El efecto matrimonio

Graeme Simsion · Capítulo 6 de 39

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El efecto matrimonio

Capítulo 6

Suele darse por sentado que a la gente le gustan las sorpresas. De ahí las tradiciones asociadas a la Navidad, los cumpleaños y los aniversarios. Según mi experiencia, la mayor parte del placer recae en quien las da. En la víctima recae la presión de fingir —con escaso margen de tiempo— una respuesta positiva ante un objeto no deseado o un acontecimiento no programado.

Rosie insistía en cumplir con la tradición de los regalos, pero había sido sumamente perceptiva en sus elecciones. Mis colegas habían dedicado comentarios positivos a los zapatos que ella me había regalado diez días antes de que cumpliera cuarenta y un años, y que ahora solía llevar en lugar de mis zapatillas de deporte caducadas.

Rosie afirmaba que le gustaban las sorpresas, hasta el punto de decir «sorpréndeme» cuando le pedía consejo sobre obras de teatro, conciertos o restaurantes. Ahora yo estaba planeando una sorpresa que superaría todos los casos previos, con la excepción de cuando conseguí revelar la identidad de su padre biológico y del día en que le ofrecí un anillo de compromiso.

También he aprendido que se considera aceptable engañar de forma temporal si eso contribuye a la preparación de la sorpresa.

—¿Vienes, Don? —me preguntó Rosie la mañana siguiente, antes de irse.

Aunque técnicamente estaba de vacaciones, entre semana iba a Columbia para seguir trabajando en su tesis, pues decía que el apartamento le daba claustrofobia.

Llevaba un vestido corto de topos azules que, sospechaba yo, era una adquisición reciente. El cinturón, también azul, parecía más ancho de lo necesario para cumplir con su supuesta función de resaltar la silueta. El efecto global era positivo, pero más por la exposición de las piernas de Rosie que por los atributos estéticos de la prenda.

Para incrementar el tiempo de contacto, había sustituido el trayecto en mi nueva bici por ir juntos en metro. Me recordé: el engaño es transitorio y contribuye a la sorpresa; las sorpresas son positivas; Rosie no me había contado lo de la excursión al Smithsonian el día de mi cumpleaños. Antes de contestar, entré en el baño para evitar que Rosie interpretara mi lenguaje corporal:

—Iré un poco más tarde. Cogeré el siguiente tren.

—¿Qué?

—Que iré un poco más tarde. No supone ningún problema. Hoy no doy clase.

Las tres afirmaciones eran técnicamente ciertas, pero la primera era engañosa. Pensaba tomarme todo el día libre.

—¿Estás bien, Don? Este asunto del embarazo te ha perturbado, ¿verdad?

—Sólo durante unos minutos.

Rosie había entrado en el baño detrás de mí y examinaba alguna parte de su cara en el espejo.

—Te esperaré.

—No es necesario. De hecho, estoy planteándome ir en bici… Para ahorrar tiempo.

—Oye, quiero hablar contigo. Apenas hemos hablado en todo el fin de semana.

Era verdad que el fin de semana había sufrido ciertas alteraciones, y que la comunicación entre nosotros se había reducido. Empecé a formular una respuesta, pero, como me encontraba en modo engaño, me resultaba un tanto difícil mantener una conversación normal.

Por suerte, Rosie cedió sin esperar nuevas aportaciones por mi parte.

—De acuerdo. Pero llámame para almorzar, o algo.

Me besó en la mejilla, luego dio media vuelta y se marchó de nuestro apartamento «por última vez».

Dave llegó en su furgoneta ocho minutos después. Debíamos actuar con celeridad, pues él tenía que estar en la Bodega del Cielo para que le entregaran la cerveza ale.

Nos llevó cincuenta y ocho minutos embalar los muebles y las plantas. Luego me enfrenté al baño. Me quedé estupefacto ante la cantidad de productos cosméticos y químicos aromáticos que poseía Rosie. Posiblemente habría sido ofensivo por mi parte decirle que, sin contar el uso ocasional de pintalabios o perfume (que se esfumaba ipso facto, debido a la absorción, la evaporación, o simplemente porque me acostumbraba), que sí que resultaba espectacular, el resto no suponía ninguna diferencia observable. Rosie me satisfacía sin necesidad de modificaciones cosméticas.

