El libro negro de las marcas
Suplicios de Tántalo para los Teléfonos Celulares
SUPLICIOS DE TÁNTALO PARA LOS TELÉFONOS
CELULARES
Hombres, mujeres y niños se desloman en las minas congoleñas para poder
abastecer de un valioso metal a las compañías electrónicas occidentales y a
la empresa Bayer. Miles mueren por el coltan, que así contribuye a financiar
la “Primera Guerra Mundial Africana”.
CRÓNICA DE KLAUS WERNER
Faida Mugangu [1] mira absorta la pared gris de la habitación. El doctor Ngabo se
acerca a esta mujer raquítica para hablarle, le toca cuidadosamente la mano. No hay
reacción. La mujer, de unos treinta años, abraza con fuerza —casi se diría que con
demasiada fuerza— al bebé que está junto a ella, envuelto en una manta sobre la
cama. Según el parte médico proporcionado por Deogratias Ngabo, doctor del
Hospital “Caridad Maternal” en la ciudad congoleña de Goma, Faida Mugangu tiene
gastritis. Una vez que abandonamos la habitación, el propio doctor Ngabo nos cuenta
qué es lo que le pasa realmente a su paciente: hace un par de semanas perdió a casi
toda su familia. A las cuatro de la madrugada, debió ver cómo unos soldados
fusilaban a su esposo y mataban a machetazos a tres de sus hijos. Protegida por la
oscuridad, ella pudo escapar con el más pequeño hacia los platanares. Al día
siguiente, Faida Mugangu sepultó el cadáver de su esposo y los cuerpos
despedazados de sus dos hijas y del primogénito, enterrándolos con sus propias
manos en el blando suelo volcánico. Después de eso, no pudo comer nada, nadie sabe
bien por cuánto tiempo: una, dos, tres semanas… Un día apareció allí, frente al
portón de hierro del hospital diocesano, con el bebé a cuestas acurrucado en un
manto, destruida en cuerpo y alma. Desde aquel momento no pronuncio una sola
palabra más. “Nadie sabe quiénes son los asesinos”, dice el doctor Ngabo, a quien
Faida por entonces le confió su historia.
Aquí, en la región de Kivu, al este de la República Democrática del Congo, en
realidad el asesino podría ser cualquiera. Ya nadie sabe a ciencia cierta quién está de
qué lado. Al amparo de los bosques y a la sombra de los grandes frentes, torturan,
matan, violan y saquean las milicias, los bandoleros y los grupos étnicos
contrapuestos, pero también lo hacen los propios ejércitos de las principales
facciones.
Esta tierra está siendo asolada desde agosto de 1998 por la “Primera Guerra
Mundial Africana”, una guerra que es casi desconocida en Europa y que parece no
quitarle el sueño a nadie. África está muy lejos, y los africanos tienen la costumbre de
morir antes de tiempo. Hasta el momento, considerando únicamente la región dominada por los rebeldes, en la parte oriental del país, la guerra se ha cobrado 2,5
millones de vidas.[2] Se estima que un tercio de las víctimas eran niños. En la región
de Kalemie, según Médicos Sin Fronteras, tres de cada cuatro niños mueren antes de
alcanzar su segundo año de vida. A esto se le suman más de 2 millones de
desplazados y 16 millones de personas que padecen hambre y enfermedades. Claude
Jibidar, quien dirige la organización de ayuda humanitaria World Food Program en la
ciudad de Bukavu, al este del país, explica que ya hay más adultos desnutridos que
niños desnutridos. “¿Por qué? Lisa y llanamente, porque los niños están muertos”.[3]
El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas habla de “una de las peores crisis
humanitarias del planeta”.[4]
Crueldades inimaginables
Un informe reciente del secretario general de la ONU, Kofi Annan, revela que los
asesinatos en masa, las ejecuciones extrajudiciales y las detenciones ilegales son
moneda corriente en el Congo.[5] A modo de ejemplo, se describe una masacre de
más de doscientas personas: “La mayoría de las víctimas eran civiles, entre ellos,
mujeres y niños. A algunos los asesinaron a machetazos, a otros los decapitaron. Los
cuerpos fueron arrojados a las letrinas públicas”.
Las mujeres son las más afectadas: “Ellas se ven sometidas a todas las vejaciones
imaginables de la guerra. Los soldados las acosan, las humillan y las violan, a veces
ante los ojos de sus esposos o hijos”. Por eso corren un “enorme riesgo de contagiarse
el VIH/sida”.[6]
En el Congo han apostado sus tropas siete naciones africanas. El ejército del
gobierno es apoyado por tres Estados vecinos: Zimbabwe, Angola y Namibia. En
cambio, las regiones norte y este están ocupadas por dos grandes movimientos
rebeldes y por decenas de miles de soldados provenientes de dos países limítrofes
orientales: Ruanda y Uganda.
Pero en la guerra hay otras facciones: desde hace un largo tiempo, las
corporaciones industriales occidentales explotan salvajemente las materias primas de
este coloso centroafricano y no dudan en financiar a los rebeldes y a los ejércitos.
Incluso a veces trabajan codo a codo con ellos. Porque es mucho el dinero que está en
juego.
Por absurdo que suene, el Congo es uno de los países más ricos de la Tierra. Allí
se puede encontrar oro, plata, diamantes, petróleo, cobre, cobalto, estaño y otras
preciadas riquezas del subsuelo. El principal frente bélico tiene lugar —no por
casualidad— a lo largo de las grandes minas.
Guerra por las riquezas del subsuelo
“El conflicto del Congo gira básicamente en torno al control y al comercio de los
recursos minerales”. Esa es la conclusión central de un informe de la ONU sobre la
“explotación ilegal de los recursos naturales de la República Democrática del
Congo”. Este documento, publicado el 16 de abril de 2001 en Nueva York[7], hace
referencia a un saqueo sistemático de las riquezas del subsuelo, sobre todo en la
región oriental, controlada por los rebeldes. Ruanda y Uganda “les han proporcionado
a los cárteles criminales una oportunidad única para que hagan negocios en esta zona
tan delicada”, señala el informe. Y agrega que esos cárteles delictivos tienen
conexiones en todo el mundo y representan un grave problema de seguridad para la
región.
El hecho de que haya guerras por las riquezas del subsuelo no tiene nada de
nuevo. En África el tema suelen ser los diamantes, que se han hecho conocidos como
“diamantes de sangre” o “diamantes de conflicto”. Con su venta, por ejemplo, los
líderes rebeldes de Angola y Sierra Leona financian sus “revoluciones”, sirviéndose
de una red mañosa internacional compuesta por traficantes de armas, de drogas y de
materias primas. En junio de 1998, el Consejo de Seguridad de la ONU estableció por
primera vez una prohibición para trabar la venta de los “diamantes de sangre”
provenientes de Angola, en donde Joñas Savimbi y sus rebeldes de UNITA llevan
adelante una feroz guerra civil. A esto le siguió un embargo contra Sierra Leona en el
año 2000. En dicho país, Foday Sankoh (Frente Revolucionario Unido, RUF) no sólo
ha adquirido mala reputación por la utilización de niños soldados, sino especialmente
por su “marca registrada”: amputar el brazo a los opositores sin ningún miramiento.
