El Precio Del Placer
Uno
Eran algo más de las diez y solo había tres hombres en la barra, además de otro sentado a una mesa del fondo, cuando entró una mujerzuela acompañada de una helada ráfaga de aire nocturno.
Se encaramó a un taburete y permitió que el abrigo le resbalara desde los hombros.
—Dame una cerveza —pidió.
Sin pronunciar palabra, el camarero acercó un vaso de cerveza y lo colocó delante de la muchacha. Acto seguido cogió la moneda de veinticinco centavos y la depositó en la caja.
—¿Hay movimiento esta noche, Jimmy? —le preguntó mientras examinaba con la mirada a los hombres de la barra y esperaba respuesta a su pregunta.
El camarero movió negativamente la cabeza.
—Esta noche no, María. Los domingos por la noche la clientela se queda en la cama.
Se alejó y comenzó a sacar brillo a unos vasos que estaban dispuestos bajo la barra. La observó mientras ella daba un sorbo a la cerveza. A todas las llamaba María; eran pequeñas puertorriqueñas de brillantes ojos negros, senos turgentes y nalgas prietas. Se preguntó cuándo se habría inyectado la muchacha la última dosis.
La ramera descartó a los hombres de la barra. Se dio la vuelta para mirar al que se hallaba sentado a la mesa. Solo se le veía la espalda, pero era suficiente para poder afirmar, por el corte del traje, que se trataba de un forastero. Le dirigió una mirada inquisitiva al camarero. Al ver que este se encogía de hombros, la mujer se dejó caer del taburete y se encaminó hacia la mesa.
El hombre tenía la mirada fija en el vaso de whisky cuando ella llegó a su lado.
—¿Se siente solo, señor? —le preguntó.
Supo cuál sería la respuesta en cuanto el hombre levantó la cabeza para mirarla. Tenía los ojos de color azul oscuro, el rostro curtido y la boca ávida. Hombres como aquel jamás compraban los placeres, sencillamente los tomaban.
—No, gracias —repuso Cesare con amabilidad.
La buscona esbozó una sonrisa, inclinó ligeramente la cabeza y volvió a la barra. Se sentó de nuevo en el taburete y sacó un cigarrillo.
El camarero, pequeño y rechoncho, le acercó una cerilla.
—Ya te lo dije —le susurró sonriente—; los domingos no hay nada que hacer.
La muchacha aspiró profundamente el humo del cigarrillo y después lo expulsó poco a poco.
—Ya lo sé —dijo en tono neutro, al tiempo que una tenue señal de preocupación le aparecía en el rostro—. Pero necesito seguir trabajando. Es un hábito muy caro.
El teléfono de la cabina que había a un lado de la barra comenzó a sonar, y el camarero se alejó de la mujer para atender la llamada. Poco después salía de la cabina y se acercaba a la mesa de Cesare.
—Para usted, señor.
—Mil gracias —repuso Cesare, dirigiéndose hacia el teléfono—. ¿Sí, dígame? —se le oyó decir mientras cerraba la puerta de la cabina.
La voz de la mujer al otro lado del hilo era casi un susurro. Hablaba en italiano.
—Tiene que ser por la mañana —dijo—, antes de que se presente en el tribunal.
Cesare le contestó en el mismo idioma.
—¿No puede ser en otro sitio?
—No. —A pesar de que hablaba en un tono bastante bajo, la voz de la mujer llegaba con claridad hasta el auricular—. No hemos conseguido averiguar desde dónde viene. Lo único que sabemos es que tiene que estar en el tribunal a las once en punto.
—¿Y los demás? —preguntó Cesare—. ¿Continúan en el mismo lugar?
—Sí —repuso la mujer—. En Las Vegas y en Miami. ¿Ya ha hecho usted planes?
—Lo tengo todo listo —afirmó Cesare.
La voz al teléfono adquirió un matiz más áspero.
—Ese hombre debe morir antes de subir al estrado. Y los otros también.
Cesare rio secamente.
—Dígale a don Emilio que no se preocupe. Que los considere hombres muertos.
Colgó el teléfono y salió a la calle, a la oscura noche del Harlem hispano. Se subió las solapas para combatir el helado viento invernal y comenzó a caminar. A dos manzanas de Park Avenue le hizo señas a un taxi y subió a él.
—Lléveme al Morocco —le indicó al conductor.
Se hundió en el asiento y encendió un cigarrillo; comenzaba a sentirse excitado. Ahora era real. Por primera vez desde la guerra sucedía en realidad. Recordó cómo había sido la primera vez. La primera chica y la primera muerte. Es curioso que siempre parezcan caminar juntas. La sensación de estar vivo nunca se hace tan evidente como cuando se tiene la muerte entre las manos.
