El final del círculo

Tom Egeland · Capítulo 4 de 15 · parte 1/3

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El final del círculo

Capítulo 3 – EL AMANTE

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

–Estaban sentados esperando -dice el policía-. En el salón. ¿Los conoces? – El tono es de sorpresa, con un poco de reproche, como si fuera culpa mía que estuvieran en mi casa.

Miro largamente a cada uno de los hombres. Luego niego con la cabeza.

–Son ingleses -continúa el agente, y se queda esperando una explicación que nunca le daré.

Llyleworth entorna los ojos.

–Te arrepentirás de esto -me espeta entre dientes.

Los policías los empujan hacia el ascensor. Con mano dura. A pesar de que ninguno de los tres opone la menor resistencia.

Después se cierra la puerta del ascensor.

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Cuando los insectos se dan cuenta de que es imposible escapar, encogen las patas y se hacen los muertos. A mí a veces me entran ganas de imitarlos.

El miedo y las contrariedades tienen un efecto paralizador. Una reacción nueva e inesperada surge en mí en estos momentos: me enfado. Ya no estoy dispuesto a tolerar esto más. Al igual que el insecto, pretendo hacerme el muerto sólo durante un corto rato. Después me arrastraré hasta ponerme al abrigo de una brizna de hierba para reunir fuerzas y coraje.

Miro a Rogern tan insistentemente que acaba por sentirse incómodo.

–¿Podría dormir en tu piso? – pregunto. No soy valiente ni temerario.

Van a volver. Pronto se impacientarán y se pondrán de mal humor.

–Claro.

–Mañana por la mañana me marcho al extranjero.

Rogern no es de los que hurgan y preguntan.

Bajamos a su casa. Me pregunta si estoy cansado. No estoy cansado.

Estoy completamente despejado. Pone un CD de Metallica, busca unas botellas de cerveza Mack en la nevera y enciende una vela negra que apesta a parafina. Nos quedamos sentados juntos, bebiendo cerveza, escuchando a Metallica y esperando a que claree.

Capítulo 3 – EL AMANTE

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Soy uno de esos hombres que apelan más a los instintos de las mujeres que a sus pasiones. Las mujeres ven en mí al hijo perdido.

Cuando tenía veintiún años, mi madre me pidió un domingo que fuera a verla, pues quería que habláramos sobre algo. Estábamos los dos solos en la enorme casa. Había mandado de excursión al profesor y a mi hermanastro.

Había hecho unas pastas y café. De la cocina emanaba el aroma del asado y la col. Y, para mí, una tarta de queso. Mamá me colocó en el sofá y ella se sentó en una silla frente a mí. Cruzó las manos en el regazo y se quedó mirándome. Sus ojos enrojecidos me revelaron que llevaba toda la mañana armándose de valor. Estaba excepcionalmente guapa. Pensé que iba a contarme que los médicos le habían descubierto un tumor y le quedaban seis meses de vida.

Entonces me preguntó si era homosexual.

Debía de llevar mucho tiempo meditándolo. Para ella, mi albinismo era invisible. No creo que nunca haya llegado a comprender la desventaja social que sufre un albino de ojos rojizos a la hora de competir por el favor de las chicas con muchachos tostados por el sol, de ojos azules y pelo claro.

Recuerdo la sonrisa de alivio que cruzó su cara cuando le aseguré que las chicas me atraían, pero evité añadir que el grado en que ellas se sentían atraídas por mí era algo menor.

Me pregunto con frecuencia si fui yo o fue mamá quien cerró por descuido las puertas correderas entre nuestras existencias. Después de morir papá, fue como si ella no quisiera saber nada de mí. Me sentía como un recuerdo doloroso, un ancla a la deriva en su vida, y me ajusté obediente al papel del expulsado, el patético desgraciado que prefiere no molestar allí donde no es bien recibido. Seguro que hay quien piensa que la he tratado injustamente. ¿Intenté alguna vez, una única vez, ponerme en su lugar?

¿Pensé alguna vez en cómo se había desgarrado su vida y en cómo trataba de remendarla con la ayuda de ficciones alcoholizadas y el amor hacia un hombre que se conformaba con lo que le daban?

En Londres me alojé en un hotel de Bayswater. Si no hubiera sido por las vistas a Hyde Park, bien podría haber estado en la calle Ludwigstrasse de Múnich o en el Sunset Boulevard de Los Ángeles. Siento cierta simpatía por los concertistas de piano o las estrellas del rock que, pasados cuatro meses de gira, no tienen ni idea de en qué país se encuentran.

La habitación es estrecha, de paredes amarillo crema cubiertas con reproducciones anodinas. Una cama, una silla y un escritorio con un teléfono y una carpeta con información y papel de cartas en blanco.

Minibar. Televisor. Armarios con perchas. Baño con azulejos blancos y pedazos de jabón empaquetado que huele histéricamente a limpio. No había estado nunca aquí, pero casi se me antoja que sí. Me he hospedado en unos cuantos hoteles a lo largo de mi vida, y, pasado un tiempo, todos parecen idénticos. Eso mismo les pasa a algunos hombres con las mujeres.

Un puñado de mujeres se han enamorado de mí por curiosidad, entrega o compasión, pero lo que todas tenían en común era que no conocían nada mejor. Nadie se ha quedado conmigo mucho tiempo. Es fácil que yo caiga bien. No soy del todo fácil de amar.

Le gusto a un tipo especial de mujeres. Son mayores que yo. Tienen nombres como Mariann, Nina, Karine, Vibeke, Charlotte. Tienen estudios, son inteligentes y algo neuróticas. Profesoras de secundaria. Asesoras culturales. Bibliotecarias. Sociólogas. Enfermeras jefe. Conoces el tipo.

Llevan el bolso al hombro, chal, gafas, y están desbordadas por bondad y ternura hacia los perdedores de la vida. Pasan las puntas de los dedos sobre mi piel blanco tiza como hechizadas y luego me cuentan qué encuentran delicioso las de su sexo. Con la respiración entrecortada me muestran el modo en que hemos de proceder, como si yo nunca lo hubiera hecho antes.

Yo no les dejo pensar otra cosa.

Tras el viaje, me quedo cerca de una hora en la cama del hotel, descansando. Me he duchado. Con las manos cruzadas en la tripa reposo desnudo sobre las sábanas frescas y estiradas. El estruendo de Bayswater Road y la música de trompa de Hyde Park se entretejen en una extraña cacofonía que me acompaña al país de los sueños. Pero sólo duermo unos pocos minutos.

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–¿Charles qué?

–¡Charles DcWitt!

A la mujer del vestíbulo las gafas de lectura se le han deslizado hasta la punta de la nariz, y con una expresión que ha sacado de las oscuridades más profundas del congelador me mira de reojo por encima del borde de los cristales. El nombre ya ha rebotado entre nosotros seis veces. Los dos estamos a punto de perder la paciencia. Ella tiene mi edad, pero aparenta

diez -¡o veinte!– años más. Lleva la coleta tan tirante que su cara ha adquirido un aire estirado, como si hubiera pasado en varias ocasiones por las manos de un cirujano plástico de Chelsea alcoholizado. Viste un ceñido traje rojo. Es el tipo de mujer que podría imaginarme que cayera en juegos sadomasoquistas al abrigo de la noche.