De acuerdo con estimaciones, el comercio de diamantes le aporta ingresos anuales
por valor de 120 millones de dólares estadounidenses. A pesar del embargo de la
ONU, los “diamantes de sangre” dan un rodeo y continúan desembarcando en las
grandes tiendas internacionales de Amberes, Ginebra, Nueva York y Tel Aviv. La
empresa sudafricana De Beers, líder mundial en el comercio de diamantes, antes
realizaba sus compras en Angola, pero ahora asegura que sólo ofrece mercadería
“limpia”. Verificarlo es prácticamente imposible.
El valioso tántalo como causa de guerra
También en el Congo el tema son los diamantes. Por supuesto que además lo son
el oro, el cobre y el cobalto. Sin embargo, estos metales han quedado un poco
relegados debido a la baja en el mercado internacional, y un elemento que hasta el
momento era relativamente desconocido se convirtió en el centro de las disputas: el
tántalo, un metal con un punto de ebullición sumamente alto y una elevada densidad,
es ahora una de las materias primas más codiciadas en el mundo entero. Se emplea
sobre todo en condensadores electrolíticos, como los de los teléfonos celulares y las
computadoras Pentium. También se utiliza, aunque en menor escala, para fabricar armas y equipos médicos.
Los precios internacionales se han disparado de manera exorbitante no sólo por el
boom de los teléfonos celulares y el constante desarrollo del mercado de la
computación, sino también por la aplicación en productos tales como Playstation de
Sony o Gameboy de Nintendo. Entre febrero de 2000 y enero de 2001, la cotización
del kilo de tántalo en la Bolsa de Metales de Londres ascendió de 180 a 950 euros (es
decir, a más del quíntuple)
Tántalo
El tántalo es un elemento metálico raro que se identifica con el símbolo
químico Ta. En la naturaleza, aparece principalmente como pentóxido de
tántalo (tantalita, Ta2O5) junto con el niobio (columbita, Nb2O6) Las
mayores reservas se encuentran en Australia, Brasil, Canadá y África (sobre
todo en la República Democrática del Congo, ex Zaire) En otras regiones, por
ejemplo en Malasia y Nigeria, el tántalo también se encuentra como producto
residual en las escorias de estaño.
En el Congo, la combinación columbitatantalita es denominada en forma
abreviada como coltan. El coltan se extrae, a mano o bien utilizando
herramientas rudimentarias, a partir de sedimentos aluviales y eluviales
(fluviales y erosivos) Su aspecto se asemeja a la de una grava o arena sucia y
grisácea. El tántalo es muy duro, tiene una alta densidad y es sumamente
resistente al calor, a la oxidación y a los ácidos. De ahí que se adapte mejor
que cualquier otro metal a las superaleaciones empleadas para equipos
quirúrgicos, armas de alta tecnología, reactores nucleares, lentes de cámaras
fotográficas y aparatos de visión nocturna.
De todos modos, la mayor parte de la producción mundial se utiliza para
fabricar condensadores electrónicos (diminutos aparatos que almacenan carga
eléctrica), con lo cual termina siendo destinada a teléfonos celulares,
computadoras, consolas de videojuegos e incluso detectores de humo y
automóviles.
Información: http://www.tanb.org
El tántalo fue descubierto en 1802 por un químico sueco llamado Eckberg. El
científico cayó casi en la desesperación al ver que resultaba tan complicado investigar
este metal resistente a los ácidos. Por eso le dio a su descubrimiento el nombre del
dios griego Tántalo, que está condenado a sufrir eternamente en el submundo. Un
nombre muy acertado.
Aproximadamente una quinta parte de la producción mundial procede del Congo,
donde el tántalo se obtiene a partir de un mineral llamado coltan. Al este del país, es
decir, en medio de la zona del conflicto, es la materia prima más codiciada y
disputada. Militares y rebeldes de todas las facciones combaten para lograr la supremacía en la región de las minas. Las excavaciones las realiza la población civil
—incluso muchos niños—, simplemente con las manos y con unas herramientas de lo
más rudimentarias; luego el metal desemboca en el mercado mundial a través de
dudosos canales; es transportado en aviones Antonov, de fabricación rusa, que a su
regreso traen armas para los rebeldes. “Allí radica el círculo vicioso de la guerra”,
dice el informe de la ONU al analizar el saqueo ilegal de las materias primas. “El
coltan le permite al ejército ruandés justificar su permanencia en el Congo. El ejército
protege a las empresas y a los individuos que extraen el mineral. Éstos reparten sus
ganancias con el ejército, que vuelve a crear las condiciones para que la explotación
continúe”.
Pero ¿cuáles son las empresas que lucran con esta explotación?
Bayer, el fabricante de la aspirina, en el papel protagónico
Nadie intentó indagar en aquel momento, en diciembre de 2000, cuando parecía
que Manfred Schneider, presidente del Consejo de Dirección de Bayer, había hallado
la piedra filosofal: con el tántalo, utilizado en la telefonía celular, la compañía obtenía
tasas de crecimiento que no le iban en zaga a la Nueva Economía. “Gracias a él,
obtenemos grandes ganancias en forma sostenida, algo que, seguramente, no todas las
empresas de la Nueva Economía están en condiciones de afirmar”, le confió a la
revista [8] Der Spiegel . Schneider sabe de qué está hablando: su empresa es líder en el
mercado mundial en lo referente al tántalo. Según los conocedores del rubro, H. C.
Starck (una subsidiaria de Bayer con ventas por 665 millones de euros[9], sede en la
ciudad alemana de Goslar y sucursales en EE.UU., Tailandia y Japón) elabora más de
la mitad de la producción mundial y le suministra este metal noble a la industria
electrónica.
“En todo equipo electrónico hay condensadores de tántalo”, se entusiasma
Manfred Bütefisch, vocero de H. C. Starck. “Para los primeros Pentium se
necesitaban apenas cincuenta de estas piezas, ahora ya hacen falta entre doscientas y
trescientas”.[10] Bütefisch agrega que este hecho, sumado a las impresionantes tasas
de crecimiento que se dieron en el mercado de la telefonía celular, determinó un
aumento descomunal en el precio de la materia prima del tántalo.
La empresa oculta el origen
Lo que el vocero de la empresa no quiere decir es de dónde viene el tántalo. “Son
minerales que pueden extraerse en distintos continentes”. ¿En cuáles? “Lo siento,
pero no puedo darle información acerca de eso”. ¿Por qué no? “Son datos internos”.
En noviembre de 2000, el periódico berlinés die tageszeitung (taz) estableció por primera vez una relación entre la empresa y el Congo, aunque sin llegar a afirmar en
forma explícita que H. C. Starck adquiriera sus materias primas en la zona de guerra.
