El Precio Del Placer

Harold Robbins · Capítulo 5 de 29

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El Precio Del Placer

Tres

 

Cesare detuvo el Alfa Romeo en el estacionamiento reservado para coches oficiales que había delante del edificio. Sonrió a Barbara.

—No te importa esperarme, ¿verdad? Serán solo unos minutos, lo que tarde en recoger los documentos.

Ella hizo un gesto negativo con la cabeza. Después, movida por el típico temor que las señales oficiales inspiran a la clase media, le advirtió:

—Pero date prisa; no quiero que me obliguen a irme de aquí.

—No lo harán —le dijo Cesare, confiado, mientras bajaba del coche.

Y se encaminó hacia el edificio, con el sombrero tirolés colocado airosamente sobre la cabeza.

Ella lo siguió con la mirada hasta que vio que cruzaba la puerta de entrada. Cesare pasó bajo el letrero que rezaba: «Departamento de Inmigración y Nacionalización de Estados Unidos», y desapareció en el interior del inmueble. Para algunas cosas era como un niño.

Y como tal se había comportado al llamarla una semana antes. Le había dicho que acababa de regresar de Europa, donde había estado visitando su hogar. Ya lo había decidido. Iba a convertirse en ciudadano norteamericano. Y con intención de celebrarlo, le había preguntado que si cuando le entregaran los papeles querría ir con él a algún lugar donde hiciese sol, a pasar una semana de vacaciones.

Ella había aceptado sin pensarlo dos veces. Después de colgar el teléfono sonrió para sus adentros. Tal vez ahora pensara en tomarse en serio a alguna chica. Claro que ella ya había oído hablar de otras, pero disponía de toda una semana. Y en una semana entera... podían suceder muchas cosas.

Oyó un ruido que venía de la esquina y alzó los ojos. Una gran multitud se encontraba congregada en aquel lugar. Un policía se acercó al coche. Se detuvo a un costado y la miró.

—¿Piensa quedarse aquí mucho rato, señorita? —le preguntó.

—No mucho, agente —se apresuró a responder—. Un amigo mío ha entrado a recoger unos documentos.

El policía se mostró condescendiente; haciendo un gesto con la cabeza, echó a andar y se alejó. El ruido que se oía en la esquina ya casi se había convertido en un estruendo. Llamó al policía que se alejaba.

—Por favor, ¿puede decirme qué sucede en esa esquina?

El agente dirigió los ojos al lugar que ella le había indicado y luego la miró.

—Eso es Foley Square, señorita. Esta mañana da comienzo el juicio contra los gánsteres. Y al parecer todos los habitantes de Nueva York desean estar presentes.

 

Cesare entró en la sala de recepción. El empleado que había tras el mostrador alzó la mirada hacia él.

—Me llamo Cesare Cardinali. Vengo a recoger la documentación.

El otro asintió con la cabeza.

—¿Es la primera documentación?

—Sí —respondió Cesare.

El empleado buscó en un fichero que tenía sobre la mesa. Sacó una pequeña tarjeta y levantó la vista.

—¿Quiere sentarse y esperar un momento, señor Cardinali? Tardaré unos diez minutos en tenerlos listos.

Cesare sonrió.

—Muy bien. —Pareció dudar un instante y luego le preguntó—: ¿Hay algún lavabo por aquí?

—Vaya por el pasillo y enseguida encontrará uno. A mano izquierda.

—Gracias —dijo Cesare comenzando a caminar hacia la puerta—. Vuelvo enseguida.

Una vez fuera avanzó por el pasillo. Se detuvo delante de los aseos de caballeros y miró a su alrededor. Nadie se fijaba en él. Echó a andar con rapidez y abrió una puerta con el rótulo de «Escaleras». La cerró de nuevo tras él y comenzó a subir los escalones de dos en dos.

 

La limusina negra se detuvo delante del Palacio de Justicia mientras la muchedumbre se apiñaba a su alrededor. Baker echó un vistazo al exterior y después se volvió hacia el testigo, que iba sentado a su lado.

—Es usted toda una atracción —le comentó.

Dinky Adams, el testigo, era un hombre larguirucho con cara de caballo; se hundió en el asiento y se tapó la cara con el sombrero.

