El desafío

Colleen McCullough · Capítulo 1 de 19 · parte 3/3

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El desafío

Primera Parte 1872-1885

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

—Voy a ver a los maquinistas —dijo él de pronto. Abrió la puerta delantera y desapareció.

Antes de que regresara al compartimiento el tren había cruzado, a través de un puente, un ancho río; lo que tenía ahora por delante era una barrera de altas colinas.

—Ése es el río Nepean —dijo Alexander—, así que ha llegado el momento de abrir una ventanilla. Ahora nuestro tren debe trepar por una pendiente tan escarpada que tendrá que moverse en zigzag, es decir,

avanzando y luego retrocediendo. En una distancia de mucho menos de un kilómetro y medio, ascenderemos trescientos metros, unos treinta centímetros cada nueve metros recorridos.

A pesar de que la velocidad había disminuido considerablemente, abrir una ventanilla producía un efecto devastador sobre la ropa; grandes partículas de hollín se colaban en el vagón y se posaban por todas partes.

Pero era fascinante, sobre todo cuando las vías describían una curva, porque en ese momento podía ver la locomotora, el humo negro que su chimenea despedía en forma de inmensas volutas, las barras que hacían girar las grandes ruedas. A veces, las ruedas patinaban sobre los raíles, y perdían fuerza en medio de un estruendo de resoplidos entrecortados. Al final del primer zigzag el tren afrontó la siguiente cuesta invirtiendo la marcha, de modo que era el furgón el que encabezaba la formación mientras la locomotora empujaba desde atrás.

—La cantidad de veces que el tren invierte la marcha está calculada para que al llegar a la cima la locomotora vuelva a estar al frente —explicó él—. La del zigzag es una idea muy inteligente. Gracias a ella, el gobierno finalmente pudo tender una línea férrea para cruzar las Montañas Azules, que en realidad no son montañas. Estamos subiendo por lo que se llama una meseta agrietada por la erosión. Al llegar al otro extremo descenderemos, otra vez en zigzag. Si éstas fueran montañas podríamos ir por los valles y atravesar el curso de agua por un túnel. Eso no sólo sería mucho más fácil sino que además habría permitido tener acceso a las zonas rurales del oeste del país, que son de lo más fértiles, hace décadas. Nueva Gales del Sur no da nada fácilmente, y lo mismo sucede con las otras colonias de Australia.

Cuando finalmente lograron conquistar las Montañas Azules, los hombres que descubrieron la solución comprendieron que debían dejar de lado todas las teorías que habían aprendido en Europa.

Así que, pensó ella, acabo de encontrar una de las claves para entender la mente de mi esposo, y su espíritu, o tal vez incluso su alma. Está bajo el hechizo de la mecánica, de las máquinas y los inventos, y por muy ignorante que sea quien lo escucha, él no vacila en seguir hablando y enseñando todo lo que sabe.

El paisaje era de lo más extraño. Las laderas de las colinas caían, como cortadas a pico, a lo largo de cientos de metros y formando espectaculares precipicios, hacia enormes valles cuajados de bosques de un intenso color gris verdoso que por la distancia se tornaba azulado. No había pinos, ni hayas, ni robles, ni uno solo de los árboles que abundaban en Escocia, pero sin embargo éstos, que tan ajenos resultaban a Elizabeth, tenían su propia belleza. Este sitio es más grandioso que mi país, pensó ella, aunque sólo sea porque parece no tener límites. No vio indicio alguno de que la región estuviese habitada, salvo unas pocas y minúsculas aldeas a los lados de las vías, por lo general en las inmediaciones de una posada o una gran casa de campo.

—Sólo los nativos pueden vivir allí —dijo Alexander cuando un gran claro les ofreció una vista particularmente maravillosa de un inmenso cañón rodeado de verticales despeñaderos de color naranja—. Pronto pasaremos por un apartadero llamado Los morteros. Es una serie de canteras, y en el suelo del valle que está más allá hay una rica veta de carbón. Se dice que quieren explotarla, pero yo pienso que el coste de acarrear el carbón será prohibitivo, pues habría que subirlo unos trescientos metros. Si se enviase por barco a Sydney sería más barato que el carbón de Lithgow, pero salvar el zigzag de Clarence resulta muy difícil.

De pronto, él desplegó los brazos en un gesto grandilocuente, como si así quisiera abarcar el mundo.

—Elizabeth, ¡mira! Lo que ves es la geología de la tierra en todo su esplendor. Los despeñaderos están formados por un estrato de arenisca de principios del triásico, bajo el cual hay yacimientos de carbón del pérmico, y debajo de ellos granito, esquisto y piedra caliza de los períodos devónico y silúrico. En algunas de las montañas del norte, la cima es una delgada capa de basalto vomitada por algún descomunal volcán: la cereza del terciario sobre el pastel triásico, y casi todo, ahora, erosionado.

¡Maravilloso!

¡Oh, quién pudiera entusiasmarse así con algo! ¿Qué clase de vida tendría que llevar yo para llegar a saber siquiera una pequeña parte de lo que él sabe? He nacido para ser una ignorante, se dijo Elizabeth.

A las cuatro de la tarde el tren llegó a Bowenfels, el punto más al oeste de su trayecto, aunque la ciudad más importante era Bathurst, situada unos setenta y cinco kilómetros más allá. Después de una urgente y necesaria visita al retrete de la estación, un impaciente Alexander instalaba apresuradamente a Elizabeth en un carruaje.

