El Navegante
Uno
Este libro es para aquellos que, Niños todavía,
Puestos ya ante el portal de la medianoche
Soñamos con la aurora
Alguna isla
Sobre la que pesa el silencio del mar…
Robert Browning
Pippa Passes , Parte II
…Tal como era en el comienzo
es ahora, y será siempre
por los siglos de los siglos.
Doxología
En 1882, el agente de Lloyd's en Rarotonga informó de la supuesta existencia de las Haymet Rocks, a unas 150 millas al sur-suroeste de Rarotonga… Sin embargo, este informe podría haberse originado en la isla perdida de Tuanaki, que parece haber existido en esas inmediaciones, pero en la actualidad ha desaparecido.
El Fabert, cuando buscaba una isla que según informes existía en esas inmediaciones, pero que no pudo llegar a ver, registró una profundidad de 125 metros a los 24° 07' de Lat. sur y 158° 33' de long. oeste.
(Pacific Islands Pilot, Volumen II, 9.a edición, 19ó9, página ó5, parágrafos 25 y 30.)
UNO
SOBRE LA BLANCA PLAYA de Hiva Oa, mirando hacia donde nacía la luna y hacia las rompientes que se formaban en el arrecife exterior, Kaloni Kienga, el navegante, estaba sentado en cuclillas bajo una palmera, haciendo dibujos sobre la arena. Era un hombre viejo ya, y sagrado; más sagrado incluso que el jefe, porque conocía todos los secretos del mar: cómo susurraba el viento antes de un gran vendaval, cómo se desviaban las corrientes al pasar junto a éste o aquel atolón, cómo brillaba el te tapa, el resplandor subacuático, a diez brazas de profundidad, aunque a medianoche el cielo estuviera negro y sin estrellas.
Los dibujos que Kaloni hacía en la arena eran signos místicos, como los que llevaba tatuados en los brazos y en el pecho. Eran nombres pronunciados únicamente en el lenguaje ritual de los antepasados. La marea creciente los borraría, y el viento mezclaría las sílabas, de manera que sólo los hombres sagrados pudieran comprenderlas.
Para Kaloni Kienga, dibujar esas imágenes no era simple ociosidad. Era un hacer, era la creación de aquello que había sido dispuesto por el destino, soñado, llamado a suceder mucho, mucho antes de que la semilla de su ser hubiera sido depositada en el vientre de su madre. Los sucesos que él simbólicamente dibujaba debían ser, y llegarían a ser; para él no había posibilidad de cambiarlos, como tampoco la había de levantar el dedo de la arena mientras su obra no hubiera sido terminada.
La luna que esa noche se elevaba sería la luna de la muerte. Un día, mientras ella saliera nueva y joven, con ella llegaría el barco, atravesando como un fantasma el canal, desplegadas las velas como las alas de un ave marina, perseguido por el viento de la noche. Kaloni oiría restallar las lonas mientras la nave se acercara a impulsos de la brisa, el chirrido de los cables mientras descendieran el ancla en la laguna. Y la vería, aguafuerte negro y despojado contra la hoz de la luna, aquietarse con el peso del ancla, sobre el reflejo de las luces amarillas en el agua ociosa. Oiría las voces de la tripulación y después el silencio, cuando los hombres descansaran del largo mecimiento del océano. Y después, desde el silencio, desde el agua, terso como un pez de plata, vendría hacia él un hombre; el prometido, el compañero de viaje que debía llevarle en su última travesía, hacia la última recalada, la cuna de los vientos alisios.
Su llegada era tan segura como la salida de la luna. Y también la recalada era segura: el puerto de todos los navegantes, el hogar de refugio que les esperaba bajo la órbita de Sirio, bajo la negra senda brillante del dios Kanaloa. Kaloni Kienga dibujó el último símbolo en la arena, el símbolo del espíritu guardián que le saludaría a su llegada y que le mantendría para siempre a salvo de invasión. Después inclinó la cabeza sobre las rodillas y durmió hasta que la marea, al subir, empezó a lamerle las plantas de los pies.
Esa misma noche, a 4000 kilómetros hacia el Noroeste, James Neal Anderson, director de Estudios Oceánicos de la Universidad de Hawaii, de pie en su jardín, contemplaba cómo salía esa misma luna sobre las sierras de Wahila. En el aire tibio y húmedo pesaba la fragancia densa de las flores de jengibre, de jazmín y de franchipana. Un resplandor verde, oro y escarlata se dibujaba allí donde la luz caía entre las hojas y las orquídeas rastreras. En una época Anderson había amado ese lugar, con su dulzura pegajosa, la prodigalidad con que le protegía del bullicio del campus y de la
actividad política de una Universidad grande y políglota. Después, había empezado a ser para él un lugar solitario, peligroso para un hombre que había enviudado repentinamente después de veinte años de matrimonio feliz. Y esa noche, sería un lugar de ejecución.
Había cometido un error al invitar a Thorkild a su casa. Había asuntos que se trataban mejor de manera formal, en el despacho del director, protegido por las misericordiosas distracciones que ofrecían teléfonos, secretarias y visitas de los alumnos. Pero Gunnar Thorkild se merecía algo más que una escueta comunicación de lo que se había decidido y una ejecución rápida e incruenta. Como hombre, era demasiado grande para deshacerse de él con una rápida disculpa y un puñado de estériles cortesías.
Desde luego, era difícil tratar con él, terco, demasiado osado en las discusiones, harto impaciente con las opiniones de sus mayores, muy poco conocedor de las sutilezas diplomáticas de una institución cultural y educativa grande y susceptible, implantada en la encrucijada entre Asia y Occidente. Se había elevado con demasiada rapidez y a edad muy temprana.
Tenía demasiado encanto para sus compañeras de estudio, y para las esposas de los profesores, y demasiado poco juicio en opinión de los respectivos consortes, menos libres, menos brillantes y menos apuestos que él. Fuera como fuese, Thorkild merecía respeto, y en James Neal Anderson lo encontraría.
Tanaka, el sirviente que llevaba la casa de Anderson, apareció en el jardín con una bandeja cargada de bebidas que depositó sobre la mesa de mimbre, junto a la carpeta que contenía el informe de los antecedentes académicos del doctor Gunnar Thorkild y de las publicaciones que llevaban su nombre. Variables fónicas en los dialectos polinesios. Estudio comparativo de los mitos y leyendas de Oceanía, y un Manual de navegación polinesia, con un apéndice sobre el «Culto del navegante».
–¿Le sirvo una copa, doctor?
–No, gracias. Tanaka. Esperaré a nuestro invitado.
–Acaba de telefonear para decir que se retrasará unos minutos.
–No importa. Le esperaré.
No era novedad, eso de tener que esperar a Gunnar Thorkild. Llegaba tarde a sus clases, a las reuniones de profesores, a las fiestas, a las ceremonias del campus; y cuando por fin llegaba, lo hacía siempre en un torbellino de desorden, con una sonrisa torcida y una sacudida de su largo
pelo rubio, acompañada de atronadoras disculpas que ponían a todo el mundo los nervios de punta. Como había comentado una vez ásperamente el rector:
–Thorkild siempre tiene el aspecto de haberse caído de la cama.
A lo cual su mujer había agregado una cáustica precisión:
–Y generalmente es así, cariño. No sé de la de quién será, esta vez.
Podrían haber sido más generosos con él, reflexionó Anderson con el ceño fruncido, si en sus antecedentes no se especificaran con tanta precisión sus orígenes. Gunnar era hijo de Thor Thorkild, un marino noruego, y de una mujer de las islas Marquesas que había muerto al darle a luz en el hospital general de Honolulú, una semana antes del ataque contra Pearl Harbor. Su padre se había puesto, con barco y todo, en manos de la Armada de los Estados Unidos, y había confiado a su hijo a las Hermanas de San José, junto con una buena bolsa de dólares en plata que servirían para pagar la cristiana educación de su hijo. Como n¡ el padre n¡ el barco regresaron, las hermanitas y el Gobierno de los Estados Unidos financiaron la alimentación y la educación del niño. Con sorpresa, descubrieron que se encontraban ante un prodigio que devoraba el pan del aprendizaje más deprisa de lo que ellos podían servírselo.
