El Navegante
Cuatro
se apoyará en ti, y tú te desplomarás bajo su peso. Tratarás de escapar de ellos, pero no te dejarán que huyas…”.
Sus alumnos y los hombres de Kaua¡ estaban reunidos en torno de Ellen Ching y Molly Kaapu y Yoko Nagamuna, que bailaban un bula al son de la guitarra de Simón Cohen. A gritos, lo llamaron, para que se uniera al grupo.
Thorkild se quitó la camisa y se integró en el círculo, marcando el ritmo con las manos, sintiendo que la sangre se le aceleraba, feliz de dejar de oír el grito rudo y solitario de la vejez y la infelicidad.
CUATRO
OceanofPDF.com
AL DÍA SIGUIENTE, Kalon¡ Kienga anunció cuándo y cómo partiría.
Cuando cayera la noche y asomaran las primeras estrellas, debían bajar su canoa al mar y depositarle en ella. El anciano navegaría a vela hacia el Sur y ellos hacia el Norte, hasta perderle de vista tras el horizonte. Entonces, y sólo entonces, podrían a su vez regresar y poner proa hacia la isla. El viejo navegante pidió que no hubiera reuniones n¡ ceremonias. Solamente Magnusson, Charlie Kamakau, Briggs y Thorkild debían estar en cubierta para bajarle al mar y despedirse de él. Para que nadie considerara a Kalon¡
Kienga descortés o desagradecido, Thorkild debía explicar que se trataba de un acto privado y sagrado.
En cuanto a Thorkild, una vez volviera a poner proa al Sur debía navegar toda la noche a vela, guiándose por las estrellas que su abuelo le indicaría, y durante todo el día siguiente seguir con el mismo rumbo.
Cuando volviera a caer la noche, habría entrado en la corriente que iba hacia el Este, y debía remontarla, guiado por el fluir del te lapa, el resplandor subacuático. Al amanecer distinguiría la nube bajo la cual se extendía la Isla de los Navegantes y, s¡ el cielo estaba cubierto o confuso, el manuvakai, el pájaro vigía, le enseñaría el camino. Todo eso fue largo de contar, con una riqueza de imágenes y de detalles que sólo podía tener sentido para quien tuviera la intuición del mar. El anciano hizo que Thorkild le repitiera punto por punto las instrucciones, una y otra vez, hasta que las tuvo tan claras como s¡ las llevara escritas en la palma de la mano.
Después le habló de la isla. No era un promontorio de arena y coral.
Alta y abrupta, se levantaba nítidamente del mar. Era redonda como un tazón de kawa, y en uno de sus lados el borde del tazón estaba roto. Frente al borde roto había una pequeña playa y, antes de ella, un acantilado en el que se erigía como un centinela una única roca, la cumbre de una montaña sumergida. Para dar con el canal había que dejar la roca a la izquierda, pero navegando muy próximo a ella. Fuera del arrecife no había fondeadero, porque el coral y la roca se precipitaban en enormes profundidades donde moraban peces monstruosos. La roca estaba habitada por los espíritus guardianes de la isla, familiares del dios del mar, de cuyo favor dependía conseguir una entrada sin riesgos… S¡ pasaba la roca y entraba sano y salvo en la laguna, entonces el navegante podía aproximarse sin temor a la isla y trepar hasta el lugar elevado donde lo esperaban, sentados de cara al mar en el mismo sitio donde habían muerto, los que allí habían llegado antes que
él. Allí le encontrarían a él, a Kalon¡ Kienga, s¡ los dioses le permitían llegar… Era lo que le había dicho a su padre, y él no podía decir más, porque no lo sabía. Y ahora, tenía que descansar porque tendría que navegar toda la noche; y como durante todo el día habría movimiento en cubierta, le gustaría descansar en el camarote de Thorkild.
Mientras bajaban la escalera de la cámara, se encontraron frente a frente con Sally Anderton, que subía a cubierta. El anciano extendió una mano para detenerla, y se volvió hacia Thorkild:
–¿Esta es tu mujer?
–¿Qué dice? – preguntó Sally.
–Me pregunta s¡ tú eres m¡ mujer.
–Dile que sí, y dile que quiero dar un hijo al nieto de Kaloni.
Thorkild tradujo, y el anciano asintió con gravedad.
–Está bien, s¡ los dioses lo aprueban. Dile que le deseo bien.
–También yo le deseo bien -respondió Sally Anderton-.Y antes de irse, tendría que hablar Con Carl. Está muy deprimido.
Thorkild se lo explicó y, después de un momento de vacilación, Kalon¡
accedió.
–Entonces hablaré Con él ahora. Después debo descansar.
–Nos veremos en cubierta, Gunnar.
–Hazme un favor, Sally. Explica a los demás que m¡ abuelo quiere irse en calma, y que desea que a su partida no haya más que cuatro personas en cubierta: Briggs, Charlie Kamakau, Magnusson y yo. Yo les agradecería que respetaran ese deseo.
–Así se hará -Sally tomó la mano del anciano y se la llevó a los labios-.
Ruego porque tenga usted un buen viaje, Navegante.
–Y yo -respondió Kalon¡ Kienga- ruego que halles la paz en el lecho del hijo de m¡ hija…
Carl Magnusson recibió Con calma la noticia. Rogó al anciano que se sentara y le ofreció whisky para brindar por su viaje. Después se volvió hacia Thorkild.
–Dile a tu abuelo que desearía poder ir con él.
Kalon¡ Kienga, sonriente, sacudió la cabeza.
–Cada hombre tiene su propio camino para ir hacia sus dioses.
–¿Puedes tú leer m¡ camino, Navegante?
–No conozco a tus dioses.
–Es que no los tengo -admitió Carl Magnusson.
–Las estrellas siguen ahí, aun cuando estén ocultas. Los dioses esperan, incluso a quienes los desconocen.
–¿Cómo nos recibirán?
–No nos reciben n¡ nos rechazan. Estamos siempre bajo su influencia, Como los peces en el mar, Como las aves en el aire.
–¿Por qué tus dioses Son diferentes de los otros?
–No Son diferentes; les damos nombres diferentes.
–¿Por qué hay tantos para vosotros, y para otros solamente uno?
–Porque nosotros vemos lo múltiple y decimos lo múltiple, aunque soñemos con lo uno que no podemos ver. ¿Por qué te preocupas por estas cosas?
–Porque tengo miedo. ¿Es que nunca has tenido miedo, Navegante?
–El miedo es lo que nos mantiene vivos. En los que mueren no hay miedo, y yo ya estoy muerto… Tranquilízate, que m¡ nieto hará por t¡ lo que ha hecho por mí.
–Ahora, él es m¡ capitán -dijo Carl Magnusson.
–Confía en él -concluyó Kaloni, el Navegante-, porque tiene el mana…
Cuando Thorkild subió al puente, Charlie Kamakau estaba al timón y Peter André Lorillard ante la mesa de cartas marítimas, preparando su transmisión para la Armada.
–El anciano me ha pedido que me haga cargo del mando del Frigate Bird. Charlie, cuando termines la guardia, ¿quieres comunicarlo a la tripulación?
–Cómo no, señor Thorkild… ¡Capitán!
Lorillard le miraba boquiabierto.
–¿Debo entender que esto es oficial?
–Sí, es oficial. Magnusson firmará el libro de bitácora.
–Tengo que informar a la Armada.
–Naturalmente. Y dígales que suspendemos las transmisiones hasta nuevo aviso.
–¿Cómo?
–Ya me ha oído, señor Lorillard. Suspendemos todas las transmisiones hasta nuevo aviso, y eso también quedará registrado en el libro de bitácora.
–Pero, ¿por qué? ¿Qué razones les doy?
–Dos razones. La primera, que estamos haciendo un experimento científico, cerrando todos los sistemas de navegación, la radio, el radar, incluso cubriendo la brújula, para seguir los métodos de los antiguos navegantes polinesios. Y s¡ eso no es bastante, diga entonces que obedece órdenes del capitán. Estoy seguro de que eso en la Armada lo entenderán.
–¡Vaya s¡ lo entenderán! Hay un contrato, por mis servicios y por el equipo.
–Yo no he visto ese contrato. No fu¡ yo quien lo firmé. S¡ no puede usted aceptar órdenes del patrón legal del barco, queda relevado de sus obligaciones hasta que se reinicien las operaciones.
–Yo estoy a las órdenes de la Armada.