—Quiero estar en Bathurst esta noche —explicó.

A las ocho llegaron al hotel, en esa ciudad. Elizabeth estaba agotada, pero al amanecer Alexander volvió a instalarla a toda prisa en el carruaje mientras ordenaba que el convoy se pusiera en movimiento. ¡Oh, otro día de viaje perpetuo! Su carruaje encabezaba la marcha, Alexander iba montado en una yegua, y seis carros tirados por caballos transportaban sus baúles, un cargamento proveniente del depósito ferroviario de Rydal, y las preciosas cajas de dinamita. El convoy, dijo Alexander, desalentará a los bandidos.

—¿Bandidos? —no pudo menos que preguntar ella.

—Salteadores de caminos. No quedan muchos, porque se los ha perseguido despiadadamente. Estos solían ser los dominios de Ben Hall, un bandido muy famoso. Ahora está muerto, como la mayoría de los de su calaña.

Los despeñaderos habían sido reemplazados por elevaciones cuya forma se asemejaba más a lo que ella conocía como montañas, y que no eran muy diferentes de las que había en Escocia, pues en muchas de ellas no se veía árbol alguno; sin embargo, tampoco crecían aquellos brezos que dan un poco de color al otoño, y la hierba era seca, plumosa y de un color plata pardusco. El camino de tierra, salpicado de profundos baches, serpenteaba caprichosamente para evitar los montículos de canto rodado, los lechos de los arroyos, los inesperados declives de las hondonadas. Sacudida y zarandeada sin descanso, Elizabeth rogaba a Dios que Kinross, estuviese donde estuviese, apareciera de una vez por todas.

Pero Kinross no apareció hasta casi el atardecer. El camino, que atravesaba un bosque, desembocó a esas horas en un espacio abierto y se

convirtió en una carretera pavimentada junto a la cual se alzaban un buen número de casuchas y tiendas de campaña. Todo lo que había visto hasta ese momento le había resultado extraordinariamente raro y singular, pero no era nada comparado con Kinross, que ella había imaginado como la Kinross escocesa. ¡Oh, no era así! Cuando las casuchas y las tiendas de campaña comenzaron a ralear aparecieron casas un poco más sólidas, algunas de madera, otras de paredes de juncos, techadas con chapas de hierro acanaladas, o con láminas de lo que parecía ser una corteza de árbol, y que estaban unidas unas a otras y fijadas con sogas a la edificación. Las viviendas se hallaban dispersas a ambos lados de la calle, pero en unos pocos callejones laterales se dejaban ver torres de madera, puntales, barracas, un paisaje extravagante cuya razón de ser ella no lograba adivinar.

¡Todo era feo, feo, feo!

Las casas dieron paso a tiendas y edificios comerciales cada uno de los cuales ostentaba su propia marquesina, diferente de las de sus vecinos. Por otra parte, estas marquesinas no estaban unidas las unas a las otras y se habían instalado sin prestar atención a ningún criterio de simetría, orden o belleza. Los carteles que identificaban estos edificios estaban toscamente pintados a mano y anunciaban una lavandería, una casa de huéspedes, un restaurante, un bar, una tabaquería, un zapatero, una barbería, un almacén, una consulta médica y una ferretería.

Había dos edificios de ladrillo rojos, uno de ellos una iglesia con chapitel y todo, el otro una construcción de dos pisos cuya galería superior estaba profusamente adornada con la misma clase de aplicaciones de hierro fundido que Elizabeth había visto por todas partes en Sydney; su marquesina de chapas de hierro acanaladas estaba soportada por pilares también de hierro, y más aplicaciones de hierro fundido. Un cartel cuyas letras habían sido elegantemente delineadas identificaba al HOTEL

KINROSS.

No había árboles, de modo que el sol, a pesar de que ya declinaba, seguía haciéndose sentir con intensidad. Tanto que Elizabeth creyó ver una llamarada en la cabellera de la mujer que estaba ante las puertas del hotel.

Su postura marcial y el resuelto aire de invulnerabilidad que rezumaba la

mujer le llamaron tanto la atención que estiró el cuello cuanto pudo para no perderla de vista. Una figura sorprendente. Como Britania en las monedas o Boadicea en las ilustraciones de los libros. La mujer dedicó a Alexander, que cabalgaba junto al carruaje, lo que pareció ser un saludo burlón, y luego se dio la vuelta para mirar en la dirección opuesta a la que llevaba el convoy. Sólo entonces Elizabeth advirtió que estaba fumando un puro y su nariz despedía humo como la de un dragón.

Había mucha gente por todas partes: hombres miserablemente vestidos con monos y camisas de franela y tocados con sombreros de ala ancha, mujeres ataviadas con vestidos de algodón crudo anticuados en por lo menos treinta años y frescos sombreros de paja. También había muchos que eran inequívocamente chinos: llevaban el pelo recogido atrás en una larga trenza, calzaban pintorescos y pequeños zapatos de color blanco y negro, iban tocados con sombreros que parecían ruedas de carro de forma cónica, y tanto los hombres como las mujeres llevaban pantalones y chaquetas idénticas de color negro o azul oscuro.

El convoy se internó en una zona repleta de maquinaria, chimeneas humeantes, cobertizos construidos con chapas de hierro estriado y torres de perforación hechas de madera, hasta que se detuvo al pie de una empinada cuesta que se elevaba hasta una altura de unos trescientos metros. En ese punto una vía férrea ascendía por aquella ladera hasta que se perdía entre los árboles.