El autor de la nota simplemente confirmó que el tántalo se extraía de la región
congoleña ocupada por los rebeldes y que la poderosa filial de Bayer estaba
involucrada en su procesamiento.[11] Bütefisch dixit “En sí, ambas cosas son ciertas”.
Un par de semanas más tarde, el taz consignó que con la exportación de coltan se
financiaba, a través de una red comercial mañosa, a las facciones enfrentadas en el
conflicto bélico.[12]
Acto seguido, intenté que Manfred Bütefisch me respondiera si su empresa estaba
involucrada en el financiamiento de la guerra del Congo.[13] Su respuesta: “Todos los
que tienen yacimientos de materias primas en países en desarrollo deben lidiar con
ese tipo de acusaciones. Nosotros ya estamos acostumbrados, por eso no decimos
nada al respecto”. ¿Por qué no aclaró simplemente que la empresa no lo obtenía
desde el Congo? “Si entro en esa discusión, me pongo yo mismo en el centro de la
escena. Y no queremos eso, no lo necesitamos”. ¿Qué significaba eso, que no
descartaba que el metal proviniera del Congo? “No diré ni una cosa ni la otra”.[14]
¿El tántalo no viene del Congo?
Buscaba una prueba. Lo que más me irritaba era que todos los expertos en
materias primas afirmaban que prácticamente no se exportaba tántalo desde la región
comprendida por el Congo y Ruanda. “Puede ser que allí se produzcan un par de
kilos —tal vez cien kilogramos— de tantalita, pero no más que eso”, me informó
Manfred Dahlheimer, del Instituto Alemán de Ciencias Geológicas y Materias
Primas.[15] El propio Larry Cunningham, quien forma parte del instituto
norteamericano de investigación US Geological Survey y aparentemente es
considerado como el mayor especialista mundial en tántalo, se lamentó:
“No hay datos del Congo”. Agregando luego: “Pero todo es posible”. [16]
Sin embargo, un periodista congoleño me había contado que mes a mes se
exportaban desde su país 200 toneladas del mineral, lo cual equivale casi a la quinta
parte de la producción mundial.[17] Judy Wickens, perteneciente al TantalumNiobium
International Study Center (una representación de los intereses sectoriales de la
industria), también había oído rumores que hablaban de estas cifras, pero no quiso
ahondar en el asunto. “Los datos comerciales de nuestros miembros (nota: entre ellos
se cuenta, por ejemplo, H. C. Starck) debemos manejarlos en forma confidencial. Y
otros datos no tenemos”.[18] Además, Wickens me advirtió que de todos modos es
difícil comprender a fondo los circuitos comerciales. Porque generalmente se
desarrollan a través de intermediarios. Y porque lo que figura en los expedientes de la
Aduana… “¿acaso cree usted que eso se hace en forma honesta y como es debido?”
Averiguaciones secretas
Al parecer, el comercio con el Congo estaría floreciendo bajo el más absoluto
encubrimiento. Para conocer mayores detalles, decidí entrar personalmente en el
negocio a modo de intermediario. Por supuesto, no quería comerciar realmente con el
tántalo, sino investigar en secreto. En Internet encontré algunos indicios: allí hay
bolsas de comercio virtuales, en las cuales individuos y empresas se abren camino
para sus operaciones internacionales.[19] El espectro abarca desde café hasta peces
dorados, pasando por riquezas del subsuelo.
También existe una demanda ¡urgente! de tántalo. Muchos de los traficantes de
materias primas tienen su sede en Alemania. En el Registro Comercial sólo aparecen
unos pocos. Algunos tienen denominaciones que no remiten al tráfico de las valiosas
riquezas naturales. Por ejemplo, la firma Equatorial Safaris de Tanzania, que
oficialmente organiza [20] campings en el Parque Nacional Serengeti, pero que —
según la bolsa de intercambio de Internet— tiene “140 toneladas de tantalita” en
stock. O la BTHS Handelsund Seafood GmbH de Hamburgo, que compra “1520
toneladas de tantalita del Congo y de Ruanda” y que está constantemente a la
búsqueda de “cantidades adicionales debido a la inestable situación política en la
región”.[21] Un caballero o una dama de nombre Surojeet Banerjee, a través de la
dirección surojeetjp@hotmail.com, también busca “tantalita para Alemania.
Posibilidad de relación a largo plazo”.[22]
Sonaba tentador. Pero para ingresar al negocio, yo necesitaba una nueva
identidad. Eso no era problema: Internet brinda identidades sin exigir documentos, ya
que en el mundo virtual la dirección de correo electrónico rige tanto para el nombre
como para el domicilio. Perfectamente uno puede enviar y recibir cartas o
documentos como george.bush@gmx.net o como juan.pablo.II@hotmail.com,
siempre y cuando la idea no se le haya ocurrido antes a otro.[23]
A los cinco minutos ya era un hombre nuevo.
Nombre: Robert Mbaye Leman. Lugar de residencia: Arusha, Tanzania.
Ocupación: Comerciante de materias primas. Señas particulares: Buenas relaciones
con el escenario de los rebeldes en el Congo. Encargo: Vender 40 toneladas del más
fino coltan congoleño a Alemania.
La noche del 31 de enero de 2001 envié mi oferta al ancho mundo, a una docena
de intermediarios. Pedía 10.000 dólares estadounidenses por cada tonelada de materia
prima. Con esa cifra, me situaba muy por debajo del precio internacional (demasiado,
en realidad) Pero lo importante era que ese precio inigualable llamara la atención.
Habían transcurrido apenas dieciséis minutos desde mi clic en “Enviar”, cuando
llegó la primera respuesta. Un tal Rashid Remtula quería saber cuál era la proporción
de tántalo, niobio, uranio y torio en el mineral ofertado. Buena pregunta.
Honestamente, no tenía ni idea de qué responder, y decidí que a partir de ese
momento me desdoblaría. Es decir, yo mismo publiqué de inmediato un aviso solicitando tántalo de manera urgente. Sería un curso intensivo de mineralogía. Si
quería evitar el fracaso, debía familiarizarme rápidamente con la terminología más
usual. Al cabo de unas pocas horas recibí una oferta de la firma Vitalpharm, de la
cual se inferían los datos más importantes. Ahora sí que estaba preparado.
Unas horas después de mi primer email, me llegó el pedido que estaba esperando:
el de Surojeet Banerjee, el que buscaba “tantalita para Alemania” en una “relación a
largo plazo”. También él o ella exigía información más detallada sobre la calidad del
material. Además, Banerjee reclamaba para sí una comisión del 2% como condición
para cerrar el trato. En tal caso, el material podría ser embarcado hacia Amsterdam.
