El desafío
Primera Parte 1872-1885
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Primera Parte
1872-1885
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1. La suerte cambia
—Tu primo Alexander ha escrito pidiendo una esposa —dijo James Drummond, levantando la vista de una hoja de papel.
Había sido un duro golpe para Elizabeth que su padre la hubiese emplazado a comparecer en el salón; semejante formalidad sólo podía significar que iba a recibir un sermón por haber hecho algo mal, un sermón al que seguiría su condigno castigo. Por supuesto, ella sabía lo que había hecho —poner demasiada sal a las gachas de avena que habían comido por la mañana—, y sabía también cuál habría de ser el castigo: se la obligaría a comer gachas sin sal durante lo que quedaba del año. Padre cuidaba mucho su dinero, y no estaba dispuesto a gastar ni un grano más de sal del que correspondiera.
Así que Elizabeth, con las manos cruzadas tras la espalda y de pie ante el raído sillón desde el cual su padre le hablaba, escuchó boquiabierta la sorprendente noticia.
—Pide a Jean, una verdadera tontería. ¿Acaso cree que el tiempo se ha detenido? —James agitó la carta, indignado. Un momento después, apartó la vista del papel para mirar, desde las sombras, a su hija menor iluminada por la luz que se filtraba desde la ventana—. Tú estás hecha como cualquier otra mujer. Así que tendrás que ser tú.
—¿Yo?
—¿Estás sorda, hija? Sí, tú. ¿Quién si no?
—Pero ¡Padre! Si está pidiendo a Jean, no creo que me quiera a mí.
—Cualquier mujer joven, respetable y bien educada le vendrá bien, a juzgar por cómo están las cosas en el lugar desde el que escribe.
—¿Desde dónde escribe? —preguntó ella, sabiendo que no se le permitiría leer la carta.
—Nueva Gales del Sur —gruñó James, con un dejo de satisfacción en la voz—. Parece que a tu primo Alexander le ha ido bastante bien, ha hecho una pequeña fortuna en unos yacimientos de oro —dijo frunciendo el entrecejo—. O al menos —añadió, con cierta complacencia— ha ganado lo suficiente para conseguirse una esposa.
Elizabeth pasó del asombro a la consternación.
—¿No le resultaría más fácil encontrar una esposa allí, Padre?
—¿En Nueva Gales del Sur? Según él, allí no hay más que prostitutas o mujeres que han acabado en Australia después de salir de la cárcel, o no tienen la más mínima educación. No, lo que ocurre es que la última vez que Alexander estuvo por aquí vio a Jeannie y se prendó de ella. Entonces la pidió en matrimonio, y yo me negué. Vamos, ¿por qué iba yo a aceptar a un calderero haragán que vivía en los suburbios de Glasgow para Jeannie, que apenas tenía dieciséis años? Tu edad, pequeña. Por eso estoy seguro de que tú le vendrás bien: le gustan jóvenes. Lo que busca es una esposa escocesa de virtud intachable, que sea de su misma sangre y en quien pueda confiar.
En todo caso, eso es lo que él dice. —James Drummond se puso de pie y se encaminó a la cocina—. Prepárame un poco de té.
Poco después regresaba al salón con su botella de whisky mientras Elizabeth depositaba unas hebras de té en la tetera ya entibiada y vertía agua hirviendo sobre ellas. Padre era un presbítero —uno de los ancianos de la iglesia—, de modo que no era un bebedor, y mucho menos un borracho.
Cuando vertía una pequeña cantidad de whisky en su taza de té lo hacía porque había recibido alguna buena noticia, como la del nacimiento de un nieto, por ejemplo. Pero ¿por qué la noticia de la boda era tan buena? ¿Qué pasaría cuando se quedara sin ninguna hija que se ocupara de él?
¿Qué era lo que realmente decía aquella carta? Quizá, pensó Elizabeth mientras se apresuraba con la preparación del té revolviendo el agua con una cuchara, el whisky ayudara a obtener algunas respuestas. Cuando la bebida se le subía a la cabeza Padre solía ponerse muy locuaz. Tal vez revelara sus secretos.
—¿Mi primo Alexander tiene algo más que decir? —se atrevió a preguntar apenas hubo servido la primera taza.
—No mucho. No le gusta demasiado el palabrerío, como a la mayoría de los Drummond —replicó James con un resoplido—. ¡Y a propósito de Drummond! Ya no es su apellido, ¿puedes creerlo? Se lo cambió por Kinross cuando estuvo viviendo en Norteamérica. Así que no serás la señora de Alexander Drummond, sino la señora de Alexander Kinross.
A Elizabeth no se le ocurrió que pudiera haber la menor posibilidad de discutir esta decisión arbitraria acerca de su destino, ni en ese momento ni mucho después, cuando ya había pasado el tiempo suficiente para ver las cosas con claridad. La sola idea de desobedecer a Padre en una cuestión tan importante era más aterradora que cualquier otra cosa imaginable, salvo una reprimenda del reverendo Murray. No porque a Elizabeth Drummond le faltaran coraje o ánimo, sino más bien porque, dado que era la hija menor y además huérfana de madre, había pasado su breve vida tiranizada por dos hombres terribles y entrados en años: su padre y el pastor de la iglesia.
—Kinross es el nombre de nuestra ciudad y nuestro condado, no el nombre de un clan —dijo.
—Me atrevo a decir que tuvo sus buenas razones para cambiar —dijo James con una complacencia inusual en él mientras bebía su segundo trago de whisky.
—¿Habrá cometido algún crimen, Padre?