—Aquí termina el viaje, Elizabeth —dijo Alexander, ayudándola a bajar del carruaje—. Summers bajará el coche en un momento.

Lo que bajó por las vías, a un ritmo constante, era un vehículo de madera no muy diferente de un ómnibus descubierto montado sobre ruedas de tren, pues contaba con cuatro filas de asientos de madera de seis plazas, entoldados, y una suerte de caja alargada, de base rectangular, también descubierta y de paredes altas, en la que se transportaba la carga. Pero los asientos estaban construidos en un ángulo imposible, de modo que al sentarse, el cuerpo del pasajero se desplazaba inevitablemente hacia atrás.

Después de cerrar el costado del asiento con una barra, Alexander se deslizó junto a Elizabeth y se aferró con ambas manos a una barandilla.

—Sostente y no tengas miedo —dijo—. No te caerás, te lo aseguro.

El aire se pobló de sonidos: el resoplido de los motores, un descomunal y constante estruendo, bastante enloquecedor, el rechinar de los metales, un golpeteo de correas al girar, crujidos, chirridos y rugidos. Desde más arriba llegaba otro sonido, aislado de todos los demás, el de una máquina de vapor. El coche de madera comenzó a avanzar hacia el punto en que las vías describían una curva ascendente, se sacudió, y empezó a subir por aquella pendiente increíblemente empinada. Elizabeth, que estaba acostada, pasó como por arte de magia a estar perfectamente sentada; con el corazón en la boca, miró hacia abajo y vio cómo la ciudad de Kinross se desplegaba ante su vista y se iba haciendo cada vez más y más grande, hasta que llegó el momento en que la luz, reducida a su mínima expresión, dejó de iluminar sus horribles suburbios, que quedaron sumidos en la más impenetrable oscuridad.

—No quería que mi esposa viviera allí abajo —dijo él—. Por eso construí mi casa en la cima de la montaña. Aparte de un sendero, este coche es el único medio con el que contamos para subir y bajar. Vuelve la vista y mira hacia arriba, ¿ves? Lo que mueve este vehículo es un grueso cable, enrollado o desenrollado por un motor.

—¿Por qué el coche es tan grande? —preguntó ella tratando de recomponerse.

—Porque también lo usan los mineros. Las grúas que empleamos en Apocalipsis, esas torres de perforación, están en aquel enorme saliente que acabamos de dejar atrás. Es más fácil para los hombres que internarse en el túnel al pie de la montaña, a causa de los gigantescos montacargas para la mena y la cercanía de las locomotoras. Tenemos unas jaulas que los bajan a la galería principal y, al final de la jornada, los vuelven a subir.

En cuanto el coche comenzó a desplazarse por entre los árboles empezó a refrescar, tanto por la altura, dedujo ella, como por la sombra protectora de las ramas.

—La casa Kinross está a más de novecientos metros sobre el nivel del mar —dijo él, con esa siniestra costumbre que tenía de leerle la mente—.

En verano es agradablemente fresca; en invierno, mucho más cálida.

El coche llegó por fin a terreno llano, se zarandeó un poco, y enseguida se detuvo. Elizabeth, que bajó a toda prisa antes de que Alexander pudiera ayudarla, se sintió maravillada al comprobar cuan rápidamente caía la noche en Nueva Gales del Sur. Aquello no se parecía en nada al lento crepúsculo escocés, aquella hora mágica en la que el cielo se teñía con un suave resplandor.

Al lado del coche se alzaba un seto vivo. Elizabeth lo rodeó y, de pronto, se detuvo bruscamente. Su esposo había construido en un sitio tan apartado como éste una verdadera mansión, hecha con lo que parecían ser bloques de piedra caliza. La casa tenía tres pisos, enormes ventanales de estilo rey Jorge, un portal con sus columnas de rigor que se alzaba al final de una amplia escalinata, y todo el aspecto de haber estado allí desde hacía quinientos años. Al pie de la escalera había un parque de verde césped, y era notorio el empeño que se había puesto en lograr una réplica de un jardín inglés, desde los bien arreglados setos vivos hasta las rosaledas; incluso había un absurdo templo griego.

La puerta estaba abierta, la luz se filtraba generosamente desde cada una de las ventanas.

—Bienvenida a casa, Elizabeth.

Alexander Kinross la tomó de la mano. Subieron juntos la escalinata y entraron.

Todo era de la mejor calidad, y había sido llevado hasta allí, según su astucia escocesa le permitió deducir, a un coste astronómico. Las alfombras, los muebles, las arañas de cristal, los adornos, los cuadros, las cortinas.

Todo; incluso, por lo que sabía, la mismísima casa. Sólo el tenue vaho del queroseno denunciaba que estaba situada en una ciudad iluminada a gas.

Resultó que el ubicuo Summers era el principal factótum de Alexander, y que su esposa era el ama de llaves; una combinación que parecía complacer especialmente a Alexander.

—Disculpe, seora, ¿no querría refrescarse después de su viaje? —

preguntó la señora Summers, tras lo cual condujo a Elizabeth hasta un

impecable cuarto de baño.

Nunca había agradecido tanto algo como aquella invitación; todas las mujeres bien educadas de su época tenían que soportar de vez en cuando horas y horas sin poder vaciar su vejiga, y por lo tanto no se atrevían a beber más que un sorbo de agua antes de salir de viaje, fuesen a donde fuesen. La sed llevaba a la deshidratación, y la orina concentrada producía cálculos en la vejiga y los riñones; la hidropesía acababa con la vida de muchas mujeres.

