El efecto matrimonio

Graeme Simsion · Capítulo 31 de 39

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El efecto matrimonio

Capítulo 31

Gene, Inge y yo teníamos un total de siete conexiones con la página web de Momofuku Ko: un portátil y un móvil por cabeza, además del ordenador de mi despacho en Columbia. Dicté instrucciones calculadas para maximizar las posibilidades de asegurarnos una mesa cuando se abriesen las reservas.

Gene había apoyado la idea de invitar a Rosie a cenar.

—Independientemente de que podáis arreglar lo vuestro, vais a ser padres de una criatura. No parece que ella tenga muchos amigos, aparte de su mamá judía, que ha pasado por aquí a diario.

Supuse que se refería a Judy Esler.

La primera vez que estuvimos juntos en Nueva York, un año y ocho meses atrás, Rosie había organizado una cena en el Momofuku Ko, que había sido la mejor comida de mi vida. Ella también se había quedado impresionada.

A las 10.00 horas exactas, pulsamos el botón de las reservas. Se abrieron las casillas del nuevo día, y seleccionamos diferentes franjas horarias, según lo planeado.

—Nada —dijo Gene. Alguien se le había adelantado en su casilla—. Intento la segunda opción.

—Las mías también han volado —dijo Inge.

—Se me ha escapado la segunda. —Gene fracasaba de nuevo.

El programa tampoco aceptó mis mensajes. Habíamos fallado, simples humanos intentando completar una tarea que el software manejaba infinitamente mejor.

Actualicé la pantalla. Era posible que alguien, aplicando una estrategia similar, se hubiese asegurado varias reservas y ahora liberase alguna. Volví a actualizar. Nada.

—¿Y qué pasa con esa? —Por encima de mi hombro, Inge señaló la pantalla.

Estaba tan enfrascado en las reservas recién abiertas para los diez días siguientes que no había reparado en un hueco sin reservar a las 20.00 horas con fecha de ese mismo día. Seguramente llevaba todo el tiempo ahí. Acepté, y el programa de reservas respondió solicitándome los datos de la tarjeta de crédito. ¡Tenía una reserva para dos esa noche!

—Rosie no tendrá ningún plan, créeme. Quedaré con ella para cenar y así nos aseguramos. Puedes dejarte caer por allí y darle una sorpresa —dijo Gene.

 

—¿Qué le ha pasado a tu camisa? —preguntó Sonia.

—Un accidente con la colada.

—Parece como si te la hubieras teñido en plan hippy. No puedes salir con esa pinta.

—Es sumamente improbable que el restaurante me niegue la entrada. Si mi camisa fuese poco higiénica o no la hubiese lavado o…

—No lo digo por el restaurante. Lo digo por Rosie.

—Rosie me conoce.

—Entonces ha llegado la hora de que seas menos predecible. En la dirección correcta.

—Le pediré prestada…

—No le pedirás una camisa a Dave. ¿Te has fijado en él últimamente?

El proyecto de reducción de peso de Dave iba tan mal como mi matrimonio.

 

Me desvié hasta Bloomingdale’s de camino al piso. Había otros establecimientos de ropa masculina más próximos a mi ruta, pero consideré ineficiente desplazarme en un trazado urbanístico desconocido. Una experta técnica de ventas dio como resultado unos vaqueros nuevos que se adaptaban al cambio en la medida de mi cintura. Calculaba mi IMC actual en 24, un incremento de dos puntos totalmente inesperado. Mi regreso al Sistema Estandarizado de Comidas implicaba que mi ingesta de carbohidratos volvía a estar bien gestionada. El ejercicio físico —correr, bicicleta y las sesiones programadas de artes marciales— se había mantenido estable, y con el frío ambiental tendría que haber quemado kilojulios adicionales. Unos pocos segundos de reflexión bastaron para identificar el factor variable: alcohol. Ahora tenía otro motivo para reducir su ingesta.

Cuando llegaba al edificio, un hombre de aproximadamente mi edad se acercó desde la dirección opuesta. Llevaba un café en cada mano. Sonrió y esperó a que pulsara el código de seguridad del portal. Los laboratorios universitarios y las salas de informática tienen unos dispositivos similares, y en nuestra formación obligatoria habíamos tratado exactamente aquella situación.

