El Diamante de Jerusalén

Noah Gordon · Capítulo 33 de 33

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El Diamante de Jerusalén

Leslau

químicas.

Harry sintió el impulso de coger el primer avión. Pero en lugar de hacerlo envió a Leslau un telegrama de dos palabras: Yasher koach. Bien hecho.

Luego volvió a concentrarse en los informes del periódico.

El querubín había resultado abollado por la pala de uno de los excavadores, y un antiguo corte desigual del borde inferior demostraba que en otros tiempos había estado unido a algo, seguramente a la tapa del Arca. No se hacía mención del manuscrito de cobre ni de otras personas que hubieran trabajado en el proyecto, pero esa misma tarde Harry empezó a recibir llamadas de periodistas y escritores. Él los remitió al Hebrew Union College. Algunos días más tarde fueron revelados todos los detalles, incluida una descripción del manuscrito. Resultaba evidente que David había sido generoso, pero el Time hablaba de “Harry Hopeman, comerciante en diamantes y erudito aficionado”. El Newsweek se refería a él como aficionado a la criptografía.

El U. S. News World Report informaba que el profesor Leslau reconocía el mérito de Tamar Strauss-Kagan, esposa del director general del Ministerio del Interior, al colaborar en la localización del genizah.

Se había casado.

Intentó no pensar, pero su subconsciente se negaba a renunciar a ella. Unos meses antes no habría creído en la posibilidad de semejante dolor.

AI 138 BZ LB NY NOTICIAS PERIÓDICOS APESTAN STOP

AFICIONADO COMA NO STOP MUCHO TRABAJO EXCLAMACIÓN

VEN A AYUDAR

LESLAU

Querido David:

Esto y orgulloso de que hayas encontrado tu guardián del oro. ¿Estaba realmente enterrado a veintitrés codos? Es un detalle que los artículos no mencionan.

No es necesario que te diga que tendrás que enfrentarte a varios problemas. Dudo de que exista una llave maestra para descifrar el manuscrito de cobre. Cada genizah tendrá que ser abordado como un rompecabezas independiente. Leí que descubriste el querubín con la cara hacia el norte. Sin duda, la otra figura está enterrada con la cara hacia el sur y el Arca está oculta en algún lugar entre los dos genizot. Pero el segundo querubín puede estar lejos de Em Gedi… por ejemplo en el monte Hermon. Eso reduciría tu búsqueda a todo el maldito país.

Los chacales de la erudición intentarán desmentir la autenticidad del querubín; un “experto” ya está diciendo que se trata de una figura babilónica. Debes empezar a escribir tus informes a las sociedades de eruditos.

La cuestión es que vas a necesitar un equipo formado por los mejores especialistas. Gente eficaz. Y la verdad sea dicha, como erudito soy un aficionado que ha hecho su descubrimiento más importante en el cajón de su propio escritorio. Como comerciante soy un profesional ( apellido, Hopeman; profesión, diamantista), lo que Dylan Thomas solía llamar con tanto desprecio “un maldito viajante de comercio” . No es que quiera hablar mal de los muertos, pero él era un estúpido con talento. El mundo necesita comerciantes, además de poetas.

Durante un momento de tristeza e ilusión, cuando recibí tu amable telegrama, pensé que podría ir a trabajar para ti el verano próximo. Pero alguien tiene que cuidar de la tienda, y el verano que viene le enseñaré a mi hijo a pulir diamantes.

Espero ansiosamente veros a los dos cuando vengáis a Nueva York. Hasta entonces, dale mis recuerdos a Rakhel.

Tu amigo,

Harry

Le resultaba difícil olvidar. En una frutería de Madison Avenue vio unas manzanas largas y estrechas de diseño Modigliani, con la piel de arrebolada porcelana amarilla, exactamente iguales a las que aparecían en la placa de hojalata de la granja del druso, en Majdal Shams.

