El final del círculo

Tom Egeland · Capítulo 5 de 15

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El final del círculo

Segunda parte

ante la célula fotoeléctrica, y hace «ping» cuando la puerta se cierra detrás de nosotros. Diane aprieta un botón con la figura de un coche. Siento un cosquilleo en la entrepierna.

En el garaje abre el maletero del Honda. Yo meto la maleta.

Diane sale marcha atrás de la plaza de garaje. Las cubiertas chillan cuando acelera, la resonancia suena a vacío. Me echo para atrás en el sillón y tomo aire. Me duelen las piernas.

Tenemos que esperar a que se haga un hueco, antes de que Diane consiga salir del garaje e introducirse en el tráfico. Uno de los coches que pasa, y que pega un frenazo ante la entrada del edificio, es un BMW 745

beis. No consigo ver el interior. Es imposible que sean ellos.

Segunda parte

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EL HIJO

Capítulo 4 – OMISIONES,

MENTIRAS Y RECUERDOS

Fue el verano que murió papá.

En torno a la cicatriz de terrenos talados y líneas de alta tensión, se extendía el bosque viejo como por rabia. Ahora hace veinte años. Pero cuando cierro los ojos, todavía puedo recrear las imágenes y los ambientes de aquellas vacaciones de verano. Bolsillos de cobijo en mi arboleda privada de recuerdos. El largo viaje en coche… El cielo sobre nosotros que estaba translúcido. La radio en una frecuencia que parpadeaba. Yo dormitaba mareado por el coche en el asiento trasero y oteaba a través de la ventana medio abierta. En el arcén, nubes de jejenes flotaban sobre la hierba amarilla y alta. El calor estaba denso por los aromas. Fríos lagos relumbraban como pedazos de espejos rotos entre los troncos de los árboles.

Recuerdo una barraca de troncos carcomida que estaba siendo degustada por el musgo y la podredumbre. Una bolsa de plástico casi vacía, con publicidad de café Ali, colgaba de una rama. Una cubierta de coche tirada.

Enormes bloques de peñascos. En el costado de la loma borboteaban riachuelos que desaparecían en tuberías grises de hormigón. Pasamos junto a lagunas cercadas por el boscaje. Yo me tragaba las náuseas. Mamá me acariciaba la frente. Papá iba al volante, silencioso y distante; Trygve Arntzen, a su lado, eufórico y berreante, con los pies sobre el salpicadero.

Huellas fangosas de ruedas, dejadas por la maquinaria de construcción, cruzaban el camino del bosque. Granjas con las ventanas selladas con tablones y los patios asalvajados. Túmulos del pasado. En uno de los patios había un viejo sentado sobre el tronco de la leña, estaba tallando madera.

Como un trasgo dejado de la mano de Dios, o como un viejo tío petrificado en el tiempo. No levantó la vista. Quizá no existiera.

La vereda subía serpenteando prado arriba desde el aparcamiento. Había oscuridad entre los árboles. En la penumbra, las raíces que asomaban semejaban serpientes fosilizadas. El musgo húmedo florecía sobre los troncos. Papá estaba silencioso. Mamá canturreaba. Trygve caminaba un poco por detrás de ella, yo iba el último. Debíamos de parecer cuatro sherpas desorientados. El aire de la montaña nos pasaba por encima, fresco y crudo.

–¡Bjornillo!

Distante y cálida, la voz de mamá se me colaba en el sueño. Como una caricia.

–¿Bjorn? ¡Mi niño!

Incluso a través de la lona de la tienda, me deslumbraba el sol. Eran casi las nueve. Busqué a Trygve, compartía tienda con él. Su saco de dormir estaba vacío; desinflado, medio vuelto del revés, como una piel de serpiente abandonada. Ahogado por el sueño, me hundí en la húmeda oscuridad de mi propio saco de dormir.

–¡Principito! ¡Bjorn!

Con un ruido suave, mamá abrió la cremallera e introdujo la cabeza en la tienda. Una cara de ángel rodeada de pelo revoloteante.

–¡Deeeeesaaaayuuuunoooo! – cantó.

Empezó a tirar del saco de dormir. Yo luchaba en contra. De forma contenida. En los últimos tiempos había empezado a despertarme erecto, pero difícilmente podía contarle eso a mamá.

El desayuno estaba dispuesto en platos de cartón sobre una manta extendida entre las tiendas. Rebanadas de pan cortadas toscamente con la navaja. Mantequilla. Salami. Embutido de cordero. Mermelada de frambuesa. Huevos y beicon muy fritos en el hornillo.

Trygve me golpeó el hombro con camaradería. Hacía algunos días que no se afeitaba.

A mamá no le gustaba que papá escalara. Papá y Trygve habían comprobado el sistema de seguridad delante de ella. Cuerda, empotras, cintas, mosquetones y ochos. Pero no sirvió de nada. Ella tenía miedo de que pasara algo.

Después de desayunar, mamá y yo nos encaminamos al lago para bañarnos. El agua estaba oscura y brillante. Le pregunté si creía que había sanguijuelas en el abismo. Ella creía que no. Cuando nos metimos, sentimos el agua tibia. A nuestro alrededor flotaban los nenúfares. Como en una laguna de trols. Nadamos hasta unos peñascos y nos encaramamos a ellos.

Mamá cerró los ojos y cruzó las manos detrás de la cabeza. Dentro del bosque un pájaro echó a volar, pero no se veía. Con la mirada perezosa, seguía las gotas de agua que caían por el cuerpo de mamá. Moviéndose a tirones, como gotas de lluvia sobre un cristal, se deslizaban sobre su piel y

goteaban sobre la montaña, donde pasaban mucho rato evaporándose hasta volver a casa.

También esto es un momento:

Había pescado dos peces y estaba muy contento conmigo mismo, fui silbando todo el camino de vuelta al campamento. Llevaba la caña de pescar al hombro y los peces en una bolsa de plástico, olían mal.

No había nadie allí cuando llegué.

Coloqué la caña junto a un árbol y colgué la bolsa de una rama quebrada para que los gatos salvajes o los osos pardos no cogieran los peces.

Entonces:

La voz de mamá, a través de la lona de la tienda: «¡Tontorrón!»

Pegué un respingo. A mi alrededor, el bosque estaba en silencio. Me transformé en un espíritu que deambulaba invisible, inaudible, en torno a la tienda.