Después de beber varias tazas de café, comer algunos bocadillos y un trozo de un delicioso pastel de carvi, Elizabeth se fue a la cama tan cansada que no recordaba nada de lo ocurrido antes de entrar en la casa.

—Si no te gustan tus habitaciones, Elizabeth, dime por favor cuáles preferirías —dijo Alexander mientras desayunaban en la estancia más hermosa que Elizabeth había visto en su vida. Las paredes y el techo eran de paneles de vidrio unidos por delicados filetes de hierro pintados de blanco, y había en la sala una verdadera selva de palmeras y helechos.

—Mis habitaciones me gustan mucho, pero no tanto como este sitio.

—Esto es un invernadero, se lo llama así porque en los climas fríos permite mantener con vida a las plantas vulnerables a la escarcha y las heladas durante el invierno.

Alexander vestía sus pieles, como Elizabeth las había bautizado, y su sombrero estaba tirado en una silla vacía.

—¿Vas a salir?

—Ahora que estoy aquí, habitualmente no me verás demasiado hasta la noche. La señora Summers te acompañará a recorrer la casa, así después podrás decirme si hay algo que no te gusta. Es mucho más tuya que mía, tú eres quien pasará más tiempo en ella. Supongo que no tocas el piano…

—No, no podíamos darnos el lujo de tener un piano.

—Entonces buscaré a alguien que te enseñe. La música es una de mis pasiones, así que tendrás que aprender a tocar bien. ¿Cantas?

—Puedo entonar una melodía.

—Bien, hasta que te consiga una profesora de piano, tendrás que entretenerte leyendo y practicando tu caligrafía. —Se inclinó para besarla apenas, se encasquetó el sombrero en la cabeza y se esfumó, llamando a gritos a su sombra, Summers.

Un momento después se presentó en el invernadero la esposa de Summers dispuesta a recorrer con la seora la casa, que le deparó pocas sorpresas hasta que llegaron a la biblioteca; todas las habitaciones eran suntuosas, en un estilo semejante al del hotel de Sydney, incluso la escalera principal, realmente espléndida, parecía una réplica de la del hotel. En el espacioso salón había un arpa y un piano de cola.

—El afinador vino desde Sydney una vez que el piano fue colocado en el sitio más apropiado, es una verdadera molestia que no nos dejen moverlo ni un pelo para limpiarle las patas por debajo —dijo la señora Summers contrariada.

La biblioteca, que era sin duda el refugio de Alexander, no tenía el aspecto artificial que mostraban las otras habitaciones. En aquella inmensidad, en los sitios en los que no había estanterías de roble oscuro o sillones de cuero color verde oscuro había tartanes, pero también empapelado, cortinas y alfombras con el emblema de los Murray. Pero ¿por qué el emblema de los Murray? ¿Por qué no su propio emblema, el de los Drummond? El de los Drummond era un dibujo de cuadros rojos plenos atravesado por múltiples líneas verdes y azul oscuras, un diseño muy llamativo. El de los Murray, en cambio, tenía una base de verde pálido, y los cuadros estaban delimitados por tenues líneas rojas y azules de un matiz más bien oscuro. Ella había advertido que el gusto de su esposo tendía a lo brillante, así que ¿por qué este apagado motivo de los Murray?

—Quince mil libros —dijo la señora Summers con admiración—. El señor Kinross tiene libros de todo tipo —explicó, y agregó, como ofendida

—: Pero ni una sola Biblia. Dice que está llena de disparates. Ese hombre es un ateo, ¡un ateo! Pero el señor Summers ha estado con él desde que lo conoció en algún barco, y no quiere ni oír hablar de dejarlo. Espero acostumbrarme a ser un ama de llaves. No hace más de dos meses que

terminaron de construir la casa. Hasta ese momento yo me ocupaba de la casa en la que vivía con el señor Summers.

—¿Usted y el señor Summers tienen hijos? —preguntó Elizabeth.

—No —replicó la señora Summers secamente. Se irguió y alisó su inmaculado y bien almidonado delantal blanco—. Espero, seora, que esté contenta conmigo.

—Lo estaré, estoy segura —dijo Elizabeth cálidamente, y le dedicó su mejor sonrisa—. Si usted se ocupaba de la casa en la que vivía con el señor Summers, ¿dónde vivía el señor Kinross antes de que esta casa estuviera terminada?

La señora Summers parpadeó y apartó la vista.

—En el hotel Kinross, seora. Un sitio muy cómodo.

—¿El hotel Kinross le pertenece, entonces?

—No —fue la respuesta de la señora Summers y, a pesar de la insistencia de Elizabeth, se negó a seguir hablando del tema.

Los otros criados, descubrió la flamante señora de la casa Kinross cuando fueron a ver la cocina, la despensa, la bodega y el lavadero, eran todos chinos. Hombres chinos que inclinaban su cabeza, sonreían y le hacían reverencias cuando ella pasaba junto a ellos.

—¿Hombres? —exclamó con vos chillona, horrorizada—. ¿Quiere decir que serán hombres los que limpien mis habitaciones, y laven y planchen mi ropa? En ese caso, yo me ocuparé personalmente de mi ropa interior, señora Summers.

—No hay por qué hacer una montaña de un grano de arena, seora —

dijo impasible la señora Summers—. Esos chinos son paganos, y además se ganan la vida lavando desde que yo tengo memoria. El señor Kinross dice que lavan muy bien porque están acostumbrados a lavar seda. Carece de importancia que sean hombres. No son hombres blancos. Sólo son chinos, y paganos.

