El Diamante de Jerusalén
T
Vio la nota casi en cuanto entró. Ella era una persona práctica, la había pegado en la puerta del lavabo.
Mi querido Harry:
Perdóname por esperar a que te hubieras ido.
Me he dado cuenta de que no funcionaría, pero soy muy cobarde y no soporto las escenas.
Sentí la gran tentación de intentarlo, porque eres un hombre adorable, pero todo habría terminado al cabo de un año. Prefiero el recuerdo.
Si sentías lo mismo que yo, no intentes buscarme. Te deseo muchos años llenos de otras alegrías.
T
Se sentó y marcó su número de teléfono, pero no obtuvo respuesta. En el museo le informaron que la señora Strauss había prolongado sus vacaciones.
No, no sabían dónde estaba. Se le ocurrió dónde podía encontrarla, pero cuando colgó el teléfono se quedó quieto durante veinte minutos y se obligó a serenarse.
Se ocupó metódicamente de todo lo que tenía que hacer. Llevó el Ford inglés a la agencia de alquiler de coches y pagó la cuenta. Envolvió la ropa sucia y la despachó por correo, y luego se detuvo en la oficina de líneas aéreas del vestíbulo y compró dos billetes para un vuelo que salía del
Aeropuerto Ben Gurion a ultima hora de la tarde. Le quedaba poco tiempo, pero hizo las maletas rápidamente y se marchó del hotel.
Cogió un taxi y le pidió al conductor que lo llevara a Rosh Ha’ayin.
La niñita estaba sentada en la calle, como cuando él la había visto por primera vez. Harry le pidió al conductor que frenara.
Se acercó a la pequeña y se arrodilló junto a ella.
– Shalom, Habiba. ¿Te acuerdas de mí?
Ella lo miró sin expresión en el rostro.
–¿Está aquí tu tía Tamar?
La niña señaló la casa de su abuela.
Cuando llegó, golpeó la puerta de tela metálica y las dos personas que había dentro se lo quedaron mirando.
–Pase si quiere -dijo ya umma. Estaba de pie, con la espalda contra la pared.
Ya abba estaba sentado a la mesa, bebiendo arak.
–Quiero hablar con Tamar -anunció Harry. Nadie le respondió. Detrás de la puerta cerrada de la otra habitación, alguien lanzó una risita. Oyó que Tamar decía algo conciso pero brusco, y la risita cesó.
Ya abba sacudió la cabeza.
–Ella no quiere -dijo en inglés.
–Deje que me lo diga ella -repuso Harry
–Hay tres cosas que no entiendo -comentó ya abba en hebreo-. Sí, cuatro
cosas que no entiendo: la manera de actuar de un águila en el aire, la manera de actuar de una serpiente sobre una roca, la manera de actuar de un barco en el mar, y la manera de actuar de un hombre con una muchacha.
–Apuró la bebida y se sirvió mas arak de una botella y agua de una jarra.
Todos observaron como los dos líquidos incoloros se mezclaban en el vaso y adoptaban una tonalidad lechosa.
Harry se acercó a la puerta cerrada y golpeó.
–Tamar -llamó. Hubo silencio.
–Bueno -dijo-, por lo menos podríamos hablar de ello.
Ella no respondió.
–Tengo que abandonar el país enseguida, esta misma tarde. Tengo un billete de avión para ti. – Esperó.
–Dime algo, Tamar. ¿Te pones así cada vez que tienes la regla?
Oyó el crujido de una silla y enseguida sintió un golpe. Cuando se volvió, ya abba estaba a punto de golpearlo otra vez.
–¡Eh! – El anciano era fuerte. Harry abrigó la esperanza de no tener la mandíbula rota. Pero el hombre estaba borracho, y Harry lo mantuvo a distancia-. Apártelo -dijo. Ya umma empezó a ulular como una mujer árabe de duelo-. Apártelo de mi lado.
Afuera, el taxista tocó el claxon mientras ya abba era conducido otra vez a su silla.
–¡Maldita sea! ¿Es que no lo comprendes? ¡Te amo! – gritó Harry delante de la puerta cerrada.
Finalmente se abrió la puerta.