Su voz no era tal y como yo la conocía. Había adquirido algo extraño.

Algo repulsivo. Que no estaba pensado para mis oídos.

Tierna, suave, llena de una humedad pegajosa.

Susurros profundos, risueños, desde un saco de dormir. Me quedé completamente quieto en la hierba, escuchando.

Mamá (como un suspiro, casi inaudible): «Eres tan gustoso.»

Silencio.

Mamá: «Oye. Ahora no.»

Risa burlona.

Mamá (juguetona): «¡No!»

Silencio.

Mamá: «Oye, pueden volver en cualquier momento.»

Movimientos.

Mamá (arrullando): «¡Ooooyee!»

Un animal salvaje gruñía desde el fondo del saco.

Mamá (riéndose por lo bajo): «¡Estás completamente loco!»

Pausa.

Gruñidos.

Silencio repleto de sonidos. El viento en los árboles. El lejano bramido del río. Los pájaros.

Mi voz, débil, enclenque: «¿Mamá?»

Durante largo rato hubo silencio.

Después sonó la cremallera de la tienda. Trygve salió a gatas y miró a su alrededor. Cuando me vio, se enderezó muerto de sueño y bostezó.

–¿Ya has vuelto?

–He pescado dos peces. ¿Está mamá aquí?

–¿Dos? ¡Vaya! ¿Son grandes?

Descolgué la bolsa de plástico del árbol y se los enseñé.

–¿Está mamá aquí?

–Justo ahora no. ¿Quieres que vayamos a limpiarlos?

Me cogió de la mano. Nunca antes lo había hecho. Yo vacilé.

–¿No quieres que vayamos a limpiarlos? – me preguntó con impaciencia, y me llevó a rastras.

Así que nos fuimos a limpiarlos. No tardamos mucho. Cuando volvimos, mamá estaba sentada sobre la gran piedra tomando el sol. Le sonrió a Trygve, con un poco de disculpa, con burla. Le pareció que los peces tenían un aspecto delicioso y prometió asarlos para la cena.

Cuando se piensa hacia atrás, es de los pequeños episodios de los que más cuesta desembarazarse. Mientras que todo aquello de lo que uno cree que va a recordar hasta el último detalle pasa huidizamente por la memoria.

Una mañana muy temprano, acompañé a papá de caza. Me despertó a las cuatro y media. Ni mamá ni Trygve querían ir. Pero Trygve me guiñó risueñamente un ojo cuando me vestía. Estaba bien despierto, listo para levantarse y talar una docena de árboles con su pequeña hacha de scout.

El sol brillaba pálido. De la tierra salía un vapor frío. En el fondo del valle, junto al gran lago, la niebla extendía largas lenguas que se adentraban por el bosque. Yo tiritaba. El frío del sueño me hacía estremecer. El cansancio se me acumulaba como algodón mojado al fondo de los ojos.

Encerrados en nuestros propios pensamientos, papá y yo ascendimos a lo largo del río y pasamos por delante de los peñascos en los que acostumbraban a escalar. Del río salía un rebufo gélido. Papá llevaba su Winchester al hombro. Los cartuchos pesaban en los bolsillos de mi anorak y se rozaban los unos contra los otros como los cantos rodados del cauce de un río.

El bosque estaba salvaje e intransitable. Troncos de árboles caídos, barrancos, pendientes con brezo, el cielo como un espejo lleno de vaho sobre las coronas de los abetos. La tierra pantanosa y los arroyos

gorgoteaban bajo nuestras suelas. El musgo empapado y el agua podrida olían a rancio. Tocones astillados, raíces volcadas, helechos en los claros de sol. Más arriba, en el collado, canturreaba un pájaro. El mismo tono una y otra vez. ¿Cómo conseguía no volverse loco? La luz era azul brillante y casi se podía tocar.

En la linde de un terreno de árboles talados ya repoblado, junto a un abeto derribado por una tormenta hacía mucho tiempo, papá se detuvo y miró a su alrededor. Asintió con la cabeza. Chasqueó la lengua. Hizo seña de que nos sentáramos. Le di un puñado de cartuchos. El cargó el arma.

Esperaba encontrar un zorro rojo. Quería tener un zorro disecado en la entrada. Uno que pudiera señalar cuando tuviéramos invitados para decir desenfadadamente: «Lo cacé este mismo verano. En los caminos de las profundidades de los valles.»

Nos quedamos tumbados en silencio mirando el terreno talado. Olía a hojarasca, a hierba y a tierra pantanosa. Los pájaros cantaban y silbaban al abrigo de la vegetación. Pero todavía era temprano, y el canturreo sonaba a media voz y como obligado. No era fácil permanecer quieto. Cada vez que bostezaba, papá me mandaba callar. Me arrepentía de haber ido. Era mamá la que se había empeñado en mandarme con él.

Yo lo vi primero. Salió majestuoso del boscaje, al otro lado del terreno talado. Temamos el viento en contra, así que no nos percibió. Un magnífico ciervo coronado.

Lenta y graciosamente entró en el claro. Mordisqueó las hojas de un pequeño abedul y oteó el paisaje con gesto de propietario. Tenía la piel rojiza y resplandeciente, como el bronce. Los picos de la cornamenta dibujaban una corona.

Miré a papá. El negó con la cabeza.

Se nos acercó más aún. Papá y yo casi no nos atrevíamos a respirar. Nos habíamos hundido completamente detrás del tronco.

De pronto el animal giró la cabeza.

Dio un paso hacia atrás.

Se volvió.

Entonces se oyó el disparo.

Yo giré bruscamente la cabeza. El Winchester de papá estaba apoyado sobre el tronco entre nosotros.

Se llevó el índice a los labios.

El venado cayó de rodillas e intentó arrastrarse hasta algún cobijo. El siguiente disparo lo derribó. Se desplomó de costado. Durante algunos segundos terroríficos estuvo pataleando y temblando.

De algún sitio del claro emergió un grito de triunfo. Y otro más.

Estuve a punto de levantarme, pero papá me retuvo.

Eran dos. Cazadores furtivos, según me explicó papá más tarde. Uno de ellos sacó una petaca de bolsillo, le pegó unos tragos y se la pasó a su compañero. Llevaba un largo cuchillo en una funda sobre el muslo.

Desenvainó el cuchillo y eructó. Mientras el compañero sostenía el vaso de plástico de un termo debajo del cuello del animal, él le hizo un tajo en la artería. Llenaron el vaso de sangre y la mezclaron con el aguardiente de la botella.