—Lo dudo. De ser así no se mostraría tan franco. Alexander siempre fue testarudo, un engreído. Tu tío Duncan intentó disciplinarlo pero no pudo. —James suspiró satisfecho—. Alastair y Mary pueden venir a vivir conmigo. Recibirán un buen dinero cuando yo esté bajo tierra.
—¿Un buen dinero?
—Sí. Tu futuro marido ha enviado un cheque para cubrir el costo de enviarte a Nueva Gales del Sur. Mil libras.
Elizabeth se quedó boquiabierta.
—¿Mil libras?
—Ya lo has oído. Pero no te marees, pequeña. Recibirás veinte libras como regalo y cinco para tu ajuar. Él dice que debes viajar en primera clase
y con una criada, ¡pero yo no estoy dispuesto a aceptar semejante extravagancia! ¡Uf! ¡Una verdadera atrocidad! Lo primero que haré mañana será escribir a los periódicos de Edimburgo y Glasgow para pedir que publiquen un anuncio. —Sus tiesas y rojizas pestañas se movieron nerviosamente, señal inequívoca de que estaba reflexionando—. Quiero un matrimonio respetable, de prebisterianos y que estén pensando en emigrar a Nueva Gales del Sur. Si están dispuestos a llevarte con ellos, les pagaré cincuenta libras. —Alzó los párpados y sus ojos azules centellearon—. No dudarán en aceptar semejante suma. Y yo me embolsaré novecientas veinticinco libras. Un buen dinero.
—Pero ¿Alastair y Mary querrán venir a vivir contigo, Padre?
—Si no quieren, legaré mi dinero a Robbie y Bella o a Angus y Ophelia
—dijo James Drummond con suficiencia.
Después de servir a su padre los dos enormes bocadillos de tocino que solían constituir su cena dominical, Elizabeth se puso su capa de lana sobre los hombros y se marchó con el pretexto de que debía ir a ver si la vaca había regresado.
La casa en la que James Drummond había vivido durante tantos años con su extensa familia se encontraba en las afueras de Kinross, una aldea elevada a la categoría de ciudad-mercado porque era la capital del condado.
Por su extensión, unos dieciséis por veinte kilómetros, Kinross era el segundo condado más pequeño de Escocia, pero compensaba esa limitada extensión con un cierto grado de modesta prosperidad. La fábrica de tejidos de lana, los dos molinos de harina y la fábrica de cerveza escupían incesantemente su humo negro: ninguno de los propietarios de aquellos establecimientos estaba dispuesto a permitir que sus calderas se apagaran sólo porque fuese domingo; les resultaba más barato que volver a ponerlas en marcha los lunes. En la zona sur del condado había carbón suficiente para que estas modestas industrias locales pudieran funcionar, y gracias a ellas James Drummond no se había visto obligado a abandonar su tierra natal para buscar trabajo y medios de vida o, en el peor de los casos,
procurar a su familia una mera subsistencia, como les había sucedido a tantos otros escoceses que por entonces se hacinaban en la miseria pestilente de esos suburbios que proliferaban en las grandes ciudades. Al igual que su hermano mayor, Duncan, que era el padre de Alexander, James había trabajado toda su vida —y ya contaba cincuenta y cinco años— en la fábrica de tejidos de lana, produciendo metros y metros de aquel paño a cuadros típico del país que después comprarían los sassenachs —como los escoceses llamaban despectivamente a los ingleses—, sobre todo después de que la Reina pusiera de moda el tartán.
Los fuertes vientos escoceses disipaban el humo de las chimeneas del mismo modo que la mano del artista difumina el carboncillo sobre el papel, y limpiaban la bóveda celeste que parecía extenderse casi hasta el infinito.
A lo lejos, pobladas de brezos otoñales que les daban un tinte uniformemente morado, se alzaban las Ochils y las Lomonds, elevadas y agrestes montañas en cuyas laderas las deterioradas puertas de las pequeñas casas de los colonos parecían oscilar en medio de la nada, una zona que pronto los terratenientes ausentes invadirían para dedicarse a cazar ciervos y pescar en sus lagos. Algo que no preocupaba en lo más mínimo al condado de Kinross, una fértil llanura densamente poblada de ganado vacuno, equino y ovino. El ganado vacuno estaba destinado a convertirse en la mejor carne asada de Londres, los equinos eran yeguas de cría que les permitían contar con caballos de silla y de tiro, y los ovinos producían lana para la fábrica de tartanes y cordero para las cocinas de la región. También había algunos cultivos, pues la tierra, antes musgosa, había sido exhaustivamente drenada cincuenta años atrás.
Frente a la ciudad de Kinross se extendía el lago Leven, una de esas amplias y agitadas lagunas de un azul acerado tan características de Escocia, alimentado por translúcidas corrientes cargadas de turba ambarina.
Elizabeth se encontraba en la orilla, a unos pocos metros de la casa (sabía muy bien que no debía desaparecer de la vista de su padre), y miraba hacia las verdes llanuras que separaban el lago del estuario del Forth. A veces, si el viento soplaba del este, le llegaba el olor a peces que subía desde las frías profundidades del mar del Norte, pero ese día el viento soplaba desde más
allá de las montañas, y traía un penetrante olor a hojas enmohecidas. En la isla del lago Leven se alzaba un castillo, aquél en el que Mary, reina de los escoceses, había estado prisionera durante casi un año. ¿Qué habría sentido, sabiendo que era al mismo tiempo soberana y cautiva? Una mujer que había tratado de gobernar una tierra de hombres feroces y sin pelos en la lengua…
Pero además había tratado de volver a imponer la fe católica romana, y a Elizabeth Drummond la habían educado con demasiado esmero como presbiteriana para pensar bien de ella por eso.
