El Navegante
Diez
–Ese fuego de señal está demasiado a la izquierda. Es peligroso.
Tendremos que rectificarlo.
–Así lo haremos, señor Gilman -Gunnar se quitó la guirnalda del cuello para colocársela al muchacho-. ¡Buen trabajo! Te has ganado tu fiesta.
Le rodeó los hombros con el brazo y le guió a través de la playa, mientras todos iban apartándose para dejarlos pasar, y que fueran ellos los primeros en ocupar su lugar junto al fuego.
DIEZ
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TODOS ESTUVIERON DE ACUERDO en que esa fiesta era diferente de la anterior. Para empezar, la comida era mejor y, en cuanto al aguardiente, se le podían conceder dos puntos más que al de la primera vez.
También el grupo había cambiado; se mostraban con una mayor cortesía, más en armonía con las circunstancias, que también eran mejores, porque la tierra estaba empezando a dar sus frutos y el mar era ahora un riesgo mensurable y, si se ponían a pensarlo, resultaba que: para ser un heterogéneo puñado de Don Nadies, no se las habían arreglado tan mal en la isla de Thorkild… ¡Exactamente, jefe! De eso se trataba: de la Isla de Thorkild, dejada de la mano de Dios e ignorada por los hombres, ¡en el centro mismo de la nada!
Llegado a ese punto el entusiasmo, Franz Harsanyi empezó su discurso.
Quería declarar, declamar y especificar que donde no había un húngaro, no había guión; y sin guión no se podía imprimir una forma al material, a ese magma, a esa… ¡no se les ocurriera pensar que estaba ebrio! a esa lava incandescente de sus vidas. Y él, Franz Harsanyi, era húngaro. Si hablaba, escribía, vivía y respiraba en estadounidense, era porque su propia lengua resultaba ininteligible. Y había aprendido el polinesio porque lo que expresaba la lengua de los estadounidenses era una obscenidad de la cual todos deberían dar gracias a Dios por haber escapado.
Y para celebrarlo, Franz Harsanyi, el hijo de la puszta, había empezado a escribir un poema, un himno épico, la saga de los náufragos del Frigate Bird. Ahora se disponía a recitar esa saga, que seguiría entonando de fiesta en fiesta. ¿Objeciones? Ninguna. Pues sólo le faltaba el permiso del jefe para presentar su obra, no por humilde menos noble. Gracias, jefe. Con el corazón lleno de gratitud, comenzaría. Y si su colega Simón Cohen quería embellecer el texto con melodía y ritmo, para él sería un placer. Y si el pueblo, el vulgo tan profano como bien amado, quena unirse a los coros,
¿qué mayor felicidad podía él esperar?
Ensalcemos a Dios,
hermanas y hermanos,
esposos, hijos y amantes…
En épocas lejanas
de nuestra propia época,
se nos cuenta de un hombre
que una vez tuvo un sueño.