El laberinto
Capítulo 22
Mientras Tatou galopaba por la llanura, ella se preguntó si eso sería lo que sentiría el alma cuando abandonaba el cuerpo al partir para sus cuatro días de viaje hacia el cielo. ¿Tendría esa misma sensación de la gracia de Dios, esa trascendencia, ese desprendimiento de toda bajeza, de todo lo físico, hasta que sólo quedara el espíritu?
Alaïs sonrió. Los parfaits predicaban que llegaría el día en que todas las almas se salvarían y todas las preguntas recibirían respuesta en el cielo.
Pero de momento, estaba dispuesta a esperar. Había demasiado que hacer en el mundo para que ella pensara en dejarlo.
Arrastrando su sombra tras de sí, todos los pensamientos de Oriane y de la casa, y todos los temores se desvanecieron. Era libre. A sus espaldas, las paredes y torres color arena de la Cité se fueron volviendo cada vez más pequeñas, hasta desaparecer por completo.
CAPÍTULO 22
Toulouse
Martes 5 de julio de 2005
En Blagnac, el aeropuerto de Toulouse, el oficial de seguridad prestó más atención a las piernas de Marie-Cécile de l’Oradore que a los pasaportes de los otros pasajeros.
Las cabezas se iban volviendo tras ella, mientras recorría la extensión de austeras baldosas grises y blancas. Sus simétricos rizos negros, su traje sastre color rojo, su inmaculada camisa blanca, todo la señalaba como
alguien importante, como una persona que no guardaba cola ni estaba dispuesta a que la hicieran esperar.
Su chofer habitual la estaba aguardando junto a la puerta de llegadas, destacando con su traje oscuro entre la multitud de parientes de pasajeros y entre los turistas con camiseta y pantalones cortos. Ella le sonrió y le preguntó por su familia mientras se dirigían al coche, aunque tenía la cabeza en otras cosas. Al encender el móvil, había un mensaje de Will, que ella borró en seguida.
Cuando el coche se incorporó suavemente al torrente de tráfico del cinturón de Toulouse, Marie-Cécile se permitió relajarse. La ceremonia de la noche anterior había sido más emocionante que nunca. Sabiendo que la cueva había sido localizada, se había sentido transfigurada, colmada por el ritual y seducida por el poder heredado de su abuelo. Cuando levantó las manos y recitó el conjuro, había sentido energía pura fluyendo por sus venas.
Incluso la tarea de silenciar a Tavernier, un iniciado que había demostrado ser poco fiable, se había consumado sin dificultad. A condición de que ninguno hablara -y ahora estaba segura de nadie lo haría-, no había nada de que preocuparse. Marie-Cécile no había perdido el tiempo dándole la oportunidad de defenderse. La transcripción de las conversaciones que había mantenido con una periodista era prueba suficiente, en lo que a ella concernía.
Sin embargo… Marie-Cécile cerró los ojos.
Había algunos detalles al respecto que la inquietaban: la forma en que la indiscreción de Tavernier había salido a la luz, el hecho de que las notas de la periodista fueran asombrosamente concisas y coherentes, y la desaparición de la propia periodista.
Lo que más le preocupaba era la coincidencia en el tiempo. No había razón para relacionar el hallazgo de la cueva en el pico de Soularac con una ejecución ya planeada -y posteriormente llevada a cabo- en Chartres, pero en su mente ambos hechos habían quedado vinculados.