Iré a un lugar llamado Nueva Gales del Sur a casarme con un hombre que no conozco, pensó. Un hombre que pidió en matrimonio a mi hermana, no a mí. Estoy atrapada en una telaraña urdida por mi padre. ¿Qué pasará si, cuando llego, no le gusto al tal Alexander Kinross? Seguramente, si es un hombre honorable, me enviará de vuelta a casa. Y debe de ser honorable, de lo contrario no habría pedido en matrimonio a una Drummond. Pero yo he leído que en esas toscas colonias, tan alejadas además de la madre patria, escasean las esposas adecuadas, así que supongo que él se casará conmigo.
¡Dios del cielo, haz que me guste! ¡Haz que yo le guste a él!
Elizabeth había asistido durante dos años a la escuela del doctor Murray, tiempo suficiente para aprender a leer y escribir y, aunque no sin esfuerzo, leía bastante bien; escribir le resultaba más difícil porque James pensaba que era un derroche gastar dinero en papel para una muchacha tonta que no sabría cómo aprovecharlo. Pero mientras mantuviera la casa impecablemente limpia, cocinara las comidas que a su padre le gustaban, no gastara dinero ni se codeara con otras muchachas igualmente tontas, Elizabeth tenía libertad para leer los libros que consiguiera. Podía recurrir a dos fuentes distintas: la biblioteca de la casa del pastor, el doctor Murray, y las respetables y anodinas novelas que circulaban entre la grey femenina de su nutrida congregación. No era sorprendente, pues, que la joven supiese más de teología que de geología, y más de ceremonias que de idilios.
Que pudiera estar destinada al matrimonio era algo que nunca se le había ocurrido, aunque empezaba a tener edad suficiente para preguntarse acerca de sus placeres y sus riesgos, y para observar con interés y curiosidad las uniones que habían formado sus hermanos mayores. Alastair y Mary, tan diferentes el uno del otro, se pasaban todo el tiempo discutiendo y, sin embargo, ella sentía que había entre ellos una profunda comunión. A Robert y a Bella los unía a la perfección la tacañería. Angus y su nerviosa Ophelia parecían decididos a destruirse mutuamente. Catherine y su Robert vivían en Kirkaldy porque él era pescador. También estaban Mary y su James, Anne y su Angus, Margaret y William… Y Jean, la mayor de todos los hermanos, la belleza de la familia, que a los dieciocho años se había casado con un Montgomery, un partido envidiable para una muchacha de sangre bastante buena pero que carecía de dote. Su esposo se la había llevado a vivir a una mansión en la calle Princes, en Edimburgo; desde entonces Jean ya no volvió a pisar Kinross y los Drummond no volvieron a verla nunca más.
—Está avergonzada de nosotros —decía James con desprecio.
—Muy astuta —decía Alastair, que la había amado y le era fiel.
—Muy egoísta —decía Mary desdeñosamente.
Muy sola, pensaba Elizabeth, que únicamente recordaba de manera vaga a Jean. Pero si la soledad era algo demasiado difícil de soportar para Jean, su familia estaba apenas a unos ochenta kilómetros de su casa. En cambio yo, se dijo Elizabeth, nunca podré venir a ver a mi familia, y son lo único que conozco.
Tras la boda de Margaret, se decidió que Elizabeth, la más joven de los hijos vivos de James, se quedaría soltera al menos hasta que su padre muriera, algo que según la leyenda familiar no ocurriría sino muchos años después; era resistente como las botas viejas y duro como la roca de Ben Lomond. Pero ahora todo había cambiado gracias a Alexander Kinross y sus mil libras. Alastair, el orgullo y la alegría de James después de la muerte del hijo mayor que llevaba su mismo nombre, se impondría a Mary y ambos y sus siete hijos se irían a vivir a la casa del padre de ella. Una casa que, con el tiempo, por otra parte, sería para él, porque se había sabido ganar su
lugar en el corazón de James cuando lo sucedió como oficial en los telares de la fábrica de lana. Pero Mary, ¡pobre Mary! ¡Cómo iba a sufrir! Padre la consideraba una manirrota, que compraba zapatos a sus hijos para que los usaran los domingos y servía mermelada en el desayuno y en la cena. En cuanto se mudaran a la casa de James sus hijos usarían botas y la mermelada aparecería en la mesa sólo para la cena dominical.
El viento comenzó a soplar con fuerza; Elizabeth se estremeció, más por miedo que por el repentino fresco. ¿Qué había dicho Padre de Alexander Kinross? «Un calderero haragán que vivía en los suburbios de Glasgow».
¿Qué quiso decir con «haragán»? ¿Qué Alexander Kinross no se preocupaba demasiado por nada? Y si era haragán, ¿estaría esperándola tras el viaje cuando ella llegara a su destino?
—¡Elizabeth! ¡Entra! —gritó James desde la casa.
Elizabeth se apresuró a obedecer.