En el transcurso de dos días, se presentaron ante mí —o sea, ante Robert Mbaye
Leman— otros seis traficantes, todos interesados en comprar el coltan. Entre ellos, el
organizador de safaris de Tanzania, la firma austríaca Treibacher (que también
procesa el tántalo) y BTHS Handelsund Seafood GmbH, la empresa pesquera de
Hamburgo. Esta última reconoció dos meses más tarde, en una entrevista con el
periódico taz, que compraba tántalo congoleño a través de Uganda y que lo
comercializaba en Alemania: “Los precios son increíbles”.[24]
Bayer quiere comprar coltan del Congo
Estimulado por la fuerte repercusión, el 1.º de febrero de 2001 envié mi oferta
inmoral a los departamentos de compra de H. C. Starck en Alemania, Japón, EE.UU.
y Tailandia. En inglés, pedí que me informaran si a la empresa Bayer le interesaba
adquirir coltan procedente de la zona congoleña bajo dominio rebelde: “Puedo
ofrecerles una buena cantidad (aproximadamente 40 toneladas) de tantalita, que tengo
actualmente en depósito en Bukavu (República Democrática del Congo) Si el negocio
se desarrolla con la máxima rapidez, puedo venderla a un precio muy ventajoso.
Atentamente, Robert Mbaye Leman, Arusha, Tanzania”.
Esa misma noche recibí una respuesta. Jürgen Bonjer, comprador de la empresa
Bayer en Tailandia, escribió: “Estimado Señor Leman: En general, estamos
interesados en comprar todo tipo de materias primas del tántalo. Por favor, háganos
llegar los análisis, una muestra representativa de las 40 toneladas y su precio
tentativo. No bien tengamos esta información, le enviaremos de inmediato nuestra
respuesta. Atentamente, Dr. Bonjer”.
Envié inmediatamente los datos solicitados. Justifiqué el precio tan bajo
aludiendo a la “peculiar situación política de la región”. A partir de allí no recibí
ninguna otra respuesta. ¿Era demasiado bajo el precio? ¿Acaso el Dr. Bonjer había
olido algo raro? ¿O simplemente se había acobardado y había decidido dar marcha
atrás en el negocio sucio?
Bayer también compra a través de intermediarios
Para averiguar si los intermediarios vendían su coltan a la empresa Bayer, les pedí
los nombres de sus clientes. Dije que de ese modo podría evaluar la confiabilidad
financiera de mis compradores. Un tal Dr. Bronsart, de Bvs Ltd. Germany, respondió
con un ingenioso juego de palabras que sólo puede comprenderse mediante el texto
original en inglés: “We nave no problem proving seriousity and financial capabilities
of the contracting BUYER which is a subsidiary of one of the largest chemistry
concerns in the world”. En español: No hay problema: El que figura como
COMPRADOR (BUYER, pronuncíese: BAYER) en nuestro contrato es la subsidiaria
de una de las mayores compañías químicas del mundo. En otro mail, Bronsart fue
más explícito: “El comprador es H. C. Starck, de Alemania, cuyo departamento de
compra de materias primas tiene su sede central en Goslar”. Además, me hizo notar
que a la empresa le resultaba sospechosa una oferta tan barata: “Hay algo que huele
mal”.
Decidí pasar a la ofensiva. Le conté a Bronsart de manera confidencial que mi
socio en el Congo era Somigl, una firma que desde noviembre de 2000 tenía el
monopolio en la exportación de coltan. “Todos los meses, Somigl cede una
determinada cantidad de mineral a comerciantes como yo, que, a su vez, la ayudan a
efectuar ciertos negocios internacionales. Como usted sabe, la región es políticamente
inestable, y siempre se necesitan negocios de importación-exportación que puedan
desarrollarse a través de canales no oficiales. Tenga en cuenta que esto es África y
que aquí la manera de hacer negocios es un poco distinta de la europea”.
Enemigos mortales transformados en socios comerciales
La mencionada firma Somigl (Sociedad Minera de los Grandes Lagos)
efectivamente existe. Fue fundada por el grupo rebelde más importante, la
Agrupación Congoleña por la Democracia (RCD) El objetivo de este movimiento,
que cuenta con el apoyo de Ruanda, era monopolizar el comercio de coltan y
asegurarse así cada mes un millón de dólares estadounidenses provenientes de
ingresos fiscales. El RCD puso al frente del negocio a una mujer tristemente célebre
en toda la región: Madame Aziza GulamaliKulsum, quien controla ya desde hace
años buena parte del comercio con el preciado mineral. A esta dama se le atribuye un
papel central dentro del tráfico de armas desarrollado entre las distintas facciones que
intervienen en la guerra. Por ejemplo, durante años constituyó la principal fuente de
apoyo financiero de los rebeldes hutus en Burundi, que en la actualidad operan desde
la vecina República Democrática del Congo. Conforme a lo señalado por un instituto
de investigación congoleño, Madame Gulamali es “uno de los principales miembros
de una red dedicada al tráfico de armas”, en una región donde ella ha construido “una
gigantesca organización para el contrabando (cigarrillos, oro, marfil, armas, etc.)”[25].
Se dice que Madame Gulamali mantiene excelentes relaciones no sólo con los
rebeldes, sino también con sus adversarios. De este modo, los bandos opuestos
combaten militarmente en los distintos frentes de esta horrorosa guerra y, al mismo
tiempo, mantienen relaciones comerciales a través de una estructura de tipo mañoso.
Según un informe de la ONU, Madame Gulamali no sólo controla el tráfico de
coltan, sino que además es conocida por falsificar billetes y declaraciones aduaneras,
“sobre todo para los productos que ella exporta”. Hace poco, al ser confrontada con
declaraciones de aduana falsas (en donde el coltan aparecía como mineral de estaño),
ella respondió: “En este negocio, eso lo hacen prácticamente todos”.[26]
Ciertos negocios
El Dr. Bronsart, de la Bvs Ltd. Germany, no se dejó amedrentar por mi alusión a
“ciertos negocios con la firma Somigl”. Por el contrario, manifestó su agradecimiento
y me aseguró que “la confidencialidad es uno de nuestros principios”. Dijo que había
conversado con el cliente, Bayer, que seguía estando sumamente interesado en el
negocio. Lo único que continuaba generándole dudas a la compañía era el
“asombroso precio”. En un mensaje enviado el 6 de febrero de 2001, Bronsart me
informó: “El jefe del Departamento de Materias Primas está muy interesado en
comprar el material que usted ofrece, sobre todo con miras a entregas regulares en el
futuro, y también está conforme con las condiciones de entrega propuestas; sin
embargo, aún quiere aclarar determinadas cuestiones”. De todas maneras, luego me
tranquilizó: “Considere a H. C. Starck como un socio fuerte y confiable”.
Para aclarar una vez más la cuestión del precio —en realidad, lo que yo había
pedido era demasiado poco, y estaba contrariado porque eso podía echar a perder el
negocio—, intenté hacerle creer a mi cliente que la cantidad que le había ofrecido
podía venderla a ese precio únicamente en forma clandestina y que además requería
divisas con urgencia para “ciertos negocios internacionales”. El argumento era débil.
Pero no se me ocurrió nada mejor. Así y todo, Bronsart respondió: “Muchas gracias.
