El Navegante

Morris West · Capítulo 7 de 13

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El Navegante

Siete

–¿Qué hay, Adam?

–Su marido… el jefe…

–¡Deja que él diga lo que tenga que decir!

–Señora, es algo que no puede hacer un hombre. ¿Qué puede decir?

¿Que él tiene razón? ¿Que usted se equivoca? ¿O tal vez que los dos tienen razón y se equivocan al mismo tiempo? Pero…como él es el jefe, no puede apostar todo en un solo movimiento. Tiene que estudiar las cartas y no puede pensar únicamente en Charlie o en él mismo solamente. Está usted, y Bárbara, y Jenny…¡estamos todos! Cuando a usted se le estaba muriendo un paciente, tenía que pensar en los que quedaban, no sólo en el que se iba.

Aunque tal vez no lo hiciera… no sé. Pero usted sabe a qué me refiero…

–No te molestes en defenderme, que todo está decidido -le interrumpió bruscamente Thorkild.

–Cuando un hombre es bueno contigo -señaló hoscamente Carl Magnusson-, le das las gracias. ¡y cuando una mujer te dice palabras duras con amor, la escuchas con respeto! Ven conmigo, Briggs. ¡Vamos a ver cómo está ese mejunje tuyo!

SIETE

LA TERRAZA ESTABA LIMPIA: quemada hasta la última maleza, el terreno listo para los cultivadores, pero Charlie Kamakau había desaparecido. Su choza estaba vacía, las cenizas frías desde hacía largo tiempo, los restos de comida descompuestos. También sus herramientas habían desaparecido y, con ellas, las reliquias que Charlie había descubierto y guardado como signos de su vocación sagrada. No quedaba más que el cráneo, reducido a fragmentos desparramados sobre la piedra del sacrificio.

Thorkild y Kuhio recorrieron minuciosamente la terraza y la espesura que la rodeaba, pero las malezas eran demasiado densas y exuberantes para conservar señales de su paso. Repetidas veces, ambos le llamaron a gritos, sin obtener más respuesta que aleteos y chillidos de pájaros sobresaltados.

Thorkild estaba sumamente alterado.

Charlie Kamakau había logrado su objetivo. La terraza despejada era un monumento a su capacidad y su esfuerzo, pero a él ya no le interesaba demostrarlo. Aunque tal vez su fuga no fuera más que un nuevo y angustiado grito de socorro: «¿Veis que me necesitáis? ¡Venid a buscarme!»

El cráneo hecho pedazos hablaba de violencia, pero era imposible precisar

s¡ era un acto simbólico o un simple estallido de cólera. ¿Dónde estaba ahora Charlie? ¿Se habría retirado a tierras más altas, incluso al lugar de los navegantes? ¿O andaría rondando por las pendientes inferiores, demasiado asustado o demasiado hostil para reunirse con el grupo? Carl Magnusson resumió sucintamente la situación:

–De nada sirve que sigamos buscando, Thorkild. Podrías poner en su busca al campamento entero y no encontrarlo en medio de esa jungla.

Regresemos. Se pueden establecer guardias nocturnas y dar instrucciones a todos para que s¡ lo encuentran le traten con suavidad. Y se pueden dar las mismas instrucciones a los grupos que vengan a trabajar aquí arriba, y en la bajada de los troncos… S¡ está definitivamente loco, no hay nada qué hacer.

S¡ trata de volver con nosotros, en su momento intentará comunicarse… En una cosa, Sally tiene razón: todavía no ha cometido ningún acto hostil. En otra, tienes razón tú: no podemos seguir así inmovilizados.

–¿Por qué no le dejamos un mensaje? – sugirió Willy Kuhio con su suavidad habitual.

Thorkild sacó su cuchillo y arañó unas letras en la superficie de la piedra de los sacrificios: «¡Buen trabajo, Charlie! Ven abajo a festejarlo -

Thorkild, Willy, Carl!».

–¿Así está bien, Willy?

–Sí, está muy bien -asintió tristemente Willy-. Pero no sabemos s¡ él lo creerá.

–Pues regresemos, entonces.

–Regresemos despacio, que yo ya no soy tan joven -pidió Carl Magnusson.

–No tenemos prisa, Carl. Además, quiero echar un vistazo a los árboles que señalaron.

Mientras descendían por la falda de la colina, se sintieron aliviados al hablar de cosas simples y concretas. Coincidieron todos en que habría que encargar el diseño del barco a Hernán Castillo, que había construido modelos de casi todas las embarcaciones del Pacífico: el pahi de la Sociedad, el ndrua de las Fidji, el waka taurua del archipiélago de Cook.

Pero antes de elegir el tipo de embarcación debían decidir, en común acuerdo, la naturaleza del viaje. ¿Se arriesgaría todo el grupo en un solo intento de volver al puerto conocido más próximo? ¿O enviarían un

pequeño grupo, dos o tres personas, a que hicieran el peligroso viaje en busca de un grupo de rescate?

S¡ decidían partir todos juntos, necesitarían- una embarcación grande, con doble casco y cubierta, que tuviera cabida para ellos, el agua y las provisiones. Y construirla llevaría mucho tiempo, mucho más de un año, que era el tiempo que había calculado Thorkild. Si optaban por enviar una pequeña avanzada, debían avenirse a perder mano de obra especializada y valiosa, y resignarse a un largo período de incertidumbre sobre su destino.

Mientras descansaban bajo uno de los árboles señalados, Carl Magnusson hizo un comentario que dio a Thorkild motivo para largas reflexiones:

–Una vez que tengamos en claro la meta, y que la consideremos alcanzable, creo que lo importante es olvidarse por completo del factor tiempo. ¿Cómo puedo decirlo? El trabajo es más importante que lo que produce. El viaje es más importante que la llegada. Lo que hemos perdido en nuestra era mecanizada es el arte de vivir. Yo lo he redescubierto demasiado tarde, me temo. Hasta Peter André Lorillard… quiera Dios lavar su alma almidonada, empieza a necesitarlo… La discusión de la otra noche, sobre el exceso de reglas, es parte del mismo proceso… La gente ansía el crecimiento, no los logros. Por más vagamente que sea, empiezan a sentir que aquí en esta isla pueden sentirse felizmente plenos… ¿Has visitado últimamente las tumbas, Thorkild?

–No. ¿Por qué?

–Sobre ellas hay flores frescas todos los días.

–Molly Kaapu y m¡ Eva las llevan -terció Willy Kuhio-, cuando van a bañarse o a mirar las redes de pesca. A mí me parece agradable… como una especie de plegaria.

–Pues a eso iba -Magnusson recogió una orquídea que pendía sobre ellos, y siguió hablando mientras sostenía en las manos la flor purpúrea-. A lo que nos está sucediendo a todos. El tiempo se detiene y la vida florece.

Estamos empezando a contemplar el misterio… algunos de nosotros, por lo menos. Yo no dejo de preguntarme quién será nuestro primer profeta, y qué será lo que lo despierte y le desate la lengua.

–Espero que eso no suceda demasiado pronto -deseó Thorkild, riendo-, que yo ya tengo bastantes complicaciones.

–Qué cosa tan extraña… -Willy Kuhio había captado la idea-. La otra noche, m¡ Eva dijo que lo único que echa de menos es la iglesia y las

oraciones colectivas de los domingos. Yo le dije que todos teníamos religiones diferentes y que algunos no tenían ninguna, de modo que lo mejor era que eso se hiciera en privado.

–Yo, hace veinte años que no me acerco a una iglesia -dijo despreocupadamente Magnusson-, pero a veces me quedo pensando en lo que dijo Kalon¡ Kienga el día que nos dejó: «Cada hombre va hacia su Dios por su propio camino, pero todos los dioses son imágenes de uno solo»…

¿Qué piensas tú, Thorkild?

Thorkild se encogió de hombros y consideró la idea durante un momento antes de responder…

–Yo rechacé el cristianismo cuando dejé a las hermanas…sobre todo, creo, porque no quería vivir de conformidad con él. Con m¡ abuelo, me sentí atraído por las antiguas costumbres… pero eso es una cosa emocional, poética s¡ queréis; de todas maneras, el mana es algo muy real para mí. En ese sentido, supongo que sigo siendo un hombre religioso. Tengo reverencia, tengo respeto. Pero no creo que tenga nada que enseñar a nadie.

Sin embargo, s¡ Eva o algún otro quiere orar, reunirse o meditar, me sumaré gustosamente a ellos.

–A mucha gente eso le ayuda -expresó con sencillez Willy Kuhio-. Un himno que levante el corazón, una plegaria contra la oscuridad. En la gente siempre hay algún miedo… y a veces, Dios es el único a quien pueden contárselo.