Cuando le preguntó a la empleada, lo único que supo decirle fue que eran turcas. Pero en el almacén conocían la variedad. Kandil Sinap. Incluso el nombre le gustó. Llamó a Cornell, y un especialista le dijo que era difícil conseguirlas en el estado de Nueva York, y le dio las señas de un vivero de Michigan en el que podría comprar patrones para injertos enanos. Harry encargó tres árboles para plantarlos en su huerto esa primavera.

Una mañana, mientras subía por Park Avenue, vio a Tamar. Los gobiernos siempre enviaban funcionarios al extranjero. Y los funcionarios viajaban con sus esposas.

Se zambulló entre la multitud y se abrió paso a empujones. Volvió a verla: era Tamar. Estuviera donde estuviese, toda su vida recordaría esa forma de caminar. “¡Eres alta como una palmera, y qué maravillosos son tus pasos en sandalias, oh, hija del príncipe!”

Ella se detuvo a mirar los vestidos de un escaparate y él se acerco desde atrás, le tocó el brazo y pronunció su nombre. Una mujer de rostro moreno a la que jamás había visto lo observó en silencio durante un momento y se alejó.

Se sentaron en la primera fila de la sinagoga. Della tenía guardadas algunas sorpresas: le había permitido a Jeff nombrar a las personas que recibirían los honores, y Saúl Netscher fue llamado a recitar las bendiciones del patriarca en lugar de sus difuntos abuelos. Harry sólo sintió un enorme placer cuando él mismo fue llamado. Los nervios empezaron con la haftorah, pero su hijo cantó la historia de Gog y Magog ardiente y dulcemente, como si en ello le fuera la vida. En la mitad de la ceremonia, la mano de Harry buscó la de Della. Qué demonios, Walter Lieberman no estaba. Siguieron cogidos de la mano, incluso cuando el rabino les pidió que se pusieran de pie y repitieran la oración: “Bendito seas, oh, Señor, Rey del universo, que nos has mantenido con vida, nos has sustentado, y nos has permitido llegar a este día feliz.”

Por la mañana, Jeff lo despertó temprano y cogieron la caña de pescar nueva y fueron al río. Bajaron hasta las rocas y Jeff ató un gallardete rojo y blanco. Tenía el viento a su espalda, y cuando echó el anzuelo por segunda vez alcanzó una buena distancia. El río estaba empañado. Un animal pequeño -¿un zorro?– recorría la orilla opuesta; Harry no sabía que su hijo lo había visto.

–Pum -dijo suavemente el chico, y se echó a reír.

–Qué día fantástico el de ayer -comentó.

–Hmmm… -Jeff retiró el sedal-. ¿Sabes qué es lo que no entendí? ¿Por qué fuiste llamado a la Torah en segundo lugar?

–Yo pertenezco a la tribu de Leví.

–¿La tribu? ¿Quieres decir como los indios?

–Exactamente, como los indios. – Le explicó que las doce tribus originales habían quedado reducidas a tres-. Los kahanes, descendientes de los sacerdotes, son citados primero. Luego los levitas, cuyos antepasados eran

oficiales, poetas y músicos del templo. Y luego los israelitas; todas las otras tribus se fundieron en una sola.

Jeff volvió a arrojar el sedal.

–¿Cómo sabes que eres un levita?

–Mi padre me lo dijo. Su padre se lo dijo a él.

–¡Eh! – Jeff sacó un pez, que enseguida se le escapó. Poco después volvió a picar otro. Esta vez levantó el extremo de la caña y dejó que el pequeño pez se cansara.

–Tiene un buen tamaño, ¿no te parece?

–Lo prepararemos para la comida.

–Yo se lo diré a mi hijo. – El chico le pasó el pez. Durante un instante lo sostuvieron entre ambos, sintiendo su cuerpo duro, frío y vivo, casi como si fuera un rito.

–Eso espero -repuso Harry.