Eso fue de gran ayuda”. Entonces me envalentoné y solicité una carta de intención
oficial por parte de Bayer, con firma y membrete. Pero evidentemente había ido
demasiado lejos. El 7 de febrero, sin ofrecer mayores explicaciones, el Dr. Bronsart
me escribió que Bayer ya no estaba interesada en el trato: “El inconveniente radica en
el precio que usted mencionó”.
Suficientemente buena para los rebeldes
Entretanto había vuelto a dar señales mi “relación a largo plazo”. Surojeet Banerjee me pedía que me pusiera directamente en contacto con el cliente. Por cierto,
se trataba otra vez de un intermediario: la Born International Sourcing Service, con
sede en Alemania. Quien hace las veces de gerente en esa firma es el comerciante de
materias primas Ralf Born. También a él le expliqué que el precio tan bajo del coltan
se debía a un trato especial con la firma Somigl. Y que para concretar la operación,
yo precisaba una autorización especial de los rebeldes, con quienes tenía muy buenos
contactos. Asimismo le dije que necesitaría el nombre y la dirección del potencial
cliente final.
“Nuestras fábricas contratistas constituyen dos de los mayores procesadores”, fue
la vaga respuesta de Born. A todo esto, demostró ser un conocedor del rubro. Sin que
yo le mencionara el nombre de la directora de Somigl, Aziza GulamaliKulsum, él
escribió: “Podemos entregar una garantía de un banco alemán, lo cual debería
bastarle. Al menos a Aziza Kulsum le basta. Quiero que sepa que nosotros
conocemos a fondo la bizarra situación que se vivió y se vive actualmente en el
Congo, donde los enemigos de guerra son, al mismo tiempo, socios comerciales”. No
podría haberlo expresado mejor. ¿Acaso Born ya había comerciado con Madame
Gulamali?
Solicité una vez más los nombres de sus clientes. En lugar de eso, Born me envió
un proyecto de contrato y me contraofertó un ventajoso negocio con maquinarias para
minería, adjuntando una detallada lista con los precios de los equipos que yo podría
ofrecerle a Somigl.[27] Tras dos docenas de mensajes llenos de insinuaciones, pasé a
la ofensiva y le pregunté a Born si estaba dispuesto a efectuar entregas directas a
H. C. Starck, considerando que ése era justamente el socio ideal de los jefes de las
regiones bajo dominio rebelde. Born se mostró sorprendido y me hizo saber que “la
política de compras empleada por firmas como Starck podría representar un
problema, ya que para la prensa alemana la imagen de Somigl no es demasiado feliz”.
Advertía, sin embargo, que si me molestaba un poco y leía entre líneas, vería que él
ya había mencionado como cliente a un emplazamiento de la empresa en Asia:
“Estimado Señor Leman: Ése es Starck”. Finalmente, el 8 de febrero, Ralf Born me
informó que durante una charla telefónica el cliente le había manifestado su interés en
comprar el material. “Como siempre”, agregó.
Dos meses después, Ralf Born se presentó frente al die tageszeitung como un
inocente corderito. El periódico reproduce declaraciones en las que el traficante de
materias primas afirma no haber comprado coltan en el Congo. “Me da dolor de
estómago. Es sencillamente un gobierno de rebeldes. Es un horror, el país se está
desangrando”.[28] Hasta el momento, de mi “relación a largo plazo” con Born el taz
no sabía nada.
El 9 de febrero suspendí todos los contactos con los clientes: “A raíz de unos
problemas que se han presentado, debo partir urgentemente hacia Arusha. Robert
Mbaye Leman”. En realidad, no volé hacia Arusha sino hacia Kigali, la capital de
Ruanda. Apretujado en un minibús junto a doce nativos y algunos racimos de bananas, me abrí paso por el montañoso paisaje ruandés hasta atravesar la frontera
con el Congo. Allí, justo después de la frontera, está Goma, la capital de los rebeldes.
Coltan, Kalashnikovs y niños soldados
El doctor Ngabo va de aquí para allá y abre las puertas de los armarios y de las
habitaciones, como si quisiera hacer un recuento de las carencias en el patio interno.
En el botiquín, un par de cajas semivacías. En la sala de operaciones, una suerte de
sillón plegable con un par de lámparas encima, nada más. Dos baños, dos duchas en
un cubículo. Ni un equipo de desinfección, ni siquiera una lavadora hay en el
Hospital Charité Maternelle de Goma, donde el doctor Ngabo atiende, junto con dos
médicos más, a cien pacientes. En una habitación oscura, mirando fijamente la pared,
está sentada Faida Mugangu, la mujer que hace un par de semanas perdió a su
familia.
Adolphe Onosumba Yemba también es médico. Hace algunos años tenía su
propio consultorio en Johannesburgo, y le iba muy bien. Pero, desde noviembre de
2000, Onosumba se dedica a otra profesión: es el líder, en el este del Congo, de la
agrupación rebelde RCD, cuya influencia se extiende a lo largo de una región tan
vasta como Europa Central. Sin embargo, cuando me dirijo a las afueras de Goma y
visito su residencia, espaciosa y celosamente custodiada, compruebo que el aspecto
de Onosumba, de 34 años, no se parece en nada al de un combatiente clandestino:
“No creo que aquí usted encuentre, además de nosotros, otros rebeldes con corbata y
laptop”, dice con una sonrisa este hombre joven y atento; y cuando entramos a su
oficina, cierra las cortinas. Por razones de seguridad: “Al fin y al cabo, con las
cortinas abiertas, seríamos un buen blanco para los tiradores de precisión”.[29]
A menos de quinientos metros, la mayoría de la gente vive en tugurios de chapa y
bajo toldos de plástico. En las casas del centro de la ciudad el revoque se desmorona,
la mayoría de los locales están vacíos, en sus puertas se han levantado barricadas y en
sus ventanas no ha quedado un vidrio sano. Niños soldados reclutados por los
rebeldes patrullan las calles polvorientas. A través de la radio, los watoto (“niños”)
son convocados a luchar por el RCD. Pero la mayoría no va en forma voluntaria, dice
Refugees International. En abril de 2001, esta organización de ayuda humanitaria
habló con uno de los muchachos: “Mark tiene quince años. Hace dos meses, cuando
volvía a su casa desde la escuela, fue raptado junto a cinco compañeros de su curso
por cuatro soldados del RCD. Los llevaron al aeropuerto, los pusieron en un avión y
los enviaron a un campo de entrenamiento militar”. Tres de ellos murieron allí. Mark
no supo cómo murieron. Tal vez porque los habían obligado a dormir bajo la lluvia. O
por los maltratos y las golpizas. O de hambre. “Nos obligaban a trabajar como
esclavos”, cuenta Mark, quien logró huir del campamento militar.[30]
A muchos de estos niños les dan drogas, y así los ablandan para la guerra. La noche posterior a mi llegada a Goma, se me acercan tres adolescentes uniformados.
