El informe Hitler

Henrik Eberle · Capítulo 20 de 21 · parte 1/4

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El informe Hitler

Capítulo 15: Abril - Mayo de 1945

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

CAPÍTULO 15

ABRIL - MAYO DE 1945

Hacia las tres y media de la madrugada del 16 de abril de 1945 terminó la reunión informativa nocturna con Hitler. El teniente coronel del estado mayor general, Von Hermani, que había explicado la situación en el frente oriental, se desplazó de la cancillería del Reich hacia el cuartel del estado mayor del alto mando del Ejército de Tierra en Zossen, mientras que Friedel, el oficial del estado mayor general, que había dado parte de la situación en el frente occidental, hizo que se le condujera al barrio de Dahlem.

En cuanto a la situación en el frente oriental se constataron fuertes enfrentamientos en el sector del grupo de ejércitos del sur en Austria; una presión especialmente intensa de las tropas soviéticas junto a Sankt Pölten, al oeste de la ciudad de Viena; duros ataques en el sector del frente correspondiente al grupo de ejércitos del centro, junto a Mährisch-Ostrau (Ostrava) y Brno, así como en Silesia. La situación en el frente del Oder fue calificada por Hermani como tranquila. Sólo se habían registrado operaciones de reconocimiento.

Como de costumbre, Hitler acudió después de la reunión informativa de la noche a su despacho a tomar el té vespertino con Eva Braun y las secretarias, la señora Christian y la señora Junge. En el salón de fumadores de la antigua cancillería, Burgdorf, Fegelein y Günsche, bebían vodka y coñac.

Hacia las cinco de la madrugada sonó el teléfono. La centralita de la cancillería del Reich comunicaba que Burgdorf era requerido con urgencia por Maibach. Éste era el nombre en clave del cuartel del estado mayor del alto mando del Ejército de Tierra en Zossen. Al aparato se hallaba el general Krebs. Una llamada del jefe del estado mayor general a una hora tan intempestiva no era usual. Los músculos faciales de Burgdorf se tensaron y con un movimiento de su mano impuso silencio a Fegelein y Günsche. Garabateó algo sobre una hoja de papel y exclamó de manera entrecortada al auricular:

—¿Dónde? ¿Küstrin? ¡Repítalo otra vez! ¡En todo el frente! Lo

comunicaré de inmediato al Führer. Si llegas a saber más detalles, llámame

enseguida. ¡Gracias! —Burgdorf tuteaba a Krebs.

Burgdorf colgó el teléfono y se dirigió alterado a Fegelein y Günsche:

—Los rusos están atacando en el Oder desde las cuatro. Intenso fuego de

artillería de los rusos a lo largo de todo el frente. La infantería y los tanques

avanzan desde hace una media hora. [420]

Burgdorf levantó otra vez el teléfono. Desde el búnker se le comunicaba que Hitler aún estaba tomando su té. Acompañado de Fegelein y Günsche, Burgdorf se dirigió a pie hasta allí, para dar a conocer a Hitler la comunicación de Krebs. Los vigilantes de la guardia personal de Hitler y del Servicio de Seguridad, que prestaban servicio en el búnker, se quedaron muy sorprendidos al ver aparecer a los tres hombres a una hora tan avanzada de la noche. Burgdorf pidió que se comunicara a Hitler que le traía un parte muy importante. Hitler apareció de inmediato en el vestíbulo donde esperaban Burgdorf, Fegelein y Günsche. Como siempre que recibía una noticia inesperada, miraba desconfiado. Burgdorf transmitió la información:

—Mein Führer! Acaba de recibirse una llamada de Krebs. A las cuatro de

la madrugada ha dado comienzo la ofensiva de los rusos a lo largo del río

Oder.

Hitler se estremeció.

—¿Dónde? —logró articular.

Burgdorf respondió que después de un fuego nutrido de la artillería enemiga, las unidades de blindados y de infantería habían pasado a la ofensiva a lo largo de todo el frente. En algunos puntos estaban intentando cruzar el Oder, aprovechando la protección que les otorgaba la noche. Se estaban produciendo ataques intensos en la cabeza de puente establecida en el margen oeste del río, junto a Küstrin. Hitler se interesó por otros detalles, sobre todo, por si las tropas habían podido ser desplazadas a tiempo fuera del alcance del fuego de la artillería rusa. Burgdorf respondió que Krebs aún no había comunicado detalles. Las manos de Hitler se aferraban al respaldo del asiento. Se esforzaba por ocultar su nerviosismo. Su cara temblaba de manera convulsa. Se mordía los labios, lo que en su caso significaba una tensión máxima. Entonces preguntó:

—¿Qué hora es?

—Las cinco y veinte —respondió Günsche.

Hitler se dirigió otra vez a Burgdorf:

—Manténgame al tanto de las noticias. Aunque le digan que me he ido a

la cama. De todos modos no puedo dormir. Y póngame en contacto ahora

mismo con Krebs. Quiero hablar con él en persona.

Dicho esto, Hitler volvió a su despacho, donde todavía seguían sentadas Eva Braun y las secretarias.

De los informes que fueron recibiéndose durante la mañana se desprendía que los rusos atacaban en casi todos los puntos del frente, aunque algunas de las brechas de importancia local habían podido ser cerradas.

Hitler se tumbó en la cama, pero no pudo dormirse. En repetidas ocasiones llamó a Linge y le pidió que preguntase a Burgdorf o Johannmeyer si había novedades del frente del Oder. Burgdorf y Johannmeyer, que estaban en contacto permanente con Krebs, respondían que la situación no estaba clara, ya que las comunicaciones con algunos sectores del frente habían sido destruidas por la artillería de los soviéticos y aún no se habían podido restablecer.

El mismo día, el 16 de abril, Hitler convocó una sesión informativa a las dos y media de la tarde. En la antesala del búnker del Führer se reunieron Göring, Dönitz, Keitel, Jodl, Krebs, Koller, Burgdorf, Buhle, Winter, Christian, Wagner, Voss, Fegelein, Hewel, Lorenz, los ayudantes de Hitler y una serie de oficiales del estado mayor general. Keitel, al igual que algunos generales que se hallaban en el Oder y dada la proximidad del frente, había hecho quitar de sus pantalones el ribete rojo propio del generalato. Los asistentes habían formado grupos y hablaban en voz alta y de manera acalorada sobre la ofensiva del Ejército Rojo iniciada durante la madrugada. Todos expresaban la esperanza de que el frente del Oder resistiría. Entonces salió Hitler de su despacho, acompañado de Bormann. Todos callaron al instante, adoptaron posición de firmes y alzaron el brazo en señal de saludo. Hitler estrechó como de pasada la mano de Göring, Dönitz, Keitel, Jodl y Krebs.

