El libro negro de las marcas

Klaus Werner · Capítulo 4 de 59

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El libro negro de las marcas

Conejillos de Indias

 

A la hora de probar medicamentos nuevos, los grandes laboratorios

farmacéuticos no dan demasiadas vueltas: falsifican los resultados, ocultan

los efectos colaterales. Pacientes con enfermedades graves reciben placebos.

Los médicos se transforman en cómplices.

 

CRÓNICA DE HANS WEISS

 

De la noche a la mañana cambié de profesión. Ayer escribía libros, hoy me

convertí en consultor farmacéutico. El nombre de la profesión lo inventé yo. Hasta

hace poco no sabía nada de mi nuevo trabajo. Hoy ya negocio con directores de

clínicas cuánto saldrá llevar a cabo dudosos ensayos clínicos.

Para hacerlo, no fue necesario invertir un solo centavo. Lo único que necesité fue

información básica sobre ensayos clínicos, un poco de intuición y una computadora

con conexión a Internet.

Haciéndome pasar por consultor farmacéutico, quería investigar si los médicos se

atienen o no a los principios éticos que la Asociación Médica Mundial estableció en

octubre de 2000 en la Declaración de Helsinki.[1] Esta declaración prohibe tratar las

enfermedades graves con placebos cuando ya se cuenta con una terapia probada. Esto

también rige expresamente para los pacientes que toman parte en ensayos clínicos.

Los únicos ensayos permitidos son aquellos en los cuales un grupo de pacientes

recibe la medicación nueva y otro grupo el tratamiento estándar.

Yo tenía indicios de que había médicos que violaban estos principios a pedido de

los grandes laboratorios y quería indagar si era cierto. Mi plan era averiguar si

estaban dispuestos a llevar a cabo un ensayo en el cual enfermos graves serían

tratados únicamente con un medicamento inocuo, o sea, con un placebo. De ser así,

se probaría que los médicos dejan a sabiendas que sus pacientes sufran

innecesariamente. Como señuelo ofrecería honorarios elevados.

 

Las prácticas de la industria farmacéutica

 

La ventaja era que yo ya había trabajado en la industria farmacéutica por motivos

periodísticos. A principios de los años ochenta había hecho un curso de asesor

médico en los laboratorios Bayer y Sandoz, no para ganar dinero, sino para denunciar

cómo los grandes laboratorios sobornan a los médicos y utilizan a los pacientes como

conejillos de Indias.[2]

En aquel entonces tuve una suerte increíble con mis investigaciones. Tanto en Bayer como en Sandoz, el curso se desarrolló en un salón que también funcionaba

como archivo de la empresa. Tenía todas las carpetas con los expedientes secretos al

alcance de la mano, y todos los días tomaba un par “prestadas” y fotocopiaba el

contenido. Finalmente, tras un año de investigaciones, reuní 40.000 páginas de

documentos confidenciales y publiqué junto con otros tres colegas el libro Negocios

sanos: [3] las prácticas de la industria farmacéutica .

 

El ejemplo del Trasylol de Bayer

 

Uno de los capítulos del libro llevaba el título “Manipulación de los resultados en

las investigaciones: el ejemplo del Trasylol”.[4] Cuando volví a leerlo, a principios de

2001, sentí curiosidad y averigüé si el medicamento todavía se continuaba usando.

¡Sí! Para mi sorpresa, me topé incluso con una página web sobre el Trasylol.[5] Este

supuesto hemostático parece seguir siendo una mina de oro para Bayer.

Durante mi entrenamiento en Bayer, un gerente de marketing me habló de unas

investigaciones “éticamente muy espinosas” realizadas con este medicamento, que se

obtiene a partir del pulmón bovino. En aquel entonces, médicos alemanes, austríacos,

italianos y norteamericanos habían extraído tejido de los muslos o del pulmón a

pacientes con lesiones graves sin su consentimiento y sin que ellos lo supieran; el

objetivo era realizar un ensayo para determinar cómo actúa el Trasylol en el tejido

muscular. En aquel momento, el gerente de marketing de Bayer me había dicho: “Me

asombra que los médicos estén dispuestos a hacer semejante cosa”.[6]

Algunos de esos ensayos incluso llegaron a publicarse. Allí puede leerse: “La

punción pulmonar seguramente no está exenta de riesgos (…) Pudimos observar dos

hemorragias graves, que en realidad fueron causadas por una punción demasiado

profunda y en uno de los casos por aplicar la aguja con un ángulo incorrecto”.

En un simposio acerca de estos ensayos, los participantes fueron recibidos con las

siguientes palabras: “Hoy en día, la investigación médica es impensable sin el

mecenazgo de los grandes laboratorios. Los médicos en ejercicio, los investigadores

clínicos y experimentales y la industria farmacéutica viajan en el mismo barco”.

 

Tasas de mortalidad adulteradas

 

Los datos que me había pasado el gerente de marketing de Bayer me llevaron a

investigar más de cerca el medicamento Trasylol. Tropecé con un estudio financiado

por Bayer que se había desarrollado ya a principios de los años setenta en Alemania

en tres clínicas universitarias, 16 hospitales centrales y 12 hospitales periféricos. Más

de 4.000 pacientes ingresados a esos lugares en grave estado recibieron al azar,

además de la terapia corriente, una dosis adicional de Trasylol o de un placebo. La comparación de las tasas de mortalidad en un caso y otro daría una prueba fehaciente

de la eficacia del Trasylol. Eso era lo que Bayer esperaba.

Sin embargo, el resultado fue un shock para los gerentes de la compañía. Dentro

del grupo de pacientes que habían sido tratados con Trasylol había muchísimas más

muertes que dentro del grupo que había recibido un placebo. En otras palabras: el

tratamiento con Trasylol había causado la muerte de muchos pacientes.

Normalmente, la conclusión sería:

hay que prohibir de inmediato el Trasylol. Normalmente. Pero los responsables

del estudio sabían cómo salir del brete: dieron vuelta todas las cifras y presentaron a

la opinión pública un resultado que causaba la impresión opuesta. Trasylol fue

presentado así como un medicamento que salva la vida, y sigue utilizándose en los

hospitales alemanes y austríacos.

 

No se prohibió

 

Lo más conmocionante de todo el asunto fue que no pasó nada, ni siquiera

después de que denunciáramos esas manipulaciones en 1981. No hubo nadie en el

mundo de la medicina que pusiera el grito en el cielo. Tampoco hubo ninguna

reacción por parte de las autoridades, ni de las alemanas ni de las austríacas. El

Trasylol, una de las principales fuentes de ganancias del laboratorio Bayer, siguió

usándose masivamente. Se estima que desde su lanzamiento la compañía generó

ganancias multimillonarias. Entretanto, Bayer continuó financiando numerosos

estudios sobre el Trasylol, en los cuales se investigó la utilidad del medicamento.

El remedio sigue usándose en todo el mundo e incluso fue aprobado en 1993 en

los EE.UU., aunque sólo como un medio para evitar hemorragias durante las

operaciones de bypass. En Suiza también puede usarse, pero únicamente con ese

objetivo. En cambio, en Alemania y en Austria el Trasylol también se usa en casos de

hemorragias posoperatorias y accidentes, en obstetricia y ginecología, así como para

tratar complicaciones relacionadas con episodios trombóticos. Evidentemente, la

lógica es: una vez que se permitió, está permitido para siempre. No importa si lo que

está en juego son vidas humanas.