La criada personal de Elizabeth se presentó apenas hubo concluido el almuerzo. Era una joven china, y pagana, que a Elizabeth le pareció de una

belleza deslumbrante. Frágil y esbelta, su boca se asemejaba a un capullo.

Aunque nunca había visto a una mujer china en su vida, Elizabeth advirtió que en la joven había algo de europeo. Sus ojos eran almendrados pero grandes, y sus párpados bien visibles. Vestía pantalón de seda y chaqueta negros, y llevaba su tupida cabellera, negra y lacia, recogida en la tradicional trenza.

—Estoy muy contenta de estar aquí, seora. Mi nombre es Jade —dijo, con las manos juntas y una tímida sonrisa en los labios.

—Tú no hablas con acento —dijo Elizabeth, que en los últimos meses había oído muchos acentos diferentes sin darse cuenta de que su propio acento escocés era tan cerrado que muchas personas no entendían lo que decía. Jade hablaba como los colonos: un dejo de la entonación de los obreros del este de Londres mezclado con el acento del norte de Inglaterra, el de Irlanda, y un toque más peculiarmente local que todos los otros.

—Mi padre llegó de China hace veintitrés años y aquí conoció a mi madre, que era irlandesa. Yo nací en los yacimientos de oro de Ballarat, seora. Desde entonces, fuimos siguiendo siempre la ruta del oro, pero una vez que papá se juntó con la señorita Ruby, nuestro vagabundeo terminó.

Mi madre huyó con un policía de Victoria cuando nació Peony. Papá dice que la sangre llama a la sangre. Yo creo que ella estaba cansada de tener sólo hijas mujeres. Somos siete.

Elizabeth trató de decir algo amable.

—No seré un ama severa, Jade, te lo prometo.

—Oh, sea todo lo severa que quiera, señorita Lizzy —replicó Jade con vivacidad—. Fui criada de la señorita Ruby, y nadie es tan severo como ella.

De modo que la tal Ruby era una persona difícil.

—¿Quién es su criada ahora?

—Mi hermana Pearl. Y si la señorita Ruby se harta de ella, están Jasmine, Peony, Silken Flower y Peach Blossom.

Gracias a algunas preguntas que hizo a la señora Summers, Elizabeth se enteró de que Jade se alojaría en un cobertizo situado en el patio trasero.

—Eso no me parece nada bueno —dijo Elizabeth con firmeza, sorprendida por su propia audacia—. Jade es una mujer joven y bella y debemos protegerla. Puede mudarse a las habitaciones de la institutriz hasta el momento en que yo necesite los servicios de una. ¿Los criados chinos viven en cobertizos, en el patio trasero?

—Viven en la ciudad —dijo la señora Summers con frialdad.

—¿Suben hasta aquí en el coche?

—¡Claro que no, seora! Vienen caminando, por el sendero.

—¿El señor Kinross sabe cómo maneja usted las cosas, señora Summers?

—No es asunto suyo. ¡Yo soy el ama de llaves! ¡Son chinos y paganos, y quitan el trabajo a los blancos!

Elizabeth sonrió con desdén.

—Nunca en mi vida he sabido de ningún hombre blanco, por muy pobre e indigente que fuese, que estuviera dispuesto a ensuciarse las manos con la ropa sucia de otra persona para ganarse la vida. Su acento es colonial, así que supongo que usted nació y se educó en Nueva Gales del Sur, pero le advierto, señora Summers, que no permitiré que en esta casa se discrimine a las personas de otras razas.

—Me ordenó que me presentara ante el señor Kinross —dijo la señora Summers, enfadada, a su marido—, ¡y él me puso por los suelos! ¡Ahora Jade vive en las habitaciones de la institutriz y los chinos suben hasta la casa en el coche! ¡Qué vergüenza!

—A veces, Maggie, te portas como una estúpida —dijo Summers.

La señora Summers gimoteó.

—Todos ustedes son un atajo de herejes, ¡y el señor Kinross es el peor!

¡Fornica con esa mujer y se casa con una niña que podría ser su hija!

—¡Cierra la boca! —replicó Summers con brusquedad.

Al principio, a Elizabeth le resultó difícil ocupar su tiempo; después de aquella discusión con la señora Summers, se dio cuenta de que la mujer le resultaba muy desagradable, y comenzó a evitarla.

En la biblioteca, a pesar de sus quince mil volúmenes, no había nada que la atrajera demasiado. La mayoría de los textos se referían a temas que no le interesaban, desde geología e ingeniería hasta oro, plata, hierro, acero.

Había estantes abarrotados de informes parlamentarios encuadernados en cuero, estantes en los que se alineaban los textos de las leyes de Nueva Gales del Sur encuadernadas en cuero, y otros más que ostentaban una colección que llevaba el título de Halsbury’s Laws of England. No había ninguna novela. Todas las obras acerca de Alejandro Magno, Julio César y otros hombres famosos que él mencionaba de cuando en cuando estaban en griego, latín, italiano o francés. ¡Qué hombre más culto debía de ser Alexander! Pero también encontró versiones simplificadas de algunas obras míticas, la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano de Gibbon, y las obras completas de Shakespeare. Las obras míticas eran maravillosas; los otros libros, difíciles de leer.

Alexander, que le había ordenado que no asistiera al culto en St.