Después de las hermanas; los jesuitas se hicieron cargo del muchacho, que se graduó con excelentes calificaciones seis meses antes de cumplir los 18 años. Al día siguiente de su graduación se embarcó como marinero de cubierta abordo de un carguero francés que partía para las Marquesas, y regresó cinco años más tarde, para matricularse en la Escuela de Estudios Oceánicos. A los 28 años fue nombrado ayudante de etnografía del Pacífico, y a los 33 era profesor adjunto. Ahora se había presentado como uno de los cinco candidatos para ocupar la cátedra. Lo que tenía que decirle Anderson era que su candidatura había sido rechazada…
–¿Por qué, James? ¿Por qué?
Gunnar Thorkild estaba desmoronado en una silla, un enorme montón de frustración y furia, empuñando un vaso de whisky, mientras Anderson se mantenía a distancia segura, con la carpeta abierta sobre las rodillas.
–¡Pero maldito sea! – protestó Thorkild-. ¿Con qué criterios se me juzga? Si se tienen en cuenta los antecedentes académicos, tú sabes que los míos son dos veces mejores que los de Holroyd, y diez veces mejores que los de esa estúpida de Auerbach. En cuanto a Luton y Samuels, no niego
que sean buena gente, pero en el trabajo práctico son flojos. Son teóricos, lisa y llanamente. En cambio, yo he estado allí, James… ¡desde las islas Tuamotú hasta las Gilbert! Lo que enseño, lo he vivido. ¡ y tú lo sabes mejor que nadie!
–Eso es cierto, Gunnar. Por algo eras mi candidato. Pero tú sabes cómo se toman estas decisiones… por acuerdo general de la Facultad, mientras todos los grupos de presión vigilan por encima del hombro. La triste verdad es que el acuerdo general no te favoreció.
–¿Cómo fueron los votos?
–Tú sabes que eso no puedo decírtelo. Me limitaré a leerte las palabras, sin dar nombres. Pero antes, quisiera estar seguro de que quieres oírlo.
–¡Naturalmente que quiero!
–Entonces sírvete más whisky, que lo vas a necesitar.
Gunnar Thorkild volvió a llenarse la copa, mientras el decano Anderson abría la carpeta y, empezaba a leer con voz monótona y neutra:
–«…el señor Gunnar Thorkild es buen profesor, popular (tal vez un poco demasiado popular) entre sus alumnos y sus colegas más jóvenes. Sus teorías suelen ser brillantes; sus conclusiones, demasiado apresuradas, no llegan a ser confiables. Con su temperamento de poeta más que de científico, es posible que sea un soñador inspirado, pero sin duda, como erudito, resulta insuficiente.
«Es un recolector apasionado y un hábil recopilador de leyendas isleñas; pero cuando sobre la base de tales leyendas pretende afirmar la existencia de una nueva tierra, una especie de Brasil legendario en la Polinesia, roza el límite que separa lo sublime de lo ridículo y lo absurdo. Lo que no ha visto ninguno de los grandes cartógrafos, lo que n¡ siquiera han registrado los satélites, el señor Thorkild lo postula como un hecho; una isla jamás descubierta que es la tumba de capitanes y navegantes, en algún lugar situado entre Pitcairn y Nueva Zelanda.
«Dado que todavía es joven, cabe esperar que el tiempo y la experiencia atemperen su juicio. Estamos dispuestos, por tanto, a aceptarlo como profesor asociado durante un período de tres años de prueba. Por el contrario, en estas circunstancias nos negamos a apoyar su candidatura a la cátedra de etnografía del Pacífico…»
El director cerró la carpeta. Gunnar Thorkild se quedó largo rato inmóvil, clavados los ojos en el fondo de su vaso. Después, en voz baja,
preguntó:
–¿Es la opinión de la mayoría?
–Sí.
–¿Cuántos lo firman?
–Siete.
–¿No hay defensa posible, entonces?
–Me temo que no. Con sólo dar a entender que has oído esto, estarías traicionándome.
–Jamás haría algo así, James. Pero, ¡por Dios! ¿Era necesario utilizar esas expresiones? «El límite que separa lo sublime de lo ridículo y lo absurdo… como erudito, es insuficiente». Con esos juicios en mis antecedentes, soy hombre muerto.
–No tanto. Todavía te aceptan como asociado.
–¡Pues tiene gracia! ¡Primero me cortan las alas y después me las sirven para la cena! Esto no tiene arreglo, James, de ningún modo. Mañana por la mañana te presentaré m¡ renuncia.
–¡Escúchame primero!
–¿Qué es lo que quieres decirme, por Dios?
–Esto, simplemente. No falta más que un mes para que termine el semestre. Antes no puedes irte, salvo que quieras quedar como un estúpido y organizar un buen escándalo. Después vienen los tres o cuatro meses de vacaciones de verano. Hasta fines de agosto no se harán públicos los nombramientos. Esto te da un plazo. ¡Aprovéchalo! Pon en orden tus pensamientos, analiza s¡ vale la pena echar por la borda toda tu carrera por un primer rechazo, por muy duramente que haya sido expresado… ¡No!
¡Siéntate! Me debes cierto respeto, Gunnar. Yo leí tu último trabajo sobre los navegantes polinesios, y era bueno. Era claro, lógico, espléndidamente documentado. Pero en el apéndice lo echabas a perder. De la erudición pasabas a la especulación. Afirmabas como un hecho la existencia de un lugar, cuando sólo puede ser una teoría. Tú dices que tus colegas te han cortado las alas, pero tú les has dado el cuchillo para que lo hagan. ¿Por qué, hombre? ¿Por qué?
–Porque yo sé que existe.
–¿Cómo?
–El hombre que me lo dijo es m¡ abuelo, Kalon¡ Kienga.
Todo lo que digo en ese artículo me lo enseñó él.
–¿Y te lo demostró?
–Sí.
–Pero esto no lo demostró… o, s¡ él lo hizo, las pruebas no aparecían en la publicación. Se lo arrojaste en plena cara a un público de eruditos y les dijiste: «¡ Ahí tenéis! ¡Aceptadlo sin discusión, como yo lo digo!». Te lo pregunto una vez más: ¿Por qué?
–Porque… ¿acaso no lo ves?, porque en algún momento, en alguna parte, hay que tomar algo como artículo de fe. Kalon¡ Kienga es un gran hombre, que encierra en su cabeza un milenio de conocimiento y de tradición. Yo lo creí, y sigo creyéndolo. ¿Acaso un hombre no tiene derecho a hacer un acto de fe?
–Claro que sí. Pero no puede quejarse s¡ otros le piden pruebas, y s¡ le crucifican porque no puede o no quiere presentarlas. Perdóname, Gunnar, pero soy mucho mayor que tú, y ésta es la forma en que yo interpreto lo que te sucede. Ahora, ¿qué es lo que piensas hacer? ¿Blasfemar o dar testimonio?
Gunnar Thorkild dejó cuidadosamente su vaso sobre la mesa, se enjugó las manos y los labios, y dejó escapar un prolongado silbido de asombro.
–¡Oh, James! ¡James Neal Anderson! No te andas con medias tintas.
Blasfemar o dar testimonio. ¡Está bien! Es lo que se llama tronar desde el púlpito. Ahora, cuál crees tú que es la forma, de dar testimonio. ¡Pero de verdad, eh! Sin rodeos.
–¿Y sin que tú protestes al oírlo?
–No protestaré, te lo aseguro.
