El laberinto
E L R e G R e S o
Sajhë hizo un gesto negativo.
–Pero ¿por qué no me lo ha dicho? – dijo ella con voz temblorosa-. ¿No confía en mí?
–Tú no habrías aceptado separarte de ella.
Alaïs recostó la cabeza sobre un árbol. Se sentía abrumada por la magnitud de su tarea. Sin Esclarmonda, no sabía cómo iba a encontrar la fuerza para hacer lo que se le exigía.
Como si pudiera leer su mente, Sajhë le dijo:
–Yo os protegeré. Y no será por mucho tiempo. Cuando le hayamos entregado el Libro de las palabras a Harif, volveremos a buscarla. Si es qissi, es aissi. Será lo que tenga que ser.
–Ojalá todos fuésemos tan sabios como tú.
Sajhë se ruborizó.
–Tenemos que ir por aquí -dijo el chico, señalando el dibujo-. Es un pueblo que no aparece en ningún mapa, pero la menina lo llama Los Seres.
«Claro.» No era sólo el nombre de los guardianes, sino un lugar.
–¿Lo ves? – dijo Sajhë-. Está en los montes Sabarthès.
Alaïs asintió.
–Sí, sí -dijo ella-. Por fin creo que lo veo.
E L R E G R E S O
A L A S M O N T A Ñ A S
CAPÍTULO 63
Montes Sabarthès
Viernes 8 de julio de 2005
Audric Baillard estaba sentado a la mesa de lustrosa madera oscura de su casa, a la sombra de la montaña.
El techo del cuarto de estar era bajo y el suelo estaba pavimentado con grandes losas del color rojizo de la tierra de la montaña. Había hecho pocos cambios. A esa distancia de la civilización, no había electricidad, ni agua corriente, ni automóviles ni teléfono. El único ruido era el del reloj, marcando el paso del tiempo.
Había una lámpara de aceite sobre la mesa, ya apagada y, a su lado, una jarra de cristal, llena casi hasta el borde con guignolet, que inundaba la habitación con su sutil aroma a alcohol y cerezas. En el lado opuesto de la mesa, una bandeja de latón con dos copas y una botella de vino tinto sin abrir, junto a un pequeño cuenco de madera con bizcochos de especias, cubierto con una servilleta blanca de hilo.