–¿No está el señor DeWitt? – pregunto educadamente. Frente a tipos como ella, sólo sirven la cortesía exagerada y el sarcasmo.

–Voy a hablarle claro, de… manera… que… lo… entienda. – Mueve los labios como si yo estuviera sordo-. Aquí… no… hay… nadie… que… se…

llame… Charles… DeWitt.

Me saco del bolsillo la tarjeta de visita que encontré en casa de Grethe.

El papel está amarillento y las letras, medio borradas, pero el texto es legible.

CHARLES DEWITT – ASOCIACIÓN GEOGRÁFICA DE

LONDRES.

Le ofrezco la tarjeta; ella no la coge, pero se queda mirándome la mano con total desinterés.

–¿Es posible que haya dejado de trabajar aquí antes de que usted empezara? – pregunto.

Por su expresión comprendo enseguida que, estratégicamente, la pregunta es una completa catástrofe. Tras su pulido mostrador, en su vestíbulo enmoquetado y necesitado de una ronda con el cortacésped, con el teléfono de secretaria a su derecha y su anticuada máquina de cabeza de bola IBM a su izquierda, con una foto en color de su distinguido marido, sus encantadores hijos y el schnauzer enano ante sí sobre el escritorio, es la Incontestable Soberana del Universo. Este es su imperio, desde aquí gobierna todas las cosas, desde el chico de los recados al director general.

Llamarla recepcionista o telefonista hubiera sido una barbaridad, insinuar que no lo sabe todo sobre la Asociación Geográfica de Londres, una blasfemia.

–Eso -responde- no lo creo.

Me pregunto cómo suena su voz cuando se acerca a su marido por las noches y está cariñosa y excitada.

–¡He venido desde Noruega para verlo!

Me mira a través de una película de hielo. Así deben de haberse sentido las pobres víctimas humanas que miraban a los ojos de la suma sacerdotisa

los últimos segundos antes de que ella les metiera un cuchillo en el corazón.

Me doy cuenta de que la partida está perdida. Cojo un bolígrafo de su escritorio, y ella da un respingo en la silla. Probablemente esté calculando la tinta que estoy gastando.

–Bueno, señora, si de todos modos recordara algo, ¿sería tan amable de contactar conmigo… aquí? – Le paso mi tarjeta de visita, en la que he apuntado el nombre del hotel.

Ella sonríe. No puedo creerlo. Una sonrisa de oreja a oreja, debe de ser porque estoy a punto de irme.

–¡Por supuesto! – arrulla, y coloca la tarjeta junto al borde de la mesa.

Sobre la papelera.

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En torno a un detalle constructivo aparentemente sencillo como una columna, se dispone de conocimientos artísticos y arquitectónicos con una tipología y un vocabulario que pueden llegar a quitarte la respiración.

Las dos columnas de mármol que estoy admirando son del orden jónico, de dos mil quinientos años de antigüedad. Sobre una columna jónica, a un historiador del arte se le puede ocurrir decir que «las puntas redondeadas de las volutas cubren parcialmente el equino» y que «la base del fuste consiste en toros y escocias alternados». Toda ciencia, toda materia, se enclaustra en su terminología y en su alienante vocabulario. Los demás nos quedamos fuera, con la boca abierta.

Las columnas sostienen un frontón, y en el tímpano, el frontón triangular, retozan querubines y serafines en torno al año 1900.

Atornilladas a los muros de ladrillo a ambos lados de la entrada, hay placas de latón, tan pulidas que reflejan los coches y los autobuses rojos de dos pisos que pasan a mis espaldas. Las letras grabadas están rellenas de plata. La puerta doble es de haya color sangre. La aldaba cumple sobre todo la función de recordar que por aquí no anda uno como Pedro por su casa. A mi derecha -dos metros por debajo de la cámara de vigilancia colocada junto al techo- hay un telefonillo de plástico negro incrustado en la pared.

Como para compensar esta tremenda ruptura del estilo, el timbre dorado tiene forma de flor (¿o es de sol?).

Llamo. Y me abren. Sin preguntas.

La gran recepción me recuerda a esos bancos en los que tienes que pedir cita para meter tu dinero. Se oye un murmullo de voces bajas y pasos

rápidos. Las paredes están cubiertas de paneles color marrón oscuro sobre los que cuelgan óleos que parecen prestados por la National Gallery. Las baldosas de mosaico cerámico brillan de barniz. En medio del vestíbulo, a través de un agujero cuadrado en el suelo y subiendo hasta las ventanas inclinadas del techo, crece una palmera que parece echar de menos el Sahara.

Lo único que rompe el conjunto es la abuela.

Detrás de un escritorio, lo suficientemente grande como para jugar al tenis sobre él, una anciana de pelo gris está sentada haciendo punto. Me mira. Se la ve muy contenta. Teje sin parar. Mi desconcierto ha de deberse a que el entorno armoniza mal con la visión de una abuela que hace punto.

–¿Puedo ayudar en algo? – me pregunta alegremente. Las agujas entrechocan.

–¿Qué estás tejiendo? – se me escapa.

–¡Calcetines! Para mi nieto. ¡Es un encanto! ¿Algo más?

La pregunta tiene gracia; la amo. En manos de una persona con sentido del humor podría hacer que se me acelerase el corazón.

Me presento y le cuento que he viajado desde Noruega.

–La tierra del sol de la medianoche. – Sonríe con complicidad-.

Entonces quizá sepas quién es Thor Heyerdahl. – Ahora se echa a reír-.

¡Qué hombre tan agradable! Pasa muy seguido por aquí. ¿Qué puedo hacer por ti?

–Quisiera ver a Michael MacMullin.

Abre los ojos de par en par y deja a un lado la labor. Me siento como un súbito solicitante de asilo procedente del planeta Júpiter, como si acabara de pedirle cambio para pagar el aparcamiento donde he estacionado mi platillo volante.

–Ay, Señor…

–¿Pasa algo?

–Está… Me temo que el señor MacMullin está en el extranjero. ¡Lo lamento muchísimo! ¿De verdad tenías una cita con él?

–En un sentido estricto, no. ¿Cuándo se espera que vuelva?

–No lo sé. Él no es de los que… Pero quizá pueda ayudarte alguna otra persona.

–Soy arqueólogo -explico. La lengua no me sigue del todo; en inglés

«arqueólogo» tiene demasiadas consonantes seguidas. Rrr…kay…olo,…gist

MacMullin está implicado en unas excavaciones. En Noruega.

–No me digas.

–Y he de hablarle. ¿Sería posible contactar con él? ¿Tiene teléfono móvil?

Suspira con desánimo.

–Lo siento. Es imposible. ¡Imposible! Verás, al ser el presidente, MacMullin tiene aquí su despacho, pero entra y sale sin informarnos… -

añade inclinándose hacia mí y bajando la voz- a quienes estamos aquí para organizar a todos estos despistados. Pero quizá pudiera servirte nuestro jefe de sección.

–Claro.