–Está usted a mis órdenes, ya sea como tripulante, pasajero o como prisionero. Elija la modalidad.
–Eso no lo acepto. Seguiré desarrollando m¡ programa.
–S¡ lo intenta, señor Lorillard, ordenaré que le encierren en su camarote, y haré que destruyan su equipo y lo arrojen por la borda. ¿Está claro?
–Carl Magnusson es el propietario. Iré a hablar con él.
–Pues hágalo, y sin perder un minuto, señor Lorillard.
–Capitán -dijo alegremente Charlie Kamakau cuando Lorillard hubo desaparecido-, tengo la impresión de que usted no le gusta.
–Ya se acostumbrará… M¡ abuelo se marcha esta noche.
–Ya me he enterado.
–Quiero que no haya nadie en cubierta cuando le dejemos en el mar.
–También eso lo he oído. Mis muchachos lo entienden. Además, capitán…
–¿Sí, Charlie?
–Ellos conocen las antiguas costumbres, y se alegrarán de servir a las órdenes de usted. El señor Magnusson también les gusta. Es un buen patrón, pero… no es lo mismo, ¿verdad?
–No, no es lo mismo.
–Es extraño… antes de partir, teníamos todos la misma etiqueta. Allí somos todos ciudadanos de los Estados Unidos de Norteamérica; llevamos el mismo pasaporte, vivimos obedeciendo la misma Constitución, pagamos los mismos impuestos. Aquí, de pronto, todo es diferente. El pasado nos sale al encuentro y nos golpea en plena cara… Todas las historias que solían contarnos los viejos, las costumbres que nos hacían reír, ahora tienen un
significado. Hasta usted… Yo oía a los chicos que le hacían bromas y le llamaban «profe» y hablaban de sus clases y de su vida sentimental. y después, súbitamente, usted ha cambiado. Es el hombre superior… y nosotros lo sabemos, aunque los otros no lo sepan. Sí, ya lo creo que es extraño…
El crepúsculo tropical se esfumó rápidamente y la noche se extendió vestida de estrellas sobre el mar vacío. Carl Magnusson borneó el Frigate Bird hasta dejarlo meciéndose inmóvil en la marejada, mientras Adam Briggs y Charlie Kamakau comprobaban las provisiones y la reserva de agua para después desatar la canoa y engancharla en el aparejo del pescante.
Kaloni, el Navegante, hizo un aparte con Gunnar Thorkild para señalarle en dirección Sur, donde Hadar y Rigil Kent, las estrellas más brillantes de la constelación del Centauro, destellaban sobre el terciopelo del cielo. Enseñó a Thorkild el camino que seguirían y de qué manera debería guiarse por ellas. Cuando su nieto abrió los labios para pronunciar las palabras de despedida, el anciano le silenció con un gesto y una admonición, simple y grave:
–Todo está ya dicho, y hecho.
Thorkild le atrajo hacia sí y le abrazó. Después, juntos, se dirigieron a la barandilla para ver cómo pasaban la canoa sobre la borda. Kalon¡ bajó dentro de ella, y después lo vieron levantar el mástil y afianzarlo, para luego alejarse remando hasta que pudo izar la vela.
Vieron cómo el viento lo impulsaba, oyeron la vibración de las cuerdas al tensarse los estayes, el ruido del agua cuando la batanga emergió del mar.
Se quedaron mirando cómo el anciano lleno de orgullo y confianza, se erguía con la vela en la mano, apoyando un pie contra el remo que hacía de timón, desafiando a las olas como un dios del mar. Gunnar Thorkild sintió que la sal de las lágrimas le quemaba los párpados, y un grito se escapó de su garganta:
–¡Ai-ee, Kaloni! ¡Ai-ee, Hijo de los Hijos de los Navegantes!
Como s¡ fuera otro hombre el que gritara, oyó cómo sus palabras se alejaban en el viento, y vio cómo Kalon¡ y su frágil barca se perdían en la oscuridad. Después una mano se apoyó sobre su hombro y la voz de Magnusson le devolvió a la realidad.
–Él ya se ha ido, Thorkild; y tú tienes un barco bajo tu mando.
A la mañana siguiente, mientras Charlie Kamakau estaba al timón, Thorkild reunió a su gente sobre cubierta.
–Ahora ya podéis comprender lo que hacemos. Estamos navegando como lo hacían los antiguos polinesios, sin cartas de navegación y sin brújula. S¡ las leyendas responden a la realidad, y s¡ he seguido correctamente las instrucciones de m¡ abuelo, mañana llegaremos a nuestra isla. S¡ encontramos un fondeadero seguro, nos quedaremos allí durante el tiempo suficiente para examinar sus características y anotarlas. S¡ está deshabitada, tomaremos posesión de ella. S¡ es posible establecer una comunidad humana, es probable que a algunos de nosotros, o a todos, nos interese hacerlo… Curiosa posibilidad, ¿no es cierto? Todos, en un momento o en otro, hemos dicho o pensado que nos gustaría detener el mundo y bajarnos. ¿Y s¡ mañana nos encontramos con que podemos hacerlo…? Recordad, de todas maneras, que somos libres de escoger. El Frigate Bird es la garantía de esa libertad. Podemos quedarnos o partir, todos o algunos.
–Pero, ¿nos será posible partir, profesor? – preguntó Yoko Nagamuna con su vocecilla de pájaro-. Ha dicho usted que navegamos sin carta n¡
brújula. ¿Cómo podremos determinar nuestra situación?
–Lo sabremos… por lo menos con la aproximación suficiente para poner proa hacia Nueva Zelanda o Tahití. y hasta apostaría a que el teniente Lorillard tiene, en este mismo momento, marcada exactamente nuestra posición en la carta.
–Con toda seguridad que la tengo -declaró enfáticamente Lorillard.
–¡Pues ya veis! – con una carcajada, Thorkild puso fin a la discusión-.
Los marcos de referencia son diferentes, pero el resultado es el mismo: sabemos dónde estamos ahora, y mañana también lo sabremos.
–Y aunque no tuviéramos el Frigate Bird -Hernán Castillo se sumó al optimismo-, podríamos construir nuestro propio barco y navegar en él.
–Siempre que tuviéramos las herramientas necesarias, muchacho -Ellen Ching se mostró escéptica-…y la habilidad y los materiales adecuados.
–Y eso nos lleva a otra cosa -Mónica O'Grady terció en la conversación-. El profesor habló de «todos o algunos».Yo no creo que eso pueda ser así. Hemos fragmentado nuestro conocimiento de tal manera que somos como… ¡bueno, demonios! como aves que no pudieran volar, o
caballos de tres patas, o… o vestales en un prostíbulo. Ya no sabemos qué hacer.
–Y en este momento -interrumpió Gunnar Thorkild, sonriente- les dejo, señoras y señores. Con un tema sobre el cual discutir: ¿qué hace una vestal en un prostíbulo, o cómo se gana una carrera con un caballo de tres patas?
–O -intervino Lorillard con un insólito rasgo de humor- ¿qué se hace con un marino que navega guiándose por el vuelo de un pájaro muerto?
–¡Se le manda a la cocina, señor! – Molly Kaapu se alzó sobre todos ellos como una gallina sobre sus pollos-. Y s¡ alguna de vosotras, chicas, no viene a ayudarme, esta noche no va a cenar nadie.
Más tarde, mientras bebían una copa en el camarote de Magnusson, antes de cenar, Sally Anderton hizo un comentario final sobre la conversación:
–Jamás los había visto tan bien dispuestos. Después que tú te fuiste, Gunnar, hasta la tripulación se nos unió. Y lo extraño de todo esto es que para ellos todavía todo es pura teoría. Ninguno lo considera como una posibilidad concreta…
–Yo os diré por qué -intervino Magnusson-. Cuando se ha estado un tiempo a bordo, el barco se convierte en un útero. Uno está abrigado, alimentado y, una vez que se acostumbra al movimiento, se siente tan cómodo que desearía seguir siempre así. Fijaos en cualquier marinero. Dos días antes de llegar a puerto, se muere por bajar a tierra. Dos días después, cuando ha estado con una mujer y se ha llenado de alcohol, suspira por volver a bordo. Es la única realidad que conoce…
–Eso es bastante cierto -repentinamente, Thorkild aparecía sombrío y distraído-. Simplemente, intentaba que consideraran la idea. Es que…
–¿Qué es lo que te preocupa, Thorkild?