Andrews (la iglesia anglicana de ladrillos rojos) hasta que no hubiese pasado algún tiempo, parecía suponer que en la ciudad de Kinross no había nadie con quien ella pudiera estar interesada en relacionarse. Elizabeth comenzó a sospechar que él se proponía mantenerla aislada de la gente común, y que estaba condenada a vivir en la montaña en la más absoluta soledad. Como si él quisiera ocultarla.

Sin embargo, dado que no le prohibió que paseara, Elizabeth salía a hacerlo, primero por los hermosos jardines, hasta que un tiempo después se atrevió a ir un poco más lejos. Descubrió el sendero, y lo recorrió hasta llegar al saliente en el que estaban instaladas las torres de perforación de la mina, pero no logró encontrar un sitio apropiado para poder observar lo que ocurría allá abajo. Después de esa primera aventura comenzó a explorar los misterios del bosque, y allí descubrió un mundo fascinante de primorosos

helechos, pequeñas hondonadas cubiertas de musgo, enormes árboles cuyos troncos exhibían los más diversos colores: bermellón, rosa, crema, blanco azulado y todos los matices del pardo. Vio bandadas de gráciles pájaros, papagayos en cuyo plumaje podían distinguirse todos los colores del arco iris, un pájaro esquivo cuyos gorjeos se asemejaban al delicado repique de las campanillas de las hadas, otros que cantaban más melodiosamente que el ruiseñor. Atónita, vio pequeños canguros que saltaban de roca en roca.

Era como si las ilustraciones de un libro hubieran cobrado vida.

Finalmente, se internó hasta un paraje muy alejado de la casa. A medida que avanzaba, oía el sonido rugiente que hacen las aguas turbulentas y, al llegar a un claro, vio una gran corriente que caía en espumosas cascadas desde una colosal pendiente en dirección al bosque y a la jungla de hierro de Kinross. La diferencia era notable y, al mismo tiempo, espantosa; lo que por encima de las cascadas era un paraíso se transformaba, al pie de la montaña, en una horrible maraña de montículos de escoria y detritos, de hoyos y zanjas. Allá abajo el río tenía un aspecto repugnante.

—Encontraste las cascadas.

Era la voz de Alexander, a su espalda. Ella se sobresaltó, y se dio la vuelta.

—¡Me has asustado!

—No tanto como lo habría hecho una víbora. Ten cuidado, Elizabeth.

Las hay por todas partes, y algunas son mortales.

—Sí, ya lo sé. Jade me lo advirtió, y me mostró cómo ahuyentarlas. Hay que golpear el suelo con fuerza.

—Siempre que te dé tiempo a verlas —replicó él mientras se le acercaba—. Lo que ves allá abajo es la prueba de lo que los hombres son capaces de hacer para conseguir oro. Aquéllas son las excavaciones originales. No han rendido mucho en dos años. Y, sí, yo soy personalmente responsable de gran parte de ese desbarajuste. Estuve aquí durante seis meses hasta que se filtró la información de que había encontrado un filón en este minúsculo afluente del río Abercrombie. —Le ofreció su brazo, y emprendieron el regreso—. Ven, quiero que conozcas a tu maestra de piano.

Y lamento —agregó mientras volvían sobre sus pasos— no haber pensado

en traer la clase de libros que debí suponer que podían gustarte. Un error que me estoy ocupando de corregir.

—¿Debo aprender piano? —preguntó ella.

—Si deseas complacerme, sí. ¿Deseas complacerme?

¿Lo deseo?, se preguntó ella. Casi no le veo más que en mi cama, ni siquiera se preocupa de venir a casa a cenar.

—Por supuesto —respondió Elizabeth.

La señorita Theodora Jenkins tenía una cosa en común con Jade; ambas habían seguido la ruta del oro vagabundeando de un sitio a otro acompañando a sus padres. Tom Jenkins había muerto de una cirrosis debida a su afición por la bebida cuando llegó a Sofala, una ciudad minera situada a orillas del río Turon, dejando a su inocente y tímida hija sin techo ni medios de subsistencia. Al principio, ella había conseguido un empleo en una casa de huéspedes, atendiendo las mesas, lavando los platos y haciendo las camas. Gracias a eso contaba con un techo y se ganaba su sustento, aunque su salario no superaba los seis peniques por día. Como tenía un temperamento religioso, la iglesia se convirtió en su gran sostén espiritual, sobre todo cuando el pastor descubrió lo bien que la joven tocaba el órgano.

Después de que el oro se agotó en Sofala, Theodora se mudó a Bathurst.

Allí, Constance Dewy leyó el anuncio que ella había publicado en el Bathurst Free Press y se la llevó a Dunleigh, la finca de los Dewy, para que enseñara a sus hijas a tocar el piano.

Cuando la menor de las hijas de los Dewy fue enviada a un internado en Sydney para continuar sus estudios, la señorita Jenkins regresó a Bathurst y al pesado trabajo de enseñar piano y zurcir ropa. Ahora, Alexander Kinross le había ofrecido una pequeña casa en Kinross y un salario decente para que se ocupara de dar diariamente clases de piano a su esposa. La señorita Jenkins, inmensamente agradecida, aceptó de inmediato.

Todavía no había cumplido treinta años, pero parecía una cuarentona, tanto más cuanto que su apariencia era anodina y su piel, después de muchos años de continuo contacto con el sol, estaba surcada por una fina

trama de delgadas arrugas. Debía sus conocimientos musicales a su madre, que le había enseñado a leer música y se había empeñado en conseguir un piano para Theodora en cada uno de los yacimientos de oro en los que les había tocado vivir.