Uno de ellos, más o menos de catorce años, dirige el cañón de su Kalashnikov hacia
mi pecho y me pide amablemente unos dólares y cigarrillos. Sus ojos brillan
amarillentos, las pupilas están dilatadas. Me pregunto cuánto tiempo podrá mantener
el dedo así, sin apretar el gatillo. Cuando vuelvo a pasar la noche siguiente, me saluda
contento, como si fuéramos viejos conocidos.
“Nuestros niños mueren para que ustedes lucren”
No importa a quién se le haga la pregunta, en las calles de la ciudad todos creen
que los principales culpables de esta situación desesperante son los rebeldes y sus
adeptos ruandeses. “Pero ellos no son los únicos responsables de esta desgracia”, dice
un maestro desempleado, que, en la plaza principal de Goma, vende máscaras
tradicionales a los pocos extranjeros que están aquí, trabajando básicamente para
organizaciones humanitarias y para la ONU: “Son los europeos y los americanos los
que compran el coltan y traen las armas. Ellos explotan las riquezas de nuestro país y
dejan que nuestros niños mueran en las minas para seguir lucrando”. Señala el
horizonte. Hacia el cielo se elevan las montañas de Masisi, donde están los
yacimientos más importantes: “Allí envían a la muerte a nuestros niños”.
El joven que está junto a él ya probó suerte en las minas: “Estás en medio del
lodo, con miedo de que en cualquier momento se derrumbe la tierra y te caiga
encima. Permanentemente se oyen disparos desde algún lugar. Te vigilan los soldados
o las milicias clandestinas, depende del caso. Vienen unos y echan a los otros, pero a
nosotros nos daba lo mismo. Ellos te lo compran. Si tienes suerte, te dan varios
cientos de francos congoleños. En Goma ganan diez veces más, pero si te pescan con
coltan, entonces…”. Me pone los dedos índice y mayor sobre la frente: “¡Bang!”
Tres semanas después de esta charla, el 11 de marzo de 2001, casi cien personas
murieron en una mina de coltan (situada cincuenta kilómetros al noroeste de Goma)
al derrumbarse el acceso a un túnel.
Matar para sobrevivir
Casi todos mis interlocutores insisten en que no mencione sus nombres. Ya son
demasiados los que han sido arrestados o incluso desaparecieron para siempre
después de haber hablado con extranjeros. El miedo a los rebeldes es grande.
Una mujer me cuenta que en las minas trabajan, sobre todo, hutus ruandeses.
Según el informe de la ONU sobre el saqueo ilegal de materias primas en el Congo,
la mayoría de ellos son prisioneros de Ruanda. Considerados como presuntos autores
del genocidio de 1994, excavan de a miles en busca del coltan, que luego entregan al ejército ruandés. “Además trabajan civiles congoleños, que llegan a esta región
atraídos por falsas promesas”, dice la directora de un movimiento feminista. “Los
soldados rebeldes los vigilan como a esclavos, y les birlan el mineral por un precio
irrisorio. Al que no obedece, lo fusilan”.
El jefe rebelde Onosumba sabe que en su ejército se cometen abusos. Pero dice
que son una excepción y que se lucha contra ellos sin descanso. “Lamentablemente,
muchos de los que se alistan no tienen pautas morales”, reconoce. “Ven el ejército
como un lugar donde pueden dar rienda suelta a su mala conducta. Por eso ahora,
durante el reclutamiento, convencemos a los padres para que nos den los hijos que
estén mejor educados”. Para Onosumba, ésa es la única forma de evitar las
violaciones a los derechos humanos.[31]
Por lo general, no se trata tanto de moral, sino más bien de mera supervivencia.
Tal como informa la ONU, “esta mezcolanza de guerras trae como consecuencia una
gran cantidad de personas hambrientas, que luchan y cometen saqueos para conseguir
comida y municiones”. Así se genera una “terrible escalada de violencia”, que
incluye “la violación sistemática de muchachas en edad escolar y a la cual están
expuestos los ciudadanos debido a la acción de tropas ruandesas”.[32]
“Nuestros militares también tienen que comer”
Considerando la opinión de los jefes rebeldes, es justamente el comercio de coltan
el que debe ayudar a mejorar la situación: “Con la exportación de coltan financiamos
nuestro plan social”, afirma Onosumba. Los ingresos fiscales provenientes de la
exportación de riquezas del subsuelo servirán para garantizar por primera vez salarios
estables. “La firma Somigl es una de nuestras principales fuentes de ingreso”, precisa
su vocero de prensa, un hombre bien acomodado, con anteojos de sol oscuros, Rolex
dorado y traje de Armani. “El monopolio de Somigl sobre el coltan nos aporta un
millón de dólares estadounidenses al mes. Con 300.000 les pagamos a los
funcionarios civiles, el resto va a proyectos sociales. Pero nuestros militares también
tienen que comer algo”.[33]
“De eso, jamás hemos visto nada, ni siquiera un franco congoleño”, se queja el
director de una institución social. “Aquí todos los hospitales, escuelas y programas de
ayuda son financiados por la población, por las iglesias y las organizaciones
solidarias. Si no, no hay nada. Con el coltan solamente se enriquecen las élites. Todo
va a parar a los canales de una economía mañosa”.
Además, Madame Gulamali no pudo satisfacer las expectativas que se habían
depositado en ella. A fin de cuentas, Somigl remitió a los rebeldes sólo una fracción
del millón de dólares que éstos esperaban. Fue por eso que una semana después de mi
estadía en Goma, el 28 de febrero de 2001, los rebeldes volvieron a suprimir el
monopolio en el comercio de coltan.
Desde entonces, la exportación está nuevamente en manos privadas. En Goma,
averigüé quién es el principal traficante privado de este preciado material: el alemán
KarlHeinz Albers, un geólogo de los alrededores de Nuremberg. Albers dirige la
firma congoleña Somikivu, que pertenece en un 70% a la Gesellschaft für
Elektrometallurgie (Sociedad Electrometalúrgica) de Nuremberg.[34] Somikivu posee
los derechos sobre la mina de Lueshe, ubicada al norte de Goma, cuya explotación
fue suspendida en 1993 y retomada por Albers a comienzos del año 2000.[35] De allí
se extrae niobio, un metal similar al tántalo. Según datos del RCD, Somikivu entrega
300.000 dólares estadounidenses mensuales a los rebeldes, quienes, a su vez,
protegen las minas.