–Algo que dijo m¡ abuelo. La roca que se levanta en el arrecife está guardada por espíritus…
–Y eso, ¿qué significa?
–No lo sé exactamente, y él tampoco lo sabía. Pero no hay leyenda que no se base en unos hechos, de modo que hay que considerar los posibles riesgos. El problema no es el riesgo, sino el aura que lo rodea cuando uno piensa en él. La razón se desengrana, y el control pasa a manos de la memoria tribal… ¿Cómo han ido las cosas con Lorillard?
–Estaba alterado, y es natural. Le expliqué que tu experimento sobre la navegación primitiva podía ser valioso para la Armada, y le animé para que fuera registrándolo. Es lo que está haciendo, pero además tiene otros problemas.
–¿Ah, sí?
–Está viviendo con Martha Gilman.
–Lo sabía.
–Y piensa que tú estás celoso.
–Hubiera deseado algo mejor para ella, pero no estoy celoso.
–Pues díselo.
–¿Por qué molestarme?
–Porque ahora que eres el capitán del barco -explicó Magnusson- verás sus datos personales y te enterarás de que es casado y tiene mujer y dos hijos en San Diego.
–¡Demonios!
–Exactamente… A ver s¡ saca usted las castañas del fuego, capitán Thorkild.
–S¡ queréis una opinión -terció enfáticamente Sally Anderton-, yo no diría n¡ haría nada al respecto. Que lo pasen bien mientras estén a bordo, y más adelante, que resuelvan los problemas por sí solos.
–Pero, s¡ Martha no sabe…
–No te agradecerá que se lo digas, Gunnar Thorkild.
–Pues con esto -declaró Magnusson con maliciosa alegría- terminamos con el teniente Peter Lorillard, de la Armada de los Estados Unidos. Ahora,
¿qué hay de vosotros dos?
–¿Qué pasa con nosotros? – preguntó Sally.
–¿Vais a casaros?
–Ya estamos casados -respondió Gunnar Thorkild-. Con el rito de la estera. Los antepasados lo aprobaron, y la mujer vino a m¡ casa. Es la antigua costumbre. ¿Conoces tú otra manera mejor?
–No, creo que no. Yo lo intenté cuatro veces: dos con el sacerdote y dos con el juez. y creo que vuestra costumbre es tan válida como cualquier otra.
A las tres de la mañana navegaban rumbo al Oeste, impulsados por un viento de diez nudos, bajo un cielo estrellado. Adam Briggs llevaba el timón y Gunnar Thorkild estaba en la cubierta de proa, observando el te lapa, esa extraña luminiscencia que fluía en las profundidades, con la
corriente del Este. A través del movimiento de las aguas podía distinguirla, largos jirones de luz verdosa que brillaban como relámpagos, separándose bajo la proa.
Como espectáculo era hipnótico, y de vez en cuando Thorkild tenía que apartar la vista de la luz para volver a fijarla en los objetos familiares de cubierta. Después, gradualmente, se dio cuenta de que algo había cambiado.
Los nítidos destellos empezaron a deshacerse. Era un fenómeno totalmente nuevo para él, y que su abuelo nunca le había mencionado, pero aunque le intrigaba, no le dio motivos de alarma. El viento era estable, el barómetro estaba alto y la mar tranquila. Lo único que sentía era el dolor de la pérdida, que Kalon¡ el Navegante no estuviera con él para explicarle el sentido de lo inesperado.
Cuando salió el sol pudo distinguir a lo lejos sobre el horizonte, hacia el Oeste, la forma de la nube prometida, la condensación de vapores blancos formados por la acción de los vientos marinos sobre una masa de tierra.
Una hora después ya era visible la tierra: un cono truncado, irguiéndose alto y brillante bajo el sol ascendente. En un loco impulso de euforia, llamó a gritos a Adam Briggs:
–¡Lo conseguirnos, hermano! ¡Lo conseguimos! ¡Ve abajo a despertar a todo el mundo! ¡A Magnusson también! ¡Que vengan todos a verla, que ella fue la razón de nuestro viaje!
Y todos subieron, emocionados, charlando animadamente, a reunirse en la cubierta de proa para ver cómo las formas borrosas crecían y se definían hasta que se hicieron visibles los pliegues y las grietas de la montaña y las primeras pinceladas de color en el arrecife y en la tierra. Junto al timón, debatiéndose entre la risa y las lágrimas, Sally Anderton se comportaba como una criatura. Magnusson, arrebatado, tartamudeaba triunfante:
–¡No lo puedo creer! ¡Es… es el momento más feliz de mi vida! Ojalá hubiera un Dios para agradecérselo… ¡Demonios! Yo no he hecho mas que actuar como empresario. ¡Has sido tu quien lo ha logrado, Thorkild!
Mientras se aproximaban, Thorkild fue descubriendo todas las características que le había descrito su abuelo: la ruptura en el borde del tazón, a través de la cual una verde cascada de vegetación se precipitaba sobre la playa, la roca que se erguía solitaria y el canal que pasando junto a ella conducía a la laguna. La marea estaba baja y el mar se mecía
suavemente, buenos indicios de que podrían pasar sin riesgo. Llamó a Charlie Kamakau a la timonera.
–Vamos a recoger las velas, Charlie. Lo acercaré hasta un cuarto de milla más o menos, y después lo pondré al pairo. Tú saldrás en el bote con Malo y Tioto, para examinar el canal. Parece estrecho, pero s¡ hay agua suficiente, no será difícil pasar… Fijaos también cuánta agua hay en la laguna. Parece amplia, pero quiero poder echar el ancla a la profundidad suficiente como para que podamos sentirnos seguros s¡ se desata un vendaval…
Media hora más tarde regresaba Charlie Kamakau con su informe.
–El canal tiene unos 20 metros de anchura, y es más profundo en la proximidad de la roca… Tiene más de cinco metros de profundidad en toda su extensión. La velocidad de la corriente es de un par de nudos. Al entrar, lo levantará un poco la marea, desviando el barco hacia la gran roca, de manera que habrá que apartarse un poco de ella. Una vez dentro de la laguna ya no habrá problemas. La marea está baja y aun así hay cerca de seis metros de profundidad y el ancla puede bajar lo suficiente. El fondo es de arena y coral…
–¿No hay nada peligroso alrededor de la roca?
–Nada, a no ser la forma en que la marea se desvía en el canal… Pero tal como está hoy la mar, no habrá problemas.
–Está bien… ¡Allá vamos, entonces!
–¿Ve usted esas tres palmeras que hay en la playa? Tome como punto de referencia la del medio…
–¡Entendido, Charlie!
Gunnar hizo virar en un amplio arco al Frigate Bird y media velocidad, puso proa hacia la entrada. El grupo que le observaba desde cubierta le saludó con un hurra, y Thorkild les correspondió con un gesto de la mano.
Estaban a corta distancia del canal cuando Charlie Kamakau dio un grito de advertencia, mientras señalaba a popa. Al darse vuelta, Thorkild vio una gran muralla de agua, como las olas que rompen en Sunset Beach, que avanzaba hacia ellos. Inmediatamente, aterrorizado, advirtió de qué se trataba. Era una ola monstruo, lo que los japoneses llaman tsunami, resultado de alguna conmoción submarina.
Imposible volver a virar. S¡ lo hacía, la ola le estrellaría contra el arrecife. S¡ conseguía pasar el canal tal vez tuviera alguna posibilidad,
porque el arrecife haría que rompiera la ola y disminuiría su fuerza. Aceleró todo lo posible y se lanzó directamente hacia la entrada. En un momento de salvaje esperanza, pensó que habían pasado; pero, en seguida, la mole de agua levantó el casco y los arrojó contra la roca. Gunnar oyó cómo cedían las maderas, vio cómo se arqueaban las cubiertas y cómo caían los cuerpos dando tumbos, al igual que s¡ fueran muñecos en una cascada. Después, él mismo se sintió atrapado por una mano gigantesca que le arrancó del timón para arrojarle contra el mamparo. Lo último que recordó, antes de hundirse en la oscuridad, fue la luz verde del te lapa, y la forma en que se había estremecido bajo el agua, como s¡ la sacudiera una onda de choque…
Cuando despertó se hallaba tendido sobre un manto de hojas verdes, y sobre él se inclinaban Sally Anderton y Adam Briggs. Sintió que tenía una gran herida sangrante en el cuero cabelludo, y las manos laceradas, pero podía ver y oír. Al cabo de un momento pudo también sentarse y empezar a calibrar la dimensión de la tragedia.