 

Cómo sacar oro del barro

 

A pesar de que el consumo de medicamentos por parte de los alemanes sigue una

tendencia estable, o incluso un poco decreciente (de 1.588 millones de cajas vendidas

en 1997 a 1.574 millones en el año 2000), las ganancias se incrementaron en

aproximadamente un ocho por ciento anual: ascendieron a 15.650 millones de euros

en el año 2000. Ésta (junto con el envejecimiento creciente de la población) es una de las principales causas de la crisis financiera que atraviesan las obras sociales.

Los altos costos surgieron a partir de una oleada de medicamentos que fueron

aprobados recientemente y cuyo precio es altísimo. Si bien muchos de ellos no tienen

mayor efectividad ni mejor tolerancia que los ya probados, el aparato de marketing de

la industria farmacéutica se encarga de que los médicos los receten, presionándolos y

otorgándoles pequeñas y variadas “atenciones”.

De la industria farmacéutica alemana puede decirse, con total razón, que sabe

muy bien cómo sacar oro del barro. Porque en Alemania sigue habiendo miles de

medicamentos en venta cuya eficacia y posible nocividad no están comprobadas. Si

bien esto contraviene las leyes de la UE vigentes y por lo tanto es ilegal, al gobierno

alemán parece no importarle mucho[7], ya que permite generosamente que los

laboratorios continúen vendiendo ese tipo de fármacos hasta el año 2003, con o sin

defensa del consumidor. En estos casos, es evidente que los intereses del lobby

farmacéutico tienen más peso que los intereses de los consumidores.

 

Resultados maquillados

 

El del medicamento Trasylol de Bayer no es un caso aislado. En la literatura

médica especializada hay decenas de casos bien documentados en los que los

laboratorios manipularon groseramente el resultado de los ensayos. Algunos médicos

de renombre afirman incluso que el control de los laboratorios sobre la investigación

médica ha llegado a tal extremo que los resultados son sistemáticamente falseados.

Por esa razón, sugieren tomar con pinzas los datos sobre la acción terapéutica y los

efectos colaterales[8], ya que, según afirman, suelen estar maquillados y manipulados.

[9] El tema es que hay mucho dinero en juego, porque desarrollar un medicamento

nuevo implica costos elevados y riesgos considerables. Sólo uno de cada cinco

medicamentos logra ser aprobado por las autoridades de salud.[10] No hay nada a lo

que los laboratorios teman más que a un ensayo con resultado negativo, ya que el

lanzamiento al mercado podría ser desautorizado, con lo cual todas sus inversiones

habrían sido en vano. Para evitar eso, aspiran a lograr un control absoluto sobre la

investigación y los investigadores.

Cuando una compañía inscribe un nuevo principio activo en el registro de

patentes, queda protegida de la competencia por veinte años. Pero eso solo no da

dinero. Porque el reloj de la patente comienza a correr ya desde el momento de la

inscripción, a pesar de que el laboratorio sólo entonces puede empezar con los

ensayos para determinar si el medicamento realmente es eficaz y carece de efectos

colaterales indeseables (un proceso que suele demorar muchos años) Cuanto antes

logre el laboratorio dar las muestras de eficacia y tolerancia necesarias y recibir la

aprobación de las autoridades sanitarias, más tiempo le quedará antes de que expire el

plazo de la patente.

A partir del momento de la aprobación quedan entre ocho y doce años de pingües

ganancias, ya que a los medicamentos nuevos se les puede poner cualquier precio.

Una vez expirado el plazo de la patente, todo eso se acaba. Los otros laboratorios

farmacéuticos pueden copiar la fórmula y hacer negocios abaratando el precio. De

este modo se produce una caída automática de las ganancias.

 

Consultor farmacéutico

 

A comienzos de 2001, antes de que pudiese comenzar mi investigación (para

saber si los médicos estaban dispuestos sin más ni más a llevar a cabo ensayos no

éticos a pedido de los laboratorios), tuve que decidir una serie de cuestiones

decisivas:

¿A qué médicos interrogaría? ¿Qué me convenía más: presentarme en persona,

haciéndome pasar por colaborador de un laboratorio verdadero, o mandar mis

tentadoras ofertas por correo electrónico? ¿Cuál sería la enfermedad grave por tratar?

¿Cuál el medicamento por testear? ¿Cuánto dinero debía ofrecer a los médicos?

 

La enfermedad

 

Me decidí por una depresión de moderada a severa. Si la enfermedad no se trata,

existe un alto riesgo de suicidio. Por eso la terapia estándar recurre a los

antidepresivos.

 

El medicamento

 

Para no despertar sospechas, tenía que determinar claramente la acción

terapéutica y los efectos colaterales del medicamento por testear.

Un psiquiatra de Munich me ayudó a “inventar” un nuevo fármaco. Me decidí por

un antidepresivo del tipo de los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina

(ISRS) Ese tipo de fármacos refuerza la acción de ciertos transmisores en las células

nerviosas del cerebro, mejorando el estado de ánimo, disminuyendo la tensión y el

pánico y aumentando la motivación.

Entre los antidepresivos del tipo ISRS más conocidos están, por ejemplo, el

Cipramil, el Neupax y el Seroxat. En los últimos años, estos fármacos fueron

comercializados con gran éxito en todo el mundo.

 

Los médicos

Primero pensé en poner a prueba a médicos alemanes y austríacos. Pero después

me acordé de la frase que me habían inculcado veinte años atrás, durante el curso de

asesor médico en el laboratorio Bayer: “Los asuntos de dinero son asuntos

confidenciales, sobre todo cuando se trata de sobornos. Antes de ofrecerle dinero a un

médico, hay que conocerlo muy bien”.

Si bien en este caso no se trataba de sobornos, había mucho dinero en juego: entre

50.000 y 250.000 euros. Por supuesto que yo no iba a gastar tanto dinero en mi

investigación; sólo quería saber si los médicos aceptarían mi oferta.

No podía hacerlo con médicos austríacos o alemanes, no podía preguntarles a

boca de jarro o mandarles un email ofreciéndoles jugosos honorarios para que

realizaran un ensayo clínico. En esos países, los negocios de ese tipo se desarrollan a

través de los visitadores médicos, o bien la misma casa matriz se pone en contacto

con los profesionales. Pensé que tal vez debía decidirme por esta segunda opción y

presentarme como colaborador de una casa matriz, por ejemplo de Bayer o

Boehringer Ingelheim. Sin embargo, deseché la idea por miedo a que esas compañías

me iniciaran demandas. La única opción que me quedaba era intentar en el extranjero.

Allí no importaba si usaba mi nombre verdadero. Además, tal vez no fuera necesario

que me presentara en persona. Podía intentar una primera negociación con los

médicos vía email.

Lo único que me faltaba era denominar mi trabajo de un modo tal que no

despertara sospechas. Inventé una nueva profesión: “consultor farmacéutico”. Sonaba

tan pomposo que hasta podía arriesgarme a contactar directamente al director de una

clínica.