Hitler le preguntó a Krebs:

—¿Ya tiene usted una idea clara de lo que está sucediendo a lo largo del

Oder?

Krebs contestó:

—Sí, mein Führer.

A los otros reunidos los saludó con una inclinación de cabeza, para luego dirigirse junto a Krebs al salón de reuniones. Los restantes les siguieron. La ofensiva rusa del Oder había motivado que todos los miembros de la sesión informativa hubieran acudido. Este hecho hizo que el espacio se hiciera tan reducido que algunos oficiales del estado mayor general y los ayudantes tuvieran que permanecer en la antesala. En el interior, cabían como máximo veinte personas.

Krebs comenzó su informe con un resumen de la situación en el Oder. Anunció que el ataque de los rusos había sido detenido. En el curso de fuertes enfrentamientos, las tropas alemanas y rusas estaban empleando miles de carros de combate y piezas de artillería. Krebs resaltó que el Ejército Rojo recibía, desde la madrugada, un apoyo continuo desde el aire. Además explicó que en algunos sectores del frente los rusos habían logrado introducir cuñas en la defensa alemana. El ataque principal de los soviéticos lo estaba llevando la cabeza de puente en el margen occidental del Oder, al oeste de Küstrin. Las maniobras de las tropas rusas para cruzar el río y establecer unas cabezas de puente estaban siendo obstaculizadas por la artillería.

Hitler dirigió su mirada a Göring, que se inclinaba sobre la mesa y hacía como si buscara un punto sobre el mapa. Era su manera de reaccionar cuando Hitler preguntaba acerca de las operaciones de la Luftwaffe. Cuando Christian percibió la mirada de Hitler, se apresuró a informar de que los Stuka alemanes bombardeaban sobre todo las unidades rusas que intentaban cruzar el río Oder. Todavía quiso añadir alguna otra cosa, pero Hitler ya se había vuelto a dirigir a Krebs:

—Continúe usted, Krebs.

Éste señaló el mapa y explicó que los rusos, después de haber vuelto a poner a punto su artillería, reanudaban sus ataques con nuevo empuje y que la situación de las tropas alemanas era muy crítica, sobre todo en el sector del frente al sur de Küstrin. Hitler se levantó y declaró con voz oprimida:

—Hemos de detener los primeros ataques de los rusos, cueste lo que

cueste. Si el frente se mueve, todo estará perdido.

El Führer ordenó a Krebs que se informara de inmediato del desarrollo de los combates en Küstrin. Krebs abandonó junto a su ayudante, Von Freytag-Loringhoven, el salón de reuniones para telefonear. Loringhoven volvió otra vez solicitando el permiso para llevarse consigo el mapa de operaciones del frente del Oder, con el fin de registrar al instante la nueva situación. Mientras Krebs se comunicaba con el cuartel del estado mayor del alto mando del Ejército de Tierra en Zossen, Göring, Dönitz, Keitel y Jodl aseguraban a Hitler que el ataque de las tropas rusas en el Oder sería rechazado. Hitler volvió a indicar que era muy importante superar los primeros ataques y causar un gran número de bajas entre las tropas rusas. Keitel y Jodl asintieron con fervor. Recordaron hechos de la primera guerra mundial, en las que, luchando contra un enemigo muy superior en cuanto a la tecnología, éste no lograba avanzar sino algunos metros debido a la fortaleza que mostraban los soldados alemanes. Gracias a esta fortaleza, el enemigo acababa por desangrarse.

Krebs y Loringhoven regresaron tras unos minutos. Hitler los recibió con una mirada esperanzada. Apenas habían extendido los planos, se inclinó sobre éstos con gesto nervioso. Los ataques del enemigo a lo largo de toda la línea del frente estaban señalados con flechas rojas. El Ejército Rojo había penetrado profundamente en las posiciones alemanas cerca de Küstrin. La situación en este sector del frente era crítica. Los restantes sectores del frente se mantenían. Heinrici, comandante en jefe del grupo de ejércitos del Oder, consideró necesario replegarse al sector del frente situado al oeste de Küstrin, para evitar así que se ampliara la brecha abierta en la línea del frente. Los ojos de Hitler se le salían de las órbitas. En su frente la ira hizo que se le hincharan las venas. Aulló:

—¡No! ¡No retrocederemos ni un solo metro! Si no nos mantenemos en el

Oder, ¿dónde nos vamos a mantener? ¡Hay que cerrar la brecha de Küstrin de

inmediato! ¡Transmita esta orden ahora mismo!

Krebs volvió a abandonar la estancia para hacer llegar la orden al frente.[421] Hitler estaba escandalizado. Tronaba contra Heinrici, que sólo unos días atrás, justo antes del ataque soviético, había solicitado el permiso para trasladar su puesto de mando desde Prenzlau hacia el oeste, a Neustrelitz, una localidad de Mecklemburgo. Hitler amenazó:

—Mandaré fusilar en el acto a cualquiera que tenga la osadía de solicitar

permiso para hacer retroceder o desplazar su puesto de mando.

Tras la reunión informativa, Hitler mandó llamar a la secretaria, la señora Christian, y le dictó una orden destinada a los soldados del frente oriental. La orden estaba escrita en el papel oficial del Führer. En la esquina derecha de cada una de las páginas figuraba impresa un águila negra con una cruz gamada, debajo de la cual aparecía escrito en mayúsculas: «EL FÜHRER». El texto de la orden era el siguiente: «¡Orden del Führer! ¡A los soldados del frente oriental! ¡El último asalto asiático

fracasará!».[422]

En la orden mencionada, Hitler escribía: «La presente ofensiva estaba prevista y desde enero de este año se han tomado todas las precauciones para construir un frente poderoso. Una gigantesca artillería hace frente al enemigo. Las pérdidas de nuestra infantería son compensadas por incontables nuevas unidades. Las unidades de alarma, nuevas formaciones y el Volkssturm refuerzan nuestro frente. El bolchevique va a sufrir otra vez el viejo destino de Asia, es decir, desangrarse a las puertas del Reich». Y proseguía: «Berlín permanecerá en manos alemanas, Viena volverá a ser alemana y Europa nunca jamás será rusa».