El Frigate Bird no era más que un despojo. Tenía la estructura deshecha, las cuadernas hundidas. Con las cubiertas anegadas, estaba varado lateralmente en el canal, donde las mareas terminarían haciéndolo pedazos. Malo se había ahogado, y Mónica O'Grady también estaba muerta, desnucada al chocar contra el mástil. También Thorkild habría muerto a no ser porque Tioto lo había arrastrado, inconsciente, hacia la playa, para después sacarle el agua de los pulmones. Magnusson estaba vivo, aunque tenía una fractura en el hombro. En cuanto a los demás, salvo algunas heridas leves y la natural conmoción, estaban indemnes. La enorme ola había venido y se había vuelto a ir; y ahora, por la más monstruosa de las ironías, el mar estaba otra vez en calma.
A pesar de las advertencias de Sally, que insistía en la posibilidad de que sufriera un colapso como reacción a los golpes, Thorkild ordenó que le ayudaran a ponerse de pie y que le sostuvieran hasta que superó la primera sensación de mareo. Después hizo que le ayudaran a caminar un poco, entrando por la abertura en la pared de la isla, hasta que encontraron un lugar donde una cascada de agua dulce caía sobre rocas cubiertas de musgo formando una pequeña laguna. Allí descansaron un momento, bebieron y después regresaron a la playa para volver a encontrarse con los demás.
Algunos estaban acurrucados bajo las palmeras, sumidos en la más absoluta desesperación, mirando como hipnotizados el casco destrozado del
Frigate Bird. Otros rebuscaban sin sentido entre los desechos arrojados a la playa o se lavaban las heridas en los bajíos. Con la cara de color gris y con aspecto indiferente, Magnusson estaba recostado contra el tronco de un pandano, mientras Molly Kaapu le abanicaba la cara. Saludó a Thorkild con una mueca que intentaba ser una sonrisa.
–¡Bueno, Thorkild! – exclamó-. S¡ lo hubieras hecho a propósito, no te habría salido mejor. ¿Qué pasó?
–Fue una tsunam i… como la que asoló Hilo. Aparecen así, de la nada.
–Así que nos hemos quedado aquí, clavados.
–Eso parece.
–Cometimos un error, profesor. Tendríamos que haber dejado que Lorillard siguiera con su trabajo. Por lo menos, la Armada conocería nuestra posición.
–El error está cometido y no hay medicina que pueda remediarlo. Llama a todos, Adam, que quiero hablarles.
Se le acercaron, desolados y aturdidos ante el espectáculo de la desgracia de los demás.
–¡A ver s¡ os despertáis! – les interpeló brutalmente Thorkild-. ¡Es el momento de rehacerse! ¡Alegraos de estar vivos, que esa ola podría habernos matado a todos! ¿Dónde está Hernán Castillo?
–Aquí, profesor.
–Un centenar de metros tierra adentro encontrarás agua dulce. Muy cerca de la fuente hay un espacio abierto, llano. Allí organizaremos el campamento. Necesitamos un resguardo contra el viento, abrigo y un lugar para hacer fuego. Franz, Yoko, Martha, id vosotros a ayudarlo. Tan pronto como hayáis preparado un refugio, disponed en él un lugar para Magnusson. ¿Dónde está Ellen Ching?
–Aquí estoy.
–Tú, que eres botánica, entiendes de frutas y plantas. Llévate a la mujer de Charlie y a Molly Kaapu, y examinad lo que crece por aquí, además de cocoteros. Necesitamos una buena comida, tan pronto como sea posible.
Ahora, tú, Charlie, junto con Adam y Tioto… S¡ todavía podéis nadar un poco, volved al barco para comprobar qué es lo que se puede rescatar antes de que sufra el primer ataque de la marea. Lo primero son las herramientas, hachas, lonas, cuerdas… después, cualquier cosa de la que podáis echar mano o desmantelar. Arrancad las tapas de las escotillas y usadlas como
balsas para mandar las cosas a la superficie. Simón, tú te vas con Jenny, Mark y Sally a recorrer la playa. Recoged cualquier cosa que haya sido arrojada por la borda… literalmente cualquier cosa, trozos de madera, latas… y lo apiláis todo en un gran montón, cerca del campamento. No paséis nada por alto. Willy Kuhio, tú te encargarás de pescar. Tú y tu mujer recorreréis estanques y lagunas para ver qué se encuentra allí de comestible.
Lorillard y yo nos encargaremos de los entierros…
Tardaron dos horas en excavar trabajosamente un par de tumbas en la arena compacta, junto a la playa, tender en ellas los cuerpos, cubrirlos de piedras y arena y erigir un pequeño promontorio. Cuando terminaron, les dolía la espalda y tenían las manos laceradas y sangrantes.
–Tendríamos que pronunciar una oración por ellos -dijo Lorillard.
–Que descansen en paz -dijo Gunnar Thorkild-. Y que desde donde estén, intercedan por nosotros.
–¡Amén! – Lorillard se sentó en la arena, con la cara escondida entre las manos-. ¡Qué situación! ¡Qué maldita situación estúpida!
–Sobreviviremos a ella.
–¿Y qué? Estamos perdidos donde se acaba el mapa. Nos darán por desaparecidos… durante un tiempo, nos buscaran, y después nos registrarán en el libro de los muertos.
–Eso -precisó Gunnar Thorkild con tono amenazador- puedes decírmelo a mí, pero no a los demás. Lo que necesitamos es esperanza, ¡no anuncios de la proximidad del juicio final!
–No tienes muy buena opinión de mí, ¿no es eso, Thorkild?
–Amigo Lorillard, tampoco tengo muy buena opinión de mí mismo…
¡Mira! Acabamos de enterrar a nuestros muertos… ¿Qué tal s¡ firmamos una tregua?
–¡Perfecto! Una tregua. ¿y ahora, qué hacemos?
–Por el momento, todo el mundo está ocupado. Esta noche empezará la reacción, y se hundirán en la desesperanza. Tenemos que seguir impulsándoles a la acción.
–Tú te haces cargo de todo -observó fríamente Lorillard-. Siempre supones que nadie es tan capaz n¡ está tan preparado como tú. Pues te equivocas. S¡ me hubieras escuchado, en este mismo momento un barco de la Armada vendría a toda máquina a buscarnos…
Súbitamente dominado por una náusea, Thorkild se dio vuelta sacudido por las arcadas antes de desplomarse, boca abajo, sobre su propio vómito.
…Había humo y había fuego. Había un viento que le helaba hasta la médula, y un calor que le consumía. Había tierra bajo sus manos, y después un mar que le levantaba y se lo llevaba. Había estrellas, y después negrura.
Había voces fantasmales y gritos de pájaros y el ruido sibilante de las olas sobre la playa. Tenía algo sucio y ácido en la boca, y martillos que le torturaban el cráneo, y después un remolino se lo llevó, como s¡ fuera una hoja, hacia ninguna parte. Después hubo un pecho de mujer y su mejilla apoyada contra él, y el agua, fresca en la lengua reseca, y tras eso un largo período de tranquilidad. Cuando abrió los ojos no pudo ver nada. Dominado por el pánico, se esforzó por sentarse, pero las manos de Sally Anderton lo inmovilizaron sobre la arena y su voz le instó, en un susurro:
–¡Quédate quieto, que estás bien!
–¿Dónde estoy? – preguntó, no su voz sino el graznido de algún cuervo que no se sabía de dónde llegaba.
–Aquí, conmigo.
–¿Qué ha pasado?
–Nada… Una leve conmoción.
–¿Qué hora es?
–Más de medianoche…
–Los otros… ¿dónde están?
–Aquí, todos. Durmiendo.
–¿Se consiguió comida?
–Más que suficiente.
–Briggs y Charlie… ¿volvieron del barco?
–Sí. y trajeron muchas cosas útiles. Ahora, procura estar tranquilo.
Mañana estarás mejor.
–Tengo frío.
–Yo te abrigaré.