—Mamá murió al día siguiente de nuestra llegada a Sofala —dijo la señorita Jenkins—, y papá la siguió un año después.

Esa suerte de existencia nómada fascinaba a Elizabeth, que nunca se había alejado más de diez kilómetros de su casa hasta que Alexander la hiciera llamar. ¡Qué difícil era la vida para las mujeres! ¡Y cuan patéticamente feliz se sentía la señorita Jenkins por la oportunidad que Alexander le había ofrecido!

Esa noche, en la cama, se refugió espontáneamente en los brazos de su marido y dejó que su cabeza descansara en su hombro.

—Gracias —susurró, y le dio un beso en el cuello.

—¿Por qué? —preguntó él.

—Por ser tan bueno con la señorita Jenkins. Aprenderé a tocar bien el piano, lo prometo. Es lo menos que puedo hacer.

—Hay otra cosa que puedes hacer por mí.

—¿Qué?

—Quitarte el camisón. La piel debería estar en contacto con la piel.

Elizabeth no pudo negarse. El acto ya se había vuelto demasiado familiar para provocarle vergüenza o malestar, pero el contacto de la piel con la piel no hizo que le resultara más placentero. Para él, en cambio, aquella noche significó una clara victoria.

¡Oh, pero qué difícil era aprender a tocar el piano! Aunque no carecía totalmente de aptitudes, Elizabeth no provenía de un ambiente musical. Eso significaba que debía comenzar desde cero, incluso en cuestiones tan rudimentarias como las formas que adoptaba la música, su vocabulario, su estructura. Día tras día practicaba con dedos vacilantes las escalas ascendentes y las descendentes. ¿Podría, alguna vez, llegar a interpretar una melodía?

—Sí, pero primero tus dedos tendrán que ganar en agilidad y tu mano izquierda tendrá que acostumbrarse a hacer movimientos diferentes de los que haga tu mano derecha. Tus oídos tendrán que llegar a distinguir el sonido exacto de cada una de las notas —dijo Theodora—. Ahora, toca una vez más, querida Elizabeth. Estás progresando, de verdad.

Habían pasado de la formalidad a llamarse por el nombre en menos de una semana, y la rutina que seguían contribuyó en mucho a aliviar la soledad de Elizabeth. Todos los días, de lunes a viernes, a las diez de la mañana, Theodora llegaba en el coche que la traía desde Kinross; estudiaban teoría musical hasta la hora del almuerzo, que compartían en el invernadero, y después se instalaban ante el piano para practicar aquellas interminables escalas. A las tres Theodora se subía otra vez al coche para volver a su casa. A veces daban un paseo por los jardines, y en cierta ocasión se internaron en el sendero hasta que Theodora pudo mostrar a Elizabeth dónde se encontraba su pequeña casa; estaba encantada con ella, y muy orgullosa además.

Pero no invitó a Elizabeth a que la conociera, y Elizabeth sabía muy bien que no debía pedírselo. Alexander había sido muy tajante en ese punto; su esposa no debía ir a Kinross por nada del mundo.

Cuando Elizabeth advirtió que habían pasado ya dos meses desde su última menstruación, supo que estaba embarazada. Pero lo que no supo fue cómo decírselo a Alexander. El problema era que ella todavía no lo conocía de verdad y que, por otra parte, él no era la clase de persona que a ella le gustaría conocer. Aunque había logrado racionalizar sus temores, seguía viéndolo como una figura lejana de la que emanaba una suerte de autoridad que la intimidaba, una persona inmensamente ocupada, ¡tanto, que ni siquiera sabía de qué hablar con él! Así que, ¿cómo podía darle esa noticia, que la colmaba de una secreta alegría pero que nada tenía que ver con el acto o con Alexander? Por más que pensaba, y ensayaba mentalmente distintas formas de decírselo, no encontraba las palabras adecuadas.

Dos meses después de su llegada a la casa Kinross, tocó Para Elisa en presencia de su marido que, por una vez, había llegado a tiempo para cenar con ella. Su interpretación lo deleitó, pues ella había tenido la prudencia de esperar hasta que sus dedos pudieran desplazarse por el teclado sin cometer ningún error.

—¡Maravilloso! —exclamó. La apartó del taburete y la condujo hasta un sillón. Luego se sentó, y la atrajo hacia él, sentándola en sus rodillas.

Primero se mordió los labios, y enseguida carraspeó—. Tengo que hacerte una pregunta.

—¿Sí? —dijo ella, suponiendo que querría saber algo sobre las lecciones de piano.

—Han pasado dos meses y medio desde que nos casamos, pero en ese tiempo tú no has tenido tus períodos. ¿Estás embarazada, querida mía?

Elizabeth se aferró a él con fuerza, conteniendo el aliento.

—¡Oh! ¡Oh! Sí, estoy embarazada Alexander, pero no sabía cómo decírtelo.

Él la besó con dulzura.

—Elizabeth, te amo.

Si aquel momento se hubiese prolongado un poco más, si ella hubiera podido quedarse acurrucada junto a él y él se hubiese dejado invadir por la ternura que sentía, si él se hubiese limitado a hablar de la alegría que significaba la llegada de un hijo y del inefable hecho de que aquella niña, pues Elizabeth todavía lo era casi, estuviese madura para mayores intimidades, ¿quién sabe cómo habría podido ser la vida de ambos?

