El desafío
Primera Parte 1872-1885
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Cuando oyó que golpeaban a la puerta —le parecía que hacía varias horas que estaba allí encerrada—, se incorporó de un salto de la litera para ir a abrir, con el corazón palpitándole aceleradamente. Pero no era sino Perkins, el camarero que atendía a los pasajeros.
—Sus baúles ya están en tierra, señorita, ahora le toca a usted desembarcar.
—¿Y la señora Halliday? —preguntó ella, yendo tras él en medio de un caos de cabrestantes que bajaban toda clase de cajas dispuestas en cestas de soga, hombres rubicundos en ropas de trabajo, marineros que hacían sonar sus silbatos y vociferaban a más no poder.
—Oh, ella desembarcó hace un buen rato. Me pidió que le diera esto. —
Perkins rebuscó en el bolsillo de su chaleco y luego le tendió una pequeña tarjeta—. Si la necesita, puede encontrarla allí.
¿En la planchada, o tal vez sobre las sucias tablas del muelle, mezclados con las altas pilas de cajas y maletas? ¿Dónde estaban sus baúles?
Por fin los encontró en un rincón relativamente apacible: estaban contra la pared de un ruinoso cobertizo. Elizabeth se sentó en uno de ellos, puso la bolsa en su regazo y entrecruzó las manos sobre ella.
¿Adónde ir? ¿Qué hacer? Pensando que si Alexander Kinross veía la tartana típica de los Drummond la reconocería enseguida, se había puesto uno de los vestidos que ella misma había cosido, pero aquél no era el clima apropiado para la sarga; en realidad, pensó, aturdida por el intenso calor, poco de lo que traía en sus baúles era apropiado para ese clima. El sudor le bañaba la cara, se deslizaba por detrás de su cuello desde el pelo, recogido
dentro de una gorra que hacía juego con el vestido, y penetraba hasta sus bragas de percal empapando también la tartana.
Y, a pesar de todo, fue ella quien lo reconoció a él en un santiamén, gracias a la señorita MacTavish. Estaba mirando hacia un estrecho sendero que se había formado entre las filas de bultos recién desembarcados, y de pronto vio a un hombre que caminaba como si se llevara el mundo por delante. Alto y más bien esbelto, vestía ropas que ella no podía reconocer, acostumbrada como estaba a los hombres que usaban pantalones de franela y gorras, o kilts, o trajes oscuros sobre camisas de cuello duro y almidonado y rígidos sombreros. En cambio él llevaba puestos un pantalón liviano hecho con una piel de color gamuza, una camisa sin almidonar con un pañuelo al cuello, una chaqueta abierta de la misma tela que el pantalón y de cuyas mangas colgaban largos flecos, y un sombrero de gamuza nada rígido de copa baja y alas anchas. Bajo el sombrero, un rostro delgado y muy bronceado; su pelo negro salpicado de canas caía en rizos sobre sus hombros, y su barba negra y su bigote, más grises que su pelo, estaban cuidadosamente recortados; parecía un calco exacto de la barba de Satanás.
Ella se incorporó, y en ese momento él advirtió su presencia.
—¿Elizabeth? —preguntó, tendiéndole la mano.
Ella no se la estrechó.
—Así que sabes que no soy Jean…
—¿Por qué habría de pensar que eres Jean si obviamente no lo eres?
—Pero tú… Tú escribiste pidiendo a… a Jean —titubeó ella sin atreverse a mirarlo a la cara.
—Y tu padre me respondió ofreciéndote en lugar de ella. Eso no tiene ninguna importancia —dijo Alexander Kinross, volviéndose para llamar a un hombre que venía tras él—. Carga sus baúles en el carro, Summers. Yo la llevaré a ella al hotel en un coche de punto. —Y luego, dirigiéndose a Elizabeth—: Te habría encontrado antes si no hubiera sido porque dio la casualidad de que mi dinamita venía en tu barco. Tuve que hacerla descargar y conseguir que la estibaran en un lugar seguro antes de que algún bribón emprendedor le echara el guante. Ven.
La tomó del brazo y la guio por el pasillo hasta que llegaron a lo que parecía una calle amplia en extremo, una mezcla de almacén y vía pública abarrotada de mercancías en la que una multitud de hombres acribillaban con sus picos el adoquinado de madera.
—Van a extender el ferrocarril hasta los muelles —explicó Alexander Kinross mientras la ayudaba a subir a uno de los varios coches de punto que merodeaban por allí. Un momento después, ya sentado a su lado, agregó—: Estás ardiendo. No me extraña, con esas ropas…
Elizabeth se armó de coraje y volteó la cabeza para poder estudiar bien su cara. La señorita MacTavish tenía razón. No era guapo, aunque sus rasgos eran bastante armoniosos. Tal vez no fueran rasgos de los Drummond ni de los Murray. Le resultaba difícil creer que ese hombre era su primo hermano. Pero lo que le provocó un verdadero escalofrío fue su decidida semejanza con Satanás. No sólo por la barba y el bigote; sus cejas, muy puntiagudas, eran negras como el azabache, y sus ojos, que parecían hundidos tras unas negras pestañas, eran tan oscuros que Elizabeth no podía distinguir la pupila del iris.
Él le devolvió el reconocimiento, pero con más indiferencia.
—Esperaba que fueras como Jean… rubia —dijo.
—Me parezco a los Murray, escoceses morenos.
Él sonrió; era, como había dicho la señorita MacTavish, una sonrisa maravillosa, pero Elizabeth no sintió que se le aflojaran las piernas al verla.
