El final del círculo

Tom Egeland · Capítulo 6 de 15

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El final del círculo

Sis

Instituto Schimmer

Michael MacMullin

Monasterio de Vaerne

Varna

Rennes-le-Cháteau

Bérenger Sauniére

Manuscritos del mar Muerto

Monasterio de la Santa Cruz

El sudario de Turín

Manuscrito Q

Nag Hammadi

–¡Hala! – exclama-. ¿Seguro que no necesitas nada más?

–¿Es mucho? Quizá debas traducir algunas palabras al inglés.

–¡Hala!

–No lo necesito ahora mismo.

–¡Dame por lo menos una hora!

No sé si habla en serio o está siendo sarcástico.

–Con que me des las respuestas mañana me basta -digo.

–¿Qué buscador quieres que use?

Hago como si estuviera considerando la pregunta. En realidad no la entiendo.

–¿Yahoo? ¿Alta Vista? ¿Kvasir? ¿Excite? ¿HotBot? ¿MetaCrawler?

–¿Cómo?

–Ya veo, ya veo -dice, y se echa a reír-. ¿Quieres que te dé las cinco primeras entradas de cada concepto? ¿Como URL?

–¿Cómo? ¿Podrías imprimirlo?

–¿En papel?-grita.

–Encantado.

Pone los ojos en blanco.

–Bjorn, Bjorn, Bjorn… ¿Aún no te has enterado de que vivimos en una sociedad sin papel? Con tal de que queramos… ¡Y queremos! ¡Piensa en los árboles!

–Ya lo sé. Pero yo me resisto lo mejor que puedo.

–Será mejor que te copie los sitios web en un disquete.

–Torstein, preferiría que me lo dieras impreso. Además, alguien me ha birlado el disco duro.

–Papel -dice con desprecio. Como si lo considerara un medio tan anticuado como el papiro o las tablas de escritura cuneiforme.

Probablemente haga bien-. ¿Te han birlado el disco duro? – pregunta de pronto con sorpresa, pero no se molesta en escuchar la respuesta.

Antes de irme, cojo prestado el teléfono de «la Lena» para llamar a Diane a la casa de campo de la abuela. Lena me mira confusa mientras yo me quedo escuchando el ruido en la oreja. Tras el moreno de solárium, el agua de castaña y el colorete, percibo un ligero rubor cuando se da cuenta de que no soy Torstein.

Diane no responde.

____________________. ____________________

De vuelta a la casa de campo junto al fiordo, escondo el cofre en el último sitio del mundo donde a alguien se le ocurriría buscarlo. Estoy satisfecho con mi propia ingeniosidad. El sentimiento al menos me proporciona la sensación de tener las riendas del asunto.

La brisa del atardecer llena a Bola con un aroma suave y salado de final de verano. Me deslizo sobre las huellas de las ruedas del camino que lleva a la casa de campo de la abuela. Los jardines de las casas están repletos de ciruelos y cerezos a punto de reventar. Entre los árboles, el fiordo se mece brillante y soñoliento. Los jóvenes berrean allá abajo en el muelle. Un pequeño yate ha echado el ancla a poca distancia del tablón de anuncios de la Compañía de Salvamento. Un hidroavión arrastra su sombra sobre los montes pelados.

Aparco a Bola pegado al pino retorcido al final del camino y llamo alegremente a Diane. La puerta de la cabaña está abierta. El mantel de la mesa de la terraza ondea.

Cuando la he dejado esta mañana, dormía con la boca entreabierta y el pelo en la cara. No he tenido corazón para despertarla. El aire estaba helado, los cristales, empañados. He arropado su cuerpo desnudo con el edredón, la he besado en la mejilla y le he apartado el pelo. Antes de salir para Oslo, le he escrito dónde estaba en una nota que he dejado bajo el vaso de agua de la mesilla. Para «Mi ángel», firmado: «Tu príncipe». ¿No somos encantadores?

Toco el claxon -el pito de Bola suena como un silbato con saliva- antes de cerrar de un portazo el coche, esperando que ella salga corriendo.