 

A Hungría

 

Mientras pensaba todo esto, la casualidad acudió en mi ayuda. A través de medios

norteamericanos, encontré indicios de que los laboratorios de ese país tendían cada

vez más a efectuar sus ensayos en el Tercer Mundo y en Europa Oriental. [11] Esto se

debe a muchas razones, sobre todo la ausencia parcial o total de control por parte de

las autoridades de salud. Además, el “dinero por cabeza” (que reciben los médicos

por cada paciente que participa del ensayo) es mucho menos que en Europa

Occidental o en los EE.UU., y los ensayos se pueden realizar de manera más rápida.

Así, las empresas ahorran el triple y pueden seguir incrementando más y más sus

ganancias, que ya son en sí cuantiosas.

Me llamaron poderosamente la atención las declaraciones que hacía un psiquiatra

húngaro en uno de los artículos: “Las ofertas económicas de los laboratorios nos

hacen perder la cabeza”.[12] Esas declaraciones me ayudaron a decidirme: pondría a

prueba al director de un hospital de Budapest. ¿Estaría de acuerdo en llevar a cabo un

ensayo no ético con pacientes depresivos?

A través del buscador Google[13], di con el nombre y la dirección de correo

electrónico del doctor Ákos KassaiFarkas, director clínico del Hospital Nyiro Gyula

en Budapest.

 

Un primer intento

 

El primer email fue el más difícil. Me esforcé en encontrar el tono justo para no

despertar las sospechas del doctor Ákos KassaiFarkas.

La oferta la formulé en inglés. Para despertar su confianza, aludí a uno de los

laboratorios más grandes del planeta: puse que un colega mío de Novartis me había

recomendado dirigirme a él y que, a pedido de un importante laboratorio, estaba a la

búsqueda de posibilidades para realizar un ensayo con un antidepresivo nuevo que

era muy prometedor. Le expliqué que teníamos planeado un estudio internacional

para septiembre de 2001 y que ese estudio se realizaría en varios lugares: Alemania,

Inglaterra y los Estados Unidos. Agregué que la compañía quería obtener primero la

aprobación de las autoridades de salud de los EE.UU. y después de las autoridades

europeas en Londres. Pero que, para acelerar el tema, tenían previsto incorporar a los

ensayos entre cuarenta y ochenta pacientes adicionales. Le pregunté entonces si su

clínica podía poner a disposición esa cantidad.

Le comenté que las investigaciones previas ya casi habían concluido y que había

que comparar el fármaco con el conocido antidepresivo sertralina (presente en el

Gladem de Boehringer Ingelheim o el Zoloft de Pfizer) y con un placebo. Esto

significaba que, si del ensayo participaban 60 pacientes, se elegirían 20 al azar para

recibir el antidepresivo nuevo, 20 recibirían sertralina (el antidepresivo probado) y a

los 20 restantes se les suministraría un placebo. De este modo, después de algunos

meses de tratamiento se podría determinar la eficacia terapéutica del nuevo

antidepresivo.

En lo que respecta a las normas legales para desarrollar ensayos en Hungría, fingí

no tener experiencia y agregué un par de preguntas que me interesaban. Por ejemplo:

 

¿Es necesario solicitar permiso a alguna autoridad estatal o en la administración

del hospital antes de comenzar nuestro estudio?

¿Existe algún comité de ética que examine y apruebe nuestro plan de ensayos?

Si no fuera posible conseguir suficientes pacientes en su hospital, ¿podría darnos

nombres de otros hospitales húngaros?

 

Por su participación en el proyecto le ofrecía 3.500 dólares por paciente, además

de “recompensas” económicas adicionales según la rapidez con la que se desarrollara

el estudio. Esto estaba muy por encima de lo que suele ofrecérseles a los médicos de

Europa oriental y es comparable con los honorarios que reciben los médicos norteamericanos.

Un atractivo adicional: le puse que las transacciones financieras las haríamos a su

gusto. Tenía en mente alguna cuenta en Suiza o en Licchtenstein.

 

Confidencial

 

Cuando uno envía un mensaje por correo electrónico, espera una respuesta rápida.

Pasó un día, luego otro, y uno más. Comencé a intranquilizarme. ¿Había cometido

algún error?

Al cuarto día me llegó la respuesta, en inglés [14], del doctor KassaiFarkas: “Me

alegro de que se haya contactado con nosotros. Por supuesto que nos gustaría tomar

parte en el estudio y testear ese antidepresivo tan prometedor. Nosotros estamos en

contacto con otros hospitales que tienen experiencia en ensayos. Naturalmente,

trataremos todos los detalles en forma confidencial”. Al final de la carta agregaba

como comentario que preferiría escribir en alemán, ya que le resultaba más fácil y

suponía por mi apellido que yo era alemán o austríaco.

 

Preguntas

 

Para ganar su confianza, deslicé en primer lugar un detalle (inventado) de mi vida

privada: dije que yo era el producto de una “joint venture” entre una norteamericana

y un austríaco. Después fui al grano. Le hice una serie de preguntas:

¿Cuántos pacientes con depresiones de moderadas a severas podían tomar parte

en el ensayo?

¿Qué reglas había que observar?

¿Necesitábamos una conformidad del paciente por escrito?

¿Había problemas en usar un placebo para el test?

Para no verme enredado en un diálogo sobre los detalles médicos del ensayo, le

aclaré al doctor KassaiFarkas que de esas cuestiones se encargaba el director técnico

del laboratorio.

Le di al doctor KassaiFarkas algunos datos básicos sobre el supuesto solicitante

del estudio. Le dije que se trataba de un laboratorio alemán muy importante, el cual

había adquirido hacía poco el departamento de investigación de una prestigiosa

universidad alemana para asegurarse los derechos sobre un nuevo principio activo

catalogado por los expertos como revolucionario. Y que el dinero era lo de menos. Y

que recibiría información más precisa si el acuerdo llegaba a concretarse.

 

No hay problema

“Estimado doctor Weiss, tengo 144 camas en mi sector y 49 camas más en el

‘Day Hospital’. Tratamos entre 500 y 700 pacientes con depresión por año”. A

continuación seguía una serie de detalles, y, por último, este dato: “Por supuesto que

necesitamos la conformidad por escrito de los pacientes que participan del ensayo. En

realidad, yo no tengo inconveniente en hacer ensayos con placebos, pero el comité de

ética a veces lo hace un poco difícil”.

El doctor KassaiFarkas me indicó que su sector disponía de una página web

propia[15] en la que yo podría obtener información sobre estudios previos en

“Erdeklódók figyelmébe” y “A szponzorok és CROk figyelmébe” (en español: “Para

interesados” o “Para patrocinadores”).

 

Erdeklódók figyelmébe

 

Haciendo un clic en esas dos palabras húngaras, logré dar en el blanco: una lista

en inglés de dieciocho estudios llevados a cabo con medicamentos en el

departamento, en el pasado y en la actualidad. Allí figuraban, entre otros:

 

tres estudios de la compañía suiza Novartis, entre ellos un estudio con placebo

realizado en esquizofrénicos para probar un nuevo principio activo llamado

iloperidona. Según los principios de la Declaración de Helsinki suscripta por la

Asociación Médica Mundial, este tipo de ensayos con placebos estaría

prohibido, al igual que los que se enumeran a continuación;

dos estudios con placebos en pacientes maníacos graves, financiados por el

laboratorio inglés GlaxoWellcome;

un estudio con placebo de la empresa francoalemana Hoechst Marión Roussel

(ahora conocida como Aventis), llevado a cabo en esquizofrénicos con la

sustancia experimental M100907;

dos estudios financiados por el laboratorio danés Lundbeck, entre ellos un

estudio con placebo con la sustancia experimental Lu26054, llevado a cabo en

pacientes con depresiones de moderadas a severas;

y dos estudios sobre un nuevo antipsicótico, el aripiprazol, financiados por los

laboratorios norteamericanos BristolMyers Squibb y Otsuka America

Pharmaceutical.