–Ya me siento recuperado -Carl Magnusson se puso de pie- Recógeme esas orquídeas, Thorkild, así llevamos unas flores para las señoras.

La noticia de la desaparición de Charlie Kamakau inquietó a todo el mundo, pero Thorkild se esforzó por atenuar los temores. En tanto que la gente no se apartara del campamento, no había peligro. Desde medianoche hasta el amanecer se establecería una guardia, que se repartiría entre dos hombres. No deberían llevar cuchillo n¡ ninguna otra arma evidente, pero podían tener a mano una estaca de bambú para defenderse en cualquier improbable emergencia. En caso de que vieran a Charlie, debían dirigirse a él con calma, invitándolo a comer y beber junto al fuego. No debían desafiarle n¡ perseguirle, sino hacer que se sintiera libre de ir y venir a voluntad. El radio de acción de Bárbara Kamakau quedaría restringidos al campamento ya la playa. S¡ después de cierto tiempo no había rastros de Charlie, entonces se podían atenuar las precauciones. La guardia de la

primera noche correspondería a Lorillard y a Tioto, y Thorkild participaría en las guardias con todos los demás. Pensaron que con esas sencillas precauciones todos podrían dormir tranquilamente durante la noche.

Franz Harsanyi aprovechó el buen humor de todos para insistir en que hicieran una prueba con su juego nemotécnico, de modo que Thorkild empezó con una sencilla charla sobre las estrellas del hemisferio sur, sus movimientos y las leyendas que se asociaban con ellas en el folklore de la Polinesia. Hizo que se cubrieran los ojos y dibujó las constelaciones en la arena; después les hizo levantar la cabeza e identificar las estrellas, nombrándolas por orden de magnitud. Finalmente, hasta el propio Simón Cohen se había unido al juego, cantando los hombres en una melodía que entonaron al unísono:

Aldebarán, Alnilám,

Betelgueuse y Bellátrix,

Pólux y Proción…

Como señaló más tarde Ellen Ching, era estrictamente un juego de niños, pero mucho más divertido que el franeleo o que cualquier fiesta de la Universidad. Yoko Nagamuna, que había estado muy brillante en el reconocimiento de estrellas, les dio una pequeña conferencia sobre la larga tradición de juegos de las geishas, y la forma en que la gente ¡y los hombres, especialmente! seguían teniendo algo de niños en el corazón.

Thorkild asintió, sonriendo, y después se fue con Sally a caminar por la playa. Sacaron la canoa para remar por la laguna, lejos de la corriente que entraba por el canal, hasta llegar al agua serena donde podían tenderse boca arriba en su cáscara de madera, como en una cuna que les llevaba lentamente a la deriva, bajo las estrellas.

–Anoche me sentía tan mal -evocó Sally, soñolienta-, que hubiera deseado cavar un pozo en la arena para enterrarme. Tú y yo estuvimos discutiendo por el pobre Charlie Kamakau. Yo me sentía celosa de Martha Gilman, que ya lleva en sus entrañas un hijo de Peter Lorillard, mientras yo hasta ahora no te he dado nada más que sexo y discusiones. Y estaba tan furiosa con Jenny que me daban ganas de sacudirla y decirle que hiciera el favor de acostarse con alguien y volviera sonriendo, para variar.Y para colmo, me vino la menstruación y tuve que improvisar compresas… ¡que es uno de los problemas que el gran jefe ignora en su reino primitivo! Pero hoy todo ha sido diferente. Por primera vez, me encontré cantando, hice

comentarios como una verdadera ama de casa con Molly Kaapu, y estuve bromeando con Adam Briggs. Me sentía mimosa y con afanes domésticos, y no veía el momento de que tú regresaras… Qué tontería, ¿verdad?

–A mí no me lo parece. Ayer, cuando yo me fu¡ a dar la vuelta a la isla, estaba desesperado, me sentía hecho pedazos. Ahora, yo también estoy mejor.

–Dime una cosa, en serlo. ¿Te gustaría realmente tener un hijo? Aquí, en este lugar, quiero decir.

–Sí, me gustaría. Más que en ninguna otra parte, creo. Tendría tanto amor para recibir… ¿Te he contado alguna vez cómo eran las cosas antes?

–Cuéntamelo ahora.

–Bueno…, pues, a pesar de toda la violencia y la crueldad y la tiranía, siempre hubo un sentimiento de la gracia, la belleza y la generosidad…

Cuando llegaban extranjeros, se les invitaba a comer y a beber. Durante la comida, nadie debía hablar de cosas tristes o amargas. Los problemas, como la comida, debían ser compartidos… A eso se le llamaba «volver a reunirse». S¡ una mujer no podía tener un hijo, otra familia le daba uno…

En cuanto al sexo, era la cosa más natural del mundo. Estaba en todas partes, hasta en los caracoles y en las piedras. Una mujer embarazada buscaba una piedra que fuera una deidad femenina para dar a luz sobre ella.

Si nacía un varón, el piko, es decir el cordón umbilical y la placenta, se enterraban en una cueva, para que el niño quedara así ligado a la tierra ancestral. Cuando lo circuncidaban, le ataban una flor en la herida, para expresar que era hombre y que su masculinidad era hermosa… Una de las cosas que jamás he entendido es la locura que nos lleva a pedir que se mate a los que aún no han nacido. Al mismo tiempo, entiendo al anarquista que quiere volar nuestras inmundas ciudades y dejar que el césped y los árboles crezcan en las ruinas. El noble salvaje de Rousseau era algo más que una ficción romántica; pero nosotros hemos puesto hombres en la luna y hemos elevado la tortura a la categoría de una de las bellas artes…¡Sí, me gustaría que nuestro hijo naciera aquí! y me gustaría quedarme con él y su madre aquí, para siempre.

–Es un hermoso sueño, amor mío, pero no pongas muchas esperanzas en él.

–¿Por qué no?

–Porque una vez que hayamos establecido contacto con el mundo exterior, todo cambiará… ¡tú y yo incluso!

–Pero jamás volveremos a ser los mismos.

–Yo seguiré siendo médico, y tú serás el gran erudito, con tu cátedra vitalicia y mundialmente reconocido.

–Y m¡ corazón volará siempre hacia el Sur, como la fragata.

–¡También el mío! ¿Por qué adopto una actitud defensiva frente a ti, s¡

te amo tanto?

–Un hombre te falló, y ahora quieres saber qué será capaz de hacer el nuevo.

–¿Y la respuesta?

–No hay respuesta. Estoy aquí echado, mirándote, y pienso que tienes los ojos llenos de estrellas, y que tus pechos son hermosos y que es grato acostarse contigo, y que eres fácil para la risa, y un demonio cuando decides pelear… y también pienso que hemos pasado un día más, y cavilo sobre quién irá a cortar los árboles y quién a trabajar en las plantaciones de la terraza, y cómo demonios nos las vamos a arreglar con los mosquitos diurnos… ¡y en que si no empezamos a remar nos vamos contra el arrecife!

–Gunnar Thorkild, ¡eres imposible! La próxima vez…

–¡Cállate un momento!

–¿Qué pasa?

–Me ha parecido oír un grito. ¡Volvamos!

Para cuando llegaron a la playa, todo el grupo estaba esperando, alterado, siniestro, colérico. Peter Lorillard les contó lo sucedido. Acababan de irse cada uno a su cabaña, y él había ocupado su puesto junto al fuego, cuando oyeron un grito procedente del almacén. Charlie Kamakau se había metido dentro, cortando las esteras que servían de paredes, y estaba esperando, emboscado tras la pila de objetos rescatados del naufragio.

Había atacado a Bárbara con un cuchillo, dejándola malherida. Tioto y Simón Cohen le habían desarmado y ellos también estaban heridos. Charlie Kamakau estaba atado, inconsciente después de la paliza.

La escena en torno del fuego era sangrienta. Herida en los pechos, los brazos y el vientre, Bárbara sangraba profusamente. Tioto tenía heridas en las manos, Simón Cohen estaba herido en el cuello y en la mandíbula. Sally Anderton organizó rápidamente a las mujeres para que limpiar las heridas de los hombres y detuvieran la hemorragia, mientras ella, con ayuda de

Thorkild, empezaba a atender a Bárbara Kamakau. Fue una burda operación quirúrgica de urgencia: limpiar, unir bordes y coser, para empezar en seguida con la herida siguiente. Quedarían cicatrices, ya que no se podría practicar cirugía estética para borrarlas después, pero Bárbara viviría, y los hombres se curarían rápidamente, salvo Tioto, que quedaría disminuido porque tenía cortados los tendones de la mano izquierda.