–Hay dos maneras, y para mí las dos son válidas. La primera: aceptas el veredicto, ocupas el cargo que te ofrecen y con ello admites que como científico tienes defectos, aunque remediables. La segunda: pide una excedencia de seis meses para un viaje de estudios (que te concederán, yo te lo garantizo) y sal a demostrar tu afirmación. Encuentra la isla. Trae las coordenadas, dibuja un mapa y fotografíala. Entonces tendrás tu cátedra, y vitalicia… aunque tuviéramos que crear una nueva para dártela a ti.
Durante largo rato, Gunnar Thorkild permaneció inmóvil, sumido en un caviloso silencio, que rompió poniéndose súbitamente de pie.
–Una pregunta más, James.
–¿Sí?
–¿Qué interés tienes tú en esto, de todos modos?
–M¡ convencimiento de que, como científico, eres más profundo que los otros -respondió James Neal Anderson-; y que, como hombre, vales más de lo que has demostrado hasta ahora.
–¿No tienes inconveniente en que lo piense un poco más?
–De ninguna manera, siempre que me des tu respuesta antes de fines de junio.
–Gracias, James.
–No tienes que dármelas. ¿Quieres llevarte algo para beber por el camino?
–Mejor no -respondió tristemente Gunnar Thorkild-. Una nueva infracción de circulación, y me quitan el permiso.
Y se fue, un gigante abatido e intrigado, rozando con la cabeza rubia el follaje de los franchipanieros, sembrados los hombros de florecitas amarillas, dejando a James Neal Anderson solo para terminar su whisky, en el jardín perfumado, bajo una luna moribunda y desgarrada…
Pese al desorden que caracterizaba su apariencia personal, y a la ocasional tosquedad de sus modales, en el apartamento de Gunnar Thorkild en South Beretania reinaban una simplicidad y un orden espartanos. Tras haber alquilado una vieja casa de madera, la había dividido en dos partes, una de ellas compuesta por una cocina y una gran sala de estar, mientras la otra contenía el estudio y el dormitorio. La primera zona estaba abierta para todo el mundo: estudiantes, amigos, amantes estables o circunstanciales. La segunda se la reservaba Gunnar para él solo, y era un espacio abierto rodeado por completo de libros y archivos, en donde el único mobiliario lo constituían una cama, una silla y un escritorio meticulosamente ordenado.
Allí no entraba nadie, a no ser la anciana Molly Kaapu, que vivía cerca e iba todos los días a hacerle la limpieza y a cocinar.
Las ventanas se mantenían cerradas con postigos, el techo y el suelo eran a prueba de ruidos, de manera que Gunnar podía trabajar sin oír otra cosa que el zumbido del acondicionador de aire. Se vanagloriaba -pero también era verdad- de no llegar jamás allí borracho n¡ caliente; s¡ se acostaba con las botas puestas o con una mujer al lado, se quedaba abajo en el salón. También allí, sin embargo, reinaba el orden. Sus visitantes podían sentarse donde quisieran, cantar, gritar o bailar; pero s¡ lo ensuciaban derramando alcohol, o volcaban un cenicero, y no tenían la delicadeza de limpiar antes de irse, jamás recibían otra invitación.
–Es que he vivido a bordo de un barco -solía explicar Gunnar en momentos en que se sentía comunicativo-, y s¡ uno no conserva pulcra la litera y el camarote ordenado, al cabo de una semana ya no se puede vivir allí.
Molly Kaapu sentía por él un gran afecto, porque Gunnar hablaba la lengua de sus mayores, y la hacía reír hasta que le dolían los costados, contándole historias escandalosas. Cuando estaba harto de su propia compañía, o de la de otros, Thorkild solía ir a buscarla para pasar una hora charlando con ella ante un vaso de té. Después, Molly se arremangaba y le daba masaje en los músculos de la espalda y del cuello antes de que Gunnar volviera a subir a su estudio, con sus libros y los trabajos de sus alumnos.
Molly era la única que usaba su nombre nativo, Kaloni, la única a quien le interesaba hablarle de los años que había pasado viajando ociosamente por las islas, Ahora, a su regreso de casa de Anderson, ella estaba esperándole.
–Ajá -cloqueó, frunciendo el ceño-. Ya lo veo. ¿Pasa algo malo? Quítate la camisa, Kaloni, para que Molly pueda hacerte lomilomi. Después me lo cuentas, ¿eh?
Mientras ella le amasaba y golpeaba los músculos tensos y agarrotados, Thorkild le fue contando, deteniéndose a veces para buscar las palabras que pudieran expresar los ajenos pensamientos de los haole en el lenguaje de un pueblo más simple y más antiguo. A Molly todo le pareció un disparate.
Los haole lo complicaban todo. S¡ algo era así, era así. ¿Por qué había que demostrarlo? Los viejos sabían. Navegaban a vela por el océano guiándose por las estrellas y las formas de las nubes y el vuelo de los pájaros. No escribían las cosas; las recordaban y las narraban o las cantaban. ¿Por qué tenía tan en cuenta a los haole? ¿Por qué no se volvía al pueblo de su madre?
Claro, por qué no… a no ser porque nunca podría hacerlo, nunca podría volver todo él, entero; porque estaba partido en dos, y vuelto a partir por el hecho de ser consciente de ello, y una vez más por los deseos y los sueños, hasta que no quedaba nada de él más que harapos y fragmentos, como hojas muertas que pudieran volar impulsadas por los vientos alisios. Eso también lo entendía la vieja Molly, pero creía aún que todo se podía volver a reunir; que ella, amasándolo como s¡ fuera una masa con sus manos grandes y fuertes, arrullándolo con viejas canciones de un tiempo ya pasado, lo conseguiría.
Cuando por fin Gunnar se durmió, ella le cubrió con las mantas, apagó la luz y se fue. Al llegar a su casa encontró a Dulcie, su hija, cabeceando frente al televisor. Le entregó las llaves de la casa de Thorkild y la exhortó dulcemente.
–Esta noche, negras nubes cubren el cielo de Kaloni. Vete con él, muchacha. Haz que se olvide de lo que le han hecho los haole. Haz que recuerde que sigue siendo un hombre.
Cuando la muchacha se deslizó en su cama, desnuda junto a él, Gunnar Thorkild se movió y le sonrió y la atrajo hacia él, murmurando, soñoliento, una sola palabra:
– Ka'u -«Oh, pecho que me das consuelo».
Aunque no sabía muy bien cómo había llegado a poseerla -y no estaba en su naturaleza preguntárselo-, había en él algo que era piedad, que era un sentimiento de responsabilidad y de deber. No lo sentía como una carga; lo aceptaba con la misma sencillez con que aceptaba los rituales servicios de Molly y de su hija, y las amistades ocasionales de los bares y del puerto.
El último domingo de cada mes, a las once en punto, detenía su coche ante la puerta del Centro de los Jesuitas de East Moana para recoger lo que por tácito acuerdo llamaban el cuerpo del delito y que era el de Michael Aloysius Flanagan S. J., antiguo mentor de Gunnar Thorkild, antiguo capellán católico de la Facultad de Estudios Oceánicos, y reducido ahora a un mono decadente inmovilizado en una silla de ruedas, con un par de piernas inútiles y un gusto inveterado por las intrigas y las vías menos plausibles hacia la salvación. Una vez estibada su carga, Gunnar la llevaba al viejo hotel Moana, y se instalaban bajo el beniano a beber ponche y comer mahi-mahi a la parrilla, mientras arreglaban el mundo o lo ponían al revés, lo mismo daba.
Para Michael Aloysius Flanagan, sesenta años, veinte en las islas, cinco en silla de ruedas, la creación era un caos y Dios un arquitecto perplejo que trataba de arreglar lo mejor posible una obra estropeada. Para Gunnar Thorkild, Flanagan S. J. era el hombre que más se aproximaba al padre que él jamás había conocido, el que le había tirado de las orejas y le había limpiado los mocos y le había defendido de los matones; el que le enseñara las bellezas de la lógica y la concordancia de las ideas más contradictorias.