Los días pasaban volando y no concedían a Elizabeth tiempo para reflexionar. Por la noche, cuando iba a acostarse, trataba de quedarse despierta y pensar en su destino, pero en cuanto apoyaba la cabeza en la almohada el sueño la vencía. Todos los días asistía a alguna pelea entre James y Mary; Alastair, que se iba a la fábrica al amanecer y no regresaba hasta después del anochecer, podía considerarse afortunado. Hubo que llevar todo el mobiliario de Mary a su nueva residencia, y aquellos muebles reemplazaron a los de James, astillados y desvencijados. Elizabeth, por su parte, si no estaba subiendo y bajando a la carrera por la escalera con los brazos cargados de manteles o sábanas o ropa (incluidos los zapatos) o ayudando a acomodar el piano, el escritorio o el ropero, estaba fuera desplegando una de las alfombras de Mary en el tendedero y, luego, sacudiéndola a más no poder. Mary, que era una prima de la rama de los Murray, había aportado al matrimonio algunas posesiones, recibía una modesta pensión de su padre granjero y tenía más independencia de juicio de la que Elizabeth imaginaba que pudiera mostrar cualquier mujer. De hecho, ninguna mujer la había impresionado tanto como Mary desde que se
instaló a vivir con Padre, quien, por cierto y como Elizabeth descubrió con asombro, no siempre ganaba las batallas. La mermelada siguió apareciendo en la mesa del desayuno todas las mañanas y también a la hora de la cena.
Los niños se calzaban sus zapatos todos los domingos antes de asistir al oficio religioso en la iglesia del doctor Murray. Y Mary mostraba con coquetería sus bien formados tobillos realzados por un par de exquisitas sandalias de cabritilla azul de tacones tan altos que la hacían andar con pasos muy medidos. James se ponía rabioso la mayor parte del tiempo, a tal punto que su bastón pronto infundió en sus nietos un saludable temor, pero no tardó en darse cuenta de que Alastair estaba decididamente dominado por Mary.
Elizabeth tenía una sola posibilidad de evadirse de ese alboroto doméstico: sus visitas a la tienda de la señorita MacTavish, que estaba frente a la plaza principal de Kinross. Era una casa pequeña, cuyo salón, que daba a la calle, tenía una gran vidriera en la que se podía ver un asexuado maniquí ataviado con un vestido de tafetán rosa de falda muy larga; después de todo, no había que ofender a la iglesia exhibiendo un maniquí con senos.
Las mujeres que no se cosían su propia ropa iban a la tienda de la señorita MacTavish, una dama soltera de casi cincuenta años que, tras recibir una herencia de cien libras, había renunciado a su empleo de costurera, había abierto su propia tienda y ahora se presentaba como modista. La tienda y ella habían prosperado, porque en Kinross había mujeres que podían pagar sus servicios, y la señorita MacTavish era lo bastante inteligente para mostrarles revistas de moda femenina que, según decía, le enviaban directamente desde Londres.
Con cinco de sus veinte libras Elizabeth había comprado tela de lana para tartanes en la fábrica, en la que gracias al puesto que ocupaba Alastair le habían hecho un módico pero nada despreciable descuento. Los tartanes, y cuatro vestidos de diario de un tosco hilo marrón, los cosería ella, lo mismo que sus bragas de percal crudo, sus camisones, sus blusas y enaguas.
Cuando hubo sumado todo el gasto, descubrió que le quedaban dieciséis libras, que podría gastar en la tienda de la señorita MacTavish.
—Dos vestidos de mañana, dos de tarde, dos de noche, y tu traje de novia —dijo la señorita MacTavish, encantada con su nueva cliente. No iba a ganar demasiado, pero no era cosa de todos los días que una muchacha joven y muy bonita ¡oh, qué hermosa figura tenía!, cayera en sus manos sin que hubiera de por medio una madre o una tía que le arruinaran la diversión
—. Tienes suerte de que yo esté aquí, Elizabeth. —La modista siguió parloteando mientras blandía su cinta métrica—. Si hubieras tenido que ir a Kirkaldy o a Dumfermline, habrías terminado pagando el doble por la mitad de lo que yo te haré. Además, tengo algunas telas hermosas, muy adecuadas para el color de tu piel. Las bellezas morenas nunca pasan de moda, no se confunden con el entorno que las rodea. Aunque he oído decir que tu hermana Jean, ¡ella sí que es una belleza rubia!, sigue siendo la preciosidad de Edimburgo.
Elizabeth se estaba mirando en el espejo de la señorita MacTavish y apenas oyó la última parte de lo que decía la modista. James no toleraba los espejos en su casa y, en ese punto, había impuesto su voluntad a Mary, quien, cuando James llevó al doctor Murray como refuerzo, se vio obligada a instalar el espejo en su dormitorio. Belleza, reflexionó Elizabeth, era una palabra que la señorita MacTavish usaba con demasiada frecuencia, y que empleaba como una especie de bálsamo para aplacar los recelos de sus clientes. La verdad era que ella no veía belleza alguna en la imagen que le devolvía el espejo; aunque «morena» sí era un término bastante acertado para ella. Elizabeth tenía el cabello muy oscuro, las cejas y las pestañas espesas y oscuras, los ojos también oscuros, y un rostro común y corriente.
—¡Oh! ¡Tu piel! —gorjeó la señorita MacTavish—. ¡Tan blanca, y tan inmaculada! No dejes que nadie te la cubra con maquillaje, arruinaría tu estilo. ¡Y ese cuello de cisne!
Una vez tomadas las medidas, la modista condujo a Elizabeth a la habitación en la que se encontraban las piezas de tela, dispuestas en diferentes estantes: las más refinadas muselinas, batistas, sedas, tafetanes, encajes, terciopelos, rasos. Carretes de cintas de todos los colores. Plumas, flores de seda.
Con el rostro iluminado, Elizabeth corrió hacia una pieza de tela de color rojo brillante.
—¡Ésta, señorita MacTavish! —dijo con entusiasmo—. ¡Ésta!
La cara de la costurera convertida en modista se puso roja como la tela.
—Oh, querida mía, no —dijo con voz ahogada.