Con estas últimas palabras, Hitler reforzaba su convicción de que la Alemania nazi, Inglaterra y Estados Unidos acabarían por crear un único frente contra la Unión Soviética. Contaba con las tendencias antibolcheviques en los círculos gobernantes ingleses y norteamericanos, que adquirían peso a medida que el Ejército Rojo avanzaba en Alemania, en los Balcanes, en Checoslovaquia y Austria. Al final de su orden, Hitler escribió: «Ahora que el destino ha eliminado al mayor de los criminales de guerra de todos los tiempos, se producirá un cambio en el curso de esta guerra».

Con estas palabras aludía a la muerte del presidente Roosevelt en abril de 1945.[423] Desde su punto de vista, el principal obstáculo para formar un frente unido contra los rusos había sido Roosevelt. De ahí la convicción de Hitler de que con su muerte «se producirá un cambio en el curso de esta guerra».

En la reunión informativa de la noche del 16 al 17 de abril se anunció que los rusos habían hecho retroceder a las divisiones alemanas hacia el oeste de Küstrin. La contraofensiva ordenada por Hitler para anular la ruptura del frente no había tenido éxito y hubo que repetirla durante la madrugada del 17 de abril. La noche en cuestión Hitler volvió a reunirse hasta las seis de la mañana con Eva Braun y sus secretarias para tomar el té. Explicó que los rusos habían logrado penetrar un poco en las defensas alemanas. Pero que esto sólo representaba un éxito pasajero, una ventaja momentánea de los atacantes.

En las jomadas siguientes, durante los días 17, 18 y 19 de abril, la situación de las tropas germanas en el Oder se hizo cada vez más desesperada. En arduas luchas defensivas, los alemanes se replegaban, obligados por las embestidas cada vez más poderosas de los rusos. Estos pasaron a la ofensiva también más al sur, en Silesia. Además, lograron ampliar la ruptura del frente al oeste de Küstrin. Después de haber abierto brechas en todas las líneas de contención, los rusos comenzaron a acercarse

peligrosamente a los suburbios orientales de Berlín.[424]

El frente alemán del Oder pudo mantenerse aún en torno a las ciudades de Stettin y Frankfurt. Por la noche ya se podía escuchar en las calles de Berlín el tronar de la artillería. Aviones de reconocimiento rusos sobrevolaban la capital alemana.

Toda la culpa de la situación crítica en el Oder había que atribuirla, según Hitler, a Heinrici, el comandante en jefe del grupo de ejércitos. Lo acusó de ser un pedante irresoluto e indeciso, falto del entusiasmo necesario. Cuando los combates se acercaron a Berlín, Hitler lo relevó como comandante en jefe del grupo de ejércitos que aún llevaba el nombre de Vístula, a pesar de que este río hacía ya tiempo que estaba situado muy por detrás de las líneas soviéticas. Sin embargo, no nombró

sustituto para Heinrici.[425] El mando militar de la defensa de Berlín lo pasó a asumir él mismo. Aunque en aquellos días no había la menor duda de que el frente alemán del Oder había caído y de que resultaba imposible restablecerlo, Hitler ponía todas sus esperanzas en aquellos sectores que aún se mantenían. Dio órdenes de cerrar las brechas del Oder mediante golpes concentrados en los flancos de los rusos.

Krebs explicó en la reunión informativa de la tarde del 19 de abril que las unidades blindadas rusas habían logrado abrir brechas profundas en el frente y que se hallaban ya cerca de Oranienburg, más o menos a treinta kilómetros al norte de Berlín. Esta noticia cayó como una bomba y desequilibró por completo al Führer.

Inmediatamente después de la reunión, Hitler hizo venir a Linge. Se quejaba de fuertes dolores de cabeza y de un estancamiento de la sangre en la cabeza. Se llamó a Morell para practicarle una sangría. Esta vez no se recurrió a sanguijuelas, ya que la sangría era urgente. Con la ayuda de Linge, Morell preparó sus instrumentos en el dormitorio de Hitler, sobre la mesa del té. El Führer se quitó la chaqueta, se subió la manga izquierda de la camisa y se sentó en el borde de la cama. Con voz débil explicó a Morell que en los últimos días había dormido poco y que se sentía completamente destrozado. Morell ató una cinta de cuero alrededor del brazo de Hitler e introdujo la cánula en la vena. Pero no salió sangre. La sangre de Hitler se coagulaba de inmediato y taponaba la jeringuilla. Morell tuvo que recurrir a una cánula más grande, que sólo con esfuerzo pudo introducir en la vena. Linge sostenía un vaso debajo de la aguja para recoger la sangre que caía en grandes gotas. De pronto, Hitler preguntó a Linge si soportaba la visión de la sangre. Linge respondió:

—Naturalmente, mein Führer. Las tropas de las SS están acostumbradas a

ver sangre.

Se extrajo más o menos un vaso de sangre, que cuajaba casi de inmediato. Linge, que quiso mostrar a Hitler que aquella visión no le afectaba, dijo bromeando:

—Mein Führer, si ahora añadimos algo de sal podemos dedicarnos a

vender morcillas del Führer.

Hitler sonrió. Por la noche, contó la broma a Eva Braun y a las secretarias.

El ambiente optimista que había reinado en las reuniones en los inicios de la ofensiva rusa en el Oder dio paso muy pronto a un gran nerviosismo. Los asistentes preguntaban a escondidas a los ayudantes de Hitler si éste no había dicho nada acerca de un traslado del cuartel general al Obersalzberg. En la antesala y en el pasillo del búnker, durante las sesiones para evaluar la situación, reinaba una terrible confusión. Los ayudantes personales de Hitler, Schaub, Albert Bormann, Albrecht, sus médicos Morell y Stumpfegger, las secretarias, su piloto Baur, Rattenhuber y los oficiales de las SS de su guardia personal se informaban permanentemente acerca de la situación en el frente. Von Freytag-Loringhoven, que con frecuencia abandonaba la sala para atender el teléfono, hacer consultas y anotar en el mapa los cambios en el frente, era bombardeado a preguntas:

—¿Hay novedades? ¿Dónde están los rusos?