«¡Bjorn! ¡Por fin!», gritará. Impaciente pero contenta. Temblando de expectación, comprendo que lo primero que vamos a hacer, cuando me haya abrazado y me haya preguntado por qué he estado tanto tiempo fuera, es follar cruda y sudorosamente en el crujiente sofá del salón.

Despacio y silbando, para darle tiempo a terminar con lo que sea que anda haciendo, asciendo las escaleras de piedra hasta la terraza, paso a la entrada -«¡Diane! ¡Soy yooooo!»- y la busco en la cocina. Ha estado comprando algunas cosillas para la cena en la tienda del pueblo. Huevos, cebollas, tomates, patatas, cerveza. Seguramente por eso no contestaba al teléfono. En la cocina están el ticket y un montón de monedas de una y diez coronas. Me pregunto un momento de dónde habrá sacado dinero noruego.

Un plato con comida que ha preparado para mí está cubierto con celofán.

Huevos revueltos, verduras troceadas. En una nota sobre el plato ha escrito mi nombre con grandes letras. Como para asegurarse de que algún duende no se lo comiera antes.

La busco. En el cuarto de baño, donde su cepillo de dientes, en el vaso de plástico rosa sobre el estante de cristal, hace que se me ensanche el corazón. En el dormitorio de la abuela. En el cuarto de invitados. En el desván, donde está su maleta sobre el suelo, abierta. En la despensa. En el jardín de detrás de la cabaña.

Tiene que haber salido a dar un paseo.

Cojo la comida y una cerveza y me siento en la terraza. Abajo, en el monte pelado, hay un hombre pescando. Debe de ser del camping, porque todo el mundo de por aquí sabe que no se consiguen piezas tan cerca de tierra. En medio del fiordo un velero rompe las olas. Unos prismáticos brillan en el yate que hay frente al muelle.

¿ Dónde podrá estar?

Me tomo la comida, vacío la cerveza y vuelvo a entrar. Estoy empezando a asustarme. Nunca se le habría ocurrido salir a dar un largo paseo sabiendo que yo estaba a punto de regresar. Me siento en el sillón de terciopelo verde que tanto le gustaba a la abuela. Los muelles crujen. El sonido me lleva de nuevo a la infancia, cuando el canto quejumbroso de los muelles llevaba al rottweiler devorahombres de la abuela, Grim, a esconderse debajo del sofá, donde se quedaba tumbado, temblando y

gañendo. Ya en aquel momento se me ocurrió que debía de haber sonidos que sólo oían algunos pocos. Visto así, tampoco hay motivos por los que sea imposible para algunos ver fantasmas.

Salgo al jardín trasero y me tiro en la hamaca, que se mece dulcemente.

El aire está lleno de pájaros. Una lancha cruza la superficie del agua. El viento mueve el cordel del mástil de metal de la bandera del vecino y genera un ruido hueco y alegre. Miro el reloj.

Hasta ese momento no caigo en la cuenta.

Se la han llevado.

Conocían la casa de campo. Nos han espiado.

Lo de tener yo las riendas es una ilusión. Un autoengaño.

Entro para buscar algo que ella pueda haber dejado; una nota, una señal secreta. Vuelvo a mirar en todos los cuartos. Me silba la cabeza. Como si hubiera bebido demasiado. Desesperado, bajo corriendo al borde del agua.

Como si tuviera miedo de encontrármela flotando sobre el agua. Con la cara algunos centímetros bajo agua.

Cuando me acerco de nuevo a la casa, oigo que suena el teléfono. Subo corriendo las escaleras de piedra, pero llego demasiado tarde.

Cojo una cerveza de la nevera. Tomo un trago. Respiro con dificultad.

Intento comprender. ¿Por qué se la han llevado? Si es que es eso lo que ha pasado. ¿Por qué a ella? ¿Dónde está? ¿Qué quieren de ella? ¿Usarla para presionarme? Me bebo la cerveza a grandes sorbos, eructo y coloco la botella vacía entre las moscas muertas del marco de la ventana.