KarlHeinz Albers, principal proveedor de H. C. Starck
No bien llegué a Alemania, llamé a KarlHeinz Albers a Nuremberg. Después de
todo lo que había oído, pensé que Albers reaccionaría con las mismas reservas que el
vocero de H. C. Starck. Pero el geólogo se mostró dispuesto a conversar durante
varias horas y me brindó información acerca de su extensa actividad relacionada con
el comercio mundial de materias primas, detallando especialmente sus compromisos
en el Congo.[36]
KarlHeinz Albers es —él mismo me lo contó con orgullo— el mayor exportador
privado de coltan por amplio margen. Según dijo, cuatro de los mayores depósitos
regionales le envían el material exclusivamente a él. El tráfico de coltan se desarrolla
a través de su firma Masingiro.[37] En el informe de la ONU sobre la explotación
ilegal de materias primas en el Congo, dicha sociedad aparece mencionada para
ejemplificar el “desmedido afán de lucro de algunas empresas extranjeras, que
estaban dispuestas a hacer negocios aun infringiendo la ley y cometiendo
irregularidades”. “De la región se exportan, en total, unas 200 toneladas de mineral
metalífero por mes”[38], me contó Albers por teléfono. Ésa era la misma cifra que ya
me habían mencionado al comienzo de mis investigaciones.[39] Sobre la base del
precio promedio señalado en el informe de la ONU (200 dólares por kilo de materia
prima en el año 2000,[40] se obtendría una cifra superior a los 500 millones de euros
por año. ¿Y cuánto fue a parar a la cuenta del alemán? “Nosotros entregamos entre
100 y 150 toneladas de concentrado por mes”. Es decir: ¡la mitad o hasta tres cuartas
partes del total de las exportaciones! ¿Y a quién? “La mayor parte se la
suministramos a H. C. Starck”. Aquí tragué saliva por primera vez. Naturalmente, yo
ya sabía (por mis averiguaciones secretas en Internet) que la empresa no tenía
escrúpulos y que con sus compras de tántalo contribuía a financiar la guerra en el
Congo. Algo después, en abril de 2001, el informe de la ONU sobre el saqueo ilegal
de materias primas en el Congo también denunció que H. C. Starck se encontraba
entre los clientes de Aziza Gulamali, la ex traficante de armas y actual traficante de coltan. Pero lo que el renombrado geólogo alemán me contaba ahora, tan campante,
significaba, ni más ni menos, que la filial de Bayer era el máximo comprador de la
materia prima que genera más polémica en esta crítica región.[41] ¿Hace cuánto
tiempo que esto es así? “Ellos ya venían comprando cantidades pequeñas”, dejó
entrever Albers, “pero en gran escala lo hacen desde hace seis o siete años, desde que
operamos allí y podemos garantizar el suministro”.[42]
¿Qué significa violar los derechos humanos?
El alemán me contó todo esto con ese tono impaciente, levemente arrogante que
caracteriza a algunos expertos y a los trotamundos. Albers es ambas cosas, y me lo
hizo notar cuando le pregunté cómo era el tema de la guerra y esas cosas.
“Yo vengo a menudo al Congo”, dijo. Y luego puso en duda que allí hubiera en
verdad una guerra.
Aja. Traté de modular mi “aja” para que sonara lo más auténtico posible en el
tubo del teléfono. Albers no tenía idea de que yo mismo había estado en el Congo
hacía apenas una semana.
Le pregunté cómo era su relación con ese gobierno rebelde sobre el cual se leía en
los periódicos.
“Yo no sé si es un gobierno rebelde o no”, dijo Albers sobre sus principales socios
comerciales a nivel local. “Ese no es asunto mío”.
En lugar de abordar este tema, habló de los “métodos del Far West” que
empleaban otras empresas, más pequeñas, para desarrollar sus negocios con el coltan.
Le pregunté si se cometían violaciones a los derechos humanos.
“¿Violaciones a los derechos humanos?” Evidentemente la pregunta lo sorprendió
por completo. “¿Qué significa para usted violar los derechos humanos? ¡Primero
tendríamos que definir eso!”
Y… Trabajo forzado, explotación, trabajo infantil…
“A ver, atiéndame bien. Trabajo infantil: eso en África es una historia muuuy
distinta. Trabajo. Infantil. En África. Básico”. Faltó poco para que lo deletreara.
“Porque los niños también trabajan en el campo”.
Aja. ¿Y en la explotación de coltan, allí también trabajan niños?
“No que yo haya visto. Pero descartarlo, no lo descartaría. Aunque… los niños
son demasiado débiles para ese trabajo. No tiene sentido”. De eso yo no tenía dudas.
Y seguramente tampoco las tenían aquellas personas que, en Goma, me habían
hablado de niños y niñas de ocho, nueve años que trabajaban como bestias en las
regiones de extracción.
Albers dice que al menos la minería asegura puestos laborales. “Decenas de miles
de personas trabajan allí en la explotación de coltan. ¡A la gente le va bien!
¡Créame!”, me pide. “Quiero decir: todos trabajan por su cuenta”.
¿Y cuánto ganan?
Frente al tema dinero, el industrial alemán ve la necesidad de explayarse.
“Los africanos no son como nosotros. El africano no puede conservar el dinero, lo
gasta enseguida. ¿En qué? No sé. Si usted le da a un africano cien mil dólares en la
mano, él los despilfarra en un par de días. Y vuelve a ser más pobre que una rata.
Pero tengo la sensación de que, así y todo, se siente mejor. Mientras ellos tengan su
cervecita y un poco de música para bailar, están más que conformes”.
En esencia, esta cosmovisión explica un sistema que aparece en varias secciones
de este libro. Un sistema que ve al hombre como una variable local y a los estándares
éticos como una pretensión desmedida. Que presenta a sus víctimas como seres de
segunda clase, cuyas necesidades deben medirse con criterios totalmente distintos de
los nuestros: al africano le gusta que lo exploten; al africano le basta con menear un
poco las caderas para estar más que conforme; y probablemente al africano también
le guste morir. Esta escuela de pensamiento alcanza su apogeo en Goma, donde un
KarlHeinz Albers convive con una Faida Mugangu, la mujer que ha perdido a su
familia en la guerra. Una guerra cuya existencia incluso es puesta en duda por Albers,
aunque él mismo sea una pieza de ajedrez dentro de este conflictivo tablero. Los
ajedrecistas, sin embargo, están en Goslar, Alemania, y en todos los demás lugares
del mundo donde resulta más fácil esquivar esa mirada de Faida Mugangu clavada
sobre la pared gris del hospital.
Las empresas electrónicas generaron el boom del coltan
La firma H. C. Starck no es la única que participa del lado del vencedor en este
cruel juego. Y no es la filial de Bayer la que generó este boom del tántalo, que
revolucionó los mercados sobre todo a fines del año 2000. Coincidiendo con otros
expertos en minería, KarlHeinz Albers me contó que las empresas de telefonía celular
y computación se habían volcado a comprar las materias primas del tántalo en forma
directa. Y dijo que de esta manera habían desatado la histeria en los mercados. “Así
surgió la sensación de que la demanda crecía a todo ritmo, y de que ya no podía
asegurarse el suministro a través de los productores tradicionales”.
Esta impresión se ve reflejada en las revistas especializadas de la industria
minera. Allí se habla de una “vertiginosa demanda de tántalo causada por el boom de
los teléfonos celulares”. “Prácticamente el 70% de la producción de tántalo va a parar
al sector de la electrónica”, dice Lee Sallade, jefe de Marketing de H. C. Starck en
EE.UU.[43] De acuerdo con estimaciones independientes, la cantidad de teléfonos
celulares se elevaría a nivel mundial de 400 millones en el año 2000 a 1.000 millones
en el año 2004.