Ley, el ministro de Economía del Reich, Funk, Rosenberg, Speer, Axmann, Ribbentrop y otros, que aún permanecían en Berlín, llamaban por teléfono de manera continua. Las preguntas eran siempre las mismas: «¿Cómo están las cosas en el frente?», «¿Dónde están los rusos?», «¿Se mantiene el frente?», «¿Qué hace el Führer?», «¿Cuándo piensa abandonar Berlín?».

Günsche respondía de manera impasible:

—El frente del Oder resiste. Los rusos no llegarán en ningún caso hasta

Berlín. El Führer no ve razones para abandonar la capital.

Ley, que, con las proclamas redactadas por su amante, había instigado al pueblo para que continuara aquella guerra sin sentido contra los rusos, prefirió escapar hacia el oeste, sin despedirse antes de su «amado» Führer. También Rosenberg y Funk

siguieron aquellos días la misma dirección, sin informar de ello a Hitler.[426]

Cuando el Ejército Rojo se acercaba cada vez más a Berlín, Günsche, en su calidad de comandante de batalla de la cancillería del Reich, tomó medidas, juntamente con el general de brigada de las SS Wilhelm Mohnke, para reforzar la protección de la cancillería del Reich y el distrito gubernamental. Mohnke había dirigido entre agosto de 1944 y principios de marzo de 1945 el Leibstandarte y se hallaba por entonces de vacaciones en Berlín. Se ofreció a formar un grupo de batalla de entre tres mil quinientos y cuatro mil hombres con los miembros de las SS que se hallaban en aquellos momentos en Berlín: los batallones de guardia y las compañías de soldados de instrucción o convalecientes. Con este grupo de batalla quería asumir la protección de Hitler. Günsche informó al Führer de su propósito y éste dio el visto bueno. Acto seguido, Günsche ordenó incrementar significativamente las reservas de armas y munición en la cancillería. En el búnker de la nueva cancillería se instalaron grandes depósitos de vituallas. Se levantó un hospital de campaña, cuya dirección fue confiada al médico jefe de la clínica universitaria de Berlín, el teniente coronel de las SS y doctor Werner Haase.

El 20 de abril, Hitler cumplió 56 años. Linge recordó el momento, diez años antes, en que asistió por primera vez a un cumpleaños de Hitler. ¡Qué gran diferencia!

En 1935 todo había sido pompa y gloria. Ya desde primera hora de la mañana, las bandas militares saludaban a su «general en jefe». Los grandes de la industria, del Partido, del Estado y de la Wehrmacht se apiñaban en torno a su Führer y mendigaban su favor con valiosos regalos. A renglón seguido, el grandioso espectáculo del gigantesco desfile militar en la plaza delante de la Universidad Técnica de Berlín. Allí se pensaba celebrar también, después de la guerra contra la Unión Soviética, el gran «desfile de la victoria». Hitler ya había diseñado el colosal arco de triunfo bajo el cual marcharían las victoriosas tropas alemanas en su entrada a la capital del Reich.

Y ahora… El Ejército Rojo estaba a las puertas de Berlín y Adolf Hitler, moral y físicamente hundido, se escondía en su refugio en las entrañas de la tierra.

En la jornada de su 56 cumpleaños, el jefe de su Servicio de Seguridad, Rattenhuber, mostró a Linge un informe procedente de aquel organismo según el cual un ordenanza planeaba asesinar a Hitler en su aniversario. De los datos de aquel organismo se desprendía que el hombre en cuestión vestiría de civil y que aseguraría haber recibido en el frente una herida en el brazo. Linge le respondió que ninguno de los ordenanzas de Hitler vestía de civil y que ninguno estaba herido en el brazo. Rattenhuber le exigió que, de todos modos, estuviera alerta.

En los años anteriores, el estado mayor personal de Hitler solía felicitarle en la medianoche del 19 al 20 de abril. En esta ocasión, el Führer ya había anunciado que no aceptaría ninguna congratulación. A pesar de ello, Burgdorf, Fegelein, Schaub, Albrecht, Günsche, Hewel y Lorenz se reunieron hacia las doce de la noche en la antesala con la intención de darle sus parabienes al Führer. Éste hizo comunicar a los reunidos que no tenía tiempo. Fegelein fue entonces a buscar a Eva Braun y le pidió que convenciera a Hitler de que recibiera sus felicitaciones. Gracias a su insistencia, pero de mala gana, Hitler salió a la antesala. Le estrechó brevemente la mano a cada uno y volvió a desaparecer, así que apenas pudieron decirle nada. El piloto de Hitler, Hans Baur, el segundo piloto Betz, Rattenhuber, Högl y Schädle se presentaron poco antes de comenzar la reunión informativa de la noche en la antesala del búnker. Querían felicitar a Hitler en el momento en que saliera de su despacho para acudir a la sala de juntas. Hitler les dio la mano al pasar por delante de ellos.

La reunión duró muy poco. Después, Hitler tomó el té a solas con Eva Braun en su despacho.

En la mañana del 20 de abril, Linge lo despertó hacia las nueve de la mañana a petición urgente de Burgdorf, que aseguraba tener que transmitir una importante información llegada del frente. Hitler se levantó, fue a su despacho y preguntó a Burgdorf a través de la puerta cerrada qué era lo que sucedía. Burgdorf informó de que durante la madrugada las tropas rusas habían roto el frente entre Guben y Forst. La brecha abierta no era amplia y se había pasado al contraataque. Además, anunció que el oficial que dirigía la unidad ante la que los rusos habían roto el frente, había sido ejecutado en el acto por no haber sido capaz de resistir.

Hitler respondió:

—Envíeme a Linge.

Éste, que se encontraba junto a Burgdorf, se presentó:

—¿Mein Führer?

—Linge, no he podido dormir nada. Despiérteme dentro de una hora, a las

dos de la tarde.

Cuando se hubo levantado y tomado el desayuno en su despacho, Linge le administró unas gotas de cocaína en su ojo derecho. El dolor se calmó un poco y Hitler se dedicó a jugar hasta el momento del almuerzo con Wolf, su cachorro favorito. Comió en compañía de Eva Braun y las secretarias.