El teléfono vuelve a sonar. Cojo el auricular y grito:

–¿Diane?

–Ella se encuentra bien. Ahora está con nosotros.

La voz es oscura, extraña. Bien modulada. Hay algo cálido en ella que le confiere un aire de falsedad.

No consigo articular ninguna respuesta. El interior del salón se me representa en todo detalle. Como si nunca antes lo hubiera visto.

–Nos gustaría charlar un rato contigo -dice el hombre.

–¿Qué habéis hecho con ella?

–Nada. No tienes por qué preocuparte. ¿Has comido?

–¿Dónde está?

–No pienses en eso. Está bien. ¿Estaba rica la comida?

–¡Que la jodan a la comida! ¿Por qué la habéis secuestrado?

–Tranquilízate. Reunámonos para charlar un poco.

–Ya he oído más charlas vuestras de las que necesito. ¡Voy a llamar a la policía!

–Adelante. Pero no creo que puedan hacer gran cosa.

–¡Diane no tiene nada que ver con esto! – grito.

–¿Cuándo vas a darnos el cofre?

Cuelgo el auricular y salgo corriendo a la terraza. ¡Necesito aire! Me estoy mareando. Con las manos apoyadas sobre la barandilla, intento recuperar la respiración.

Allá a lo lejos, en el fiordo, un grupo de barquitos se ha aglutinado junto al banco de peces. Las gaviotas de Revlingen se deslizan sobre los barcos en una nube de chillidos. Un gran ferry invisible da sus golpes de pulso sobre la superficie del mar. Cierro los ojos y me froto el puente de la nariz con las yemas de los dedos. Camino vacilante hacia atrás y me desplomo en la silla de mimbre. Tengo frío. El frío se extiende en rayos desde mi entrepierna hasta los dedos de pies y manos. Me agarro al borde de la mesa.

¿Qué me pasa?

La mitad derecha del cerebro empieza a hincharse y a picar. El cráneo se ha quedado pequeño para mi cerebro inflado.

Tengo la boca seca, la lengua se me pega al paladar. Emito unos ruidos horrorosos, me agarro la cabeza y trato de chillar. Pero sólo un hipido consigue soltárseme de los labios. Intento levantarme, pero los miembros se me han soltado del cuerpo y están tirados en un montón sobre el suelo de la terraza.

Un coche baja rodando por el camino. Las ruedas rechinan contra la grava. El motor gorgotea. Se detiene detrás de Bola. Apenas consigo levantar la cabeza. Es un Land Rover rojo.

Me echo las manos a la boca y aúllo.

Las puertas del coche se abren.

Son dos. Dos viejos conocidos del robo en casa. King Kong y el hombre refinado con traje.

Como si dispusieran de todo el tiempo del mundo, pasean hasta la terraza.

–Buenas noches, señor Belto -dice él refinado. Británico hasta las puntas de sus uñas con manicura.

Intento responder, pero las palabras se me atascan en la lengua y se reducen a un balbuceo sin sentido.

–Lo lamento profundamente -sigue el inglés-. Teníamos la esperanza de que quisiera colaborar. De manera que… todo esto fuera innecesario.

Me agarran por debajo de los brazos y me arrastran por la terraza.

Mis piernas golpean contra los escalones. Me meten en la parte de atrás del coche.

Luego no recuerdo nada más…

____________________. ____________________

Cuando era pequeño, conseguía siempre percibir que día de la semana era antes de despertar del todo. La callada somnolencia del domingo, el suspiro de aburrimiento del miércoles, el palpitar del viernes. Con los años perdí aquella facultad, como tantas otras. Ahora, de vez en cuando, me pillo a mí mismo a mediodía preguntándome qué día es. Y qué año.

La ventana cuadriculada está dividida en seis cristales astillados por el sol.

Me tapo la cabeza con la manta y me tomo unos minutos para volver en mí. No es del todo fácil. Pero finalmente asomo la cabeza.