—Yo también, Elizabeth. —Llevó su mano a la barbilla de ella y la hizo voltear la cabeza hacia la luz—. Tus ojos son extraordinarios, oscuros, pero ni castaños ni negros. Azul marino. ¡Eso sí que es bueno! Significa que hay una posibilidad de que nuestros hijos parezcan más escoceses que nosotros.
El contacto de su mano la hizo sentir incómoda, lo mismo que su referencia a los hijos; en cuanto se dio cuenta de que él no se ofendería, se zafó de sus dedos y clavó la vista en la bolsa que llevaba en su regazo.
El caballo marchaba con dificultad cuesta arriba; el coche iba alejándose lentamente de los muelles para internarse en una ciudad grande de verdad que, a los ojos inexpertos de Elizabeth, parecía ser tan bulliciosa como Edimburgo. Carruajes, sulquis, calesas, coches de punto, carros,
narrias, carromatos y omnibuses tirados por caballos abarrotaban las estrechas calles, las primeras flanqueadas por edificaciones comunes y corrientes, aunque a medida que avanzaban iban apareciendo una tras otra misteriosas tiendas cuyas marquesinas, que sobresalían hasta el borde de la acera, ocultaban a los ojos de quienes iban por la calzada las mercancías exhibidas en las vidrieras, una verdadera pena.
—Gracias a las marquesinas —dijo él, como si le hubiera leído la mente, otra característica más de Satanás—, los compradores no se mojan cuando llueve y no sufren el calor cuando el sol quema.
Elizabeth no abrió la boca.
Veinte minutos después de haber salido de la zona del puerto el coche se metió en una calle más ancha flanqueada en su extremo más alejado por un extenso parque en el que el césped parecía absolutamente seco y sin vida.
En el centro de esa calle se podía ver un par de huellas iguales; aquí el transporte público tomaba la forma de tranvías tirados por caballos. El cochero detuvo la marcha frente a un enorme edificio amarillo revestido de arenisca ornamentado con columnas dóricas en la entrada, y un hombre maravillosamente uniformado ayudó a Elizabeth a bajar del coche. Hizo una respetuosa reverencia a Alexander, que repitió con más entusiasmo después de que éste deslizara en su mano una moneda de oro.
El hotel era increíblemente suntuoso. Una escalinata imponente, felpa de color carmesí por todas partes, enormes jarrones cargados de flores carmesí, el destello dorado de los marcos de los cuadros, las mesas y los pedestales. Una colosal araña de cristal con sus velas encendidas. Hombres de librea se ocupaban de sus baúles mientras Alexander la guiaba, no a la escalinata, sino a lo que parecía ser una gigantesca pajarera, de bronce lustroso, donde otro hombre de librea esperaba con sus manos enguantadas junto a la puerta abierta. Una vez que ella, Alexander y el hombre de librea estuvieron dentro, la pajarera se sacudió y tembló, ¡y luego comenzó a subir! Entre fascinada y aterrorizada, Elizabeth miró hacia abajo y vio que el vestíbulo se alejaba. Luego vio un corte transversal de un piso, y un pasillo de color carmesí; chirriando y crujiendo, la pajarera seguía
subiendo. Cuatro, cinco, seis pisos. Tras una última sacudida, se detuvo para dejarlos salir.
—¿Nunca habías visto un ascensor, Elizabeth? —preguntó Alexander jovialmente.
—¿Ascensor?
—O, en California, elevador. Funcionan por un principio hidráulico: la presión del agua. Los ascensores son una invención muy reciente. Éste es el único que hay en Sydney, pero pronto todos los edificios comerciales serán más grandes y la gente que los frecuenta no tendrá que subir cientos de escalones. Cuando vengo a Sydney me alojo siempre en este hotel porque tiene ascensor. Las mejores habitaciones están en el piso superior, y ahí se respira aire puro, hay una hermosa vista y mucho menos ruido. —Sacó de un bolsillo una llave y abrió una puerta—. Ésta es tu suite, Elizabeth —dijo, mientras consultaba su reloj de oro. Luego señaló un reloj colocado sobre la repisa del hogar—. Enseguida vendrá la criada a deshacer tu equipaje.
Tienes hasta las ocho para tomar un baño, descansar y arreglarte para la cena. Vestido de noche, por favor.
Dicho lo cual, dio media vuelta y se marchó rumbo al vestíbulo.
Elizabeth sintió que ahora sí le temblaban las piernas, pero no por la sonrisa de Alexander Kinross. ¡Qué habitación suntuosa! Estaba pintada de un color verde claro y tenía una cama gigantesca de cuatro columnas; además, en un anexo había una mesa con sus respectivas sillas y algo que parecía una combinación de cama pequeña y sofá. Un par de puertas francesas conducían a un balconcito. ¡Oh, él tenía razón! ¡La vista era maravillosa! Ella no había estado nunca en su vida en una casa que tuviera más de un piso. ¡Ojalá hubiera podido ver el lago Leven y el condado de Kinross desde una altura así! Toda la parte oriental de Sydney se desplegaba ante ella: lanchas cañoneras amarradas en una bahía, muchas hileras de casas, bosques que cubrían las lejanas colinas y bordeaban las playas de lo que realmente parecía, desde esa altura, el puerto más grandioso del mundo.
Pero ¿aire puro? No para la sensible nariz de Elizabeth, que seguía impregnada de aquel fétido hedor.
La criada golpeó a la puerta y entró; traía una bandeja con té, unos pequeños bocadillos y pastel.
—Pero tome su baño antes, señorita Drummond. El camarero de planta preparará el té cuando usted esté lista —dijo la criada en un tono solemne.