Hacía mucho tiempo que Flanagan había llegado a la incierta conclusión de que al mundo no se le puede salvar; únicamente es posible amarlo. Y, como
célibe y defensor de una causa perdida, había centrado en Gunnar Thorkild todo el amor que le quedaba y que, según él mismo aseveraba, le daba derecho a cierta libertad de expresión que él se tomaba sin restricciones.
–Gunnar Thorkild, ¡eres un maldito idiota!
–Sí, padre.
–En el momento decisivo de tu carrera te expones indefenso a los herejes.
–Es verdad, ya lo sé.
–¿Y qué fue lo que hicieron?
–Exactamente lo que se podía esperar.
–De modo que ahí estás, llovido y apaleado, y perplejo, y…¿quieres decirme qué esperas que haga yo?
–Nada. Sencillamente, tenía ganas de contárselo. Termine su copa, así pedimos otra.
–Cállate la boca, muchacho, y déjame hablar. James Neal Anderson es un buen tipo, y te puso en tu lugar… por más que sea un metodista sin alegría en el corazón. ¿Qué harás tú ahora?
–Aguantarme, o sino, buscarme un trabajo para cortar piñas en tajadas en la fábrica de conservas Dole.
–Pues podrías poner tu dinero donde pusiste la lengua e irte a buscar pruebas de lo que escribiste. ¿Cuánto dinero tienes, por cierto?
–Diez mil dólares limpios, en el banco.
–Es más de lo que te mereces, y muchísimo menos de lo que necesitas.
–¿Y cómo sabe usted lo que necesito?
–Porque hago mis deberes escolares, que era lo que a t¡ había que obligarte a hacer, Gunnar Thorkild. S¡ yo fuera tú… y gracias a Dios no lo soy, porque ¡vaya s¡ vas a verte en dificultades!, me compraría un viejo buque mercante isleño, lo acondicionaría, organizaría las provisiones y la tripulación, me buscaría algunos pasajeros para que paguen las cuentas y sean testigos de mis hazañas, me iría a buscar a m¡ anciano abuelo y me dedicaría a navegar hasta que encontrara m¡ isla.
–¿Y s¡ la encontrara?
–La examinaría bien; y s¡ me gustara lo que viera, echaría el barco a pique y me quedaría allí. ¡El mundo se ha vuelto loco, muchacho! Bombas por las calles y terrorismo en el cielo, y la política es un manicomio que da vértigo. ¡Pues, me quedaría allí!
–Dos más -le pidió Gunnar al camarero que se mantenía cerca de ellos-.
Y no se pierda. Le avisaré s¡ queremos más.
–Yo no tengo intención de emborracharme -precisó Michael Aloysius Flanagan-, sino de iniciarte en las negras artes del mecenazgo.
–Padre, ya sabe usted lo que dijo Samuel Johnson de los mecenas y protectores.
–¡Sam Johnson era un vejestorio pomposo, y protestante por añadidura!
Cualquier novicio jesuita podría darle lecciones. Ahora escucha, y presta atención. Lo que necesitas es un barco. Para tener un barco necesitas dinero, y en estas hermosas islas hay gente a quien el dinero le sale por las orejas…
–Pero n¡ un solo dólar cae hacia donde yo estoy.
–No hay razón para que así sea. Tú ganas un buen sueldo, y tienes tiempo suficiente para disfrutarlo. Nadie te debe un centavo.
–¿Entonces, ¿por qué plantea esa cuestión?
–Porque, hijo mío, s¡ pones en juego tu imaginación puedes encontrar quien te financie cualquier clase de locura, ya te dé por sentarte sobre un poste o por salir a convertir pingüinos. Y ahora cállate, porque voy a empezar a soltarte un sermón sobre el dinero y sobre la gente que hace dinero…
Del sermón y del mucho escribir sobre servilletas de papel, resultó que Michael Aloysius Flanagan S. J. tenía varios amigos, cualquiera de los cuales, s¡ se le prometían ciertas ventajas comerciales tales como los derechos mundiales de publicación, de emisiones televisadas y de filmación, podría estar dispuesto a financiar un nuevo viaje de descubrimientos por los Mares del Sur. S¡ a Gunnar Thorkild le quedaban unos gramos de fe, cosa que evidentemente no tenía a las tres de la tarde de ese alcohólico domingo, no tenía más que empezar una novena a la Santísima Virgen y dejar lo demás en manos de su viejo amigo Flanagan, que disponía de muchísimo tiempo, y de una lista de generosos donantes a quienes no recurría desde hacía por lo menos cinco años.
La idea era generosa, y el anciano se sentía tan eufórico como s¡ tuviera el dinero en el bolsillo. Gunnar Thorkild parecía un tanto más escéptico.
Tiempos hubo en que Flanagan S. J. era capaz de reunir millones. Había hecho construir dos iglesias, un orfanato y una casa de estudios; pero en el otoño de sus días tenía que esperar a que Gunnar Thorkild fuera a llevarle a comer.
Tras haber conducido al anciano, sano y salvo, a la casa de los jesuitas, donde se quedó dormitando en el jardín, Thorkild se dirigió con el coche a Sunset Beach, donde los jóvenes iban a practicar surfing sobre las grandes olas del Pacífico norte. Él ya estaba demasiado viejo para eso; era candidato seguro a desnucarse o partirse la cabeza. Pero le encantaba contemplar el espectáculo, que para él tenía el sentido de un ritual, como el enfrentamiento con el toro o como arrojarse atado con una correa de las copas de los árboles, con gran riesgo y sin otra recompensa que el frenesí de la misma acción, la explosiva culminación del triunfo y el resplandor crepuscular de las aclamaciones de los iniciados.
Había una hosca majestad en las enormes olas, venidas desde las Kuriles y las Aleutianas, que se rizaban lentamente y se doblaban sobre sí mismas hasta desplomarse en una ruina de espuma en la línea de las rompientes. Había una belleza inenarrable en el espectáculo de una figura humana en equilibrio sobre una tabla, descendiendo por la pendiente mientras una muralla de agua se desmoronaba a sus espaldas. y cundió el terror cuando fue arrojado como un copo de espuma por los aires, mientras la tabla le pasaba a dos centímetros de la cabeza, y después quedó sepultado en un tumulto de espuma y de piedras. Chicas y muchachos parecían dioses del mar, arrancados de alguna antigua fábula, felices y orgullosos y sin embargo, de alguna manera crueles, hasta tal punto eran reticentes y temerarios.
Una muchacha, envuelta en un informe muu-muu casi totalmente descolorido por el sol, se acercó por la playa y se dejó caer junto a Thorkild sobre la arena. Tenía enredado y sucio el pelo rubio, su rostro infantil aparecía hinchado, y los labios partidos por la quemadura del sol y del viento.
–¡ Hola, profe!
–Hola, Jenny. Hace tiempo que no nos vemos.
–Es cierto.
–Te he echado de menos este semestre. ¿Dónde te has metido?
–Por ahí.
–¿No sigues estudiando?
–No.
–¿Dónde vives?
–Por ahí.
–¿Y comes?
–Para dos, ¿no se ha dado cuenta? – la chica se estiró el muu-muu sobre el vientre redondeado-. ¿No le gusta? Cinco meses.
–¿Conozco yo al padre?
–Lo ha visto alguna vez. Billy-¡o Spaulding. Tan pronto como lo supo, desapareció. El padre se fue a Nueva York. Me mandó mil dólares y la dirección de un médico discreto y que trabaja bien.
–¿Y tú no quisiste?
–Yo quería tener el bebé de Billy-¡o, y todavía lo quiero. ¿Chiflada, no?
–Para mí, no. ¿Ahora, quién paga el alquiler?
–Yo.
–¿Cómo?
–Oh, bueno… M¡ padre todavía cree que estoy estudiando, y me envía el dinero. Hago algunas cosas, cuido niños… Jenny la tonta, eso soy yo.
–¿No te drogas?
–No puedo permitírmelo… Un poco de grifa, a veces.