Pese a la cantidad, pude introducir todos los productos químicos en una sola bolsa de basura. Mientras Dave y yo metíamos el resto de los objetos en las maletas de Rosie, en cajas de cartón y en bolsas adicionales de polietileno, me asombró el volumen de objetos que habíamos acumulado desde nuestra llegada. Recordé en ese preciso momento una declaración de Rosie antes de irnos de Melbourne: «Dejo toda la mierda atrás. No me llevo casi nada». Era cierto que al traerse tres maletas había rebatido esa declaración, pero su intención era clara: mudarse era una oportunidad para reevaluar las pertenencias. Decidí deshacerme de todo lo que no fuese esencial para nuestras vidas. Recordé un consejo que había leído en una revista, en la sala de espera del dentista, el 5 de mayo de 1996: «Si llevas seis meses sin ponértelo ni usarlo, no lo necesitas». El principio me pareció sensato, de modo que decidí empezar a aplicarlo.

Dave me acompañó a la portería para entregar mi llave. La de Rosie tendríamos que devolverla más tarde. Nos recibió el administrador del edificio. Como de costumbre, se mostró de lo más antipático.

—Espero que no haya venido a quejarse, señor Tillman. No he olvidado que tengo que hablar con los propietarios.

—Innecesario. Nos marchamos. —Le entregué la llave.

—¿Qué? ¿Sin avisar? Tiene que avisar con treinta días de antelación.

—Me indicó que yo era un inquilino indeseable que podía reemplazar mañana mismo por otro deseable. Parece un buen desenlace para todos.

—Si no le importa perder el alquiler de este mes… —El tipo se echó a reír.

—Eso parece poco razonable. Si tiene un nuevo inquilino, este mes recibirá el alquiler por partida doble.

—Yo no pongo las normas, señor Tillman. Háblelo con el propietario si quiere.

Fui consciente de que estaba enfadándome. Ese día implicaría inevitablemente un nivel elevado de estrés, empezando por el abandono de mis actividades programadas para el lunes. Había llegado el momento de practicar mis aptitudes empáticas. ¿Por qué el administrador era siempre tan desagradable? La respuesta no tardó en llegar. Tenía que tratar con inquilinos que se quejaban de problemas que él no podía abordar debido a su bajo estatus y a la obstinación de la empresa propietaria del edificio. Siempre lidiaba con personas que le venían con conflictos. Tan sólo su bajo estatus profesional ya aumentaba su riesgo de enfermedad coronaria debido a los elevados niveles de cortisol. El peor trabajo del mundo. De pronto, me compadecí de él.

—Lamento causarle problemas. ¿Puede ponerme en contacto con el propietario, por favor?

—¿Quiere hablar con el dueño?

—Correcto.

—Pues le deseo buena suerte.

Increíble. Gracias a mi simple ejercicio de empatía, ahora tenía al administrador de mi parte, ofreciéndome sus mejores deseos. Hizo una llamada.

—Tengo aquí al inquilino del doscientos cuatro. Se marcha hoy, ahora mismo… Sí… Exacto, sin previo aviso, y considera que ha de recuperar su depósito.

Se echó a reír y me dio el teléfono.

Dave me lo arrebató.

—Déjamelo a mí.

La voz de Dave adquirió un tono inusual. Era difícil de describir, pero sonaba como si hubiesen escogido a Woody Allen en lugar de a Marlon Brando para El padrino.

—Aquí mi amigo tiene un problema con la legalidad del aire acondicionado. Podría tratarse de una situación de riesgo para la salud pública.

Una pausa.

—Soy inspector oficial de aire acondicionado —añadió Dave—. Tiene unidades independientes en todo el edificio, como verrugas en un sapo. No actuamos a menos que haya una denuncia, pero en ese caso nos vemos obligados a inspeccionar todo el inmueble… Sí… Supongo que si mi amigo tiene que pagar otro mes de alquiler, eso es lo que hará: poner una denuncia, por supuesto. Lo que podría salirle muy caro. Otra posibilidad es dejar que se vaya, con su mes de fianza, claro está.