Elizabeth descubrió que la habitación contaba con un enorme cuarto de baño al que se accedía por una puerta situada más allá de la cama, en el que había, además, lo que la criada llamó un vestidor, lleno de espejos, armarios y pequeñas mesas.
Alexander debía de haber explicado a la camarera que todo eso resultaría desconocido a su futura esposa, porque la mujer, sin dejarlo traslucir, se puso manos a la obra: mostró a Elizabeth cómo accionar el depósito del retrete, la ayudó a darse un baño en la descomunal tina y le lavó el pelo apelmazado por la sal como si estuviera acostumbrada a ver mujeres desnudas todo el tiempo y eso no la alterara en lo más mínimo.
Alexander Kinross, pensó Elizabeth más tarde, mientras bebía una taza de té. La primera impresión puede ser engañosa, alimentada por el azar y el chismorreo, por la ignorancia y la superstición. La mala suerte había querido que Alexander Kinross fuera la imagen rediviva de aquel dibujo del rostro de Satanás que el doctor Murray había colgado adrede en la pared de la sala en la que los niños se reunían a estudiar la Biblia. Su propósito era aterrorizar a los niños de su congregación, y lo había logrado: aquella boca de labios delgados que sonreía sarcásticamente, las horribles y oscuras cuencas de sus ojos, la malignidad que tan astutamente sugerían las líneas y las sombras. Lo único que a Alexander Kinross le faltaba eran los cuernos.
El sentido común decía a Elizabeth que se trataba de una mera coincidencia, pero ella todavía era más niña que mujer. No era culpa de él, pero Alexander Kinross entró en la vida de Elizabeth con una desventaja insalvable, y ella le tomó ojeriza. La sola idea de casarse con él la aterrorizaba. ¿Cuándo será?, pensó. ¡Oh, ojalá que todavía no!
¿Cómo puedo mirar esos ojos diabólicos y decir a su dueño que no es el esposo que yo habría elegido?, se preguntaba. Mary me explicó lo que sucede en la cama matrimonial, pero yo ya sabía que no es nada agradable para una mujer. Antes de que me marchara, el doctor Murray me aclaró que una mujer que goza del acto peca tanto como una prostituta. Dios da placer en ello sólo a los maridos. Las mujeres son la fuente del mal y las tentaciones, por lo tanto, si los hombres incurren en pecado carnal es por culpa de ellas. Fue Eva quien sedujo a Adán, Eva quien se dejó convencer por la serpiente, que era la forma en que se le había aparecido el mismísimo diablo. El único placer que está permitido a las mujeres es el que les procuran sus hijos. Mary me dijo que si una mujer es sensata separa lo que sucede en la cama matrimonial de la persona de su esposo, que en todo lo demás es su amigo. ¡Pero yo no puedo imaginar a Alexander como amigo!
Le tengo más miedo que al doctor Murray.
Los miriñaques, había dicho con autoridad la señorita MacTavish, ya no estaban de moda, pero las faldas todavía eran voluminosas, sostenidas por una capa tras otra de enaguas. Las enaguas de Elizabeth, de algodón sin blanquear y carentes de adornos, eran muy poco vistosas. Sólo el vestido de noche había sido hecho por la señorita MacTavish, pero también ése, sintió Elizabeth cuando la criada la ayudó a ponérselo, carecía del menor encanto.
Por suerte el vestíbulo, iluminado con luz de gas, estaba bastante oscuro; Alexander recorrió su figura de la cabeza a los pies, y luego meneó la cabeza, aparentemente satisfecho. Llevaba puesto un frac, una prenda masculina que ella sólo había visto en las revistas de modas. El blanco y el negro de su atuendo no hacían sino realzar su aspecto mefistofélico, pero ella de todos modos le cogió del brazo y dejó que él la condujera hasta el ascensor.
Cuando llegaron al vestíbulo Elizabeth comprendió claramente las limitaciones de la Escocia rural y de la señorita MacTavish; la visión de
aquellas damas que caminaban del brazo de los caballeros hizo trizas el orgullo que sentía por su vestido de tafetán azul oscuro. Llevaban los brazos y los hombros desnudos, separados por un moño de seda o un vaporoso encaje; sus cinturas eran minúsculas, y las faldas se unían en la espalda formando enormes bultos, los volados caían en cascadas y terminaban en una cola con la que barrían el suelo al caminar; sus guantes, que hacían juego con sus vestidos, llegaban por encima de los codos; llevaban el pelo recogido en altos peinados, y en el pecho a medias descubierto destellaban las joyas.
Cuando la pareja entró en el salón comedor se hizo un repentino silencio entre los comensales. Todas las cabezas se volvieron para mirarlos; los hombres, muy serios, saludaron a Alexander con una inclinación de cabeza, y las mujeres se atildaron. Un momento después, comenzaron los cuchicheos. Un corpulento camarero los guio hasta una mesa a la cual ya había otras dos personas sentadas, un hombre mayor vestido con lo que ella aprendería a llamar «traje de etiqueta», y una mujer de alrededor de cuarenta años que llevaba un espléndido vestido y lucía magníficas joyas.
El hombre se puso de pie para saludar con una reverencia; la mujer, que no se movió de su silla, exhibía una sonrisa forzada en un rostro cuya expresión, de otro modo, habría sido decididamente indescifrable.
—Elizabeth, te presento a Charles Dewy y a su esposa Constance —dijo Alexander mientras Elizabeth ocupaba la silla que el camarero había apartado de la mesa.
—Querida, eres encantadora —dijo el señor Dewy.
—Encantadora —repitió la señora Dewy.