En noviembre llegó una carta en la que le solicitaban que remitiera un depósito a la Corporación del Diamante por el siguiente envío, y le indicaban las fechas en las que tendrían que ser recibidos los depósitos durante el año siguiente. Eso significaba que lo habían seleccionado para suceder a su padre como miembro de los Doscientos Cincuenta. Nunca supo por qué la decisión no se había tomado antes, ni sobre qué base se habían decidido finalmente por él, pero sí sabía que a partir de entonces su vida estaría marcada por la llegada de paquetes desde Londres, por correo regular, diez veces al año.

No se sentía culpable por la vida que llevaba, ni por su buena suerte, pero se sintió perturbado al leer la noticia de otro ataque que había dejado más

heridos en Kiryat Shemona. Recordó al rabino de Kiryat Shemona que lo había ayudado a encontrar al esposo desaparecido de Rakhel Silitsky, y abrigó la esperanza de que el rabino, su esposa y el bebé hubieran resultado ilesos.

Por la mañana, en lugar de ir directamente a la tienda de la Quinta Avenida, a veces aparcaba cerca de la calle Cuarenta y siete. Pasaba junto a parejas de hombres menudos y con barba que hablaban serenamente en las aceras o en las entradas de aspecto lamentable de sus oficinas, y que sacaban de los bolsillos maravillosas fortunas envueltas en sobres mugrientos. En la Asociación de Diamantistas pasó de largo por la sala de exposición, donde otros comerciantes examinaban las piedras bajo la suave luz del norte, y entró en la capilla. Algunos hasid celebraban el servicio todas las mañanas en los autobuses alquilados que los llevaban a la calle Cuarenta y siete desde sus modernos guetos, pero en la capilla siempre había los suficientes para formar un minyan de diez hombres para rezar las oraciones por los muertos. Para Harry no tenía sentido rezar el kaddish por su padre de una forma irregular, pero no se sentía especialmente atraído por la lógica.

El invierno se volvió crudo y el país consumía petróleo árabe de forma imprudente. En las mañanas heladas, él y Sid Lawrenson cortaban leña y podaban las ramas de los manzanos del huerto. Eso le dio la posibilidad de elegir los sitios en los que plantaría los nuevos árboles, los Kandil Sinaps.

Se sentía como un árbol que finalmente ha echado raíces.

Su vida estaba marcada y jalonada por las piedras. En el cementerio vio que otros visitantes habían dejado siete guijarros en la tumba de su padre, donde él levantaría una marca en la primavera, cuando el tiempo era cálido.

Decidió regalarle el granate a Jeff; tal vez la piedra de su tribu pasara de una generación a otra abiertamente, lo cual sería una tradición más saludable. Casi nunca pensaba en la gema amarilla que había comprado en Israel, y que volvía a estar a salvo en la mitra de Gregorio. Pensaba más a menudo en el Diamante de la Inquisición y se preguntaba si a veces la mujer de piel morena se detendría a mirarlo cuando se dirigiera a su trabajo en el museo. En las horas de insomnio en las que temores sin nombre salían arrastrándose de las eras y de sus genes, y él se estremecía con un escalofrío

sin razón, acosado por gritos que jamás había oído, pensaba en los seis diamantes de Alfred Hopeman. Pero nunca lamentó que ya no estuvieran en el escritorio de la vieja casa de Westchester County.

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09/09/2009

LRS to LRF parser v.0.9; Mikhail Sharonov, 2006; msh-tools.com/ebook/

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  • PRIMERA PARTE
  • 2
  • MOLESTAR A LOS PEATONES
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • Éste es el final
  • 9
  • SEGUNDA PARTE
  • 11
  • 12
  • 13
  • 14
  • Aquí tenéis otra para vuestra montura
  • LA TORAH TE OBLIGA
  • 16
  • 17
  • 18
  • 19
  • CUARTA PARTE
  • 21
  • 22
  • 23
  • 24
  • 25
  • 26
  • T
  • 27
  • 28
  • LESLAU

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