 

Así que yo no era el único que hacía ofertas. Me puse a navegar en Internet para

encontrar más información sobre los medicamentos mencionados.

 

Miles de millones de dólares

Por lo general, en Alemania y en Austria sólo se habla de dinero en secreto. Esto

rige también para la investigación de los laboratorios.[16] En cambio, los médicos

norteamericanos están orgullosos de lo que hacen y del dinero que ganan haciendo lo

que hacen. A través de Internet, uno se entera de qué médicos y clínicas

norteamericanas hicieron ensayos con un fármaco determinado… y de cuánto dinero

les pagó por ello la compañía en cuestión.

Por ejemplo, ensayos con aripiprazol. En el hospital de Budapest, ya fue testeado

dos veces por el doctor KassaiFarkas. La empresa norteamericana BristolMyers

Squibb esperaba que en el año 2001 las autoridades sanitarias de su país aprobaran

este nuevo principio activo contra la esquizofrenia. En los años anteriores, la

compañía había organizado decenas de ensayos en todo el mundo, incluso en Hungría

y en los EE.UU.

A través del buscador Google, uno se topa con incontables datos acerca de

ensayos llevados a cabo en diferentes clínicas con aripiprazol.[17] Sólo en los EE.UU.

hay por lo menos 35.[18]

BristolMyers Squibb tiene cifradas grandes esperanzas en esta droga. Espera que

sea un blockbuster. Así llaman los norteamericanos a los productos exitosos que

barren con la competencia.

El 28 de noviembre de 2000, durante una conferencia desarrollada en Nueva York

frente a cientos de especialistas en inversiones, los gerentes del laboratorio narraron

el camino al éxito y las estrategias futuras de la compañía, una de las más importantes

del mundo dentro del rubro farmacéutico.[19]

En la década del noventa, la compañía había logrado atravesar —con apenas

algún rasguño— el desastre jurídico y financiero relacionado con el implante de

siliconas para agrandar el busto. En la actualidad, BristolMyers Squibb reparte entre

sus accionistas dividendos del orden de los dos mil millones de dólares, con un nivel

de ventas de 15.000 millones de dólares.

Durante la conferencia, el presidente del directorio, Charles A. Heimbold,

declaró: “Estoy orgulloso porque entre enero de 1994 y diciembre de 2000

alcanzamos el objetivo que yo me había propuesto: duplicar las ganancias y las cifras

de ventas”.

Por su parte, el presidente de la compañía, Peter R. Dolan, aseguró a los

presentes:

“Volveremos a acelerar enormemente el crecimiento de nuestra compañía, y

dentro de los próximos cinco años llegaremos a ser el doble de grandes”. No pasó

inadvertida la fascinación en su tono de voz: “Lograremos productos

megablockbuster que nos traerán miles de millones de dólares”.

BristolMyers Squibb obtiene sus ganancias principalmente con la

comercialización de fármacos nuevos, demostrando de ese modo la formidable

rentabilidad del negocio. Los dividendos que se reparten entre los accionistas no han

dejado de aumentar en los últimos 28 años, ni una sola vez cayeron. “¡Un récord!”,

confirma satisfecho el gerente de Finanzas, Michael Mee.[20]

 

Modelo de declaración

 

Tras hacer esta breve excursión por Internet a los EE.UU., traté con cautela de

que el doctor KassaiFarkas me facilitara alguna documentación sobre los ensayos

enumerados en la homepage de su departamento. “Si no le genera demasiados

inconvenientes, le estaría muy agradecido si me pudiera hacer llegar alguna

presentación sobre algún estudio ya terminado, para poder organizar todo del modo

más eficiente posible”, le pedí en mi mensaje siguiente, agregándole: “Supongo que

la declaración de conformidad de los pacientes tendrá que estar por lo menos en dos

idiomas. ¿Usted cuenta con algún modelo de declaración que ya haya usado?”

 

Respuesta con preguntas

 

El doctor KassaiFarkas no respondió a mis inquietudes y, en cambio, empezó a

formular sus propias preguntas, algunas de las cuales me hicieron transpirar bastante:

 

• ¿Cuántos ensayos clínicos organizó? ¿De qué tipo eran?

Además de los ensayos en Alemania, Inglaterra y los EE.UU., ¿hay algún otro

planeado?

¿Cuántos pacientes de nuestro hospital deberán tomar parte en el ensayo?

¿Cuántos pacientes tomarán parte en otros hospitales?

¿Cuándo quiere empezar?

¿Cuánto demorarán el screening y el estudio?

¿Quiere un laboratorio central o uno local?

¿Qué tipo de investigaciones quiere hacer (tests psicológicos)?

¿Qué medicación concomitante se permite?

¿Dónde piensa hacer el investigator meeting?

 

Respuestas fáciles

 

La primera pregunta era muy sencilla de responder, ya que en uno de mis

primeros mails yo había mencionado, previsoriamente, que los detalles médicos del

estudio tenían que coordinarse con el director técnico del laboratorio.

Le contesté que yo todavía no había hecho ningún ensayo. Que no me había

doctorado en Medicina, sino en Sociología Médica (una mentirita), y que había hecho

un Master of Art de Economía Empresarial en la New York University (una mentira absoluta) Le dije que sólo me encargaba de elegir con antelación los hospitales en los

que se podían llevar a cabo los ensayos y de solucionar cuestiones financieras y

organizativas. Y que la gestión clínica del proyecto —la dirección y el monitoreo del

estudio— estaría en manos del doctor en Medicina Klaus Werner, quien tenía una

vasta experiencia en el área. Así fue como le otorgué rápidamente a mi colega Klaus

Werner el título de médico y de director del proyecto.

La segunda pregunta tampoco me trajo inconvenientes. Le respondí:

“Estamos planeando agregar otros lugares de investigación, uno en Austria, dos

en Italia y probablemente otros dos en Hungría, con lo que se agregarían alrededor de

150 pacientes más”.

 

Respuestas difíciles

 

A partir de la tercera pregunta, la cosa empezó a ponerse más complicada. No

tenía idea de cuántos pacientes reclutar para su hospital, así como tampoco tenía idea

de cuántos reclutar para los demás hospitales. Me devané los sesos tratando de

dilucidar qué quería decir screening en este contexto y cuánto podía demorar algo

semejante. No tenía la menor idea de cuánto tiempo podía demorar el estudio.

Tampoco sabía si necesitaba un laboratorio central o uno local. La pregunta de los

tests psicológicos me tenía tan desconcertado como la de la “medicación

concomitante”. Supuse que significaría “tratamiento coadyuvante”. Y tampoco sabía

qué era un investigator meeting, no sabía ni cuándo ni dónde solían hacerse. Necesité

navegar dos días en Internet para poder responder a todas esas preguntas en forma

convincente.

 

Ida y vuelta

 

Mi respuesta al doctor KassaiFarkas estaba salpicada de términos técnicos y de un

saber especializado que había adquirido en forma acelerada: diagnósticos CIE10

F32.1 o F32.2, escala HAMD de 18 o más, Clinical Global Rating, medicación

psicotrópica concomitante, etc.