Cuando Sally hubo terminado, los heridos recibieron las últimas dosis de morfina que se habían rescatado del barco y los pusieron a descansar en las cabañas; las mujeres se encargarían de atenderlos durante la noche.

Después Thorkild, Sally y Peter Lorillard se dirigieron al almacén, donde Willy Kuhio vigilaba a Charlie Kamakau, quien permanecía atado como un pollo con parte del cordaje del barco. Estaba magullado y ensangrentado, pero consciente, y mostraba una calma que helaba la sangre. Sally le pasó una esponja por la cara, le dio agua y le habló con suavidad:

–Charlie, ¿me reconoces?

–Desde luego que la reconozco. Usted es la doctora Anderton.

–¿Sabes lo que has hecho?

–Sí.

–¿Por qué lo hiciste?

–Era necesario. Me lo ordenaron. Nada irá bien mientras ella no muera.

–Ella no ha muerto, Charlie.

–No podrán culparme a mí de eso. Yo lo intenté, y puedo volver a intentarlo. ¿No pueden quitarme estas cuerdas? Estoy muy cansado y quisiera dormir.

–Te daré algo para hacerte dormir, Charlie; pero no te quitaremos las cuerdas, porque puedes hacer más daño.

–Yo no quise hacer daño más que a Bárbara.

–Heriste a Tioto, que es tu amigo, y a Simón Cohen, que solía hacer música y cantar contigo.

–Porque trataron de detenerme, nada más. ¡No tendrían que haber hecho eso! La malvada es Bárbara.

–Está bien, Charlie. En seguida volveré a darte algo para dormir. Ahora quédate tranquilo, que nadie te hará daño.

Al salir de la cabaña hizo un gesto para que Lorillard y Thorkild la siguieran. Antes de que ellos la formularan, respondió a su pregunta:

–Está ido… completamente. Le atiborraré de barbitúricos y le dejaré que duerma. Tal vez por la mañana pueda razonar un poco más, aunque lo dudo.

–Tú hazle dormir -dijo tranquilamente Lorillard-, y deja que Thorkild y yo lo llevemos hasta aguas profundas y lo arrojemos allí. Será un acto de misericordia, para él y para todos.

–También será un asesinato -objetó Thorkild-. S¡ por la mañana está lúcido, debe responder de sus actos. S¡ no, nos reuniremos en asamblea para discutir lo que se hace con él.

–Voy a buscar las tabletas -dijo Sally.

Cuando ella desapareció, Lorillard se volvió hacia Thorkild, amargamente.

–¡Escucha, hombre! Tú eres el jefe, yo soy uno de tus consejeros y te garantizo los votos de los demás. ¿Por qué no arreglamos esto ahora mismo, limpia y misericordiosamente? ¿Por qué tenemos que hacer pasar a los otros semejante prueba? ¿Nunca has oído hablar del tamiz? Tienes un montón de heridos, y los repartes en tres grupos: los que se pueden salvar, los que se podrían salvar y los que llevan ya el sello de la muerte. y los dejas ir, con el mínimo dolor posible… yo he pasado por eso, y s¡ tú no tienes estómago para hacerlo, lo haré yo mismo.

–No, no lo harás, y te diré por qué. Somos una tribu con un miembro enfermo. Nuestra responsabilidad es tanto personal como colectiva, y la afrontaremos juntos, porque, no importa lo que pueda hacerse, en lo sucesivo todos tendremos que vivir con lo que hicimos. Nada de héroes n¡

de chivos emisarios. ¿Está claro?

–¡Tonterías!

–A t¡ puede parecértelo -Thorkild habló con aspereza-. Pero tú dispones con demasiada facilidad de las vidas ajenas, Lorillard: de la de tu mujer, de las de tus hijos… ¡de las nuestras también! Esas boyas de señales no estaban todas en la bodega. ¡Dos, por lo menos, estaban en tu camarote! Tú estabas probándolas el día que yo asumí el mando.

–¡Eso no puedes demostrarlo! Después las volví a llevar a la bodega.

–No necesito demostrarlo. Dejé que tú tomaras la decisión, y no me quejo. Pero no tengo en t¡ la confianza suficiente como para dejarte ser juez, jurado y verdugo… Ha terminado tu guardia. Vete a dormir ahora, por Dios.

El pronóstico de Sally Anderton resultó erróneo. Cuando le vieron, a primera hora de la mañana, Charlie Kamakau estaba lúcido, aunque muy lejos de la normalidad. Recordaba lo que había hecho, pero hablaba de la existencia de los hombres, uno de ellos poseído e impulsado por el otro. A sí mismo se denominaba Charlie, y al otro, el hombre kapu. Cuando el hombre kapu tenía en sus manos el mortero mágico, oía voces que le hablaban en la antigua lengua: solemnes voces autoritarias que le decían que los frutos se marchitarían y la tierra seguiría estéril a menos que se derramara sangre para fertilizarla. Y él daba crédito a las voces, porque sabía cómo era todo en los días de antaño… Charlie seguía odiando a Bárbara, pero no tanto como para matarla. y quería que Thorkild les dijera a todos que él lamentaba el problema que había causado… a Bárbara también, ahora que estaba castigada y ya no podría hacer ostentación de sí misma y destruir a otros hombres. Charlie entendía que debían juzgarlo, pero no quería estar presente ni hablar, por temor a ser humillado de nuevo.

S¡ Carl Magnusson y el jefe querían explicar las cosas, para él era suficiente. En realidad, la vida o la muerte no le importaban. Algún día, todos comerían los frutos de la tierra que él había preparado. Con eso, ¿no había demostrado, acaso, que era un hombre? Y no podía entender por qué le tenían atado. Charlie no tenía malas intenciones hacia nadie, pero el hombre kapu exigía obediencia.

Afuera, mientras los demás seguían ocupados con desgana en los menesteres de la mañana, Gunnar Thorkild explicó a Sally Anderton cuál sería su papel en la asamblea. El propio Gunnar le haría algunas preguntas que Sally debía responder tan bien como se lo permitiera su capacidad. En cuanto a lo demás, era libre de participar en la discusión o de abstenerse de hacerlo. ¿Cuáles eran las preguntas? Por lealtad hacia el grupo, no podía adelantárselas. Sally accedió, sintiéndose agotada. Cuanto más pronto se terminara con todo el asunto, mejor. Bárbara no estaba en condiciones como para estar presente. Todavía no había salido del shock, y presentaba inquietantes signos de infección. Sally advirtió a Thorkild que se enfrentaría con una asamblea hostil y desmoralizada. Para completar el panorama, Carl Magnusson no se encontraba bien. La larga caminata para subir a la montaña, unida a la conmoción provocada por los últimos acontecimientos, le habían provocado un gran aumento de la tensión, pero así y todo, insistía en participar de la reunión. En cuanto a la propia Sally, iba aguantando,

pero sentía grandes deseos de ir un rato a nadar con Thorkild antes de la asamblea.

Mientras iban caminando hacia la playa, se les unió Martha Gilman, que estaba preocupada por Mark. Ella le había pedido que cuidara de Bárbara mientras se llevaba a cabo la discusión, el chico se había negado, hoscamente, y Lorillard le había abofeteado. Después, ellos dos habían discutido y Lorillard le había acusado de destruir la autoridad que él debía tener sobre el muchacho. Thorkild hizo una mueca de amargura al enterarse de la nueva complicación, tan innecesaria.

–Yo pienso -le dijo a Martha- que tu hijo debe estar en la reunión. Será para él una buena lección de moralidad tribal, y quién sabe s¡ no puede incluso aportar algo a la discusión. No es necesario que tú des marcha atrás; yo le diré que he desaprobado tu decisión, porque creo que es el momento de que aprenda a conducirse como un hombre.

Media hora más tarde, algunos de pie, otros sentados, otros tendidos en la arena, estaban todos reunidos, Thorkild sentado sobre una lata puesta boca abajo, frente a todos los demás, como si fuera a él y no a Charlie Kamakau a quien juzgaban. Esperó a que todos se hubieran acomodado y estuvieran en silencio y después se levantó para hablar, no ya como un hombre superior sino como un igual, confundido y desconcertado:

–Estamos aquí para decidir el destino de uno de nuestros semejantes, de un camarada de nuestro viaje y de nuestros infortunios. Debemos decidirlo juntos, con toda la sabiduría y la compasión de que seamos capaces. E

insisto en lo de «juntos», porque no podemos hacer que sea uno sólo quien tome la decisión. Algunos de vosotros conocéis, otros no, la historia de los amotinados del Bounty en Pitcairn. Hoy todavía, esa pequeña comunidad vive acosada por el recuerdo de los crímenes y la violencia perpetrados por sus fundadores. Debemos evitar, tanto para nosotros como para nuestros hijos, una carga tan espantosa. Debemos tomar la decisión en común y asumir solidariamente la responsabilidad. Todos deben hablar, y todos deben votar, incluso Mark Gilman, aunque no sea más que un niño, porque él sufrirá en el futuro las consecuencias de lo que decidamos ahora. Como soy vuestro jefe, yo empezaré; después, a medida que cada uno de vosotros hable, debéis sentiros en libertad de desafiar y de interrogar. ¿He sido claro…? Doctora Sally Anderton, ¿quiere hacer el favor de levantarse?