Hacia las tres de la tarde diversas delegaciones se reunieron en los jardines de la cancillería del Reich con la intención de felicitar a Hitler: Axmann, con representantes de las «Juventudes Hitlerianas», Streve, el jefe del estado mayor del

grupo de ejércitos del centro, con algunos oficiales,[427] y el teniente coronel de las SS Doose, el comandante de la compañía de escolta del Führer, con algunos miembros de su unidad. Todos se habían colocado en fila justo delante de la entrada del búnker, porque Hitler ya sólo abandonaba su refugio de mala gana. Vestido con un abrigo militar gris y con el cuello subido, salió a los jardines en compañía de Von Puttkammer y Linge. Cuando los reunidos vieron al Führer, se pusieron firmes y alzaron sus brazos para el saludo fascista.

En la entrada del salón de música se habían congregado Himmler, Bormann, Burgdorf, Fegelein, Hewel, Lorenz, los médicos de Hitler, Morell y Stumpfegger, los ayudantes Schaub, Albert Bormann, Albrecht, Johannmeyer, Below y Günsche. Himmler se acercó a Hitler y le felicitó por su cumpleaños. Hitler le dio la mano con gesto rápido y se alejó al instante para saludar al resto de los presentes. A continuación, acudió ante las delegaciones. Muy inclinado y arrastrando los pies, pasó revista a la fila. Los líderes de las delegaciones dieron un paso al frente y cumplimentaron a Hitler. El oficial del grupo de ejércitos del centro le hizo entrega de una carta de agasajo firmada por Schörner y presentada en una carpeta de cuero. Axmann le felicitó en nombre de la organización que dirigía.

Los reunidos formaron un semicírculo alrededor de Hitler, después de que hubiese pasado revista. Previamente, había hecho avisar de que no podía alzar la voz. Por esta razón se limitó a decir unas pocas palabras. Repitió una vez más la promesa de un triunfo final, del que ellos serían los protagonistas. Dicho esto, Hitler levantó el brazo con gesto cansado y se retiró al refugio. Aquel día, Hitler vio la luz del cielo por última vez. Ya no volvió a abandonar el búnker.

Himmler, Bormann, Burgdorf, Fegelein y los ayudantes le siguieron, porque la sesión informativa del mediodía estaba fijada para las cuatro. Veinte minutos antes de su inicio, se presentaron Göring, Ribbentrop, Dönitz, Keitel y Jodl para felicitar a Hitler, que recibió a cada uno de ellos en su despacho. Linge, que anunciaba a cada uno de los visitantes, escuchó cómo Göring y Keitel prometían lealtad inquebrantable al Führer y cómo decían querer estar a su lado hasta el final. Todos ellos permanecieron sólo unos instantes con Hitler. Una excepción fue Ribbentrop, que estuvo unos diez minutos en el gabinete. Tras los buenos deseos de cumpleaños, Göring, Dönitz, Keitel y Jodl se mezclaron otra vez con los asistentes a la reunión.

Ribbentrop abandonó la cancillería después de la conversación con Hitler. Unos minutos más tarde, éste salió de su despacho y saludó a los reunidos. Les agradeció a todos las felicitaciones. Entonces se dirigió a Krebs, le preguntó por las últimas noticias del frente del Oder y anduvo con él hasta el salón de reuniones. Los demás les siguieron.

El tema principal de la reunión fue la ruptura del frente entre Guben y Forst. Poderosas unidades acorazadas rusas se acercaban a Berlín y alcanzaban aquel día el Spreewald, al sur de la autopista que iba de Berlín a Frankfurt. Ahora la capital también estaba amenazada desde el sur. En el norte las unidades rusas habían penetrado en Oranienburg y en el este habían alcanzado casi los límites de la ciudad. Por este motivo la ruptura entre Guben y Forst era especialmente peligrosa, ya que ahora los rusos podían cortar los accesos a Berlín desde el sur.

La situación en el frente parecía tan arriesgada, que sin más demora Bormann tomó medidas para trasladar el cuartel general de Berlín al Obersalzberg. Todavía durante la reunión abandonó apresuradamente la habitación y convocó en el búnker al teniente coronel de las SS Kempka.

Kempka era el chófer personal de Hitler y el jefe del servicio de transporte de la cancillería del Reich. Él y Bormann formaron una columna de coches que había de llevar a Hitler y su estado mayor personal al Obersalzberg. Para ello se recurrió a quince o veinte grandes todo-terrenos, varios autobuses y unos diez camiones. Para Hitler se preparó una limusina acorazada. Además, Kempka hizo traer dos tanquetas del arsenal de Spandau.

Linge se encargó de guardar las pertenencias personales de Hitler, excepto la ropa de diario. Para el traslado al Obersalzberg se empaquetaron unas cincuenta grandes cajas con documentos que Hitler había recibido durante la guerra del alto mando de la Wehrmacht, del alto mando del Ejército de Tierra, de la Marina de Guerra, de la Luftwaffe y de Speer. Estas cajas ya habían sido trasladadas desde la «Guarida del Lobo» hasta la cancillería del Reich. Por orden de Bormann, la cocinera de Hitler, Constanze Manziarly, empaquetó los alimentos dietéticos de Hitler, y dejó sólo una reserva para unos pocos días.

Liesl, la doncella de cámara de Eva Braun, preguntaba constantemente a Linge si tenía que hacer las maletas. Al fin y al cabo, Hitler aún estaba en la reunión informativa y Eva Braun no sabía nada al respecto. Linge le recomendó comenzar los preparativos, ya que la partida podría producirse de manera repentina.

La jornada entera estuvo dedicada a los preparativos para el viaje. Tan sólo Göring era partidario de viajar aquel mismo día. Antes de que la reunión terminase, se despidió de Hitler diciéndole que se desplazaba al sur de Alemania para recomponer allí lo que quedaba de las reservas y lanzarlas contra los rusos. Hacia última hora de la tarde, Göring y su estado mayor personal se dirigieron en automóvil al Obersalzberg. Su esposa y su hija, así como el resto de los residentes en el pabellón de caza de Karinhall, ya se habían trasladado allí dos semanas atrás en dos trenes especiales.

El 21 de abril Linge despertó a Hitler a las nueve y media de la mañana y le anunció que la artillería soviética estaba disparando contra Berlín. Burgdorf y los demás ayudantes aguardaban en la antesala. Hitler salió diez minutos más tarde, apresuradamente y sin afeitar. Solía afeitarse él mismo, pues ni tan sólo a su peluquero, August Wollenhaupt, le estaba permitido hacerlo. Decía que no soportaba la idea de que alguien manejara una navaja junto a su garganta.