Y bebieron.

Agarraron las patas delanteras y pusieron al ciervo boca arriba. En un único y largo movimiento, uno de los hombres le abrió el vientre. Con un sonido repugnante, gorgoteante, echó los intestinos sobre la tierra, metro tras metro de intestinos azul acero que echaban vapor. Luego siguieron el resto de las vísceras. El hedor nos llegaba por oleadas a papá y a mí.

Los dos se sentaron en cuclillas. Encontraron lo que estaban buscando.

El corazón caliente. El hombre del cuchillo tenía la lengua en la comisura de los labios y entrecerraba los ojos mientras cortaba el corazón en dos.

Como si estuviera practicando cirugía cardiovascular avanzada, en medio del más negro de los montes. Le dio al compañero una de las mitades.

Luego se entregaron a comer.

Me estaba mareando. Los oía masticar. La sangre les corría por la barbilla.

Papá me sujetó mientras vomitaba silenciosamente.

Descuartizaron el animal y arrastraron el cuerpo a través del claro, al tiempo que cantaban y berreaban. Cuando papá y yo nos incorporamos, la cabeza del venado estaba abandonada sobre la tierra, mirándonos.

Las moscas ya habían empezado a exigir sus derechos sobre los restos.

En el bosque se oía una bandada de cuervos.

Hay quienes creen que te vuelves vegetariano para hacerte el interesante. Quizás haya algo de verdad en eso, pero muchos de nosotros nunca hemos tenido elección. Nos hemos visto empujados a ello. Por la barbarie de la sangre.

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Grethe no está en casa.

Casi no esperaba otra cosa. De todos modos, me he pasado unos cinco minutos en la calle acariciando su timbre, con la esperanza de que su telefonillo de pronto se pusiera a jadear o de que ella apareciera, girando la esquina, con un sorprendido «¡Hola, Bjornillo!» y una bolsa de plástico del Rema 1000.

El tranvía de Frogner pasa traqueteando, con el jaleo de una carga de chatarra, cosa que no está tan lejos de la realidad. Sobre mí, en el baldaquín de granito, retozan un sátiro y una ninfa. La imagen recuerda a Diane y a mí.

El día de ayer casi está sacado de una película que apenas recuerdas. Un poco como un sueño. Intento recrear la atropellada huida a Heathrow, el vuelo a casa, el viaje a bordo de Bola desde el aeropuerto de Gardermoen hasta la casa de campo de la abuela, junto al fiordo. Pero no consigo atrapar bien las imágenes.

Llegamos a la casa de campo temprano por la noche. El mar estaba apacible. En mi cuarto de la azotea, entre los libros de Hardy, las revistas y las ediciones destrozadas de Lo Mejor de 1969, en el olor de polvo calentado por el sol, nos amamos intensamente y con la dulzura del verano.

Avanzada la noche Diane sacó sus cintas de seda y quiso que la atara y que volviéramos a hacerlo. Un poco más duro. Así estuvimos un rato. Al final solté a Diane y dejé las cintas colgando de los cuatro postes de la cama.

En medio de la noche me despertó su llanto. Le pregunté qué ocurría, pero dijo que no era nada. Pasé la noche escuchando su respiración en la oscuridad.

Una mujer mayor que avanza con dificultad por la acera ha fijado su mirada en mí. Se para y suelta sus bolsas.

–¿Sí? – me dice a la cara. Con voz alta y desafiante.

Como si fuera la dueña del edificio. Y de la acera. Y de grandes partes del centro de Oslo. Y como si se hubiera dejado el audífono.

–Estoy buscando a Grethe Lid Woien -respondo. Igual de alto. Tal y como hablan a los viejos y retrasados las personas desconsideradas.

–¿La señora Woien? – pregunta. Como si Grethe hubiera sido alguna vez la señora de alguien. Su voz se suaviza-. No está en casa. Vinieron a buscarla.

–¿Quién vino a buscarla?

La pregunta sale un poco demasiado rápido, un poco demasiado cortante. Ella me mira asustada.

–¿Quién es usted en realidad? – inquiere.

–¡Un amigo!

–¡La ambulancia!

Grethe está incorporada en la cama. El periódico Aften-posten está extendido sobre el edredón.

–¡Bjornillo!

La voz es débil. Su rostro parece un cráneo vestido con algo de piel de más. Las manos le tiemblan tanto que el papel del periódico cruje. El sonido recuerda al de la hojarasca seca en el viento de una mañana temprana de noviembre.

–He intentado llamarte desde Londres. Varias veces -le digo.

–No estaba en casa.

–No sabía que estabas ingresada.

–Sólo unos días. Soy de cuero recio. No quería molestarte con esto.

–¡Por favor!

–No tiene mucha importancia. ¿Qué tal te ha ido en Londres?

–Todo es bastante confuso.

–¿Qué has sacado en claro?

–Que sé menos de lo que sabía cuando me marché.

Se ríe calladamente.

–Eso es lo que pasa con el conocimiento.

Me siento en el borde la cama y le cojo la mano.

–Tienes que contarme una cosa -digo.

–Pregunta, mi niño.

–¿Quién es Michael MacMullin?

–Michael MacMullin…

–¿Y Charles DeWitt?

Los párpados se le cierran lentamente, su interior se convierte en una pantalla para sus recuerdos.

–Michael… -Se contiene, pasa algo con su voz-. ¡Un buen amigo muy cercano! Era mi superior cuando estuve de lectora invitada en Oxford.

Bueno… -Su rostro adquiere un aire socarrón-. Más que un superior. Mucho más. Un hombre sabio y bueno. Si todo hubiera sido distinto, quizás él y yo

habríamos podido… -Abre los ojos y aleja la idea-. Hemos mantenido el contacto a lo largo de los años.

–¿Y DeWitt?

–Charles DeWitt. Amigo y colega de tu padre. Escribió el tratado junto con él y Llyleworth. Un dulce inglesito, un tipo curioso, casado con un rallador de mujer. Murió. En Sudán. Se le gangrenó una herida.

–¿Y todo eso ya lo sabías?

–Claro. Eran mis amigos.

–Pero no me contaste nada.

Me mira sorprendida.

–¿Qué quieres decir? ¿Acaso me lo preguntaste? ¿Por qué es importante?