Sally se levantó, con rostro inexpresivo pero erguida y tranquila.

–¿Le he informado a usted de mis preguntas o sugerido las respuestas?

–No.

–¿Entiende usted que puede contestar libremente?

–Sí.

–Primera pregunta. En su opinión, ¿Charlie Kamakau es un hombre cuerdo?

–No.

–¿Es responsable, en sentido moral o legal, de lo que ha hecho?

–No.

–Siempre en su opinión. ¿está en situación de responder por lo que ha hecho ante esta asamblea?

–No.

–¿Puede usted especificar cuál es su estado?

–No creo tener competencia para hacerlo. Aunque soy médico, tengo una experiencia muy limitada en enfermedades mentales.

–¿Podría usted decirnos, o conjeturar al menos, s¡ su estado es curable?

–No lo sé, simplemente.

–¿Sigue él siendo un riesgo para esta comunidad, o no?

–En m¡ opinión, sigue siendo un riesgo, para sí mismo y para los demás.

–¿Deberíamos pedirle que se defienda ante esta asamblea?

–Decididamente, no.

–Gracias. doctora. Ahora… -Thorkild se mostraba muy sereno, muy decidido-. la cuestión es clara: ¿qué hacemos con un hombre enfermo y que no es dueño de sus actos, que ya ha cometido violencias, que puede repetirlas, para quien la opinión más autorizada con que contamos no ofrece garantía de curación? Podéis hacer declaraciones específicas o ampliar el tema haciendo preguntas. ¿Carl Magnusson?

–Le haré una pregunta a usted, jefe, ¿No podemos separarlo en forma permanente y segura del resto de la comunidad?

–Por lo que sé de la geografía de la isla, eso es imposible.

–A t¡ entonces, Sally: ¿qué sucedería s¡ lo confináramos permanentemente en el campamento o en sus inmediaciones?

–A él lo reduciría a la insanía permanente, y a los demás nos desmoralizaría.

–Gracias. Me reservo m¡ conclusión. Usted tiene la palabra, jefe.

–¿Molly Kaapu?

–Yo digo que Charlie tuvo momento de locura. Cierto que hizo cosas terribles; pero creo que se pondría bien, s¡ pudiéramos mantenerle tranquilo durante un tiempo.

–¿Se te ocurre alguna manera de hacerlo?

–Bueno… no, no se me ocurre. Me gustaría pensarlo mientras los demás habláis.

–Señor Lorillard.

–Yo ya he expresado m¡ opinión. Lamentablemente, a este hombre nadie puede ayudarle. Creo que deberíamos deshacernos misericordiosamente de él.

–En concreto, ¿matarlo?

–Sí.

–¿Yoko Nagamuna?

–Yo estoy de acuerdo con Peter Lorillard. Se podría hacer rápidamente y sin dolor.

–¿Quién lo haría?

–En eso no había pensado.

–¿Quieres hacer el favor de considerarlo, mientras seguimos? ¿Simón Cohen?

–Yo no hablaré. Soy una de las víctimas, y no podría ser objetivo.

–¿Tioto?

–Charlie es m¡ amigo, y eso todo el mundo lo sabe, ¿no? Pero s¡ no podemos curarlo n¡ mantenerle apartado, yo diría que acabemos con él sin dolor.

–¿Martha Gilman?

–Yo no sé… Realmente, no sé.

–¿Willy Kuhio?

–¿Puedo hablar en nombre de Eva también?

–Seguro.

–Estuvimos toda la noche hablando de esto. Y pensamos…claro que no podemos prometerlo, que s¡ nos llevamos a Charlie, no de vuelta a la terraza, sino un poco más arriba o más abajo, y nosotros trabajamos con él y le cuidamos, tal vez pueda llegar a recuperarse. El problema es que no podemos encerrarlo, n¡ quisiéramos hacerlo. Pero nosotros estaríamos dispuestos a intentarlo… si los demás estuvieran dispuestos a correr el riesgo.

–Gracias, Willy. Y a t¡ también, Eva… Ahora, creo que tendríamos que oír la opinión de Mark Gilman.

–Yo no sé qué decir, lo mismo que m¡ madre. Lo único que digo es que no tenemos derecho a matar a alguien de esa manera, porque ahí se acaba todo. Quiero decir que ya no hay después. Se termina y nada más. Además,

¿quiénes lo van a hacer? ¿y qué les decimos después?

–Eso es importante, Mark. Es algo que hay que pensar. ¿Ellen Ching?

–Yo no hablaré. Esperaré a la votación… que en m¡ opinión, debe ser secreta.

–Veremos. ¿Franz Harsanyi?

–S¡ se acepta la sugerencia de Willy y de Eva, yo les ayudaré. Es una probabilidad remota, pero estoy dispuesto a afrontarla.

–¿Hernán Castillo?

–Yo lo plantearía de esta manera: s¡ una piedra no es buena para trabajarla, se la desecha. S¡ un árbol no sirve, se derriba. Yo me siento inclinado a adoptar una solución rápida y definitiva, y creo que en última instancia, Charlie Kamakau estaría agradecido.

–¿Jenny?

–Yo opino del mismo modo que Eva y Franz. S¡ se permite que lo cuiden, yo colaboraré.

–¿Adam Briggs?

–Lo mismo que Jenny.

–Sally, tú respondiste a las preguntas iniciales. ¿Quieres dar tu opinión personal?

–Sí -aunque estaba evidentemente tensa, la voz de Sally era firme, y eligió con especial cuidado sus palabras-. Los que se abstienen no hacen más que eludir el problema y ocultarse tras el secreto del voto. Eso no nos ayuda en absoluto. Se lavan las manos como Pilatos y se conceden una opción fácil para después. No se han ofrecido más que dos soluciones: la muerte, o una especie de terapia abierta en una comunidad de voluntarios.

Por más profundamente que lo lamente, debo decir que no creo que la última solución sea viable. Nuestro grupo se dividirá y eso hará que sea más vulnerable. Los que tengan a su cargo la custodia de Charlie tendrán una responsabilidad que ninguno de nosotros se atreve a cargar sobre ellos. Yo pienso que puede curarse, pero no puedo, en conciencia, prometer que vaya a ser así, de modo que llegamos a la segunda solución: la muerte. Puede ser

rápida, puede ser indolora, es muy posible que sea la solución más misericordiosa. Os lo mostraré -sacó del botiquín de la nave una jeringa hipodérmica-. Lo único que hay que hacer es inyectar una burbuja de aire en una vena. El paciente morirá, en un breve espasmo, tan pronto como la burbuja llegue al corazón. No hay más que una pregunta: ¿Quién la hará?

Yo no, porque yo juré curar y no hacer daño. ¿Lo harás tú, Peter? ¿Tú, Yoko? ¿O Hernán? ¿O alguno de los que se abstienen? S¡ el resultado de la votación es ése, alguien tiene que hacerlo.

Nadie habló. N¡ una mano se levantó. Sally entregó la jeringa a Thorkild y se sentó.

–Hemos hablado todos, salvo uno -dijo un momento después Tioto-.

¿Qué dice usted, jefe?

Gunnar Thorkild se levantó, alto y grotesco contra el resplandor de las lámparas, y habló en voz monocorde e inexpresiva:

–Yo estoy de acuerdo con todos los que han hablado esta noche: con los que están en favor de una eliminación misericordiosa, con los que se ofrecen para llevar a cabo una labor de custodia voluntaria, con los que, por la razón que fuere, se abstienen de dar su opinión. Ninguno de nosotros debe culpar a otro por la que haya expresado aquí esta noche. El destierro es imposible, y aun si fuera posible, sería una tortura inhumana. La muerte, administrada en la forma que ha descrito Sally Anderton, sería una prudente misericordia. Una libertad bajo custodia sería una carga intolerable y corrupta para los guardianes, y más tarde podría exponernos a disidencias y recriminaciones. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Matar a un hombre al que no podemos curar? ¿Intentar el riesgo de una curación que excede nuestros escasos recursos? Todas estas soluciones son de consecuencias peligrosas.