—Permite que te sujete un café. Así podrás introducir el código, y no me convertiré en cómplice de una violación de las normas de seguridad.

—No te molestes. Para qué enredar la madeja.

Empezó a alejarse.

Al parecer, acababa de frustrar un posible allanamiento de morada. A menos que alertase a la policía, aquel hombre volvería para aprovecharse de un inquilino menos concienzudo que yo. Podía ser un asesino, un violador o una persona capaz de infringir una de las numerosas normas comunitarias con absoluta impunidad. ¡Y Rosie estaba en el edificio!

Mientras me desenganchaba el móvil del cinturón para llamar al 911, se me ocurrió otra posibilidad. El acento de aquel hombre me resultaba familiar, así como la curiosa metáfora relacionada con la industria textil. «Para qué enredar la madeja…». Lo llamé.

—¿Era tu intención visitar a George?

El hombre se acercó de nuevo.

—Esa era la idea.

—Puedes pulsar el interfono. Vive en el último piso.

—Lo sé. Quería llamar directamente a la puerta.

—Es preferible utilizar el interfono. Así, si no quiere verte, no tendrá que abrir.

—Lo has captado.

Yo había tomado la decisión correcta. Era fácil olvidar que George era una estrella de rock o, al menos, una antigua estrella de rock y, por consiguiente, probable víctima de la persecución de cazadores de autógrafos y otros acosadores.

—¿Eres un fan de los Dead Kings?

—La verdad es que no. Ya los oí bastante de niño. George es mi padre.

Mis aptitudes para el reconocimiento facial son escasas, y los humanos incurren en reconocimientos de patrones de repetición de forma un tanto excesiva. Sin embargo, había un claro parecido en la cara delgada y la nariz larga y un poco curvada.

—¿Tú eres el drogadicto?

—Creo que el término que se usa en mi caso es «adicto en rehabilitación». Me llamo George.

—¿También George?

—George IV, para ser más exactos. Empezó con mi bisabuelo George. Mi viejo es George III. ¿Lo conoces?

—Correcto.

—Encaja, ¿verdad? La locura de Jorge III; y yo soy Jorge IV, el príncipe regente. Así solían llamarme en mi familia: el Príncipe.

Era posible que el Príncipe fuese un impostor, un cazador de autógrafos con mucha imaginación, pero estaba seguro de que podría proteger a George de él, de ser necesario. Suponiendo que no llevase un arma oculta.

—Te cachearé por si llevas armas y luego te acompañaré arriba —dije. La fórmula me era familiar, aunque posiblemente la había sacado del mundo del espectáculo visual y no de la experiencia personal.

El Príncipe rio.

—Te estás quedando conmigo.

—Esto es América —señalé con lo que esperaba que fuese una voz autoritaria.

Procedí a cachearlo. Estaba limpio.

O bien George no se encontraba en casa, o bien no respondía. Eran las 19.26 horas, y necesitaba treinta y cinco minutos para cubrir el trayecto al restaurante.

No podía dejar al Príncipe en el edificio, sin supervisión.

—Propongo telefonear a tu padre.

—No te molestes. Pasado mañana ya no estaré aquí. He venido por si lo veía de casualidad.

—Si te dice que no, el resultado será el mismo que si te vas: no lo verás.

—No será lo mismo. Ni de lejos. Pero adelante.

George no respondió al teléfono.

—Me voy, entonces —dijo el Príncipe.

—¿Quieres que le transmita algún mensaje a George?

—Dile que no fue culpa suya. Cada uno es responsable de su vida.

No quería que el Príncipe se fuera. George se había mostrado muy angustiado por el daño que le había causado a su hijo, y le convendría oír directamente del chico que no lo consideraba el culpable. Pero no veía el modo de mantener al Príncipe en el edificio sin quedarme yo mismo allí o infringir las normas de seguridad.

—Recomiendo que vuelvas más tarde.

—Gracias. Puede que lo haga.

