El Precio Del Placer

Harold Robbins · Capítulo 20 de 29

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El Precio Del Placer

Dieciocho

 

Acostumbrada a la penumbra del bar, la brillante luz del sol le dañó los ojos. Se puso unas gafas oscuras y echó a andar. Al principio lo hizo con prisa, enfadada consigo misma. Después notó que la gente la miraba con extrañeza y aflojó el paso. Al fin y al cabo se hallaba en Ciudad de México, y allí nadie caminaba deprisa.

¿Qué tenía ella para encontrarse siempre metida en situaciones parecidas? Le sucedía desde niña. Las otras chicas solían llevar compañeros a casa para estudiar y nunca les pasaba nada. Sin embargo, a pesar de que ella actuaba exactamente igual que las demás, siempre ocurría algo antes de acabar la tarde.

Y después, cuando el chico se marchaba, ella se sentaba y se maldecía a sí misma. Normalmente no volvía a ver nunca más al chico en cuestión, pero siempre había otro dispuesto a ocupar el puesto. Y todo comenzaba de nuevo, aunque ella hiciera los más estrictos propósitos de limitarse a los libros de texto. No se acercaría a él; se sentaría al otro lado de la mesa o al otro extremo de la habitación y se harían preguntas mutuamente. Por lo menos de ese modo es como solía empezar la tarde.

Pero antes de que transcurriera demasiado rato, Luke empezaba a notar aquella fiebre que se encendía en su interior. Las piernas se le debilitaban y comenzaba a tartamudear. A cada minuto que pasaba encontraba más difícil concentrarse en las lecciones. Luchaba contra la fiebre con tanta fuerza que el sudor acababa por inundarle el rostro y los brazos, de forma que era posible notar el débil aroma a almizcle mezclado con perfume que emanaba de su cuerpo.

Y luego ocurría. Primero, unos besos exploratorios. Deseaba probarse a sí misma que sería capaz de detenerse tras aquellos besos, que no tenía necesidad de ir más lejos. Pero de pronto la fiebre le aumentaba y surgía en ella el frenético arrebato que la impulsaba a quitarse aquella ropa asfixiante, y el salvaje deseo de causar y sentir dolor. La adoración ante el macho arrogante y la necesidad de someterlo para poder controlar aquella fuerza explosiva.

Empezó a sentirse mareada. Inconscientemente movió la cabeza. Miró al sol. Todavía hacía calor, demasiado calor. Sería mejor que se pusiera bajo cubierto y se sentase. Se encontraría mucho más a gusto a la sombra.

Miró a su alrededor. Se encontraba cerca del garaje. Aquello estaba bien. Entraría y revisaría de nuevo el coche. Había algo frío y masculino en los coches de carreras que siempre la hacía sentirse mejor.

Después del calor del exterior, el garaje se notaba fresco. La mayoría de los hombres ya se habían marchado, pues era casi la hora de cenar. Comenzó a bajar por la rampa.

Esteban salió de la diminuta oficina y la saludó.

—Hola, señorita Nichols.

La muchacha se volvió sonriendo hacia él.

—Hola, señor Esteban.

El viejo se le acercó.

—¿Ha visto al conde? —le preguntó—. ¿Está satisfecho? Ella asintió.

—Tengo que darle las gracias, señor Esteban.

—No hay de qué —repuso él—. Me alegro de poder serles útil a los dos. —La miró con perspicacia—. Un hombre interesante el conde Cardinali, ¿verdad?

—Sí —contestó la muchacha—. Muy interesante. Pero dígame una cosa. ¿Es bueno como piloto?

Él la miró.

—Podría ser el mejor; pero le falta algo.

Siguieron bajando por la rampa.

—¿Que le falta algo? No lo entiendo. ¿Qué le falta? —preguntó.

—Miedo —respondió el viejo—. Un corredor es como un torero. Ninguno llega a ser realmente bueno hasta que conoce el miedo. Una vez que lo han sentido, desarrollan una extraña habilidad. Se abstienen de hacer tonterías innecesarias. Solo actúan para ganar.

Se detuvieron delante del largo Ferrari blanco.

—¿Y al conde no le preocupa ganar? —le preguntó ella mientras se acercaba al coche y apoyaba una mano sobre él.

—Un hermoso automóvil —comentó Esteban, esquivo.