Le pedí al doctor KassaiFarkas que me propusiera un lugar para nuestro

investigator meeting.

Suponía que la idea de ese encuentro era llevar a algún lugar turístico a todos los

médicos que luego participarían del ensayo. Un viaje motivador a cargo de la

empresa, para pasar un par de días al sol y bajo las palmeras, lejos de los pacientes y

de la rutina del hospital.

Al final, deslicé un par de preguntas más:

 

¿Cuántos pacientes cree usted que podrían tomar parte del ensayo?

¿Hay posibilidades de que en su hospital participen pacientes en internación?

¿Los pacientes deben recibir algún tipo de retribución por su participación en el

ensayo?

¿Enviamos todo el presupuesto del estudio a la administración general de la

clínica o tienen prevista alguna asignación individual?

 

Además, volví a pedirle al doctor KassaiFarkas que me diera nombres de otros

hospitales húngaros con los que pudiera contactarme para posibles ensayos.

 

“Perfecto”

 

La respuesta pareció impresionar al doctor KassaiFarkas.

"Me parece perfecto lo que cuenta del estudio. Ya estoy esperando nuestro

encuentro y propongo al profesor Dr. Faludi Gábor (Budapest) y al profesor Dr.

Ostorharics Horváth Gyórgy (Gyór) como integrantes del equipo de investigación.

"Con respecto al tema financiero:

“Usted tiene que pagarme una determinada suma a mí. Y además tiene que

pagarle a nuestro hospital entre el 10 y el 20% del monto total. Por ejemplo: me paga

3.500 dólares por paciente a mí y otros 350 dólares a nuestro hospital”.

Al final de su email, el doctor KassaiFarkas se refirió al Investigator Meeting:

“Sería lindo que el meeting se hiciera en algún lugar de Irlanda o de Sicilia”.

Es probable que en el presupuesto de los laboratorios, ese tipo de gastos figuren

como “investigación”. En definitiva, los que terminan pagando, a través de los

precios de los medicamentos, son siempre los pacientes.

 

No hay problema

 

"Estimado doctor KassaiFarkas, gracias por su respuesta. Veo que estamos cerca

de llegar a un acuerdo.

"Quisiera pedirle nuevamente que me diera la cantidad más o menos exacta de los

pacientes con los que podemos contar para nuestro ensayo, y que me indicara si

dentro de esa cantidad se incluyen tanto pacientes ambulatorios como pacientes en

internación. Nosotros no tendríamos problema en ello, ¿usted cómo lo ve?

"Acepto gustoso su propuesta para el Investigator Meeting (Sicilia o Irlanda)

Próximamente le haré una oferta concreta.

“Con respecto a la cuestión financiera: Creo que no va a haber inconvenientes con

su propuesta”.

Respuesta del doctor KassaiFarkas: “Nuestros pacientes siempre participan de los

ensayos en forma voluntaria, así sean ambulatorios, internados o pacientes que reciben atención diaria”.

 

Ensayos con pacientes de internación

 

Mientras yo intercambiaba emails con el doctor KassaiFarkas, en Austria se

desató una discusión sobre ensayos clínicos no éticos a raíz de lo ocurrido en

hospitales psiquiátricos de Salzburgo y Linz.

El periódico Der Standard ya había publicado investigaciones realizadas por los

abogados de los pacientes.[21] En muchos casos, los médicos habían efectuado

ensayos con pacientes psiquiátricos de internación o legalmente incapaces. Esto viola

a las claras los principios de la Declaración de Helsinki y también los fallos de la

Corte Suprema de Viena. En cambio, curiosamente, la Ley de Medicamentos

austríaca lo permite.

En el pabellón psiquiátrico del sanatorio para enfermos mentales de Salzburgo se

testearon, entre otros, los neurolépticos Zyprexa (del laboratorio norteamericano Eli

Lilly) y Risperdal (del laboratorio belga JanssenCilag) A partir de una publicación

científica y de lo expuesto allí por el director de la investigación, el Dr. Christian

Stuppáck, se desprende que en total 260 pacientes internados y ambulatorios fueron

integrados al ensayo con [22] Risperdal .

Además, en ese sanatorio de Salzburgo y en otros hospitales se realizaron

muchísimos ensayos más, por ejemplo con el principio activo milnacipran, que es

comercializado por la compañía austríaca Germania Pharmazeutika. Entre marzo de

1999 y febrero de 2000 fueron incorporados a ese test un total de 519 pacientes

depresivos.[23]

Intenté conseguir más datos a través de Internet, pero no tuve éxito. Y es que los

psiquiatras austríacos, a diferencia de sus colegas húngaros, no son tan ingenuos

como para poner a disposición toda la información que manejan.

 

Profesor Faludi

 

De modo que volví a inclinarme por Hungría. Envié emails a los dos profesores

de psiquiatría que el doctor KassaiFarkas me había recomendado para los ensayos: el

profesor Gábor Faludi, de la Universidad Semmelweis de Budapest, y el profesor

Horváth Gyórgy Ostorharics, de un hospital de la ciudad de Gyór, en el oeste de

Hungría.

Pasó una semana entera antes de que recibiera una respuesta del profesor Faludi,

de la Universidad Semmelweis, Kutvolgyi Clinical Center, Department of Psychiatry:

“Estamos dispuestos a participar de la investigación. Le comento que nuestro

personal tiene una vasta experiencia en ensayos clínicos para casos de depresión, esquizofrenia y trastornos de ansiedad. Disponemos de tratamientos ambulatorios e

internaciones. Del ensayo podrían participar entre 15 y 20 pacientes”.

Del profesor Ostorharics de Gyór, en cambio, jamás recibí respuesta.

 

Pepsi Cola

 

Antes de enviar otros mensajes al doctor KassaiFarkas y al profesor Faludi, viajé

a Budapest para encontrarme con Gábor Combos, director de la organización de

autoayuda psiquiátrica Voice of Souls. Combos había accedido a contactarme con

pacientes que habían participado de ensayos clínicos.

Hacía diez años que yo no iba a Budapest, y el recuerdo que tenía era deprimente:

el de una ciudad derruida y agobiante. Ahora que ingresaba en coche, tenía la

sensación de estar frente a una metrópoli occidental. A ambos lados de la calle,

enormes carteles publicitarios de conocidas marcas occidentales: Volkswagen.

Mazda. Ikea. McDonald’s. Holiday Inn. Y muchas más.

Al principio, el encuentro con Gábor Gombos resultó una desilusión. Nadie me

abrió cuando toqué el timbre en la dirección que me habían dado. Nadie me atendió

cuando llamé por teléfono.

Para matar el tiempo, fui al hospital del doctor KassaiFarkas. Quedaba en las

afueras de la ciudad, sobre una avenida de varios carriles. En la entrada flameaba una

bandera húngara. Un policía amistoso dirigía el ingreso y la salida de vehículos.