Parecía haber transcurrido mucho tiempo desde entonces. Era el año 1935 y él tenía quince años. Aquel día había tenido lugar un desfile en el pequeño pueblo siciliano situado al pie de una montaña. Los fascistas siempre estaban haciendo desfiles. Por todas partes se veían banderas y retratos del Duce con rostro ceñudo, el puño cerrado y ojos saltones y porcinos. Vivid Peligrosamente. Sed Italianos. Italia significa Fuerza.
Empezaba a oscurecer; Cesare, camino de casa, se encontraba al pie de la montaña. Miró hacia arriba. El castillo se erguía al borde de un promontorio, cerca de la cima. Era feo y muy recargado, y así había sido durante casi seiscientos años. Desde que algún remoto antepasado, el primer conde Cardinali, había tomado como esposa a una hija de la familia Borgia.
Subió por la montaña desde la viña de Gandolfo, sintiendo cómo le invadía el fuerte olor de las uvas negras. Aún recordaba el sonido de los tambores y la excitación que se había apoderado de él aquella noche. Tenía la mente saturada de historias obscenas que, según el viejo sargento de reclutamiento, tenían lugar en el palacio del Duce.
—Collones! —había exclamado alegremente el viejo soldado—. Nadie ha tenido unos cojones así en toda la historia de Italia. Cada noche necesitaba cinco chicas diferentes. Lo sé porque yo era el encargado de proporcionárselas. Y todas se marchaban escocidas, como si las hubiera montado un toro. Sin embargo, él ya estaba arriba a las seis de la mañana, fresco como una rosa y dispuesto para llevarnos a hacer dos horas de instrucción. —La baba le resbalaba por la barbilla—. Os lo aseguro, muchachos; si lo que queréis son mujeres, con el uniforme del ejército italiano las conseguiréis fácilmente. Hace que todas las chicas piensen que obtienen un poco del Duce.
Y entonces Cesare divisó a la chica. Apareció por detrás de la casa de Gandolfo. Ya la había visto en ocasiones anteriores, pero nunca en un estado de excitación como el que tenía en aquel momento. Era la hija del propietario de unas bodegas; se trataba de una criatura alta, fuerte y con unos pechos soberbios. Traía un pellejo de vino de las bodegas situadas cerca del arroyo. Al verlo, aflojó el paso.
Él se detuvo y la miró. Todavía le duraba la euforia del día; hacía calor y se enjugó el sudor del rostro con un brazo.
La muchacha habló con voz suave y respetuosa.
—¿Quizá al señor le apetece beber un poco de vino fresco?
Él asintió sin pronunciar palabra y se le acercó. Levantó el pellejo y el vino rojo le corrió a través de la garganta, salpicándole la barbilla. Sintió en su interior el resquemor del líquido, a la vez cálido y fresco. Le devolvió el pellejo y se quedaron allí, mirándose el uno al otro.
Poco a poco el pecho y la garganta de la muchacha se encendieron, hasta que el sonrojo le cubrió también la cara; bajó los ojos. Él observó el repentino empuje de los pezones luchando por salir a través de la rústica blusa y los pechos henchidos que le asomaban por el escote.
Se dio la vuelta y, de espaldas a la muchacha, comenzó a caminar hacia el bosque. La experiencia de generaciones, acumulada en lo más profundo de su ser, le confirió la certidumbre de que no cabía ninguna duda sobre su capacidad para poseer.
—¡Vamos!
Obediente como un autómata, la muchacha lo siguió. En el interior del bosque los árboles eran tan espesos que a duras penas se distinguía el azul del cielo. Se sentó a su lado y no pronunció palabra mientras él la desnudaba con las manos.
Se arrodilló un momento junto a la joven, estudiando las bellas líneas de aquel cuerpo, los exuberantes pechos, el movimiento del vientre al respirar, las fuertes y recias piernas. Sintió que en su interior crecía un torrente de pasión, y se abalanzó sobre ella.
Para él era la primera vez, pero no para la muchacha. Dos veces lanzó un grito de agonía mientras ella le estrechaba fuertemente; después, agotado, se retiró y, con la respiración entrecortada todavía, se tendió a su lado.
La muchacha se volvió hacia él, acariciándole con los dedos mientras lo besaba. Al principio, él la rechazó, pero después le tocó casualmente los pechos con una mano, que se quedó inmovilizada en tan sugestivo lugar. Casi sin darse cuenta, los oprimió con excesiva fuerza, por lo que la muchacha lanzó un grito de dolor.