—¡Pero es muy hermosa!
—El color escarlata —dijo la señorita MacTavish empujando la impúdica pieza hacia el fondo del estante— no es para nada apropiado, mi querida Elizabeth. Tengo esa tela para ciertas dientas cuya, eh… cuya virtud no es lo que debiera. Naturalmente, ellas vienen a una hora concertada para evitar situaciones incómodas. ¿Tú sabes lo que dicen las Escrituras, niña, sobre la «mujer escarlata»?
—¡Ohhhh!
De modo que lo más cercano al escarlata que Elizabeth pudo conseguir fue un tafetán de un color rojo herrumbre. Irreprochable.
—No creo —le dijo a la señorita MacTavish mientras bebían una taza de té, después de haber elegido las telas— que Padre apruebe ninguno de estos vestidos. No reflejarán mi verdadera posición social.
—Tu posición social —replicó con firmeza la señorita MacTavish— va a cambiar, Elizabeth. ¡Y cómo! Eres la novia de un hombre lo bastante rico para enviarte mil libras, así que no puedes aparecer ante él vestida con un tartán de la fábrica del pueblo o con un simple vestido de hilo marrón.
Habrá fiestas, bailes, ya me lo imagino, paseos en carruaje, visitas a las esposas de otros hombres ricos. Tu padre no debería haberse quedado con tanto de lo que, estoy segura, es tu dinero, no de él.
Dicho lo cual (lo cierto es que ardía en deseos de decirlo, ¡qué viejo tacaño y miserable era James Drummond!), la señorita MacTavish sirvió más té e insistió en que Elizabeth comiera un pastel. ¡Una muchacha tan hermosa, y tan desaprovechada en Kinross!
—La verdad es que no quiero ir a Nueva Gales del Sur a casarme con el señor Kinross —dijo Elizabeth compungida.
—¡Tonterías! Piensa en ello como una aventura, querida. No hay una sola de las jóvenes de Kinross que no te envidie, créeme. Piénsalo bien.
Aquí no podrás disfrutar nunca de un marido, te pasarás los mejores años de tu vida cuidando de tu padre. —Sus ojos azules se empañaron—. Yo lo sé muy bien, créeme. Tuve que cuidar de mi madre hasta que murió, y a esas alturas mis esperanzas de casarme se habían esfumado. —De pronto suspiró, y en sus labios comenzó a dibujarse una sonrisa—. ¡Alexander Drummond! ¡Vaya si lo recuerdo! Tenía apenas quince años cuando escapó, pero no había una sola mujer en Kinross que no le hubiese echado el ojo.
Elizabeth se alertó: comprendió que por fin había encontrado a alguien que podía contarle algo acerca de su futuro marido. A diferencia de James, Duncan Drummond sólo había tenido dos hijos, una niña, Winifred, y Alexander. Winifred habría sido su mejor fuente de información, pero se había casado con un ministro de la Iglesia y se había ido a vivir a Inverness antes de que Elizabeth naciera, así que no podía contar con ella. Cuando interrogó a aquéllos de sus familiares que tenían la edad suficiente para recordar a Alexander, el resultado había sido curiosamente magro; como si, por alguna razón, el de Alexander fuese un tema prohibido. Se dio cuenta de que detrás de esa prohibición estaba la mano de su padre. Padre no quería devolver aquel dinero que le había llovido del cielo, y no estaba dispuesto a correr ningún riesgo. Además creía que, tratándose del matrimonio, el estado de ignorancia era una bendición.
—¿Era guapo? —preguntó sin disimular su ansiedad.
—¿Guapo? —La señorita MacTavish torció la boca y cerró los ojos—.
No, yo no habría dicho de él que era guapo. Pero tenía un modo de caminar… elegante, como si se contoneara. Claro que siempre iba lleno de cardenales, porque Duncan no escatimaba bastonazos cuando lo tenía cerca, así que a veces debía de resultarle difícil caminar como si se estuviera llevando el mundo por delante, pero de todos modos se sobreponía… ¡Y su sonrisa! Una lo veía sonreír y… se le aflojaban las piernas.
—Usted dijo que escapó…
—El día que cumplía quince años —dijo la señorita MacTavish, y pasó a contar su versión de la historia—. Al doctor MacGregor, el anterior ministro, eso le rompió el corazón. Solía decir que Alexander era terriblemente inteligente. Había aprendido latín y griego, y el doctor
MacGregor tenía la esperanza de enviarlo a la universidad. Pero Duncan no quiso saber nada. Había un empleo para el muchacho aquí en Kinross, en la fábrica, y como Winifred ya se había marchado, Duncan quería que Alexander se quedara con él. ¡Era un hombre muy severo, Duncan Drummond! Me había pedido en matrimonio, ¿sabes?, pero yo debía cuidar de mi madre, así que no lamenté rechazar su proposición. ¡Y ahora tú vas a casarte con Alexander! Es como un sueño, Elizabeth, ¡exactamente como un sueño!
Esa última observación era muy cierta. A pesar de lo terriblemente ocupada que estaba, en algún rincón de su mente Elizabeth había estado pensando acerca de su futuro, y lo veía muy parecido a aquellas nubes que surcaban el anchuroso e interminable cielo escocés: a veces eran leves y alegres volutas, a veces eran tristes y grises, otras veces negras y tormentosas. Una ruptura desconocida con consecuencias desconocidas, y el limitado saber adquirido en sus escasos dieciséis años no le procuraba ni consuelo ni información. A un momentáneo sentimiento de entusiasmo le sucedía un acceso de llanto; a un brote de alegría, una vertiginosa caída en el más negro abatimiento. Aun después de haber leído cuidadosamente el diccionario geográfico del doctor Murray y la Enciclopedia Británica, la pobre Elizabeth carecía de criterio que le permitiera apreciar en toda su magnitud esta drástica y completa mudanza de su suerte.
