El informe Hitler
Capítulo 15: Abril - Mayo de 1945
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
—Todo se arreglará. Wenck marcha con su ejército hacia Berlín.
En la antesala, Keitel aún intercambió algunas palabras con Dönitz antes de abandonar el búnker junto a Jodl y su ayudante, John von Freyend.
Poco después, Dönitz pidió a Hitler una entrevista a solas. El Führer lo recibió en la sala de juntas y a continuación, Dönitz se dirigió en avión a Flensburg para organizar desde allí el desplazamiento de pilotos suicidas hacia Berlín. Se trataba de oficiales y marineros a los que se había previsto emplear en misiones con minisubmarinos (torpedos tripulados) que al explosionar provocaban también de
forma inevitable la muerte de su piloto.[433] Algunos se habían presentado voluntarios para estas misiones, otros habían sido condenados a alistarse en ellas. Además, Dönitz había de conducir personalmente a Berlín a todos los miembros de la Marina de Guerra que se encontraran en el norte de Alemania, para que prestaran su ayuda en
la defensa de la capital.[434]
Después de que todos hubieran partido, Hitler quiso que se presentara ante él de inmediato el mariscal de campo Schörner, el comandante en jefe del grupo de ejércitos del centro, cuyas tropas estaban aquellos días envueltas en fuertes combates defensivos en Silesia y Checoslovaquia. Hacia las seis o las siete, Schörner llegó a Berlín. Su avión aterrizó en Gatow, el único de los aeródromos de la capital que aún no estaba sometido al fuego de la artillería rusa.
El ayudante de Hitler, Johannmeyer, pidió a Linge que anunciara al Führer que Schörner había llegado y aguardaba en el búnker. Hitler ordenó que lo acompañaran al salón de reuniones y salió a la antesala para recibirlo. Linge le recordó el bastón de mariscal que anteriormente había mandado traer, porque pretendía entregárselo a Schörner. Pero Hitler hizo un gesto despectivo con la mano y dijo:
—¡Todo esto ya no es más que una tontería!
Sin embargo, cuando Schörner apareció en el búnker de Hitler junto a Burgdorf, Fegelein y Johannmeyer, el Führer se dirigió a Linge:
—Bueno, está bien. ¡Lleve el bastón a la sala de juntas!
Hitler saludó a Schörner de manera cordial y le confesó, mientras se encaminaban juntos a la reunión:
—¡Schörner! Lo que más me gustaría es descuartizarlo. Así tendría cuatro
Schörner.
A lo que éste respondió con una sonrisa alegre:
—Siempre a sus órdenes, mein Führer.
La reunión que Hitler mantuvo con Schörner duró aproximadamente una hora y en ella participaron Bormann, Burgdorf y Fegelein. A continuación, habló con él a solas. Hacia las ocho de la tarde, Schörner, después de dirigir a los ocupantes del búnker unos breves gestos con su bastón de mariscal, se dirigió al aeródromo de Gatow, desde donde un avión lo devolvió a su cuartel del estado mayor.
La visita de Schörner causó impresión en Hitler y en su entorno. El ambiente deprimido que había dominado durante la mañana se había esfumado por la tarde en buena medida. Hitler, en particular, había recobrado el valor. Comenzó otra vez a trazar planes. Las unidades de Schörner destacadas en Silesia debían lanzarse contra los flancos de las tropas rusas que avanzaban desde el sur hacia Berlín y alcanzar seguidamente la capital. A Schörner en persona le había ordenado retirarse con lo principal de sus fuerzas hacia el sur de Alemania, para hacerse cargo del «bastión alpino». Otro de los planes de Hitler preveía restablecer la conexión entre Berlín y las tropas alemanas emplazadas en Mecklemburgo. Con este fin, el comandante del 3.er ejército, el teniente general de las SS Félix Steiner, recibió la orden de atacar el 24 de abril desde el área al norte de Oranienburg y realizar el intento de detener a las tropas soviéticas que penetraban desde el norte en dirección a Berlín.
Fegelein, el enlace de Himmler, era el encargado de llevar esta orden a Steiner en persona. El 23 de abril por la mañana, se puso en marcha.
Cuando Hitler ordenó a Schörner que se retirase con una parte de sus fuerzas al «bastión alpino», surgió en su estado mayor la esperanza de que en el último momento Hitler decidiera abandonar Berlín para continuar la lucha en el «bastión alpino». Esta perspectiva dio ocasión a una borrachera general en el búnker. Bormann, fiel a sí mismo, se instaló con Günsche y las secretarias de Hitler, Junge y Christian, en la antesala, donde todos juntos bebieron coñac. Al mismo tiempo, declamaba peroratas sobre los ejércitos de Wenck y Steiner, así como sobre el «leal nazi» Schörner.
—Sí, Schörner es nuestro hombre —recalcó la secretaria Christian—. Es
un devoto nacionalsocialista.
Bormann alzó su copa y brindó con las secretarias:
—Pasado mañana estaremos fuera de peligro. Wenck, Steiner y Schörner
no nos dejarán en la estacada. Sus tropas llegarán hasta Berlín.
Al atardecer, Linge se encontró con Ribbentrop en el pasillo. La habitual arrogancia de éste se había esfumado. Con una amabilidad impropia de él, preguntó a Linge acerca de los planes de Hitler. Al contestar éste que, de momento, el Führer quería quedarse en Berlín, Ribbentrop se puso visiblemente nervioso y preguntó si podía hablar con él a solas. Linge lo anunció y Hitler lo recibió de inmediato en su despacho. Después de una conversación que duró veinte minutos, Ribbentrop abandonó el búnker y se trasladó a Hamburgo esa misma noche. Esto sucedía con el consentimiento de Hitler, quien tras la marcha de Ribbentrop, le comentó a Linge:
—No quiero volver a tener a ése cerca de mí.
Aquel día se presentó en la cancillería del Reich el general de brigada de las SS Mohnke con los 3500 hombres de su tropa de combate. Hitler decretó que se le encomendara la protección de todo el distrito gubernamental. Mohnke, que se sintió halagado, comentó a Günsche:
—El Führer ya no quiere saber nada más de su Leibstandarte [después de
la derrota del Balatón], pero ahora le demostraremos que aún puede contar
con él.
Goebbels, con su esposa Magda, y los cinco hijos del matrimonio, Hilde, Holde, Helke, Heike y Heiner, se trasladaron al búnker de la nueva cancillería aquel mismo
día.[435] Con Goebbels permanecieron su secretario de Estado, el general de brigada de las SS Werner Naumann, su ayudante, el capitán de las SS Günther Schwägermann, y su ayuda de cámara, el cabo Ochs.
La mañana del 23 de abril la artillería del Ejército Rojo reanudó el ataque contra el sector gubernamental, que había interrumpido durante la noche. Diversos proyectiles hicieron blanco en unos camiones cisterna y barriles de gasolina que se hallaban en el patio de honor de la cancillería del Reich. Varios soldados resultaron muertos o gravemente heridos a causa de estos impactos.
Los aviones rusos rugían sobre el centro de la capital y, volando a baja altura, disparaban contra sus objetivos. De esta manera, quedaron inutilizados el cinturón de Berlín, la autovía que rodea la capital, así como el metro y las líneas de tranvía. En la Leipziger Straβe, en la Potsdamer Platz y en la Hermann-Göring-Straβe se veían vagones de tranvía abandonados. En casi toda la ciudad se había interrumpido el suministro de luz, gas y agua. Sólo continuaba funcionando la red telefónica.
Hitler fue despertado de nuevo: por el bombardeo cada vez más intenso de la artillería. Se vistió y llamó a Linge para que acudiera a su despacho. Le dijo que casi no había podido dormir durante la noche. Estaba muy pálido. Nervioso, volvió a preguntar por el calibre de la artillería rusa. A continuación le pidió a Morell su inyección. Cuando el médico hubo salido, Linge le puso a Hitler sus gotas en el ojo derecho. El Führer comentó que a Morell le temblaba la mano de miedo. También dijo sentirse feliz de que Linge supiera administrar con tanta habilidad las gotas para los ojos.
Después del desayuno, hacia las doce del mediodía, Hitler se reunió con los suyos. Las conferencias se celebraban ahora varias veces al día y a horas diferentes, dependiendo de los acontecimientos, y ya no duraban más de treinta o cuarenta minutos. El número de participantes se fue reduciendo de manera paulatina durante los días previos a la caída de Berlín.
Keitel, que el día anterior había ido a visitar al ejército de Wenck, aún no había vuelto. Por cautela, había hecho trasladar el cuartel del estado mayor del alto mando de la Wehrmacht desde Dahlem a Krampnitz, 20 kilómetros al oeste de la capital del Reich. Keitel quería así protegerse del fuego de la artillería soviética. A Jodl y Winter, los encargados de dar parte del frente occidental, Hitler ni tan sólo los invitaba a las reuniones. Ellos mismos preferían no desplazarse al búnker del Führer, dado el fuego artillero del enemigo.
Los representantes de la Luftwaffe, Koller y Christian, habían trasladado sus estados mayores desde Berlín a cotos de caza en Potsdam. Por este motivo, tampoco ellos hacían ya acto de presencia en las conferencias de evaluación militar. Lo justificaban por la enorme distancia de los desplazamientos. Sus informes los transmitían por teléfono al ayudante de la Luftwaffe, Below, que seguidamente anunciaba las novedades a Hitler.
Los generales Bodenschatz, Buhle y Scherff, que sólo tres días antes, durante el cumpleaños de Hitler, habían jurado lealtad hasta el final, abandonaron Berlín y se fueron al sur de Alemania. Göring había sido uno de los primeros en dejar Berlín y tampoco Himmler aparecía por el búnker.
A las reuniones ya tan sólo acudían aquellos que se habían instalado en el búnker de la nueva cancillería del Reich: Krebs, Bormann, Burgdorf, Voss, Fegelein, Hewel, Below, Johannmeyer, Günsche, Zander, Von Freytag-Loringhoven y Lorenz. Goebbels también asistió en los días finales. Lorenz había sido nombrado poco antes jefe de prensa. Hitler destituyó a Otto Dietrich por «inmovilismo», algo que pareció descubrir repentinamente después de quince años de servicio. También Dietrich se apresuró a viajar junto a su familia, en el sur de Alemania.
Hacia la una del mediodía, Hitler se presentó en la antesala y saludó a los asistentes que se habían reunido allí. No preguntó por los ausentes y se limitó a decirle a Below:
—Below, al parecer es usted ahora el único representante de la Luftwaffe.
En compañía de todos, Hitler se dirigió a la sala de juntas y se dejó caer lentamente en el sillón junto a la mesa de los mapas. En lugar de los ocho o diez grandes planos de los frentes oriental y occidental que solía haber, ahora sólo había dos pequeñas hojas: un mapa de Berlín y los alrededores, y otro de toda Alemania. Ya no se extendían mapas del frente occidental. Krebs y su ayudante se encargaban de las anotaciones.
Krebs anunció que la intención de los rusos de levantar un cerco alrededor de Berlín parecía ahora manifiesta. Desde el norte avanzaban en dirección a Oranienburg y en el oeste habían llegado hasta Nauen, a 30 kilómetros de Berlín. El contacto con el mundo exterior sólo se mantenía en el noroeste. Desde el sur y el este, además, se estaba presionando con fuerza sobre la capital. En estos sectores el Ejército Rojo estaba a punto de alcanzar los límites de la ciudad.
Hitler interrumpió a Krebs con la siguiente pregunta:
—¿Qué hay del ejército de Wenck?
Krebs respondió que esta unidad había iniciado su retirada del Elba la noche anterior. Los norteamericanos, sin embargo y por el momento, no se habían decidido a avanzar. El ejército de Wenck estaba concentrándose al sudeste de Magdeburgo.
En el instante en que Krebs se disponía a exponer otros detalles acerca del ejército de Wenck, se abrió la puerta y entraron Keitel y su ayudante John von Freyend. El primero iba sin afeitar y su uniforme estaba cubierto de polvo. Quería demostrar a Hitler que traía entre manos un asunto que podía decidir la salvación de su Führer. Hitler estrechó la mano de Keitel con afecto.
John von Freyend extendió el mapa sobre la mesa. A continuación, Keitel explicó que el ejército de Wenck se había retirado del Elba y que en ese momento estaba reagrupando sus fuerzas.
—He estado conduciendo todo el día y toda la noche para movilizar a las
tropas. Mein Führer! Wenck le envía reverentes saludos y espera poder
estrecharle pronto la mano en la cancillería del Reich.
Keitel se puso en posición de firmes y exclamó:
—¡Voy a quedarme con usted, mein Führer! No podría mirar a la cara a
mi mujer y a mis hijos si lo abandonara en estas circunstancias.
Hitler estaba visiblemente conmovido por esta nueva muestra de lealtad de Keitel. Se levantó del asiento y puso algunas flechas sobre el mapa. Mientras lo hacía, explicó que el 3.er ejército de Steiner tenía que atacar el 24 de abril desde el norte. El ejército de Wenck, por su parte, avanzaría desde el sur en dirección a Potsdam, como muy tarde el 25 de abril. El objetivo de la operación era, continuó Hitler, frenar el avance ruso hacia Berlín, dirigirse hacia el este, reunirse con el 9.º ejército y restablecer el frente del Oder.
Ninguno de estos planes delirantes, evidentemente, se hizo realidad.
Antes de acabar la reunión, Keitel pidió a Hitler permiso para desplazarse otra vez hasta el ejército de Wenck. Keitel creía que su presencia allí reforzaría el ardor guerrero de las tropas. Pocos minutos después, Keitel abandonó el búnker para dirigirse allí. De este viaje ya no regresó, a pesar de que acababa de jurar de manera ceremoniosa al Führer que jamás lo abandonaría.
Hacia la misma hora, sin haber pedido autorización, el jefe del batallón de transmisiones del Führer, el mayor Lohse, también se marchó de la cancillería del
Reich [436] .
Mientras Hitler estaba en la reunión, Linge ordenó a la doncella de Eva Braun, Liesl, y al ordenanza de Hitler, el cabo de las SS Wauer, embalar los enseres de la habitación de Hitler. Linge mismo se encargó de ordenar el escritorio del despacho. Sobre la mesa había un mensaje radiotelegráfico de Göring con el siguiente contenido: «¡Mi muy amado Führer! En el camino hacia el sur de Alemania he podido constatar que aún hay suficientes fuerzas como para continuar la lucha desde aquí. Por ello le ruego que abandone Berlín y acuda a Berchtesgaden. Su leal
Göring».[437]
Cuando el despacho estuvo recogido y cerrado, Eva Braun apareció en la puerta de su estancia con un perro. El bombardeo del centro de la ciudad había remitido un poco. Eva Braun, que tenía un aspecto muy pálido, pidió a Linge que la llevara a los jardines, donde pensaba pasear al animal. Linge la acompañó y paseó con ella delante del búnker, de un costado al otro. Eva Braun declaró con aire serio que ahora todo parecía haber acabado, si no se producía un milagro. Linge asintió pero recalcó que el ejército de Wenck traería ese milagro. En la conversación que siguió, Eva Braun comentó con tristeza que la muerte iba a ser la única salida si aquel milagro no se
producía. En ese caso deseaba morir como la esposa legítima de Hitler.[438]
Durante la reunión Bormann llegó a la antesala con los mapas de operaciones del frente germano-soviético y los extendió sobre la mesa. Bormann, Zander y Loringhoven se inclinaron sobre ellos. Linge, que había estado de pie junto a los oficiales de las SS de guardia delante de las estancias de Hitler, se acercó asimismo a la mesa. Loringhoven señaló a Bormann un itinerario que aún estaba libre, en dirección a Dresde, por el que se podía llegar al sur de Alemania. Se trataba de una banda estrecha, de unos quince o veinte kilómetros, que en cualquier momento podía ser cortada por los carros de combate rusos. Bormann ordenó a su consejero Zander cargar en autobuses y todoterrenos a todos los colaboradores de la cancillería del Partido, incluidos su consejero Müller y sus seis secretarias, para llevarlos de inmediato al Obersalzberg siguiendo aquel itinerario. En Berlín sólo debían permanecer Zander y su secretaria Else Krüger, una mujer de treinta años que era amiga de Eva Braun y a la que Hitler, durante los últimos días y por deseo de ésta, invitaba al té junto con sus propias secretarias.
Justo cuando acababa la reunión se presentó ante Linge un Morell completamente abatido. Preguntó si Hitler podría dedicarle unos minutos. Este, que se había quedado solo en la estancia, le hizo pasar. En presencia del Führer, aquel coloso se precipitó en un asiento y comenzó a llorar como una criatura, convertido en un ser lastimoso. Hitler intentó calmarlo, pero el médico no paró de sollozar. Entonces le preguntó con impaciencia:
—Pero, bueno, ¿se puede saber qué es lo que quiere, profesor?
Finalmente, todavía entre sollozos, Morell pudo articular:
—Mein Führer, sencillamente ya no soporto esto. ¡Por favor, por favor,
por favor, deje que me vaya!
Morell le explicó a Hitler los ataques al corazón que había sufrido en los últimos días. Cuando Linge escuchó aquellas palabras, cerró la puerta con una sensación de repugnancia. Morell salió poco después. Había obtenido de Hitler la autorización para volar al Obersalzberg. A toda prisa le dio unas cuantas instrucciones apenas comprensibles al doctor Stumpfegger, que quedaba encargado de inyectar a Hitler sus estimulantes. Aquella misma tarde, en cuanto hubo oscurecido, Morell abandonó el búnker, entre gemidos y temblores, para dirigirse en automóvil al aeródromo de Gatow. Desde allí, un avión lo llevó al Obersalzberg.
Así partió el que durante tantos años fuera médico personal de Hitler, la persona a la que éste había nombrado catedrático, a la que había distinguido con la insignia de oro del Partido y con la cruz de caballero.
Durante los años de guerra, Morell había comprado grandes fábricas en Hamburgo y en la ciudad checa de Olomouc (Olmütz), donde hacía elaborar sus preparados hormonales, su concentrado vitamínico Vitamultin y los polvos Russla contra piojos que había desarrollado el propio Morell para la Wehrmacht. El nombre del preparado evidenciaba una notable «capacidad inventiva»: «Russla» se compone de las primeras sílabas de las palabras alemanas «russische Laus» (piojo ruso). Los soldados rechazaban aquel tratamiento porque no servía para nada y además olía mal. Bromeaban diciendo que el preparado multiplicaba los piojos y apestaba tanto que mataba a los soldados. La Wehrmacht se vio obligada a comprar por decreto del
Führer [439] y esto hizo que Morell ganara millones.
Morell adquirió una mansión de lujo en Schwanenwerde, junto al Wannsee, en Berlín, y luego otra más en el balneario de Heringsdorf, junto al mar Báltico. En los últimos años se estaba haciendo construir una tercera residencia en Berchtesgaden. En el año 1944, Morell comenzó a desarrollar un explosivo especial con el que creía poder aniquilar al Ejército Rojo. Para su proyecto exigió un microscopio electrónico, pero sólo había dos o tres de aquellas características en toda Alemania y estaban siendo empleados para la investigación atómica. Cuando sus esfuerzos fracasaron, acudió a Hitler, que al instante ordenó que a su «favorito» le fuera proporcionado uno de esos aparatos de tanto valor. Morell instaló el microscopio en un laboratorio que se
había construido expresamente con esta finalidad en Berchtesgaden.[440] Sin embargo, en el momento del hundimiento, este especulador de la guerra huía de ella.
Después de la marcha de Morell, Goebbels se mudó a la habitación que estaba situada frente a la de Hitler. Su esposa se quedó junto con sus hijos en el antiguo búnker de Hitler.
Por la tarde, Hitler mandó a Günsche presentarse en el salón de reuniones. Goebbels y Bormann ya se encontraban allí. Los tres se inclinaban sobre un plano urbano de Berlín extendido sobre la mesa. Hitler tenía una mirada lúgubre. Le explicó a Günsche que acaba de recibirse un parte que decía que la población de los distritos del norte de Berlín, incluido el barrio proletario de Weissensee, estaba colgando banderas rojas y blancas en las ventanas; en algunos puntos, los soldados alemanes retrocedían sin luchar y muchos desertaban. Hitler ordenó a Günsche que enviara un destacamento de soldados de las SS hacia allí y que, en aplicación de la ley marcial, se fusilara a todo aquel que huyera. Goebbels intervino al instante:
—Mein Führer, le prometo que las banderas rojas y blancas desaparecerán
pronto de las casas. He ordenado que se fusile a los culpables o que se les
cuelgue en lugares públicos de la ciudad. Eso será una advertencia para todos.
[441]
Günsche salió de la estancia de Hitler y sin perder tiempo formó dos pelotones móviles con soldados de las SS de la guardia personal de Hitler y con los chóferes de la cancillería del Reich. Estos pelotones fueron enviados a los distritos del norte de Berlín con la orden de hacer volver a las trincheras a los soldados y a los oficiales que huían. El que ofreciera resistencia debía ser llevado a la cancillería del Reich. Al poco tiempo, los dos pelotones regresaron con un grupo de oficiales y soldados, a los que colgaron en la estación de Friedrichstraβe. Sobre el pecho llevaban un letrero donde se leía: «¡Colgado por no cumplir con las órdenes del Führer!».
El 24 de abril, a las cinco de la mañana, el fuego de la artillería rusa se hizo considerablemente más intenso. Una serie de potentes granadas hicieron blanco sucesivamente en la cancillería del Reich y su entorno.
Una hora más tarde, la situación se volvió a tranquilizar un poco. Hitler se acostó para dormir cuando el bombardeo remitió. Hacia las diez de la mañana, la artillería reanudó los disparos. Varios proyectiles explotaron con estruendo en el techo del búnker de Hitler. La ventilación se interrumpió. El atronador sonido de las granadas volvió a despertar a Hitler, que se vistió a toda prisa y pulsó el timbre para llamar a Linge. Al entrar en el despacho, éste observó que con cada detonación, Hitler se estremecía y se quedaba mirando el techo fijamente y lleno de miedo. Linge intentó tranquilizarlo y le explicó que el estruendo de la explosión probaba justamente la resistencia del cemento armado con el que estaba recubierto el búnker.
Aquella mañana, el doctor Stumpfegger proporcionó a Hitler la inyección con el estimulante. Era la primera vez que lo hacía después de la huida de Morell. La reunión informativa se había convocado para las diez y media.
Cuando Günsche llegó al búnker, hacia las once, la reunión ya había comenzado. Además de Hitler sólo asistían Krebs, Burgdorf, Bormann, Goebbels, Johannmeyer, Below y Loringhoven. Krebs informó:
—Las tropas rusas atacan Berlín por el sur y el norte desde la mañana. El
cerco está a punto de cerrarse. Berlín sólo está conectada con el mundo
exterior a través de un estrecho pasillo al sur de Spandau. Es de esperar que
los rusos cierren también este pasillo. El ejército de Steiner no ha logrado aún
avanzar más allá del norte de Oranienburg. Carecemos de informaciones
precisas de Steiner.[442]
La cara de Hitler se deformó por la rabia. Profirió insultos contra el ejército de Steiner, calificó al comandante de general fatuo y arrogante. Steiner, que con anterioridad había dirigido la 5.ª división acorazada de las SS, conocida como Wiking, y luego el III cuerpo acorazado de las SS, llamado Germanische, había gozado hasta el final del favor de Hitler, que le había concedido hacía poco el mando del 3.er ejército. Ahora ordenaba que se le comunicara a Steiner que su ejército, con todas sus fuerzas, debía atacar como muy tarde al día siguiente, el 25 de abril, y restablecer el contacto con Berlín a última hora de la tarde.
Tampoco se sabía nada del ejército de Wenck. La situación de las unidades alemanas emplazadas a lo largo del río Oder se había tornado catastrófica. Las tropas rusas habían ampliado la brecha al sur de Stettin, en el sector correspondiente a la
Marina,[443] y habían avanzado entre cincuenta y sesenta kilómetros hacia el oeste. El 9.º ejército, que aún seguía junto a Frankfurt del Oder, estaba cercado por las tropas del Ejército Rojo y era atacado desde todos los flancos. Su comandante, el general Busse, pidió a Hitler en repetidas ocasiones, y por mediación de su cuñado Burgdorf y de Krebs, la autorización para retirar sus tropas hacia Berlín. Hitler rechazó una y otra vez la petición, a pesar de que algunas unidades rusas ya habían penetrado profundamente en la retaguardia del 9.º ejército. Sencillamente no quería renunciar a la idea de reconquistar las posiciones anteriores a lo largo del Oder.
Fegelein, que había sido enviado en busca de Steiner el día anterior, volvió el 24 de abril. Informó a Hitler de que el ejército de Steiner no podía atacar porque sus fuerzas eran demasiado débiles. Steiner quería esperar hasta reunir un número suficiente de soldados de los muchos que estaban desperdigados al haberse quedado sin sus unidades.
La vacilación de Steiner provocó la reacción iracunda de Hitler:
—¡Steiner ha de entrar en acción mañana como muy tarde! —gritó—. ¡Ha
de estar en Berlín después del mediodía!
Luego ordenó a Fegelein que partiera nuevamente hacia la posición de Steiner para entregarle personalmente esa orden. Fegelein se puso en marcha el mismo día.
Hitler almorzó en su despacho y en compañía de Eva Braun y sus secretarias, como de costumbre. A continuación, hizo llamar a Schaub. La puerta del dormitorio estaba abierta cuando Linge hizo pasar a éste al despacho.
Hitler, de pie delante de la caja fuerte abierta, le explicó a Schaub y a Linge que todos los documentos que se habían quedado en la cancillería del Reich debían ser quemados. Linge recibió la orden de traer maletas. Cuando éste se presentó otra vez en el dormitorio con dos valijas, Hitler comenzó a sacar documentos de la caja fuerte. Se trataba de papeles secretos, que el Führer había recibido de Keitel, Jodl, Dönitz o del alto mando del Ejército de Tierra después del traslado de su cuartel general a Berlín. La caja contenía además la correspondencia personal de Hitler y varios fajos de billetes de cincuenta y cien marcos. Linge puso todo esto en cuatro maletas. Schaub, Linge y los ordenanzas que fueron llamados para que ayudasen arrastraron las maletas al parque. Allí se vació el contenido, se formaron varios montones, se roció todo con gasolina y se le prendió fuego. La hoguera ardió a unos diez metros de la salida de emergencia. Linge esperó hasta que todo estuvo completamente quemado.
Entretanto, Schaub se dedicó a vaciar todas las cajas fuertes en las estancias privadas de Hitler de la cancillería vieja. Eran un total de cinco. Contenían papeles y documentos políticos y militares de los años de la guerra y de los años previos, entre los que se incluían los bocetos corregidos personalmente por Hitler de las cartas enviadas durante el conflicto a Mussolini, Antonescu, Pétain y otros, además de sus respuestas. Schaub, con la ayuda de su ordenanza, el suboficial Mandtal, lo empaquetó todo en grandes maletas, hizo que soldados de las SS de la guardia personal de Hitler las arrastraran al jardín y les prendió fuego. Después de haber quemado todos los documentos que se habían guardado en la cancillería del Reich, Schaub, en presencia de Linge, dio parte a Hitler, que ordenó a Schaub que volara de inmediato al Obersalzberg para destruir también las actas que se conservaban en el Berghof. En el palacete había tres cajas fuertes que contenían documentos de los años de la guerra y preguerra. En el búnker del Berghof se apilaban las actas de las reuniones informativas militares. Allí también se hallaba el «archivo militar» trasladado desde la «Guarida del Lobo». Hitler ordenó destruir todos esos papeles y entregó a Schaub las llaves de las cajas fuertes del palacete del Berghof. Hasta entonces jamás se había desprendido de esas llaves. Al atardecer, Schaub se despidió de Hitler. A continuación abandonó el búnker junto al suboficial Mandtal, que le acompañaría. A los que se quedaban les gritó:
—¡En un par de días estaré otra vez de vuelta!
Pero nadie se lo creyó. Schaub despegó del aeródromo de Gatow, que ya estaba siendo bombardeado y que sería ocupado al día siguiente por las tropas rusas. Schaub no regresó a Berlín. Con él abandonaron la capital también los dos taquígrafos que no habían sido evacuados el 21 de abril y que habían redactado las actas hasta el final. A partir de entonces, ya no se les necesitaba.
Al atardecer de aquel día, en la sala de estar del búnker, Goebbels dictó al funcionario del Ministerio de Propaganda que llevaba su correspondencia una proclama dirigida a la población de Berlín. Las alocuciones de Goebbels se
publicaban en el diario [444] Der Bär . Este periódico, impreso en los talleres del Ministerio de Propaganda, era el único que, en un formato reducido, se imprimía en la ciudad de Berlín. Cuando Linge pasó por la estancia que llevaba al dormitorio, pudo oír cómo Goebbels, sentado en un banco junto a la mesa, dictaba con su voz monótona:
—¡Berlineses, resistid! ¡Defended vuestra capital! ¡Dentro de las murallas
de vuestra ciudad el Führer está trabajando por vosotros! ¡El Führer ha
asumido personalmente la defensa de la capital! ¡Lealtad a cambio de lealtad!
¡Sólo pasando por encima de nuestros cadáveres podrá el enemigo llegar hasta
nuestro [445] Führer !
Mientras Goebbels dictaba su proclama, en virtud de la cual exigía nuevos sacrificios a la población de Berlín y afirmaba que el Führer sólo vivía para la defensa de Berlín, éste se hallaba de pie ante su caja fuerte, sacando documentos para lanzarlos al fuego, porque ya no creía en la salvación. Goebbels informó a Hitler, después de dictar su arenga, que Berlín no tenía reservas de alimentos para más de
catorce días.[446]
Hitler estuvo recibiendo informes durante toda la tarde. En éstos se afirmaba que la situación en Berlín y en los alrededores de la capital continuaba deteriorándose. Los ánimos estaban por los suelos entre los ocupantes del búnker.
Al principio se decía: «Los rusos avanzan a ambos lados de la carretera de Zossen a Berlín y han abierto una gran cuña en el anillo defensivo exterior de la capital». A ello siguió otro informe: «Gatow, el último aeródromo de Berlín, está siendo bombardeado por la artillería rusa. Ya no es posible utilizarlo».
Krebs informó:
—Los tanques de los rusos han llegado a la carretera de Berlín a Nauen.
Entonces se supo la noticia:
—Los rusos han cerrado el cerco alrededor de Berlín.
El comunicado cayó como una bomba en el búnker. Incluso los más optimistas, los que habían confiado hasta el último momento en que saldrían de Berlín, se vinieron abajo. El piloto de Hitler, Baur, había rondado durante todo el día alrededor de las habitaciones de Hitler a la espera de la orden de llevarse a Hitler. Muy entrada la noche, abandonó el búnker del Führer y se retiró a sus propios aposentos, completamente abatido.
El 25 de abril la artillería rusa comenzó a hostigar a la capital desde las primeras horas de la mañana. Las granadas volvieron a caer en la cancillería del Reich y en los ministerios vecinos. En varios puntos se produjeron incendios. Grandes nubes de humo oscurecían el cielo. Hacia las nueve y media se recibió una comunicación radiofónica de Keitel en la que anunciaba que el ejército de Wenck se había puesto en movimiento. Sus avanzadillas habían alcanzado la localidad de Treuenbrietzen, a 40 kilómetros al oeste de Potsdam. La noticia corrió como un reguero de pólvora por todo el búnker: «¡Wenck está a punto de llegar, Wenck ha venido a liberarnos!». Los ánimos volvieron a levantarse. Y lo hicieron más aún cuando se supo que el ejército de Steiner, en el norte, junto a Oranienburg, había salido al combate con el objetivo de romper el asedio de Berlín.
Hacia las diez y media Krebs se presentó ante Hitler para rendir parte acerca de la situación. Hitler ya ni siquiera lo convocaba. Krebs se presentaba cuando le parecía, cuando tenía que comunicar alguna novedad. Los otros asistentes tampoco eran llamados. No obstante, permanecían el día entero en el búnker y acudían a la sala de juntas cuando veían a Krebs con sus mapas dirigirse al encuentro de Hitler.
Cuando el Führer salió de su habitación y entró en el salón de reuniones, pudo encontrarse allí a Krebs, Bormann, Lorenz, Boldt, Loringhoven y Günsche. Algo más tarde también se presentó Goebbels, y a continuación llegaron Below, Hewel, Voss y Burgdorf. El informe era interrumpido una y otra vez, pero Hitler ya no tomaba nota. Se limitaba a levantar brevemente la mirada y volvía a clavar los ojos en la mesa. Krebs empleaba el plano urbano de Berlín como mapa de operaciones, desde que las tropas rusas habían alcanzado los suburbios de la ciudad. Aseguró que no tenía noticias recientes del ejército de Wenck, ni tampoco del ejército de Steiner, que había pasado al ataque aquella misma mañana. Los rusos estaban ejerciendo presión desde el sur, en dirección a Tempelhof, pero también desde el este y el norte. Los depósitos de municiones, que en su mayoría estaban emplazados en los suburbios de la ciudad, se daban por perdidos. La escasez de municiones, especialmente de granadas antitanque, ya se hacía notar.
Krebs continuó informando de los combates en Berlín y comentó que el comandante de la 18.ª división de infantería mecanizada se había disparado un tiro, al verse en una situación difícil combatiendo en la parte meridional de la capital.
—Los nervios han podido con él —comentó Burgdorf.
A lo que Hitler respondió:
—Por fin un general que tiene la valentía de sacar las conclusiones
necesarias.
Pero esto era una excepción. [447] Otros generales y muchos oficiales de las unidades que combatían en Berlín prefirieron ponerse ropa de civil y esconderse en casas particulares. Los comandos móviles de las SS y de las «Juventudes Hitlerianas» descubrieron a muchos de ellos y los fusilaron en el acto.
Hitler, al que la comunicación radiofónica de Keitel había animado algo al principio, volvió a desplomarse. Hablaba con una voz apenas audible. La atmósfera deprimida se contagió también al resto. De vez en cuando, reinaba un silencio sepulcral y todos miraban mudos el plano. Bormann no había dicho aún una sola palabra durante toda la reunión. Caminaba agitado de un extremo al otro de la mesa, salía de la estancia y volvía a entrar. También Goebbels había enmudecido casi por completo. Sólo preguntó por los kilómetros que podía recorrer el ejército de Wenck en una jomada y cuándo se le podía esperar en Berlín.
Hitler se retiró a su despacho tan pronto como Krebs hubo acabado su informe.
Los demás se fueron a sus respectivas habitaciones o se dirigieron al búnker viejo de Hitler.
Hacia las dos y media de la tarde, Bormann, Burgdorf y Krebs llegaron nerviosos al búnker de Hitler. De inmediato irrumpieron en la estancia, en la que justamente en ese momento entraba Hitler. Alterado, Krebs explicó a Hitler que a la altura de Torgau, junto al Elba, las tropas rusas se habían encontrado con las tropas americanas.
Bormann estalló:
—¡Mein Führer, ya es hora de que entre usted personalmente en contacto
con los americanos!
Hitler movió la cabeza y respondió a Bormann:
—Ya no tengo autoridad para hacer eso. Tendrá que encargarse otro. En lo
que concierne a mi persona, he de sacar las conclusiones que me
corresponden.
Hitler abandonó la sala en silencio y cruzó el camino hacia su despacho. Bormann, Burgdorf y Krebs salieron del búnker de Hitler, moviendo la cabeza y encogiéndose de hombros. También ellos se dirigieron a sus aposentos.
Hitler hizo venir a Linge después de la comida del mediodía. Cuando éste entró, vio al Führer completamente descompuesto, con la cabeza gacha, junto al escritorio, sobre el que se apoyaba pesadamente con ambas manos.
—Mein Führer, ¿me ha llamado, usted? —preguntó y Hitler levantó
cansadamente los ojos.
Tenía una expresión sombría y estupefacta. Su cara estaba demacrada y tenía un color céreo. Hitler murmuró:
—Linge, me gustaría dejarle ir con su familia…
Linge lo interrumpió:
—Mein Führer, permanecí junto a usted en los buenos tiempos y pienso
permanecer también junto a usted en los tiempos difíciles.
Hitler se incorporó y lo miró fijamente, como si quisiera averiguar si estaba hablando realmente en serio. A continuación replicó:
—Linge, tengo una misión especial para usted.
La mirada de Hitler era la mirada de la muerte.
—Yo y la señorita Braun nos dispararemos un tiro en la entrada del
búnker, en los jardines de la cancillería del Reich. No hay otra salida.
