El Diamante de Jerusalén

Noah Gordon · Capítulo 17 de 33

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El Diamante de Jerusalén

Aquí tenéis otra para vuestra montura

clavado al suelo. Al principio pensó que su señor había servido de

alimento a algún animal. Lanzó un grito.

Esteban de Costa se movió y se pasó la lengua seca por los labios.

Recordó el diamante y lo buscó con la mirada para saber si había desaparecido, pero lo vio cerca de las velas apagadas. Se estiró para cogerlo y un dolor inaudito pareció desgarrar su cuerpo.

Cuando bajó la mirada, sus gritos se unieron a losdel guardián. Pero su

miembro ensangrentado parecía peor de lo que en realidad estaba: había

sido circuncidado, no castrado.

Encontró la nota más tarde, cuando parte de la conmoción se había aliviado, aunque no así el dolor.

Aquí tenéis otra para vuestra montura

Julio Vidal

Vidal había cabalgado sin parar durante toda la noche y hasta bien entrada la mañana pues había decidido ir a Ferrol en la creencia de que cualquier búsqueda se emprendería en dirección a Bilbao y Gijón, los puertos más cercanos.

Si no encontraba ningún barco, tenía pensado retroceder y ocultarse en las montañas.

Pero había una bricbarca de dos mástiles perteneciente al Gremio de los

Tejedores, que cargaba lana en España para convertirla en paños flamencos. Compró un pasaje y esperó a bordo, vigilando el camino del este hasta que levaron anclas y zarparon.

Cuando perdieron de vista la tierra, Vidal se acurrucó en la cubierta, presa de una repentina debilidad.

Alzó la vista y contempló una ve/ a tan redonda y tensa como el vientre de Anna.

Que ya debía de estar plano.

Se apoyó en un fardo hediondo de lana sucia y miró las velas preñadas que lo conducían hacia el nuevo hijo.

TERCERA PARTE

LA BÚSQUEDA

15

MEA SHE’ARIM

Una mujer atendió el teléfono del despacho de Leslau y le dijo que el profesor no estaba.

–Tengo que hablar con él. Soy Harry Hopeman.

–¿Harry qué?

–Hopeman.

–Ah, kayn. – Evidentemente, el nombre no significaba nada para ella.

–¿Puedo encontrarlo en otro número?

–En su casa no tiene teléfono.

–¿Está trabajando en su casa? Deme la dirección, por favor. – Se produjo un silencio-. Le aseguro que él lo considerará importante.

–Rohov Chevrat Tehillim -dijo de mala gana-. Número veintiocho.

–Gracias. ¿Qué parte de la ciudad es?

–Está en Mea She’arim -respondió la mujer.

Hace más de un siglo, un grupo de hasid lituanos y polacos se separó del barrio judío de Jerusalén. En las afueras de la Ciudad Vieja construyeron un barrio amurallado que, según se decía, contenía exactamente cien unidades de vivienda, de modo que llegó a ser conocida como “las cien puertas”, o Mea She’arim. En la actualidad, la mayor parte de la muralla original ha desaparecido. Superpoblada a lo largo de generaciones para las que el control de la natalidad era un pecado, Mea She’arim se ha convertido en un barrio bajo que es un enjambre de gente y ha rebasado sus límites y dado origen a su alrededor a barrios similares de devotos.

Mientras Harry buscaba Chevrat Tehillim, la calle de la Sociedad del Salmo, vio claros indicios de tutela religiosa. En una pared, un enorme letrero impreso en inglés, hebreo y yidis proclamaba: