El informe Hitler
Capítulo 15: Abril - Mayo de 1945
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Y el consejero de Bormann, el coronel de las SS Zander, debía entregar el tercer ejemplar a Giesler, que se hallaba en el Tegemsee, en la Alta Baviera. Johannmeyer, Lorenz y Zander se despidieron de Hitler aquella misma noche. Éste les comunicó que recibirían el testamento de manos de Bormann la mañana del 29 de abril.
Aquel día, a las cuatro de la madrugada, Johannmeyer, Lorenz y Zander se presentaron ante Bormann, que los recibió junto a Günsche en la antesala del salón de reuniones del búnker de Hitler. Los tres llevaban uniforme de camuflaje y casco de acero e iban armados con metralletas. Bormann entregó a cada uno de ellos un sobre con el sello del Führer que contenía el testamento de Hitler. Los tres tenían que atravesar las líneas rusas. Mohnke y Weidling —el comandante de Berlín— recibieron órdenes para que se les permitiera pasar sin impedimentos a través de las posiciones alemanas.
A las cinco de la madrugada se hizo el silencio en el búnker. Sólo se oía el ruido monótono de los ventiladores y el zumbido del generador diésel. Günsche tomó asiento. Sin embargo, la calma duró poco. Con gran estruendo, entraron Bormann, Burgdorf y, un poco después, también Krebs. Los tres habían bebido más de la cuenta. Bormann agitaba una botella de coñac y no tardó en servir varios vasos. Con un fuerte ataque de hipo le dijo a Burgdorf:
—Tengo mi cápsula, para el caso de que los rusos me cojan vivo…
Con un gesto inquieto sacó de su bolsillo un tubito de unos tres o cuatro centímetros, desenroscó la tapa y mostró a Burgdorf una ampolla que contenía
cianuro de color verdoso.[461] Entre lamentos, los tres se dejaron caer en los sillones y al poco comenzaron roncar a pleno pulmón.
A las seis de la mañana, la artillería rusa y los lanzaminas volvieron a desatar una tormenta de fuego sobre el distrito gubernamental. Proyectiles de todos los calibres caían sobre la cancillería del Reich y explotaban con estruendo sobre la cobertura del búnker.
Hitler se levantó de inmediato y fue rápidamente a reunirse con Goebbels. Allí se encontró también con la esposa de éste, que acababa de llegar del refugio antiguo, donde estaba instalada con los niños. La señora Goebbels sollozaba fuertemente y apenas se podía mantener en pie.
Pocos minutos más tarde se presentó ante Linge el oficial de servicio de la guardia personal de Hitler y le comunicó la orden del Führer de llevarle su insignia de oro del partido a la estancia de Goebbels. Linge quitó la insignia de la chaqueta de Hitler y se la llevó. El Führer entregó su propia insignia a la señora Goebbels, diciéndole que la condecoraba por su «valiente comportamiento».
Hacia las diez de la mañana, el fuego de los rusos se desplazó en dirección al área de Friedrichstraβe-Unter den Linden. Mohnke llamó a Günsche y le informó de que los carros de combate rusos continuaban avanzando en la Wilhelmstraβe y la estación Anhalter.
Günsche dio parte a Hitler, que estaba sentado con Eva Braun, Goebbels y Bormann en el banco de la antesala. La conversación se extinguió. Todos se miraban en silencio. Hitler ordenó que se presentara Mohnke, pero no le dejó decir una palabra. Le preguntó al instante cuánto tiempo pensaba que sería capaz de resistir. Mohnke respondió después de titubear durante unos momentos que aún era capaz de resistir algunos días. Todavía no había abandonado el búnker, cuando ya llegaron nuevas y terribles noticias:
—Los rusos han pasado al ataque en los dos márgenes del eje Este-Oeste.
Y al poco rato:
—¡Los tanques rusos están delante de la Universidad Técnica!
Hitler se tumbó vestido en la cama, pero no pudo calmarse. Una y otra vez salía de su estancia, preguntaba por las novedades, hacía venir a Mohnke, hablaba con Krebs y Burgdorf y volvía a retirarse. Por la tarde llegó otra novedad.
—Los rusos intentan llegar hasta la cancillería del Reich avanzando por
los túneles del metro.
Hitler, Eva Braun, Goebbels, Bormann y las secretarias se habían congregado en la antesala. Hitler jugueteaba con Wolf para disimular su nerviosismo. Bormann bebía aguardiente. Goebbels, que en aquellos días había encanecido completamente, fumaba sin parar y miraba fijamente al frente. Eva Braun murmuraba de vez en cuando alguna palabra con las secretarias.
De repente se oyó un grito espantoso que venía del pasillo:
—¡Los rusos disparan con metralletas sobre la puerta de la salida de
emergencia!
—¡Francotiradores rusos han tomado posiciones en los tejados de los
ministerios de alrededor!
Todos se incorporaron de un salto. Los soldados de las SS de la guardia personal de Hitler y los integrantes del Servicio de Seguridad, con sus cascos puestos, atravesaron corriendo la antesala del salón de reuniones y se dirigieron a la salida de emergencia.
El nerviosismo en el búnker alcanzó niveles de paroxismo. Sólo hacia última hora de la tarde los ánimos se calmaron un poco. A las ocho aparecieron Weidling y Mohnke para dar sus partes. Éstos eran muy breves porque las acciones bélicas en Berlín se limitaban a un área reducida y porque las líneas alemanas se reducían a sólo unos pocos kilómetros.
Weidling y Mohnke se marcharon después de la reunión y Hitler mandó convocar a Axmann. Éste se había trasladado aquel mismo día al búnker de la nueva cancillería del Reich. En presencia de Bormann, Goebbels y Günsche, Hitler otorgó a Axmann la orden alemana de segunda clase, que sólo se concedía a los más altos funcionarios del Partido nacionalsocialista y en contadas ocasiones. Además lo condecoró con la cruz
de hierro de primera clase.[462] En esa ocasión Hitler le dijo a Axmann que era uno de los pocos que aún le guardaban fidelidad.
A las doce de la noche, el Führer se dirigió por el pasillo subterráneo hacia el búnker antiguo. Allí Mohnke y Günsche habían puesto en fila a las secretarias y mecanógrafas del cuerpo de ayudantes de Hitler y del puesto de mando de Mohnke. Hitler estrechó la mano de cada una y les dijo con voz baja:
—Os doy las gracias, hijas mías.
Voces ebrias salían de las estancias vecinas. Günsche explicó a Hitler que Rattenhuber (el jefe del Servicio de Seguridad) estaba celebrando su cumpleaños. En ese preciso instante, éste salió y se abalanzó sobre Hitler, le agarró de las manos y comenzó a besarlas. Hitler felicitó a Rattenhuber con palabras escuetas y se arrastró otra vez de vuelta a su habitación.
La noche transcurrió a la espera de los rusos. En todas partes la gente se entregaba a la bebida. El bombardeo remitió algo hacia la medianoche.
En el pasillo del búnker estaban el profesor Haase y el adiestrador de perros de Hitler, el sargento primero Tornow. Haase sujetaba en su mano una ampolla de cianuro y unos alicates. Hitler le había pedido que envenenara a Blondi. Quería probar los efectos del veneno con su perra. A medianoche, envenenaron al animal en los retretes. Tornow le abrió el hocico para que Haase introdujera la ampolla de cianuro y la partiera con la ayuda de los alicates. El tóxico tuvo unos efectos fulminantes. Al poco, Hitler se presentó en los retretes para comprobar que Blondi estaba efectivamente muerta. No pronunció una sola palabra. Tampoco su cara expresó ningún tipo de sentimiento. Un minuto más tarde volvió a retirarse a su despacho.
Mohnke y Günsche estaban sentados en la centralita telefónica mientras estos hechos tenían lugar. Estaban callados, bebían café fuerte que habían mezclado con coñac y se abismaron en sus pensamientos.
Los rusos, entretanto, habían avanzado desde el zoo en dirección al Tiergarten. Blindados rusos habían alcanzado el Reichstag. En la Prinz-Albrecht-Straβe, entre la estación Anhalter y la Potsdamer Platz, sus posiciones estaban situadas a unos trescientos metros de la cancillería del Reich. Se estaba combatiendo en la Friedrichstraβe, en la Prinzenstraβe y junto al Spitelmarkt. Éste era el panorama que se ofrecía la noche del 29 al 30 de abril. Al día siguiente, todo iba a decidirse.
«¿A qué está esperando Hitler?», se preguntaba una y otra vez Günsche. Entonces le vinieron a la memoria las palabras que el Führer había dirigido hacía un año y medio a sus mariscales de campo y generales: «¡Cuando llegue la hora de que Alemania esté amenazada, espero verles a ustedes, mis mariscales de campo, de pie
en las barricadas, a mi lado, con la espada desenvainada!».[463]
No había sido más que palabrería. Hitler ni tan sólo tenía la valentía para mirar hacia el exterior del búnker. Se aferró a las últimas horas que el destino aún le estaba otorgando, siempre atenazado por el miedo a que los rusos pudieran penetrar en cualquier momento en su refugio.
Hitler y sus generales estaban desamparados por igual, a la vista de su fracaso en el frente oriental. Los generales hicieron cuanto pudieron para conservar el favor de Hitler durante toda la guerra y hasta el final. Reverencias y lisonjas, sólo noticias positivas sobre la situación en los frentes, ninguna objeción. Un día sí y otro también la misma cantinela: «¡En efecto, mein Führer!», «¡Por supuesto, mein Führer!», «¡A sus órdenes, mein Führer!», «Puede usted confiar en mí, mein Führer!».
Gozosos y agradecidos recibían de la mano de Hitler condecoraciones y obsequios. Pero no fueron capaces de ofrecerle a cambio la victoria sobre los rusos.
El mariscal de campo Manstein, el mismo que después del discurso de Hitler había exclamado «¡Hitler, ordena, nosotros te seguiremos!», no tuvo ningún reparo en aceptar la más alta de las condecoraciones militares, la cruz de caballero con hojas de roble y espadas, además de un aumento de sus emolumentos diarios en 4.000 marcos.
[464] Manstein, en compañía de su familia, se retiró a una vida relajada en su hacienda, después de que Hitler lo hubiera destituido como comandante en jefe del grupo de ejércitos del sur en el verano de 1944 a causa de los tremendos fracasos en Ucrania y en Crimea.
En la puerta de la centralita telefónica apareció la enjuta figura de Goebbels. Lentamente y cojeando mucho se acercó a Mohnke y Günsche y les ofreció cigarrillos. Se había vuelto muy silencioso y ya apenas hablaba. Pocos días atrás había mentido a los berlineses, cuando les llamó a continuar una resistencia sin sentido. Ahora preguntó con voz baja y aturdida:
—¿Qué piensan ustedes, señores míos, podré dormir tranquilo esta noche?
¿O llegarán los rusos?
Ni siquiera la noche del 29 al 30 de abril renunció Hitler a la costumbre de prolongar el té vespertino hasta altas horas de la madrugada. Aquella noche le hicieron compañía Eva Braun, ahora señora Hitler, la señora Christian, la señora Junge y la señorita Manziarly. Fue el último té nocturno de Hitler. Hacia las cinco de la madrugada, las secretarias y la señorita Manziarly abandonaron el despacho de Hitler cariacontecidas. La señora Junge explicó a Günsche que Hitler quería pegarse un tiro aquel mismo día, porque los soldados rusos podían presentarse en el búnker de un momento a otro.
Hitler se había despedido de ellas. También Eva Braun lo había hecho, porque tenía asimismo la intención de quitarse la vida. La señora Junge explicó que Eva Braun le había regalado varios objetos de valor: vestidos y la prenda de piel que había llevado con ocasión de su casamiento. Además, le había dado una pequeña pistola que Eva Braun había recibido de Hitler tiempo atrás. La señora Junge entregó la pistola a Günsche.
El resto de la noche discurrió a la espera de los rusos. La premonición de la muerte cercana inundó el ambiente. Bormann, Burgdorf, Krebs, Hewel y Voss estaban recostados en los sofás. Las secretarias dormían sobre unos colchones dispuestos en el salón de reuniones. Los demás se echaron vestidos sobre las camas, cada uno con su pistola cargada.
El 30 de abril, a las ocho de la mañana, en su despacho, Hitler dictó a Bormann la orden dirigida al grupo de batalla de Mohnke para que abandonara el distrito gubernamental. Después del suicidio de Hitler, esta unidad debía abandonar Berlín en pequeños grupos, para sumarse a las tropas alemanas que aún seguían combatiendo. La orden la pasó a máquina la secretaria de Bormann, la señorita Krüger, y fue escrita sobre los «folios del Führer» y firmada por Hitler. Hacia las once de la mañana, el Führer hizo venir a Mohnke. Cuando éste volvió a salir del despacho, le mostró a Linge la orden firmada, al tiempo que ponía una cara radiante de alegría.
Durante la madrugada se había reanudado el fuego infernal de la artillería rusa sobre la cancillería del Reich. El bombardeo se prolongó toda la jornada y parecía un trueno pesado que se repetía sin cesar.
Bormann, pálido y confuso, salió del despacho de Hitler a la antesala del salón de reuniones hacia las dos del mediodía. Fue a buscar a Günsche y con nerviosismo le susurró al oído:
—Celebro encontrarle aquí. Ahora mismo quería hacer que lo llamaran.
Casi sin voz le dijo que Hitler y Eva Braun querían poner fin a sus vidas aquel mismo día. Sus cadáveres debían ser rociados con gasolina y quemados en los jardines de la cancillería del Reich. Ésa era la orden categórica de Hitler. Bajo ninguna circunstancia su cadáver debía caer en manos de los rusos.
Aquello era, por lo visto, el final, pensó Günsche con un escalofrío: rociar al Führer con gasolina y quemarlo. En todo caso, lo que le dijo Bormann en realidad ya no podía impresionarlo demasiado. Tenía que acabar de aquella manera. Hitler no tenía ni la valentía ni la fuerza para morir como los oficiales y soldados alemanes, o incluso las mujeres o los niños, tal y como él les había exigido a todos éstos hasta el último momento. Detrás de los gruesos muros de su refugio se empeñaba de manera lastimera en aplazar en lo posible la sentencia que le había impuesto el destino. Tan sólo cuando los rusos alcanzaron los umbrales de la cancillería del Reich, quiso suicidarse de forma ignominiosa, y no sin antes ordenar la quema de su cadáver.
Bormann pidió a Günsche que se encargara de que la gasolina para quemar los cadáveres estuviera preparada en el peldaño superior de la escalera que daba a la salida de emergencia.
—Nosotros, los leales al Führer, que hemos permanecido junto a él hasta
el final, le prestaremos también este último servicio —declaró con hipocresía.
Arrastrando sus pies abandonó la antesala. Günsche se quedó a solas. De inmediato llamó a Mohnke y le pidió que se presentara en el búnker de Hitler. Unos minutos más tarde irrumpieron en la antesala Rattenhuber, Baur y Betz, muy alterados y descompuestos. Acababan de encontrarse con Bormann y habían sabido por éste que Hitler quería suicidarse. Ahora acosaban a Günsche con preguntas. Günsche estaba a punto de responder, cuando se abrió la puerta y Hitler hizo su entrada. Rattenhuber, Baur, Günsche y Betz saludaron alzando el brazo. Hitler no reaccionó. Tan sólo les pidió con voz abatida que se acercaran un poco. Betz se mantuvo un poco al margen. Hitler se dirigió a él:
—Acérquese usted también. Ya puede usted enterarse de lo que vamos a
decir.
Los ojos de Hitler, que antaño habían despedido fuego, estaban ahora apagados. Su cara tenía un color terroso. Bajo los ojos tenía oscuras ojeras. El temblor de su mano izquierda parecía haberse extendido a la cabeza y a todo el cuerpo. Las palabras salían casi sin voz de su boca:
—He ordenado que se me queme después de mi muerte. Encárguense
ustedes de que mis instrucciones se cumplan con exactitud. No quiero que mi
cadáver sea llevado a Moscú y exhibido en un gabinete de curiosidades.
Con gran esfuerzo, intentó algo parecido a un gesto de despedida y dio media vuelta. Baur y Rattenhuber lanzaron un grito. Rattenhuber quiso agarrar la mano de Hitler, pero éste lo esquivó y desapareció detrás de la puerta de su despacho.
Con gestos mecánicos, pero a toda prisa, Günsche se dedicó a la tarea de ejecutar la orden impartida por Hitler y Bormann en cuanto a la quema de los cadáveres de Hitler y Eva Braun. Llamó por teléfono al chófer de Hitler, Kempka. Éste estaba instalado en el búnker situado al lado de la cochera de la cancillería del Reich, junto a la Hermann-Göring-Straβe. Günsche le ordenó a Kempka que trajera de inmediato diez bidones con gasolina al búnker del Führer y que los dejara preparados junto a la salida de emergencia que daba a los jardines.
Cuando esto estuvo hecho, Günsche explicó a Kempka la intención de Hitler de matarse. A continuación, ordenó a los soldados de las SS de la guardia personal y del Servicio de Seguridad, que ocupaban la pequeña estancia junto a la salida de emergencia, que la evacuaran de inmediato y que se mudaran a otra parte. También a los guardias que estaban delante de la puerta acorazada que daba a la escalera de la salida de emergencia les ordenó que volvieran al interior del búnker. Sólo dejó delante de la salida de emergencia a un único hombre, el subteniente de las SS Hofbeck, con la orden de que no permitiese la entrada a persona alguna. Günsche se dirigió seguidamente al pasillo del búnker y tomó posición junto a la puerta de la antesala del salón de reuniones, para esperar el fatídico disparo. Las agujas del reloj señalaban las tres de la tarde y diez minutos.
Al poco rato salió a la antesala Eva Braun procedente del despacho de Hitler. Con aire triste dio la mano a Linge al tiempo que le decía:
—Hasta luego, Linge. Le deseo que pueda usted salir de Berlín. Si llega
usted a encontrarse con mi hermana Gretl, no le diga usted nada acerca del
final que tuvo su marido.
A continuación, fue a ver a la señora Goebbels, que se encontraba en la habitación de su marido. Unos minutos más tarde Eva Braun salió de la habitación de Goebbels y se dirigió a la centralita telefónica, donde se hallaba Günsche. Ella le pidió:
—Hágale saber al Führer, por favor, que la señora Goebbels le ruega que
la venga a ver otra vez.
Günsche fue hasta el despacho de Hitler. Como en ese momento Linge no estaba por allí, Günsche llamó él mismo a la puerta y entró. Hitler estaba de pie junto a la mesa y se estremeció al ver a Günsche de forma tan inesperada.
—¿Y ahora qué pasa? —gruñó enfurruñado.
Günsche le informó:
—Mein Führer, su esposa quiere que sepa que la señora Goebbels le
quiere ver una vez más. La señora está junto a su esposa, en la habitación de
aquélla.
Hitler estuvo meditando durante unos instantes y luego se dirigió a la habitación de Goebbels. A las 03:40 horas, Linge acudió a la centralita telefónica. Allí se hallaba Krüger, el criado de Hitler, acompañado por un guardia. Al lado, en la sala de estar que había ante el dormitorio de Goebbels, Hitler y Goebbels hablaban de pie. Éste debía de estar intentando convencer por última vez a Hitler para que abandonara Berlín.
Pero Hitler respondió con tono histérico:
—¡No, doctor! ¡Usted sabe cuál es mi decisión! ¡Es una decisión
inamovible!
Luego se dirigió al dormitorio de Goebbels, donde se hallaban la señora Goebbels y Eva Braun, y se despidió de aquélla. A continuación volvió a sus habitaciones. Linge y Krüger lo siguieron. En la puerta del despacho, Linge pidió poder despedirse de Hitler, que le respondió agotado y con indiferencia:
—He dado órdenes de que se vayan de aquí. Intente usted reunir a un
pequeño grupo y abrirse camino hacia el oeste.
Linge preguntó:
—Mein Führer, ¿en el nombre de quién vamos a abrirnos camino?
Hitler se dirigió a Linge, lo miró un momento en silencio y proclamó entonces empleando un tono patético:
—¡En el nombre de aquel que ha de venir!
El Führer se despidió de Linge y de Krüger con un blando apretón de manos y alzando el brazo derecho. Linge y Krüger se pusieron en posición de firmes y alzaron el brazo para rendir a Hitler el último saludo. Entonces cerraron la puerta y cruzaron juntos el camino que llevaba al antiguo búnker.
—¡No ver nada, no oír nada, sólo eso! —le gritó Linge a Krüger mientras
caminaban.
Eva Braun dejó pasar dos o tres minutos antes de abandonar la habitación de Goebbels. Con paso lento se dirigió al despacho de Hitler. Pocos minutos más tarde salió Goebbels y se dirigió al salón de reuniones, donde entretanto se habían reunido Bormann, Krebs, Burgdorf, Naumann, Rattenhuber y Axmann.
Sólo habían transcurrido unos cuantos minutos, cuando Linge volvió a presentarse en el refugio de Hitler. Delante de la puerta acorazada abierta que daba a la antesala del salón de reuniones estaban de pie Günsche y el teniente de las SS de servicio, Frick. Faltaban unos pocos minutos para que dieran las cuatro de la tarde. Cuando Linge pasó por delante de Günsche comentó:
—Creo que ahora ya ha acabado todo. —Y entró apresuradamente en el
vestíbulo.
Una vez en el interior, pudo oler un tufo de pólvora, como suele haber cuando se efectúa un disparo. Linge volvió a dirigirse a la antesala del salón de reuniones, donde se encontró inesperadamente con Bormann. Éste, con la cabeza gacha, estaba de pie junto a la puerta que daba a la estancia y se apoyaba con el brazo en la mesa. Linge informó a Bormann de que en el vestíbulo de Hitler olía a pólvora. Bormann se incorporó y, junto a Linge, acudió deprisa al despacho de Hitler. Linge empujó la puerta y entró junto a Bormann. A los dos se les ofreció el panorama siguiente: a la izquierda del sofá aparecía Hitler, sentado. Muerto. A su lado se veía, también muerta, a Eva Braun. En la sien derecha de Hitler se podía observar una herida del tamaño de una pequeña moneda y sobre su mejilla corrían dos hilos de sangre. En la alfombra, junto al sofá, se había formado un charco del tamaño de un plato. La pared y el sofá también estaban salpicados con chorros de sangre. La mano derecha de Hitler descansaba sobre la rodilla, con la palma mirando hacia arriba. La mano izquierda colgaba inerte. Junto al pie derecho de Hitler había una pistola del tipo Walther, calibre 7,65 mm. Al lado del pie izquierdo, otra del mismo modelo, pero de calibre 6,35 mm. Hitler vestía su uniforme militar gris y llevaba puestas la insignia de oro del Partido, la cruz de hierro de primera clase y la insignia de los heridos de la primera guerra mundial (condecoraciones que había llevado habitualmente en los últimos días). Además llevaba puesta una camisa blanca con una corbata negra, un pantalón de color negro, calcetines y zapatos negros de cuero.
Eva Braun estaba sentada en el sofá con las piernas encogidas. Sus zapatos claros con tacones altos estaban en el suelo. Sus labios estaban apretados. Se había envenenado con cianuro.
Bormann salió a la antesala para llamar a los soldados de las SS que debían llevar los dos cuerpos sin vida al jardín. Linge trajo de la antesala las mantas que allí había dispuesto para envolver a Hitler. Una de éstas la extendió en el suelo del despacho. Con la ayuda de Bormann, que ya había vuelto, Linge colocó el cuerpo aún caliente de Hitler en el suelo y lo envolvió con la manta.
Günsche corrió a la sala de juntas. Abrió la puerta de manera tan abrupta que hizo estremecerse a Goebbels, Krebs, Burgdorf, Axmann, Naumann y Rattenhuber, que se hallaban de pie alrededor de la mesa. Günsche exclamó:
—¡El Führer ha muerto!
Todos se abalanzaron hacia la antesala.
Linge salía del despacho en ese preciso momento, cargando el cadáver de Hitler. Le seguían los soldados de las SS Lindloff y Reisser. Por debajo de la manta asomaban los pies de Hitler con sus calcetines negros y sus zapatos. El cadáver fue trasladado, pasando por la antesala del salón de reuniones, hacia la salida de emergencia y los jardines. Goebbels, Burgdorf, Krebs, Axmann, Naumann, Günsche y Rattenhuber, que aún continuaban de pie en la antesala, levantaron el brazo para el saludo.
A continuación, salieron del despacho de Hitler Bormann y detrás de él Kempka, llevando en sus brazos el cuerpo de Eva Braun. Goebbels, Axmann, Naumann, Rattenhuber, Krebs y Burgdorf siguieron el cadáver de Hitler hacia la salida de emergencia. Günsche se acercó a Kempka, recogió el cadáver de Eva Braun, que seguía sin haber sido envuelto en ninguna manta, y lo llevó hacia la salida de emergencia. Eva Braun desprendía un penetrante olor a cianuro. Günsche se apresuró a subir las escaleras, pasando por delante de Goebbels, Axmann, Naumann, Burgdorf, Krebs y Rattenhuber, que se habían detenido en el último peldaño.
No salieron al jardín a causa del intenso bombardeo de la artillería. El cadáver de Hitler, envuelto en la manta, estaba ahora tumbado en el suelo, a dos metros de la entrada del búnker. Günsche depositó a Eva Braun a la derecha de Hitler. Bormann se inclinó sobre Hitler, lo volvió a descubrir y lo observó durante algunos segundos. A continuación, volvió a cubrirlo con la manta.
Las granadas caían ululando sobre el jardín y el refugio de la cancillería del Reich. Por encima de los árboles destrozados del jardín se desplazaban gruesas columnas de humo. El fuego devoraba la cancillería del Reich y los edificios que lo rodeaban.
Bormann, Günsche, Linge, Lindloff, Kempka, Schädle y Reisser fueron a buscar los bidones y vaciaron los doscientos litros de gasolina sobre los cadáveres de Hitler y Eva Braun. Durante un buen rato no pudieron prender la gasolina. Los fuertes vientos que provocaban los incendios apagaban una y otra vez las cerillas. Günsche decidió finalmente recurrir a una de las granadas de mano que estaban abandonadas en la entrada. Pretendía de esta forma prender fuego a la gasolina. Pero, antes de que pudiera intentarlo, Linge lanzó un trozo de papel ardiendo sobre los cadáveres. La gasolina se inflamó y los restos de Hitler y Eva Braun pronto estuvieron envueltos en llamas. Hubo que cerrar la puerta del refugio apresuradamente, porque las llamas penetraban por el resquicio. Bormann, Goebbels, Axmann, Naumann, Krebs, Burgdorf, Günsche, Linge, Kempka, Reisser y Lindloff permanecieron aún unos momentos en los peldaños superiores, hasta que volvieron a descender en silencio al refugio.
Günsche se dirigió al despacho de Hitler. Allí todo seguía tal como lo habían dejado. En el suelo, junto al charco de sangre, estaban las dos pistolas. Günsche las recogió y las descargó. Mientras lo hacía, descubrió que el tiro mortal había salido del arma de 7,65 mm. La otra arma también estaba cargada y sin seguro. Günsche se guardó ambas en el bolsillo y las entregó, más tarde, al ayudante de Axmann, el alférez Hamann. A éste le entregó asimismo las fustas que Hitler usaba para los perros. Hamann quería conservar ambos artefactos como reliquias de las «Juventudes Hitlerianas».
Günsche se dirigió a continuación al salón de reuniones. Allí se habían vuelto a reunir Bormann, Goebbels, Axmann, Burgdorf, Krebs, Mohnke y Naumann. Había llegado la hora de decidir un plan de actuación. Bormann, Axmann, Mohnke y Günsche insistían en intentar romper el cerco. Goebbels se oponía. Con gesto teatral explicó:
—Voy a salir a la Wilhelmplatz ahora mismo. ¡A ver si me alcanza una
bala!
Bormann estaba tan agitado que no era capaz de parar quieto. Una y otra vez exclamaba:
—¿Es que nadie me puede conseguir un Storch? Tengo que encontrarme
con Dönitz cueste lo que cueste. Es un asunto muy importante.
En la mirada de Bormann se podía ver el pánico. Salir de aquel infierno, éste era su único pensamiento y su deseo más vehemente. Nadie se acordaba ya de Hitler. Sólo había una preocupación: «¿Cómo vamos a salir de aquí?».
Goebbels, finalmente, y como nuevo «canciller del Reich», propuso tomar contacto con el alto mando ruso e intentar lograr un alto al fuego, al menos por algunas horas. Estaba claro que Goebbels quería retrasar el final un par de horas, porque era imposible que creyera que tal propuesta tuviera alguna posibilidad de éxito. Krebs propuso esperar a que se presentara el general Weidling en el búnker, que había anunciado su llegada a las cinco y media para rendir parte a Hitler.
Günsche se dirigió a la centralita telefónica. Desde el dormitorio de Goebbels, con la puerta entreabierta, se podían oír los sollozos de la esposa de éste.
—¿Qué será ahora de los niños y de nosotros? El Führer no debería
habernos hecho algo así…
Entretanto, Linge había dado orden a Krüger y a los ordenanzas de retirar del despacho de Hitler la alfombra salpicada de sangre. Los tres buscaban el casquillo que tuvo que haber saltado al dispararse el arma. Pero no lograron dar con él. Arrastraron la alfombra hacia el exterior y le prendieron fuego en los jardines. El mismo Linge quemó todos los papeles que se hallaban sobre el escritorio, entre ellos los comunicados de la Oficina Alemana de Noticias. En las estancias de Hitler ahora sólo quedaban los muebles vacíos. Linge sacó del marco el retrato del rey Federico II, que había colgado sobre el escritorio, y lo entregó, como había querido Hitler, al piloto Baur, quien se lo guardó debajo de la chaqueta.
El adiestrador de los perros de Hitler, el sargento Tornow, vagaba por el búnker de la nueva cancillería del Reich totalmente borracho y exclamaba:
—¡El Führer ha muerto, sálvese quien pueda!
El pánico estalló entre los habitantes del refugio, sobre todo entre los heridos. Más tarde se supo que en los jardines Tomow había matado de un disparo a los cachorros de Blondi, entre ellos a Wolf. También había matado a los perros de Eva Braun y de la señora Christian, así como a su propio perro. Tornow fue detenido.
Weidling apareció en el búnker hacia las cinco y media de la tarde. Goebbels le informó de la muerte de Hitler y de la composición del nuevo Gobierno. En la reunión informativa que siguió participaron Bormann, Goebbels, Axmann, Krebs, Burgdorf, Weidling, Mohnke, Günsche y Naumann. Durante ésta se discutió un plan para evadirse de la cancillería del Reich o para pedir a los rusos una tregua de las acciones bélicas. Después de un largo tira y afloja, se aprobó el segundo de los planes. Se decidió enviar al coronel Dufving, el jefe de la sección de operaciones del estado mayor de Weidling, para parlamentar con el estado mayor ruso más cercano.
Dufving abandonó el búnker hacia las siete y media de la tarde y, atravesando las posiciones alemanas de los alrededores de la cancillería del Reich, se dirigió hacia las líneas rusas. Regresó alrededor de las once. Explicó que los rusos no habían querido escucharle porque era un subordinado. Esa misma noche, Goebbels y Bormann enviaron a Krebs al alto mando ruso, donde, en su calidad de jefe del estado mayor general, tenía la misión de iniciar las negociaciones con los rusos. Todos aguardaban
con impaciencia su retorno.[465]
La mañana del 1 de mayo, al salir de su estancia, Linge se encontró con Goebbels en la antesala del salón de reuniones del búnker. Después de los saludos, Goebbels preguntó a Linge con voz queda:
—Dígame, Linge, ¿no pudo usted haber convencido al Führer de que no
se suicidara?
Linge le respondió:
—Doctor, si ni siquiera usted pudo convencerlo, ¿cómo quiere que lo
consiguiera yo?
Goebbels prosiguió:
—He pasado una noche horrible. También yo he decidido acabar con mi
vida. Pero se trata de un momento muy difícil. He luchado mucho conmigo
mismo, pero me falta valor.
Krebs volvió hacia el mediodía con la noticia de que el alto mando ruso exigía la capitulación incondicional.
A las seis de la tarde Burgdorf hizo que Mohnke y Günsche se presentaran en el búnker de la nueva cancillería del Reich. Con él se encontraban Weidling y Dufving. En el momento en que se presentaron Mohnke y Günsche, Weidling extraía una nota del bolsillo de su chaqueta y decía a Dufving:
—Antes de que se me olvide. El Führer lo ha ascendido a coronel. Reciba
usted mis felicitaciones.
Weidling extendió sobre una mesita un plano urbano de Berlín y le explicó a Mohnke y Günsche que esa noche, a las diez, los restos de la guarnición de la capital del Reich intentarían abrir una brecha en las líneas rusas y salir de la ciudad. Tras demorarse todavía con otros detalles, interrogó a Mohnke acerca de la dirección que pensaba tomar con su grupo de batalla. Mohnke le señaló sobre el mapa la ruta prevista. Ésta se dirigía hacia el noroeste, pasando por el barrio de Tegel. Con ello se dio por concluida la reunión. Mohnke y Günsche abandonaron la habitación. En la sala de enfrente se oyeron fuertes golpes de martillo. Allí, los soldados responsables de las comunicaciones estaban destrozando los equipos de la estación de radio y de la centralita telefónica del cuartel general del Führer, tal como les había sido ordenado.
Mohnke volvió a su puesto de mando para redactar las instrucciones de la evasión. Günsche informó a Linge, Schädle, Högl y Kempka de que la guarnición intentaría aquella noche romper el cerco ruso. A Bormann, Voss, Hewel y Stumpfegger les dijo que tenían que prepararse para la partida. La decisión fue comunicada también a las mujeres: Christian, Junge, Krüger y Manziarly. Incapaces de seguir el consejo del Führer, no se habían quitado la vida y querían sumarse al grupo de los hombres.
Günsche, Linge, Schädle y Kempka se dirigieron hacia las ocho de la tarde al puesto de mando de Mohnke. Los soldados del grupo de batalla estaban acampados en los corredores, pasillos y estancias del búnker, sentados sobre cajas, bancos o en el suelo mismo. Agotados por los duros combates que habían librado sin tregua, dormían en cualquier postura, el casco y el arma junto a ellos. En medio de ellos se desparramaban los heridos.
Los breves instantes en que el fuego de los rusos remitía un tanto se aprovechaban para llevar a los heridos en camillas al sótano del Adlon Unter den Linden, el hotel semiderruido donde se había instalado un hospital de campaña. Los heridos que morían en el búnker eran enterrados en los jardines de la cancillería del Reich. El flujo de heridos era inacabable. Las estancias se llenaban de gemidos y alaridos de dolor. El aire estancado y nauseabundo se mezclaba con el olor de humo de tabaco y con el vapor de azufre y el hedor procedente de los retretes desbordados.
En el puesto de mando de Mohnke se habían presentado Axmann, Naumann, Albrecht, Rattenhuber y varios oficiales del grupo de batalla. Mohnke leyó la orden de evasión, que fijaba asimismo los turnos para abandonar el edificio. La evasión se llevaría a cabo formando varios grupos. Al primero, que quería comandar el propio Mohnke, pertenecían Günsche, Hewel, Voss, la señora Christian, la señora Junge, la señorita Krüger, la señorita Manziarly, así como la escolta personal de Hitler, al mando del teniente de las SS Doose. El segundo grupo, al mando de Naumann, lo integraban Bormann, Schach, los funcionarios de la dirección berlinesa del Partido nacionalsocialista y un batallón del Volkssturm del Ministerio de Propaganda. El tercer grupo, que lideraba Kempka, estaba compuesto por Linge, los ordenanzas, los guardias personales de Hitler y los chóferes de la cancillería del Reich. Un cuarto grupo, que era comandado por el ayudante personal de Hitler, el general de brigada Albrecht, lo componían los colaboradores de la ayudantía de Hitler. El quinto grupo, comandado por Rattenhuber, lo formaban Baur, Betz, Högl y los colaboradores del Servicio de Seguridad. El sexto grupo, dirigido por Axmann, se componía de doscientos adolescentes berlineses que aquél había traído al refugio unos días atrás para sacar a Hitler de la ciudad de Berlín. Ante la negativa de Hitler, Axmann los retuvo consigo para disponer de ellos según su propio criterio.
La huida del asedio se llevaría a cabo según el plan siguiente: desde la cancillería del Reich se recorrería, en un primer momento, el trayecto del túnel del metro hasta llegar a la estación de Kaiserhof. A partir de allí, se avanzaría lo más lejos posible en dirección al barrio de Wedding. En grupos reducidos se seguiría por las calles laterales, pasando por la estación de Stettin y Tegel, para dirigirse a continuación en dirección noroeste, donde tratarían de alcanzar a las unidades alemanas que allí combatían.
Günsche abandonó el puesto de mando de Mohnke para comunicar los detalles del plan a Linge, Schädle, Kempka y Högl. A las diez de la noche, se despidió de Burgdorf, el ayudante personal de Hitler, y de Krebs, el jefe del estado mayor general del Ejército de Tierra, quienes no querían participar en el intento de fuga. Preferían pegarse un tiro en el patio de honor en el instante en que los soldados rusos se presentaran en la cancillería del Reich. Burgdorf le aclaró:
—Yo viví en 1918 la derrota de Alemania en la primera guerra mundial
cuando era un joven oficial. Entonces tenía fuerzas, pero ahora soy un hombre
viejo y desilusionado.
A continuación, Günsche dijo adiós al jefe de la Gestapo, el general de división de las SS Müller, quien le aseguró que se mataría de un balazo, pues por nada del mundo quería caer en manos de los rusos.
Hacia las diez de la noche Günsche fue a ver a Goebbels, para despedirse de él y de su esposa. La señora Goebbels estaba sentada en un sillón, desesperada. En silencio, estrechó la mano de Günsche y se retiró al dormitorio. La cara de Goebbels tenía un color ceniciento. Con voz apenas audible comentó:
—Yo y mi esposa nos pegaremos un tiro aquí en el búnker. Le deseo que
pueda salir de Berlín sano y salvo.
Goebbels encendió un cigarrillo, dio un apretón de manos a Günsche y desapareció asimismo en su dormitorio.
Seguidamente, Günsche cruzó el camino hacia el búnker de la nueva cancillería del Reich. Allí, desde las nueve y media ya se estaban formando los grupos para la huida. A las diez llegaron, procedentes del búnker de Hitler, el ayudante de Goebbels, Schwägermann, y el ayuda de cámara, Ochs, para sumarse a su respectiva formación. Los dos explicaron a Linge los hechos siguientes: Goebbels y su esposa acababan de pegarse un tiro en el búnker de Hitler. Naumann, Schwägermann, Ochs y otros rociaron los dos cadáveres con gasolina y en el interior mismo del dormitorio de
Goebbels les prendieron fuego.[466] Seguidamente tuvieron muchas dificultades para salir del refugio, ya que la fuerte corriente de aire provocada por las llamas había cerrado las puertas de acero de un golpe.
El médico personal de Hitler, Stumpfegger, a petición de Goebbels, había envenenado a los cinco hijos de éste pocas horas antes, hacia las cuatro de la tarde, mientras Linge aún seguía en el búnker. El veneno lo había mezclado con el café. La señora Goebbels se quedó esperando a Stumpfegger detrás de la puerta de la estancia. Al salir, Stumpfegger le hizo un gesto con la cabeza, para señalarle que los niños
habían muerto.[467] La mujer cayó desmayada y dos soldados de las SS de la guardia personal de Hitler cargaron con ella hasta el dormitorio de su esposo.
Unas dos mil personas abandonaron la cancillería del Reich. La mayoría iban armadas con metralletas, pistolas y bazucas. A éstas se sumaba el grupo de batalla de Mohnke, unos tres mil hombres con varios tanques Tiger, cureñas motorizadas, y equipados con cañones antitanque, lanzaminas y ametralladoras.
El hospital militar permaneció en el búnker de la nueva cancillería del Reich, bajo la dirección del profesor Haase.
El primer grupo, al mando de Mohnke, abandonó el refugio pocos minutos después de las diez de la noche. En él iban, además de un centenar de soldados, Günsche, Hewel, Voss, las secretarias Christian, Junge y Krüger, la cocinera dietista Manziarly y varios oficiales del grupo de batalla de Mohnke. En pequeños grupos cruzaron el patio de honor de la nueva cancillería del Reich, salieron por el gran portal de la Wilhelmplatz y caminaron hasta la parada de metro de Kaiserhof. Desde allí prosiguieron el camino por el túnel del suburbano hasta llegar a la estación de Friedrichstraβe. En los túneles y sobre todo en las estaciones se amontonaban los soldados, los civiles, las mujeres y niños. En todas partes había criaturas que lloraban, mujeres que gritaban histéricas y soldados que daban órdenes o despotricaban. La situación era especialmente desastrosa en la parada de metro de Friedrichstraβe. En este punto se habían levantado barricadas, por lo que era imposible seguir avanzando. Sólo se podía salir en pequeños grupos, pues la artillería rusa disparaba contra los accesos.
Algunos integrantes del grupo de Mohnke se perdieron entre el gentío. Finalmente, Mohnke logró salir del metro con una parte de su séquito y cruzar el puente Weidammer hacia el otro margen del río Spree. Desde allí atravesó los patios de la Charité y, a través de los sótanos comunicados de la Chauseestraβe y pasando delante del cuartel de Maikäfer, llegó a la estación de metro de Wedding. Su grupo se había reducido a unas veinticinco personas, entre las que se contaban el propio Mohnke, Günsche, Hewel, así como las cuatro mujeres, Christian, Junge, Krüger y Manziarly. No se veía un alma en las calles. Muchas casas ardían. Este barrio de la ciudad no había sufrido bombardeos muy intensos. De manera inesperada, la avanzadilla se topó con dos carros de combate T-34 que vigilaban un cruce de calles y que abrieron fuego con sus ametralladoras. Se vieron obligados a retirarse. Intentaron avanzar por las calles laterales. Pero todo era en balde. El pequeño grupo se iba deshaciendo cada vez más. Al final sólo quedaban Mohnke, Günsche, Hewel y las cuatro mujeres.
Lograron alcanzar un refugio antiaéreo junto a la cervecería de la Schönhauser Allee antes del mediodía del 2 de mayo. Allí se escondían varios centenares de soldados alemanes de todas las armas. En este sótano se había instalado el puesto de mando del comandante de la división, el general de división Rauch, y del comandante de una división de paracaidistas, el coronel Herrmann. Mohnke y Günsche, junto con Rauch, Herrmann y otros oficiales, intentaron agrupar otra vez a los soldados y reanudar la marcha. Poco a poco fueron llegando otros oficiales y soldados del grupo de batalla de Mohnke. A ellos se sumaron oficiales de las SS de la guardia personal de Hitler y del Servicio de Seguridad, así como diversos colaboradores del estado mayor personal de Hitler que habían formado parte de los otros grupos. Entre ellos figuraba Rattenhuber, el jefe del Servicio de Seguridad, herido levemente en una pierna.
Hacia las tres de la tarde se acercaron al refugio antiaéreo de la Schönhauser Allee unas unidades rusas.
Al puesto de mando de Rauch y Hermann llegaron oficiales del Ejército Rojo y
explicaron que la guarnición de Berlín ya había capitulado la noche anterior.[468] Para evitar más derramamiento de sangre, exigieron a los alemanes que depusieran las armas y se rindiesen. Se ofrecieron para llevar a Rauch y Mohnke al estado mayor ruso más cercano. Allí se les confirmaría la capitulación de Berlín.
Günsche propuso a las secretarias de Hitler y a la señora Manziarly salir del refugio antiaéreo y continuar por sí mismas. Ellas se mostraron de acuerdo. Mohnke entregó a la señora Christian un saquito que contenía unos brillantes. Burgdorf había custodiado aquellas piedras, destinadas a adornar las más altas condecoraciones. Luego, Burgdorf se las había entregado a Mohnke en el momento de abandonar la cancillería del Reich.
Hacia las cuatro de la tarde, Mohnke, Rauch y Günsche, acompañados por uno de los oficiales rusos, se dirigieron en coche al estado mayor del Ejército ruso. Una vez allí, un general soviético les informó de que el comandante de Berlín, el general Weidling, había capitulado durante la noche del 1 al 2 de mayo.
El general declaró:
—Por fin se ha acabado esta horrible guerra. Todos deberíamos
felicitamos por ello.
Mohnke, Rauch y Günsche volvieron al refugio antiaéreo de la Schönhauser Allee en compañía del mismo oficial. Entretanto, habían dado ya casi las diez de la noche. Los soldados y oficiales habían caído en manos de los rusos. El refugio antiaéreo y los espacios vecinos habían sido ocupados por las tropas del Ejército Rojo. Cuando llegaron Mohnke, Rauch y Günsche, se encontraron con Hewel, el profesor y coronel de las SS Schenck, un teniente coronel y varios oficiales más jóvenes, que se habían ocultado del enemigo en el interior de una pequeña cámara. Mohnke les explicó a éstos que todo había acabado. Entraron entonces unos oficiales rusos y les exigieron que depusieran las armas y que les siguieran. En ese momento, Hewel sacó su pistola y con ella se pegó un tiro. Los demás entregaron sus armas y siguieron a los oficiales soviéticos.
El tercer grupo, el de Kempka y Linge, no abandonó el búnker de la nueva cancillería del Reich hasta las diez y media de la noche aproximadamente. A él pertenecían también otros miembros de las SS de la guardia personal de Hitler así como los chóferes y los ordenanzas.
Cuando Linge, Kempka y el resto del grupo salieron a la Vossstraβe, el distrito gubernamental aún seguía bajo el fuego permanente de la artillería rusa. En la oscuridad sólo se podían reconocer ruinas. Por todas partes se levantaban hacia el cielo las fachadas medio derruidas de las casas. De las ventanas salían gruesas columnas de humo. En las calles perforadas por las bombas y granadas se amontonaban vigas, restos de las fachadas y ladrillos. El cielo se iluminaba por el reflejo de los innumerables incendios. Linge, Kempka y los demás se encaminaron a la estación de metro de Wilhelmplatz pasando por delante de las ruinas. Luego siguieron por un túnel hasta llegar a la estación de Stadtmitte. De allí se dirigieron caminando por la destrozada Friedrichstraβe, hasta la estación del mismo nombre. En el otro extremo del puente de Weidendammer, los soldados del grupo de Mohnke se enfrentaban a tiros con los rusos, que los tenían bajo fuego de barrera desde las casas de la Chausseestraβe. Los soldados alemanes intentaban abrir una brecha con la ayuda de sus blindados. Pero no lo lograban.
Linge pudo ver desde su lado del puente cómo Bormann y Naumann saltaban encima de un tanque alemán que pasaba por delante de ellos, para intentar atravesar de esta manera las líneas rusas. También vio que se lanzaba una granada contra el carro de combate. En aquellos mismos instantes cayeron en el puente de Weidendammer Albrecht, Högl y muchos otros colaboradores del servicio personal de Hitler. Linge, que en la confusión había perdido a Kempka, se sumó con los restos de su grupo a un pelotón del grupo de batalla de Mohnke. Éste, junto a centenares de civiles, logró llegar desde la Friedrichstraβe hasta la Seestraβe atravesando los túneles del metro. Entre ellos estaba también Schach, el Gauleiter adjunto de Berlín.
La mañana del 2 de mayo, los soldados rusos comunicaron a los integrantes de este grupo que en el transcurso de la noche Berlín había capitulado. Les exigieron que
se rindiesen. En vista de ello, Schach se suicidó de un disparo.[469] Linge y los restantes integrantes del grupo partieron al cautiverio.
El 8 de mayo de 1945, Alemania capituló. Así acabó el «Tercer Reich», que según Hitler estaba destinado a durar mil años. A su llegada al poder, el Führer había prometido al pueblo alemán:
—Cuando lleve diez años en el poder, nadie será capaz de reconocer a
Alemania. [470]
Y en efecto, Alemania era irreconocible después de haber tenido que padecer a Hitler: un país en ruinas y reducido a escombros. Hasta Hitler se había quitado la vida con sus propias manos por temor a los rusos.