La habitación está desnuda. Como yo.

Sobre el respaldo de una silla, alguien ha doblado mi ropa de forma meticulosa. Me repugna: ¡alguien me ha desvestido! ¡Un desconocido me ha quitado la ropa y me ha acostado en una cama completamente desnudo!

Hay una puerta y un armario. Un grabado de Jesús con los corderos.

Una litografía de un castillo de piedra. Y una fotografía de Buckingham Palace.

La cabeza me palpita y me duele.

Sobre la mesilla hay una vaso de agua junto a mis gafas. Bajo los pies al suelo. El movimiento hace que el cerebro se me hinche al doble de su tamaño. Me pongo las gafas. Me bebo el agua de un trago largo, pero después sigo igual de sediento.

Mi reloj de pulsera tiene las correas de cuero extendidas, cada una hacia un lado, y el aspecto de algo que ha fallecido. Pero sigue funcionando y son las diez y media.

Me levanto y me acerco con paso vacilante a la ventana. Me mareo.

Tengo que agarrarme al marco de la ventana. Es blanco y huele a recién pintado.

El jardín no es grande. Algunos coches están aparcados sobre una tira de asfalto a lo largo de la casa. Los castaños bloquean la vista a la calle en la que oigo pasar el tranvía. Así que supongo que estaré en Oslo. En el segundo piso de una casa con jardín.

Me visto. Me resulta complicado abotonarme la camisa. Los dedos me tiemblan fastidiosamente.

No me han quitado nada. La cartera sigue en el bolsillo de atrás. Y el dinero.

La puerta está cerrada. La zarandeo. Al otro lado oigo voces y pasos.

Como en una cárcel , un llavero repica de forma ruidosa. Luego giran la llave.

–¡Hola, amigo mío! – me saludan en inglés.

Es Michael MacMullin, o Charles DeWitt, o quien elija ser hoy.

Los segundos se vuelven largos.

Al final digo:

–¡Para llevar veinte años muerto, tienes un aspecto sorprendentemente bueno!

No suelo ser hábil para improvisar réplicas con tanta chulería. Ésa la había tramado en el avión desde Londres.

Todo el tiempo he tenido la sensación de que volveríamos a encontrarnos.

–Lo explicaré.

–¿Dónde está Diane?

–En buenas manos.

–¿Qué le habéis hecho?

–Más tarde, amigo mío, más tarde. ¡Lo siento muchísimo! – Lo extraño es que parece que lo dice de corazón-. ¿Serías tan amable de acompañarme?

¿Sería tan amable?

El pasillo está empapelado en terciopelo rojo, tiene apliques entre antiguos retratos de reyes y reinas, aristócratas, caballeros andantes, cruzados y papas. Todos ellos me siguen con la mirada.

La mullida alfombra nos guía pasillo adelante, tras subir unas escaleras, hasta una puerta maciza. No sé si debería llamarla sala de reuniones, habitación para fumar o quizá, mejor que todo, sala de fiestas, una ostentosa y sobreamueblada sala de haya y palisandro, pesadas cortinas y lámparas de araña. Huele a pulimento de muebles y a puro habano.

Lo primero que atrapa mi mirada es un enorme óleo de dos druidas en Stonehenge. Lo segundo es una gran mesa de madera oscura y pulida, con un tapete de fieltro verde ante cada una de las doce sillas de respaldo alto.

Lo tercero son los dos hombres sentados en los sofás del rincón. No los descubro hasta que veo el humo de sus puros. Ambos se han girado hacia nosotros y nos contemplan con tensa atención.

Son Graham Llyleworth y el director general de Patrimonio Histórico, Sigurd Loland.

Se ponen en pie. Loland no sabe exactamente dónde fijar la mirada.

Llyleworth me ofrece la mano primero. Luego Loland hace lo mismo.

–Gracias por la última vez -dice con torpeza. Como si tuviera la más mínima idea de cuándo fue «la última vez».

Ninguno decimos nada.

Sobre la mesa hay una cafetera de porcelana y cuatro tazas.