—Charles y Constance serán nuestros testigos de boda. La ceremonia será mañana por la tarde —anunció Alexander mientras miraba la carta—.
¿Prefieres alguna comida en especial, Elizabeth?
—No, señor —replicó ella.
—No, Alexander —la corrigió él amablemente.
—No, Alexander.
—Conozco demasiado bien la clase de platos que comías en tu casa, así que ordenaremos algo sencillo. Hawkins —dijo dirigiéndose al impertérrito
camarero—, tráiganos una meuniére de platija, un sorbete y carne asada.
Bien cocida para la señorita Drummond, más bien jugosa para mí.
—En estas aguas no hay lenguados —explicó el señor Dewy—. Por eso hacemos la meuniére con platija. Pero debería usted probar las ostras. Me atrevería a decir que son las mejores del mundo.
—¿Qué demonios se propone Alexander casándose con esta criatura?
—preguntó Constance a su marido apenas el ascensor los hubo dejado en el quinto piso.
Charles Dewy dibujó una amplia sonrisa y alzó las cejas.
—Ya conoces a Alexander, querida. Esto resuelve sus problemas. Pone a Ruby en su sitio y, al mismo tiempo, le procura una mujer lo suficientemente joven para moldearla a su antojo. Se ha mantenido soltero durante demasiado tiempo. Si no comienza a formar una familia de una vez por todas no tendrá tiempo para enseñar a sus hijos cómo se administra un imperio.
—¡Pobre pequeña! Su acento es tan cerrado que apenas pude entender una palabra de lo que dijo. ¡Y ese vestido espantoso! Sí, es cierto, conozco a Alexander, y sé que le gustan las mujeres opulentas, no las damiselas esmirriadas. Fíjate en Ruby.
—Me he fijado, Constance, me he fijado. Pero sólo con la lascivia propia de un simple espectador, lo juro —dijo Charles, que se permitía aquel tono jocoso con su esposa porque se llevaba de perlas con ella—. No obstante, la pequeña Elizabeth sería realmente maravillosa si se arreglase mejor. ¿Y tienes alguna duda de que Alexander se ocupará de eso? Yo no.
—Ella le tiene miedo —dijo Constance con convicción.
—Bueno, eso era de esperar, ¿o no? En esta perversa ciudad no hay una sola muchacha de dieciséis años que esté tan protegida como lo ha estado Elizabeth. Eso es obvio. Y es la razón por la que la pidió en matrimonio, estoy seguro. Él puede flirtear con Ruby, y con una docena de mujeres más, pero jamás se casaría con una que no fuese completamente inocente. Ésa es
su parte escocesa y presbiteriana, por más que alardee de su ateísmo. Esa iglesia no ha cambiado en lo más mínimo desde los tiempos de John Knox.
Se casaron al día siguiente a las cinco de la tarde, según el rito presbiteriano. La señora Dewy no tuvo nada que criticar en el vestido de novia de Elizabeth, muy sencillo, cerrado hasta el cuello, de mangas largas, adornado solamente por unos minúsculos botones forrados que jalonaban la pechera desde el cuello hasta la cintura. El raso dejaba oír su frufrú, las bragas no se transparentaban, y las sandalias blancas resaltaban sus tobillos, que Charles Dewy vio como el anuncio prometedor de unas piernas largas y bien formadas.
La novia estaba serena; el novio, imperturbable; al dar el sí, la voz no les tembló. Cuando los declararon marido y mujer, Alexander alzó el velo de encaje que cubría el rostro de Elizabeth y la besó. Aunque este gesto pareció bastante inocuo a los Dewy, Alexander sintió que ella se estremecía y se retraía apenas. Pero el momento pasó, y después de recibir las cálidas felicitaciones de los Dewy en la puerta de la iglesia, las dos parejas se marcharon cada una por su lado: los Dewy regresaron a su casa, en algún lugar llamado Dunleigh, mientras el señor y la señora Kinross regresaron caminando al hotel, donde esa noche cenarían por primera vez como esposos.
Cuando entraron en el salón comedor Elizabeth todavía llevaba puesto su vestido de novia, de modo que esta vez los otros comensales aplaudieron. Ruborizada, caminó con la vista fija en la alfombra. La mesa estaba adornada con flores blancas, crisantemos mezclados con etéreas margaritas; se sentó, y las contempló fijamente como si buscara algo que decir, algo que aliviara su turbación.
—Flores de otoño —dijo Alexander—. Aquí las estaciones están invertidas. Vamos, bebe una copa de champán. Tendrás que aprender a apreciar el vino. Y no te preocupes por lo que te puedan haber enseñado en la iglesia, hasta Jesús y sus mujeres bebían vino.
Ella sentía arder la sencilla alianza de oro, aunque no tanto como el otro anillo que llevaba en el mismo dedo, un solitario coronado por un diamante del tamaño de una moneda. Cuando Alexander se lo había ofrecido, durante el almuerzo, ella no había sabido dónde mirar; por nada del mundo quería enterarse de lo que había en aquel pequeño estuche que él le tendía a través de la mesa.
—¿No te gustan los diamantes? —había preguntado él.
—¡Oh, sí, sí! —replicó sin ocultar su nerviosismo—. Pero ¿es adecuado? Es muy… muy llamativo.
Alexander frunció el entrecejo.
—Un diamante es lo que indica la tradición, y el diamante de mi esposa debe estar de acuerdo con su posición social —dijo, mientras tendía una mano para tomar la izquierda de ella y le deslizaba el anillo en el dedo corazón—. Sé que todo esto debe de resultarte extraño, Elizabeth, pero eres mi esposa y has de usar y tener lo mejor. Siempre. Me doy cuenta de que el tío James no te dio más que una pequeña parte del dinero que envié, pero eso es algo que yo ya suponía. —Sonrió forzadamente—. Es muy ahorrativo con sus peniques el tío James. Sin embargo, eso se terminó —
agregó, tomando la mano de Elizabeth entre las suyas—. Desde hoy, eres la señora Kinross.