Linge quiso hacer alguna objeción, pero Hitler se le adelantó:
—Consiga gasolina para rociar nuestros cadáveres y quemarlos. Bajo
ninguna circunstancia debe usted permitir que mi cadáver caiga en manos de
los rusos. Estoy seguro de que les gustaría llevarme a Moscú y exhibirme en
un gabinete de curiosidades. No quiero que suceda algo así —dijo con énfasis.
Linge sólo pudo responder que ejecutaría la orden dada por Hitler hasta el último detalle.
El Führer añadió:
—Destruya todo lo que encuentre en mis habitaciones. Nada aquí ha de
recordar a mi persona. Aquel cuadro —señaló un retrato de su amado
Federico II que colgaba por encima del escritorio—, sáquelo del marco y
entrégueselo a Baur. Y que éste lo lleve a algún lugar seguro en Baviera.
Linge prometió a Hitler ejecutar todo tal como él lo había ordenado, con la ayuda del mayordomo de Hitler, el sargento mayor de las SS, el comandante de su guardia personal, el comandante de las SS Franz Schädle, y el jefe de la unidad policial, el teniente coronel de las SS Peter Högl.
Linge encargó a Kempka, el chófer de Hitler, traer 120 litros de gasolina. Se llenaron seis bidones, que se depositaron a la salida del búnker que daba al jardín. A continuación, Linge llamó a Krüger, Högl y Schädle, y los hizo partícipes del secreto. Los tres quedaban abrumados por la noticia. Pero, al igual que Linge, sabían que no se podía contradecir al Führer. Acordaron que Schädle y Linge incinerarían los cadáveres y que Högl y Krüger se encargarían de destruir los objetos personales de Hitler que se hallaban en sus habitaciones. Una vez repartidas las respectivas tareas, Linge pidió a Krüger una botella de aguardiente. Había que pasar el mal rato antes de que éste se les atragantara.
Por la tarde, el teniente de navío Kuhlmann se presentó en la cancillería del Reich ante el vicealmirante Voss. Cumpliendo una petición de Dönitz, Kuhlmann había llegado de Flensburg con varios Ju-52 repletos de «pilotos suicidas» de la Marina de Guerra. Los aviones habían aterrizado a la caída de la tarde en el eje Este-Oeste, entre la Puerta de Brandemburgo y la Siegessäule, ya que el aeródromo de Gatow había sido ocupado por los rusos. El aterrizaje se había tenido que realizar bajo el fuego de la artillería rusa. El eje Este-Oeste estaba sembrado de cráteres causados por las granadas. Por esta razón más de un avión acabó destrozado después de haber tomado
tierra. Entre los marinos hubo muchos muertos y heridos.[448]
Voss llevó a Kuhlmann al búnker de Hitler y pidió a Linge que el Führer lo recibiera, teniendo en cuenta que éste había logrado llegar a Berlín en condiciones tan adversas. Hitler estaba en su dormitorio, tumbado sobre la cama. Linge le comunicó la petición de Voss. Hitler, sin embargo, la rechazó. Voss pidió a Hitler por segunda vez, y con insistencia, que recibiera a Kuhlmann, que había acudido a Berlín en defensa del Führer. Sólo entonces Hitler se dirigió a la antesala. Cuando Kuhlmann vio a Hitler, adoptó un porte militar, levantó el brazo y dio parte de la llegada de su unidad. Hitler le tendió una mano floja y le dijo que Kuhlmann sería asignado al grupo de batalla de Mohnke, encargado de defender el distrito gubernamental. A continuación volvió a desaparecer detrás de la puerta.
Antes de abandonar el búnker de Hitler, Kuhlmann también fue presentado brevemente a Goebbels. Kuhlmann se instaló junto a su unidad en los sótanos del Ministerio de Asuntos Exteriores, situado junto a la cancillería del Reich.
Aquella misma tarde, Linge recibió una llamada telefónica de Speer desde Hamburgo. Speer se interesaba por las intenciones de Hitler y Eva Braun. Cuando Linge le expuso que ambos se quedaban en Berlín, Speer respondió que «organizaría» varios Fieseler-Storch para enviarlos a Berlín y evacuar al menos a Eva Braun y a las secretarias de Hitler.
Durante toda la tarde y hasta muy entrada la noche se vio a Krebs y a sus ayudantes correr una y otra vez hacia Hitler para llevarle las últimas noticias. La situación en Berlín y sus alrededores se agravaba con cada hora que pasaba. El ataque del 3.er ejército de Steiner había quedado atascado bajo las andanadas de la artillería soviética después de haber logrado algunos éxitos iniciales sin mayor relevancia. Unidades acorazadas rusas habían dejado a un lado Berlín para penetrar profundamente en dirección oeste, conquistando Rathenow. La guarnición de Potsdam, comandada por el general Reymann, había sido asediada y estaba librando una desesperada batalla defensiva. Asimismo ya se combatía en los distritos occidentales de Berlín, en Zehlendorf, Nikolasee y Dahlem. Las tropas rusas habían penetrado en Spandau y avanzaban asimismo a lo largo de la amplia carretera que llevaba de Zossen a Berlín. Se acercaban ya a los grandes puentes del río Havel, junto a Pichelsdorf. Para defender estos puentes se envió a varios pelotones de las «Juventudes Hitlerianas» al mando de Axmann.
Los ánimos volvieron a desplomarse al empeorar cada vez más la situación en Berlín. En el búnker antiguo se formaban por todas partes pequeños grupos desperdigados. Se bebía aguardiente y se discutía a gritos sobre la posibilidad de frenar a los rusos. Otros hablaban en voz baja e intentaban calcular hasta cuándo podría resistir Berlín y si aún existía alguna posibilidad de abandonar la ciudad.
La inquietud y el nerviosismo de Hitler adquirieron dimensiones amenazadoras. Por las mañanas ya no era necesario despertarlo. Atormentado por sus preocupaciones, se despertaba muy temprano. Además, los impactos sobre el búnker no le dejaban dormir. Hitler vagaba por las estancias del búnker arrastrando los pies después de que Stumpfegger le hubiera proporcionado su inyección y que Linge le hubiera puesto sus gotas. Hitler había encanecido aún más. Parecía un anciano, casi un cadáver andante. Ya no podía permanecer quieto en ningún sitio. Apenas había tomado asiento en la centralita y ya se levantaba para acudir a la sala de máquinas, donde estaban las instalaciones de la ventilación. Nunca se le había visto en aquellas estancias. O bien se arrastraba hasta la caja en la que descansaba Blondi, buscaba a su amado Wolf e intentaba jugar con él en el pasillo. Hablaba muy poco.