–¡Señor Winthrop! Un momento. – Marca un número interno en el teléfono y explica que el señor Balto de Noruega ha acudido para hablar con el señor MacMullin-. ¡Sí, así es! No, no tiene cita… Sí, ¿verdad? –

¿Podría el señor Winthorp concederle una audiencia en su lugar? Dice «aja»

varias veces, da las gracias y cuelga-. Desgraciadamente, el señor Winthrop está ocupado, pero su secretaria dice que le sería posible recibirte mañana.

A las nueve. ¿Te va bien?

–Desde luego.

–¡Habiendo venido de tan lejos como Noruega…!

Aunque ya han cerrado por hoy, la abuela me da permiso para que le eche un vistazo a la biblioteca de la fundación.

La fascinación por las bibliotecas me ha quedado de la infancia, cuando la filial local de Deichman era un buen sitio al que acudir después del colegio, cuando mamá me obligaba a salir para jugar con los chicos tostados por el sol y con buena vista que querían jugar al fútbol o a la conquista del mundo. Hay algo en los metros de estanterías llenas de libros que hace que me embargue un sentimiento de devoción. El silencio. El sistemático ordenamiento alfabético y temático. El olor a papel. Los cuentos, el dramatismo, las vivencias. Puedo pasarme horas deambulando por Deichmanske, sacando libros, hojeándolos, sentándome con uno que me atrape, repasando las fichas en los cajones largos y estrechos, buscando en los ordenadores.

También en la biblioteca de la SIS reina una paz inexplicable. Es como una iglesia. Me quedo de pie en medio, con los brazos en cruz, mirando, percibiendo.

–Lo siento, pero está cerrado.

La voz es aguda, un poco cortante. Me vuelvo hacia ella.

Debe de llevar un rato mirándome en completo silencio. Es probable que haya tenido la esperanza de que yo desapareciera si ella se mantenía lo suficientemente callada . Está sentada junto a los archivadores. En el regazo, sobre una falda de tweed, tiene un montón de fichas.

–La mujer de la recepción me ha dado permiso para que eche un vistazo

-le explico.

–¡Muy bien!

La sonrisa añade años a su cara de niña. Apuesto a que tiene alrededor de veinticinco. Lleva media melena, tiene el cabello claro y rojizo y unas pecas que apenas se insinúan. Es bonita. Lo que atrae mi mirada son sus ojos. Los iris, de colores diferentes, brillan como caleidoscopios. Se me ha ocurrido alguna vez que puede que haya colores que sólo yo conozco. Un color no se puede describir. Los científicos pueden decir cosas sobre la composición espectral de la luz, o que el rojo tiene una longitud de onda de 723-647 nanómetros, pero en el fondo todo color es una experiencia subjetiva. Por eso tiene sentido pensar que todos vemos colores que sólo conocemos nosotros mismos. Es una idea seductora.

Así son sus ojos.

Pone el montón de fichas sobre una mesa con ruedas. Es delgada, no muy alta. Lleva las uñas muy largas y afiladas, pintadas de rojo oscuro.

Nunca he pensado que las uñas fueran algo sensual, pero no puedo mirárselas sin imaginarme cómo sería que me arañaran en la espalda.

–¿Puedo ayudarte con algo? – me pregunta.

El tono, la mirada, la fina figura… algo en ella estira el muelle que pone en funcionamiento mis piernas y mis tics. Tiene un modo nervioso de presencia, una insistencia desazonada.

–No estoy seguro de lo que estoy buscando -respondo.

–Entonces te será difícil encontrarlo.

–Me pregunto tantas cosas… ¿No tendrás algunas respuestas buenas a tu disposición?

–¿Cuál es la pregunta?

–No lo sé. Pero si consigues encontrar una respuesta, seguramente consiga formular alguna pregunta.

Ladea la cabeza y se echa a reír; en ese mismo instante me enamoro de ella. Hace falta muy poco.

–¿De dónde eres?-inquiere.

–De Noruega.

Enarca las cejas.

–¿Qué quieres decir con que no ruega?

Suavizo la erre:

–Noruega. Soy… -cojo carrerilla para pronunciarlo bien- arqueólogo.

–¿Contratado por la SIS?

–No exactamente. De hecho, podría decirse que todo lo contrario. – Me río tensamente.

–¿Estás aquí para llevar a cabo una investigación?

–He venido para ver a Michael MacMullin.

No puede disimular su sorpresa. Está a punto de decir algo.

–Ah -exclama finalmente. El sonido transforma los labios en una linda boquita de piñón.

–Tengo algunas preguntas que formularle.

–Eso nos pasa a todos.

Yo sonrío. Ella sonríe. Yo me sonrojo.

–¿Qué tipo de biblioteca es ésta? – pregunto.

–Sobre todo hay literatura especializada, Historia, Teología, Filosofía, Arqueología, Historia de la cultura, Matemáticas, Física, Química, Astronomía, Sociología, Geografía, Antropología, Arquitectura, Biografías.

Y así…

–Ah, las trivialidades de la existencia.

Vuelve a reír y me mira con curiosidad; supongo que estará preguntándose qué clase de criatura soy y quién habrá decidido ponerme en libertad.

–¿Y tú eres la bibliotecaria?

–Una de ellas. Hola, ¡soy Diane! – Me tiende la mano de uñas rojas.

–Me llamo Bjorn -digo, estrechándosela.

–¿Sí? ¿Bjorg? ¿Como el tenista?

–¿Crees que me parezco?

Me estudia con atención mientras mordisquea el lápiz.

–Bueno -dice en tono de burla-, quizás él tenía un poco más de color que tú.

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Ceno en el restaurante habitual de los vegetarianos serios de Londres.

Animado, me pido uno de los platos más caros del menú, compuesto por coles de Bruselas, champiñones, espárragos y salsa de nata y ajo.

Debería pensar en el cofre, y en las descaradas maniobras de Llyleworth. Debería reflexionar sobre el misterio en torno a Charles DeWitt. Debería llamar a Grethe. Lo cierto es que podría haberme dado alguna explicación: DeWitt puede haberlo dejado. La tarjeta de visita no tenía pinta de nueva.

Pero lo que hago es pensar en Diane.

Puede que me enamore con tanta facilidad porque veo una posible novia y futura esposa en toda mujer. Una sonrisa, una voz, un roce… No soy repugnante. Soy pálido, pero no feo. Dicen que tengo ojos bondadosos, rojos, sí, pero unos ojos rojos bondadosos.

Las ideas fluyen en torno a fantasías sobre mis misterios interiores mientras me como las coles de Bruselas, los champiñones y los espárragos y vacío la botella de vino.

Después eructo y me voy.

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Una profesora de Lengua me planteó una vez una pregunta.

–Si no fueras una persona, Bjorn, sino una flor, ¿qué flor te hubiera gustado ser?

Solían ocurrírsele todo tipo de preguntas extrañas. Creo que le hacía gracia jugar conmigo y yo era una víctima agradecida. Yo tenía diecisiete años. Ella, el doble.

–Una flor, Bjorn -repitió. Su voz era suave, cálida. Se inclinó sobre mi pupitre. Todavía recuerdo su aroma; suave, especiado, repleto de húmedos secretos.

La clase guardaba silencio. Todos tenían curiosidad por saber qué flor le hubiera gustado ser a Bjorn, o quizás esperaban que tartamudease y me sonrojara, como era mi costumbre cuando ella se inclinaba sobre mí con todos sus aromas y sus contoneantes tentaciones.