Supe con absoluta certeza que el Príncipe mentía y que no regresaría. Se me hacía muy extraño sentirme tan seguro de algo sobre lo que era incapaz de citar pruebas concretas. Sin duda, había procesado subconscientemente cierta información. Seguía pensando en ello cuando llamé a la puerta de mi piso.

Rosie abrió. Estaba guapísima. Se había maquillado un poco, acababa de perfumarse y llevaba un vestido que se adhería a sus nuevas curvas. Gene estaba detrás.

Rosie sonrió.

—Hola, Don. ¿Qué haces aquí? Creí que Gene me invitaba a cenar. —Sonrió de nuevo.

—Y eso hará. Yo sólo he venido a comprobar la cerveza. Pero veo que no hay indicios de inundación. Inspección completada.

Corrí de vuelta al ascensor e introduje el pie antes de que la puerta se cerrase. Gene me siguió.

—Pero ¿qué demonios te pasa, Don? ¿Adónde vas?

—Emergencia. No estoy disponible. Rosie esperaba salir contigo. El cambio es imperceptible para ella.

—No pienso llevar a Rosie al Momofuku Ko.

No había tiempo para discutir.

Llegué a la planta baja, miré a ambos lados de la calle y vi al Príncipe llamando un taxi. Eché a correr cuando uno se detuvo y llegué justo a tiempo de apartarlo a rastras de la puerta ya abierta. El taxista no se alegró mucho de mi intervención, y acabé abrazado al Príncipe mientras el taxi se alejaba.

—Pero ¿qué demonios te pasa? —preguntó, expresando su sorpresa exactamente con las mismas palabras que Gene.

—Te invito a cenar —le propuse—. En el Momofuku Ko. El Mejor Restaurante del Mundo. Mientras esperamos a tu padre.

Había establecido la asociación en cuanto Rosie abrió la puerta y me vi deslumbrado por su belleza. Noté un dolor inmenso, la comprensión de que iba a perderla y la sensación resultante de que vivir no valía la pena. Fue una emoción extrema y una conclusión irracional, y ambas habrían pasado, como pasaron en mi época de veinteañero, cuando hubiese mirado al abismo de la depresión y conseguido retroceder. Eso era lo que había reconocido finalmente en el Príncipe. Se hallaba al borde del abismo. Había dicho que pasado mañana ya no estaría aquí.

Curiosamente, me había decidido a ir en busca de aquel joven confiando en mis aptitudes menos fiables. Y además, quizá perdería la última oportunidad de salvar mi matrimonio. Estaba seguro de que Rosie y Gene me habrían dicho que lo había entendido mal. Pero el riesgo asociado al error era demasiado grande.

Solté al Príncipe.

—Tendrás que explicarte antes de llevarme a ningún lado. Para empezar, ¿quién eres?

—Está bien. Te lo explicaré mientras andamos. Nuestra prioridad principal es coger el metro. Las reservas se pierden pasados quince minutos del tiempo de llegada programado.

Buscaba el modo de averiguar si mi hipótesis de la depresión era correcta sin preguntar directamente. Se me ocurrió rememorar mi estado mental de las malas épocas, para así formular el tipo de pregunta que suscitase una respuesta sincera. No fue agradable.

—¿Estás bien? —preguntó el Príncipe.

—Me ha venido un mal recuerdo a la cabeza —contesté—. Una vez estuve tan deprimido que hasta me planteé suicidarme.

—A mí me lo vas a contar.

 

Envié un mensaje de texto a Gene diciéndole que usaría la reserva, por si acaso había cambiado de opinión acerca de ir con Rosie. El Príncipe y yo llegamos doce minutos tarde, tres minutos dentro del límite de tolerancia. Hubiera preferido cenar con Rosie, sin duda alguna, pero habría surgido el problema de qué decir. Pese a los ánimos de Sonia, seguía sin encontrar la solución al Problema Matrimonio.

Pero la cena con el Príncipe fue fascinante.

—George me dijo que te convenció para que tomaras drogas, lo que finalmente hizo que te convirtieras en adicto.

—¿Te dijo eso?

—Correcto.