En la antesala, Burgdorf, Schaub, Below y Günsche ya aguardaban a Hitler.

—¿Qué ha sucedido? ¿Qué son estos disparos? ¿De dónde vienen? —

preguntó agitado.

Burgdorf le informó de que el centro de Berlín estaba siendo hostigado por una batería pesada de los rusos, que al parecer disparaba desde el área situada al noreste

de Zossen.[428] Hitler empalideció. Sin voz, balbuceó:

—¿Tan cerca están ya los rusos?

Burgdorf continuó explicando que Krebs acababa de comunicar que entre unos diez y quince blindados rusos estaban atacando Baruth en dirección a Zossen y que se encontraban a unos diez o quince kilómetros del cuartel del estado mayor del alto mando del Ejército de Tierra.

Hitler acudió a la conferencia acompañado de Burgdorf, Below y Günsche y pidió línea telefónica con Krebs, que volvió a repetir que el cuartel del estado mayor del alto mando del Ejército de Tierra estaba directamente amenazado por los carros de combate rusos. Preguntó si lo podía trasladar a otro lugar.

—¡No! —gritó Hitler al auricular—. No se deje asustar por unos cuantos

tanques rusos. ¡El alto mando se queda en Zossen!

Bormann, Fegelein, Johannmeyer y Schaub irrumpieron nerviosos en el salón. Hitler y los demás estaban tratando de adivinar dónde estaba emplazada la batería rusa. Hitler no podía permanecer en su asiento. Una y otra vez se levantaba y ordenaba con voz excitada que tan pronto como se localizara la batería, había que atacarla de manera persistente con los cañones antiaéreos del calibre 12,5 instalados

en el [429] Tiergarten . Se suponía que darían con su objetivo, pues eran piezas de artillería muy certeras y estaban dotadas de un largo alcance. Hacia el mediodía las baterías de la artillería antiaérea emplazadas en el Tiergarten abrieron fuego en dirección a Zossen. Pero, al margen de breves interrupciones, los proyectiles soviéticos continuaron cayendo a lo largo de toda la jornada.

Durante la comida del mediodía, Burgdorf comunicó a los otros ayudantes que Hitler había ordenado la retirada de las unidades alemanas destinadas en el área de Dresde y Dessau para hacer frente a los americanos, con el fin de enviarlas a combatir contra los rusos. Por orden del Führer el cuartel del estado mayor del alto mando del Ejército de Tierra debía ser trasladado aquel mismo día desde Zossen a Potsdam-Eiche.

Hacia las dos y media de la tarde, en la antesala del salón de reuniones del búnker de Hitler se congregaron Dönitz, Keitel, Jodl, Krebs, Bormann, Buhle, Winter, Fegelein, Voss, Christian, Hewel, Koller, los ayudantes de Hitler y varios oficiales del estado mayor. Todos estaban visiblemente agitados. Una y otra vez se preguntaban:

—¿Se queda Hitler en Berlín? ¿Trasladará el cuartel general al

Obersalzberg? ¿Por qué sigue aquí?

En el curso de la reunión, Krebs notificó que al sur de Berlín los carros de combate soviéticos habían penetrado hasta el área de Zossen. Al norte de la capital habían arrollado las posiciones alemanas y tomado Oranienburg. En el este se habían aproximado a los suburbios y habían roto en algunos puntos el más exterior de los anillos defensivos de la ciudad. Krebs indicó además que, a pesar de varios contraataques, no se había logrado neutralizar la brecha abierta por las unidades rusas en el Oder. La situación de las tropas alemanas empeoraba con cada hora que pasaba y no había esperanza de poder recomponer el frente. El 9.º ejército corría el riesgo de quedarse aislado.

En vista de esta situación, Krebs propuso que el 9.º ejército del general Busse, cuyas fuerzas principales aún se hallaban al norte y sur de Frankfurt am Oder, se retirara hacia Berlín y que fuera empleado para la defensa de la capital. Hitler rechazó la propuesta e insistió en que se restableciera el frente del Oder costara lo que costase. Por ello se decidió no trasladar el 9.º ejército a Berlín, sino retirar a la caída de la noche a todas las tropas alemanas entre Dresde y Dessau, para emplearlas en los combates contra las unidades soviéticas que atacaban en el área de Zossen y Baruth. Considerando lo crítico de la situación, Dönitz, Keitel, Jodl y Bormann propusieron a Hitler trasladar el cuartel general desde Berlín al Obersalzberg. Hitler rechazó la propuesta, arguyendo que de momento no veía un peligro inmediato que requiriera una retirada del cuartel general de Berlín.

Después de la reunión, Hitler retuvo a Krebs, que se disponía a dirigirse de inmediato al cuartel del estado mayor del alto mando del Ejército de Tierra, desplazado ahora a Potsdam-Eiche. Hitler le dijo:

—Krebs, a partir de ahora quiero tenerlo permanentemente a mi lado.

Krebs se instaló en una habitación del búnker de la nueva cancillería del Reich. Del estado mayor del alto mando del Ejército de Tierra Hitler sólo retuvo a su ayudante Freytag-Loringhoven y al capitán de caballería Boldt, como oficial para tareas especiales.

A continuación, Hitler acudió a la comida del mediodía. A Linge le comentó que había oído rumores que aseguraban que pretendía abandonar Berlín. A Hitler esta posibilidad ni tan sólo se le había pasado por la cabeza. Linge le respondió que los rumores habían sido provocados por los preparativos para la partida a Berchtesgaden que Bormann había ordenado el día anterior. A lo que Hitler replicó:

—Evidentemente han de abandonar Berlín todas las personas

prescindibles. Mis objetos personales y el archivo militar deben llevarse ahora

mismo hacia el Obersalzberg. Conmigo se quedan tan sólo los más cercanos

de mi estado mayor personal.

También indicó a Linge que después de la comida convocaran a Schaub y Below para que recibieran las instrucciones correspondientes. Finalmente le dijo a Linge que, en caso de extrema necesidad, siempre contaba con la posibilidad de subir a bordo de su Fieseler-Storch y despegar desde el eje este-oeste.

Durante los días que siguieron todos los miembros de las SS del entorno de Hitler se aferraron a esta esperanza. Pensaban: «Hitler no va a quedarse bajo ninguna circunstancia en Berlín. Si la cosa se pone peligrosa, nos largamos al Obersalzberg».