Cuando las primeras luces le despertaron. Thorkild tenía de nuevo plena consciencia; aunque se sentía débil, tenía la cabeza despejada y pensaba con claridad. Se apartó suavemente de Sally, se sentó y se puso en pie. Ahí estaba su tribu harapienta, durmiendo acurrucada junto a la empalizada que esa noche les había servido de abrigo contra el viento. El lugar donde habían encendido el fuego todavía estaba tibio, y alrededor de él estaban
desparramados los restos de la comida nocturna: trozos de nueces de coco, conchas, cáscaras de banana. Un poco más allá se distinguía un montón de algo que parecía basura, la gravilla de la playa y los primeros objetos rescatados del Frigate Bird. Thorkild no se detuvo a examinarlos. Ya habría tiempo para eso… tiempo interminable. Se acercó hasta la fuente, se lavó la cara, bebió un poco de agua y se dirigió lentamente hacia la playa para aliviarse, como hacían los nativos, en los bajíos. Esa mañana la marea estaba más alta, y las olas jugaban sobre las cubiertas y con los mástiles destrozados del Frigate Bird. Después vio algo que le dejó boquiabierto de sorpresa. En el extremo más alejado de la laguna, donde el arrecife se adentraba para unirse a la tierra, vio a Charlie Kamakau y a Adam Briggs sentados en una canoa, pescando. Les llamó a gritos y, sintiendo las rodillas flojas, tambaleándose, corrió a su encuentro por la playa. Cuando le vieron, ellos se le acercaron también, usando las manos a manera de remos.
Cuando estuvieron más cerca. Thorkild vio que era la canoa de su abuelo; le faltaban el mástil y la batanga, pero la estructura estaba intacta.
La habían encontrado bien dentro de la playa, le dijeron, arrojada entre los pandanos por la granola. Charlie había fabricado una caña de pescar con las fibras de las cuerdas, y un anzuelo de concha, y ya tenían pescado para el desayuno. Durante un momento de enloquecida confusión, todos se abrazaron en la playa, balbuceantes, felicitándose a gritos por su increíble buena suerte.
–Así que ya veis -exclamó Adam Briggs-, ¡pudo llegar aquí! ¡Debe de estar vivo!
–No -la declaración de Gunnar Thorkild fue como un epitafio-. Está muerto. Lo encontraremos allá arriba, en el lugar alto.
–¿Sabes tú dónde es? – preguntó Charlie Kamakau.
–Por allá arriba. Ya subiré a buscarlo. Pero ahora tenemos nuestro propio trabajo.
Adam Briggs le miraba con cierta preocupación
–¿Se siente bien, profesor? Anoche nos tuvo preocupados.
–Un poco débil, pero bien. Los demás, ¿cómo están?
–Más que otra cosa, perplejos. Jenny se sintió mal, y Magnusson muy dolorido. Ninguno de nosotros pudo dormir hasta muy tarde. Creo que hoy va a ser un día duro.
–Es cierto -asintió con gravedad Charlie Kamakau-. Ahora, Kaloni, tú eres el hombre superior. Esperamos que determines las reglas.
–Ya hablamos de eso -Adam Briggs destacó ese aspecto con su actitud sobria y tranquila-. Lorillard, Simón Cohen y Yoko hicieron hincapié en la necesidad de tomar decisiones en común y evitar los errores de un personalismo… La señora Gilman dijo que lo que es adecuado en un barco no da resultado en una comunidad asentada en tierra.
Charlie y yo no estábamos de acuerdo. Pero pensamos que usted tenía que saber que las opiniones están divididas.
–Ya veremos qué hacemos -Thorkild se mostraba pensativo-. Vamos a llevarles un buen desayuno, y después lo hablaremos.
La conversación se hizo larga y resultó más difícil de lo que Thorkild había esperado. La fácil camaradería de a bordo había desaparecido, lo mismo que el respeto que hacía aceptar sin cuestionarlo el hecho de que Gunnar Thorkild fuera el manantial de conocimiento de todo lo referente a Polinesia. Ahora, era el hombre que había perdido un barco y que, como resultado de una imprudencia colosal, había puesto a sus sobrevivientes al margen de toda esperanza de ser rescatados en un plazo de tiempo razonable. Cualquier cosa que pudiera ofrecer ahora no era más que una reparación inadecuada. Nada de eso se dijo, aunque podía leerse fácilmente en los rostros herméticos y cautelosos que le rodeaban. El preámbulo de Gunnar fue breve y directo:
–Nos guste o no nos guste, pasaremos aquí un largo tiempo. Tenemos todos los medios para sobrevivir. Poseemos las habilidades suficientes para llevar una vida más que tolerable. Con mucho tiempo y mucha paciencia, podemos incluso construir un barco que nos permita salir de aquí. Para lograr todo esto, los planes y el trabajo deben hacerse en conjunto… De manera que establezcamos ciertas prioridades. ¿Quién quiere ser el primero en hablar?
–Yo -dijo Sally Anderton-. Tengo habilidades médicas pero carezco de específicos, de manera que voy a daros un par de lecciones elementales de medicina preventiva -tendió una mano con la palma hacia fuera-. ¿Veis eso?
Las heridas hechas por el coral. Ya están infectadas. La mayor parte de vosotros tenéis alguna. S¡ las descuidáis, ésas o cualquier otra herida, no tardarán en convertirse en úlceras tropicales que se incrementan rápidamente, en extensión y en profundidad. De manera que limpiadlas
continuamente, y mantenedlas secas… -señaló los restos de comida esparcidos junto al fuego-. Esa basura atraerá insectos y provocará infecciones gástricas. Es necesario quemar todos los restos después de cada comida. He observado que todos vais a orinar y defecar a las malezas. No lo hagáis… Alejaos bien sobre la playa, y hacedlo al borde del agua, de modo que la marea se lleve los desechos. Por el momento, eso es todo, pero recordad que es importante. Más adelante, es posible que con los conocimientos de botánica de Ellen podamos organizar una farmacopea sencilla, pero por el momento, no disponemos de nada…
Todos comprendieron y aprobaron. La cuestión planteada por Simón Cohen, y en la manera de formularla había cierta agresividad.
–Usted ha dicho que tenemos medios para sobrevivir. Desde el punto de vista médico, es evidente que no. ¿Qué pasa con la comida? ¿Tenemos la seguridad de poder sobrevivir con lo que hay aquí?
Adam Briggs le respondió rápidamente.
–La laguna está llena de peces, y encontramos un par de tortugas.
Tenemos un bote, y podemos hacer nosotros mismos el aparejo. En eso no hay problema. Tú, ¿qué encontraste, Ellen?
–Tenemos cocoteros y árbol del pan, y hay taro que crece en el valle.
Después podremos cultivarlos, Es indudable que comida no nos faltará.
Hasta podemos fabricar licores, s¡ queremos.
–Tú eres la encargada de la dieta, Yoko. ¿Estás de acuerdo?
–Sí -la respuesta fue tajante, como s¡ hubiera que discutir otras cosas mucho más importantes.
–¿La cuestión siguiente?
–Las herramientas -empezó Franz Harsanyi-. Tenemos un hacha, un par de destornilladores y cuatro cuchillos de marinero… entre todos.
–Pues todo lo demás lo fabricaremos -declaró con voz firme y segura Hernán Castillo-. Con las conchas podemos hacer raspadores y cuchillos.
Tenemos piedras suficientes para hacer hachas y martillos primitivos. Nos llevará tiempo, pero eso es lo que nos sobra. Y hablando de tiempo, tenemos dos relojes sumergibles que funcionan, y el cronómetro de abordo, que está roto.
–Vamos a necesitar un refugio adecuado -intervino bruscamente Carl Magnusson-. No podemos acampar así, a cielo abierto. Todavía no ha llovido, pero cuando comience a hacerlo será un auténtico diluvio. En m¡
opinión, un abrigo adecuado es de extraordinaria importancia; una casa grande con un suelo y un techo para que no entre la lluvia. Y tendríamos que empezar a construirlo hoy mismo… lo más pronto posible.
También en ese punto todo el mundo estuvo de acuerdo, y después se hizo un silencio incómodo, que finalmente rompió Martha Gilman:
–Hay otra cuestión que se planteó anoche y que habría que resolver ahora. ¿Cómo nos organizamos? ¿Quién se encargará de decir qué es lo que hay que hacer y quiénes lo hacen?
–No puede haber más que un jefe -fue Magnusson quien volvió a hablar, áspero e imperativo-. Somos una tribu y no un ayuntamiento imbécil. De manera que a nombrar un jefe y terminemos con el asunto.
–Yo propongo al teniente Lorillard -dijo Simón Cohen.