Le aprieto ligeramente la mano.

–Tengo aún otra pregunta. – Vacilo porque sé lo descabellado que puede sonar-. ¿Podrían haberlos matado?

Grethe reacciona de un modo muy natural: con asombro.

–¿Podría haber matado quién a quién?

–¿Podría alguien haber matado a DeWitt?

–¿Qué estás diciendo? – Me mira inquisitivamente-. ¿Quién haría algo tan horroroso?

–¿MacMullin?

–¿Michael?

–¿Porque DeWitt sabía demasiado? ¿O porque se enteró de algo de lo que no debería haberse enterado?

Se ríe de modo cortante.

–¡Anda, que sí! Eso es impensable.

–¿O algún otro? Alguien de la SIS. ¿Llyleworth? No sé. Alguien…

Se ríe para sus adentros.

–¡Tú has leído demasiados libros, Bjornillo!

–Pasó algo. En mil novecientos setenta y tres. En Oxford.

Se pone rígida. Hay algo que no quiere soltar.

–¿Qué fue, Grethe? ¿Qué es lo que averiguaron? Algo relacionado con el cofre. ¿Qué fue?

Suspira profundamente.

–Si se me hubiera pasado por la cabeza… Se vieron envueltos en algo, Bjornillo. Pero no sé ni si ellos mismos lo entendieron.

–¿Quiénes?

–Tu padre. DeWitt. Y Llyleworth.

–Dos de ellos murieron.

–También a mí iban a iniciarme.

–¿Pero?

Se vuelve hacia la ventana. No me mira cuando dice:

–Me quedé embarazada.

El silencio se hincha.; -Un descuido -añade-. Cosas que pasan.

–Yo… -comienzo, pero no sé cómo seguir.

–Hace ya mucho tiempo.

–¿Qué ocurrió luego?

–Los últimos meses me marché. Tuve el bebé. En Birmingham. No lo sabe nadie, Bjornillo. Nadie.

Yo callo

–No podía tenerlo conmigo -dice.

–Comprendo.

–¿Sí? No lo creo. Pero así era.

–¿Has mantenido algún tipo de contacto con…?

–¡Nunca!

–Pero ¿cómo…?

Alza la mano. La cara vuelta hacia otro lado.

–¡No quiero hablar de eso!

–No es importante. Quiero decir… no para mí. No ahora.

–¿Sigues teniendo el cofre?

–A buen recaudo.

–Buen recaudo… -murmura, mastica y saborea las palabras.

–Grethe, ¿qué hay en el cofre?

–No lo sé. – Suena a disculpa.

–Pero ¿qué sabes? ¿Es el manuscrito Q? ¿O es algo completamente distinto?

Se recuesta a medias en la cama. Es como si estuviera intentando sacudirse de encima la enfermedad, la debilidad, la decrepitud. El esfuerzo le entrecorta la respiración. Me mira con los ojos llenos de obstinado entusiasmo.

–¿Sabías que hay quien cree que las ramas más antiguas de la aristocracia francesa y británica son descendientes de tribus precristianas

que fueron expulsadas de Oriente Medio?

–Saber, saber.

–¿Y que algunas de las familias reales actuales descienden de nuestros antepasados bíblicos?

–Puede que haya oído alguna especulación al respecto -respondo con vaguedad. Me pregunto si los médicos le estarán administrando algún medicamento fuerte.

–Pero qué sé yo… -se dice a sí misma, como si se le hubiera contagiado mi incredulidad-. Tendrá un derecho a adivinar, ¿no? A deducir. A razonar.

A través de la puerta oigo a un niño pequeño que grita encantado:

«¡Buelo!»

–Hay una… agrupación -continúa.

En el pasillo alguien ríe. Me imagino al abuelo levantando al nieto.

–No sé mucho sobre ella -explica Grethe. Oscila entre hablarse a sí misma y hablarme a mí. Como si fuera a sí misma, y no a mí, a quien quiere convencer-. Pero sé que existe.

–¿Una agrupación? – intento ayudarla.

–Hunde sus raíces en la aristocracia francesa. Una congregación.

–Pero ¿qué hace?

–Llámalo una orden masónica, si quieres. Una secta hermética. Secreta.

No sé casi nada sobre ella. Nadie sabe gran cosa sobre ella.

–Entonces… ¿por qué la conoces tú? – Me echo a reír-. Quiero decir,

¿cómo puedes contarme todo eso si es tan secreto?

Me mira cortante, airada. Como si yo debiera saber no preguntar. Pero enseguida se le suaviza la expresión.

–Quizá conozca a alguien que… -Se interrumpe a sí misma-. Incluso para los iniciados en la orden, el resto de los miembros es desconocido. Un miembro conoce, como mucho, a otros dos o tres. Cada uno sabe sólo la identidad de un único superior. La estructura es intrincada y secreta.

–¿Adonde quieres ir a parar?

–Quizá sean ellos quienes busquen el cofre, Bjornillo.

–¿ Una orden secreta?

La pregunta suena muy incrédula. Despectiva sería aún más preciso.

Ella no responde.

–Entonces, ¿ellos también saben lo que contiene el cofre?-inquiero.

Grethe mira ante sí.

–Siempre han estado buscando. Siempre. Creo que lo que buscaban era el cofre. Todo empieza a encajar en su sitio. Todas las piezas. – Me mira de soslayo. Los ojos le dan vueltas. No sé si está del todo consciente.

Me levanto y me acerco a la ventana. La potencia de la luz me obliga a entrecerrar los ojos. Unos obreros están montando un andamio en el edificio vecino. Parece algo cojo, pero supongo que saben lo que hacen.

–Estás cansada. Yo ya me voy.

–No tiene sentido -murmura. Y más alto-: ¡Se lo dije a Birger!

No sé de qué está hablando.

–¡Se lo advertí! ¡Se lo dije!

Respira pesadamente, traga, pero luego se le avivan los ojos. Es como si volviera a la realidad. Una especie de realidad.

–¡Nada es como se cree, Bjornillo!

Le aprieto la mano.

–Es hora de que me vaya. Estás cansada.

–Hay muchas cosas que en realidad no deseamos saber. – Me mira, como si quisiera contarme algo o, sobre todo, como si hubiera algo que quisiera que entendiera yo mismo.

–Ya lo sé. Pero ahora tengo que irme.

–Muchas cosas que no deseamos saber -repite-. Aunque lo creamos.