Aún se estaba celebrando la reunión informativa, cuando Schaub, Below y Hans Baur, el piloto de Hitler, confeccionaron una lista con las personas que partirían en avión al Obersalzberg. Se las distribuyó en los aviones de la escuadrilla que comandaba Baur. Los aparatos Condor y Junker de cuatro motores estaban preparados en el aeródromo de Gatow.

De inmediato se produjo un gran tumulto en torno a Schaub y Below. Se sentían todopoderosos, pues decidían quién iba al Obersalzberg y quién se quedaba. Todos querían marchar. A cada momento aparecían personas que tenían que partir hacia el Obersalzberg comoquiera que fuese, porque supuestamente tenían familiares en Baviera o porque procedían de aquellas comarcas, y pretendían contribuir a su defensa o cosas por el estilo. Sin embargo, lo único que les importaba era abandonar Berlín lo antes posible.

El 21 de abril, cuando ya oscurecía, una larga columna de turismos y camiones salió del portal trasero de la cancillería del Reich hacia la Hermann-Göring-Straβe y se dirigió al aeródromo de Gatow. Hacia el Obersalzberg voló un grupo de cerca de cien personas, entre ellas, Albert Bormann, ayudante personal de Hitler; Von Puttkammer, contraalmirante y oficial adjunto de la Marina; Hugo Blaschke, el dentista del Führer; el teniente Frentz, reportero gráfico; además de las secretarias Wolf y Schröder y los taquígrafos.

Cuando aquella noche regresaron al aeródromo, los chóferes contaron que la gente, literalmente, se había golpeado por las plazas.

Linge envió dos aviones al Obersalzberg. Uno de ellos transportaba entre treinta y cuarenta cajas con los objetos personales de Hitler y sus alimentos dietéticos, custodiados por el capitán de las SS Wilhelm Arndt, ayuda de cámara de Hitler, y dos ordenanzas. El segundo avión llevaba a bordo entre cuarenta y cincuenta cajas con documentos del archivo militar, procedente de la «Guarida del Lobo». En este avión

también viajaron algunos colaboradores del Servicio de Seguridad.[430]

Durante esa misma noche se comunicó desde el Obersalzberg que todos los aviones habían llegado, excepto el que llevaba los efectos personales de Hitler. Baur averiguó que cazas norteamericanos habían interceptado el avión y que lo habían

obligado a aterrizar en las inmediaciones de Colonia.[431]

Aquel mismo día se produjo una huida generalizada de Berlín. Miles de personas abandonaron la ciudad en dirección oeste, utilizando autobuses, turismos, carros tirados por caballos, bicicletas y cochecitos de bebé. La gran mayoría tuvo que ir a pie. Columnas interminables se arrastraban fuera de la ciudad. Los empleados de los ministerios y de las oficinas estatales que habían permanecido en Berlín también huían, con o sin autorización o con papeles falsos. Incluso los «funcionarios» de la cancillería del Führer destruían sus carnets del Partido y otros documentos. Se habían hecho con identificaciones falsas y dieron la espalda a Berlín.

La capital era ahora cañoneada por la artillería rusa. Por ello, Günsche decidió que Bormann, Burgdorf, Fegelein, Voss, Hewel, Lorenz, Zander, los ayudantes Schaub, Albrecht, Below y Johannmeyer, los pilotos Baur y Betz, y Rattenhuber, Högl y Schädle, el médico de Hitler doctor Stumpfegger, así como las secretarias Christian y Junge, que permanecían en Berlín, se trasladasen desde la antigua y la nueva cancillería hasta el búnker de este último edificio.

Este búnker se había construido en el año 1938 al mismo tiempo que el edificio, cuando Hitler comenzó los preparativos para la guerra. Con sus más de setenta habitaciones, tenía unas dimensiones gigantescas. Se componía de dos partes, separadas una de otra por una despensa subterránea. Allí se almacenaban víveres y carbón. De la despensa partía directamente un gran montacargas para camiones que ascendía hasta la acera de la Vossstraβe. La escotilla estaba disimulada de tal manera que resultaba imposible advertirla para alguien que no estaba enterado. De la despensa subterránea partía un pasillo de hormigón de unos cien metros de longitud en dirección al búnker de Hitler, que circulaba por debajo de los jardines. En el búnker de la nueva cancillería del Reich se habían instalado también la centralita telefónica del cuartel general de Hitler, con el nombre cifrado de Alt 500, la estación de radio, la agencia de prensa, el despacho de los ayudantes de Hitler, el hospital de campaña del doctor Haase así como el puesto de mando del grupo de batalla de Mohnke. Allí se hospedaban además entre sesenta y setenta colaboradores del Servicio de Seguridad al mando del dirigente de la Policía Criminal y comandante de las SS Forster, a los que correspondía la vigilancia del búnker y que registraban a toda persona que entraba o salía del búnker.

En la noche del 22 abril, la artillería soviética enmudeció. A cambio, empezó a retumbar la artillería antiaérea alemana. Bombarderos rusos atacaron objetivos militares en Berlín. También cayeron bombas en las cercanías de la cancillería del Reich.

El 22 de abril por la mañana la artillería del Ejército Rojo reanudó los ataques, ahora con más intensidad. Se informó de que el centro de Berlín estaba siendo cañoneado por varias baterías pesadas. El número de proyectiles rusos que caían en el Tiergarten y también en los jardines de los ministerios en la Wilhelmstraβe era cada vez mayor. Hitler fue despertado hacia las diez de la mañana por el estruendo de los proyectiles.

Se vistió y preguntó nervioso a Linge:

—¿Con qué calibre se está disparando?

Para tranquilizarlo, Linge respondió que aquello era la artillería antiaérea alemana y algún que otro cañón ruso de largo alcance. Después de haber desayunado en su despacho, Hitler volvió al dormitorio, donde Morell le inyectó su estimulante.

La reunión informativa se había fijado para las doce. Poco antes de comenzar se congregaron en el búnker de Hitler Dönitz, Keitel, Jodl, Krebs, Burgdorf, Buhle, Winter, Christian, Voss, Fegelein, Bormann, Hewel, Lorenz, Below, Günsche, Johannmeyer y John von Freyend und von Freytag-Loringhoven. Aquélla fue la reunión más breve de toda la guerra. Muchos iban de un lado a otro con cara de amargura. A media voz se repetían la misma pregunta:

—¿Por qué el Führer no se decide a abandonar Berlín?