Por eso me decido a valerme de la autoridad que me habéis conferido, y del mana que me legaron mis antepasados. He aquí lo que haremos. Adam Briggs, tú prepararás la canoa, con mástil y vela, remos, equipo de pesca y un cuchillo. Molly Kaapu, tú la aprovisionarás de agua, frutas y todo lo que tengamos. Le daremos el bote a Charlie, para que en él navegue hacia donde pueda. Es buen navegante, y puede sobrevivir s¡ lo desea. De nada de lo que ha hecho aquí tendría que responder en ningún otro lugar del mundo, porque aquí estamos al margen de la jurisdicción de ningún Estado o ley. El mar ha dado nueva vida y nuevas esperanzas a otros hombres; tal vez haga lo mismo por Charlie Kamakau. ¿Estáis de acuerdo con m¡ voto?

–Sí -asintió rápidamente Tioto-. Y s¡ Charlie quiere, iré con él.

–Irá solo -declaró secamente Thorkild.

–¿Y qué hacemos sin bote? – preguntó Yoko Nagamuna.

–Construimos otro… y entretanto, podemos vivir de las redes.

–¿Y por qué…? – Peter Lorillard habló con una gran amargura-. ¿Por qué no propusiste esta solución desde el primer momento?

–No se enoje usted, Lorillard -Eva Kuhio tendió una mano hacia él-.

Ninguno de nosotros sabe cuánto cuesta el pan hasta que no sale a comprarlo.

–¡Eso no lo acepto! – Lorillard temblaba de furia-. Lo que digo es que el hombre que elegimos como jefe nos ha inducido deliberadamente a caer en una serie de admisiones u opiniones que lesionan nuestra estimación recíproca. Y que lo ha hecho con el único propósito de cimentar su propia autoridad, ofreciendo una solución simple que él tenía ya pensada. Esta ha sido una artimaña política, cruel y burda, y un hombre capaz de perpetrarla no es adecuado para ser nuestro líder.

–Esas palabras son muy duras, señor Lorillard -Adam Briggs se puso instantáneamente de pie-. No le niego a usted su derecho para expresar su posición ante todos, pero ahora que la ha manifestado, voy a criticarla.

Usted dice que el jefe nos ha hecho caer deliberadamente en una trampa.

¿De qué manera?

–Valiéndose de la treta más vieja del mundo: ¡el procedimiento! Sabía que adoptando una actitud formal podía obligarnos a revelar nuestras opiniones mientras él se reservaba la suya.

–Y al revelar nuestras opiniones, ¿disminuye nuestra estimación recíproca?

–Sí.

–Yo no lo veo así. Personalmente, tengo gran respeto por cualquiera que sea capaz de tomar con valentía una decisión difícil. Yo he vivido más situaciones de peligro físico que usted, y he tenido que poner en los dos platillos de la balanza la muerte de un hombre y la seguridad de otros… y además, decidir s¡ lo mataba o lo dejaba morir… Incluso los que se abstuvieron fueron una ayuda, y en eso estoy en desacuerdo Con Sally Anderton, porque mantuvieron una actitud de cautela que es necesaria… Lo mismo que era vital para todos nosotros, como lo expresó el jefe,

someternos a este enfrentamiento abierto ya que lo que se planteaba era una cuestión de vida o muerte.

–Sigo creyendo que ha sido nocivo y no puede tener otro efecto que producir divisiones.

–Puedo señalar dos puntos más, entonces. Usted ha dicho que esta era una solución simple. Yo no la veo simple, n¡ para el hombre que la ha propuesto n¡ para Charlie Kamakau. Implica que nos privemos de uno de nuestroS elementos más valiosos, una embarcación marinera. E impone un riesgo enorme a un enfermo, por más que parezca que le ofrece una esperanza de salvación. Nos quita un peso de encima, pero en cambio nos deja con otro, que es el de saber que por el momento, no podemos resolver el problema que nos plantea la existencia entre nosotros de un ser aberrante e inadaptado, algo en que podemos llegar a convertirnos todos.

–¡Pues con eso me da la razón, Briggs! – Lorillard se apoderó instantáneamente de la idea-. La solución se nos presentó como simple, aunque no lo fuera. Su única cualidad es hacer que el jefe parezca humanitario y compasivo, y todos los demás quedemos como cobardes o como verdugos a sangre fría. ¿Qué otro punto tenía que señalar?

–De nuevo, una cuestión de procedimiento -señaló con calma Adam Briggs-. La solución no nos ha sido impuesta, sino sugerida para que se someta a votación.

–¿Seguimos con el procedimiento, entonces? Nos vemos enfrentados con tres propuestas diferentes: la muerte, una terapia comunitaria, y ésta…

¡este gesto de bucanero, de echar al mar a Jonás en una canoa abierta!

Insisto en que las tres sean sometidas a votación.

–Antes de votar -señaló Carl Magnusson-, es posible que haya otros que quieran hablar. Yo, por ejemplo, que antes me reservé m¡ posición. Ahora me gustaría expresarla. Hay un punto en el que todos estamos de acuerdo: confesamos que no podemos garantizar una custodia segura n¡ una terapia adecuada para Charlie Kamakau. Hay quien está dispuesto a intentarlo, sin garantías. Los demás quieren que Charlie sea eliminado de la comunidad…

Yo opino que es hora de que dejemos de hablar de él como s¡ no existiera.

Me gustaría que, enfermo o no, se presentara ante la asamblea.

–Eso le produciría terror -opinó Tioto.

–Creo que todos estamos asustados -interpuso rápidamente Martha Gilman-. En realidad, jamás nos habíamos parado a mirarnos a nosotros

mismos.

Impulsivamente, Thorkild se puso de pie y se enfrentó a todos.

–Yo voy a poner término a la discusión. M¡ integridad ha sido puesta en tela de juicio y no puedo ya serviros con plena confianza, de modo que, aquí y en este mismo momento, renuncio. Ya no soy vuestro jefe, soy únicamente Gunnar Thorkild. Voy a aparejar la canoa que, permitidme que os lo recuerde, perteneció a mi abuelo. Voy a cargarla, a hacer subir a Charlie y dejarlo que se vaya. Y s¡ alguno de vosotros quiere detenerme, espero que lo intente…

Se apartó de ellos para dirigirse hacia el almacén. Momentos después volvió a salir con Charlie Kamakau, que agobiado y vacilante marchaba junto a él. Sin mirar n¡ a derecha n¡ a izquierda, se encaminaron directamente hacia la playa, donde empezaron a colocar el mástil en la canoa. Después Molly Kaapu se levantó y, seguida por Jenny que le pisaba los talones, recogieron una media docena de calabazas para el agua y se dirigieron a la cascada. Un momento más tarde, Adam Briggs y Tioto se adentraron en los matorrales armados de hachas y cuchillos.

–¡Vaya! – apuntó con helada malignidad Peter André Lorillard-.

Perfecta demostración de razón y democracia.

–Yo voy a ver a m¡ paciente -anunció Sally Anderton-. Ayúdame, por favor, Ellen.

–Creo que lo mejor es que empecemos a pensar en nuevas elecciones -

señaló afablemente Yoko Nagamuna.

–¡Pues piénsalo tú, tesoro! – Carl Magnusson se puso trabajosamente de pie-. Yo tengo que despedirme de un amigo.

Charlie Kamakau no había dicho palabra desde el momento en que Thorkild había entrado en la cabaña para explicarle la situación. Tampoco Thorkild hizo esfuerzo alguno por inducirle a hablar, pero mientras trabajaban no dejó de dirigirse a él en un monólogo simple y sin modulación:

–Desde aquí, Charlie, navegarás hacia el Norte, desviándote todo lo que puedas hacia el Este. Irás a dar a las Cook meridionales, o a las islas del Mar del Sur… Tienes equipo de pesca y, aunque tendrás que racionar el agua, no te será difícil s¡ tienes cuidado. Ahora, ten en cuenta que nadie, nadie en el mundo, puede hacerte nada por lo que ha sucedido aquí. Pero tú no tienes que mencionarlo siquiera… Cuando llegues a tierra, explica que

eres uno de los náufragos del Frigate Bird y que te ofreciste a hacer el viaje como navegante solitario, en busca de ayuda… Yo lo confirmaré, lo mismo que todos tus amigos… Pero eso sí, nunca, nunca debes regresar aquí…

Sigue con rumbo al Noreste, y por la noche oriéntate por Sirio, desde que sale hasta que llega al cenit… Olvídate de todo, salvo de que vas de regreso a casa. No hay voces, n¡ kapu… nada, sólo un puerto que te espera…

Charlie no dio signos de haber oído n¡ entendido nada; Únicamente, sus movimientos eran los de un marino, coordinados y decididos. Observado por los pocos que le ayudaban, probó la resistencia de los aparejos; izó la vela y la volvió a bajar; dispuso pulcramente y al alcance de la mano las provisiones, las calabazas de agua y el aparejo de pesca. Cuando Tioto se acercó a abrazarlo, Charlie se quedó rígido como un árbol, sin experimentar ninguna reacción. Carl Magnusson le tendió la mano.