Tal vez la expresión que vio en sus ojos lo hizo vacilar, porque calló repentinamente y se puso de pie con inusitada torpeza.
—Un puro —dijo, yendo hacia el balcón—. Me gusta fumar un puro después de comer.
Y así había concluido la conversación; la siguiente vez que Elizabeth lo vio fue en la iglesia.
Ahora era su esposa, y tenía que comer algo que no le gustaba.
—No tengo apetito —murmuró.
—Sí, me lo imaginaba. Hawkins, traiga a la señora Kinross un consomé y un soufflé liviano y sabroso.
El resto del tiempo que pasaron en el salón comedor quedó guardado con llave en un cajón de su mente que después ella nunca pudo abrir; más adelante comprendería que su confusión, la inquietud y la alarma que la
embargaban se debían a la rapidez con que se habían sucedido los acontecimientos y a la conmoción que provocaron en ella tantas nuevas emociones. No era la perspectiva de su noche de bodas lo que dominaba su estado de ánimo, era más bien la perspectiva de un exilio que duraría toda la vida y que iba a compartir con un hombre al que no amaba.
El acto (como lo llamaba Mary) debía llevarse a cabo en la cama de la esposa; apenas Elizabeth se hubo puesto el camisón y la criada se hubo retirado, una puerta que estaba en el otro extremo de la habitación se abrió para dar paso a su marido, que vestía una bata de seda bordada.
—Vengo a meterme en la cama contigo —dijo, sonriendo. Luego, fue apagando una por una las lámparas de gas.
¡Mejor, mucho mejor! No podría verlo, y si no lo veía podría sobrellevar el acto sin avergonzarse.
Alexander se sentó en el borde de la cama, apoyado sobre una de sus piernas flexionada, dispuesto a contemplarla desde allí; evidentemente, podía ver en la oscuridad. Pero el ataque de nervios que ella esperaba tener no se produjo; él parecía muy tranquilo, muy relajado y sereno.
—¿Sabes lo que debe suceder? —preguntó.
—Sí, Alexander.
—Al principio te dolerá, pero después, espero que aprendas a disfrutarlo. ¿Ese viejo perverso, el doctor Murray, sigue siendo el pastor de la iglesia?
—Sí —replicó ella boquiabierta, horrorizada por aquella descripción del doctor Murray, ¡cómo si el doctor Murray fuera la personificación del diablo!
—Hay más reproches por su miseria humana ante su puerta que ante las puertas de mil decentes y honestos chinos, por muy paganos que sean.
Elizabeth percibió el crujido de la seda, luego el peso del cuerpo de él sobre la cama, y finalmente el movimiento de las sábanas cuando Alexander se deslizó entre ellas y la estrechó entre sus brazos.
—No estamos aquí juntos nada más que para concebir hijos, Elizabeth.
Lo que vamos a hacer está santificado por el matrimonio. Es un acto de amor, de amor. No simplemente de la carne, sino de la mente y también del alma. No hay nada en él que debas considerar desagradable.
Cuando descubrió que él estaba desnudo se encogió cuanto pudo, y cuando él trató de quitarle el camisón se resistió. Encogiéndose de hombros, Alexander logró levantarlo desde el dobladillo y sus ásperas manos comenzaron a recorrer las piernas de ella, sus caderas y su vientre, hasta que se produjo el cambio que lo incitó a cubrirla con todo su cuerpo y penetrarla. El dolor la hizo llorar, pero lo cierto era que había sufrido tormentos mucho peores: el bastón de su padre, caídas, cortes. Y todo terminó enseguida; él se comportó exactamente como Mary había dicho: se había estremecido y había jadeado audiblemente, y luego se había retirado.
Pero no de la cama. Se quedó allí hasta que el acto se repitió dos veces más.
No la había besado, pero en el momento en que se disponía a regresar a su habitación rozó los labios de ella con los suyos.
—Hasta mañana, Elizabeth. Ha sido un buen comienzo.
Una cosa la consolaba, pensó ella, soñolienta; no había sentido que él fuese Satanás. Su aliento era fresco y su cuerpo olía bien. Y supo que, si no había que temer que en el acto ocurriera nada más espantoso que lo que acababa de ocurrir, entonces ella podría sobrevivir, y con el tiempo tal vez incluso podría llegar a disfrutar de la vida que él se proponía ofrecerle en Nueva Gales del Sur.
Alexander se quedó con Elizabeth varios días, y se ocupó de todo lo que ella podía necesitar. Eligió una criada, controló a las modistas y los sombrereros, los calceteros y los zapateros, le compró lencería tan hermosa que ella se quedó atónita, además de perfumes, lociones para la piel, abanicos y bolsas, y hasta varias sombrillas diferentes que hacían juego con sus distintos atuendos. Elizabeth se daba cuenta de que él se veía a sí mismo como un marido amable y solícito, pero lo cierto era que tomaba todas las decisiones sin consultarla: cuál de las dos criadas que a ella le habían caído
bien se quedaría con el empleo, con qué ropas debía vestirse ella, desde los colores a los modelos, el perfume que a él le gustaba, la cantidad de joyas con que la obsequiaba. «Autócrata» no era una palabra que ella conociera, así que empleó la palabra que sí conocía, «déspota». Pues bien, en realidad Padre y el doctor Murray eran déspotas. Aunque la autoridad de Alexander era más sutil: venía envuelta en el terciopelo de los cumplidos.