—Muy noble de su parte. Supongo que entonces puedo contarte toda la historia.

Vino el camarero para tomar nota de las bebidas. El Príncipe pidió una cerveza. Al parecer, su programa de rehabilitación le permitía consumir alcohol, por lo que recomendé sake como licor más compatible con la comida. Yo pedí agua con gas.

—Para resumir, papá era el que iba del rollo rock’n’roll y yo era todo lo contrario. Salvo por la batería. Nada de estimulantes artificiales para mí. —El Príncipe usó una entonación no estándar en la última frase, como si imitase a un superhéroe de dibujos —. Y lo decía en serio. Entonces él me contestó: «No puedes ir por la vida sin haberte colocado ni siquiera un poco. Sin saber lo que es». Como yo era un tipo muy friqui, ya sabes a qué me refiero, decidí tener una sola experiencia y que fuese la mejor posible.

—¿Investigaste diferentes drogas?

—Lo sé, es de locos.

Me parecía de lo más razonable. Me pregunté por qué yo me había decantado por el alcohol y la cafeína sin investigar adecuadamente las alternativas, o ni siquiera el impacto de esas dos sustancias. Eran legales, pero también lo era el tabaco. Sin duda, la legalidad era menos importante que el riesgo mortal. La excepción habían sido las anfetaminas, que consideré que tenían un propósito preciso y circunscrito. Le expliqué mi propio experimento, y el desastre de examen resultante.

—El profesor me enseñó el examen porque le había exigido una revisión, y resultó que mi texto era incomprensible. ¡Un galimatías!

El Príncipe rio.

—Pues bueno, yo decidí que el ácido era lo mejor, por la calidad de la experiencia y la seguridad; por todo.

—¿Elegiste la dietilamida de ácido lisérgico? ¿Como droga óptima?

—Me tomé una dosis de LSD. ¿Y sabes que todos dicen que una dosis no puede convertirte en adicto? Pues yo soy el tipo al que deberían sacar en los vídeos didácticos. Porque fue la mejor y más fantástica experiencia de mi vida. Y no quise hacer nada más que repetirla. Y… ya sabes…

—No.

—No lo conseguí. No tuve la misma experiencia, al menos. Tuve malos viajes, viajes mediocres, tomé toda clase de mierda, y luego empecé a probar otras cosas. Lo probé todo. Durante mucho tiempo. Nunca volví a conseguir lo que quería. Así que empecé a retroceder. Y aquí es donde estoy ahora. Sólo esto.

Movió el vaso de sake. Como resultado de mi reciente decisión, yo no bebía alcohol. Fue interesante ver cómo el estado del Príncipe cambiaba a medida que la bebida surtía efecto. Comprendí que probablemente Rosie había experimentado lo mismo al vernos a Gene y a mí caer en la ebriedad, ahora que ella era una abstemia provisional.

—Así que has resuelto el problema —confirmé.

—Pero he perdido los mejores años de mi vida. No tengo pareja, ni hijos, ni trabajo.

—¿No tienes trabajo? —Desastre—. Necesitas trabajo. Lo otro es opcional, pero necesitas un trabajo.

—Soy batería. Un buen batería. ¿Sabes cuántos buenos baterías hay en el mundo? Creí que aquí me saldría algo, pero no ha funcionado.

Mi teléfono vibró. Era Gene.

«Con Rosie en Café Wha? ¿Dónde coño estás?».

Escribí la respuesta, y Gene me invitó a que los acompañáramos. Corrección: me ordenó que los acompañáramos.

—¿Te apetece escuchar algo de música? —pregunté al Príncipe.

Él seguía siendo mi principal prioridad, y aunque su estado emocional parecía haber mejorado mucho, sabía por experiencia que el problema no estaba solucionado.

—¿Por qué no? A lo mejor el grupo no se presenta y puedo pasarme un par de horas tocando solos de batería.

Entonces le pedí que no hablase. Yo necesitaba pensar. Caminar es bueno para pensar, como también lo son otras actividades repetitivas. Lamentablemente, el paseo hasta Greenwich Village no fue lo bastante largo para generar una solución óptima al Problema del Príncipe.