–Yo podría conseguirte trabajo y habitación.
–Eeeh… No sé. ¿Qué clase de trabajo?
–Ahora lo veremos. S¡ no te gusta, no lo tomas. ¿Qué te parece?
–Usted es un encanto, profe, pero…
–Y no te vendría mal una cena, ¿no?
–Dos tampoco.
–Bueno, vamos.
La ayudó a levantarse y volvieron lentamente al coche, cogidos de la mano. Antes de haber llegado, Gunnar estaba seguro de que había cometido un error. Jenny jamás le había resultado atractiva, como le había pasado con otras alumnas. Siempre había sido torpe, lacónica, pesada, exasperante pero un poco patética, con su sumisión para con cualquiera que tuviera la menor atención con ella. Como alumna era ávida, pero no conseguía resultados; uno de esos seres para quienes el aprendizaje, lo mismo que la vida, era un rompecabezas en el que siempre faltaban piezas.
–¿No les has dicho nada del niño a tus padres? – le preguntó Gunnar.
–¡Por favor! Tienen bastante con sus propios problemas. Mamá acaba de divorciarse de m¡ padre, y él se casó con su secretaria, que está esperando un hijo de él. Es demasiado complicado.
–Desde luego.
–¿Adónde vamos, profe?
–A ver a una amiga mía. Por el camino nos detendremos en un supermercado a comprar algunas cosas para la cena. Creo que el Leibermans está abierto los domingos.
–Sí, creo que sí. Pero escuche, ¿no parecerá un poco raro?
–¿El qué?
–Que yo aparezca así -soltó una risita infantil-. Y con la reputación de usted…
–No sabía que la tuviera.
Jenny volvió a reírse.
–¡Vamos, profesor! ¿No sabe lo que decían?: "Gunnar Thorkild tiene la pistola más grande de la isla, y dispara sin apuntar".
Alguna vez lo habrá oído. Por eso acuden tantas mujeres a sus clases.
Por eso me decidí a ir yo.
–Lástima que no te quedaras.
–¿No está enfadado conmigo ahora?
–No. Simplemente, me intriga qué otras cosas pudieran decir, y s¡ han aprendido algo aparte de los detalles de m¡ vida sexual. ¿Tú aprendiste algo alguna vez, Jenny?
–¿Se refiere a los polinesios y sus viajes y su vida, todo eso? Sí, creo que algo aprendí, pero nunca ha tenido sentido para mí.
–¿Por qué no?
–Bueno, usted sabe… ¿Qué hicieron que tenga algún valor? ¿Qué queda de ellos ahora? N¡ siquiera son dueños de las islas donde viven. Aquí y en Samoa estamos nosotros, y en Tahití los franceses… Aquí en Hawai¡ no son nada… camareros y mozos de playa…
–Y nosotros, Jenny, tú y yo, ¿qué somos?
–Bueno, quiero decir que por lo menos somos civilizados. Hemos progresado. Hemos… ¡Oh, demonios! Me parece que he metido la pata,
¿no?
Thorkild sonrió al contestarle:
–Sí, pequeña. Has abierto la boca y has cerrado la mente. Alguna vez, intenta que sea al revés.
Durante el trayecto hacia la ciudad, Jenny se mantuvo en silencio. No quiso bajar en el supermercado y se quedó hecha un ovillo en el coche, despeinada e informe como una muñeca de trapo. Gunnar Thorkild hizo las
compras con una especie de furiosa indiferencia: bistecs y verduras para ensalada, fruta, vino, paté y helados. Era un idiota que no sabía callarse a tiempo n¡ limitarse a sus propios asuntos. Jamás se podría explicar por qué había tenido que meterse a arreglar precisamente ese entuerto; y ¿qué diría Martha Gilman cuando apareciera con eso en la cocina, un domingo por la noche? Como s¡ ella no tuviera suficiente con sus problemas: el recuerdo de un marido que había muerto por efectos de la heroína en Saigón, dejándola con un demonio de cabeza de estopa, de once años, para alimentar y educar, un cuerpo de treinta años que no era el sueño dorado de nadie, con su áspero pelo castaño, una cara de niño siempre embadurnada de pintura y tintas de imprenta, un estudio lleno de trabajo a medio hacer, hawaianas montadas sobre terciopelo negro para las tiendas de turistas, mapas para los vendedores de terrenos, estampados sobre seda, tallas en madera y dibujos al carbón… y una cohorte de clientes que protestaban por teléfono porque no les entregaba a tiempo el trabajo… Vaya, iba a sentirse encantada de que le dejaran en el umbral a la estúpida Jenny embarazada!
Cuando llegaron a la vieja casa de madera, situada en una calle cualquiera, no muy cerca de la avenida Nuuanu, Thorkild se adelantó como el enviado de una tribu cargado de presentes para apaciguar a un jefe desconfiado. Fue Mark, el demonio, el que abrió la puerta y corrió a anunciar a gritos su presencia.
–¡Eh, mamá! Aquí está Gunnar Thorkild con una señora ¡Vienen a cenar!
Martha Gilman, con la cabeza llena de serpientes y el delantal como s¡
acabara de darse un baño de sangre, apareció al otro lado del vestíbulo.
Venía armada de una paleta y una espátula, y su voz denotaba irritación.
–Gunnar Thorkild, ¿qué demonios significa esto? ¡Yo trabajo los fines de semana como todos los días! S¡ quieres venir a visitarme, telefonea. No tengo tiempo para…
–Ya lo sé, tesoro -por encima de los apios, Thorkild sonrió a su cabeza de gorgona-. Por eso voy a preparar yo la comida. Martha, esta es Jenny.
Está embarazada, como ves.
–¿Fuiste tú?
–Esta vez no. Pero Jenny necesita trabajo y un lugar donde dormir, y tú necesitas alguien que cuide de ese monstruo y te arregle el desorden en que
vives. Entonces, ¿por qué no os sentáis las dos a hablar del asunto mientras yo empiezo a preparar la cena?
Manteniendo ante sí los paquetes a modo de escudo, se metió en la cocina y se parapetó calzando una silla bajo el picaporte de la puerta. Tardó una hora en hacer los preparativos, se concedió veinte minutos más para mayor seguridad, y no dejó de admirarse ante el silencio de afuera, n¡ de prepararse para el torbellino que se le iba a venir encima en cuanto abandonara su santuario. Cuando finalmente reunió el valor necesario para anunciar que la comida estaba lista, se encontró con la mesa puesta, a Jenny vestida con un muu-muu limpio y una cinta en el pelo, jugando a las damas con el demonio, y a Martha Gilman con vestido de noche y zapatos dorados, encendiendo las velas. Mientras él se quedaba boquiabierto, con una botella de vino en cada mano, Martha le dijo con dulzura:
–¿Por qué no vas a arreglarte, Gunnar? Jenny y yo serviremos.
Aunque jamás se hubiera distinguido por su discreción, esa vez tuvo el buen sentido de callarse y mantener un agradecido silencio. Solo después de terminada la cena, mientras -¡un milagro seguía a otro!-Jenny y Mark estaban en la cocina lavando los platos, Martha Gilman pronunció las palabras de absolución:
–eres un payaso, Gunnar. Pero un payaso encantador. S¡ Jenny quiere quedarse, no hay inconveniente. Me vendría bien un poco de ayuda, y quizás a ella le vendrá bien un lugar donde tranquilizarse durante un tiempo. De modo que veremos…Y ahora, dime qué es eso de tu nombramiento.
–¡Eh! ¿Cómo te has enterado?
–Eso a t¡ no te importa. Cuéntame.
–Me ofrecieron el nombramiento de profesor asociado durante tres años, pero la cátedra, no. Anderson me ha ofrecido una excedencia de seis meses, para que demuestre m¡ tesis. Eso es estupendo, salvo que no ha aparecido nadie con el dinero necesario para financiar la expedición.
–Qué prostituido estás, Gunnar Thorkild.