Pero por una vez tenía respuesta a su pregunta.

Le hablé sobre la Espada de Plata.

Crece en los cráteres de los volcanes de Hawai. Durante veinte años no es más que una triste bola cubierta de un pelo de brillo plateado. Acumula fuerzas. De pronto, un verano, explota en una fastuosa floración en amarillo y púrpura. Luego muere.

Mi respuesta la dejó pasmada. Se quedó un buen rato junto a mi pupitre mirándome fijamente.

¿Qué coño esperaba que respondiera? ¿Un cactus?

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La nota está escrita con letra de chiquilla, llena de lazos y perifollos, en una hoja en la que el hotel ha imprimido «Mensaje para nuestros huéspedes» con letras góticas:

Para el señor Bulto, habitación 432: ¡Por favor llame a la señora Grett Lidwoyen inmediatamente!

Linda/Recepción/Jueves/14,12 h

–¿Tú eres Linda? – le pregunto a la chica de recepción.

–¡Lo siento! Linda ha acabado su turno a las tres.

Entonces Linda debe de ser la gata patilarga que atendía cuando me he registrado en el hotel. Linda… Puede que tenga muchas cualidades, seguro que es buena y cariñosa. Es guapa. En las hábiles manos de un torturador no creo que negase que su corte de pelo atrajo mi mirada. Pero la ortografía no es el fuerte de Linda.

Subo las escaleras con la nota y la llave-tarjeta en la mano, abro la puerta de mi habitación.

Marco el número y dejo que el teléfono suene.

Al otro lado de la ventana, los ruidos tienen un carácter distinto al de la mañana. Un autobús, quizás un camión, hace que vibre el cristal. Estoy sentado sobre la cama, la luz cae por el papel de la pared. Me quito los zapatos de unas patadas y me doy un masaje en los pies. Tengo pelusa entre los dedos.

En la otra punta alguien levanta el auricular. Durante mucho tiempo hay silencio.

–¿Grethe?-pregunto.

–¿Hola? – Es la voz de Grethe. Suena muy lejana.

–Soy Bjorn.

–Ah.

–Acabo de recibir tu mensaje.

–Sí. – Suspira-. No era mi intención… – Vuelve a suspirar.

–¿Grethe? ¿Pasa algo?

–¿Eh? No, nada.

–Se te oye muy lejana.

–Son… las pastillas. ¿Podrías llamarme más tarde?

–Claro… ¿No corría prisa?

–Ya. Pero es que… Me viene un poco mal.

–¿Grethe? ¿Quién es Charles DeWitt?

Empieza a toser. El ataque es estertoroso. Suelta de golpe el auricular sobre la mesa, y me parece oír a alguien dándole palmadas en la espalda.

Después de un buen rato levanta el auricular y susurra:

–¿ Podrías llamar más tarde?

–Grethe, ¿ te sientes mal?

–Se… me… pasará.

–¿Hay alguien contigo?

No responde.

–¡Tienes que llamar a tu médico!

–Me… las… apañaré.

–¿Con quién estás?

–Bjornillo, ahora mismo no tengo… fuerzas… para hablar.

Luego cuelga.

La infancia me volvió sensible. Cuando eres un albino introvertido, aprendes a sentir los golpes del pulso del idioma. Incluso por medio de una línea telefónica que llega desde Bayswater, Londres W2, hasta la calle Thomas Heftyes, 0264 Oslo, a través de cables subterráneos y un satélite de telecomunicaciones en órbita geoestacionaria, percibía el miedo de Grethe.

Estaba mintiendo. Me tumbo despatarrado sobre la cama y enciendo el televisor. Voy cambiando de canal con el mando.

Una hora después vuelvo a llamar a Grethe. No coge el teléfono.

Me doy una ducha rápida y antes de llamarla de nuevo veo el final de un capítulo de Starsky y Hutch del año de la pera. Dejo que suene veinte veces.

Me paso alrededor de una hora leyendo el trabajo que escribió papá junto con Llyleworth y DeWitt. Funciona mal como somnífero. Sus tesis van tan lejos que no acabo de estar seguro de que hablen en serio. En última instancia, afirman, que el hallazgo del cofre de los secretos sagrados podría

cambiar el orden mundial, aunque luego, con la habitual precaución de los científicos, añaden tantas reservas que la afirmación pierde su sentido.

Cuando paso la página 232, una carta cae por un lado. Tiene fecha del 15 de agosto de 1974. No está firmada. Y no dice a quién va dirigida. Lo primero que pienso es que la escribió papá. La letra es idéntica a la suya.

Pero no puede ser, ¿no? Si obviamos que reconozco los lazos bajo las ges y las jotas, y la raya sobre las úes. En ella describe sus planes para una expedición a Sudán. Lo que no entiendo es por qué hay una carta de papá en un trabajo que lleva veinticinco años en una estantería en casa de Grethe Lid Woien.

Ocurre algo con la noche.

Para mí la noche es algo que preferiría pasar durmiendo. La oscuridad lo agranda todo. Me siento más enfermo. Las trivialidades del día se van moliendo y pierden toda proporción.

Debería estar cansado, debería estar agotado. Pero tumbado, con los ojos abiertos de par en par, miro la oscuridad del cuarto. Al otro lado de la ventana fluye una corriente uniforme de coches. Algunos turistas berrean con ánimo festivo. Yo pienso en Grethe. Pienso en el cofre que he escondido en casa de Rogern. Pienso en el profesor Llyleworth y el profesor Arntzen, en Charles DeWitt y Michael MacMullin. Pienso en papá. Y en mamá.

Pero sobre todo pienso en Diane.

A las dos y media de la mañana despierto de pronto y enciendo la luz de la mesilla. Ahogado en sueño marco el número de Grethe.

En un pequeño país, en una pequeña ciudad, en un piso de un edificio de Frogner, un teléfono solitario no para de sonar.

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Hay maneras agradables de despertar. Un beso en la mejilla. El canto de los pájaros. El Quinteto para cuerda en do mayor de Schubert. El rumor de una barca a motor.

Luego están las desagradables. De ésas hay más. Como el timbre de un teléfono.

Busco a tientas el auricular.

–¿Grethe?-murmuro.

Son las ocho y cuarto. Me he quedado dormido.

–¿Señor Belto? – pregunta una mujer.

La voz me suena, pero no consigo situarla.

–¿Sí?

Ella titubea.

–Llamo de la Asociación Geográfica de Londres. – La voz es estirada, fría y cortante; en ese mismo instante surge la imagen de la furia tras el escritorio. La dominatriz sadomasoquista ha dejado en casa la falda de cuero y el látigo y se ha puesto el elegante hábito de secretaria y el tono desagradable.

–¿Sí?

Vuelve a titubear. No es ésta una conversación que aprecie.

–Por lo visto ha habido un malentendido.

–¿Sí?

–¿Fue usted quien preguntó por… Charles DeWitt?

–Sí. – Esbozo una sonrisa maligna.

–Lo siento mucho… -El tono es tan seco que podría separar las palabras y machacarlas hasta convertirlas en polvo-. Al parecer sí hay un Charles DeWitt vinculado a nosotros.