Muchas cosas que tampoco deberíamos saber. Muchas cosas que no nos conviene saber.

–¿Qué es lo que intentas decirme?

Cierra los ojos y ni siquiera la resonancia de las palabras proporciona ningún sentido.

–¿Tienes miedo, Grethe?

Abre de nuevo los ojos.

–¿Miedo? – Niega con la cabeza-. No te mueres hasta que nadie sabe que has existido.

De vuelta del hospital me paro en una cabina telefónica. Supongo que debería haberme agenciado un teléfono móvil. Pero estoy más a gusto sin él. Me da una absurda sensación de libertad. Nadie sabe dónde estoy. A no ser que yo mismo quiera.

Primero llamo a Diane. Sólo para oír su voz. No responde. Debe de estar en la terraza.

Luego llamo a Gaspar.

Está agitado, tembloroso. Han asaltado su casa y su despacho. No consigue entender por qué alguien ha entrado en ambos sitios. ¡El mismo día! Está demasiado alterado para hablar conmigo. Quizá sea lo mejor.

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Por si acaso, aparco a Bola en una calle lateral, más abajo del edificio, y avanzo sigilosamente hasta la entrada por el sendero que hay entre los árboles junto a la pista de deporte.

Hace diez años los pisos eran grises y funcionales. Feos como el demonio. Ahora los arquitectos los han engalanado. Fachadas nuevas, colores nuevos, balcones nuevos, ventanas nuevas. Feos como el demonio.

Cojo el ascensor hasta el décimo y entro en mi casa. El piso huele a cerrado. Tal y como huele cuando he estado de vacaciones. Percibo otro aroma más: cigarro habano viejo.

El desorden que dejó el robo sigue desparramado. Han quitado incluso las sábanas. Mis libros están apilados a lo largo del suelo. Los cajones están abiertos.

Algo va mal. No sé qué. Es de nuevo mi intuición. No debería haberme pasado por aquí.

Compruebo el contestador telefónico. Cuatro mensajes de mamá. Ocho de la universidad. Uno de la SIS. Seis silenciosos. Y tres de la Voz de Pito que, con creciente irritación, insiste en que me ponga en contacto con la policía.

¡Inmediatamente!

Con un suspiro descuelgo el auricular y hago lo que tengo que hacer.

Llamo a mamá.

Responde enseguida, con voz fría recita el número de teléfono. Como si su apellido fuera algo demasiado personal para compartirlo con cualquiera que marque su número.

–Soy yo -digo.

Se queda callada un ratito. Como si no consiguiera situar del todo mi voz. Como si yo fuese cualquiera que ha marcado su número.

–¿Dónde has estado?-pregunta.

–En el extranjero.

–He intentado dar contigo.

–Tuve que irme al extranjero. A Londres.

–Ah.

–Trabajo -añado, como respuesta a su pregunta no formulada.

–¿Llamas desde Noruega?

–Acabo de volver a casa.

–Hay mala conexión.

–Yo te oigo bien.

–Te he llamado varias veces. Trygve también tiene que hablar contigo.

Es muy importante, Bjornillo.

–Tuve que marcharme sin previo aviso.

–He estado muy preocupada por ti.

–No te preocupes, mamá. Pensé que sería mejor pedirte perdón.

–¿Perdón?

Actúa como si nada. Pero sabe perfectamente de qué estoy hablando. Y

sabe que yo lo sé.

–Por… aquella noche. Por lo que dije. No estaba del todo en mis cabales.

–No pasa nada. Corramos un tupido velo.

Por mí está bien, porque tampoco sé hasta qué punto estoy siendo sincero.

La conversación discurre hacia trivialidades. Una ocurrencia me empuja a preguntarle si puedo pasarme por su casa para hablar con ella sobre algo.

Me arrepiento en cuanto lo digo, pero se pone tan contenta que no consigo retirar la propuesta. Mamá se despide y cuelga. Me quedo de píe con el auricular en la mano.

Después se oye otro «clic».

–¿Mamá?-pregunto.

Pero sólo hay silencio.

–¿Eres tú?-dice Rogern.

Está completamente despierto y vestido. Aunque sólo son las doce y media. Se ha encendido una colilla. La mirada le destella. Se ríe para sí y me deja entrar.

El salón huele a incienso dulce, denso. Podrías colocarte con sólo inspirarlo. El olor se hincha, se dilata y presiona las paredes y ventanas para conseguir más espacio. Rogern se ríe entre dientes.

En la entrada, el correo que me ha recogido se apila en un montón.

Entre los periódicos, la publicidad y los recibos encuentro, en un sobre de Caspar, un telefax del Instituto Schimmer a la Dirección General de

Patrimonio Histórico. Le desean cordialmente la bienvenida a Mister Bjoern Beltoe durante la estancia de estudios para la que ha sido recomendado por la Dirección General de Patrimonio Histórico. No sólo eso: me ofrecen una beca de viaje e investigación que cubrirá la mayor parte de los gastos. Como tienen tan poca relación con el ámbito de investigación noruego… Indican un número de teléfono y un nombre. Peter Levi. Será mi contacto si decido ir. Cosa que esperan que haga. Lo antes posible. No hay más que llamar.

Me meto la carta en el bolsillo y le digo a Rogern:

–Tengo algo para ti.

Gruñe con expectación.

Le doy el CD que le he comprado. Él desgarra el papel. Cuando ha leído todos los nombres de la contraportada, cierra el puño en señal de agradecimiento.

–Dime, ¿qué hay en ese cigarro? – inquiero.

La pregunta desencadena una explosión de risa. Hace un gesto con la cabeza hacia algo que está a su espalda. Yo me vuelvo.

Una chiquilla sale del dormitorio. A primera vista da la impresión de que está buscando su peluche, su osito rosa. No puede tener más de catorce o quince años. Tiene una cara dulce y maquillada, un pelo negro como el carbón que le llega hasta la cintura. Lleva puestas unas braguitas negras y una de las camisas de Rogern. En torno a las muñecas y los tobillos se ha enroscado cintas trenzadas de cuero. En uno de los antebrazos luce un tatuaje que parece una runa o algún símbolo oculto.

–Nicole -dice Rogern. Nicole me mira inexpresiva-. Bjorn -le explica-, el tipo del que te hablé.