Ella lo miró. Inconscientemente comenzó a acariciar el guardabarros.

—Es el mejor del garaje —repuso.

El anciano sonrió con perspicacia.

—Creo que esta vez voy a apostar diez pesos por el conde. — Comenzó a subir de nuevo por la rampa—. Buena suerte, señorita.

La muchacha lo siguió con la mirada hasta que lo vio desaparecer tras la primera curva. Luego abrió una de las puertas del coche y se sentó en el interior. Le llegó el áspero olor del aceite y de la gasolina, y el de cuero del asiento. Se colocó tras el volante y puso las manos sobre él. Aquello era la fuerza, pura fuerza masculina.

Recordó cuando, de niña, se sentaba en las rodillas de su padre mientras este conducía el coche hacia la ciudad para hacer alguna compra. Ella se sentía grande y saludaba a todo el mundo con la mano para que se fijaran en que era ella la que conducía. Incluso el señor Saunders, el grueso policía que dirigía el tráfico en Main Street, se acercaba a ella para comprobar si tenía carné de conducir. En aquellos días, Luke solo contaba seis años de edad.

Antes de cumplir los diez años ya había aprendido a conducir. Papá le dejaba llevar el coche por el camino que había detrás de la casa. Su madre solía mover la cabeza con desagrado.

—La mitad del tiempo no actúa como una niña —solía decir—. Siempre anda rondando por el garaje, jugando con los coches y oyendo las conversaciones de los chicos que también haraganean por allí.

—Déjala, mamá —acostumbraba a decir su padre, tolerante—. Ya crecerá y tendrá tiempo para aprender a coser y a cocinar. Hoy día no es tan importante. Todo viene en latas o en paquetes congelados; hasta la ropa se vende ya confeccionada.

En el fondo todo aquello le gustaba. Siempre había deseado tener un hijo.

La cosa empezó a ir mejor cuando cumplió los dieciséis años y obtuvo el permiso de conducir. Por aquel entonces los muchachos ya no la molestaban, y ella no tenía tanta necesidad de someterlos. Puede que fuera porque se desquitaba en la carretera o en las carreras que solían organizarse en el Ocean Drive.

La primera vez que se acercó a los muchachos conduciendo su propio bólido, adivinó lo que pensaban de ella. «Ahí llega la Fácil buscando a alguien que se la tire.» Conocía las historias que circulaban por la escuela acerca de ella. Siempre que un muchacho aparecía en los vestuarios con arañazos en la espalda, los demás se mofaban y comenzaban a hacer apuestas. Pero todo aquello no les impidió apiñarse alrededor del coche al verla llegar.

Johnny Jordan, el cabecilla de los muchachos, se había acercado al coche contoneándose. Se inclinó sobre la puerta con un cigarrillo colgado de los labios.

—¿De dónde has sacado este cacharro? —le preguntó.

—Se lo he comprado a Stan —contestó ella, aludiendo al nombre del dueño del garaje en el que habitualmente los chicos compraban los coches de segunda mano.

Él lo miró de arriba abajo con ojos críticos.

—Nunca lo he visto allí —indicó.

—Yo misma le he hecho algunas pequeñas modificaciones.

Era mentira. No habían sido solo pequeñas modificaciones. Había desmontado el automóvil y lo había vuelto a reconstruir a mano. Era un Pontiac descapotable que estaba hecho una ruina cuando llegó a sus manos. Le había cambiado el motor, colocándole el de un Cadillac, así como el diferencial y los cojinetes; había sustituido los frenos por unos nuevos y le había recortado la carrocería, ajustándole encima la de un viejo Cord; también había metido plomo fundido en las puertas para aumentar el peso y lo había pintado de colores plata y negro. Había tardado seis meses en hacer todas aquellas reformas.

—¿Funciona? —le preguntó Johnny.

—Por supuesto —afirmó ella.

—Hazme sitio —dijo él, haciendo ademán de subir.

Ella se sujetó firmemente al volante.

—¡Eh, eh! —le advirtió—. Nadie va a conducir este coche hasta que yo gane algunas carreras con él.

Él la miró fijamente.

—¿Y quién va a querer competir contigo? Aquí nadie hace carreras contra una chica.

Luke sonrió.

—¿Es que solo hay gallinas? —preguntó.