–¿No me diga? – Exagero la sorpresa para prolongar la humillación.

El modo en que ella toma aire me dice que está apretando los labios. Yo disfruto cada vez más.

–¿Quizá se le había olvidado? – añado.

Carraspea. Me doy cuenta de que hay alguien a su lado escuchando.

–El señor DeWitt tiene mucho interés en recibirlo. Desgraciadamente no está en Londres en estos momentos, pero esperamos que llegue con el avión de media mañana. Me ha pedido que concierte una cita con usted.

–Qué bien. Quizás él desee apuntarse también. Para que lo conozca. –

Es un problema que tengo. A veces me pongo sarcástico.

Ella ni considera darme una respuesta.

–Si quisiera presentarse a las…

–¡Un momento! – la interrumpo. Quiero hacerme el valioso. Nunca he intentado ocultar que puedo ser un Satán-. Que míster DeWitt se ponga en contacto conmigo cuando vuelva. Tengo un programa muy apretado.

–¡Señor Belto! Me pidió con insistencia que…

–Seguro que es tan amable de darle el número del hotel. Podrá encontrarme por la tarde o por la noche.

–¡Señor Belto!

–Puede dejarle el recado a la recepcionista.

–Pero…

–¡Y salude de mi parte al señor DeWitt, por favor! Estoy deseando verlo.

–¡Señor Belto!

Cuelgo, jactancioso, y de un giro pongo los pies en el suelo. En el cajón encuentro calzoncillos, calcetines y una camisa. Me visto antes de llamar a Grethe. Ya no me sorprende que no responda. Voy al baño. Mi orina huele a los espárragos de anoche. Me quedé atónito cuando me dijeron que sólo una minoría tiene un olfato capaz de percibir los espárragos en la orina. Me agarro a todo lo que me haga único.

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–¡Ah! ¡El misterioso señor Balto!

Anthony Lucas Winthrop Jr. es un hombre rechoncho y bajito con la cabeza en forma de bola y una risa burbujeante como la de un payaso contratado para divertir a los niños mimados de una fiesta de cumpleaños mundana. Me ofrece la mano. Sus dedos cortos parecen salchichas con anillos de oro. Sus ojos entreabiertos me miran con expresión burlona, su rostro está desbordado de amabilidad y atención paternalista.

Hay algo en su voz… No me fío de él.

La abuela que teje ha subido conmigo las amplias escaleras de mármol hasta el tercer piso y me ha conducido por el largo pasillo de columnas en que resuenan el eco de los pasos y las voces mitigadas, hemos doblado en una esquina y hemos llegado a la antesala de Winthrop.

Él me guía hacia su despacho.

No es un despacho. Es un universo.

En la lejanía, bajo los arcos de las ventanas, vislumbro el escritorio. En la otra punta, junto a la puerta, hay unos muebles de salón. En medio flotan nebulosas de estrellas, cometas y agujeros negros.

–¿Debo interpretar que le gusta jugar a ser Dios? – pregunto con una sonrisa irónica.

Se ríe con inseguridad.

–Soy astrónomo. De profesión. – Abre los brazos en un gesto de inhibición, como para dejar que su trasfondo profesional explique el extraño hecho de que haya transformado su despacho en un universo en miniatura.

Hace un tiempo leí una noticia en un periódico sobre un grupo internacional de astrónomos que había descubierto un cuerpo celeste que emitía materia que, al parecer, se trasladaba a mayor velocidad que la luz.

La noticia de ese descubrimiento causó sensación en el congreso científico Cospar de Hamburgo, pero obviamente algo tan abstracto como la velocidad de la luz no tenía gran importancia para los periódicos, así que no se escribió gran cosa sobre el asunto. Fue un grupo de astrónomos el que, con ayuda de un radiotelescopio, localizó el misterioso cuerpo celeste a treinta mil años luz de la Tierra. A un trecho de aquí, por decirlo así. Si las observaciones son correctas, torpedean el límite más absoluto de las leyes de la naturaleza: la velocidad de la luz. Las perspectivas son para marearse.

Por eso tampoco hubo grandes titulares en los periódicos.

Caminamos a través del Sistema Solar y nos adentramos en el Cosmos, más allá de Próxima Centauri y la nebulosa de Andrómeda, hasta llegar a su escritorio. Mis movimientos han hecho que las galaxias se pongan a temblar y balancearse en sus hilos de nailon.

–Tengo entendido que va a reunirse con Charles DeWitt esta tarde -dice en tono vacilante.

–¡Dios mío! ¡Todo lo que saben!

Winthrop refunfuña con evidente nerviosismo y se sienta en una silla llamativamente grande. Yo me dejo caer en una llamativamente pequeña. Es como sentarse en el suelo. En uno de mis constantes y recurrentes ataques de maldad, pienso que tras un escritorio pulido incluso un payaso puede elevarse hasta Dios.

–¡Señor Balto! – exclama entusiasmado mientras se balancea sobre su silla y aplaude como si se hubiera pasado años esperando que llegara este día-. Bueno… ¿Qué podemos hacer por usted?

–Estoy buscando algo de información.

–Eso tengo entendido. Y ¿qué le trae a la SIS y a Michael MacMullin?

Como verá, no está aquí.

–Hicimos un hallazgo.

–Ah, ¿sí?

–Y creo que MacMullin sabe algo sobre el asunto.

–¿De verdad? ¿Y en qué consiste ese hallazgo?

–Señor Winthrop -digo con exagerada cortesía-, vamos a dejarnos de chorradas.

–¿Disculpe?

–Ambos somos hombres inteligentes, pero malos actores. Dejémonos de teatro.

Su estado de ánimo sufre una transformación casi imperceptible, pero a pesar de todo apreciable.

–Está bien, señor Balto. – Su voz adquiere el tono de desconfianza y la frialdad de la de un hombre de negocios.

–Evidentemente sabe quién soy, ¿no?

–Es usted profesor adjunto en la Universidad de Oslo. El supervisor noruego de las excavaciones del profesor Llyleworth.

–Entonces es obvio que también sabe lo que hallamos, ¿no?

Se estremece. Winthrop es de esos hombres que no están a gusto bajo presión.

–El cofre sagrado -añado para ayudarlo.

–Eso tengo entendido. ¡Verdaderamente fascinante!

–¿Qué puede contarme sobre el mito de la reliquia de los secretos sagrados?

–Poca cosa, me temo. Soy astrónomo, no historiador ni arqueólogo.

–¿Conoce el mito?

–De modo superficial. El Arca de la Alianza, el cofre sagrado…, un manuscrito…, hasta ahí sé.

–Pero seguro que sabe también que lo que buscaba Llyleworth era ese cofre.

–Señor Balto, la SIS no se ocupa de supersticiones. No creo que Llyleworth esperara encontrar ningún cofre sagrado.

–¿Y si resulta que no se trata de ninguna superstición, sino, por ejemplo, de un cofre de oro?

–Señor Balto. – Suspira con rechazo y alza los dos montones de salchichas-. ¿Se ha traído el hallazgo? ¿Aquí? ¿A Londres?

Chasqueo la lengua en respuesta.

–Espero que esté en sitio seguro.

–Por supuesto.