El pabellón psiquiátrico estaba ubicado en el edificio más nuevo del predio, en un

rincón alejado. Pepsi Cola, Pepsi Cola: en la planta baja, algunas ventanas estaban

cubiertas con enormes letreros publicitarios que hacían pensar que uno estaba en una

planta embotelladora de la multinacional. Era una construcción de ladrillos grisáceos

con ventanas espejadas, frío, repulsivo, atemorizante. Pasé por al lado del portero, lo

saludé con un gesto y miré a mi alrededor. El hall de entrada y los diferentes pasillos

creaban la sensación de un movimiento hospitalario absolutamente normal. Había

personas vestidas de civil yendo y viniendo de aquí para allá. Pensé en dirigirme al

doctor KassaiFarkas y decirle: “Buenos días, no soy un consultor farmacéutico, estoy

escribiendo un libro que, entre otras cosas, trata de determinar si se respetan los

principios éticos enunciados por la Asociación Médica Mundial”.

Pero no llegué a hacerlo. Volví a marcar el número de Gábor Gombos, que en el

ínterin había llegado a su casa. Gombos era un hombre gentil, amable y servicial, que

hablaba inglés y estaba muy bien informado sobre la situación de la psiquiatría en su

país. Se lamentó de no haber conseguido pacientes que estuvieran dispuestos a

conversar conmigo sobre sus experiencias en los ensayos clínicos. Gombos: “Por

supuesto que los médicos obtienen una conformidad por escrito de los pacientes o sus

familiares. Pero de ahí a que sea voluntaria… ¿Usted qué interpreta por voluntaria?

Si usted está en un pabellón cerrado y el médico le ofrece trasladarlo al pabellón abierto… a condición de que tome parte en un ensayo clínico, ¿usted diría que no?

Eso es exactamente lo que ocurre”.

Gombos lucha para que los pacientes estén mejor protegidos frente a los ensayos

clínicos riesgosos. Quiere que la conformidad del paciente se obtenga únicamente en

presencia del respectivo abogado.

 

Puras mentiras

 

En mi siguiente email al profesor Faludi, intenté sonsacar su reacción respecto de

los informes sobre ensayos clínicos en Europa Oriental que habían aparecido en

medios norteamericanos. Gábor Gombos decía que esos informes habían despertado

un interés inusual en Hungría, y que el profesor Faludi incluso había dado su opinión

públicamente.

En primer lugar le di las gracias por su disposición a realizar un ensayo. Pero…

¿no sería posible —le pregunté— elevar el número de pacientes, hasta el momento

entre quince y veinte, a por lo menos treinta? Le aclaré que si respondía en forma

afirmativa, eso se vería reflejado económicamente por medio de honorarios

adicionales. Me manifesté interesado por saber si tenía que calcular algún otro

desembolso (además de los 3.500 dólares por paciente que había propuesto), y

también por el tema de la distribución de ese dinero, es decir, con cuánto se quedaría

él y con cuánto la universidad.

Después pasé a preguntarle lo que más me interesaba saber: le escribí que un

colega mío de Novartis me había contado que otra vez había problemas para realizar

ensayos clínicos en Hungría, y que la causa eran ciertos artículos que habían

aparecido en los medios norteamericanos. Para tirarle de la lengua, agregué:

“Supongo que se trata de la típica manipulación de esos periodistas que escriben

sobre cualquier cosa pero no tienen idea de nada. ¿Hay algún inconveniente en hacer

ensayos con placebo debido a ese artículo? ¿Hay algún inconveniente para obtener el

consentimiento de los pacientes? Disculpe que se lo pregunte tan directamente, pero

es mejor aclarar los inconvenientes antes de que surjan”.

El profesor Faludi se tomó tres semanas para responder. Yo ya pensaba que mis

preguntas lo habían asustado. Finalmente me escribió:

"Los estudios con placebo siempre han traído ciertos inconvenientes. Al menos en

el caso de los pacientes esquizofrénicos o maníacos, propongo comenzar la

investigación en el hospital. En el resto de los casos no veo ningún inconveniente.

“En lo que respecta a los artículos sobre ensayos clínicos en Hungría, eran puras

mentiras. Pero no se preocupe: nada ha cambiado a causa de ellos”.

 

Efectos colaterales inesperados

Entretanto, yo ya había concertado un encuentro en Budapest con el doctor

KassaiFarkas y le había anticipado que el director médico de mi mandante, el doctor

Klaus Werner, también estaría allí para que pudiésemos conversar sobre todas las

cuestiones que habían quedado pendientes.

Pero no iba a dejar que la cosa llegara tan lejos.

Un par de días antes de la fecha fijada para el encuentro les comuniqué al doctor

KassaiFarkas y al profesor Faludi que el comienzo de nuestro ensayo clínico tendría

que ser aplazado a causa de un efecto colateral inesperado y que había que volver a

revisar todo, de modo que no sería posible mantener nuestro cronograma. Les aseguré

que volverían a tener noticias mías tan pronto se hubiese esclarecido el asunto.

Ya había obtenido toda la información que quería, de modo que trasladé mi

investigación a Sudáfrica.

 

Multinacionales aquí y allá

 

Esto ocurrió a principios de abril de 2001. Ante la Corte Suprema en Pretoria, y

ante los ojos de la opinión pública mundial, comenzaba un juicio entablado por 39

laboratorios internacionales contra el gobierno sudafricano: se trataba de

medicamentos contra el sida, de millones de muertos a causa del sida… y de mucho

dinero.

No me sorprendió que los laboratorios que aparecían como querellantes en

Sudáfrica fueran los mismos que figuraban en la lista de ensayos del doctor

KassaiFarkas: BristolMyers Squibb, 1 Glaxo Wellcome, Hoechst Marión Roussel

(esta compañía pasó a integrar el grupo Aventis), JanssenCilag, Lundbeck, Novartis.

Encabezando la lista había también trece empresas alemanas o de origen alemán

con sus respectivas filiales. Entre ellas, 1 Bayer, Boehringer Ingelheim, Merck y

Schering.

 

El sida en Sudáfrica

 

Al menos 5.000 personas mueren por día en África a causa del sida. [24] Para el

año 2005, esta enfermedad se habrá cobrado más víctimas fatales que la Primera y la

Segunda Guerra Mundial juntas.[25]

La situación en Sudáfrica es especialmente grave. Allí hay más de 4,7 millones de

infectados. Cada día, 1.700 personas (de las cuales 200 son recién nacidos) se

contagian este virus letal. Hospitales y médicos hay muy pocos, y medicamentos, casi

ninguno. ¿Quién es el culpable de esta tragedia humana y médica?

Para los activistas del sida y para el gobierno sudafricano, la cosa está bien clara:

los culpables son los laboratorios farmacéuticos, que exigen precios obscenos por sus medicamentos e impiden así que los pobres en Sudáfrica reciban un tratamiento. A

primera vista, en eso tienen razón. ¿Cómo hace alguien que gana 25 euros mensuales

para pagar medicamentos que en Europa cuestan 800 euros por mes y más?

 

Ricos contra pobres

 

El gobierno sudafricano se ha convertido en un símbolo de la resistencia, al

oponerse a las prácticas que despliegan los laboratorios multinacionales para

defender sus ganancias a toda costa.

En 1997, el gobierno del por entonces presidente Nelson Mándela promulgó una

ley que permitía copiar medicamentos vitales y producirlos (a bajo precio) o

importarlos. De ese modo se recortaban los generosos derechos de patentes de los

laboratorios por debajo del plazo de veinte años.

Las compañías intentaron derogar la ley por todos los medios. Lobbistas muy

bien pagos incitaron en Washington a la administración Clinton, más que nada a su

vicepresidente Al Gore, a ejercer una sutil presión contra Sudáfrica. Los

norteamericanos amenazaron con imponer severas sanciones comerciales.