Ella se apoltrona en el sofá, echa una pierna sobre la mesa, recoge la otra en el sofá y empieza a liarse un cigarrillo. No sé muy bien para qué lado mirar. Tiene las uñas de los pies pintadas de negro. Le descubro otro tatuaje más. En la parte interior del muslo. Una serpiente que parece deslizarse hacia arriba.

–En forma, ¿eh? – dice Rogern, y me da un empujón.

Pierdo el equilibrio y casi me caigo. La cara se me inflama en fuego.

Nicole le hace una mueca a Rogern. Tiene la lengua roja y puntiaguda.

En la punta lleva un piercing. Enciende el cigarrillo. El modo en que echa el humo por las fosas nasales le confiere un aspecto curtido. Como si en

realidad tuviera cincuenta años y hubiera pasado cuarenta de ellos en un prostíbulo de Tánger. Sus ojos cazan los míos cuando le echo un vistazo.

No consigo mirar hacia otro sitio. Aunque lo intento. Su mirada es azul hielo y mucho más vieja que el cuerpo. Busca en mi interior, a través de las pupilas y hasta el cerebro, donde hurga en los rincones más oscuros y abre la tapa de baúles que yo creía que estaban cerrados. Se desliza lubricada y suave en torno a la hipófisis, aprieta y me hace hipar. Después me suelta.

Me sonríe. Con dulzura de niña. Una confidente que comparte mis secretos.

–Has vuelto a tener invitados -dice Rogern.

–¿Invitados? – pregunto mecánicamente. Intento ordenarme y airear mi cerebro tras la visita de Nicole y no entiendo de qué me está hablando.

–Dos veces. Por lo menos. Los oí. – Mira hacia el techo.

La realidad me da en todo el mentón.

–¿Quieres decir que han entrado por la fuerza? ¿En mi casa? ¿Otra vez?

–Sí. ¿Qué tienes pensado hacer ahora? – pregunta.

No tengo ni idea de lo que tengo pensado hacer ahora.

–¿De qué estáis hablando? – pregunta Nicole.

–De unas cosas -contesta Rogern.

–¿Qué pasa?-insiste.

–¡Cosas de hombres!-la despacha.

–Bah -bufa, y saca el labio inferior.

Es una casualidad que me acerque a la ventana, e igual de casual es que vea el Land Rover rojo. Sube a toda velocidad por la calle.

–Uhoh-musito.

Rogern me sigue la mirada.

–Joder. ¿Tienes la queli vigilada, o qué?

–¿Problemas con la pasma? – pregunta Nicole-. ¡Cómo mola!

–¡Mi bolsa! – le digo por lo bajo.

–¡Un momento! – Saca la bolsa con el cofre de un cajón cerrado de la cómoda con cedés.

–¡Chao! – nos grita Nicole cuando Rogern y yo nos precipitamos por las escaleras, que nos parecen más seguras que el ascensor en estos momentos.

Llevo el bolso debajo del brazo.

En la planta baja, me quedo esperando tras la puerta mientras Rogern sale a echar un vistazo. Cuando vuelve, pone los ojos en blanco.

–Tienen el coche fuera -susurra-. Uno de ellos está dentro. ¡El ascensor está en el décimo!

Tiene los ojos desorbitados. Lo que ocurre no es del todo real para él.

Participa en un juego de televisión interactivo en tres dimensiones.

Muy por encima de nuestras cabezas se abre la puerta de las escaleras.

Primero una y luego dos cabezas nos miran desde el décimo piso.

Echo a Rogern a un lado -«¡Sal tranquilamente y date un buen paseo!»-

y llamo a la puerta de la señora Olsen del primero. La viuda del viejo portero.

Zumba el ascensor y pasos acelerados repiquetean en las escaleras.

La señora Olsen entreabre la puerta. Resuenan los dientes sueltos, las joyas y las cadenas de seguridad. Me mira con ojos desbordados por la sospecha. Toda su existencia gira en torno al miedo a que la atraquen en su propia casa.

–Soy Belto-le chillo en el audífono.

–¿Quién ha muerto?

–¿No me reconoce usted?

Ella asiente con escepticismo. Nos hemos saludado yendo y viniendo de la tienda. Y hemos charlado junto a los buzones. Pero sigue negándose a excluir la posibilidad de que mi fachada oculte a un malvado demonio con los ojos rojos y los dientes afilados.

–Tengo que comprobar el nuevo balcón -le digo.

–¿Qué pasa con el ratón?

–¡BALCÓN! Hay peligro de que algunos de ellos puedan desprenderse.

–Nunca he oído nada de eso -objeta. Mira mi bolsa. Como si contuviera mi equipo portátil de herramientas de tortura.

–¡Me manda la dirección!-grito.

El ascensor se detiene.

Para una vieja socialdemócrata como la señora Olsen, «la dirección» es una contraseña mágica. ¡Sésamo! Me deja pasar y me sigue de cerca dentro del piso. Todo está perfectamente adornado y ordenado. Como si la Asociación de la Casa Cuidada estuviera a punto de aparecer en cualquier momento. Se pone a charlar sobre lo ineficaces que son los obreros, que la comunidad de vecinos nunca debería haberse gastado tanto dinero en los balcones nuevos, que ella desde luego votó en contra y que su Oscar, que en paz descanse, nunca habría tolerado ese tipo de tonterías.

Abro la puerta del balcón y salgo. Por lástima hago como si inspeccionara la junta que hay entre el suelo y la pared.

–¡Buenas noticias! Usted lo tiene todo bien, señora Olsen -le chillo-, no creo que su balcón se hunda en el futuro más cercano.

–¿No cree? ¿En el futuro más cercano?

–Además, vive usted en el primero. ¡Ja, ja! Si pasara lo peor, quiero decir. ¡Hay que ver lo positivo en todo!

Ella está a punto de preguntar algo. Le digo:

–Hay muchos balcones que inspeccionar, ¡mire por dónde creo que voy a coger un atajo!

Entonces me subo a la barandilla y bajo de un salto a la hierba. Aterrizo un poco mal y la señora Olsen se queda mirando cómo me alejo cojeando por el sendero de entre los árboles.

Allí me vuelvo. En el décimo piso, detrás de la luz de mi ventana, vislumbro el contorno de un hombre.

En el piso de abajo, Nicole mira por la ventana.

La saludo.

Ella me saluda a su vez.

En su balcón, la señora Olsen levanta la mano y la agita vacilante de lado a lado.