Fabricantes de teléfonos buscan socios en el Congo
En enero de 2001, el fabricante de teléfonos satelitales Erkis USA buscaba un
socio para explotar un yacimiento de tántalo en el Congo oriental. Pero, tal como
informaba una publicación de la industria metalúrgica, la tarea no era nada sencilla
debido a la inestabilidad política y económica.[44] De todos modos, un vocero de la
empresa industrial Metallurg International[45] es optimista: “Vista la demanda de
nuevas fuentes de materia prima, los riesgos asumidos tendrán una pronta
recompensa”. El elevado precio del tántalo sirve a muchos como acicate para intentar
la explotación también en regiones inestables. Y los productores de materias primas
quieren acercarse más al consumidor final, evitando escalas intermedias como H. C.
Starck. Porque, como señala un vocero del fabricante de teléfonos Erkis, “todo paso
productivo dirigido hacia el consumidor aumenta el margen de ganancias”.
Albers también confirmó que las empresas de electrónica intentan adquirir el
tántalo directamente para asegurarse el suministro de la materia prima. Quise saber
cuáles eran esas empresas. “Usted puede recorrer el abanico completo. Desde Mitsui
hasta Sony, pasando por… qué sé yo cómo se llaman”. ¿Nokia, Siemens, Ericsson,
Motorola? “De Nokia yo nunca oí nada”. Pero de Mitsui y Sony ¿sí oyó? “Sí, entre
otros. Samsung también se interesó y… Dios, la cantidad de nombres que circulan es
tan enorme, pero de ahí a que todas efectivamente hayan comprado, no se sabe; y
además, ¿a quién le importa?”
A mí sí me importaba, y averigüé directamente en las empresas. La vocera de
Nokia, líder en telefonía celular, sólo dijo que no diría nada. El número dos del
mercado es Siemens. De su filial Epcos se sabe que es uno de los principales
compradores del tántalo en polvo suministrado por H. C. Starck. La mayoría de las
otras empresas de electrónica mostró su reticencia.
Un caso para nuestro hombre en Tanzania: Robert Mbaye Leman, el traficante
virtual de coltan, volvió a formular atractivas ofertas y las envió por email a apenas
una docena de fabricantes que operan en el mercado de la electrónica. Tantalita
proveniente de la región de Kivu en la República Democrática del Congo,
condiciones favorables de entrega, 40 toneladas, para relación a largo plazo, por favor
responder a la brevedad.
Samsung, líder del mercado, muerde el anzuelo
Esta vez tuve que esperar varios días, hasta que el 5 de marzo de 2001 llegó la
primera respuesta. Desde Corea, un hombre muy atento expresaba sus deseos de que
el Sr. Leman y su familia se encontraran bien de salud, augurando al mismo tiempo
éxitos en los negocios. Luego informaba que había derivado mi propuesta a la oficina
correspondiente en Inglaterra. A partir de la dirección, se infería que el remitente era la Samsung Corporation.
Samsung es uno de los más famosos fabricantes de teléfonos celulares, accesorios
de computación, artículos electrónicos de entretenimiento, productos
electrodomésticos y equipos para la oficina. En varios rubros (por ejemplo, monitores
y equipos de fax), este conglomerado de empresas se encuentra entre los líderes
mundiales. Las ventas de Samsung Alemania ascienden por sí solas a unos 475
millones de euros.
Desde Inglaterra se presentó Claude Bittermann, gerente comercial de Samsung
(Sección Metales), para fijar las condiciones de la transacción y llevar el material
ofrecido hacia Europa. Yo seguí con mi juego: dije que, como la exportación de
coltan era controlada por los rebeldes del RCD (lo cual impedía desarrollar relaciones
comerciales normales), me interesaba saber si Samsung ya tenía experiencia en la
región. Bittermann señaló que él ya había comprado cobre del Congo y que estaba al
tanto de la infraestructura regional y sus obstáculos. Advertí que el negocio con los
rebeldes requería una especial discreción, porque yo sacaría el mineral del Congo
“sin papeleo ni complicaciones financieras”. Pero eso a Bittermann pareció no
molestarle: “No se preocupe, el material no volverá a aparecer en el mercado. Será
utilizado directamente para el consumo propio de Samsung en la industria
electrónica”. Eso era todo lo que me interesaba saber.
También Sabena lucra con la guerra del coltan
Al referirse al comercio del coltan en la región bajo dominio rebelde, el informe
de la ONU sobre la explotación ilegal de materias primas en el Congo menciona a
otro de los vencedores: la aerolínea belga Sabena se cuenta entre las “empresas clave
dentro de esta cadena que articula la explotación de materias primas y la continuidad
de la guerra. Sabena Cargo transporta recursos naturales ilegalmente extraídos en la
República Democrática del Congo. Según se dice, Sabena Cargo lleva el coltan del
Congo desde el aeropuerto de Kigali (nota del autor: capital de Ruanda) hacia
diferentes destinos europeos”. Cuando los responsables del informe de la ONU
indagaron en Bruselas, buscando que la dirección de la aerolínea diera explicaciones
frente a estas imputaciones, “nadie se mostró dispuesto a hablar con los miembros de
la comisión”.[46]
Empresas inmersas en el furor del coltan
El informe de la ONU no deja lugar a dudas: “La conexión entre la continuidad
del conflicto y la explotación de los recursos naturales no existiría si no hubiera
habido algunos que —sin contarse propiamente entre las facciones participantes en la guerra— jugaron, de manera voluntaria o involuntaria, un papel clave”. Tal como se
indica allí, los individuos y las empresas del ámbito privado asumieron dentro de este
contexto un papel decisivo. Y hay que obligarlos a que carguen con su
responsabilidad: “Porque las empresas importadoras y sus cómplices saben
perfectamente cuál es el verdadero origen del coltan”.
Pocas veces se ve con tanta claridad cómo la falta absoluta de responsabilidad
económica puede desencadenar una catástrofe humanitaria. Por supuesto, no toda la
culpa de esta guerra la tienen las multinacionales. Hay militares y funcionarios
locales que avivaron el conflicto. Pero las empresas occidentales echan leña al fuego
y allí se calientan las manos. “Nadie se opone a que las empresas internacionales
inviertan su capital en una solución política para el Congo”, dice un profesor
universitario de Goma. “Nadie se opone tampoco a que con esas inversiones
obtengan beneficios a largo plazo. Pero aquí nadie invierte nada. Aquí todos cobran
su dinero y miran para otro lado”.
Nota: Sabena declara un embargo para el coltan
Luego del cierre de redacción de El libro negro de las marcas, nos llegó un
comunicado de la ONU: el 15 de junio de 2001 la aerolínea belga Sabena declaró
junto a Swissair un embargo contra el transporte de “coltan y similares riquezas del
subsuelo” procedentes de África Oriental.[47]