañana salí del carromato con las primeras luces del alba. Todavía dormían María y el pequeño Rubén, pero me sentía agitada y necesitaba caminar, aunque solo fuera alrededor de nuestra caravana.

Entre la neblina azulada y fría vi a Miguel rezando de pie junto a otros hombres y recordé, sobrecogida por el murmullo de las oraciones en hebreo que se elevaba en el silencio de los Alpes, aquel breve rezo privado que habían oficiado los hombres de la familia al morir Diego.

Miguel compartía el libro de oraciones con un hombre mayor. Al darse cuenta de que le observaba, sonrió, y me conmovió constatar lo joven que esa sonrisa le hizo parecer de repente.

Cuando finalizó el rezo, Miguel se acercó y me explicó que le costaba mucho esfuerzo leer en hebreo y que ese anciano le estaba enseñando. Añadió con una sonrisa burlona que, dada la lentitud con la que nos veíamos forzados a avanzar, para cuando alcanzaran Ancona él mismo podría enseñarle ya a su hijo Rubén todo lo que necesitara saber de judaísmo.

—Algo ya sabe… De lo que le explicaba su madre.

Al parecer, su mujer Margarita prendía a escondidas dos pequeñas lámparas de aceite los viernes, al atardecer, para santificar la llegada del Shabat. Calculaba aproximadamente cuándo caían las fiestas judías, regidas siempre por el calendario lunar, para celebrarlas, y le contaba a Rubén su significado con gestos y costumbres que el niño pudiera recordar. Por eso preparaba dulces con aceite para celebrar el milagro de las luces en Janucá, y tortas de pan sin levar durante la Pascua judía, cuando se conmemoraba la salida de Egipto.

—Para ella era muy importante que Rubén conociera sus raíces.

Le dije que Margarita había sido muy valiente, y Miguel asintió con un gesto de tristeza.

—Nuestros antepasados se remontan muy lejos, Leonor. Algunos, incluso, fueron ilustres.

Él mismo descendía de Abraham El Barchilón, que dos siglos antes había sido almojarife real de Castilla. Pronunció el cargo con una pequeña sonrisa irónica, que demostraba lo poco que valía, en esas sendas perdidas por las que nos veíamos obligados a huir, el abolengo de un desterrado.

Estuve tentada de mencionar que mi tío abuelo, Abraham Seneor, el hermano de la abuela Catalina, había sido gran rabino de Castilla, pero solo aclaré que, aunque mi familia había tenido que refugiarse en Ferrara, yo había nacido en Segovia y era cristiana practicante.

Miguel no se mostró sorprendido y no me hizo preguntas. Comentó que eran tiempos difíciles y de gran confusión, y que cada cual vivía como podía la situación que le había tocado en suerte.

Una semana antes de que llegáramos a Ferrara, poco tiempo después de emprender camino al alba, aparecieron unos cadáveres mutilados a los lados del camino. Los cuerpos eran de un anciano, de una pareja joven y de dos, o puede que tres, niños pequeños. Los muertos debían de haber viajado en alguna de las expediciones que nos habían precedido y los salteadores, seguramente poco numerosos, los habrían elegido por encontrarse al final de la caravana y ser un blanco más fácil.

Los animales carroñeros no se habían fijado aún en los cadáveres, así que no podía haber transcurrido mucho tiempo desde la masacre. A pesar de que los asesinos no podían andar lejos, paramos los carromatos y nos apeamos en respetuoso silencio. Mujeres, hombres, niños y ancianos recorrimos el sendero para reunir hasta el último de aquellos restos mutilados y enterrarlos juntos, al pie de un árbol.

Después de que los hombres rezaran unos instantes frente a la tumba, reemprendimos nuestro viaje.

Rompí a llorar. Era incapaz de controlar los sollozos que me sacudían el cuerpo entero. Miguel me invitó a que tomara las riendas con él en la banqueta, como había hecho otras veces con Rubén cuando el pequeño parecía decaído. Al principio me negué pero, ante su amable insistencia, acabé sentándome a su lado.

Miguel me puso las riendas entre las manos y sonrió con delicadeza. Me estaba ofreciendo todo el consuelo que podía ofrecerme. Le miré agradecida, consciente de la cercanía de nuestros cuerpos, de su generosidad y de su ternura. Se me entrecortó la respiración.

Desde el pescante percibía la calidez de los primeros rayos del sol, la caricia de la brisa matinal sobre mi rostro, los olores de ese bosque… Me sentía extraordinariamente liviana, como si pudiera llegar a flotar en el aire que me rodeaba.

Miguel se giró hacia mí y nos sonreímos de nuevo. Esta vez sin prisas, con curiosidad, como si no nos hubiéramos visto antes y nos descubriéramos entonces, agradablemente sorprendidos y cómplices de pronto. Cuando tomó mis manos entre las suyas y las llevó hasta sus labios, un delicioso escalofrío me recorrió la espalda.

Esa noche, en la oscuridad más completa, nuestros cuerpos buscaron con desesperación refugio y consuelo el uno en el otro.

 

En los días siguientes me senté de nuevo junto a Miguel, pero el embrujo de esos primeros instantes se había esfumado. En lugar de aquella ligereza que me había embargado entonces, estaba alerta por los peligros que nos acechaban y llena de un miedo que me atenazaba en todo momento. En la estrecha banqueta del pescante, Miguel y yo apenas hablábamos, atentos a los ruidos que nos rodeaban. Sentada junto a él, llegué a sentirme aún más vulnerable que en el interior cerrado del carromato.

No podía dejar de pensar en todos vosotros. Ansiaba reencontrarme de una vez con Beatriz, contigo, con Jaime, con Juan…, sabedora de que solo así podría encontrarme a salvo.

Alcanzamos finalmente Ferrara.

Antes de acompañar al emisario de los Mendes que aguardaba desde hacía días mi llegada en el exterior de las murallas, pasé por cada uno de los carromatos a despedirme de los demás viajeros y a desearles suerte. Intenté no fijarme en la fatiga que marcaba sus rasgos ni en la angustia que les nublaba los ojos. Quería que dejaran de importarme en cuanto me alejara de allí.

Abracé con cariño a María y al pequeño Rubén. Miguel cargó mi baúl en la carroza que me esperaba y cuando nos despedimos, prometió buscarme en Ancona. Dejé que me estrechara entre sus brazos, pero rehuí su mirada para que no me doliera la ternura que sabía que hallaría en ella.