El laberinto
Capítulo 2
Los motivos son idénticos.
Alice no es religiosa. No cree en el cielo ni en el infierno, ni tampoco en Dios, ni en el diablo, ni en las criaturas que supuestamente merodean por esas montañas. Pero por primera vez en su vida, la abruma la sensación de estar en presencia de algo sobrenatural, algo inexplicable y fuera del alcance de su experiencia y su capacidad de comprensión. Siente que la maldad le repta por la piel, el cuero cabelludo y las plantas de los pies.
Su valor flaquea. De pronto la cueva se ha vuelto gélida. El miedo se adueña de su garganta y le congela el aire en los pulmones. Consigue ponerse en pie. No debería estar allí, en ese lugar antiquísimo. Ansia con desesperación salir de la cámara, lejos de los indicios de violencia y el olor a muerte, y volver a la luminosa y segura luz del día.
Pero es tarde.
Por encima o por detrás de donde está -no sabría decirlo-, se oyen pasos.
El sonido reverbera en el espacio cerrado, bota y rebota en las paredes rocosas. Alguien viene.
Alice se vuelve, alarmada, y deja caer el mechero. La cueva queda sumida en la oscuridad. Intenta correr, pero en la negrura está desorientada y no encuentra la salida. Tropieza. Le fallan las piernas.
Se cae. El anillo sale despedido hacia la pila de huesos, el lugar donde pertenece.
CAPÍTULO 2
Los Seres
Sudoeste de Francia
Unos cuantos kilómetros al este en línea recta, en un pueblo perdido de los montes Sabarthès, un hombre alto y delgado, de traje claro, está sentado solo ante una mesa de lustrosa madera oscura.
El techo de la habitación es bajo y el suelo, de grandes baldosas cuadradas del color de la tierra roja de las montañas, que mantienen fresco el ambiente pese al calor que hace fuera. El postigo de la única ventana está cerrado, de modo que reina la oscuridad, a excepción de la charca de luz amarilla que proyecta una pequeña lámpara de aceite colocada sobre la mesa. Junto a la lámpara hay un vaso alto, lleno casi hasta el borde de un líquido rojo.
Hay varias hojas de grueso papel color crema dispersas por la mesa, todas ellas cubiertas con líneas y líneas de pulcra escritura en tinta negra. La habitación está en silencio, a excepción del rasgueo de la pluma sobre el papel y el tintineo del hielo al chocar con los lados del vaso, cuando el hombre bebe. Se nota un tenue aroma a alcohol y cerezas. El tictac del reloj marca el paso del tiempo, mientras el hombre hace una pausa, reflexiona y vuelve a escribir.
Lo que dejamos en esta vida es el recuerdo de quienes hemos sido y de lo que hemos hecho. Una huella, nada más. He aprendido mucho. Me he vuelto sabio. Pero ¿he hecho algo digno de mención? No sabría decirlo. Pas a pas, se va luènh.
He visto el verde de la primavera transmutarse en el oro del verano, y el cobre del otoño tornarse en el blanco del invierno, mientras esperaba a que