–Y yo, al profesor Thorkild -se oyó la voz de Jenny, trémula, pero desafiante.
–¿Algún otro…? No. Pues votaremos levantando las manos. Por el teniente Lorillard. ¿cuántos votan?
Martha Gilman, Simón Cohen, Yoko Nagamuna y Hernán Castillo levantaron la mano.
–Parece que sólo le apoya la minoría. señor Lorillard – sonrió Carl Magnusson-. Espero que tenga usted la gentileza de admitirlo. Thorkild, tú eres el elegido.
Durante unos segundos Thorkild permaneció en silencio, concentrándose en un instante que sería crítico para todos ellos. Después se puso de pie y se quedó mirando al pequeño grupo de personas harapientas.
Su expresión era hosca, sin sombra de sonrisa. Su voz resonó con la solemnidad de quien recita las genealogías, como los grandes del pasado.
–Hay algo que quiero deciros, y después volveréis a votar, pero esta vez con conciencia de lo que hacéis. Todos hemos retrocedido en el tiempo.
Somos genes del siglo XX, reducidas súbitamente a una situación primitiva.
Eso ha de provocar un cambio en los valores relativos. Algunas cosas que sabemos son inútiles, basura. Otras, que considerábamos conocimientos triviales, son de importancia vital. Los roles personales también cambian, y las relaciones que en su momento fueron exclusivas tienen que ampliarse hasta incluir a todo el grupo. Tened en cuenta que s¡ votáis por mí, elegís un jefe, no un títere. Estáis poniendo vuestra vida en mis manos y comprometiéndoos a obedecer. Yo buscaré el consejo de todos y cada uno
de vosotros, y me comprometo a actuar solamente siguiendo la voz de la prudencia. Vosotros os comprometéis a obedecer mis órdenes. Tal era la costumbre de m¡ pueblo, de los que antaño llegaron a esta isla, y es la única costumbre que conozco cuando se trata de una tribu: que uno solo se ocupe de los muchos que la integran. Pensadlo, discutidlo s¡ queréis, y después volved a votar. S¡ elegís a Lorillard, o a cualquier otro, yo le prestaré la misma obediencia que esperaría de él. Pensad también en otra cosa. ¿No sería mejor que hubiera tal vez dos, un hombre y una mujer, para que cada sexo tenga a quién recurrir…? Veo que sonreís como s¡ yo hubiera dicho algo divertido, pero ¿es tan humorístico? No me refiero a una consorte, a una esposa, aunque no tardará en plantearse la cuestión de cómo nos organizaremos en parejas y cómo procreamos. Estoy pensando en una mujer sabia, capaz de ser la madre de esta comunidad, la mujer kapu a quien las otras puedan acudir cuando necesitan algo especial. Voy a dejaros que discutáis y decidáis estas cosas, pero quiero que lo decidáis todos: tú, Charlie, y tu mujer, y Tioto, y vosotros también, Willy y Eva Kuhio. Una palabra más. Nos guste o no, ahora formamos un pueblo, asentado en un fragmento de tierra del cual durante mucho tiempo no podremos salir.
Tratad de pensar así, y tratad de actuar en función de eso… y tomaos el tiempo necesario, porque mañana es muy largo… -se relajó y, mientras empezaba a alejarse, tocó en el hombro al joven Mark Gilman-. Tú ven conmigo, muchacho, muchacho. Iremos en busca de un lugar donde edificar nuestra casa…
Para Thorkild fue un alivio dejarlos allí con sus temores y sus celos, para sumergirse en la verde maraña que crecía donde antes, hacía muchos siglos, la lava había irrumpido a través de la abertura del cráter para fluir como un mar hirviente. La vegetación era densa, el suelo estaba cubierto de una gran capa esponjosa de hojas que se pudrían y de troncos en descomposición; pero al cabo de un rato empezaron a distinguir contornos, una serie de amplias terrazas planas donde proliferaban en silvestre abundancia el bambú y el pandano, los árboles fei y la papaya, el rojo de los hibiscus y el verde y el azul del tapo-tapo. El aire, pesado, estaba lleno de insectos, y la luz del sol se filtraba hacia el suelo a través de un denso enrejado de hojas y ramas de palmera. De tanto en tanto se oía el canto de algún pájaro y alcanzaban a divisar la iridiscencia de un batir de alas.
Cuando Thorkild se estiró para alcanzar un plátano del árbol fei, una diminuta rata de las frutas huyó ante su contacto.
La cuarta terraza era más amplia que las otras y, mientras se abrían paso a través de ella, a Thorkild se le trabó un pie bajo un saliente de piedra, de forma que cayó hacia delante, golpeándose el hombro contra el tronco de un árbol. Se levantó y comenzó a examinar el obstáculo, un largo reborde de piedra, cubierto de musgos y helechos. Al liberarlo de su recubrimiento descubrió que era un fragmento de cerámica, de tamaño de su mano, con un curioso dibujo reticulado en el borde. Después de limpiarlo cuidadosamente, se lo enseñó al muchacho.
–Mira atentamente esto, Mark. Es muy importante. ¿Qué es lo que te dice?
–No sé. ¿Qué es, Gunnar?
–Cerámica. Cerámica lapita… es lo más antiguo que se encuentra en las islas. Casi mil años antes de Cristo se fabricaban estas cosas, y se transportaban a través del Pacífico.
–Y eso, ¿qué significa?
–Que hace mucho tiempo, aquí vivía gente. Fueron ellos quienes dispusieron esas terrazas y las cultivaron.
–¿Qué les sucedió?
–No sé. Se extinguieron. Se fueron. Pero su recuerdo se conserva en la memoria de m¡ pueblo. Lo cierto es, hijo mío, que ellos vivieron aquí como vamos a hacerlo nosotros. Aquí es donde construiremos nuestra primera casa… con esos bambúes que hay allí, con esas palmeras. Y en torno a ella plantaremos nuestro primer huerto, y llevará tu nombre: la mirada de Mark Gilman. Anda, ve a tallar tu nombre en ese árbol mientras yo voy despejando el primer claro. Después, cuando regresemos, marcaremos una senda…
–Oye, Gunnar, ¡hay tantas cosas! ¿Cómo vamos a conseguir hacer un claro?
–¡Escúchame, Mark! Hay un antiguo proverbio chino que dice: «El viaje de mil millas se inicia con un paso». Para dar ese primer paso hay que tener fuerzas… ¿Que cómo hacemos un claro? Pues cortamos un arbusto, después otro, y otro más, hasta que hayamos conseguido un espacio para una casa y un huerto. Después despejaremos otra terraza, y la que sigue, y para cuando tú seas hombre, todo el valle se habrá convertido en un huerto.
–¡Para cuando yo sea hombre! ¿Quieres decir que vamos a estar aquí tanto tiempo?
–Bueno, s¡ queremos irnos tendremos que construir una barca grande, como las hacían mis antepasados. Y eso también lleva tiempo. Tenemos que encontrar los árboles, derribarlos y despejar una pendiente para llevarlos hasta la playa y trabajarlos allí… Oye una cosa. ¿Por qué no señalamos ya uno o dos árboles cuando regresemos?
–Tengo miedo, Gunnar. Este lugar me asusta.
–Extiende la mano.
El muchacho hizo lo que se le decía y Thorkild le puso sobre la palma el fragmento de cerámica.
–Mira esto. Es cerámica, es algo que la gente hace para guardar la comida y el agua, y el licor que les hace cantar. Esas son cosas buenas, cosas felices, y vamos a hacer de la morada de Mark Gilman un lugar feliz.
¿De acuerdo?
–Sí… Por favor, ¿podemos volver ya?
Todos estaban esperándole, inquietos por su ausencia, avergonzados por lo que tenían que decirle. Habían elegido como portavoz a Carl Magnusson, que pronunció el veredicto de todos con su desenfado habitual: La discusión fue libre y abierta, y la decisión unánime. El líder designado eres tú, y la consorte que pedías, Molly Kaapu. Sin embargo, nadie estaba totalmente de acuerdo en que ejercieras tus funciones de jefe en forma absoluta, según la antigua usanza tribal. Es verdad que estamos en una situación primitiva; pero somos criaturas del siglo XX, y a todos nos asusta el poder absoluto, por más que sea ejercido en aras del bien común.
De manera que hemos designado un consejo para que te asesore y te ayude.
