El efecto matrimonio

Graeme Simsion · Capítulo 19 de 39

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El efecto matrimonio

Capítulo 19

—¿Te ocurre algo? —le pregunté a Rosie la mañana siguiente.

—Iba a preguntarte lo mismo. Te has pasado una hora en el baño.

Copiar la ecografía de Bud en el Azulejo 13 había sido más difícil que reproducir un diagrama de Internet. Pero usar la imagen real era lo más lógico. Rosie tenía razón: habría sido interesante ver el escáner en movimiento.

—Oh, no es nada. Mantenimiento de azulejos.

También había estado analizando el Incidente de la Pizza de Carne. Veía cinco posibilidades:

1. El grupo de estudio de Rosie se había comido la pizza. Aunque eso no

explicaba qué hacía la caja en el dormitorio.

2. Rosie tenía una aventura con un carnívoro. Eso explicaba la ubicación de la

caja, pero lo lógico es que hubiesen ocultado las pruebas.

3. La etiqueta de la caja estaba equivocada, y en realidad contenía una pizza

vegetariana.

4. Habían entregado la pizza por error. Rosie había apartado la carne y se

había comido el resto. La teoría era creíble, pero no había encontrado restos de carne en la basura.

5. Rosie había incumplido su práctica de no ingerir carne. Parecía muy

improbable, pero había un precedente: había ingerido una pequeña cantidad de mi filete y del de Gene.

¡Increíble! La opción más improbable era la correcta. El grupo de estudio no tenía concertada reunión alguna. Rosie había necesitado su «propio espacio». Me había mentido, en lugar de decírmelo directamente. Y además había pedido una pizza de carne.

No podía culparla por mentir. Yo le ocultaba algo mucho más grave, el asunto de Lydia, y por razones muy similares: para evitarle preocupaciones y protegerla, como también a Bud, de los efectos nocivos del exceso de cortisol. Para evitar ofenderme, Rosie no había dicho que prefería librarse de mi presencia en la casa. Yo podría haberle presentado numerosas alternativas, y lo habría hecho. Quizá Rosie había preferido mentir en lugar de escucharlas.

Al parecer, Gene estaba en lo cierto. La falsedad era parte del precio de ser un animal social, y del matrimonio en particular. Me pregunté si Rosie me ocultaba más información.

La infracción vegetariana era mucho más interesante.

—Me apetecía comer carne. Pero les dije que no pusieran salami.

—Sospecho que padeces un déficit de proteínas o hierro.

—No fue un antojo. Lo decidí sin más. Estoy harta de me digan lo que tengo que hacer. ¿Sabes por qué no como carne?

El pescetarianismo sostenible había sido una de las condiciones iniciales del Paquete Rosie, de la que yo estaba al corriente desde el día en que nos conocimos. Había aceptado el paquete al completo, en contradicción directa con los preceptos del Proyecto Esposa, que se centraban en la suma de componentes individuales.

—Supongo que por motivos de salud.

—Si me preocupase mi salud, no habría fumado. Iría a la piscina. Y la sostenibilidad sería lo de menos.

—¿No comes carne por razones éticas?

—Intento hacer lo que me parece correcto para el planeta. No impongo mis opiniones a los demás. Os veo a Gene y a ti zampándoos media vaca, y no digo nada. Al menos ahora tengo la excusa de que como por dos.

—Perfectamente razonable. La proteína…

—Que le den a la proteína. Que les den a los que me dicen qué comer y cuándo hacer ejercicio y cómo estudiar y que vaya a yoga, algo que además ya hago con Judy. Y no, no es Bikram yoga; es un tipo de yoga adecuado para el embarazo. Eso ya lo he averiguado yo solita.

Sospeché que «les» era un uso incorrecto del plural. Pero lo consideré preferible a «Que te den», que era, evidentemente, lo que Rosie quería decir.

Le ofrecí una explicación.

—Intento ayudarte en el proceso de desarrollo del bebé. Parecía que te faltaba tiempo para emprender las investigaciones necesarias, debido a tu tesis y a la naturaleza no planeada del embarazo.

Podría haber añadido que tanto Lydia como Sonia, una profesional y una embarazada, me habían dicho que actuase así —algo que, por otro lado, ni se me habría ocurrido sin sus indicaciones—, pero eso implicaba revelar mi engaño más relevante. Mentir me había metido en un lío. No me sorprendía en absoluto.

También podría haber añadido que no le hacía recomendaciones importantes sobre alimentación, ejercicio o estudios desde la Cena de Aniversario, un punto culminante de nuestra relación. ¿Por qué estaba Rosie tan disgustada?

—Ya he captado que intentas ayudar. De veras. Pero dejémoslo claro: mi cuerpo, mi trabajo, mis problemas. No voy a emborracharme, no comeré salami y haré las cosas a mi manera.

Se dirigió a su estudio y me indicó que la siguiera. Extrajo El Libro de su bolso.

—¿Es este el libro que has estado leyendo? —me preguntó.

—Evidentemente. —No me había percatado de su ausencia.