–Adiós, viejo compañero.

Charlie Kamakau le ignoró por completo. Se puso en cuclillas en los bajíos para vaciar el intestino y la vejiga, empujó la canoa hacia el agua, se introdujo en ella y, sin mirar n¡ una sola vez hacia atrás, se alejó remando por el canal.

–¿Por qué? – preguntó Tioto, dolorido, sin dirigirse a nadie en particular-. ¿Por qué tenía que irse de esa manera? S¡ éramos sus amigos, y él lo sabía.

–Es que le hemos fallado -expresó Gunnar Thorkild-. Lorillard y los demás tenían razón. Él quería que le matáramos.

Ahora que todo había terminado, se sentía vacío y sin meta, ávido de soledad y de alguna bebida fuerte, como s¡ fuera un alcohólico. Los otros percibieron su estado de ánimo y se apartaron de él, conversando en voz baja entre ellos. A falta de cosa mejor que hacer, Thorkild entró a ver a Bárbara Kamakau. Sally acababa de cambiarle los vendajes y le estaba lavando la cara con agua fresca. La enferma tenía fiebre y fuertes dolores, pero al verlo le tendió flojamente la mano.

–¿Se ha ido Charlie?

–Se ha ido.

–¿Y no volverá nunca?

–Nunca.

–¡Oh, Dios, ojalá ellos no me odien por esto!

–Nadie te odia, muchacha. Queremos verte bien y sonriente.

¡Ya encargamos flores y bombones que llegarán en el próximo vuelo!

–Está usted loco, jefe.

–Loco totalmente -Sally habló con ácida seriedad-. Ahora salgamos de aquí para que ella pueda descansar.

Thorkild se fue al almacén, recogió un hacha, un cuchillo marinero, un taladro y un manojo de cuerdas y salió del campamento para dirigirse a las tierras altas. A menos de un kilómetro del campamento encontró lo que buscaba: un bosquecillo de bambúes jóvenes que crecían cerca de una roca grande y chata. Con un sentimiento de sencilla satisfacción que hacía mucho tiempo que no sentía, puso manos a la obra, eligiendo las cañas, probando s¡ eran lo bastante fuertes y flexibles, cortándolas y ordenándolas.

Caía ya la noche cuando terminó con su proyecto: un sencillo armazón para una canoa, de tamaño suficiente para que en ella cupieran dos hombres.

Cuando el armazón estuviera forrado de esteras de palma y recubierto con lona para velas, tendrían una embarcación adecuada para pescar en la laguna y en el arrecife.

Recogió las herramientas, se cargó el armazón a la espalda y regresó al campamento. Dejó el armazón cerca del fuego, fue a buscar un trozo de lona y algunas esteras y, a la luz del fuego y de las antorchas, enseñó a los demás la forma de revestirlo. No llevaría más de un día de trabajo, cuando mucho; la privación no sería demasiado larga. Mientras se dirigía de vuelta a su cabaña, Sally se puso junto a él y le habló ásperamente:

–Antes de que empieces a jugar al llanero solitario, amor mío, piensa un poco en la mujer que te espera en la casa.

Thorkild se mostró contrito.

–No lo pensé. Disculpa. Quería que tuvieran hoy mismo el maldito bote… Quedará bastante bien, ¿no te parece?

–Perfecto. Pero no te recibirán con música a pesar de eso.

–¿Acaso lo he pedido?

–No, pero ahí está el problema. Nadie sabe lo que quieres.

–Nada.

–Entonces, ¿por qué renunciaste? S¡ todo iba bien en esa reunión. ¡Se dijeron cosas duras, ciertamente! Y es indudable que Lorillard estuvo insultante… pero fue el único. Y tuviste defensores fieles y elocuentes.

Tengo que decírtelo, cariño, me decepcionaste. Te pusiste tú y pusiste a todo el mundo en una posición falsa…

–Lo lamento, pero yo no lo veo así. Soy un hombre a la antigua. A mí me enseñaron a respetar a los demás, y espero también que me respeten a mí.

–Pues hoy no lo has hecho así. Defraudaste en lo que habías ofrecido desde el comienzo: conversación abierta, decisiones en común. ¿Y sabes por qué? Porque no estabas dispuesto a confiar en que tomáramos una decisión decente y humana. Nos privaste a todos, a mí incluso, de un derecho fundamental. Es terrible tener que decir algo así al hombre al que amo, pero lo digo en serlo, Gunnar. En serlo, de la primera a la última palabra.

–¿Qué quieres que haga, que llame a m¡ abogado?

–No te pongas impertinente, que no te va en absoluto… Te veré luego.

Voy a ayudar a preparar la cena.

Sally tenía razón y Gunnar lo sabía. Había roto un contrato. Había violado los derechos de quienes le habían aprobado sin más garantía que la fe en Gunnar Thorkild, erudito, caballero, respetado heredero de una tradición más antigua que la de ellos. ¿Por qué lo había hecho? Su orgullo herido no era la respuesta; había exagerado el insulto de Peter Lorillard.

¿Miedo a la votación? Un pretexto demasiado débil, con tantas voces, y tan elocuentes, partidarias de la compasión. La verdadera razón era mucho más profunda, y mucho más vergonzosa. La historia de los alii, de los hombres superiores, era una leyenda seductora. El mana que ellos le habían transmitido era un don tan peligroso como el toque de Midas o la condición divina de los Césares. Era algo que tentaba, s¡ no a la tiranía, al menos a saborear el homenaje y a inhalar el incienso. Había repetido el mismo error que cometiera en su carrera académica: exigir demasiado crédito con muy pocas pruebas; esperar demasiada tolerancia para una presunción demasiado arrogante.

Casi inmediatamente se inició la reacción y Thorkild pasó sin transición de la culpa al resentimiento. ¿Por qué demonios tenía él que humillar la frente ante un grupito de discrepantes profesionales como Simón Cohen, Yoko y Peter Lorillard? ¿Por qué habían de tener ellos el derecho, que a él se le negaba, del vituperio y la negación perpetuos? Que pusiera Lorillard, o Castillo, o Cohen el trasero en la silla del jefe. En cuanto a Thorkild. ¡se alegraba de haberlo quitado de ella! Los primeros aromas de la comida empezaron a llegar desde el fuego, pero esa noche no tenía apetito, n¡ de

comida n¡ de compañía. Se fue caminando lentamente hacia la playa, se hizo un respaldo de arena y se sentó a mirar la extensión del mar, intentando volver a entretejerse, como le había enseñado su abuelo.

Esa vez no le resultó tan fácil. A sus espaldas, amortiguadas por la distancia, se oían las risas y las charlas alrededor del fuego. Ante él se extendía la inmensidad del océano, sacudido por la turbulencia de una tormenta lejana que haría de la primera noche de Charlie en el mar una pesadilla. S¡ al propio Thorkild le hubieran pedido que calculara sus probabilidades de supervivencia en esa circunstancias, habría calculado tres a uno en favor de él. Y él era un hombre experimentado, cuerdo, que no se mareaba y para quien la simple distancia no albergaba terrores. Charlie Kamakau también era buen navegante, pero su experiencia se limitaba a barcos grandes, no a pequeñas embarcaciones isleñas; e incluso para un hombre sano y cuerdo, la soledad en alta mar era una amenaza constante.

Eso le llevó a pensar en el barco que tendrían ahora que construir para todos. Construir una embarcación grande como el ndrua de las islas Fidji o la vieja Wa'a kaulua hawaiana podía llevar años. Eran barcos capaces de hacer viajes muy largos, pero que exigían una habilidad marinera y un aguante que su gente no tenía. Los viejos emigrantes pasaban largos períodos en esas embarcaciones, pero mojados, incómodos y, cuando había mar gruesa, sacudiéndose como en una montaña rusa. Además, Charlie Kamakau ya no estaba y Tioto tenía una mano inútil, lo cual suponía una grave reducción de la mano de obra. Carl Magnusson tenía cada vez menos fuerzas, y las bajas entre las mujeres -Jenny, Bárbara y ahora Martha embarazada- eran un inconveniente más. Con un pequeño sobresalto, se dio cuenta de que seguía pensando como si fuera el jefe y árbitro de todos los destinos… En la arena, a sus espaldas, se oyó un rumor de pasos. Cuando se dio vuelta se encontró con Yoko Nagamuna, que le preguntó con voz infantil:

–¿No le molesta que le haga compañía?