Desaparezco entre la arboleda.

Para despistar los misiles termodirigidos del enemigo, paseo durante un buen rato por las callejuelas del barrio. Saludo risueñamente a jóvenes señoras guapas con carritos de bebé. Saludo risueñamente a los perros y los pajarillos. Saludo risueñamente a los niños, que se quedan mirando sin contemplaciones al hombre pálido y loco.

Por fin me aventuro a acercarme a Bola. No lo han descubierto al pobre.

Dejo el bolso con el cofre en el asiento de atrás. Pongo mi chaqueta encima.

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El jardín que rodea al palacio de la parte baja de Holmekollen está lleno de colores. Los arbustos florecen con alegría. Todo es asquerosamente exitoso. Incluso el césped se desborda satisfecho de sí mismo.

Paso algunos minutos hiperventilándome en las escaleras para reunir el valor suficiente para llamar al timbre. Cuando mamá abre, veo que ha bebido. El maquillaje semeja emplaste en sus diminutas arrugas. Tiene los

ojos pesados por el vino y el Valium. Los labios parecen haber sido besados hasta hacerlos añicos. Se me ocurre que es como una mamá de burdel que acabara de ser convertida por una oscura secta religiosa.

–Pero, querido, ¿eres tú? ¿Ya?

No pretende ser una pregunta. Tengo la impresión de que algo ineludible la ha retenido.

–Soy yo. ¿Dónde está el profesor?

–¿Trygve? Ha tenido que salir de viaje. De pronto.

–¿Adónde?

–¿Qué importa eso? ¿Pasa algo? ¿Qué te traes entre manos últimamente? ¿Cómo te sientes?

Las preguntas le salen a chorros. Cada vez que me comporto de un modo inusual, mamá cree que he tenido una recaída. Que los cuidadores de la clínica corretean por la ciudad buscándome con sus redes y sus camisas de fuerza. Con frecuencia parece que se avergüenza de mis nervios. Que hubiera preferido algo más tangible. Como cáncer. Infarto. Creutzfeldt Jacobs. Sida. He intentado explicarle que el cerebro, en realidad, no es nada más que un corazón o un riñón. Una pasta de células nerviosas, fibras, materias grasas y líquido en la que nuestros pensamientos -todo lo que sentimos, todo lo que somos-, en el fondo, pueden reducirse a señales químicas y electrónicas. Y que un padecimiento psíquico no es más que un desequilibrio. Pero mamá es de esas que pegan un respingo cuando alguien le dice que tiene problemas con los nervios. Se retrae. Como si hubieran pensado cortarle la cabeza. Y comérsela.

Cruzamos el salón, haciendo un gran arco para sortear la alfombra persa, y vamos a la cocina. Breuer alza la cabeza y eructa. Su cola golpea dos o tres veces el suelo. Esa es la alegría de verme que consigue movilizar antes de dejar que la cabeza se hunda de nuevo sobre sus pezuñas.

Deposito la bolsa con el cofre en el suelo. No creo que mamá sepa lo que contiene.

Silencio.

–Así que… ¿querías… hablar conmigo? – dice.

Nunca consigue disimular. Ella pretendía que sonara digno de confianza, así como mira-qué-bien-que-te-hayas-pasado-por-aquí, pero le sale como un hipido.

He ensayado a solas esta conversación desde la adolescencia. Así que se puede decir que estoy preparado. He hecho carpintería con las réplicas, las he repasado, lijado y pulido, y he adivinado las respuestas de mamá. Pero todo lo que he estudiado desaparece en un sumidero de olvido.

Miro a mamá. Ella me mira a mí.

Finalmente me limito a decir:

–¡Os vi!

No sé qué estaba esperando ella que dijera, pero no creo que fuera eso.

–¿Nos viste? – pregunta sin entender.

–En la acampada.

–¿En la acampada?

De fondo oigo un jaleo de voces y risas que me confunde hasta que comprendo que hay una radio encendida en una habitación contigua.

–Aquel verano. Tú. El profesor.

Cada palabra es un torpedo. Pasan algunos segundos hasta que alcanzan el objetivo. Mamá pega un respingo. Cinco veces. Todas las palabras han alcanzado su objetivo en lo hondo de su alma.

Al principio no dice nada. Los ojos se le ponen translúcidos. Miro en el fondo de su cerebro. Está rebobinando. Como en un proyector de cine hacia atrás, veo cómo rememora aquel verano. Y revive las caricias empalidecidas del profesor.

–¿Nos viste? – repite, como para brindarme la oportunidad de decirle que es todo una broma, que no vi nada, que estoy de guasa.

Pero me limito a mirarla.

–¡ Ay, Dios mío, Bjornillo! Ay, Dios mío, corazón.

Siento cómo se me tensan los músculos de la mandíbula.

Ella toma aire profundamente.

–¡No significaba nada! – exclama. La voz es fría, de rechazo. Se diría que se está defendiendo ante papá-. ¡No en aquel momento!

–Te casaste con él. Así que algo debía de significar.

Tiene la mirada sacudida, indignada.

–Eso fue más tarde. Entonces ya habíamos… Pero aquel verano… -

Busca palabras que no encuentra.

–Fuiste infiel.

–Papá y yo… teníamos un acuerdo. Nunca nos traicionábamos. Papá también… -Se frena-. Si papá hubiera seguido viviendo… -Las palabras se

le atragantan en la garganta.

–Era amigo de papá -le reprocho.

Ella me coge de la mano.

–No parasteis ni en la acampada -sigo-. ¡Delante de las narices de papá y de las mías!

–¡Pero, Bjornillo! ¡Cariño! ¡Nunca se me ocurrió que…! Creía que ninguno de los dos…

–¡Pues creíste mal!

Me aprieta la mano. Fuerte.

–Ay, Dios. Bjornillo… No sé qué decir. No sabía que tú lo habías notado. O comprendido. Eras tan pequeño…

–Era lo suficientemente mayor…

–Lo siento muchísimo. Papá y yo teníamos una relación abierta sobre eso. Habíamos hablado al respecto. Eran otros tiempos, Bjornillo. Otro…

estado. Debes tratar de entenderlo.

–No creo que papá lo entendiera.

Mamá mira al suelo.

–No, en el fondo creo que nunca lo entendió. – Tiene la respiración llena de picos-. Nunca conociste a tu padre tanto como yo -dice al recuperar el control sobre su voz-. No siempre era… -Evita mi mirada con tristeza-.