Está formado por cinco miembros. Charlie Kamakau, Peter André Lorillard, Franz Harsanyi, Ellen Ching y Martha Gilman. S¡ hay algún punto en discusión, tú y Molly Kaapu tendréis voto en el consejo. Las decisiones se toman por mayoría. Periódicamente, pasaremos revista a la situación general en un consejo general. Es deseo de todos que quede claro que eso no significa poner en duda tu competencia. La formulación final fue ésta: la comunidad deseaba establecer los términos en virtud de los cuales Se puedan instaurar y preservar mejor la cooperación y la armonía: Todos tenemos la esperanza de que aceptes estos términos. S¡ no puedes hacerlo,
designaremos a algún otro en tu lugar. Quisiéramos que te sientas en libertad de preguntar lo que quieras a cualquiera de nosotros.
Fue un momento de extraña cualidad mística. El mana que Thorkild sentía en su interior enfrentaba el desafío de otro, que sin ser hostil era más potente, que emanaba de otros dioses, de otros hombres superiores, frutos de una historia diferente. Thorkild podía hacerle frente o reconocerlo, y reconociéndolo, recibirlo parcialmente dentro de sí. El resultado del conflicto sería el desastre, un gusano que devoraría los cimientos de su pequeño mundo nuevo. Esperó, tratando de estimar los costes y las consecuencias de esa capitulación, primera y decisiva. Finalmente, anunció con voz pausada:
–Primero, me gustaría hacer algunas preguntas.
–Adelante.
–S¡ yo tomo una decisión, y el consejo está de acuerdo, ¿obedeceréis todos?
–Sí -la respuesta fue un murmullo unánime.
–¿Y os obligaréis recíprocamente a obedecer?
–Sí.
–¿Estaréis de acuerdo en comunicarme abiertamente, y en forma directa o a través del consejo, cualquier problema u objeción que se plantee, en vez de formar entre vosotros grupos camarillas?
–Sí.
–¿Consentís en que nuestro trabajo, así como los frutos del mismo y cualquier cosa que poseamos o podamos poseer sean considerados como un fondo común puesto al servicio del bien de todos?
–Sí.
–¿Y en que el único privilegio de una persona cualquiera sea el que dicte la necesidad?
–Sí.
–Bien. Lo que acabáis de hacer es dictar la ley por la cual regirán nuestras vidas. ¿Lo entendéis todos en este sentido?
–Sí.
–Entonces, sobre esta base, acepto ser vuestro líder y considerarme responsable de vosotros.
Todos le ovacionaron y se congregaron en tomo de él para estrecharle la mano y expresarle sus buenos deseos y su lealtad personal. Después de un
momento, Thorkild impuso silencio y levantó el fragmento de cerámica que había encontrado en la terraza más alta.
–¡Mirad esto! Es un trozo de cerámica de lapita que Mark y yo encontramos en lo alto de la colina. Quiero que comprendáis lo que significa. Mucho tiempo atrás, aquí vivió gente. Los frutos que plantaron se han reproducido, y nosotros podemos volver a cultivarlos. Despejaremos las terrazas para construir casas y sembrar la tierra. Eso nos llevará tiempo, de manera que empezaremos por construir una casa aquí abajo, cerca de la playa. Hay bambúes para los marcos y hojas de palma para los techados y las paredes. Todo el mundo puede ayudar, con excepción de Carl y de cuatro personas más, dos que se dedicarán a pescar y otras dos a recoger alimentos en tierra. Peter Lorillard y Charlie Kamakau organizarán los grupos de trabajo. Molly, ven tú conmigo, y tú también, Carl. ¡Tú, ocúpate de que se empiece a trabajar, Charlie! Me gustaría que para la puesta del sol pudiéramos contar ya con un abrigo…
Carl Magnusson estaba muy molesto. Su renguera era más pronunciada.
El hombro le dolía cada vez que hacía un movimiento. Tenía mal color y respiraba con dificultad. Le recostaron contra el tronco de una palmera y se tendieron junto a él, sobre la arena. El anciano empezó a hablar, dificultosamente:
–…Tú sabes que he tenido problemas en la vida, Thorkild…
disputas legales, altercados en reuniones de directorio, embargos…pero la discusión de hoy ha sido el más arduo de esos episodios. Estaba en juego todo al mismo tiempo… actitudes raciales, religiosas y políticas; prejuicios personales. Incluso los que más decididamente te apoyaban, tenían sus temores y sus reservas. La idea de la tribu era nueva, y para algunos repugnante. No les gustaba la idea de normas y órdenes. Querían una especie de dedicación religiosa sin ceremonia, una jerarquía basada en el talento, una benévola anarquía. Llegamos a una solución de compromiso, pero no sin derramamiento de sangre. Y s¡ tú no hubieras aceptado, habríamos tenido graves problemas.
–Con toda seguridad. Tendremos problemas de todos modos -asintió tristemente Molly Kaapu.
–¿Qué tipo de problemas? – quiso saber Thorkild-. ¿Acaso no entienden que tenemos que aunar nuestros esfuerzos?
–Claro que sí… con la cabeza. Pero s¡ salimos de la cabeza, la cosa es diferente, hasta los dedos de los pies. Fíjate lo que tenemos: diez hombres y un chico… y el señor Magnusson en este sentido no cuenta, de modo que son nueve hombres. Por otra parte, tenemos ocho mujeres: una embarazada, y yo tan gorda y vieja que no ilusiono a ningún hombre. Es decir, nueve a seis. Ya eso constituye un serlo problema. Agreguemos que al señor Lorillard tú no le gustas, que Martha Gilman está celosa de la señora Anderton, que Simón Cohen se siente atraído por la japonesa, pero a ella le gusta Castillo, que anda detrás de Ellen Ching; que la mujer de Charlie Kamakau necesita más de lo que Charlie le da y que Tioto, que perdió a su amigo, piensa que podría volver a probar con chicas… Y s¡ los pones en una casita en una islita, ya tienes problemas con «P» mayúscula. Tú eres el privilegiado, Kaloni. Tú eres el jefe y tienes tu mujer. Y la señora Gilman está con Lorillard… Pero a los demás los metes en una caja y los sacudes, y jamás saldrán de ellas parejas…
–Molly tiene razón -asintió Carl Magnusson con una mueca- Según como lo interpretes, es un chiste sucio o una broma sangrienta. ¿Qué te ocurre, Gunnar?
–Dame tiempo, Carl. y dáselo también a ellos… ¿Qué dicen las mujeres de todo esto, Molly?
–Lo que las mujeres dicen es una cosa, y lo que hacen es otra. Eso ya lo sabes, Kaloni… o deberías saberlo, en todo caso. Pero en última instancia, son ellas las que tendrán que decidir. S¡ quieres saber m¡ opinión… Yo las pondría a todas en una sola casa grande, para que los hombres las visitaran.
Las que quieran un hombre solo, que lo tengan; las que quieran más, que hagan sus propias combinaciones. S¡ hay hijos… y los habrá, que los hijos pertenezcan a todos. Pero de una cosa estoy segura, Kaloni…
–¿De qué cosa, Molly?
–De que tú no debes meter las narices en esto. Déjame que yo me arregle con las chicas mientras yo no te pida otra cosa. ¿De acuerdo?
–Es un buen consejo -Carl Magnusson soltó dolorosamente la risa-. Fue lo único en que todo el mundo estuvo de acuerdo. Querían que la madre de la tribu fuera Molly Kaapu.
–¡Qué madre n¡ madre! – estalló Molly-. Todavía podría darle a alguno de esos bebés una tunda que no podrían olvidar. Y tú también, Carl
Magnusson, s¡ no te hubieras desgastado corriendo detrás de los dólares y de las mujeres.
–Tal vez esa sería la forma mejor de despedirme, Molly. Que tú me dieras un buen castañazo y después me enterrarais con un lei en torno del cuello.
–Tal vez lo haga -respondió agriamente Molly Kaapu-. Pero hay alguien a quien posiblemente tendremos que despedir antes que a ti.
Thorkild se mostró muy preocupado.
–¿A quién te refieres, Molly?
–A esa chiquilla que vino contigo, Jenny. Aunque no quiere decirlo, se hizo daño cuando chocamos con la roca. Anda por ahí arrastrándose, y s¡
lleva a término ese embarazo, yo soy la querida de un millonario.
–¿La ha examinado ya Sally Anderton?
–Claro. Pero lo único que dijo es que hay que esperar.