–No me hace gracia que digas eso.
–No lo digo para que te haga gracia. Recuerda que yo leí tu tesis. Dibujé los mapas y las ilustraciones. Y creí lo que contabas de tus antepasados: cómo navegaban a remo y a vela sin brújula, sin cartas; cómo vivían de los frutos de las islas y de la pesca, y recalaban en minúsculos atolones y en
islas grandes, como ésta. Y creí en los viajes que tú mismo habías hecho en lugres y canoas, y solo con tu abuelo. Y ahora estás hablando de mecenazgos y expediciones y toda la porquería que eso lleva consigo.
Entonces nadie te patrocinaba. Ahora, ¿por qué lo necesitas? ¿Has perdido el valor, acaso? Yo te he visto aquí, sentado en esta habitación, y he visto brillar los sueños en los ojos de un niño que te escuchaba. Y he oído a tus alumnos, incluso a esa pobre tontita que has traído esta noche, contar cómo tú les habías abierto horizontes que jamás habían soñado que existieran. Y
ahora, ¿qué eres? ¡Una especie de símbolo sexual para alumnas de segundo año, que habla mucho y actúa poco, mientras lleva a cabo pequeñas acciones de caridad, como la de hoy! ¿Qué ha pasado del gran hombre, el hijo de la hija de Kalon¡ Kienga, el navegante sagrado? ¿No irá acaso a la isla para preparar a su abuelo para el viaje al hogar de los vientos alisios?
Durante un momento, la fuerza y la virulencia del ataque le dejaron aturdido. Gunnar estaba acostumbrado a las explosiones de ira y exabruptos de Martha, y siempre había encontrado palabras para calmarla; esta vez se encontraba ante una furia fría, desdeñosa y letal. Ella tiraba a matar, a los genitales, al corazón, a la yugular; pero Thorkild no quiso darle el gusto de entrar en el juego.
–¡Basta, Martha! – le dijo secamente-. S¡ estás en un mal día, lo lamento. S¡ tienes algún problema, trataré de ayudarte. Pero no me vengas a mí con complejos de culpabilidad.
–Thorkild, eres un infeliz.
–Consta en m¡ partida de nacimiento.
–Eres de una prodigalidad infernal. Desperdicias todo lo que otras personas darían un ojo por tener…talento, oportunidades, libertad.
–¿Y desde cuándo tengo que darte cuentas de m¡ vida a ti, o a ninguna persona?
–Aunque no las des, eres responsable…mal que te pese. Hoy, siguiendo un impulso, has cambiado tres vidas: la de Jenny, la mía y la de Mark…No me arrepiento de lo que te he dicho. Creo que resultará bien. Lo que digo es que tú has introducido ese cambio sin preguntar. Tú nos has impuesto a todos una situación, y sin embargo, cuando esta noche termine, te irás de aquí tranquilamente silbando Dixiland como s¡ nada hubiera pasado. Es lo mismo que ocurre con tus clases. Todo lo que tú enseñas tiene consecuencias para alguien. Cada vez que saludas a una muchacha nueva,
para ella hay una consecuencia. Pero a t¡ no parece importarte. Eres…No sé…Eres…
– Haphaole -precisó en voz baja Gunnar Thorkild-. A medias blanco, y totalmente a la deriva. En realidad, eso es lo que estás tratando de decir.
–¡No!
–Sí, Martha. ¡Sí! Oh, ya sé que no es cuestión de color n¡ de prejuicios raciales; pero es algo que tiene que ver con lo que yo soy, y con lo que a t¡
te parece una falta de… ¿cuál es la palabra de moda?, de compromiso. Yo me comporto como hombre de tribu, no como hombre de grupo. En una tribu no se hacen compromisos; uno está comprometido, desde que nace hasta que muere, a compartir, a amar ya sufrir en el seno de unas relaciones que se remontan a los antiguos dioses. Se sale a pescar juntos y se comparte la pesca. Las familias se intercambian los hijos sin que el niño sufra n¡ se perturbe el orden de las cosas. En un grupo haole es diferente. La familia está destruida o se ha agostado. Uno tiene que insistir en lo que es, demostrar su identidad, y después dedicarla en forma total o parcial, como precio de su admisión por el grupo. Yo no soy hombre de equipo, n¡ de facultad, n¡ de empresa. Me niego a trabajar en el conformismo. Soy yo, y nada más… Tú me odias en este momento porque te parece que tengo una libertad de la que te ves despojada. Pero s¡ me dejas ir y venir es porque yo no te planteo exigencias y porque me puedes cerrar la puerta en las narices.
Mis colegas me repudian porque dicen que es incómodo trabajar conmigo.
La verdad es que yo no tengo un pasado que a ellos les interese compartir, n¡ un futuro que esté dispuesto a hipotecar para satisfacer las exigencias de ellos. Es decir que soy un bicho raro… como el hombre que perdió su sombra. Y eso no hay nada que pueda cambiarlo. No cambiaría aunque me desnudara y, como Cristo, fuera andando sobre las aguas desde Diamond Head hasta Puka-Puka.
Martha estaba al borde de las lágrimas, pero no quería darse por vencida y se defendió desesperadamente.
–Entiendo lo que dices. Tú no puedes dejar que tu paz personal dependa de bocas ajenas, de comentarios y habladurías. Pero esto es diferente. Lo que está en juego es tu integridad como hombre de ciencia. Tu autoridad de maestro ha sido desafiada. Debes hacer frente al desafío, o abdicar.
–¿Y eso significa un viaje de exploración, no es eso?
–Exactamente.
–Lo que a su vez significa un barco, tripulación, provisiones…dinero, en otras palabras.
–Tú tienes dinero.
–Diez mil dólares en el banco.
–Y un sueldo, y una casa, y una importante biblioteca y un coche…
–¿Y tú crees que debo jugarme todo eso por esta única empresa?
–Creo que es tu deber; de otra manera, el informe te es desfavorable.
Como maestro y como científico, estás acabado; además, habrás desacreditado al pueblo de tu madre.
–¿Y qué demonios te importo yo o el pueblo de m¡ madre?
–Me importa porque te tengo afecto y porque Mark te adora… ¡y me gustaría saber que en este mundo infernal hay alguien a quien los dos podemos respetar! y ahora vete, por favor. Creo que por esta noche ya ha habido suficiente.
A la mañana siguiente, con los ojos enrojecidos y sin haber descansado, Gunnar se despertó ante su escritorio, en el estudio a prueba de ruidos. Bajo la mano tenía una libreta llena de cifras que demostraban que s¡ pedía un préstamo con la garantía de sus bienes personales, podía conseguir cuarenta mil dólares en efectivo, y que amortizarlo supondría diez años de ascética pobreza. Como tenía la primera clase a las once, tuvo tiempo de afeitarse y ducharse, bebió un enorme vaso de zumo de naranja y se dirigió a la tienda donde Red Mulligan tenía instalada su compra-venta de barcos, en Ala Moana.
Red era un ex infante de marina, con vientre de bebedor de cerveza, lengua de blasfemador y un ojo infalible para detectar tontos, que tenía el negocio de depósito y corretaje de barcos mejor y más saneado de las islas.
Su esposa era una mujer bulliciosa y regordeta que le limpiaba el despacho, perseguía a los pintores, aparejadores y carpinteros, y se ocupaba de que Red estuviera sobrio durante las horas de trabajo. Eran una pareja mal avenida, pero buenos amigos, cordiales y generosos, siempre dispuestos a hacer sabrosos comentarios sobre la vida del puerto. Mientras bebían café en la carpintería, Gunnar Thorkild empezó a esbozar sus planes:
–…Sé qué es lo que quiero, Red: algo en la línea de un buque mercante del Báltico o de un lugre isleño, de trescientas toneladas, de unos treinta metros de eslora, tres mástiles, con una vela cuadrada para los alisios.