Cuando los vestidos estuvieron listos, entre ellos el de novia, fueron plegados y colocados uno por uno entre hojas de papel tisú, y empacados en sus dos baúles, regalo de su hermano Alastair. Mary le regaló un velo de encaje francés blanco para que lo usara el día de la boda, y la señorita MacTavish, un par de chinelas de satén blanco; en fin, todos sus familiares se las arreglaron para regalarle algo, excepto James, fuese un frasco de agua de Colonia, un broche tallado, un alfiletero o una caja de bombones.
El respetable matrimonio presbiteriano que buscaba James respondió, desde Peebles, a uno de los anuncios publicados, y después de que varias
cartas fueron y vinieron entre Kinross y Peebles dijeron que, por cincuenta libras, estarían muy complacidos de custodiar a la novia.
Alastair y Mary se encargaron de acompañar a Elizabeth en un carruaje hasta Kirkaldy, donde abordaron un vapor en el que cruzaron el estuario del Forth para llegar hasta Leith. Desde allí, varios tranvías tirados por caballos los llevaron a Edimburgo y luego hasta la estación de Princes Street, donde los estarían esperando el señor Richard Watson y su esposa.
Las aguas del estuario estaban bastante agitadas, así que de no haber sido por el mareo que le sobrevino en el ferry, Elizabeth se habría mostrado ansiosa; en toda su vida no había ido más allá de Kirkaldy, y la vasta ciudad de Edimburgo debería haberla impresionado; a pesar de todo, seguía disfrutando del paseo que había dado en Kirkaldy. Como Catherine y Robert vivían allí, habían ido a recibirlos para mostrar a Elizabeth los lugares más bonitos de la ciudad. En cambio, la joven no logró entusiasmarse con el bullicio de Edimburgo ni apreciar la belleza de que la dotaban el clima invernal y las colinas y barrancos cubiertos de bosques.
Cuando el último de los tranvías los dejó en la estación del ferrocarril del Norte, se dejó guiar por Alastair, que la ayudó a acomodarse en el minúsculo compartimiento de segunda clase que habría de compartir con los Watson hasta que llegaran a Londres, y permitió que él se ocupara de escudriñar la abarrotada plataforma en busca de sus demorados acompañantes.
—Esto es bastante tolerable —comentó Mary mientras examinaba todo
—. Los asientos están bien acolchados, y tú tienes tu manta de viaje para abrigarte.
—A los pasajeros de tercera clase sí que no los envidio —dijo Alastair metiendo dos pequeños billetes de cartón en el guante izquierdo de Elizabeth—. No los pierdas, los necesitarás para retirar tus baúles, que van en el furgón del equipaje. —Después, deslizó cinco monedas de oro en el interior del otro guante de ella—. De parte de Padre —dijo con una sonrisa burlona—. Me las arreglé para convencerlo de que no puedes hacer todo el viaje hasta Nueva Gales del Sur con tu bolsa vacía, pero me pidió que te dijera que no malgastes ni un cuarto de penique.
Finalmente aparecieron los Watson, casi sin aliento. Eran altos y de rostro anguloso e iban pobremente vestidos, lo que evidenciaba que eran las cincuenta libras de Elizabeth las que les habían permitido pasar de los horrores de los asientos de tercera clase a la relativa comodidad de los compartimientos de segunda. Parecían agradables, aunque Alastair frunció la nariz al percibir el aliento a licor del señor Watson.
Sonaron los silbatos, los pasajeros se asomaron a las ventanillas para intercambiar gritos, lágrimas, abrazos frenéticos y los últimos saludos con los que estaban en la plataforma: en medio de resoplidos y explosiones, de nubes de vapor, de sacudidas y ruidos metálicos, el tren nocturno a Londres comenzó a moverse.
Tan cerca, y sin embargo tan lejos, pensó Elizabeth, entrecerrando los ojos; mi hermana Jean, que fue la primera en toda esta historia, vive en la calle Princes. Sin embargo, Alastair y Mary tendrán que pasar la noche en una habitación de hotel y, mañana, volver a Kinross, sin siquiera haber podido verla un instante. «No recibo», decía la lacónica nota que Jean hizo que les entregaran.
Los ojos de Elizabeth se cerraron por completo y se quedó dormida, acurrucada en un rincón, con la mejilla apoyada en el vidrio helado de la ventanilla.
—Pobre criatura —dijo la señora Watson—. Ayúdame a acomodarla, Richard. Es una lástima que Escocia tenga que enviar a sus hijas a veinte mil kilómetros de su hogar para conseguir un marido.
Los barcos de vapor impulsados por hélice cruzaban el Atlántico Norte desde Inglaterra a Nueva York en seis o siete días, pero no había carbón suficiente para alimentar un barco de vapor que se dirigía al otro extremo del mundo. Ese viaje todavía se hacía en buques a vela.