Pero David se mantuvo en sus trece y consiguió el apoyo de numerosas

agrupaciones contra el sida, que denunciaron públicamente el deshonesto proceder de

este Goliat encarnado en las multinacionales y el gobierno norteamericano.

Cada vez que Al Gore hacía una aparición pública para promocionar su

candidatura a la presidencia, tenía que vérselas con gente que le atribuía complicidad

en la muerte de enfermos de sida en África. Agotado, el vicepresidente terminó por

suspender su apoyo a las empresas hacia fines de 1999. Sudáfrica pudo celebrar una

pequeña victoria.

Pero no por mucho tiempo. A principios de 2001, las 39 multinacionales, junto

con la Asociación Farmacéutica de Sudáfrica, demandaron al gobierno por violar el

derecho de patentes.

 

La industria farmacéutica contra el Tercer Mundo

 

El gobierno sudafricano intenta generar una amplia plataforma para limitar el

monopolio de 20 años que otorga el derecho de patentes, y eso es lo que perturba a

las multinacionales. Aquí no se trata únicamente del sida o de conseguir

medicamentos baratos para combatir el sida: el tema es que un gobierno

tercermundista quiere asegurarse el derecho de producir medicamentos en su propio

país y del modo más económico posible, como para que los pacientes de bajos

recursos también puedan adquirirlos. Prácticamente ningún sudafricano está en

condiciones de comprar remedios al precio del mundo occidental.

En la actualidad, el TRIPS (Derecho de Propiedad Intelectual) ya contempla la

adopción de medidas especiales para acortar la duración de las licencias y producir

preparados de tipo genérico.[26] Pero para poder hacer entrar en vigencia esas

medidas especiales, Sudáfrica tendría que declarar el estado de emergencia sanitaria.

El presidente Thabo Mbeki se niega a dar ese paso, argumentando que los negros ya

sufrieron demasiado con las leyes de emergencia de los blancos. La explicación no

suena muy convincente. Es curioso que el gobierno sudafricano no diga abiertamente

qué es lo que quiere: se trata, nada más ni nada menos, que de imponer en forma

global y como un derecho humano el acceso a los medicamentos incluso para los

pobres. Está claro por qué los laboratorios se oponen rotundamente: el debilitamiento

del régimen de patentes podría poner coto a sus fabulosas ganancias, las que generan

a partir de la comercialización de nuevos medicamentos.

Goliat tiene el dinero, el poder, los acuerdos comerciales internacionales y el

régimen de patentes de su parte. David cuenta con el apoyo de organizaciones de

ayuda internacional como Médicos Sin Fronteras, con el grupo inglés Oxfam y con

una asociación que nuclea a entidades de derechos humanos y damnificados, que se

unieron para formar la Treatment Action Campaign (TAC).

Aquí hay mucho más en juego que un mero abaratamiento de los remedios contra

el sida, por lo cual otros países en desarrollo están siguiendo atentamente esta

disputa.

De hecho, no es que los países pobres del sur no contribuyan al progreso de la

medicina. Todo lo contrario: sin la cantidad de ensayos clínicos que tienen lugar allí,

los laboratorios tardarían mucho más tiempo en conseguir la documentación

necesaria para la aprobación en Europa o en los Estados Unidos.

Pero una aprobación más rápida significa un aumento de las ganancias para los

laboratorios. Por eso, los países pobres deberían obtener al menos el derecho sobre

los medicamentos vitales, para producirlos en forma barata o importarlos a menor

costo.

Indudablemente, a la industria farmacéutica le resulta imperioso proteger sus

patentes para financiar las investigaciones. Al margen de las críticas que puedan

hacerse, está claro que los laboratorios multinacionales son el motor de todos los

progresos en el área farmacológica. Salvo unas pocas excepciones, todos los

tratamientos y los análisis para el sida fueron desarrollados por la demonizada

industria farmacéutica. Si los laboratorios perdieran el incentivo de obtener ganancias

a partir de esos medicamentos, se acabaría la investigación. Sería poco inteligente

sacrificar la vaca que se quiere ordeñar.

 

Los buenos y los malos

 

Cuanto más lee uno sobre el tema del sida en Sudáfrica, más tiene la impresión de que el límite entre los buenos y los malos es bastante borroso.

¿Cuál es la causa del sida? ¿Es un virus contagioso, tal como señalan hoy casi

todos los expertos? ¿O hay otros factores en juego, como la pobreza, la

subalimentación o precisamente aquellos medicamentos que se utilizan como

tratamiento para el sida? Esto es lo que afirman algunos investigadores californianos

a quienes nadie toma en serio dentro del círculo médico oficial, pero que de todas

formas acaparan la atención debido a un defensor muy prominente: el presidente

sudafricano Thabo Mbeki.[27]

El presidente no sería presidente si no pudiera imponer sus opiniones. Éstas

trajeron como corolario que decenas de miles de bebés sudafricanos hayan contraído

el virus del sida y estén condenados a una muerte que podría evitarse.

En 1998, médicos tailandeses descubrieron que, si se aplica un remedio contra el

sida durante una semana, el riesgo de transmisión del VIH por parte de las

embarazadas a sus bebés disminuye en un 50%. Desde entonces, esta terapia se

utiliza en todo el mundo para tratar a las embarazadas que están infectadas con el

virus. Pero en Sudáfrica el tratamiento estuvo prohibido hasta principios de 2001.

¿Por qué? Sostenían que era inocuo y que solamente causaba daño.[28] En la

actualidad, ya está permitido.

 

Una pequeña victoria

 

Entretanto, la disputa judicial entre el gobierno sudafricano y los laboratorios

quedó anulada. Las compañías retiraron la demanda a mediados de abril de 2001, ya

que su imagen empeoraba cada día más. Pondrán a disposición de Sudáfrica remedios

contra el sida, baratos y en cantidad suficiente. La única concesión que recibieron a

cambio fue un permiso de Sudáfrica para participar en la redacción de la ley de

fabricación de genéricos.

Las empresas podrán absorber estas eventuales pérdidas sin mayor dificultad, ya

que sus principales ganancias provienen de los tres mercados farmacéuticos más

importantes: EE.UU., Europa Occidental y Japón. El resto de los países no tiene peso.

Pero la victoria del gobierno sudafricano deja un resabio amargo: no tiene validez

global, y los contratos comerciales internacionales tampoco serán modificados en

favor de los países más pobres. Éstos seguirán dependiendo de la misericordia de los

poderosos.

Es probable que el gobierno sudafricano sólo haya ganado esta disputa porque, al

tratarse del tema del sida, recibió el apoyo de numerosas agrupaciones de lucha

contra esa enfermedad en los países industrializados. En cambio, otras enfermedades

como la tuberculosis, el cólera, la diarrea, la enfermedad del sueño, la bilharziasis o

la malaria no son temas que movilicen al mundo, a pesar de que en África tienen los

mismos efectos devastadores. Simplemente no son fashion. Además, casi no se hacen investigaciones para combatir esos males, ya que los nuevos remedios no generarían

grandes ganancias.