Quiero un motor de pocas revoluciones, uno de esos viejos cascajos que son
capaces de continuar avanzando incluso debajo del agua. Necesito comodidades básicas para treinta personas entre tripulación y alumnado. Y
quiero que me des la seguridad absoluta de que el casco no está podrido, y de que los palos y los aparejos están bien.
–De lo que tú hablas es de un barco antiguo -precisó Red Mulligan-, y s¡
además quieres que sea seguro en alta mar, tendrás que pagarlo. ¿Cuánto dinero tienes?
–Treinta mil, como máximo.
Red Mulligan le miró con la compasión que los irlandeses reservan para los borrachos, los malos sacerdotes y los idiotas congénitos. Lentamente, sacudió la cabeza de un lado a otro, mientras su barriga protestaba también ante tan alucinante insanía. Por fin, extendió dos brazos que parecían troncos de árboles y apoyó las manos sobre los hombros de Thorkild. En su voz había auténtica conmiseración.
–¡Amigo! Te diré qué es lo que puedes hacer con treinta mil. Te puedes ir a cualquier agente de viajes y tomar dos billetes de primera clase para hacer un viaje alrededor del mundo. S¡ telefoneas al Servicio de Acompañantes de Helen, ella te dará una lista de cincuenta muchachas sin prejuicios para que elijas a la que quieres llevar. Con esa cantidad puedes tener alojamiento, compañera de cama y bebidas durante seis meses, y cuando vuelvas te quedará aún dinero en los bolsillos. Pero en un mercante del Báltico… ¡n¡ lo sueñes! ¿No sabes lo que es un barco así? No es más que un gran agujero en el mar, por donde los tontos arrojan el dinero para que los tipos vivos como yo lo recojamos. ¿Me entiendes, amigo?
–Perfectamente -contestó Gunnar Thorkild-. Pero tú mismo me dijiste que los barcos cambian de propietario lo mismo que de coches usados. La gente se da cuenta de que no pueden mantenerlos, de manera que a veces vuelven a vuestras manos antes de que hayan acabado de pagarlos. ¿Por qué no intentas encontrarme algo?
–No hay necesidad de buscarlo -respondió lentamente Red Mulligan-.
En este mismo momento sé dónde está lo que tú quieres.
–¿Dónde?
–A dos millas de aquí, en la tienda de objetos marinos de Mort Faraday.
–¿Quién es el dueño?
–Carl Magnusson.
–¿El fabricante de conservas?
–El fabricante de conservas. el de la línea de cargueros, el de cualquier negocio en que se te ocurra pensar, el de Dios sabe cuántas cosas… Sí. el mismo Magnusson.
–¿Cuánto pide por el barco?
–Doscientos veinticinco mil.
–¿Y cuánto acepta?
–Doscientos veinticinco mil.
–¿N¡ un dólar menos, eh?
–Tú no conoces a Magnusson, muchacho.
–De todas maneras, me gustaría ver el barco.
–Llamaré a Mort Faraday. ¿Cuándo quieres ir?
–Ahora, s¡ es posible.
–Pero hazme un favor, amigo. Actúa como s¡ tuvieras el dinero, y simplemente quisieras gastarlo bien. Yo tengo muchos negocios con Mort, y no quiero que nuestra amistad pueda resentirse…
Quince minutos más tarde, Gunnar Thorkild estaba de pie sobre la cubierta del Frigate Bird, un mercante del Báltico, de trescientas toneladas, con aparejo de bergantín y motores gemelos diesel MAN, que de carguero en el Mar del Norte había pasado a ser buque escuela, para terminar en yate de millonario, con sus cubiertas de teca, los bronces relucientes, las velas inmaculadas como manteles de lino y el cordaje tan blanco como el día en que fue comprado. El cuarto de máquinas parecía un quirófano, y la timonera era el sueño de un navegante. Para Gunnar Thorkild fue un auténtico enamoramiento a primera vista… y, en el instante siguiente, la desesperación.
A ese precio -s¡ uno podía pagarlo- el barco era un regalo. Pero para tripularlo y mantenerlo en ese prístino esplendor se necesitaría otra fortuna.
Mort Faraday, el vendedor, comentó esperanzado:
–Es una preciosidad, ¿verdad?
–¿Cómo hace para gobernarlo Magnusson?
–Él mismo hace de patrón, o por lo menos era lo que hacía antes de caer enfermo, y como tripulantes utiliza a muchachos isleños que trae de su propiedad en Kauai.
–¿Nunca lo ha alquilado?
–¡Nunca jamás! Hemos tenido grandes ofertas, de gente importante. A Magnusson le haría tan poca gracia como alquilar a su mujer.
–¿Por qué lo vende, entonces?
–Ya le dije que el año pasado cayó enfermo… un ataque. Se ha recuperado, pero le ha quedado una pierna lisiada, y un brazo que no le funciona tan bien como antes. Creo que simplemente ha decidido que el Frigate Bird ya le queda grande.
–¿No existe ninguna posibilidad de discutir el precio?
–S¡ el barco fuera suyo, ¿usted lo discutiría?
–No, me imagino que no.
–Pero le diré una cosa. A ese precio, que es tirado, nuestra financiera podría concederle un préstamo del setenta y cinco por ciento, a cinco años.
S¡ usted lo compra y lo alquila podría amortizarlo fácilmente.
–Déjeme que lo piense un poco. ¿Magnusson está en la ciudad?
–Sí, al menos eso creo. Ya no sale mucho de casa. Pero s¡ en lo que usted piensa es en regatear personalmente con él, no se moleste. Magnusson se lo comerá sin pelarlo… s¡ es que llega a verlo, que no es tarea fácil.
–Gracias por la información. ¿En cuánto tiempo puede estar listo para navegar?
–¡Hombre! En el tiempo que necesite usted para comprar provisiones frescas y cargarlas a bordo. Los tanques están llenos, tiene productos envasados, el congelador lleno de carne, un inventario de repuestos y piezas de recambio. Lo único que tiene que hacer es apretar el arranque y soltar amarras. Le juro que jamás encontrará otra oportunidad como ésta…
–Le creo, Mort -reconoció amablemente Gunnar Thorkild-. Ya volveré.
Cuídese.
–Cuídese usted también, profesor, que no me gusta perder una venta…
Mientras volvía lentamente hacia la Universidad, a través de la confusión del tráfico de la mañana, Gunnar Thorkild iba ya pensando en la carta que esa misma noche enviaría con un mensajero a casa de Carl Magnusson.
La casa era como el hombre, aislada, discreta, privilegiada; un bungalow de construcción baja, en madera de teca y piedra volcánica, que se levantaba en medio de un jardín tropical desde el cual el césped y los arbustos descendían hasta el borde del agua. Los portones eran de hierro forjado, y había un guardián para abrirlos. Quien allí entraba, entraba por gracia, jamás por derecho; e importantes secretos, de Estado y comerciales,
se habían discutido en el salón y en el lana¡ que daba a la piscina y al horizonte que se extendía más allá de los arrecifes.
Carl Magnusson era un personaje de reputación aborrecible y de excepcional encanto personal. Un hombretón recio como un árbol, de pelo blanco y tez rubicunda, que hablaba con voz suave y parecía quedar cautivado por las trivialidades que decían sus invitados. Sus enfados eran formidables, ya veces destructivos, pero jamás torpes n¡ violentos. Era públicamente sabido que se había casado cuatro veces, y engendrado seis hijos; todos habían crecido y se habían ido. Desde su enfermedad, Magnusson vivía recluido con su servidumbre filipina, su cuarta mujer y una secretaria.
Recibió a Gunnar Thorkild en el lana¡ y le hizo sentar ante una mesa sobre la cual, junto a la carta de Gunnar, estaba la serie completa de sus publicaciones. Una vez que el café estuvo servido, empezó a interrogarle:
–Thorkild, he leído su carta y la lista de sus publicaciones, y me he informado también de sus antecedentes personales y académicos. Estoy impresionado, pero también intrigado.
–¿Por qué?