—Pues podrías haberte ahorrado unos dólares y leer mi ejemplar. Es un poco básico para mí. Estoy en ello, Don.

—¿Requieres cero asistencia?

—Tú sigue haciendo tu vida. Ve a trabajar, come vaca, emborráchate con Gene. Deja de preocuparte. Nosotros estamos bien.

Aquel desenlace tendría que haberme resultado satisfactorio. Se me había eximido de una responsabilidad en un momento en que tenía muchas otras preocupaciones. Pero me había esforzado inmensamente para empatizar con Rosie, y ahora tenía la vaga sensación de que, pese a sus palabras, no era feliz conmigo.

Su solución al tema de la dieta —de hecho, a todos los temas relacionados con el embarazo que yo había considerado proyectos en común— era actuar sola. Al menos tenía una directriz clara de cara a la visita de seguimiento con Lydia.

 

—Estás esforzándote demasiado —opinó Gene—. ¿Sabes qué dice mi médico de ese libro que has estado leyendo? «Dáselo a alguien a quien odies». Para qué obsesionarse, cuando la diferencia en el resultado final es insignificante, comparada con lo importante.

Era nuestra segunda Noche de los Chicos en los últimos cinco días, fomentada por la proximidad de las instalaciones de George, aptas para ver el béisbol y beber. Rosie no se había opuesto.

—¿Y qué es lo importante? —preguntó George.

—Ya lo he dicho. Los genes son el destino. Chicos, hicisteis vuestra principal contribución cuando proporcionasteis un poco de ADN.

Era evidente que Dave no estaba de acuerdo:

—Todos los libros dicen que los genes son sólo el principio; el cuidado de los progenitores es lo que cuenta.

Gene sonrió.

—Claro que dicen eso. De lo contrario, nadie compraría libros sobre cómo ser padres.

—También lo has dicho tú. Los hijos imitan las conductas de sus padres.

—Sólo con lo que queda, después de que los genes hayan hecho su trabajo — matizó Gene—. Te pondré un ejemplo de un campo en el que soy experto. ¿Tu mujer es de origen italiano?

—Los abuelos. Ella nació aquí.

—Perfecto. Genes italianos, criada en Estados Unidos. Voy a predecir que tiene una personalidad histriónica. Un poco llamativa, extravagante, con algo de actriz. La asusta la presión, se pone histérica con las emergencias.

Dave no dijo nada.

—Pregunta a un psicólogo por los estereotipos culturales, y te dirá que todo es una cuestión de crianza. Cultura —añadió Gene.

—Correcto —confirmé—. La evolución de los rasgos conductuales es mucho más lenta que la formación de grupos geográficos.

—Salvo por la reproducción selectiva. Cierto rasgo se vuelve sexualmente atractivo por razones genéticas o culturales, no importa cuál, y las personas con ese rasgo se reproducen más. A los hombres italianos les gustan las mujeres histriónicas. Por tanto, el gen histriónico domina. La personalidad de tu mujer estaba programada antes de que ella naciese.

Dave negó con la cabeza.

—Estás muy equivocado. Sonia es contable. Está totalmente equilibrada.

 

—No creo que pueda hacerlo. No tiene sentido, es todo lo contrario de lo que le dije la primera vez.

La agitación de Sonia iba en aumento a medida que se acercaba la entrevista con Lydia. Al parecer, le resultaba difícil librarse de su propia personalidad.

—Es simple. Tienes que decir que te equivocaste; que no quieres ayuda.

—¿Y se lo creerá?

—Es la verdad. Suponiendo que tú eres Rosie.

—¡No sabes cuánto me gustaría que Dave mostrara algún interés! Después de cinco años intentándolo, ahora es como si él no lo quisiera.

—Posiblemente está muy ocupado trabajando. Consiguiendo apoyo financiero.

—¿Sabes?, en el lecho de muerte nadie desea haber pasado tanto tiempo en la oficina.

Era difícil ver en qué contribuía la afirmación de Sonia al debate. Dave no agonizaba ni trabajaba en una oficina. Recuperé el objeto de la conversación.

—Como causaste el problema la última vez, y ahora estoy más familiarizado con la actitud de Rosie, propongo ser yo quien proporcione a Lydia la información pertinente, y que tú te limites a confirmar su exactitud.

—No quiero ser demasiado pasiva, o ella creerá que me oprimes. Se le ha metido en la cabeza que soy una especie de joven campesina italiana.

Resultaba una conclusión razonable por parte de Lydia, a la vista del primer atuendo y el acento. Hoy Sonia llevaba un traje convencional, pues venía del trabajo. Me pareció poco característico de una estudiante de Medicina.

—Excelente argumento. Seguramente deberías mostrarte como lo haría Rosie, y enfadarte porque intento controlarte.

—¿Rosie se ha enfadado?

Nada más pronunciar la frase, supe que era verdad. No hacía falta ser un experto en lenguaje corporal para comprender que «Que les den a los que me dicen qué comer» era una afirmación agresiva.

—Correcto.

—¿Y ahora estáis bien?