Al día siguiente de aquella sorprendentemente tolerable noche de bodas, durante el desayuno, ella trató de averiguar algo más sobre él.
—Alexander, lo único que sé de ti es que te marchaste de Kinross cuando tenías quince años, que trabajaste como aprendiz de calderero en Glasgow, que el doctor MacGregor pensaba que eras muy inteligente, y que has hecho una pequeña fortuna en los yacimientos de oro de Nueva Gales del Sur. Seguramente hay mucho más que yo deba saber. Cuéntame, por favor —dijo.
Él soltó una carcajada que sonó encantadora, espontánea.
—Debería haber sabido que nadie iba a abrir la boca —dijo, y sus ojos se iluminaron con un brillo de picardía—. Por ejemplo, apuesto a que nadie te contó que hice morder el polvo de un puñetazo al viejo Murray…
—¡No!
—Oh, sí. Le quebré la mandíbula. Pocas veces en mi vida disfruté tanto.
Él acababa de suceder en la parroquia a Robert MacGregor, que era un hombre educado, culto, civilizado. Se podría decir que me marché de Kinross porque no podía quedarme en una ciudad de filisteos de la calaña de John Murray.
—Sobre todo si le habías quebrado la mandíbula al pastor —dijo ella sintiendo una secreta y culpable satisfacción. No opinaba para nada lo mismo que Alexander del doctor Murray, pero estaba empezando a recordar cuántas veces el pastor la había hecho sufrir o la había mortificado.
—Y, en realidad, eso es lo más importante —dijo él, encogiéndose de hombros—. Viví algún tiempo en Glasgow, viajé a Norteamérica, y después de California a Sydney, e hice algo más que una pequeña fortuna en los yacimientos de oro.
—¿Viviremos en Sydney?
—De ninguna manera, Elizabeth. Tengo mi propia ciudad, Kinross, y tú vivirás en la nueva casa que he hecho construir para ti en la cima del monte Kinross, desde la cual no tendrás que ver la Apocalipsis, mi mina.
—¿Apocalipsis? ¿Qué significa?
—Es una palabra griega. Nombra un acontecimiento espantoso y violento, el fin del mundo. ¿Qué mejor nombre para algo que desmigaja y trastorna tanto la tierra como una mina de oro?
—¿Tu ciudad está lejos de Sydney?
—No para lo que son las distancias en Australia, pero bastante lejos de todos modos. El ferrocarril, me refiero al tren, nos dejará a unos ciento sesenta kilómetros de Kinross. Desde allí viajaremos en carruaje.
—¿Kinross es lo suficientemente grande para tener una iglesia?
Él alzó el mentón, y su barba pareció hacerse más puntiaguda.
—Tiene una iglesia anglicana, Elizabeth. No permitiré que en mi ciudad se instale un solo pastor presbiteriano. Antes que eso autorizaría a los papistas o los anabaptistas.
Elizabeth sintió que se le secaba la boca; tragó saliva.
—¿Por qué usas esas ropas tan extrañas? —preguntó, para no seguir hablando de un tema tan espinoso.
—Se han convertido en parte de mí. Cuando me ven vestido así, todos creen que soy norteamericano. Desde que se descubrió que aquí había oro han venido miles de norteamericanos. Pero la verdadera razón por la que las uso es que son livianas, cómodas, y se amoldan al cuerpo. No se desgastan, y se lavan como se lava un trapo cualquiera porque son de piel de gamuza.
Además son frescas. Parecen norteamericanas, pero me las hice hacer en Persia.
—¿También has estado allí?
—He estado en todos los sitios por los que pasó mi famoso tocayo, y también en otros que él ni siquiera soñó que pudieran existir.
—¿Tu famoso tocayo? ¿Quién?
—Alejandro… Alejandro Magno —agregó enseguida, cuando advirtió que ella lo miraba sin entender—. Rey de Macedonia y de casi iodo el mundo conocido en esa época. Hace más de dos mil años. —De pronto, una
idea lo asaltó y se inclinó hacia delante—. Supongo que sabes leer y hacer cuentas, Elizabeth. Sé que sabes firmar, pero ¿eso es todo?
—Leo muy bien —dijo ella, inquieta y ofendida—. Sólo que no tuve libros de historia a mano. Y también aprendí a escribir, pero no he podido practicar. Padre no nos compraba papel.
—Te compraré un cuaderno de ejercicios, un libro con modelos de letras en el que practicarás hasta que puedas volcar fácilmente tus pensamientos al papel. Tendrás resmas y resmas del mejor papel. Y plumas, tinta y pinturas y cuadernos de bocetos para aprender a dibujar, si es que te interesa. La mayoría de las damas se dedican a las acuarelas.
—No me han educado como una dama —replicó ella con toda la dignidad de que pudo armarse.
La mirada de Alexander volvió a iluminarse.
—¿Sabes bordar? —preguntó.
—Sé coser, pero no bordar.
¿Cómo se las arregló, se preguntaba ella un rato más tarde, para cambiar tan hábilmente de tema y dejar de hablar de sí mismo?
—Pienso que tal vez termine por estimar a mi esposo —confió Elizabeth a la señora Halliday hacia finales de su segunda semana de estancia en Sydney—, pero dudo mucho que alguna vez llegue a amarlo.
—Es muy pronto todavía —replicó la señora Halliday apaciblemente mientras sus perspicaces ojos estudiaban el rostro de Elizabeth.