–¿Es una cuestión de dinero?-pregunta en tono ausente.

–¿Dinero?

A veces soy un poco corto de entendederas. Él me mira a los ojos. Le devuelvo la mirada. Tiene los ojos de un gris azulado y las pestañas

bastante largas. Intento leerle los pensamientos.

–¿ Cuánto había pensado? – inquiere.

De pronto caigo en la cuenta de por qué reconozco la voz. He hablado por teléfono con él, hace dos días, cuando se presentó como el señor Rutherford del Real Instituto Británico de la Jodida Arqueología.

Me echo a reír y me mira desconcertado. Después me acompaña con su risa de payaso. Ahí estamos, riéndonos en nuestra mutua desconfianza.

Detrás de nosotros, en la otra punta del universo, se abre una puerta. Un ángel llega flotando, con una bandeja de plata con dos tazas y una tetera de porcelana. Sin mediar palabra, nos sirve y desaparece.

–Por favor -dice Winthrop.

Dejo caer un terrón de azúcar en el té, pero no toco la leche. Winthrop hace exactamente al revés.

–¿Por qué se niega a entregar el objeto?

–Porque es propiedad noruega.

–Escuche -empieza con irritación, pero se detiene y decide cambiar de tono-. Señor Balto, ¿no es el profesor Arntzen su superior?

–Sí.

–¿Por qué, entonces, no obedece las órdenes de su superior?

Órdenes, mandatos, decretos, dictados, leyes, reglas, instrucciones, prescripciones… La mayoría de los británicos encuentra seguridad en todas las regulaciones de la vida. Pero a mí me ocurre lo contrario.

–No confío en él -respondo.

–¿No confía en su propio padrastro?

Un escalofrío me baja por la espalda. Hasta eso han descubierto.

Winthrop me guiña un ojo y chasquea la lengua. Es espabilado.

–Dígame, señor Balto, ¿no sufrirá una ligera manía persecutoria?

No me extrañaría que hubiera leído mis historiales médicos. Y el diario.

Algunas veces hasta los paranoicos pueden tener razón.

–¿Qué hay en el cofre? – pregunto.

–Como ya le he dicho, señor Balto, permítame que le recuerde que es su obligación entregar aquello que de ningún modo le pertenece.

–Voy a entregarlo…

–¡Estupendo!

–… En cuanto averigüe qué es lo que hay dentro y por qué tanta gente está tan empeñada en sacarlo ilegalmente de Noruega.

–Señor Balto, ¡de verdad…!

–¡Yo era el supervisor de las excavaciones!

Winthrop chasquea los labios.

–En efecto. Pero en realidad nadie le ha dicho qué es lo que estaban buscando, ¿no?

Vacilo. Comprendo que va a dejarme formar parte de algo que se supone que no debería saber. Pero también sé que probablemente me servirá una mentira bien dirigida, una seductora pista falsa.

–¿El mapa de un tesoro?

Sus cejas forman dos uves perfectas cabeza abajo.

–¿El mapa de un tesoro, señor Balto?

–¿Ha estado últimamente en Rennes-le-Cháteau?

–¿Dónde?-Me mira con inocencia.

Perfecciono la pronunciación:

–¡Rennes-le-Cháteau! Ya sabe, la iglesia medieval. Los mapas del tesoro.

–Lo siento. De verdad, no sé de qué me está hablando.

–Entonces, ¿podrá contarme lo que estaban buscando de verdad?

Se estremece y baja la voz; está incómodo.

–Tenían una teoría.

–¿Una teoría?

–Nada más. Sólo una teoría.

–¿Que consistía en qué?

Winthrop hace una extraña mueca que quizá pretenda manifestar profundas reflexiones, pero que en el fondo sólo parece una mueca extraña, y luego pregunta:

–¿No es sorprendente que las civilizaciones antiguas no fueran en absoluto tan primitivas como creíamos?

–Y que lo diga.

–Tenían conocimientos, tanto tecnológicos como intelectuales, que no parecen corresponder a gente en su estado de desarrollo. Conocían mejor el universo que muchos astrónomos aficionados de hoy en día. Dominaban la matemática abstracta. Eran destacados ingenieros. Practicaban la medicina y la cirugía. Tenían muy buena comprensión de las distancias y las proporciones, de la geometría y la perspectiva.

Lo miro con atención, intento leer entre líneas estudiando su cara y sus ojos.

–Por ejemplo: ¿se ha preguntado alguna vez por qué se construyeron las pirámides? – inquiere.

–En realidad no.

–¿ Sabe entonces por qué?

–¿No eran cámaras mortuorias? ¿Los suntuosos sepulcros de los faraones?

–Represéntese la pirámide de Keops. Tenía ciento cuarenta y cuatro metros de altura cuando fue erigida por el rey egipcio Keops, de la cuarta dinastía. Los arqueólogos y los ladrones de tumbas han encontrado una cámara del rey, una cámara de la reina, hoyos, galerías, pasillos estrechos…

Las estancias conocidas constituyen en total un uno por ciento del volumen de la pirámide. ¿Me sigue?

Lo sigo.

Se inclina sobre el escritorio.

–Los científicos -continúa- empezaron a practicar radioscopias en las pirámides con tecnología moderna. No tardaron en darse cuenta de que había mucho más hueco del que se ha descubierto. Hasta un quince por ciento.

–No es tan sorprendente.

–Desde luego que no. ¡Pero un quince por ciento, señor Balto, es bastante! No sólo eso: el sensible equipo recibió reflejos que indicaban que un gran objeto de metal está localizado siete metros por debajo del nivel del suelo de la pirámide.

–¿Un tesoro?

–Por lo que sé, le interesan los tesoros. Y supongo que se puede decir que todo lo que hay dentro de una pirámide, por definición, ha de considerarse un tesoro. La presencia de metales en una pirámide egipcia no tendría, en sí misma, por qué extrañar a nadie. Pero no se trataba de un sarcófago de oro ni de una colección de cobre o hierro. El tamaño y la macicez del objeto metálico era de tal carácter que obligó a los científicos a repetir varias veces las mediciones antes de convencerse de que los datos eran correctos. Situando el equipo radioscópico en diferentes ángulos y posiciones, consiguieron el boceto del objeto metálico. Su contorno.

–¿Y qué es lo que vieron?

Winthrop se levanta y se acerca a un armario que contiene una caja fuerte. Teclea un código y la puerta se abre con un bostezo. Winthrop saca una carpeta negra que trae hasta el escritorio mientras la abre.

–Ésta es una copia de lo que descubrieron -dice.

La hoja está metida en una funda de plástico transparente. A primera vista el dibujo, hecho por ordenador, parece una nave espacial.

Después advierto que realmente representa una nave espacial.

Casco alargado, alas pequeñas, timón de profundidad.

Miro a Winthrop de reojo.

–El año pasado excavamos hasta la galería en la que se encuentra la nave -dice.

–¿Qué es esto?

–¿No lo ve?

–Parece una nave espacial.

–Es una nave espacial.

–¿Una nave espacial?

–Exacto.

–Espere un momento. ¿Una nave espacial se quedó atascada bajo la pirámide de Keops en un desgraciado intento de aterrizar en el desierto? –

pregunto en tono mordaz.