Johnny se sonrojó.

—No es eso —dijo—. ¿Quién ha oído alguna vez que una chica participe en las carreras? Es algo que no se hace.

—De acuerdo —concedió ella. Puso de nuevo el motor en marcha—. Les diré a los del pueblo que sois todos unos gallinas muertos de miedo.

Comenzó a rodar marcha atrás por la carretera alejándose de ellos.

Johnny fue tras ella.

—Eh, espera un momento. No tienes derecho a decir eso.

Ella detuvo el coche y le dirigió una sonrisa al muchacho.

—¿Ah, no? En ese caso, demuéstralo.

—Muy bien —aceptó Johnny de mala gana—. Pero no me eches la culpa si te haces daño.

Trajo el coche y lo colocó junto al de Luke.

—Avanza dos kilómetros por la carretera —le gritó por encima del ruido de los motores—. Luego espérame allí; yo regresaré y entonces veremos quién es el que tiene miedo.

Ella asintió con la cabeza y miró al juez de salida. Cuando el muchacho bajó la mano, Luke soltó el embrague y el coche salió disparado hacia delante. Cambió de velocidad haciendo el doble embrague y miró a Johnny, cuyo coche corría a la misma altura que el suyo. Rio, excitada, y se arrimó al otro vehículo. Ahora solo los separaban unos centímetros.

El muchacho apretó el acelerador intentando adelantarla, pero no consiguió ganar ni un centímetro. Luke rio de nuevo y abrió el regulador. Acercó más el coche al de Johnny. Se oyó el ruido del metal al chocar con metal. El jovenzuelo se apartó para dejarla pasar, y se encontró conduciendo con medio coche fuera de la carretera. Luke pisó a fondo el acelerador y se alejó de Johnny como si este estuviera parado.

Cuando el muchacho llegó a su lado, ella ya le había dado la vuelta al automóvil. Al pasar, le dirigió a la joven una mirada siniestra y feroz y comenzó a avanzar por la carretera.

Luke esperó de nuevo la señal de salida. En el momento en que la dieron, ella ya estaba preparada, y el coche salió disparado por la carretera. Ahora se dirigían el uno hacia el otro por el centro de la calzada. La muchacha sonrió y metió el pie hasta el suelo apretando el acelerador. Llevaba el volante firmemente sujeto con las manos.

Cuando vio que el coche de Johnny se le echaba encima, la sonrisa se le heló en los labios. No giraría el volante. No lo haría por nada del mundo.

En el último instante Johnny giró el suyo. Luke pudo ver la pálida cara del muchacho cuando pasó como un rayo por su lado lanzando maldiciones. Miró por el retrovisor y redujo la velocidad. El otro coche iba dando terribles bandazos, pero Johnny consiguió hacerse con el control y detenerlo. La muchacha dio la vuelta y se aproximó a su rival.

Johnny, que ya había salido del coche, estaba rodeado por los demás chicos. Contemplaban atónitos el guardabarros trasero, el izquierdo, que estaba medio arrancado. Ella ni siquiera era consciente de haber golpeado al otro coche al cruzarse.

El muchacho alzó los ojos hacia Luke.

—¡Estás loca! —le dijo.

Ella sonrió y se desplazó hacia el asiento de al lado.

—¿Quieres conducir? —le preguntó—. Se pone a doscientos kilómetros por hora en las rectas.

El muchacho rodeó el coche y subió a él, sentándose al lado de Luke. Metió una velocidad y arrancó. Un instante después el coche ya iba a ciento cuarenta kilómetros por hora. Aquel muchacho fue su primer novio formal.

Con él las cosas fueron diferentes. No era como los otros muchachos. A su lado se sentía más a gusto, más segura de sí misma. No necesitaban enfrentarse continuamente como el perro y el gato. Johnny la respetaba; sabía que era igual que él. Pero aun así, ello no le impidió dejarla embarazada.

Entonces Luke se hallaba en el último curso del instituto. Esperó una semana y luego fue a decírselo.

—Vamos a tener que casarnos —le comunicó.

—¿Por qué? —le preguntó el muchacho.

—¿Por qué crees, estúpido? —le espetó ella.

Johnny se quedó mirándola y lanzó un juramento.

—¡Maldita sea! Es por culpa de esas piojosas gomas que compré de saldo en el puesto de la carretera.