El Aurora, que era un barco de cuatro palos con dobles gavias, enjarciado en ángulo recto en su palo de trinquete y su palo mayor, y con aparejo de velas áuricas en sus mesanas, completaba las diez mil quinientas millas náuticas hasta Sydney en dos meses y medio, y hacía una sola escala,
en Ciudad del Cabo. Desde allí descendía el Atlántico, y después cruzaba el Índico para terminar internándose en el Pacífico. Su carga incluía varios cientos de retretes inodoros de cerámica con sus respectivos depósitos de agua, dos birlochos, costosos juegos de dormitorio de nogal, telas de algodón y de lana, piezas de delicado encaje francés, cajas de libros y revistas, botes de mermelada inglesa, latas de melaza, cuatro motores de vapor Matthew Boulton & Watt, una remesa de tiradores de bronce para puertas, y, en su cámara blindada, una buena cantidad de enormes cajas rotuladas con la calavera y las tibias cruzadas. Cuando regresara a Inglaterra, llevaría miles de sacos de trigo, y en la cámara blindada las cajas rotuladas con la calavera y las tibias serían reemplazadas por lingotes de oro.
Contra la voluntad de su capitán, un misógino acérrimo, el Aurora llevaba una docena de pasajeros de ambos sexos que gozaba de una cierta comodidad a pesar de que la nave no contaba con camarotes privados y la cocina ofrecía platos de lo más simples: mucho pan recién horneado, mantequilla salada conservada en recipientes de madera cerrados herméticamente, carne vacuna cocida con patatas, y budines harinosos bañados con mermelada o melaza.
Elizabeth por fin logró mantener el equilibrio sin marearse cuando el barco estaba a mitad de travesía hasta el golfo de Vizcaya, pero la señora Watson no, así que la joven tuvo que dedicarse todo el tiempo a atenderla.
No era una tarea desagradable, pues la señora Watson era una persona bondadosa que parecía demasiado agobiada por sus muchos sufrimientos.
Compartían los tres un camarote que, por suerte, contaba con una portilla y un pequeño cubículo independiente destinado a una criada; el Aurora todavía no había entrado en el canal de la Mancha cuando el señor Watson anunció que había decidido dormir en el salón de pasajeros para que las dos mujeres pudieran disfrutar de un poco más de intimidad. En un primer momento Elizabeth se preguntó por qué esta noticia había afligido tanto a la señora Watson, pero después se dio cuenta de que la pobreza de los Watson, en gran parte, era el resultado de la inclinación del señor Watson por las bebidas fuertes.
¡Oh, qué frío hacía! El clima invernal no se disipó definitivamente hasta que hubieron dejado atrás las islas Cabo Verde, y para entonces la señora Watson sufría constantes accesos de tos. En Ciudad del Cabo, a su marido, asustado, se le pasó la borrachera y tuvo la presencia de ánimo suficiente para pedir un médico, que después de auscultarla adoptó una expresión seria y meneó la cabeza.
—Si usted quiere que su esposa viva, señor, sugiero que se la desembarque y suspendan el viaje aquí mismo —dijo.
Pero ¿qué hacer con Elizabeth?
Entonado por una generosa copa de ginebra, el señor Watson no se detuvo a hacerse esta pregunta, y la señora Watson, aletargada, no podía hacérsela. Media hora después de que el médico se marchara los Watson ya habían desembarcado con todas sus pertenencias. Elizabeth tendría que arreglárselas sola.
Si el capitán Marcus hubiera podido imponer su voluntad, Elizabeth habría corrido la misma suerte que ellos, pero hubo de tener en cuenta a una de las otras tres pasajeras, quien solicitó una reunión con las dos parejas casadas, los tres caballeros solteros sobrios y él mismo.
—La muchacha también deberá desembarcar —dijo el capitán del Aurora, inflexible.
—¡Oh! ¡Vamos, capitán! —replicó la señora Augusta Halliday—.
Desembarcar a una niña de dieciséis años en un lugar desconocido para ella y sin nadie que la proteja, porque los Watson no son custodios de fiar, es un verdadero exceso. Si lo hace, señor, informaré a sus patrones, al gremio de los capitanes de barco, y a todas las demás autoridades que se me ocurra. La señorita Drummond se queda.
Las palabras de la señora Halliday, pronunciadas con furia y en un tono marcial, fueron coronadas por un murmullo de aprobación de los otros pasajeros, de modo que el capitán Marcus comprendió que llevaba las de perder.
—Si la muchacha se queda —dijo entre dientes— no permitiré que haya el menor contacto entre ella y mi tripulación. Tampoco autorizaré ningún
contacto con los pasajeros varones, sean casados o solteros, estén ebrios o sobrios. Permanecerá encerrada en su camarote y también comerá allí.
—¿Cómo si estuviera prisionera? —preguntó la señora Halliday—. ¡Eso es vergonzoso! La joven debe tomar el aire y hacer ejercicio.
—Si quiere tomar el aire puede abrir la portilla, y si quiere hacer ejercicio puede pegar botes en su camarote todo el tiempo que quiera, señora. Soy el capitán de este buque, y aquí mi palabra es ley. No permitiré que haya prostitución a bordo del Aurora.
De modo que Elizabeth pasó las cinco últimas semanas de aquel viaje interminablemente largo encerrada en su camarote, entretenida con los libros y revistas que la señora Halliday le llevó después de una precipitada excursión hasta la única librería inglesa que había en Ciudad del Cabo.
La única concesión que aceptó hacer el capitán Marcus fue autorizar a Elizabeth a dar un paseo por la cubierta todos los días después de que oscureciera, acompañada por la señora Halliday, pero en esas ocasiones nunca dejaba de seguirlas a cierta distancia mientras ladraba a los marineros que pasaban cerca de ellas.
—Como un perro guardián —decía Elizabeth riendo entre dientes.