–¿Azúcar? ¿Nata? – pregunta Llyleworth. El puro le relumbra entre el dedo índice y el corazón.

No me gusta el café.

Le digo a Loland, en noruego:

–No sé mucho de derecho criminal, pero apostaría a que secuestrar a una mujer extranjera y después drogar y secuestrar a un noruego valdrá para entre cinco y siete años de cárcel. A no ser que hayáis pensado hundirme en el mar con los pies en un barril de cemento. En cuyo caso estamos hablando de veintiún años. Y prisión preventiva.

Loland carraspea con nerviosismo y mira a MacMullin.

MacMullin emite un ruido paternal, como si hubiera entendido todo lo que he dicho.

–Lo siento, quizá prefieras té.

–¿Dónde está Diane?

–No tienes por qué preocuparte. Está bien.

–¿Qué habéis hecho con ella?

–Nada en absoluto. Por favor, no te preocupes. Todo tiene su explicación.

–¡La habéis secuestrado!

–De ningún modo.

–¿Quién eres? En realidad.

–Me llamo Michael MacMuilin.

–Es curioso. La última vez que hablamos, te presentaste como Charles DeWitt.

Graham Llyleworth lo mira con sorpresa.

–¿Eso hiciste? ¿De verdad? – No consigue contener una risa corta.

MacMullin hace una pausa de efecto.

–Ah… pero ¿lo hice? – Me mira burlón, frunce el entrecejo-.

Ciertamente. Cuando nuestros amigos de la Asociación Geográfica de Londres nos avisaron de que Bjorn Belto de Noruega había preguntado por Charles, trazamos un pequeño y estúpido plan. Tienes toda la razón, te dejé creer que era el bueno y viejo Charlie. Pero en nombre de la justicia, diré que nunca me presenté.

–¿Por qué voy a creer entonces que eres Michael MacMullin?

Me ofrece la mano y yo la cojo por puro reflejo.

–Yo… soy… Michael… MacMullin -declara, con un apretón por cada palabra.

Su aura de seguridad y amabilidad me confunde. Llyleworth, Loland y yo parecemos chuchos asustadizos gruñendo en torno al hueso que todos queremos. MacMullin es distinto. Es como si levitara por encima de nosotros, está elevado por encima de las pequeñas rencillas y la desconfianza. Todo su ser -su cálida mirada, su voz profunda, la serenidad-emana una apacible y cordial dignidad.

Loland me saca una silla. Me siento en el borde. Nos miramos.

–Eres duro de pelar, Belto -dice MacMullin.

Los otros dos se ríen con nerviosismo. Loland me guiña un ojo. Parecen creer que todos hemos cruzado una frontera invisible y que de pronto estamos en el mismo bando, aquí sentados, riéndonos de algo que ya ha pasado. Poco me conocen. Soy duro de pelar.

–La verdad es que me alegra que seas tan leal -afirma el director general de Patrimonio Sigurd Loland. Tiene la cara alegre como un pepinillo en vinagre-. Deberíamos contar con más gente como tú entre nosotros.

MacMullin percibe mis reservas. Me echa un vistazo.

–Caballeros, sean tan amables… Le debemos una explicación a nuestro amigo.

De vez en cuando es sabio callar. Yo callo.

Se miran entre ellos. Como si todos tuvieran la esperanza de que comenzara otro. De nuevo es MacMullin quien toma la palabra.

–¿Por dónde empezamos?

–Empecemos con DeWitt-propongo yo.

–DeWitt… Fue una tontería por mi parte. Te infravaloré. Burdamente.

–¿Qué es lo que esperabais conseguir?

–Pensamos que todo sería más fácil si te hacíamos creer que yo era Charles. Que te harías de él. Es decir, de mí. Teníamos la esperanza de que le confiaras a DeWitt el cofre si él te daba las respuestas que estabas buscando. Fuimos muy ingenuos. Te pido disculpas.

–¿Para que no averiguara que os lo quitasteis de en medio?