—Los preservativos no han tenido la culpa —repuso ella. Estaba empezando a enfadarse—. Fue esa maldita cosa tuya. No parabas de metérmela.

—Pues parecía que te gustaba bastante. Nunca dijiste que no lo hiciera. —La miró, furioso—. Además, ¿cómo puedo estar seguro de que es mío? ¡He escuchado muchas historias sobre ti!

Luke lo miró fijamente durante un momento; todos los sueños que se había forjado acerca de ellos dos se desmoronaron. En el fondo, aquel chico era igual que todos los demás. Dio media vuelta y se alejó de él.

El sábado siguiente sacó cien dólares de la cuenta de ahorros y se dirigió en coche al Center City. Allí, en Mex, había un médico que ya se había ocupado de algunas otras chicas del instituto.

Esperó en silencio a que todos los demás pacientes se hubieran marchado y luego entró en la consulta. El médico era un hombre bajito y gordo que lucía una lustrosa calva. Parecía cansado.

—Quítese el vestido y acérquese aquí —le dijo.

Luke colgó la ropa en una percha que había en la pared y se volvió hacia el médico.

—Toda la ropa —le indicó este.

Se quitó el sujetador y las bragas y se acercó a él, que se levantó del escritorio y comenzó a reconocer a la muchacha. Le palpó los pechos y el estómago y le auscultó el corazón. Aquel hombre le llegaba por los hombros. La condujo a una mesa larga y estrecha.

—Ponga las manos en el borde y agáchese —le dijo mientras se ponía un guante de goma en la mano derecha—. Inspire hondo y suelte el aire poco a poco.

Luke respiró hondo y dejó salir el aire por la boca mientras él la exploraba por dentro. Cuando hubo terminado, la muchacha se incorporó y se volvió hacia el médico.

El hombre la miró directamente a los ojos.

—Está usted de seis semanas, supongo —dijo.

Luke asintió con la cabeza.

—Sí, más o menos.

El médico se acercó al escritorio y se sentó.

—Le costará cien dólares —le indicó.

Sin decir palabra la muchacha cogió el monedero y sacó el dinero. Lo contó y lo puso sobre el escritorio.

—¿Cuándo quiere que lo hagamos? —le preguntó el médico.

—Ahora mismo —contestó ella.

—Bien. Pero no puede quedarse aquí. ¿Ha venido alguien con usted?

Ella negó con la cabeza.

—Tengo el coche en la puerta. —El médico la miró con escepticismo —. No se preocupe por mí. Llegaré bien a casa.

Aquel hombre cogió los cien dólares y los guardó en un cajón. Se acercó al esterilizador y sacó una hipodérmica. Introdujo la aguja en un frasquito y se acercó a ella mientras llenaba la jeringa.

—¿Qué es eso? —le preguntó Luke, sintiendo miedo por primera vez.

—Penicilina —repuso el médico sonriendo—. Hay que dar gracias a Dios por ella. Mata todos los microbios menos el que usted lleva dentro.

Era un hombre hábil, rápido y competente. En poco más de veinte minutos todo había acabado. La ayudó a bajar de la mesa y a vestirse. Le dio un sobre pequeño sin nada escrito que contenía unas cuantas píldoras.

—Las más grandes son de penicilina —le indicó—. Tómese una cada cuatro horas durante los dos próximos días. Las pequeñas son calmantes. Tome una en cuanto llegue a casa, y después otra cada dos horas. Métase directamente en la cama y no se levante al menos en los dos próximos días. No se preocupe si sangra mucho, es normal. Si después del primer día le da la impresión de que pierde mucha sangre, no haga locuras y llame al médico. Si su madre comienza a hacerle preguntas, dígale que tiene un período muy abundante. ¿Se acordará de todo?

La muchacha asintió con la cabeza.

—Muy bien —dijo él en tono amable—. Ya puede irse; vaya directamente a casa y métase en la cama. Dentro de una hora tendrá un dolor tan fuerte que deseará no haber nacido.

Se acercó al escritorio y se sentó mientras ella se dirigía a la puerta. Una vez allí se volvió y lo miró.

—Gracias, doctor —le dijo.

—De nada —repuso él—. Pero de ahora en adelante espabílese. No quiero volver a verla por aquí.