El grupo actuaba abajo. Cuando abrimos la puerta, comprendí por qué Gene había decidido pasar la velada escuchando música en vivo, algo nada habitual en él. En el bombo de la batería se leían las palabras «Dead Kings». Detrás de la batería estaba George.

Miré al Príncipe.

—¿Sabías que tocaba aquí? —preguntó.

—No. Esto es el simple resultado de la interrelación humana.

Aunque había oído ensayar a George múltiples veces, nunca lo había visto ejercer su actividad repetitiva más característica. Entramos y nos quedamos escuchando un rato. El Príncipe miraba a su padre, y yo buscaba a Rosie y a Gene. Debido al numeroso público, no conseguí localizarlos.

Pregunté al Príncipe qué opinaba de la competencia de su padre.

—Es mejor de lo que era.

—¿Mejor que tú?

—Es bueno para los Dead Kings. No todo va de virtuosismo técnico. La gente criticaba a Ringo, pero era un batería excelente para los Beatles.

Escuchamos tres temas más junto a la entrada. Fue entonces cuando conseguí completar el proceso de resolución de problemas. Anoté mentalmente que debía ser menos crítico con mis alumnos por usar auriculares en horas de estudio.

El cantante anunció una pausa, y seguí a George con la mirada. Se dirigió a una mesa delante del escenario; el pelo rojo de Rosie era inconfundible. Indiqué al Príncipe que esperase y me acerqué. George y Gene se alegraron de verme; Rosie, posiblemente, no tanto.

—Qué considerado por tu parte aparecer por aquí. Ya habrás cenado, supongo — dijo Rosie.

—Correcto. Necesito hablar con Gene.

—Cómo no.

Aparté a Gene y le expliqué cuál era mi objetivo. Tenía una solución teórica, pero la ejecución de los protocolos sociales me resultaba demasiado compleja. Gene, por supuesto, se mostró confiado y seguro.

—Yo hablaré con George. Tú te encargas de… como se llame.

—El Príncipe.

—El Príncipe. Vale. Lo haré con dos condiciones, Don. La Número Uno es que hagas un esfuerzo, de verdad, para arreglar las cosas con Rosie.

—He hecho todos los esfuerzos posibles.

—Esta noche no lo ha parecido. La condición Número Dos es que debes infringir una norma.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Gene pedía un precio muy elevado. Me señaló un cartel: «TERMINANTEMENTE PROHIBIDO EL USO DE CÁMARAS FOTOGRÁFICAS O DE VÍDEO».

—Saca el móvil. Este será un momento para la eternidad.

Gene volvió a su mesa. Vi que hablaba con George, que respondió mirando frenéticamente a su alrededor. Pero el instante elegido era perfecto. El grupo volvía al escenario, y llamaron al batería.

Tocaron un tema, y después George, que tenía micrófono propio, anunció lo siguiente:

—Mi hijo está aquí esta noche. Llevaba mucho tiempo sin verlo. También se llama George, y la última vez que lo oí tocar era, de lejos, mucho mejor que yo.

Se oyeron aplausos, y el Príncipe saludó. George le hizo una señal para que subiera al escenario, y él se negó, pero lo empujé y le informé de que persistiría, de ser necesario.

El Príncipe subió al escenario, y George le indicó que ocupara su lugar en la batería. La banda empezó a tocar mientras George y yo nos sentábamos con Rosie y Gene. George estaba totalmente absorto mirando al escenario. El Príncipe parecía de lo más competente. Cuando terminó el tema, George se levantó. Apagué el teléfono —había estado grabando con la aplicación de vídeo que provocó mi arresto en el parque infantil— y me levanté con él.

—El cambio de papeles es permanente —le dije—. El Príncipe necesita un empleo, y tú necesitas escapar del patrón repetitivo de los cruceros atlánticos. — Detecté cierto grado de resistencia—. Así también compensas el error que cometiste y que destruyó temporalmente la vida de tu hijo.

George volvió a sentarse y se sirvió una copa de vino tinto.

—Y puesto que es un batería excelente, los clientes del crucero disfrutarán de un espectáculo mejor —añadí.