–En un momento decisivo para su carrera, cometió usted un error… un gran error.
–No fue un error. Fue un acto de fe en un gran hombre; en m¡ abuelo.
–Un acto de fe… es un punto de vista interesante. Uno de sus colegas, con quien estuve hablando ayer, lo calificaba como entregarse a un cuento de hadas, a un sueño de raíz folklórica.
–Es un sueño, señor Magnusson; pero es el sueño de todo un pueblo. En una forma u otra, se oye contar por todo el Pacífico, desde las islas Gambert a las Gilbert. Y sustancialmente, es siempre el mismo tema: que hay una isla, un lugar sagrado donde van a morir los alii, los grandes jefes y los grandes navegantes… No, no es el pequeño sueño de un solo hombre. Es el que Jung llamaba el gran sueño: el mito de toda una raza que se halla dispersa por el océano más vasto del planeta. Detrás de cada sueño hay una gran verdad… o tal vez una verdad pequeña, pero que ha llegado a tener una importancia fundamental.
–¿Y cree usted realmente que esa isla existe?
–Sí.
–¿Y cree que puede encontrarla?
–Sé que la encontraré.
–¿Cómo lo sabe?
–M¡ abuelo me lo dijo. El conocimiento debe pasar a mí, y él debe ser quien me lo pase. Las cosas son así.
–Vamos, señor Thorkild… ¡que algo deba suceder porque así son las cosas! ¡Para un científico, eso es excesivo!
–¿Cuánto tiempo hace que vive usted en las islas, señor Magnusson?
–¡Estamos aquí desde hace cuatro generaciones, Thorkild!
–Pues entonces, no debería usted burlarse de "cómo son las cosas", n¡
de lo que pasa de una generación a otra. A pocas millas del paso de Pal¡ hay lugares sagrados, perdidos desde hace siglos, pero donde, s¡ diera usted con ellos, se encontraría rodeado por las familias encargadas de su custodia, que le advertirían que se alejara. Usted sabe, o al menos debería saber, que la confianza y el significado se transmiten todavía.
–Sí, lo sé -sonrió Carl Magnusson-, pero quería comprobar s¡ usted lo sabía. Para ser alguien dispuesto a pedir un favor, es usted endemoniadamente quisquilloso.
–Yo no deseo pedir un favor. Lo que quiero es un trato.
–¿Qué clase de trato?
–Quiero fletar el Frigate Bird.
–Está en venta, pero no lo arriendo.
–Tenía la esperanza de que considerara usted m¡ oferta.
–No. Al Frigate Bird es preciso amarlo, no es una mercadería.
–Lo del amor lo entiendo -asintió hoscamente Gunnar-. Yo también me enamoré del barco. Pero de nada sirve fingir que puedo pagarlo.
–Supongamos que pudiera. ¿Qué haría?
–Buscaría una buena tripulación y, conmigo mismo como patrón y un grupo de chicos y chicas, me haría a la vela hasta Hiva Oa. Allí subiría a bordo a m¡ abuelo y a su canoa, y le dejaría a cargo de la navegación, hasta donde él dijera. Después le bajaría por la borda, a su bote, y me despediría de él. Hecho eso, me vería frente a una opción…
–Qué opción?
–Una opción nada fácil. En ese momento ya sabría cómo llegar a la isla.
Podría volverme, y guardar para mí el conocimiento. O podría seguir navegando, encontrarla, señalarla en las cartas y después volver para reivindicar m¡ reputación científica.
–¿Y cómo cree usted que resolvería la opción?
–Ese es el problema. Usted sabe que soy Haphaole…dos hombres bajo una sola piel.
–Hay una tercera posibilidad.
–También la he considerado -admitió Gunnar Thorkild-. Encontrar el único lugar secreto que queda en el planeta, y permanecer allí. La idea es tentadora.
–A mí podría tentarme.
–¿Apartarse de todo esto? – Gunnar se mostró escéptico.
–Hay algo que usted no sabe, Thorkild. Cuando uno está tendido de espaldas, sin poder hablar n¡ moverse, y los buitres esperan en la antesala el momento de limpiarle los huesos, la vida se ve de otra manera…-se interrumpió y durante largo rato estuvo mirándose las manchas que aparecían en el dorso de sus manos-. La idea es interesante -continuó después, con voz inexpresiva -, pero usted está acorralado, ¿no? Yo no pienso fletarlo, y usted no puede comprarlo. ¿Qué piensa hacer ahora?
–Seguiré buscando un barco que pueda pagar. S¡ no lo encuentro para fin de mes, abandonaré la idea y me iré a Hiva Oa. Tengo la sensación de que a m¡ abuelo le está llegando el momento, y yo debo estar allí a fin de prepararle para su último viaje.
–Quisiera saber -reflexionó amargamente Carl Magnusson- s¡ a nuestros nietos se les ocurrirá la misma idea…
Gunnar Thorkild no dijo nada. El anciano frunció el ceño.
–¿Se siente incómodo? ¿Por qué? Una familia como la nuestra…
construimos imperios y dinastías, y después tenemos que recurrir a los mercenarios para que nos protejan. Cuando yo me muera, los mercenarios se harán cargo: síndicos, banqueros, directorios, abogados. Qué saben ellos de las antiguas devociones, y qué les importan…-se interrumpió para apuntar con un índice largo y grueso al esternón de Thorkild-. Es como he dicho: ¡está usted acorralado! Pues le voy a hacer una oferta. Yo le financio la expedición, para usted y diez personas de su elección; las restantes las designaré. El Frigate Bird se hará a la vela con m¡ tripulación y a mis órdenes, y usted dirigirá las operaciones desde el momento en que recojamos a su abuelo, hasta que lleguemos a la conclusión de que es el momento de desistir y volver a casa. Yo pago todas las cuentas, me cede todos los derechos de publicación y cualquier otra forma de explotación de
los descubrimientos, de manera que a partir de entonces los beneficios financieros quedarán repartidos, un sesenta por ciento para mí, y el cuarenta para usted. Hay algo más. El trato se acepta o no se acepta. Nada de regateos n¡ preguntas, y el momento de la decisión es ahora. Bueno, Thorkild…¿qué me contesta?
–No acepto -dijo escuetamente Gunnar Thorkild.
El viejo le miró, boquiabierto.
–¿Cómo?
–Que no acepto.
–¿Por qué?
–Porque s¡ el trato es justo, debe ser posible la reflexión y la discusión.
S¡ no lo es, no; además, señor Magnusson, hay cosas que yo no puedo negociar porque no me pertenecen; pertenecen al pueblo de m¡ madre. Es usted muy generoso, y sé que no volverán a hacerme una oferta como ésta.
Y ahora, s¡ me disculpa, no le haré perder más tiempo.
–¡Siéntese, y empecemos e nuevo! – ordenó ásperamente Carl Magnusson- Ya antes de recibir su carta había tenido noticias de usted…por su amigo, el jesuita Flanagan. Y en él confío, porque es un hombre como yo… está viviendo de tiempo prestado.
Sobre la blanca playa de Hiva Oa, Kalon¡ el navegante se sentó a mirar cómo salía la luna recién nacida. Ahora no estaba solo: esa noche era noche de fiesta y le correspondía ocupar su lugar junto al jefe y recitar, alternativamente con él, las genealogías que los remontaban a los antiguos dioses… Kane, el supremo, Lono el fecundo, Ku el poderoso, y Kanaloa, el Señor de la profundidad del mar. Solo, Kalon¡ entonó el himno a Kanaloa y a todos los espíritus guardianes que le obedecían. Después, terminada ya la danza, el jefe impuso silencio y Kalon¡ se adelantó a pronunciar su oración mortuoria:
Los altos dioses me dijeron
que sólo una luna más
me quedaré contigo.
Cuando Hiva vuelva a mostrarse
me alejaré
como una blanca ave marina.
Kalon¡ Kienga, el Navegante,
hará su último viaje.