Había cambiado, y mucho: ya no era la niña que ella había conocido en el barco. Su pelo oscuro estaba recogido a la moda, su vestido de seda color rojo herrumbre tenía el polisón de rigor, sus guantes eran de la más fina cabritilla, y su sombrero, un sueño. Quienquiera que fuese el que había forjado aquella imagen había sido lo suficientemente sensato para no maquillarla. La joven no necesitaba cosmético alguno, y al parecer el sol de Sydney no tenía la fuerza suficiente para dar a su piel extraordinariamente blanca el más mínimo matiz de color. Llevaba un espléndido collar de
perlas, pendientes también de perlas, y cuando se quitó el guante de la mano izquierda la señora Halliday abrió de par en par los ojos.
—¡Dios mío! —exclamó.
—Oh, este maldito diamante —dijo Elizabeth con un suspiro—. La verdad es que lo detesto. ¿Sabía que he de encargarme hacer especialmente los guantes? Y Alexander insistió en que el de la mano derecha fuese igual, así que supongo que se propone regalarme alguna otra piedra gigantesca.
—Debes de ser una santa —dijo la señora Halliday con ironía—.
Cualquiera de las mujeres que conozco se desmayaría si le ofrecieran una gema que fuera la mitad de espléndida que tu diamante.
—Me encantan mis perlas, señora Halliday.
—¡Me imagino! Las de la reina Victoria no son mejores.
Pero después de que Elizabeth se hubo marchado en el estilizado tílburi tirado por cuatro caballos, Augusta Halliday no pudo evitar un sollozo.
¡Pobre niña! Era como un pez fuera del agua. Ni avariciosa ni ambiciosa, vivía rodeada de lujos en un mundo de riquezas y abundancia que era por demás ajeno a su naturaleza. Si se hubiera quedado en su pequeño mundo, allá en Escocia, habría seguido cuidando de su padre, y con el tiempo se habría convertido en una tía solterona, de eso no cabía duda. Y a pesar de todo había aceptado de buena gana su destino, aunque no se sintiera idílicamente feliz. Pues bien, al menos pensaba que podía llegar a estimar a Alexander Kinross, y eso era algo. Íntimamente, la señora Halliday pensaba como Elizabeth; ella tampoco creía que Elizabeth pudiera llegar a amar a su marido. La distancia entre ellos era demasiado grande; sus modos de ser, demasiado diferentes. Resultaba difícil creer que fueran primos hermanos.
Por supuesto, para cuando Elizabeth llegó a visitarla en su tílburi de cuatro caballos, la señora Halliday ya había averiguado bastante sobre Alexander Kinross. Era con mucho el hombre más rico de la colonia, pues a diferencia de la mayoría de los que encontraban filones en los yacimientos de oro, él recogía hasta el más ínfimo gramo que podía dragar en el aluvión, y sólo después exploraba en busca del filón. Tenía al gobierno en un bolsillo y al poder judicial en el otro, de modo que mientras algunos se veían seriamente amenazados por los aventureros que reclamaban el derecho de
explotar las minas a su antojo, Alexander Kinross estaba en condiciones de resolver esos y otros inconvenientes en un santiamén. Pero aunque alternaba con la alta sociedad cuando estaba en Sydney, no era un hombre particularmente sociable. A aquéllos a quienes valía la pena conocer prefería verlos en sus oficinas, más que invitarlos a beber una copa o a cenar; a veces aceptaba alguna que otra invitación del palacio del gobernador, o de Clovelly, en la bahía de Watson, pero nunca asistía a un baile o una velada organizada nada más que por diversión. Por lo tanto, todo el mundo coincidía en que lo que le interesaba era el poder, no la opinión ajena.
Charles Dewy, descubrió Elizabeth, era un socio menor de la mina Apocalipsis.
—Es el usurpador de la zona. Solía explotar unos trescientos cincuenta kilómetros cuadrados de tierra antes de que comenzara la fiebre del oro —
dijo Alexander.
—¿Usurpador?
—Se lo llama así porque «usurpó» sin autorización tierras de la Corona.
En el pasado, quien se apropiaba de hecho de tierras que después nadie reclamaba, con el tiempo se convertía en su virtual propietario. Eso es lo que hizo Dewy. Pero ahora una ley del Parlamento ha cambiado las cosas.
Yo suavicé sus pretensiones ofreciéndole una participación en Apocalipsis, y a partir de entonces nada de lo que hago le parece mal.
Por fin iban a dejar Sydney, algo que no apenó en lo más mínimo a Elizabeth, ahora que poseía dos docenas de enormes baúles pero se había quedado sin criada. Al parecer, la señorita Thomas había hecho algunas averiguaciones sobre la ciudad de Kinross y, de resultas de ello, esa misma mañana había renunciado a su puesto. Su deserción no había afligido a Elizabeth, que prefería arreglárselas sola.
—No te preocupes —dijo Alexander cuando recibió la noticia—. Pediré a Ruby que te consiga una buena muchacha china. ¡Y no me digas que preferirías no tener una Abigail! Hace dos semanas que alguien se ocupa
diariamente de tu pelo, así que ya deberías saber que necesitas un par de manos, y no precisamente las tuyas, para estar peinada como corresponde.
—¿Ruby? ¿Es tu ama de llaves? —preguntó Elizabeth, consciente de que iba a vivir en una casa llena de sirvientes.
Alexander rio. Tanto, que no pudo evitar las lágrimas.
—Ah, no —replicó cuando pudo recomponerse—. Ruby es, por decirlo de alguna manera, una institución. Decir de ella algo menos respetuoso sería rebajarla. Ruby es una maestra del comentario sarcástico y de la observación cáustica. Es Cleopatra, pero también Aspasia, Medusa, Josefina y Catalina de Médicis.