Siguió una pausa más larga. La cara de Dave mostró decepción. Quizá la metáfora «verrugas en un sapo» había confundido un tanto al propietario. Se dice que los sapos causan verrugas, no que las tengan. Dave me tendió el teléfono.

—¿Eso es todo? —dijo una voz masculina al otro lado de la línea.

—Cordiales saludos.

—Oh, mierda, es usted. ¿Se marcha?

Reconocí la voz. No era el propietario. Era el empleado con quien solía hablar de los problemas que contractualmente eran responsabilidad del propietario, y que el administrador del edificio consideraba ajenos a su responsabilidad: la estabilidad de la temperatura, la velocidad de Internet, la regularidad de los simulacros de incendio. Y un largo etcétera.

—Correcto, me marcho. Lo cierto es que hasta el momento no había reparado en el problema del aire acondicionado. Suena extremadamente grave. Recomiendo…

—Olvídelo. Pase por aquí y tendré su cheque listo.

—Pero ¿y el aire acondicionado?

—Olvídese del aire acondicionado y le escribiré una carta de referencia encantadora para su siguiente casero. Lo echaremos de menos, profesor.

En la furgoneta, a Dave le temblaban las manos.

—¿Qué te pasa?

—Necesito comer algo. Odio tener que hacer esas cosas. Los conflictos. No se me dan nada bien.

—No tenías que…

—Sí que tenía. No es sólo por tu alquiler. Necesito practicar. La gente acostumbra a creer que puede pasarse conmigo.

 

George esperaba la cerveza y también a nosotros cuando llegamos a la Bodega del Cielo.

—Estoy impresionado —le dijo a Dave—. Don me ha dicho que le preocupa tanto la cerveza que dormirá cerca de ella.

—No es porque me preocupe la cerveza. Es porque es un alojamiento de primera que está vacío.

—En la mejor ubicación de Nueva York. Y te sale gratis.

—Nada de alquiler, nada de quejas —añadió Dave, practicando su voz de tipo duro.

—¿Sabes que ensayaremos arriba? —preguntó George—. A todo volumen. Y no está insonorizado.

—Por eso no puede alquilarse —dijo Dave.

Increíble. Un piso de tres habitaciones con cámara refrigerada que no podía alquilarse por un problema ocasional de ruido; algo que sin duda podría contrarrestarse fácilmente con tapones en los oídos. George incluso podría haberlo anunciado para inquilinos sordos.

—No me está permitido alquilarlo. Lo compré para que mis hijos pudieran visitarme. Por si vienen a Nueva York y quieren ver a su padre… Pero no creo que eso sea un riesgo para ti.

—¿Con qué frecuencia ensayas aquí? —pregunté.

George se echó a reír:

—Como una vez al año. Pero a lo mejor la cerveza me inspira.

Nos interrumpió la llegada del «cargamento»: seis barriles grandes con sus correspondientes soportes. Durante el traslado del último barril por la sala de nuestro nuevo piso, se produjo un pequeño accidente que tuvo como resultado un vertido de unos veinte litros. Cuando Dave volvió con fregonas y trapos, la moqueta ya los había absorbido.

—Lo siento —se disculpó George—. Pero recuerda, nada de quejas. Tengo un secador; si quieres, ahora os lo bajo.

 

Mientras Dave secaba la moqueta con el secador de pelo de Rosie, yo vacié las bolsas de basura con nuestras cosas. La Bodega del Cielo tenía tres cuartos de baño, algo claramente excesivo. El único baño no incluido en un dormitorio era lo bastante grande para que pudiera ser utilizado como despacho, por lo que instalé allí mi ordenador y la mesa de trabajo. No había sitio para una silla, pero la tapa del inodoro estaba a la altura correcta. La cubrí con una toalla, por motivos de higiene y comodidad. Ahora podría trabajar todo el día sin tener siquiera que salir, salvo para alimentarme.