Después de que los Watson abandonaron el barco había recuperado el buen humor, a pesar del encierro; eso lo entendía, porque conociendo a su padre y al doctor Murray sabía que habrían estado totalmente de acuerdo con la decisión del capitán. Y se sentía dichosa de tener sus propios dominios; aquel camarote era más grande que la minúscula habitación de su casa, en la que tenía prohibido entrar hasta que llegara la hora de irse a dormir. Si se ponía de puntillas y se asomaba por la portilla podía ver el océano, una inmensidad ondulante que se extendía hasta el infinito, y durante los paseos nocturnos por la cubierta podía oír sus bramidos, y cómo retumbaba cuando la proa del Aurora lo surcaba.
La señora Halliday, según pudo saber, era la viuda de un colono que había amasado una modesta fortuna en Sydney gracias a su tienda de artículos de mercería que abastecía a lo mejor de la sociedad. Ya fuesen cintas o botones, cordones para corsés o aplicaciones de barbas de ballena,
medias o guantes, la alta sociedad de Sydney compraba lo que necesitara en la mercería Halliday.
—Después de la muerte de Walter, no pude esperar más y regresé a Inglaterra —dijo la señora Halliday a Elizabeth, y suspiró—. Sin embargo las cosas no salieron como yo esperaba. Es extraño, pero lo que había soñado durante tantos años resultó no ser más que una invención de mi imaginación. Me he convertido, aunque no lo sabía, en una australiana.
Wolverhampton estaba llena de escombreras y chimeneas. Y, ¿puedes creerlo?, me resultaba difícil entender lo que la gente decía. Echaba de menos a mis hijos, a mis nietos, y el espacio. Tendemos a pensar que, así como Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, lo mismo hizo Inglaterra con Australia. Pero no es así. Australia es una tierra extranjera.
—¿El nombre no es Nueva Gales del Sur? —preguntó Elizabeth.
—Estrictamente hablando, sí. Pero hace ya mucho tiempo que el continente lleva el nombre de Australia, y sean de Victoria, de Nueva Gales del Sur, de Queensland o de alguna otra colonia, todos se consideran australianos. Mis hijos también, por cierto.
Alexander Kinross aparecía a menudo en sus conversaciones.
Lamentablemente, la señora Halliday no lo conocía ni tenía la menor idea de quién era.
—Hace cuatro años que me marché de Sydney, tal vez él haya llegado después. Además, si es un hombre soltero y no se codea con la gente de la alta sociedad, sólo sus colegas reconocerían su nombre. Pero estoy segura
—continuó la señora Halliday con amabilidad— de que es un hombre irreprochable. De no ser así, ¿por qué pediría a una prima en matrimonio?
Los sinvergüenzas, querida mía, no suelen casarse. Sobre todo si viven en los yacimientos de oro. —Apretó los labios y agregó en tono despreciativo
—: Los yacimientos de oro son antros de iniquidad en los que abundan mujeres de dudosa reputación. —Tosió delicadamente—. Supongo, Elizabeth, que conocerás los deberes matrimoniales.
—Oh, sí —respondió Elizabeth reposadamente—. Mi cuñada Mary me dijo lo que debo esperar.
Cuando el Aurora entró en Puerto Jackson fue remolcado por un vapor; acosado por la presencia de un práctico que él detestaba, el capitán Marcus estaba tan absorto que no advirtió que la señora Halliday había liberado a Elizabeth de su encierro, y la había llevado hasta la cubierta para mostrarle con orgullo de propietaria el espectáculo de lo que la buena mujer llamaba
«el puerto más grandioso del mundo».
Sí, Elizabeth supuso que era grandioso, pero su mirada estaba fija en los enormes acantilados de color anaranjado coronados por espesos bosques gris azulados. Bahías arenosas, suaves pendientes, pruebas cada vez más claras de que aquellas tierras estaban habitadas. Los árboles, altos y espigados, habían sido reemplazados por hileras y más hileras de casas, aunque en algunas playas se los podía ver en torno a lo que eran sin duda majestuosas mansiones. La señora Halliday iba desgranando los nombres de sus propietarios, a los que agregaba escuetos comentarios que iban desde la difamación hasta la condena lisa y llana. Pero el aire estaba cargado de humedad, el sol era insoportablemente fuerte, y toda la belleza de este puerto grandioso estaba impregnada de un terrible hedor. El agua, advirtió Elizabeth, era de color marrón sucio y estaba llena de detritos.
—Marzo no es un buen mes para llegar a Australia —dijo la señora Halliday, acodándose en la barandilla—. Siempre húmedo. Nos pasamos febrero y marzo rogando que venga el viento del sur, que lo refresca todo.
¿Te molesta el olor, Elizabeth?
—Mucho —replicó Elizabeth, repentinamente pálida.
—Son las aguas residuales —explicó la señora Halliday—. Hay algo más de ciento setenta mil habitantes, y todo viene a parar al puerto, que para el caso no es mucho mejor que un pequeño pozo negro. Creo que se proponen hacer algo al respecto, pero cuándo es algo que habrá que adivinar, como dice mi hijo Benjamin. Él está en el ayuntamiento. El agua también es un problema. La época en que costaba un chelín el cubo ya pasó, pero todavía es cara. Sólo la gente muy rica tiene instalado un sistema que
se la facilita —dijo con un bufido—. ¡El señor John Robertson y el señor Henry Parkes no tienen ese problema!
El capitán Marcus se acercó a ellas, furioso.
—¡A su camarote, señorita Drummond! ¡Ahora mismo! —bramó.
Y allí permaneció Elizabeth mientras el Aurora era remolcado hasta su amarradero; lo único que alcanzaba a ver por el portillo eran palos de embarcaciones, lo único que oía eran gritos a voz en cuello o bien el traqueteo de algún motor.