Por primera vez, él la miró directamente a la cara. La muchacha tenía los ojos abiertos de par en par, empañados. Apretó de nuevo y ella volvió a gritar, aunque esta vez mantuvo los ojos cerrados. Había lágrimas en las comisuras, pero la boca se hallaba abierta presa de un éxtasis jadeante, como si se tratase de cobrar fuerzas del aire.
A Cesare le embargó una sensación de poder que jamás había experimentado antes. Con crueldad esta vez, apretó de nuevo con los dedos; el grito de dolor de la muchacha ahuyentó a los pájaros que, chillando, echaron a volar entre las numerosas ramas. De repente, ella abrió los ojos y lo miró; después inclinó reverentemente la cabeza hacia el cuerpo, súbitamente despierto, de aquel hombre.
Ya era de noche cuando se separó de ella. Se sentía fuerte y eufórico. La hierba semejaba una alfombra bajo sus pies. Se encontraba casi en el borde del pequeño claro cuando la voz de la muchacha lo detuvo.
—Signore!
Se dio la vuelta. Ella se había puesto en pie, y su cuerpo, desnudo, brillaba en la oscuridad y parecía brotar de la misma tierra. Tenía los ojos encendidos como estanques luminosos en medio del rostro. Imbuida de orgullo y satisfacción, esbozaba una sonrisa. Las demás se sentirían celosas cuando les explicase lo ocurrido. No se trataba de un labrador, ni de un trabajador temporero. Aquel hombre representaba la alcurnia, la verdadera sangre; era el futuro conde Cardinali.
—Grazia! —dijo con sinceridad.
Él la saludó con una breve inclinación de cabeza y se adentró en el bosque, perdiéndose de vista antes de que ella tuviese tiempo de agacharse a recoger la ropa.
La siguiente vez que Cesare tuvo noticias de ella fue seis semanas más tarde, en la escuela de esgrima del pueblo. Hacía tiempo que el maestro había renunciado a enseñarle, pues Cesare poseía una habilidad muy superior a la suya, ya en decadencia. Solo asistía a las clases para mantenerse en forma. La puerta se abrió repentinamente dando paso a un joven soldado.
Entró en el reducido gimnasio y miró a su alrededor; lucía el uniforme de la guardia del Duce, lo que resultaba completamente fuera de lugar en aquella arcaica atmósfera de espadas. Habló con voz tensa.
—¿Quién de ustedes es Cesare Cardinali?
Un súbito silencio se expandió por toda la estancia. Dos jóvenes que practicaban esgrima bajaron los floretes y se volvieron hacia el recién llegado. Cesare se le acercó despacio desde la pared en la que estaba haciendo pesas.
Se colocó de pie frente al soldado.
—Soy yo —le comunicó.
El militar lo miró detenidamente.
—Soy el prometido de Rosa, que además es mi prima —dijo sin mover apenas la boca.
Cesare lo observó de arriba abajo. No conocía a nadie que se llamara así.
—¿Y quién es Rosa? —preguntó cortésmente.
—¡Rosa Gandolfo! —El nombre salió con furia de los labios del soldado—. Me han hecho venir desde mi destino en Roma para casarme con ella. ¡Y todo porque usted la ha dejado embarazada!
Cesare clavó la mirada en aquel hombre durante un momento, hasta que comprendió lo que sucedía. Después sintió un cierto alivio.
—¿Eso es todo? —le preguntó mientras un extraño sentimiento de orgullo comenzaba a abrirse paso en su interior—. Hablaré con mi padre, el conde, e intentaré que reciban ustedes una compensación económica.
Dio media vuelta y comenzó a alejarse. Pero el soldado lo obligó a volverse de nuevo.
—¿Dinero? —gritó—. ¿Cree usted que es eso lo que pretendo? ¡No! ¡Está equivocado!
Cesare lo miró con frialdad.
—Como quiera. En ese caso no le diré nada a mi padre.
El militar le cruzó la cara de una rotunda bofetada.
—¡Exijo una satisfacción!
La huella de la mano quedó claramente marcada en el rostro de Cesare, que había empalidecido de repente.
—Los Cardinali no consideramos que sea un honor pelear con un plebeyo.
El soldado escupió las palabras con odio.
—¡Los Cardinali son unos cobardes, unos chulos que se aprovechan de las mujeres! ¡Y tú, que solo eres un bastardo, pareces aún peor que ellos! Tenía razón el Duce al decir que la italiana es una aristocracia podrida y en decadencia que debe dejar paso a la fuerza de los paisanos.