–De ninguna manera.

Ella se sentó junto a Thorkild en la arena.

–Están todos hablando hasta por los codos junto al fuego. Y todos tan serlos… ¡bla, bla, bla! Me aburría.

–Hoy no ha sido un día muy alegre.

–¿Qué ha pasado con su sentido del humor, profe? Usted solía estar siempre dispuesto a reírse.

–No estoy entrenado. ¿Por qué no dices algo gracioso?

–¿Sabe el cuento de la mujer a quien arrebató un gorila mientras visitaba el 200? Se la llevó dentro de la jaula, cerró de un golpe la puerta y empezó a desvestirla. «¿Qué hago, Harry?» le gritó ella al marido. «¿Qué hago?» El marido se encogió de hombros y le sugirió: «Dile que te duele la cabeza».

A pesar suyo, Thorkild se rió.

–Hay otra versión -continuó Yoko, con rostro impasible-, en que la mujer entra en la jaula y pocos minutos después sale, sacudiendo la cabeza.

«Es inútil», dice. «¡Impotencia psíquica, lo mismo que m¡ marido!»

–Qué triste -comentó Thorkild-. Me dan ganas de llorar.

–Pues ahórrese las lágrimas -le aconsejó Yoko-, porque a la semana siguiente ella se volvió lesbiana, conoció a la encargada de un instituto de belleza y vivieron felices y comieron perdices.

–¿Y la moraleja es…?

–Yo estoy enamorada de Hernán Castillo, a quien le importa un bledo porque a él le gusta Ellen Ching, pero a ella tampoco le importa un rábano porque está con Franz Harsanyi, aunque preferiría estar conmigo, y a mí no me interesa.

–Una buena mezcolanza.

–¡Un lío de órdago, profesor! Lo cual explica por qué yo soy tan desgraciada.

–Es triste, Yoko, pero me temo que no hay nada que yo pueda hacer al respecto.

–Ya tiene las manos bastante ocupadas, ¿no? Vaya, s¡ con Sally y Jenny y Martha Gilman… ¿No siente nostalgia de su precioso apartamentito de soltero de Honolulú?

–No he tenido mucho tiempo para pensar en eso.

–Ahora lo tendrá. ¿Cómo se siente ahora que es otra vez en simple ciudadano?

–¡Pues sí que eres una desgraciada!

–¿Y me lo reprocha usted?

–Claro que sí. Haces maldades, y cuando las cosas van mal y tú resultas afectada, haces aún más maldades. De ese modo cualquiera se espanta, sea

hombre o gorila.

–¡Muchas gracias, profesor!

–¡Escucha, mujer! Todos nos sentimos solos, y todos tenemos miedo…

Hasta cuando estás enamorado, te despiertas por las noches y ves sombras en el techo. ¡Mira ese mar, qué torbellino! Y Charlie Kamakau está por allí, solo, y yo fu¡ quien le mandó.

–Y su Sally está allá junto al fuego diciendo no sé qué de «volver a arreglar las cosas». ¿Por qué no está ella aquí con usted?

–¡Ya está bien, Yoko! – Thorkild se puso de pie-. Sally lo ha pasado peor que cualquiera de nosotros, y está muy preocupada porque ya se está quedando sin medicamentos.

–Yo también estoy preocupada por eso -declaró Yoko Nagamuna-. Y

tengo otra novedad para su cuaderno de bitácora. Yo también estoy embarazada. Fue con Simón Cohen en la playa, una noche… ¡que n¡

siquiera resultó muy divertida! De manera que ¿qué le parece, gran jefe?

–Oh, Dios… lo lamento.

–No lo lamente, que yo me lo busqué; me conformo con que no me lo eche en cara. Jamás tuve la intención de decírselo, pero no me vendría mal una palabra bondadosa… ¿Quiere acompañarme a caminar hasta el final de la playa?

–Vamos.

–No le retendré demasiado.

–No importa. No tengo otra cosa que hacer.

–Vaya s¡ lo tiene. Traigo un mensaje para usted. Como yo era de la oposición, me eligieron a mí como embajadora. Quieren que usted vuelva a ser el jefe.

Le habían guardado un lugar junto al fuego, y le esperaban con un poco de pescado asado, confitura de fe¡ y pulpa de coco, ya que había estado ausente durante la comida. El designado para hablar en nombre de todos era Lorillard, pero antes de que empezara, Thorkild hizo su gesto de paz:

–Tengo que disculparme ante vosotros. Me comporté mal, y rompí el contrato que habíamos convenido. Espero que me perdonéis todos.

Fue como s¡ no hubiera hablado.

–Está claro -empezó formalmente Peter Lorillard- que la mayoría de nuestros problemas se originan en conflictos de personalidades. Estamos todos de acuerdo en que hay que intentar aislar los elementos conflictivos.

También coincidimos en que seguimos necesitando un jefe que coordine nuestras acciones, de manera que esperamos que accedas a reasumir el cargo, Thorkild.

–Me gustaría oír primero la otra propuesta que tenéis que hacerme.

–Martha y yo, Willy Kuhio y Eva colonizaremos y cultivaremos las terrazas. S¡ seguimos gozando de buena salud, para asegurarnos de lo cual Sally nos hará regularmente un chequeo, nos quedaremos allí. De ese modo, quedáis abajo tú, Franz, Hernán Castillo, Briggs y Simón Cohen: cinco hombres dedicados de lleno a la construcción del barco, en tanto que Carl, Tioto y las mujeres pueden hacerse cargo de los demás trabajos. Mark dice que le gustaría quedarse aquí. S¡ necesitamos cambiar de paisaje o descansar, podemos cambiar nuestras ocupaciones… ¿Te parece sensato?

–Hasta ahora, sí.

–Hasta que no hayamos podido cazar o domesticar a los cerdos, vosotros tendréis que abastecernos de pescado… Nosotros os enviaremos fruta y verdura… Hay otra cosa más: sin que eso signifique desafiar la autoridad general del jefe y de la tribu, nos gustaría… bueno, hacer las cosas a nuestro modo en la terraza. Sin que nadie se moleste, pero…

–¡Ya sé! – sonrió afablemente Thorkild-. Nos ahorraremos problemas de personalidad. ¿Cuándo queréis partir?

–Por la mañana, después de haber llevado provisiones y herramientas.

–De acuerdo. ¡Arreglado, entonces!

–Un brindis por la vida tranquila -propuso Carl Magnusson mientras levantaba una botella de licor-. Aparte de ésta, nos quedan seis. ¡Les daremos dos a la gente de la montaña y el resto lo reservaremos para nacimientos y funerales!

Había una cosa que Thorkild veía con inequívoca claridad: la comunidad instalada en la playa tenía ventajas en cuanto a la mano de obra, pero era ahora mucho menos estable que antes. Era inútil esperar que n¡ los hombres n¡ las mujeres se adaptaran solos con facilidad a una situación que implicaba tan enorme tensión, de manera que, sin consultar a nadie, Thorkild tomó una decisión arriesgada. Primero llamó a Simón Cohen y le dijo sin ambages:

–¡Las cosas tienen sus consecuencias, hijo mío! Dejaste encinta a una muchacha a quien no le interesas. Bárbara está herida, pero se curará. Y s¡

bien yo no soy un criador de caballos para andar apareando yeguas y

padrillos, creo que nuestros compromisos deben tener cierta estabilidad…

Y a ti, tus cicatrices pueden explicarte lo que pasa cuando se destruye esa estabilidad. De manera que ahora viene la pregunta por un millón: ¿qué diablos vas a hacer?

Cohen se lo tomó con bastante calma. En cuanto se refería a la vida en la isla, podía compartir su vivienda con Bárbara de tan buena gana como con cualquiera… En la cama estaba bien; además, tenía sentido del humor; y en la oscuridad, las cicatrices no se notarían… Simón el tonto era eminentemente práctico, de modo que no se plantearon problemas n¡

complicaciones…

Thorkild vaciló largo tiempo antes de decidir su segunda jugada y por fin, inquieto, se resolvió a depositar su fe en el sentido común chino de Ellen Ching. Sin titubeos, ella accedió a guardar el secreto de la confidencia. Thorkild le contó su conversación con Yoko Nagamuna, le habló de sus propios temores y del acuerdo a que había llegado con Simón Cohen, y agregó:

–No es que me esté preparando para ser corredor de Bolsa matrimonial.