Después de la comida del mediodía, se sentaba sobre el banco acolchado de la antesala del salón de reuniones. En esos momentos lo acompañaban Bormann, Burgdorf, Fegelein, la señora Christian, la señorita Krüger y Eva Braun, que aquellos días bebía grandes cantidades de coñac. Apenas se la oía reír. En las conversaciones, que en la mayoría de los casos iniciaban Bormann, Fegelein o la señora Christian, Eva Braun sólo participaba cuando ya estaba embriagada de aguardiente. Los otros bebían champán, coñac y aguardiente, todo revuelto, sin hacer caso de la presencia de Hitler. Bormann, Burgdorf y Fegelein se repantigaban libremente en los sillones. Sus conversaciones giraban por lo general en tomo a la lujosa vida y a los alegres momentos del pasado. Intentaban incorporar a Hitler en aquellas charlas, pero éste seguía sentado allí, apático, con la mirada fija, pasaba la mano por encima de Wolf o lo cubría con caricias histéricas.
Durante el té nocturno, al cual asistían Eva Braun, las secretarias Christian y Junge, a veces también su dietista y cocinera Manziarly y la secretaria de Bormann, Else Krüger, Hitler ya sólo hablaba de cuál era la mejor manera de quitarse la vida. También pintaba con los colores más siniestros lo que les sucedería a los demás si caían en manos de los rusos. Con todo detalle discutía si era mejor pegarse un tiro, tomar veneno o cortarse las venas. Estos coloquios nocturnos podían prolongarse hasta las seis o las siete de la mañana y poco a poco llevaron a las secretarias a un estado de verdadera histeria.
La señora Christian, después de tomar el té con Hitler, se presentó en la centralita telefónica, donde estaban sentados los oficiales de las SS de Hitler, y tomó un trago de champán. Una mañana, Linge apareció allí y la señora Christian le lanzó su copa de champán. Más tarde se disculpó y explicó que sus nervios ya no soportaban aquellas maquinaciones de Hitler sobre las diferentes maneras de suicidarse. También el ánimo de los soldados de las SS comenzó a deteriorarse. Intentaron aturdirse bebiendo grandes cantidades de aguardiente y champán. La única esperanza que quedaba era el ejército de Wenck.
Durante la noche del 25 al 26 de abril, los rusos cortaron la última línea telefónica subterránea que unía Berlín con el mundo exterior. Ahora sólo se disponía de comunicación por radio, mantenida por dos aparatos de 100 vatios cada uno. Pero tampoco representaban una gran ayuda, ya que las antenas eran continuamente dañadas por el impacto de las granadas.
El 26 de abril, hacia las siete de la mañana, la artillería rusa castigó el distrito gubernamental con una tormenta de fuego. La cancillería del Reich y el búnker de Hitler recibieron una lluvia de proyectiles de gran calibre. La cobertura del pasillo subterráneo que unía la nueva cancillería con el búnker fue perforada en varios puntos. En el suelo del pasillo se formaron grandes charcos sobre los que hubo que colocar tablas de madera. Había que cruzarlos guardando el equilibrio para no caer. A través de los agujeros en el techo se podían ver negras columnas de humo y el fuego que quemaba el techo de la cancillería del Reich. La luz mortecina que entraba producía una atmósfera amenazante en el pasillo.
El fuego de la artillería remitió algo hacia las nueve. Günsche se instaló en la centralita. Al poco rato también se presentó Goebbels. En su cara lívida, de color ceniciento, se veían manchas rojas y sus ojos brillaban como los de un animal acosado. Daba la impresión de ser aún más pequeño, enjuto y frágil que de costumbre. Al instante comenzó a hablar sobre la situación en Berlín. Le preguntó a Günsche cómo estimaba él la situación, cuánto tiempo se podría mantener Berlín, si Wenck lograría avanzar hasta la capital, si éste no llegaba ya demasiado tarde. Goebbels ya había planteado estas preguntas en un sinfín de ocasiones a lo largo de los dos días anteriores. Su miedo al final inminente era manifiesto. Con furia echaba pestes de los jefes del Partido nacionalsocialista que habían abandonado a Hitler a su destino:
—Si alguna vez logramos salir de aquí, voy a realizar una limpieza del
partido como corresponde. Muchos altos funcionarios se han comportado
como unos canallas y unos cobardes.
Goebbels continuó diciendo, dirigiéndose a Günsche, que ya hacía tiempo que la dirección nazi se había desmoronado y burocratizado, sobre todo desde que había comenzado la guerra. Sus más altos funcionarios se escondían de la guerra en sus haciendas, se iban de caza y llevaban una existencia de parásitos. ¿Cómo pudo Hitler apoyarse en personajes como Ley o los Gauleiter Streicher, Koch y Wächtler? Ellos y muchos otros habían causado un gran daño al partido y lo habían arruinado. En la hora más dura de Hitler, éstos mostraban su verdadera faz. Todos lo abandonaban: Göring, Himmler, Ribbentrop, Rosenberg, Ley y Funk.
A las diez de la mañana llegó Krebs para rendir parte. Sólo quedaban Goebbels, Burgdorf, Lorenz, Günsche y Zander. Krebs no pudo dar noticias del ejército de Wenck ni del ataque frustrado de Steiner, dado que las líneas telefónicas habían sido cortadas y las antenas radiofónicas habían sido dañadas por el fuego de artillería y aún no las habían reparado. Krebs explicó que los combates en Berlín habían remitido algo durante la noche, pero que se habían reanudado con renovada vehemencia desde las primeras horas del alba. Los rusos habían penetrado otra vez en las posiciones alemanas. En la parte occidental de Berlín ya habían llegado a los barrios de Zehlendorf-Mitte y Dahlem. Los carros de combate rusos habían alcanzado el Lichterfelde. En los barrios del noreste de Berlín, a ambos lado de la Frankfurter Allee, los rusos habían avanzado hasta llegar a la Alexanderplatz, y se acercaban peligrosamente al centro de la ciudad.