–¿ Cómo? – preguntan todos a la vez.

–El mismo verano que murió papá. – Los miro uno por uno-.

¿Pretendéis decirme que fue una simple casualidad que ambos murieran prácticamente al mismo tiempo?

Sus expresiones de sorpresa parecen tan veraces que durante un momento me planteo la posibilidad de confiar en ellos. Pero sólo durante un momento. – ¿Por qué crees tú otra cosa?-pregunta MacMullin.

–¡Lo que me faltaba por oír! – exclama Loland.

–¿Una simple coincidencia?-inquiero.

–¡Por supuesto!-dice MacMullin.

–No somos unos bárbaros -asegura Llyleworth.

Loland sacude la cabeza.

–¡Lees demasiadas novelas de misterio! Tu padre murió en un accidente. Charles murió de una infección. Que murieran el mismo verano fue una casualidad.

–La vida está llena de coincidencias como ésa -añade Llyleworth.

–Por no decir la muerte -respondo yo.

Los miro. Uno por uno.

–Dejémoslo estar -digo finalmente-. Por ahora. Todavía no entiendo por qué no me habéis contado la verdad. Yo tengo el cofre. Todo lo que pido es la respuesta a qué contiene. Cuando lo averigüe, lo devolveré. Todas estas mentiras y pistas falsas, ¿por qué?

–La verdad. Ay… ¿Qué es en realidad la verdad? – suelta MacMullin.

Me contempla medio sonriente, medio desafiante, mientras deja que penetre la pregunta.

Yo me encojo indiferente de hombros.

–¿Y con qué derecho exiges que se te comunique esa llamada verdad?

–¡Represento a las autoridades noruegas!

–¡Chorradas! – dice Loland-. Yo soy quien representa a las autoridades noruegas.

–¿Tú? – escupo-. ¡Tú formas parte de esta confabulación!

–Bjorn, Bjorn -ronronea MacMullin-, ¡no te enfades tanto! Intenta ver el asunto desde nuestro punto de vista. No sabíamos dónde te situabas. Si estabas con nosotros o no.

–¿Con vosotros?-grito.

–Sí, o en contra de nosotros. Si eras sincero.

–¿Sincero?

–Si lo que querías era dinero. No entendíamos por qué nos habías robado el cofre.

–¡Yo nunca lo robé! Lo recuperé. Porque vosotros teníais la intención de robarlo.

–No se puede robar aquello de lo que eres propietario legal -dice MacMullin.

–¡Vosotros no sois los propietarios! El cofre es noruego. Fue encontrado en suelo noruego.

–Podemos volver a discutir ese tema.

–¿Nunca se os ha pasado por la cabeza que puedo tener intenciones honradas? – pregunto-. ¿Que simplemente quiero llegar al fondo de este asunto?

–Creíamos que nos entregarías el cofre. Como es tu obligación.

–Así que te metiste en el papel de un hombre muerto. Y alquilaste un apartamento y lo amueblaste para un día.

Me mira sorprendido.

–No. De hecho nos lo prestaron. En realidad es un piso que las autoridades usan para cosas… eh, así. – Remueve su café con una cucharilla de plata-. Tras nuestra conversación creí que todo iba bien, hasta que Diane me contó lo escéptico que estabas.

Me recorre un escalofrío. ¿Diane?

MacMullin lo nota.

–Algún día lo entenderás -dice-. Ella no tiene nada que ver con este asunto. En realidad, no. No se vio implicada hasta que tuvimos noticia de tu… amistad con ella. Contra su voluntad. – Algo se oscurece en su mirada-. La sacamos de esto por su propio bien.

Esperan que diga algo. Yo no lo hago.

El silencio tiene su efecto en ellos.

–Cuando oímos que habías hablado con la viuda de Charles, nos dimos cuenta de que te habíamos juzgado mal -prosigue MacMullin.

–Completamente -confirma Loland.

–Todo fue demasiado rápido en Londres. Eras más listo que nosotros, todo el rato ibas un paso por delante.