¡Oh! Elizabeth no tuvo oportunidad de continuar la conversación porque habían llegado a la estación ferroviaria de Redfern, una zona desolada en la que sólo había cobertizos y vías que se entrecruzaban unas con otras.
—Las plataformas están bastante abandonadas; no hacen más que decir que van a construir una terminal grandiosa en George Street, pero al parecer es todo pura palabrería —dijo Alexander mientras la ayudaba a bajar del tílburi.
En Edimburgo, cuando había abordado el tren a Londres, estaba tan mareada por el cruce del estuario en ferry que no sintió la menor curiosidad, pero ahora miraba el tren a Bowenfels con una mezcla de temor y asombro.
Una locomotora de vapor montada sobre una combinación de ruedas, unas más grandes, otras más pequeñas, las traseras unidas por unas barras, jadeaba como un perro enorme y furioso mientras su chimenea despedía finas volutas de humo. Esta máquina infernal estaba unida a un ténder de hierro repleto de carbón, detrás del cual se alineaban ocho vagones —seis de segunda clase y dos de primera— y, al final de la formación, un furgón de cola (ésas fueron las palabras que usó Alexander) destinado al equipaje y la carga y en el que se encontraba la cabina del revisor.
—Sé que la parte trasera del tren se bambolea mucho más que la delantera, pero yo necesito asomarme a la ventanilla y ver la locomotora —
dijo Alexander, mientras la hacía subir a lo que parecía una espaciosa y lujosa sala—. Por eso enganchan un vagón de primera clase detrás de todos los otros. En realidad, éste es el compartimiento privado del gobernador,
pero le encanta que yo lo use cuando él no lo necesita. Al fin y al cabo, pago por ello.
Exactamente a las siete en punto, el tren a Bowenfels abandonó la estación. Elizabeth iba pegada a una de las ventanillas. Sí, Sydney era grande; pasaron quince minutos hasta que las casas empezaron a ralear, quince minutos de traqueteo a una velocidad asombrosa. De tanto en tanto pasaban sin detenerse junto a una plataforma en la que un cartel anunciaba el nombre de alguna pequeña localidad: Strathfield, Rose Hill, Parramatta.
—¿A qué velocidad vamos? —preguntó ella, disfrutando de aquella sensación vertiginosa y del balanceo del tren.
—Ochenta kilómetros por hora, aunque puede llegar a los cien si alimentan la caldera como es debido. Éste es el expreso de pasajeros semanal, no se detiene hasta Bowenfels, y es ligero como el viento comparado con un tren de carga. Pero la velocidad disminuye a entre treinta y treinta y cinco kilómetros por hora cuando comenzamos a subir, y en algunos parajes aún menos que eso, así que nuestro viaje dura nueve horas.
—¿Qué transporta un tren de carga?
—Cuando va hacia Sydney, trigo y otros productos del campo, queroseno de Hartley. Cuando va hacia Bowenfels, materiales de construcción, mercancías para las tiendas de los alrededores, equipamiento para el trabajo en las minas, muebles, periódicos, libros, revistas.
Ejemplares premiados de ganado vacuno, equino y ovino. Y también hombres que van hacia el oeste a explorar o a buscar trabajo en las tareas del campo; en fin, de todo un poco. Pero nunca —agregó con énfasis—
nunca dinamita.
—¿Dinamita?
Elizabeth lo miraba con auténtica curiosidad. Alexander apartó la vista y la dirigió a varias docenas de enormes cajas de madera apiladas desde el suelo hasta el techo en un rincón del compartimiento, todas ellas rotuladas con el dibujo de la calavera y las tibias cruzadas.
—La dinamita —dijo— es un nuevo sistema para volar las rocas. No la pierdo nunca de vista porque resulta tan difícil de conseguir que es casi tan preciosa como el oro. Este cargamento lo hice enviar desde Suecia a
Londres, vino contigo en el Aurora. La voladura de rocas —continuó, con creciente entusiasmo— solía ser una tarea peligrosa e impredecible. Se hacía con pólvora negra, pólvora a secas para ti. Era muy difícil saber en qué forma la pólvora negra iba a fracturar la roca, qué dirección tomaría la fuerza explosiva. Yo lo sé, me he encargado de la pólvora en una docena de sitios diferentes. Pero, hace poco, un sueco tuvo una idea brillante y descubrió el modo de dominar sin peligro la nitroglicerina, que es tan inestable que puede explotar con sólo sacudirla. Ese sueco mezcló la nitroglicerina con una base de una ardilla llamada kieselgur y envolvió la mezcla en un cartucho de papel al que dio la forma de una vela roma. El cartucho sólo explota si es detonado mediante una cápsula de fulminante de mercurio fuertemente adherida a uno de sus extremos. El artificiero incorpora una mecha al detonador, y se produce una explosión más segura y mucho mejor controlada. Aunque si uno tiene una dínamo, puede desencadenar la explosión haciendo pasar una corriente eléctrica a través de un cable lo suficientemente largo. Pronto lo haré de esa manera.
Alexander no pudo evitar una carcajada al ver la expresión de perplejidad con que ella lo miraba. Esa mañana, su esposa lo estaba divirtiendo de veras.
—¿Has entendido alguna palabra de cuanto he dicho, Elizabeth?
—Varias —replicó ella, y le sonrió.
Alexander se quedó mirándola, gratamente sorprendido.
—Ésa es la primera sonrisa que me dedicas desde que nos conocemos
—dijo.
Ella sintió que se ruborizaba y volvió a mirar por la ventanilla.