—Por supuesto.

La respuesta era precisa, asumiendo que usaba la palabra «bien» como lo haría para describir una comida o una actuación: «La obra estuvo bien, nada del otro mundo». Estimé que el nivel de satisfacción actual de Rosie conmigo era exactamente ese: «nada del otro mundo».

—Pondré todo de mi parte, Don. Pero, si hablas con Dave, ¿le harás entender que yo no soy como Rosie? A lo mejor puedes prestarle tu libro si ya no lo necesitas. Me encantaría que llegara a casa temprano y me preparase un curry de verduras.

 

La sesión con Lydia no salió según lo previsto. Iba por el quinto punto de mi detallada lista de ejemplos de Rosie rechazando mi ayuda, cuando Lydia me interrumpió.

—¿Por qué no quieres que Don te aconseje? —le preguntó a Sonia.

—Ningún hombre me dirá qué tengo que hacer con mi propio cuerpo. —Sonia habló con calma, pero luego retorció la cara en lo que supuse que era una expresión de furia y golpeó la mesa con el puño—. Bastardi!

Lydia parecía sorprendida. Esperé que la sorpresa se debiese a la actitud de Sonia, y no a su abrupta recuperación del italiano.

—Al parecer, has tenido malas experiencias.

—En mi aldea el patriarcado oprime mucho.

—¿Vienes de una aldea de Italia?

—Sí. Piccola.

Sonia quiso dar a entender el tamaño de la aldea manteniendo una separación de unos dos centímetros entre los dedos índice y pulgar.

—¿Tu trabajo en un centro de reproducción asistida y los estudios en Columbia no han modificado tu opinión de los hombres?

—No quiero que Don me diga qué debo comer, ni cuánto ejercicio tengo que hacer, ni cuándo debo acostarme.

—¿Y eso es lo que crees que hace?

—Certamente. Y no es lo que quiero.

—Lo entiendo muy bien. —Se volvió hacia mí—: ¿Tú lo entiendes, Don?

—Por supuesto. Rosie no necesita mi ayuda.

No señalé que esa había sido mi postura inicial, hasta que Lydia me había exigido que interfiriese.

—Rosie, la última vez que nos vimos parecías muy decidida sobre lo de querer que Don te prestara cierto apoyo.

—Vero, ma… después de experimentarlo, he decidido que no es tan buena idea.

—Te comprendo. Don, apoyar no consiste en decirle a Rosie qué debe hacer. Para serte sincera, creo que el problema lo tienes tú. En lugar de decirle cómo ser madre, quizá podrías prepararte para ser un buen padre.

¡Por supuesto! El bebé iba a tener dos progenitores, y, sin embargo, yo me había limitado a centrar todas mis energías en optimizar el rendimiento de sólo uno de ellos. Me asombró no haber sido capaz de identificar antes el problema, pero como científico reconocía que los cambios de paradigma sólo resultan obvios en retrospectiva. Asimismo, me había concentrado en hacer todo lo necesario para evitar que Lydia redactase un informe negativo, partiendo de la premisa de que yo no presentaba problema alguno como futuro padre. En cambio, las críticas recientes de Rosie demostraban que el juicio inicial de Lydia era acertado. Mi respeto por ella se vio incrementado de forma exponencial… es decir, espectacularmente.

Me levanté de un salto.

—¡Brillante! Problema resuelto. Necesito adquirir aptitudes para la paternidad.

Lydia se mostró muy profesional y mantuvo la calma. Se dirigió a Sonia.

—¿Qué te parece? ¿Crees que Don comprende lo que se le pide?

Sonia asintió.

—Soy muy feliz. Soy muy feliz por todo lo que Don me ha enseñado sobre el embarazo porque paso demasiado tiempo estudiando, pero ahora estoy segura de que sólo piensa en ser un buono papá.

Lydia cogió el expediente policial que tenía en la mesa y sonrió.

—Bueno, se acabó el tiempo. Ayudaros con la paternidad nunca fue el propósito oficial de estas sesiones, y ese aspecto seguirás trabajándolo en el Curso para Buenos Padres. Ellos me remitirán un informe.

Era el grupo de hombres al que me había derivado en nuestra primera visita para que evaluaran mi propensión a la violencia. El cursillo al que me había apuntado no empezaba hasta al cabo de siete semanas.

Lydia agitó el expediente.

—Pero en lo que respecta a ser padres, si los dos recordáis lo que habéis dicho hoy…

—Excelente —afirmé—. Una sesión sumamente productiva, reservaré la próxima hora disponible.

 

—Iba a darte el alta… —comentó Sonia.

—Lo he sospechado. Pero lo que ha dicho me ha parecido tan útil…

—Todavía tiene el expediente de la policía. ¿No podríamos… podrías… buscar otra terapeuta?

—Hay un elevado porcentaje de profesionales incompetentes. Y ahora ella ya nos conoce.

—«Nos». A ti y a Rosie, la campesina italiana.

—Eso es indiferente. Su perspicacia ha sido increíble. Ha solucionado el problema.