Intento comprender el papel de Diane. No consigo que nada encaje.

MacMullin alza su taza y sorbe un poco de café.

–Al final vi que el único modo de resolver el enredo era hablar claramente contigo. Cosa que tenemos pensado hacer ahora. Explicarte cosas. Lograr que entiendas.

–Ah, ¿sí? – murmuro con incredulidad.

–Cuando acudiste a la SIS, creímos que por fin te teníamos. Y de nuevo te infravaloramos. ¡Eres duro de pelar, Belto¡ ¡Duro de pelar!

MacMullin le echa una ojeada a Loland, que entreteje su mirada con la tupida alfombra.

–¿Y todo eso os da derecho a secuestrar a Diane y a drogarme y secuestrarme a mí?

–Un inofensivo medicamento en tu comida, Bjorn. Casi un somnífero.

De veras que lo siento. Pero no creo que nos hubieras acompañado voluntariamente.

–¡Puedes estar seguro de que no!

–Hemos de conseguir que lo entiendas. – Baja la mirada-. Para eso, a veces, debemos usar métodos poco habituales. No acostumbramos emplear a propósito los medios más dramáticos para resolver nuestros problemas.

–Tengo una pregunta -digo.

–¿Sí?

–¿Qué hay en el cofre?. – No es un objeto noruego -responde Loland rápidamente.

–El cofre es de oro -señalo yo-. Sólo su valor en oro asciende a varios millones de coronas.

–En el mercado comercial, el cofre vale más de cincuenta millones de libras esterlinas -puntualiza MacMullin-. Pero a nosotros nos da igual de qué esté hecho. O cuánto valga.

–Porque dentro tiene algo aún más valioso -digo yo.

MacMullin se inclina hacia delante.

–¡Y ni el contenido ni el cofre son noruegos!

–Fue hallado en Noruega.

–Ciertamente. Por una casualidad está aquí. Pero no es noruego. Por eso las autoridades arqueológicas noruegas no tienen nada en contra de que se nos entregue.

El director general asiente con demasiado énfasis.

–Al contrario -continúa MacMullin-, es de gran importancia que las instancias adecuadas reciban el hallazgo para su análisis. Noruega es un paréntesis en la historia del cofre. Aunque no lo sea en el tiempo.

–No entiendo lo que quieres decir. ¿Qué historia? – pregunto.

MacMullin inspira profundamente.

–Una larga historia. ¿No es cierto, caballeros? ¡Una larga historia!

Loland y Llyleworth confirman que sí, que es larga.

–Dispongo del tiempo que haga falta -respondo yo, y me cruzo de brazos antes de recostarme en la silla.

–Permíteme empezar con la SIS -dice MacMullin-, mi aparato de apoyo. La asociación, en su forma actual, fue fundada en mil novecientos.

Pero sus raíces se remontan a siglos atrás. La SIS integra científicos y ramas del saber transversales. Pero en lo oculto, la SIS representa algo que se podría caracterizar como unos… eh, servicios de investigación científicos. Reunimos información de todas las ramas del saber relevantes y buscamos… huellas. La SIS ha supervisado, por lo general abiertamente, todas las excavaciones arqueológicas importantes de los últimos cien años.

A veces porque hemos enviado a nuestros representantes, como el profesor Llyleworth, al amparo de un proyecto de investigación. Pero por lo general porque la dirección de las excavaciones nos ha mandado informes.

–Yo me adherí en mil novecientos sesenta y tres -dice Loland-. He sido responsable de la supervisión de las excavaciones noruegas. Y le he mandado a la SIS todos los informes y tratados relevantes que se han escrito en este país.

–Qué amable -aplaudo.

–Y permíteme añadir que todo se ha realizado de un modo completamente correcto. No somos unos criminales.

–Tenemos contacto con hombres buenos, como Sigurd Loland y tu padrastro, el profesor Arntzen, por todo el mundo -continúa MacMullin-. Y

tenemos hombres del calibre del profesor Llyleworth como agentes de campo.