Aparté de mi mente la fantasía de un aislamiento perpetuo. Tenía tareas prácticas que completar en un marco temporal limitado.

Decidí que el dormitorio principal sería el despacho de Rosie, y con la ayuda de Dave trasladé allí las plantas y las sillas sobrantes. Seleccioné el cuarto más pequeño y peor iluminado como nuestro dormitorio. Dormir, expliqué ante las objeciones de Dave, requiere el mínimo espacio, y la luz es un inconveniente. Todavía quedaban unos pocos metros cuadrados de suelo libre después de instalar la cama.

Terminamos a las 18.27 horas. Rosie casi nunca salía de Columbia antes de las 18.30 horas, para evitar las aglomeraciones y el calor. Retrasé al máximo el momento de comunicarle nuestro cambio de residencia, para aumentar la sorpresa. A los pocos segundos de haber enviado el mensaje, oí un sonido en su bolso… el que se llevaba cuando iba a trabajar a The Alchemist, y no el más grande que usaba para la universidad. ¡Se había olvidado el móvil en casa! No era la primera vez; por otro lado, se trataba de un resultado predecible si tenías más de un bolso.

Dave regresó después de devolverle el secador a George, y se ofreció a ir a nuestro antiguo apartamento para interceptarla antes de que entrara.

—Será mejor que te libres de esta peste mientras voy a buscarla —dijo antes de salir.

Yo ya me había acostumbrado, pero ahora el olor a cerveza se mezclaba con el humo acre que había salido del secador de Rosie al quemarse. Evidentemente, el de George era de mejor calidad y había durado casi el triple. Decidí que un pescado de aroma intenso sería apropiado para disimular el olor, y de paso resolvería el problema de la cena.

Cuando ya estaba en la tienda de delicias gastronómicas, un número desconocido llamó a mi móvil. Era Rosie.

—¿Qué ha pasado, Don? No me dejan entrar.

—Te has olvidado el móvil.

—Lo sé. Llamo desde el teléfono de Jerome.

—¿Jerome? ¿Estás en peligro?

—No, no. Se ha disculpado por lo de la colada. Está aquí, a mi lado. ¿Cuándo has hablado con él sobre el tema? —No me dejó un margen de tiempo adecuado para responder—. ¿Qué ocurre?

—Nos hemos mudado. Te mandaré un mensaje con la nueva dirección. Tengo que llamar a Dave.

Colgué y mandé un mensaje con la nueva dirección al móvil de Jerome.

Dave, Rosie, Jerome, Gene, el pescado… Había llegado al límite en la asunción de tareas.

 

Cuando sonó el interfono, la caballa ahumada ya estaba en el horno, generando aromas de una intensidad similar a la cerveza rancia y los cables quemados. Era Rosie. Abrí, y aproximadamente treinta segundos después llamó a la puerta.

—No tienes que llamar. Este es nuestro piso.

Abrí la puerta con dramatismo para mostrarle la sala inmensa.

Rosie miró a su alrededor, luego fue directa a las ventanas y miró también por el balcón. ¡La vista! Claro, a Rosie le interesaban las vistas. Esperé que contemplar Nueva Jersey no supusiera ningún problema para ella.

—Oh, Dios mío… Me tomas el pelo. ¿Cuánto vale esto?

—Cero.

Me saqué del bolsillo nuestra lista de características deseables para un piso, y se la mostré. Era como el cuestionario del Proyecto Esposa —que, pese a las críticas de Rosie, nos había unido indirectamente—, pero todas las casillas estaban ahora marcadas. El piso perfecto. Al parecer, Rosie opinaba lo mismo. Abrió las puertas del balcón y se pasó unos seis minutos mirando el río Hudson antes de volver a entrar.

—¿Qué estás cocinando? ¿Es pescado? —preguntó—. Llevo todo el día deseando comer algo ahumado. Creo que con el embarazo me han entrado ganas de volver a fumar… Es rarísimo. Pero lo del pescado me parece genial. Lo has ahumado y preparado a la cerveza, ¿verdad? ¡Me has leído el pensamiento! —Dejó en el suelo su bolso sin móvil y me abrazó.