Recorrió los sesenta y cinco kilómetros que había hasta su domicilio en menos de media hora. Cuando paró el coche delante de la casa comenzaba a sentirse mareada y débil. Subió directamente a su habitación, aliviada al comprobar que no había nadie en casa. Se tomó una píldora de cada clase y, rápidamente, se deslizó entre las sábanas empezando a tiritar de dolor.

Aproximadamente una semana después, mientras estaba sacando el coche del aparcamiento situado detrás del supermercado, Johnny se le acercó y se apoyó en la puerta con ambas manos.

—He estado pensándolo, Luke —comenzó a decir con aquella seguridad masculina que resultaba tan irritante—. Creo que será mejor que nos casemos.

—¡Muérete, desgraciado! —le espetó ella fríamente; acto seguido echó a andar con el coche y estuvo a punto de arrancarle un brazo al muchacho.

Después de aquello solo le quedaba el automóvil. Cuando entró en la facultad ya había conseguido cierta fama a nivel local. Cada semana participaba en las carreras de turismos en el Cow Pasture Track. Empezó a ganar con una regularidad que la convirtió en la favorita de la gente del pueblo; se empezó a hablar con orgullo de aquella muchachita que conseguía echar fuera de la pista incluso a corredores profesionales.

Se casó durante las siguientes vacaciones de verano. Él, por supuesto, era piloto de carreras. Medía un metro noventa, tenía el cabello negro y rizado y ojos risueños de color castaño; además, era el mejor corredor de aquella competición. Procedía del oeste de Texas y arrastraba las palabras al hablar.

—Creo que tú y yo encajaríamos bastante bien, pequeña —le dijo, bajando los ojos hacia ella—. Tú y yo somos los mejores en la carretera.

—¿Significa eso que quieres casarte conmigo? —le preguntó ella, sintiendo que la fiebre comenzaba a bullir de nuevo en su interior.

—Creo que sí —repuso él—. Eso es lo que quiero decir.

Los padres de Luke se opusieron a la boda. Deseaban que terminara los estudios y se hiciese profesora. Ya tendría tiempo para casarse. Además, ¿qué clase de vida iba a llevar, siempre de un lado a otro del país para participar en cualquier carrera de poca monta?

Pero aquel era el peor argumento que se podía esgrimir, porque esa era precisamente la clase de vida que a ella le gustaba llevar. Solo se sentía viva sentada al volante de un coche. Era algo que hacía iguales a todas las personas. Y lo más extraño de todo fue que las cosas les salieron muy bien. Antes de que pasara un año, Luke había conseguido meter en el banco casi quince mil dólares.

Luego, un día, la policía detuvo a su marido por bigamia. Al parecer tenía tres esposas anteriores a ella, de las que había olvidado divorciarse. Y dos semanas después de que se lo llevaran a la cárcel se dio cuenta de que estaba embarazada. Esta vez tuvo el bebé. Fue un niño.

Lo llevó a casa de sus padres y lo dejó con ellos. Luego sacó un billete de avión para Europa y se compró un Ferrari. En Francia participó en una carrera para mujeres y la ganó. El premio no fue muy grande, pero ya tenía un Ferrari y dos mil dólares en el banco. Se habían terminado las carreras en circuitos de poca monta. En adelante solo competiría en los importantes.

Fue en Montecarlo donde conoció al irlandés. Conducía muy bien y se reía con frecuencia. Solo tenía un defecto: le gustaba demasiado el juego. Pero cada vez que él la miraba, la fiebre se apoderaba de ella. En esta ocasión no se casaron, aunque todo fue como si lo hubieran hecho. Juntos recorrieron el mundo, conduciendo como locos y él siempre sin un céntimo.

En México, justo antes de la carrera del año anterior, él había acudido a Luke. Por primera vez vio el miedo reflejado en los ojos de aquel hombre.

—Se trata de jugadores profesionales —le dijo—. Me matarán si no les pago.

Y se vino abajo, rompiendo a llorar.

—¿Cuánto? —le preguntó ella.

El irlandés la miró con la esperanza reflejada en los ojos, como un perro apaleado.

—Diez mil dólares —respondió.

—Tengo cuatro mil en el banco —le informó ella—. Puedo conseguir un préstamo de seis mil por el coche.

Él le cogió la mano y se la besó en señal de agradecimiento.