–Entonces, esa chica no debería estar trabajando.
–¿Y qué quieres que haga, que se esté todo el día tendida al sol, asustada y compadeciéndose de sí misma? ¡A ver s¡ creces, Kalon¡! Estas son cosas de mujeres. ¡Deja que las arreglemos nosotras, que tú ya tienes bastante de qué preocuparte!
–Del Frigate Bird, por ejemplo -Carl Magnusson señaló hacia el canal, donde al romper las olas se elevaban por encima del casco y bañaban de espuma blanca la cubierta-. Antes de que quede totalmente deshecho, podríamos rescatar muchísimas cosas más.
–Con esta mar, no, Carl. Esperaremos a que vuelva a bajar la marea para ir a bordo y nadar a su alrededor. Ahora que tenemos la canoa podemos hacer el transporte a tierra con bastante rapidez.
Carl Magnusson le miró de reojo, intencionadamente, antes de hablar.
–Podrías, tal vez, conseguir rescatar parte del equipo de radar de Lorillard: las boyas para señales, por ejemplo, o las piezas necesarias para armar un transmisor.
–Podemos intentarlo.
–¿Intentarlo en serlo? – le azuzó fríamente Magnusson-. Y antes de que me contestes, te diré que no he hablado de esto con Lorillard n¡ con nadie más, aunque me imagino que dada su formación de marino, él mismo lo pensará. Por otra parte, el jefe eres tú, de modo que tal vez te corresponda a t¡ hacer algo.
–Quizá la máxima prioridad sea concentrar todos nuestros esfuerzos en establecer esta comunidad y conseguir su autosuficiencia, antes de distraerlos en tan débiles esperanzas… Lo pensaré.
Carl Magnusson se volvió hacia Molly Kaapu.
–¿Qué dices tú, madre Molly?
–Digo que te ocupes de tUs cosas, anciano. Tu juicio se aproxima, y no querrás. responder de más maldades. Tú, Kaloni, haz lo que te dicten tus pensamientos y no atiendas a nadie más.
–Estupendo -asintió Magnusson, haciendo de nuevo una mueca de dolor-. Pero has firmado un contrato. Tu trabajo y los frutos de tU trabajo pertenecen a la comunidad. S¡ lo rompes, tú tendrás que hacer frente a las consecuencias.
Una hora antes de la puesta del sol, la casa se hallaba ya terminada y todo el grupo se quedó contemplándola triunfalmente. Todos estaban de acuerdo en que no era un palacio. Un buen arquitecto -pero bueno de verdad- podría encontrarle ciertos defectos. Los artesanos de otras islas podrían objetar que los armazones de bambú estaban un poco torcidos, que las bardas del techo estaban algo descuidadas, y las paredes, en vez de ser entretejidas, estaban simplemente atadas contra el marco como una empalizada de juncos. Así y todo, era indiscutiblemente una casa qué los protegería de la lluvia y del viento, y les permitiría incluso cierta intimidad, ya que estaba dividida por una tosca mampara que permitiría a las mujeres aislarse y dormir solas s¡ así lo preferían. Delante de la casa había un espacio despejado, con un hoyo hecho en el suelo para cocinar y un horno de piedra, aparte de un lugar donde mantener seca la leña para el fuego y guardar lo que rescataran del barco. Se sentían orgullosos de su obra, ansiosos como niños de escuchar un elogio y, por un momento, les invadió la solemnidad ante esa primera y mínima promesa de permanencia y continuidad.
–Habría que bendecirla -sugirió Martha Gilman-. El jefe debería pronunciar unas palabras.
–Este es nuestro primer hogar -dijo, simplemente, Gunnar Thorkild-. Lo hemos construido con nuestras propias manos, en un lugar sagrado. Ruego porque en él podamos vivir en paz y seguridad. Amén.
–Esta noche tendríamos que hacer una fiesta -agregó Molly Kaapu-.
Deberíamos ponernos flores en el pelo, bailar y cantar.
–Pero es que yo no tengo nada que ponerme -objetó Ellen Ching.
Todos se rieron, con una risa feliz y sonora que descargó, por primera vez, todas las tensiones de los dos últimos días.
–Vamos a nadar -sugirió Franz Harsanyi-. Me siento sucio como un cerdo.
–Dejad la ropa aquí, que yo la remojaré en agua dulce -dijo Sally Anderton-. S¡ la introducís en agua salada, no se secará.
Hubo un fugaz momento de tímida indecisión mientras todos se despojaban de la ropa; después, riendo y gritando como niños que salen de la escuela, corrieron hacia la playa, mientras Jenny, con torpes movimientos, les seguía lentamente, escoltada por Adam Briggs. Carl Magnusson emitió un gruñido de aprobación.
–Yo no hacía más que preguntarme cómo se conseguiría eso. ¡Has estado muy bien, Sally! Oye -agregó después-, ¿no podrías hacer algo con m¡ hombro? Me duele terriblemente.
–No es mucho lo que puedo hacer, Carl, a no ser inmovilizártelo mejor.
A ver, probemos…
–¡Y es m¡ brazo sano, maldito sea! Me siento tan impotente como un niño de meses. Todos los demás están trabajando, y yo ando cojeando por ahí como el idiota del pueblo.
–A ver… ¿así está mejor?
–Sí, un poco. Gracias…
–Tú te quedas aquí conmigo, pequeño Carl -le dijo firmemente Molly Kaapu-. Puedes conversar conmigo mientras yo enciendo el fuego y empiezo a preparar la cena. Tú y yo ya no estamos para nadar en cueros.
Sally Anderton recogió el montón de ropa y lo llevó hasta la vertiente.
Gunnar Thorkild la siguió y la observó mientras ella también se quitaba la ropa y la arrojaba toda en el agua.
–Dame también la tuya, Gunnar. Después me ayudarás a aclararla y escurrirla.
Thorkild obedeció, riendo.
–Ahora sí que hemos vuelto al estado natural, ¿no? Estos trapos no nos durarán mucho, y después nos veremos reducidos al taparrabos.
–Cuanto antes mejor. Cuanto antes nos desprendamos del pasado, mejor estaremos… ¿Crees que serías capaz de dejar de ser gran jefe durante un rato para hacerme el amor?
–Tal como estás, mujer, tendría que empezar por limpiarte.
–¡Limpiarme! ¡Pero mírate tú, s¡ estás más sucio que una escoba!
Jugaron como criaturas bajo la cascada, echándose agua y arrojándose uno al otro al estanque. Luego, sobre el musgo de la orilla se hicieron ávidamente el amor. Después se quedaron tendidos, tranquilos y satisfechos, acariciados por el sol poniente, acunados por la música del agua y el largo susurro del viento entre las palmeras.
–Ahora me siento feliz -suspiró Sally Anderton-. Esta mañana tenía mucho miedo.
–¿Por qué, por Dios?
–Después de esa primera votación, cuando te levantaste e hiciste ese gran discurso solemne, se te veía tan remoto, tan diferente. Era como s¡ no fueras parte de nosotros, como s¡ vinieras de algún otro mundo. Yo creía conocerte, hasta el último centímetro de tu piel y hasta tu última pulsación, Y de pronto te me apareciste como un extraño… amenazante y peligroso. Y
no me sucedió a mí solamente; los otros también lo sintieron.
–¿Fue ésa la razón por la que cambiaron las cosas… y decidieron limitar m¡ autoridad?
–Sí.
–¿Y una opinión unánime, como dijo Carl?
–Sí. Yo estuve de acuerdo con los demás.
–Sigo siendo el mismo Gunnar Thorkild.
–Oh, no, amor mío. De ningún modo. Desde aquella noche que fuiste a tierra en Hiva Oa y estuviste con tu abuelo, ya no eres el mismo. Antes de eso eras media docena de hombres, reunidos en un haz y atados con un cordón. Ahora no eres más que uno, y de ese uno me queda mucho por saber… y mientras podamos seguir como hasta ahora, no estoy segura de querer saber algo más.
–¿Tú sabes que te amo, Sally?
–Sí, eso lo sé.
–¿Y me amas tú?
–¿Puedes dudarlo?
–No. Sólo espero no obligarte a llevar una carga demasiado pesada.
–¿Qué puede ser esa carga?
–Yo, y todo lo que queda a mis espaldas, y todo lo que encierra el futuro. Por primera vez en m¡ vida, he encontrado a una mujer a quien