Deseo más que nada un consejo.

Ellen Ching le dedicó una sonrisita helada, cruzó las manos sobre la falda y empezó:

–Ya hace tiempo que aprendí que uno se aviene a lo que es y a lo que puede tener… Yo siempre he funcionado bien de ida y de vuelta… y Yoko lo sabe, pero puesta a emprender juegos con mujeres, ¡yo preferiría a una víbora de cascabel antes que a ella! En cuanto a Franz Harsanyi y a mi…

Bueno, él es dulce y bueno, y tiene la cabeza llena de sueños…es poeta, me imagino. Cree que está enamorado de mí, pero es porque yo le entiendo y no nos peleamos, y él siente más afecto por mí que yo por él. S¡ a usted le conviene que yo viva con él, no tengo inconveniente… y él se creerá que se ha casado con la Mona Lisa… Y s¡ no entiende usted por qué todo esto me importa tan poco, no tengo inconveniente en que sepa que no soy la matriarca hakka en la que tal vez usted pensaba. Me aterrorizan los niños, y estoy toda cosida por dentro para no poder tenerlos.

–Háblame de Hernán Castillo.

–¿Muy guapo, eh? Menudo, moreno, apuesto, cortés, amable. Lo mejor que hay en el mundo… Pero no se deje engañar, jefe, que es un artista.

Bronce macizo… ¡totalmente autosuficiente! Ya lo ha oído. ¡Lo que no se puede usar, se tira! ¡Por favor!

–¿Y qué probabilidades tiene Yoko con él?

–Ella también es de cuidado. Y s¡ yo no estoy en carrera, se las arreglará muy bien. Mientras Hernán pueda jugar con sus piedras y sus palos, se le podría casar con un agujero en la pared sin que notara ninguna diferencia -Ellen Ching se relajó y le estudió, con una sonrisa sardónica-.

¿Está seguro de que sabe lo que hace, jefe?

–¡No! Estoy improvisando el camino.

–Algunos podrían decir que se comporta usted como un perfecto fascista.

–¿Y qué alternativa hay? ¿Un nuevo conflicto?

–¡Bueno, bueno! ¡Recuerde que yo estoy de su parte! A mí también me gusta la vida ordenada, y eso me recuerda que… cuando haya terminado usted su ronda policial, a su mujer quizás le fuera bien que le demostrara un poco de preocupación y afecto. Está empezando a marchitarse.

–Gracias, Ellen. ¡Qué buena amiga eres!

–Pero también me pongo en celo como todas las mujeres. Se lo advierto honestamente, jefe. ¡Todavía puedo tentarme!

Después de tan saludable consejo, Thorkild fue en busca de Jenny. La encontró al borde del agua, escamando y limpiando pescados que iba depositando sobre un puñado de hojas frescas. Los ojos se le iluminaron al verlo, y le puso una cómica cara de repugnancia.

–¡Me horroriza este trabajo! ¡Nada más que tripas y sangre!

–Me gustaría hablar contigo, Jenny.

–Qué tremenda seriedad. ¿He hecho algo malo?

–No… pero tal vez yo esté a punto de cometer un gran error.

Últimamente, he cometido bastantes.

–Pues yo no lo creo…¡y anoche, junto al fuego, lo dije!

–Jenny, ayer tuve uno de los peores días de m¡ vida… Estuvimos hablando de acabar con la vida de un hombre porque no podía adaptarse a la realidad. Y finalmente, es posible que yo le haya matado.

–No debe usted culparse. No es posible.

–Y para decirte la verdad, Jenny, parte de la culpa es del pobre Charlie.

Él se apartó de la vida real y terminó en un mundo -de pesadillas y fantasías.

–Ya lo sé…

–Y ¿qué es lo que estás haciendo tú, ahora, Jenny?

–Yo… No entiendo.

–Entonces yo tendré que hacerte comprender. Eres la muchacha más feliz que hay en el mundo. Hay un hombre excelente que se muere de amor por ti. Y tú también le amas, pero no quieres admitirlo porque crees estar enamorada de mí…¡No, no te des la vuelta! Lo vas a oír y lo vas a entender.

Yo te amo, Jenny, pero en la forma en que un padre ama a su hija y quiere protegerla y ver que le va bien en la vida. ¡Pero es eso y nada más! ¡Punto, terminemos, a otra cosa! S¡ tienes la fantasía de que alguna vez yo te haré el amor, ¡olvídala! S¡ lo intentara sería impotente, y no porque tú no seas bella o deseable, sino porque para mí eres kapu: ¡me estás prohibida! Pues bien, tienes dos posibilidades: tomar el dulce fruto y comértelo; amar al hombre que te pertenece y gozar del amor que está ofreciéndote y alegrarte de todo el restante amor que te rodea… ¡O te subes por ese acantilado, das el salto y dejas que te coman los tiburones! Yo lo lamentaré y lo lamentarán todos.

Pero al día siguiente reanudaremos normalmente nuestra vida, porque la que tenemos es muy pequeña, ¡y no podemos seguir dedicándotela a ti!

Giró sobre sus talones y se fue, dejándola en cuclillas en los bajíos, sollozando como un niño con una muñeca rota. Cuando se acercaba al campamento se encontró con Adam Briggs, que estaba sacando del horno la primera producción de carbón e iba almacenándola en cestas. Thorkild le tocó en el hombro.

–¡Vengo de la playa, de hablar con tu chica!

–¿Ha dicho algo de mí?

–No le he dado tiempo. Le he dicho que eligiera entre casarse contigo o tirarse para que se la coman los tiburones.

–¡Pero demonios! – Briggs estaba horrorizado-. ¡Esa no es manera de hablarle a la chica!

–Pues s¡ tú conoces una mejor, ¡inténtala! Yo ya me he quedado sin palabras.

Briggs partió con tanta rapidez como una chispa del pedernal. Thorkild se encogió de hombros y fue a observar la lata donde se preparaba la bebida. La mezcla tenía un aspecto inmundo, pero fermentaba, indudablemente. Un verdadero zumo de jungla de primera, capaz de levantar a los muertos o de volarle la cabeza a los desprevenidos.

Sally Anderton, empapada y con el cabello en desorden, estaba lavando ropa bajo la cascada. Thorkild se metió al agua junto a ella y la tomó en brazos.

–¡Basta, mujer! Deja eso ya. ¡Es orden del jefe!

–¡Por favor, Gunnar! ¿No ves que estoy ocupada?

–¡Todos estamos ocupados! Lorillard está haciendo su trabajo de avance en la jungla. Franz Harsanyi y Ellen Ching están cambiándose de casa.

Adam está proponiéndole matrimonio a Jenny…eso espero. Castillo está trabajando en los planos que tenemos que ver juntos esta tarde. Y tú y yo, amor mío, ¡vamos a ocuparnos de ser dulces, corteses y seductores el uno con el otro!

–Has estado muy absorbido por tus sermones, ¿no es cierto? Tres bodas a punta de pistola en veinticuatro horas debe ser todo un récord. Espero que sean duraderas.

–Por poco que duren, las cosas estarán más tranquilas durante un tiempo… Vamos, que me gustaría verte sonreír.

Sally le contestó con cierta dureza:

–No tengo ganas de sonreír. ¡Estoy simplemente harta, de mí misma y de todos los demás! ¡y tampoco tengo ganas de hacer el amor!

–¿Acaso te lo he pedido?

–No, pero…

–¡Cálmate, cariño! ¡Cálmate…!

Thorkild la levantó en sus brazos, la sacó del agua y la depositó sobre el suave musgo de la orilla, donde Sally quedó tendida, llorando silenciosamente, mientras él le enjugaba las lágrimas y le hacía reposar la cabeza sobre sus rodillas, mientras la tranquilizaba con palabras suaves, arrulladoras.

–No puede usted arreglar el mundo, doctora Anderton. Basta con que intente seguir amándolo, y a veces eso es más difícil que odiarlo. Un día te llevaré hasta el lugar donde está Kaloni, mi abuelo, sentado junto a sus antepasados y los míos. A primera vista la impresión es escalofriante, te horripila: montones de huesos viejos en un lugar elevado, mientras las aves marinas, rapaces e indiferentes, describen círculos sobre ellos… Después, el significado te va ganando poco a poco. Los hombres que están allí conocieron todos los terrores del mar: las grandes tormentas; las largas calmas en que se quedaban sin agua y tenían que sorber el rocío acumulado