Esta disputa por conseguir medicamentos nuevos que también estén al alcance de

los pobres seguramente continuará. Sin embargo, cabe el temor de que esta lucha se

desarrolle a puertas cerradas. De esa manera, los países industrializados pueden

imponer sus intereses de forma mucho más eficaz, a través de amenazas, sanciones,

condicionamientos a la inversión y demás elementos de presión.

Kenia, India, Tailandia y otros países en desarrollo ya están en la mira de los

norteamericanos.[29]

 

Demasiado tóxico

 

“Ahora el gobierno sudafricano no tiene más excusas para dejar de combatir de

manera efectiva la epidemia del sida”, dice Zackie Achmat, conductor del grupo de

activistas TAC, que apoyó al gobierno sudafricano en su lucha contra los laboratorios

farmacéuticos.[30]

Porque no alcanza con preparar remedios más baratos o gratuitos. Si no se

modifica rápidamente el sistema de salud pública, los medicamentos no van a servir

de mucho. Hay que almacenarlos de manera adecuada. Además, quienes los toman

deben someterse a controles periódicos para evitar efectos colaterales no deseados. Si

los medicamentos se toman en forma inadecuada o con interrupciones, aumenta el

riesgo de que se generen cepas resistentes del VIH y de que los remedios dejen de

surtir efecto.

Pero lo que el gobierno sudafricano ha descuidado de manera imperdonable hasta

el día de hoy es, sobre todo, la prevención.[31] Salvo en algunos casos excepcionales,

no se realizan análisis de VIH para constatar la infección.

Por el momento, las probabilidades de controlar la epidemia del sida en Sudáfrica

son bastante remotas, a pesar de la victoria del gobierno sobre la industria

farmacéutica.

En una entrevista concedida el 24 de abril de 2001 a la cadena privada

sudafricana etv, el presidente Thabo Mbeki declaró que a él no le constaba que los

análisis de sida fueran realmente útiles. Rechazó también la utilización de antivirales

en los tratamientos, alegando que eran demasiado tóxicos y que su tolerancia no

estaba comprobada.[32]

Algunos activistas ya declararon que el próximo objetivo de su campaña contra el

sida podría ser el gobierno sudafricano.[33]

 

El caso de Uganda: un ejemplo

El estado de Uganda, en África Central, demuestra que las campañas de

concientización y de tratamiento y el suministro de medicamentos baratos permiten

bajar drásticamente las tasas de contagio. En 1990 había un 14% de la población

adulta de ese país infectado con el VIH. Para el año 2000 se había conseguido bajar

esa tasa al 8,3% (820.000 infectados).[34]

 

ENSAYOS CLÍNICOS NO ÉTICOS REGISTRADOS EN LA

BIBLIOGRAFÍA MÉDICA

 

VIH (sida)[35]

 

El VIH constituye un problema sobre todo en África y en el este asiático. Ya en

1994 se demostró claramente que un tratamiento con fármacos permitía evitar la

transmisión del virus al feto durante el embarazo. Sin embargo, en Asia y África

hubo desde entonces por lo menos quince ensayos realizados por médicos en los que

miles de mujeres embarazadas recibieron un placebo en lugar del fármaco probado.

Los investigadores lo hicieron a sabiendas, a pesar del riesgo de contagio para los

bebés. Esos ensayos no fueron financiados por la industria farmacéutica, sino por

entidades públicas: nueve de ellos por autoridades del gobierno norteamericano,

cinco por otros gobiernos y uno por el Programa Conjunto de las Naciones Unidas

sobre el VIH/sida (ONUSIDA).

Existen muchos otros estudios en los que tanto laboratorios como médicos se

abstuvieron (a sabiendas) de suministrar un tratamiento eficaz a los infectados.

 

Tuberculosis[36]

 

En el Estado africano de Uganda, a mediados de los años noventa, se llevó a cabo

un ensayo en el cual los pacientes infectados con VIH no recibían antibióticos para

prevenir la tuberculosis. Este ensayo fue financiado por un organismo gubernamental

norteamericano: el Center for Disease Control. En EE.UU. o en Europa Occidental no

se habría permitido realizar ningún estudio semejante. En esos países, las normas

clínicas indican que los pacientes con VIH que corren peligro de contraer

tuberculosis deben recibir antibióticos en forma preventiva.

Este ensayo se publicó en septiembre de 1997 en la revista de medicina de mayor

renombre mundial, la New England Journal of Medicine, desencadenando una

discusión ética muy encendida entre los médicos.

Malaria[37]

 

A mediados de los años noventa, médicos chinos inocularon deliberadamente el

germen de la malaria a pacientes con VIH para investigar sus efectos sobre la

enfermedad. Estos experimentos fueron financiados por la fundación privada Eleanor

Dana Charitable Trust, una organización de caridad de origen norteamericano. En

EE.UU y en México los estudios de ese tipo habían sido prohibidos por los

respectivos comités de ética.

 

Experimentos con niños

 

En 1998, el médico norteamericano Peter R. Breggin denunció públicamente que

la Food and Drug Administration había otorgado el permiso para que se realizaran

experimentos en niños neoyorquinos con la fenfluramina (que por entonces ya estaba

prohibida).[38] En septiembre de 1997, ese mismo organismo había prohibido que el

medicamento se continuara comercializando en EE.UU., ya que sus efectos

colaterales incluían valvulopatías con riesgo vital y destrucción de células del

cerebro. Por esa razón, la fenflurafnina fue retirada del mercado en todo el mundo,

incluso en Alemania, donde la distribuidora Itherapie la comercializaba como

medicamento adelgazante con el nombre Ponderax.

Los niños utilizados como conejillos de Indias por los investigadores de las

universidades de Nueva York y Oueens no eran niños elegidos al azar. Eran de origen

negro o latino, de familias pobres cuyos miembros seguramente no formularían

ninguna pregunta incómoda. Estos ensayos fueron financiados por autoridades

estatales.

 

Hipertensión arterial[39]

 

En los años noventa se convenció a miles de pacientes en Europa Occidental,

Europa Oriental, América del Norte, América del Sur y China para que participaran

en investigaciones sobre la eficacia de los antihipertensivos. También hubo clínicas

alemanas que tomaron parte en esos ensayos. En aquel momento ya se había probado

fehacientemente que el número de ataques de apoplejía e infartos disminuye si se

efectúa un tratamiento medicamentoso. Sin embargo, durante años, a la mitad de esos

pacientes no se le suministró un medicamento eficaz, sino sólo un placebo, con lo

cual los laboratorios y médicos involucrados estaban arriesgándose a sabiendas a que

numerosos pacientes sufrieran ataques de apoplejía o infartos.

Dos de esos ensayos (SystEur y SystChina) se llevaron a cabo con el apoyo

financiero de la compañía Bayer. Lo que se testeaba era la nitrendipina, un antagonista del calcio contenido en el medicamento Bayotensin.

La multinacional francoalemana Hoechst Marión Roussel (que entretanto ha

pasado a formar parte de la compañía Aventis) financió —a medias con la anglosueca

AstraZeneca— otro ensayo denominado HOPE. Lo que allí se testeaba era el

ramipril, un inhibidor ACE contenido en el medicamento Delix de Hoechst Marión

Roussel y en el Vesdil de AstraZeneca. Una serie de pacientes participantes del

estudio HOPE no recibió el tratamiento antihipertensivo adecuado[40], por lo cual su

riesgo de sufrir un ataque de apoplejía o una afección cardíaca grave era mayor que el

de otros pacientes.[41]