La mano de Cesare se movió rápida como la luz, y el militar, a pesar de que pesaba al menos diez quilos más que él, fue a parar al suelo, donde quedó tendido cuan largo era. Cesare lo miró; una extraña expresión le apareció en el rostro y los ojos se le oscurecieron hasta el punto de perder su habitual color azul. Levantó la mirada hacia el maestro. Hacía mucho tiempo que nadie se atrevía a mencionar la ilegitimidad de su nacimiento.
—Denle una espada —dijo con calma—. Me batiré con él.
—¡No, signore Cesare, no! —El maestro estaba aterrado—. Vuestro padre, el conde, no...
Cesare lo interrumpió. La voz, aunque tranquila, presentaba un tono autoritario que no dejaba lugar a dudas.
—¡Dele una espada! A mi padre no le gustaría que esta calumnia vertida sobre nuestro nombre quedara impune.
El soldado ya se había puesto en pie. Sonreía sin dejar de observar a Cesare.
—En el ejército italiano —dijo— se nos enseña a la manera tradicional: una espada en la mano derecha y una daga en la izquierda.
Cesare asintió.
—¡De acuerdo!
El militar comenzó a quitarse la casaca dejando al descubierto unos musculosos brazos y hombros. Seguro de sí mismo, no apartaba los ojos de Cesare.
—Ya puede enviar a alguien a buscar a un sacerdote, mi joven violador —indicó—, porque es usted hombre muerto.
Cesare no respondió, pero en el fondo de los ojos le apareció un brillo maligno de satisfacción. Se quitó la camisa y la arrojó al suelo.
—¿Listo?
El soldado movió la cabeza en señal de asentimiento. El maestro los llamó a las posiciones de salida. Cesare parecía un hombre delgado y descolorido al lado del moreno y pesado cuerpo del militar.
—En garde!
Las espadas cruzadas centellearon más arriba de las cabezas. El maestro dio la señal para comenzar. Inmediatamente el soldado lanzó, con la velocidad del rayo, una poderosa estocada.
Cesare esquivó la espada, que pasó rozándole un costado. Se echó a reír en voz alta. Su contrincante lanzó una maldición y asestó con fuerza otro tajo. Cesare eludió el golpe con agilidad y luego se adelantó para atacar. Blandió el florete dibujando rápidos molinetes; las espadas se trabaron y la del soldado salió despedida, volando por los aires. Finalmente cayó al suelo con gran estrépito.
Cesare apoyó la punta de su arma en el pecho del soldado.
—¿Os rendís, caballero?
El militar lanzó una maldición y apartó de sí la espada con un golpe de daga. Se echó a rodar hacia un lado en un intento de recuperar el florete, pero Cesare se interpuso.
El joven soldado lo miró fijamente y lanzó otro juramento. Cesare rio de nuevo. Había en él un regocijo que ninguno de los presentes había visto antes. Tiró su propia espada a un rincón, al lado de la de su rival.
Antes de que el sonido que produjo al caer se apagase del todo, el militar se abalanzó sobre Cesare intentando alcanzarle el rostro con la daga. Pero este se apartó a tiempo y el arma solo golpeó el aire.
Cesare se encontraba en cuclillas, sosteniendo la daga, con la punta hacia fuera, en la palma de la mano. El soldado también se agachó. Atacó de nuevo, aunque esta vez con más cautela. Cesare paró el golpe con facilidad.
Y después pasó al ataque; el contrario dio un paso atrás y, viendo un hueco, volvió a lanzar una estocada. En esta ocasión, los dos cuerpos quedaron trabados en un grotesco abrazo. Cuando los brazos del soldado se cerraron alrededor del cuerpo de Cesare, este no pareció preocuparse lo más mínimo. Durante un rato permanecieron de pie, balanceándose adelante y atrás en una suerte de abrazo obsceno. Luego, lentamente, los brazos del militar aflojaron a su presa y comenzaron a bajar muy despacio.
La daga le resbaló de los dedos, ya sin vida, y cayó al suelo; el militar se desplomó de rodillas. Se aferraba con las manos a las caderas de Cesare, que se echó hacia atrás. Todos pudieron ver el acero que sujetaba en la mano.
El soldado cayó de bruces; el maestro se apresuró a agacharse a su lado.
—¡Llamen a un médico! —pidió ansiosamente.
Cesare ya estaba recogiendo la camisa.
—No se moleste —indicó tranquilamente mientras se dirigía hacia la puerta—. Está muerto.