Pero no fue así como sucedieron las cosas. De pronto, él hizo que se pusiera de pie bruscamente y se plantó frente a ella con la expresión torva y los ojos llameantes de ira, algo que su mujer interpretó como una prueba evidente de que había hecho algo que lo había irritado. Elizabeth comenzó a temblar y a tratar de librarse de aquellas manos que atenazaban con fuerza las suyas.

—Vas a tener un hijo mío. Es horade que sepas quién soy —dijo él con aspereza—. No soy un Drummond… ¡No, quédate quieta! ¡Tranquilízate!

¡Déjame hablar! No soy tu primo hermano, Elizabeth, apenas si soy un

primo lejano de la parte de los Murray. Mi madre era una Murray, pero no tengo la menor idea de quién fue mi padre. Duncan Drummond supo que mi madre se había estado viendo con otro hombre por una sencilla razón: más de un año antes ella se había negado a dormir con él, así que cuando comenzó a engordar no le costó nada darse cuenta de que su esposa esperaba un hijo que no era de él. Cuando se lo reprochó, ella dijo que no revelaría quién era el hombre, sólo admitió que se había enamorado y por eso no había querido tener más contacto íntimo con Duncan, a quien nunca había amado. Mi madre murió al dar a luz, y se llevó su secreto a la tumba.

Duncan era demasiado orgulloso para decir que yo no era su hijo.

Elizabeth escuchaba, aliviada porque él no estaba enfadado con ella y al mismo tiempo horrorizada por aquella historia, pero lo que no lograba entender era por qué él había roto bruscamente el encanto de ese tierno momento de amor en el que se había sentido tan protegida. Si hubiese sido un poco mayor, más madura, tal vez se habría preguntado por qué esta revelación no podía postergarse para algún otro día, pero sólo atinó a pensar en ese diablo que había visto en él cuando lo conoció y que ahora reaparecía y ahuyentaba al hombre amante y cariñoso. El bebé que ella llevaba en sus entrañas era menos importante para él que su secreta bastardía.

Pero tenía que decir algo.

—¡Oh, Alexander! ¡Pobre mujer! ¿Dónde estaba ese hombre, para dejarla morir así?

—No lo sé, y me lo he preguntado muchas veces —replicó él con voz aún más áspera—. Lo único que sé es que estaba más preocupado por su pellejo que por mi madre o por mí.

—Tal vez había muerto —dijo ella, tratando de ayudar.

—No creo. De todos modos —continuó él—, pasé mi infancia sufriendo bajo el yugo de un hombre que yo creía mi padre, preguntándome por qué nunca podía complacerlo. No sé de dónde me vendría, pero yo tenía un carácter terco y testarudo, así que no me dejaba acobardar por nadie y jamás pedía clemencia por más duramente que Duncan me golpeara, lo que

sucedía a menudo, o por muy repugnante que fuera lo que me ordenara hacer. Simplemente lo odiaba. ¡Lo odiaba!

Y ese odio todavía te gobierna, Alexander Kinross, pensó ella.

—¿Cómo lo supiste? —preguntó, sintiendo que se le encogía el corazón.

—Cuando llegó Murray a hacerse cargo de la iglesia, Duncan encontró en él un alma gemela. Desde el primer día fueron el uno para el otro, y Duncan debió de haberle contado la historia de mi origen casi al principio.

Yo me había acostumbrado a pasar muchas horas en la casa parroquial estudiando con el doctor MacGregor, pues Duncan jamás habría contradicho a su pastor, y supuse, ingenuamente, que lo mismo pasaría con Murray. Pero Murray me desterró: dijo que estaba seguro de que yo nunca podría llegar a la universidad. Me enfurecí, y lo golpeé. Con la mandíbula rota y todo, se las arregló para escupirme en la cara que yo era un bastardo, que mi madre era una vulgar prostituta, y que esperaba que me achicharrara en el infierno por lo que yo y mi madre le habíamos hecho a Duncan.

—Una historia terrible —dijo ella—. Así que escapaste, eso me contaron.

—Esa misma noche.

—¿Tu hermana era buena contigo?

—¿Winifred? Sí, a su modo, pero era cinco años mayor que yo, y se casó en la época en que me fue revelada la verdad. Supongo que ella no sabe nada —respondió, y le soltó las manos—. Pero tú sí sabes, Elizabeth.

—Ya lo creo —repuso ella quedamente—. Ya lo creo. Desde el momento en que te conocí, sentí que había algo extraño en ti, no actuabas como ninguno de los Drummond que yo conocía —agregó, con una sonrisa extraída de algún manantial de fuerza e independencia que no sabía que poseía—. La verdad es que me recordaste a Satanás, con esa barba y esas cejas. Estaba completamente aterrorizada.

Alexander rio, y la miró con asombro.

—Entonces, la barba desaparecerá de inmediato. En cuanto a las cejas, no es mucho lo que puedo hacer. Al menos, no puede haber duda alguna acerca de quién es el padre de este niño.

—Ninguna duda, Alexander. Llegué a ti virgen.

Por toda respuesta, él tomó su mano derecha y se la besó. Luego, se dio la vuelta y abandonó el salón. Cuando ella se fue a la cama él no estaba allí.

Esa noche no aparecería por el dormitorio. Tendida en su cama con los ojos abiertos, Elizabeth lloró. Cuantas más cosas sabía de su marido, menos convencida se sentía de poder llegar a amarlo alguna vez. Lo que lo gobernaba era su pasado, no su futuro.

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