–No, no, no lo entiende. Es una nave sobre la que se construyó la pirámide de Keops.

Le dirijo mi triste mirada de perro. La que significa: «No pretenderá que me crea todas estas tonterías, ¿verdad?» Y después suelto un profundo suspiro.

–Quizá conozca las controvertidas teorías del suizo Erich von Dániken -

prosigue.

–¡Sí! Se refieren a las visitas de extraterrestres a la Tierra en el pasado, y esa clase de cosas.

–Eso es.

Miro el dibujo de la nave espacial. A continuación miro a Winthrop.

–¡No puede estar hablando en serio! – exclamo.

De la carpeta negra saca cinco hojas de papel cubiertas de fórmulas matemáticas.

–Los cálculos -dice empujando hacia mí los papeles-. La NASA ha evaluado las cualidades aerodinámicas de la nave. A partir de ahora van a

ajustar sus futuras naves espaciales a este modelo.

Me cruzo de brazos. Empiezo a sentirme mal. No porque me crea su historia, sino porque sus mentiras parecen ocultar un secreto que quizá sea aún más terrorífico.

–Una nave espacial bajo la pirámide de Keops -digo, como si ya hubiera conseguido convencerme.

Inclino la cabeza hacia la izquierda. Y luego hacia la derecha. Como si tuviera tortícolis. Bebo un sorbo de té. Está tibio y sabe como algo que esperarías que te sirvieran en la tienda de un beduino rico en medio del desierto.

–¿Así que quiere que crea que la pirámide de Keops se erigió sobre una nave espacial prehistórica? – digo mirándolo a los ojos.

–Permítame que se lo repita… Una nave espacial. Creemos que procedía de una nave nodriza mayor en órbita alrededor de la Tierra.

–Sí, claro.

–Parece escéptico.

–¿Escéptico? ¿Yo? De ningún modo. Pero, dígame, ¿cómo explica que los egipcios construyeran una enorme pirámide sobre la nave? No creo que hace cinco mil años existiese el concepto de «garaje».

–Consideraban que era sagrada. La nave celeste de los dioses.

–¡Debió de ser un verdadero fastidio para los extraterrestres cuando por fin volvieron y encontraron una enorme pirámide sobre su nave!

Ni siquiera sonríe. Cree que tiene mi confianza.

–Algo pudo haber salido mal desde el principio -apunta-. Quizá fuese un aterrizaje forzoso. Quizá la nave no pudiera despegar, ¿Arena en la maquinaria? O quizá sus astronautas murieran al encontrarse con la atmósfera terrestre, o al entrar en contacto con determinadas bacterias. No estamos seguros. Seguimos en la fase de las adivinanzas.

–¿Así que no han intentado hacer girar la llave de arranque?

–Aún no.-Vacila-. Existe otra teoría.

–No lo dudo.

–Podría pensarse que nunca pretendieron que la nave volviese. Que su misión era traer a un grupo de criaturas, sin duda con apariencia humana, para que se quedaran en la Tierra.

–¿ Qué tenían que hacer aquí?

–Quizá quisieran colonizar nuestro hermoso planeta, intentar reproducirse, no hay modo de saberlo. Hay quien cree que esas criaturas eran los modelos de los relatos de la Biblia sobre bellos ángeles estilizados.

Eran más grandes y altos que nosotros, las personas. E inconcebiblemente hermosos. Por la historia de la religión sabemos que los ángeles a veces dejaban embarazadas a nuestras mujeres. Así que, en el aspecto genético, debemos de haber tenido un origen común.

Me río.

El no dice nada.

–¿Y usted se cree todo eso?-pregunto.

–Se trata de reconocer los hechos, señor Balto.

–O las mentiras.

Lo miro largamente. Al fin, el sonrojo emerge como dos rosas en sus redondas mejillas.

– ¿Y el cofre? – pregunto-. ¿Qué relación tiene con esto?

–Eso quizá lo sepamos cuando nos lo entregue.

Me río.

–Tenemos la esperanza de que el contenido del cofre pueda guiarnos hasta esos seres extraterrestres -afirma-. No necesariamente a los que aterrizaron, no creo que sean inmortales, aunque, quién sabe… -añade, arqueando las cejas-, sino a sus descendientes. La línea de su estirpe. Tal vez encontremos un mensaje. De ellos para nosotros.

Guardamos silencio.

Recientemente leí algo en el periódico sobre la médico finlandesa Rauni-Leena Luukanen, que no sólo es especialista en enfermedades terrenales como la sinusitis o las hemorroides, sino también en la filosofía pacifista de criaturas de sistemas solares lejanos. Mantiene contactos regulares con los humanoides que cruzan la bóveda celeste. De todas las confidencias que le han hecho, me maravilla que operen con seis dimensiones, que viajen a través del espacio y el tiempo o que una delegación de ellos recibiera a Neil Armstrong cuando puso los pies sobre la Luna. La más fascinante de todas las afirmaciones de Luukanen deriva del hecho de que, al igual que yo, son vegetarianos. Y de que el plato favorito de los humanoides es el helado de fresa.

Me río de nuevo. Es posible que Winthrop me considere un poco incrédulo.

–Piense usted lo que quiera-dice con voz áspera.

–Eso hago.

–Le he presentado los hechos, todo lo que sabemos, y lo que creemos.

No puedo hacer más. Créase usted lo que le parezca. O déjelo estar.

–Eso se lo prometo.

Carraspea y se mueve en la silla.

–¿Qué es la SIS?-pregunto.

–¡Ah! – Salta a la vista que la pregunta le agrada. Es inofensiva, una de esas preguntas que puede mantenerlo en marcha durante una hora o dos en esas fiestas de cóctel que frecuenta con su bella y joven esposa, que seguramente tiene una relación con su entrenador de tenis-. La SIS -añade lentamente, como si tuviera que tomar impulso con cada letra- es una fundación científica, establecida en el año mil novecientos por los investigadores y científicos más destacados del momento. El objetivo era coordinar los conocimientos de muchas ramas del saber en un banco común. – Asume un tono didáctico, como si estuviera ante un grupo de colegiales-. ¡Imagínese el momento! – Abre los brazos de par en par-. El comienzo del siglo. ¡Un nuevo optimismo! Crecimiento. Idealismo. En la vida económica surgían nuevas y grandes industrias. Una nueva era nacía.

Pero había un problema; ¿sabe en qué consistía?

–No.

–Nadie pensaba más que en su propio terreno del saber. Y ésa fue la gran idea que propició la fundación de la SIS: controlar el desarrollo científico, coordinar, poner en contacto a científicos que pudieran ayudarse entre sí. En una palabra: pensar globalmente en esa maraña de unidades.

–Suena estupendo; pero ¿en qué ha derivado la SIS?

–Recibirnos apoyo económico y profesional de todas las ramas del saber. Percibimos dinero del presupuesto estatal y de nuestros propietarios, además de donaciones de universidades y ámbitos científicos de todo el mundo. Somos más de trescientos veinte empleados fijos. Contamos con un gran número de científicos en puestos de la mayor importancia. Tenemos contactos en las principales universidades. Estamos representados en todos los lugares donde se llevan a cabo investigaciones trascendentes.