–Igual que cero cero siete -apunta Llyleworth sin expresión alguna. Es la primera vez que lo oigo bromear. Incluso MacMullin y Loland lo miran sorprendidos. El les devuelve un aro de humo.

–Ya nos estamos acercando al núcleo -dice MacMullin-. El caso es que la SIS administra un secreto. Que está indirectamente vinculado con el cofre.

–¡Por fin!

Carraspea. Hay algo solemne en él. Algo irreal.

Pasan algunos segundos.

–Lo he hecho del modo siguiente, me he representado un torrente. Y

quiero que tú hagas lo mismo. Hazme ese favor, Bjorn. Cierra los ojos.

Imagínate un torrente.

Me represento un torrente. Es ancho y discurre en silencio. Como acero fundido bajo un sol tropical. El día está avanzado. Los insectos cuelgan en indolentes racimos sobre juncos a lo largo de la orilla. En los remolinos flotan ramas pequeñas y capas de verde. El torrente fluye a través de un paisaje de desierto y cipreses. Sobre un peñasco hay un templo de mármol.

Pero no veo personas.

MacMullin deja que la imagen se fije antes de proseguir:

–Imagínate a un grupo de viajeros. No muchos. Dos o tres, quizá. De expedición. Sobre una embarcación. Torrente abajo. Adentrándose en un paisaje extraño y misterioso.

En mi interior aparece la escena como sobre una pantalla de cine: la embarcación es una balsa. Troncos unidos por gruesas cuerdas. Tras el mástil hay un cobertizo hecho de ramas y lianas trenzadas. Los hombres están sentados en la parte delantera. Uno de ellos ha metido sus pies desnudos en el agua. El otro chupa una pipa. Sudan en el calor.

–Han sido seleccionados. A causa de sus cualidades. Y de su valor. El viaje es peligroso. Transcurre a través de países extraños. De paisajes que nunca han visto. O visitado. Sobre los que sólo han leído.

Cierro los ojos para visualizar mejor la imagen.

–El torrente es infinito. Sigue, sigue y sigue su curso.

–Hasta que llega al mar.

–Oh, no. No acaba en ningún sitio.

–¿En ningún sitio?

–Tienes que representártelo sin nacimiento ni desembocadura.

–Todo un torrente.

–Simplemente continúa y continúa. Y la nave de los viajeros sólo puede ir a la deriva, pero no con la corriente, sino en contra de ella. La expedición está condenada a desafiar la voluntad del torrente. Nunca pueden dar la vuelta. No pueden regresar al punto de partida. Sólo pueden navegar contra corriente.

–¿No pueden subir a tierra?

–Pueden. Pero entonces encallarán. No podrán seguir. Pueden montar un campamento. Pero no podrán volver ni seguir bajando el río.

–Que nunca acaba.

–Exacto. Que nunca acaba.

–Un viaje sin final.

–Justo.

–¿Y sin meta?

–El viaje en sí mismo es una meta.

–A la larga debe de resultar aburrido.

Se ríe. Luego junta las palmas de las manos y separa los dedos de manera que forman cinco aspas y dice:

–No mantienen ningún contacto con aquellos a quienes abandonaron. Y

sólo con algunos elegidos por el camino. Pero dejan tras de sí un… bueno, llamémoslo un mensaje en una botella. Para que vuelva a casa, a aquellos a los que abandonaron. Narraciones del viaje, se podría decir. Donde cuentan todo lo que observan y experimentan. Anotaciones científicas. Todo, visto a la luz del saber que llevan consigo.

–¿Así que el mensaje en la botella sí puede regresar?

–Si se le da tiempo al tiempo. – Asiente para sí mismo-. ¿Podrías acaso decirme lo que es el tiempo?

No puedo.

–El tiempo -dice él- es una cadena infinita de instantes.

Yo intento comprender la metáfora. Pero no lo consigo. Hago un intento:

–¿Acaso ese torrente es el universo? ¿La expedición proviene de otro planeta? ¿De allá fuera en la inmensidad?