Siempre parecía tenerlo todo bajo control, pero por dentro era…

Nos miramos.

–Pero no creo que se tirara. Si es eso lo que quieres saber.

La cuestión debe de llevar macerándose en su mente más de veinte años. Me sorprende que pase a hurtadillas sobre sus labios como un pensamiento cualquiera.

–Pudo caerse de muchas maneras-digo.

La ambigüedad y la insinuación no hacen ninguna mella en ella.

–Trygve se lo tomó todo muy en seno. Nuestra relación, quiero decir.

Mucho más en serio que yo. Para mí era… no sé. ¿Una huida? ¿Un flirteo?

¿Un entretenimiento? ¿Una variación? ¿Una ruptura de la vida cotidiana?

Me mira interrogativamente, pero yo, desde luego, no tengo respuesta.

Se queda sentada, pensando.

–No era más que una aventura. Un idilio. Algo que se habría pasado.

Pero entonces ocurrió el accidente.

Permanecemos un rato callados.

–¿Y has llevado esa carga todos estos años? – dice mamá. Se lo dice sobre todo a sí misma.

En silencio dejo que el alcance de la pregunta haga su efecto.

–¿Por qué nunca has dicho nada? – exclama. La voz ha adquirido un tono duro.

Me encojo de hombros, no la miro a los ojos.

–Por Dios, Bjornillo, ¡qué pensarás de mí!

Preferiría no tener que responder a eso.

–Cuando murió papá… -comienza, pero no consigue seguir hilando-.

No creas que ha sido fácil. Todos los días he intentado olvidar.

–¿A mí también?

Ladea la cabeza.

–¿A ti?

Inspiro profundamente para recuperar el control de mi voz Ella se me adelanta.

–¿Te has preguntado alguna vez si has sido injusto conmigo?

Sólo la miro. Trago saliva.

–No sólo tú perdiste a tu padre. Yo perdí a mi marido. Al hombre al que amaba. A pesar de… eso con… Trygve. Pero creo que nunca has pensado sobre eso, Bjornillo. Ahora ya entiendo por qué, claro. ¡Dios, qué injusto has sido!

–Yo…

–¿Sí?

–Nada.

Ella asiente para sí. Tiene los ojos llenos de lágrimas.

–Siempre se pretende que los hijos no se enteren de esas cosas. ¡Eso lo comprenderás, supongo! – exclama.

Me siento como una mierda. Quizá lo sea.

–Supongo que fue un shock para los dos -murmuro. No es una gran excusa. Pero pretendía serlo.

–Trygve nunca ha querido hablar de lo que pasó aquel día. Nunca. Se lo reprocha a sí mismo. Pero no quiere decir por qué. Había cambiado los ochos la mañana que salieron. Porque Birger había cogido prestados los suyos. Así que en realidad tendría que haberse caído Trygve. Pero no he querido presionarlo. Hay que intentar olvidar. Dejar las cosas atrás.

A mamá se le da mejor que a mí eso de dejar las cosas atrás. Quizá porque yo abarco más cosas que ella.

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La chica de ojos azules de la recepción me mira confusa y exclama:

–Pero, Torstein, ¿te has comprado un abrigo nuevo?

Nunca la había visto. No me llamo Torstein. No me he comprado un abrigo nuevo. Pero paso por delante de ella con un guiño y un saludo y abro la puerta de una jungla climatizada de voluntariosas palmeras de yuca y helechos de plástico aún más voluntariosos. Aquí, en un alargado paisaje de despacho que pretenciosamente es denominado redacción central, hay tres periodistas sentados junto a sus ordenadores con pinta de estar intentando formular Los Diez Mandamientos. De la pared cuelga un póster con la foto de un ordenador que presume de los músculos de los antebrazos que le salen de la pantalla, donde pone: «¡PC! ¡La revista musculosa para la Noruega informática!»

Empujo una puerta de cristal translúcida. Detrás del escritorio hay una réplica exacta de mí mismo.

Torstein Avner tiene la piel pálida, el pelo blanco y ardientes ojos rojos.

Cuando la gente nos ve juntos, cree que somos gemelos idénticos. En la adolescencia fantaseábamos con catar a la chica del otro. No habrían notado la diferencia. Pero nunca llegamos a hacerlo. Ninguno de los dos tenía ninguna chica que intercambiar.

Me mira entrecerrando los ojos, tras lentes aún más gruesas que las mías, y cuando por fin me reconoce en la bruma que le impide la visión, se levanta y se echa a reír.

–¡Viejo águila! – grita, y me saluda risueño-. ¡Que te den por culo, eres tú! ¡Creía que por fin estaba teniendo una de esas experiencias extracorporales!

Nos estrechamos las manos.

–¡Mi viejo y querido Bjorn! – sonríe. No quiere soltarme la mano.

Le murmuro cohibido:

–Hace mucho que no nos veíamos.

Finalmente me suelta. Su sonrisa está llena de dientes.

–La chica de la recepción ha creído que yo era tú -digo.

–¿La Lena? – canturrea Torstein en el dialecto del norte de Noruega-.

Lo hace lo mejor que puede.

Torstein y yo nos conocimos en un curso sobre albinismo hace quince años. Nos hemos mantenido en contacto.

En cierto modo. Él se ha pasado de vez en cuando por mi casa. Yo me he pasado un par de veces por su trabajo en los últimos años. Empezó en

¡PC! como una especie de chico para todo que cobraba un suplemento sobre la pensión social. Después pasó a trabajar de periodista y le dieron su propia columna: @rtículos de @vner. Me enseñó algunos de sus artículos.

No entendí ni palabra. Ahora es el director técnico. Ahora entiendo, si cabe, aún menos que antes.

–Bueno, bueno. ¿Se te ha jodido el disco duro? – pregunta.

Me siento como un pariente avaricioso que visita a su tía agonizante.

Cada vez que me pongo en contacto con Torstein es porque tengo un problema con el ordenador.

–Necesito un poco de ayuda.

–Siendo tú quien pide, supongo que es algo más que un poco -dice, y se echa a reír.

–¿Podrías ayudarme a encontrar algo en internet?

–¡Claro! ¿Qué estás buscando?

Le entrego una hoja en la que he escrito una lista de palabras que buscar:

Los hospitalarios de San Juan

OceanofPDF.com