—Te lo devolveré —le juró—. Hasta el último centavo.

Al día siguiente la acompañó al banco para que Luke sacara el dinero. Cuando se lo entregó, el irlandés le dijo que se reuniría con ella en el hotel a la hora de cenar. Pero no apareció. Hacia las diez de aquella misma noche la noticia ya se había extendido en todo el ambiente automovilístico. El irlandés se había fugado con la mujer de otro conductor.

Luke perdió la carrera y el banco se quedó con el coche. Estaba sentada en la habitación del hotel, pensando de dónde iba a sacar el dinero para pagar la cuenta, cuando llamaron a la puerta.

Fue a abrir. Un hombre pulcramente vestido, cuya cara le resultaba remotamente familiar, se hallaba ante la puerta.

—¿La señorita Nichols? —le preguntó.

Ella hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—¿Puedo pasar? —preguntó el hombre.

Luke se apartó hacia un lado. El individuo entró en la habitación. La muchacha cerró la puerta y se volvió hacia él.

—Hace mucho que soy un admirador suyo —le informó aquel hombre —. La he visto correr en muchos lugares: Italia, Francia, Mónaco... También me he enterado de que tiene usted un pequeño problema. Me gustaría ayudarla.

La muchacha abrió de nuevo la puerta.

—Salga —le indicó.

Él alzó una mano, sonriendo.

—No se apresure, señorita. No es lo que usted imagina. Usted conduce coches de carreras. Yo tengo uno, y quiero que lo pilote para mí.

Luke cerró la puerta.

—¿Dónde está?

—En Acapulco —le contestó él—. Hay una carrera desde allí hasta California. Saldaré todas las deudas que usted tiene aquí y le daré mil dólares cuando entregue el coche en el garaje al término de la carrera. Si consigue algún premio, puede quedarse con él.

—¿Dónde está el truco? —le preguntó ella—. ¿Acaso el coche está cargado de droga?

El hombre volvió a sonreír.

—Lo único que tiene que hacer es conducir el coche. Para eso se le paga. —Sacó un fino puro italiano y lo encendió—. Usted no tiene por qué saber nada más.

La muchacha lo miró detenidamente. O aceptaba aquella oferta o se vería obligada a enviar un telegrama a sus padres pidiéndoles dinero. No se negarían a dárselo, pero si lo aceptaba tendría que regresar a casa. Y ya nunca se le presentaría la oportunidad de conseguir otro coche, pues no tendría ninguna posibilidad de reunir el dinero necesario. Tendría que quedarse allí de por vida.

—Lo haré —aceptó finalmente.

—Muy bien —le dijo él sonriendo—. Encontrará un giro postal en recepción cuando baje mañana por la mañana.

Le dio algunas instrucciones más y se marchó antes de que la muchacha tuviese ocasión de preguntarle cómo se llamaba.

Al día siguiente, cuando ya se hallaba a bordo del avión, recordó quién era aquel hombre. Lo había visto en Roma, en un restaurante. Alguien le había hecho fijarse en él.

—Ese es Emilio Matteo, uno de los hombres más importantes de la mafia hoy en día. Lo han expulsado de Estados Unidos, pero al parecer eso no ha conseguido detenerlo. Continúa arreglándoselas muy bien.

Durante el año siguiente lo vio otras seis veces. Cada una de ellas fue para prestarle algún servicio. Tendría que haber sido una estúpida para no darse cuenta de que se había convertido en un correo de la mafia. Y no era una estúpida.

Pero en cada ocasión ingresaba mil dólares en el banco. Ya tenía ocho mil. Cinco mil más y podría comprarse otro Ferrari.

Por aquel entonces ella y Matteo ya se habían convertido en viejos amigos. Luke había leído en los periódicos lo suficiente como para adivinar que estaba conduciendo a un hombre hacia la muerte. Pero no le importaba gran cosa. Había visto morir a demasiados hombres en los circuitos, en coches destrozados, retorcidos y en llamas. Todo el mundo tenía que morir en un momento u otro. Era el riesgo que se corría al sentarse ante un volante.

Al menos eso era lo que opinaba antes de conocerlo, antes de sentir que la fiebre le recorría todo el cuerpo y que las piernas se le debilitaban. Antes de que saltara la chispa al sentir que él la tocaba.

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