Sin fijarse mucho en lo que hacía, se guardó la daga en el bolsillo de la chaqueta, cruzó el umbral y se perdió en la oscuridad de la noche.
La muchacha lo esperaba en la colina, en el lugar donde la carretera que conducía al castillo formaba la última curva. El joven se detuvo al verla. Se miraron fijamente, sin pronunciar palabra. Después Cesare dio media vuelta y, alejándose de la carretera, se adentró en el bosque. Obediente, la muchacha lo siguió.
En cuanto perdieron de vista la carretera, Cesare se volvió hacia ella; los ojos de la muchacha, muy abiertos, se iluminaron mientras avanzaba hacia él. El joven le desgarró la blusa y comenzó a apretar cruelmente los senos desnudos.
—¡Ay! —gritó ella a punto de desmayarse.
Entonces el dolor lo laceró también a él y le recorrió todo el cuerpo, desde los testículos hasta las vísceras vitales. Se despojó frenéticamente de la ropa, pero el semen ya se derramaba salvajemente sobre el suelo.
La brillante luna de Sicilia se hallaba ya muy alta sobre ellos cuando Cesare se sentó en la oscuridad y se dispuso a buscar la ropa.
—Signore —le susurró la muchacha.
No contestó. A tientas, encontró los pantalones, se levantó y se los puso.
—Signore, he venido para avisarle. Mi primo...
—Ya lo sé —la interrumpió él, mirándola.
Se notaba por la voz que la muchacha era presa del miedo.
—Pero ha dicho que pensaba matarlo.
Cesare sonrió en silencio.
—Pues todavía sigo aquí.
—Pero, signore, puede encontrarlo a usted en cualquier momento. Incluso ahora, aquí. Es un hombre orgulloso y muy celoso.
—Lo era —dijo Cesare llanamente—. Ya está muerto.
—¿Muerto? —La voz de la muchacha sonaba casi como un grito. Se puso en pie de un salto—. ¿Lo ha matado usted?
Cesare se estaba abrochando la camisa.
—Sí —repuso secamente.
Se abalanzó sobre él, arañándolo como una tigresa y golpeándolo con los puños. Lloraba y gritaba al mismo tiempo.
—¡Canalla! ¿Se ha acostado conmigo con las manos aún manchadas de sangre fresca? ¡Es usted el animal más despreciable que conozco! ¿Con quién me casaré ahora? ¿Qué voy a hacer con la criatura que llevo en el vientre?
Mientras sujetaba con fuerza las manos de la muchacha, a Cesare se le ocurrió la respuesta.
—Si tú no lo hubieras deseado, no tendrías ahí a esa criatura.
Ella lo miró directamente a los ojos; comprendió que el joven lo sabía todo. Echó la cabeza hacia atrás y le escupió a la cara.
—¡Ahora ya no lo deseo! —gritó—. ¡No sería más que un monstruo, un bastardo como su padre!
Cesare alzó con fuerza una rodilla y golpeó con ella el vientre de la muchacha. Esta sofocó un grito de dolor y cayó al suelo, vomitando entre convulsiones.
Él la observó y, casi involuntariamente, asió la daga que llevaba en el bolsillo y la sacó.
La muchacha lo miró a su vez, con el terror reflejado en los ojos.
Los labios de Cesare se distendieron en una gélida sonrisa.
—Si ya no lo quieres, deshazte de él con esto —dijo, dejando caer la daga al suelo—. Te purificará. Lleva la sangre de tu primo.
Y dándose la vuelta se marchó.
Encontraron muerta a la muchacha a la mañana siguiente. Yacía sujetando la daga con las dos manos; tenía los muslos cubiertos de sangre seca, sangre que también había empapado la tierra alrededor del cadáver.
Dos días más tarde, Cesare partía hacia Inglaterra para continuar sus estudios. No volvería a Italia hasta que, cinco años después, comenzara la guerra.
Mientras tanto, los Gandolfo construyeron una bodega nueva con las diez mil liras que les dio el conde Cardinali.
El taxi se detuvo frente al Morocco; el gigantesco portero se acercó para abrir la puerta. Al ver a Cesare sonrió.
—¡Ah, conde Cardinali! —exclamó calurosamente—. Buenas noches. Ya comenzaba a pensar que esta noche no lo veríamos por aquí.
Cesare pagó al taxista y bajó del vehículo; le echó una mirada al reloj. Eran las once y media. Sonrió para sus adentros. Tenía en la mente la imagen de la mujer que lo estaba esperando en el interior del restaurante, y ello le aumentaba la excitación. Aquel cuerpo cálido y acogedor también formaba parte de la realidad de la vida.
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