Hitler salió de sus estancias, más encorvado que nunca. Después de un saludo parco en palabras se sentó. Krebs dio comienzo a sus explicaciones. Anunció que la situación de las tropas alemanas que defendían Berlín había empeorado aún más. En el sur los rusos habían roto el frente en Zossen y se acercaban a los límites de la capital. En los suburbios del este y oeste se libraban combates feroces. El estado de las unidades alemanas del Oder, al sur de Stettin, era catastrófico. Los rusos habían roto el frente gracias a las embestidas de sus carros de combate y habían penetrado profundamente en las posiciones alemanas.

En ese preciso momento, Hitler se levantó y se inclinó sobre la mesa. Paseó su mano temblorosa sobre el mapa. Se incorporó súbitamente y lanzó los lápices de color. Respiraba pesadamente, su rostro había enrojecido y sus ojos estaban muy abiertos. Se alejó un paso de la mesa y gritó con voz entrecortada:

—¡Algo así no se ha visto nunca! ¡En estas circunstancias no puedo seguir

ejerciendo el mando! ¡La guerra está perdida! ¡Pero si ustedes, señores míos,

creen que voy a abandonar Berlín, están muy equivocados! ¡Antes prefiero

meterme una bala en la cabeza!

Los presentes miraron a Hitler llenos de espanto. Éste sólo pudo levantar débilmente la mano y exclamó:

—¡Les doy las gracias, estimados señores!

A continuación, dio media vuelta y abandonó la estancia.

Todos quedaron allí de pie paralizados. ¿Era aquello el final? Günsche corrió tras de Hitler. Desde la sala de reuniones se pudo escuchar su voz afectada:

—Pero, mein Führer…

Lo alcanzó en la puerta del despacho. El Führer se detuvo y ordenó:

—¡Comuníqueme de inmediato con Goebbels!

Goebbels se hallaba en el refugio antiaéreo de su mansión de la Hermann-Göring-Straβe. Mientras Hitler hablaba con él por teléfono, los participantes de la reunión fueron saliendo a la antesala confusos y agitados. Bormann y Keitel se abalanzaron sobre Günsche y le preguntaron:

—¿Dónde está el Führer? ¿Ha dicho algo más?

Günsche respondió que el Führer había hablado con Goebbels por teléfono. Todos murmuraban de manera confusa. Keitel agitaba los brazos en el aire. Bormann parecía completamente fuera de sí y balbuceaba una y otra vez:

—¡No puede ser que el Führer esté pensando seriamente en pegarse un

tiro!

Keitel exclamó:

—¡Tenemos que impedir que el Führer haga una cosa así!

Reinaba un caos indescriptible. Algunos se tomaron un par de copas de una botella de coñac que había encima de la mesa.

Pocos minutos más tarde, hacia las doce del mediodía, entraba apresuradamente Goebbels. Cojeaba más de lo habitual. Conmocionado, había venido desde su mansión de la Hermann-Göring-Straβe.

—¿Dónde está el Führer? —preguntó.

Se le llevó de inmediato al despacho de Hitler. Allí los dos conversaron durante unos diez minutos.

Cuando Goebbels volvió a salir, Bormann, Keitel, Dönitz y Jodl se acercaron rápidamente a él:

—¿Qué ha dicho el Führer?

Lo acosaban de todas partes. Goebbels les anunció que Hitler consideraba que la situación era desesperada y que se mostraba convencido de que la guerra estaba perdida. Se sentía completamente derrotado. Goebbels nunca lo había visto en un estado semejante. Continuó explicando que la razón por la que se había asustado era que Hitler le había dicho por teléfono, con una voz que desfallecía, que acudiera cuanto antes al búnker junto con su mujer y sus hijos, porque todo había acabado.

Bormann no podía quedarse quieto de los nervios. Imploró a Goebbels, a Dönitz, a Keitel y otra vez a Dönitz que había que convencer a Hitler de un modo u otro para que abandonase Berlín. Goebbels preguntó a Keitel en voz baja:

—Señor mariscal de campo, ¿verdaderamente no ve usted ninguna

posibilidad de detener el avance de los rusos?

Keitel respondió que la última posibilidad consistía en retirar de inmediato todas las tropas del Elba, incluida la unidad más poderosa, el 12.º ejército de Wenck, para lanzarlas contra los rusos. La propuesta de Keitel fue recibida con entusiasmo por todos los presentes. Bormann propuso que se informara enseguida a Hitler. El 12.º ejército, llamado simplemente «ejército Wenck», por el apellido del general de blindados que lo dirigía, se había formado por orden de Hitler a principios de abril de 1945 con unidades del Servicio del Trabajo del Reich (Reichsarbeitsdienst) y cadetes de las escuelas de oficiales y suboficiales. Dicho ejército estaba acantonado en el área de Magdeburgo. Hitler lo había destinado a la reserva del alto mando de la Wehrmacht y aún no había entrado en combate. El ejército de Wenck constaba de sólo cuatro divisiones completas, con unos cuarenta mil o cuarenta y cinco mil hombres. La gran mayoría de los soldados estaban deficientemente entrenados y armados. La artillería del ejército de Wenck se componía de algunas baterías de obuses ligeros. No disponía de blindados, sino tan sólo de cureñas motorizadas. Estas tropas estaban en

el Elba, frente a frente con los norteamericanos.[432]

Keitel, Bormann, Goebbels, Burgdorf y Fegelein pidieron a Linge que los anunciara a Hitler. Cuando Linge entró, lo encontró con la chaqueta desabrochada y postrado en la cama. Hitler escuchó a Linge. Luego se levantó con gesto abatido, se abrochó la chaqueta del uniforme, se dirigió al despacho, diciendo con voz apagada:

—Que hagan el favor de pasar.

Linge franqueó la entrada a Keitel, Bormann, Goebbels, Burgdorf y Fegelein al despacho de Hitler. Veinte minutos más tarde volvieron a salir Keitel, Goebbels y Burgdorf, con aire confiado. Los últimos en aparecer fueron Bormann y Fegelein. En la antesala pidieron a Linge que les sirviera un aguardiente, y se lo tomaron allí mismo de un solo trago. Fegelein le dijo a Linge:

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