–Nunca había oído hablar de ustedes.

–¡Eso sí que es extraño!

–No hasta que averigüé que la SIS estaba detrás de las excavaciones que me habían contratado para…, ¡je, je!, supervisar.

Winthrop hojea, con el pensamiento en otra parte, unos folios que hay sobre el escritorio.

–¿Qué puede contarme sobre Michael MacMullin? – pregunto.

Winthrop levanta la vista de sus papeles.

–Un gran hombre -dice en tono de devoción-. Es el presidente de la junta directiva de la SIS. Todo un caballero, ya mayor y muy rico. ¡Un cosmopolita! Lo nombraron catedrático de Oxford justo después de la guerra. En mil novecientos cincuenta se retiró de la investigación para dedicar su vida a la SIS.

–¿Dónde está ahora?

–Creemos que a punto de volver. Pronto tendrá ocasión de reunirse con él. Tiene mucho interés en verlo.

–¿Cuál es su especialidad?

Winthrop enarca las cejas.

–¿No lo sabe? Es arqueólogo. Como usted. Como su padre.

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Diane está sentada tras el mostrador, y mira con los ojos entornados el ordenador con letras verdes. Está mona cuando entorna los ojos. También está mona cuando no lo hace.

El sol entra a raudales por las grandes ventanas. Acabo de cruzar la puerta. En la mano estrujo el folleto enrollado de la SIS que me ha dado Winthrop. Al separarnos, ha reído con su boba risa de payaso y me ha dicho que le alegraba verme tan dispuesto a colaborar. ¿Dispuesto a colaborar? Al parecer pensaba que había hecho su trabajo y que yo iba a irme corriendo a casa a buscar el maldito cofre. Debe de creer que soy fácil de persuadir. Y

bastante tonto.

Con un carraspeo discreto, que resuena en el silencio catedralicio, doy un paso hacia el interior de la biblioteca. Diane me mira con expresión ausente. La concentración se diluye en una sonrisa. La luz me engaña: por un instante me parece que se sonroja.

–Tú otra vez -dice.

–Acabo de estar con Winthrop.

Se levanta y viene hacia mí. Esta mañana, al elegir la ropa (me la estoy imaginando), ha puesto cuidado: lleva una blusa de seda blanca, una falda

negra ceñida que le sienta bien a su figura, medias de nailon negro y zapatos de tacón.

–Lo llamamos el Hombre de la Luna. – Suelta una risa contenida y pone una mano sobre mi brazo. Sonrío forzadamente. El contacto desencadena en mi cráneo un chaparrón de hormonas.

–Diane, ¿podrías ayudarme?

Ella vacila un momento, luego responde:

–Claro.

–Lo que necesito quizá no sea del todo sencillo.

–Haré lo que pueda, pero lo imposible lleva un poco más de tiempo.

–Se trata de datos que tenéis en el ordenador.

–¿Sobre qué?

–¿Hay algún sitio donde podamos hablar? – Bajo la voz y añado-: Preferentemente, donde no tengamos que susurrar.

Me agarra la mano (suavemente, con ternura) y me guía a través de la biblioteca hasta un despacho con una puerta de cristal mate. Es un despacho impersonal. Estanterías llenas de grandes carpetas de anillas. Un escritorio antiquísimo con una pantalla de ordenador impresionante sobre un pedestal a la última moda. Un teclado unido con un cable de espiral a la unidad central del ordenador, en el suelo. Un cenicero vacío. Una taza de plástico con un resto de café y colillas. Una silla de oficina poco estable sobre la que se sienta Diane. Me mira. Yo trago saliva. Me abruma la certeza de estar solo con ella y de que (de modo puramente hipotético) puedo inclinarme hacia delante y besarla. Y sí responde a mi beso y suspira con dulzura, puedo cogerla en mis brazos (todavía en teoría), subirla al escritorio y follarla de forma brutal. Y después escribir una carta sobre el asunto a una revista de hombres.

–¿Qué problema tienes? – pregunta.

Mi problema es que tengo algunos problemas de más.

La silla de madera cruje con mi peso.

–¿Eres buena buscando? – digo, indicando el ordenador con la cabeza.

–Mmm, sí. Se supone que es mi trabajo.

–Necesito saber más sobre Michael MacMullin.

Me dirige una rápida mirada. No soy del todo capaz de interpretarla.

–¿Por qué?-pregunta con frialdad.

–No sé lo que estoy buscando -contesto con franqueza.

Su mirada no me suelta. Sólo cuando percibe lo incómodo que me siento, se acerca al teclado, aprieta el F3 de «Búsqueda» y escribe a toda velocidad «Michael MacMullin». El ordenador masca la pregunta y suma antes de responder: «16 documentos hallados. 11 codificados.»*

–¿Quieres que te imprima los archivos a los que se puede acceder?

–¿Acceder?

–Once de los archivos están protegidos. Para obtener la información se necesita una contraseña.

–¿No tienes contraseña?

–Claro. Pero atiende…

Teclea su contraseña.

«No autorizado. Se requiere nivel 55», responde la máquina en inglés.

–¿Qué significa eso?

–Operamos en distintos niveles. Al nivel once tienen acceso todos los usuarios, incluida la gente ajena a la fundación. El nivel veintidós protege los datos que es preciso documentar y se tiene derecho a consultar. Por ejemplo, proyectos de investigación que se están desarrollando en estos momentos. El nivel treinta y tres protege los archivos con datos que esté prohibido hacer públicos. Los bibliotecarios tenemos autorización hasta ese nivel. El cuarenta y cuatro atañe a los datos personales y las condiciones internas. Y luego hay un nivel cincuenta y cinco que sólo los dioses saben qué protege. Esto es, la dirección de la SIS.

* En. Inglés en el original. (N. de la T.)

–¿Estáis ligados a una base de datos?

Diane me mira como si fuera una pregunta tonta. Es una pregunta tonta.

–Somos una base de datos. ¿No has oído hablar de nosotros? El tablón de anuncios de la SIS. O www.soinsc.org.uk. ¡Líder mundial en su terreno!

Tenemos abonados en universidades e institutos de investigación por todo el mundo.

–¿ Qué tipo de datos?

–¡De todo! Todo lo relacionado con la ciencia y la investigación en la que está involucrada la SIS. Es decir, casi de todo. La base de datos está formada por todo nuestro material histórico, actualizado y con referencias cruzadas. Todos los informes y las descripciones de campo están aquí.

Además, guardamos artículos relevantes de Reuter, Associated Press, el Times, el New York Times y algunos medios de comunicación serios más.

–¿Puedes buscar cualquier cosa?

–Más o menos.

–Prueba con el cofre de los secretos sagrados.

–¿El qué?

–Es una reliquia.

–¿El cofre de qué?

Se lo repito. Ella teclea. Encontramos nueve entradas. La primera remite al tratado que escribieron en 1973 papá, Llyleworth y DeWitt. La segunda es un resumen del mito:

La reliquia de los secretos sagrados: mito sobre un objeto sagrado o un mensaje en un cofre. Según el filósofo Didactdemus (aprox. 140 d.C), el mensaje sólo estaba destinado «al círculo más interno de los iniciados». El contenido del mensaje no está claro.

Seguir: parte 2 de 3