No le había leído el pensamiento ni había creado el desastre culinario que ella imaginaba, pero no tenía sentido minar su felicidad. Rosie merodeó un rato por el piso sin ningún propósito aparente, y luego se puso a explorar de forma más sistemática, empezando por su cuarto de baño, lo que me pareció una elección extravagante.

—¡Don, mis cosméticos! ¡Todas mis cosas! ¿Cómo lo has hecho?

—¿He cometido algún error?

—Al contrario. Es como… Todo está exactamente donde estaba. En el mismo sitio.

—He hecho fotos. Tu método de clasificación era imposible de entender. He procedido igual con tu ropa.

—¿Lo has traído todo hoy?

—Por supuesto. Planeaba seleccionar un poco, pero no podía acordarme de todo lo que habías llevado los últimos seis meses. Por norma general, no me fijo en lo que te pones. De manera que he tenido que conservarlo todo.

—¿Es aquí donde piensas trabajar? —preguntó poco después de abrir la puerta de mi baño-despacho.

—Correcto.

—Bueno, no invadiré tu espacio personal. Como no sabré para qué lo usas…

Cuando descubrió la bodega de cerveza, le expliqué el acuerdo con George.

—Es como si le cuidásemos la casa. En lugar de un perro, tiene cerveza. Toda una ventaja porque, a diferencia de un perro, no requiere alimentación.

—Pero intuyo que consigue hacer lo equivalente a mearse en el suelo.

Había olvidado el olor. Los humanos se habitúan rápidamente a sus entornos. No creía que la felicidad a largo plazo de Rosie decreciese de forma significativa si persistía el olor a cerveza. Tampoco que aumentara con el paso de los días por el cambio de piso. Una vez que se han cubierto las necesidades más básicas, la felicidad humana es casi independiente de la riqueza. Un trabajo con sentido es mucho más importante. Un día en la vida de Iván Denisovich colocando ladrillos en Siberia probablemente generaba un nivel más elevado de felicidad que un día en la vida de una estrella de rock retirada en un lujoso ático de Manhattan con toda la cerveza que podía beber. El trabajo era esencial para la cordura. Seguramente por esa razón George continuaba actuando, aunque fuera en cruceros.

Rosie seguía hablando y yendo de aquí para allá.

—¿Dices en serio lo de no pagar alquiler?

—Correcto.

—¿Qué te parecería que dejase de trabajar en la coctelería? Ya no es lo mismo. Además, seguro que Wineman acaba despidiéndome, sólo es una cuestión de tiempo.

Increíble. Al parecer, que Wineman nos hubiese despedido tenía un impacto positivo o, como mínimo, neutro. Una mala noticia que podría haber diluido mis éxitos del día se había convertido en algo irrelevante.

—Los dos podemos dejarlo —dije—. No sería tan agradable sin ti.

Rosie volvió a abrazarme. Sentí un alivio inmenso. Había emprendido un proyecto arriesgado y resuelto simultáneamente múltiples problemas con un éxito absoluto. Había cortado el nudo gordiano por las buenas.

Su única reacción negativa fue por destinar la habitación más pequeña al dormitorio, como había pronosticado Dave. Pero luego añadió:

—Me has cedido la habitación más grande como despacho. Y, claro, necesitaremos un dormitorio más…

Me alegró mucho que hubiese aceptado mi solución al Problema Gene sin más discusiones. Envié un mensaje de texto a mi amigo con las últimas noticias y nuestra nueva dirección.

 

Maridé el pescado con un Robert Mondavi Reserva chardonnay (para mí) y zumo de apio (para Rosie). Al final, no me había molestado en comprar la bomba de vacío para el vino. Los excedentes podían conservarse en la bodega refrigerada de cerveza. Durante los ocho meses siguientes, bebería por dos.

Rosie alzó su vaso de zumo, lo entrechocó con mi copa y luego, con apenas unas palabras, me recordó el problema, el terrible problema que había permanecido oculto detrás de todos los demás.

—Y bien, profesor Tillman, ¿cómo se siente ante su próxima paternidad?