—Sí —gruñó sin el más mínimo sentido del humor—, pero mi vida no valdrá dos centavos en cuanto sepan quién soy.

—Nadie va a molestarlo —afirmó Baker en tono tranquilizador—. Le dijimos que lo protegeríamos y hasta ahora eso es lo que hemos hecho.

Un grupo de policías despejaba la zona en torno al coche. El capitán Strang asomó la cabeza por la ventanilla.

—Muy bien. ¡En marcha!

El primero en bajar fue Baker, seguido por los otros tres agentes. Permanecieron durante un momento de pie, mirando en todas direcciones; luego Baker hizo un gesto con la cabeza y el testigo comenzó a salir del coche.

Un clamor surgió de la multitud al reconocerlo. Los policías y algunos agentes de uniforme se apresuraron a rodear al testigo y echaron a andar, avanzando a través de la gran masa de gente. Los fotógrafos y reporteros les hacían preguntas a gritos, pero ellos siguieron adelante, subieron los peldaños, entraron en el Palacio de Justicia y se adentraron por el pasillo.

—Por aquí —indicó Strang—. Hay un ascensor esperándonos.

Siguieron al capitán de Policía hasta el interior de un ascensor que se hallaba vacío. Las puertas se cerraron de inmediato tras ellos y comenzaron a subir. La tensión pareció esfumarse. Baker miró a Strang.

—Bueno, lo conseguimos.

El policía asintió con la cabeza y le devolvió la sonrisa.

—Lo peor ya ha pasado. El único obstáculo que queda ahora son los periodistas que hay en el piso de arriba.

Dinky los miró. Todavía estaba pálido y asustado.

—Tengo el resto de mi vida para felicitarlos, muchachos. Lo que no sé es si viviré lo suficiente para hacerlo.

La sonrisa se borró del rostro de Baker. Los detectives se miraron y acto seguido se dieron la vuelta, con el semblante serio, hacia la puerta que comenzaba a abrirse.

Cesare abandonó la escalera en el tercer piso, giró hacia un lado y emprendió el camino hacia los ascensores. A través de la multitud distinguió la puerta de la sala de vistas. Dos policías hacían guardia ante ella. Introdujo la mano derecha en la manga del abrigo y notó entre los dedos la fría hoja del estilete. Una extraña sonrisa le asomó a los labios.

Se dio cuenta de que el corazón le golpeaba con fuerza en el pecho. Era la misma sensación que experimentaba cuando cogía con el coche una curva cerrada sin saber si tendría la pericia suficiente para superarla. Respiró profundamente y la sonrisa se le petrificó en la boca.

La puerta del ascensor se abrió y el gentío se abalanzó hacia aquel lugar. Cesare no se movió. Estaba seguro de que no llegarían en aquel ascensor. La información que poseía era excelente. Lástima que no hubiera dispuesto de más tiempo para prepararse. Se apoyó contra la pared entre el segundo ascensor y el tercero.

Se abrió la puerta de otro ascensor y de él salieron los detectives, en formación cerrada en torno al testigo. Cesare se colocó rápidamente tras ellos y dejó que la muchedumbre lo empujase. Aquel no era el momento adecuado, pues un detective se interponía entre el testigo y él. Los periodistas, profiriendo grandes gritos, hacían preguntas que quedaban sin respuesta. Los destellos de los flashes se fundían unos con otros mientras los fotógrafos se movían por todas partes intentando conseguir instantáneas del testigo. Lo único que Cesare podía hacer era esperar a que se produjese una brecha entre la gente. Si el testigo conseguía entrar en la sala, él ya no estaría a tiempo de hacer nada.

Se hallaban ya cerca de la puerta y el estilete descansaba, frío, en la mano de Cesare, que hacía rato que contenía la respiración. Tenía los pulmones a punto de estallar, llenos de un oxígeno que no necesitaría nunca. Notaba una fuerte presión en los oídos y le daba la impresión de que todo el mundo se movía a cámara lenta.

El grupo se detuvo un momento ante la puerta, que estaba cerrada. El detective que se hallaba situado detrás del testigo se movió ligeramente. Cesare expulsó de una vez todo el aire de los pulmones. El gentío lo empujaba por detrás, forzándole a moverse hacia el grupo. ¡Ahora! ¡Era el momento!

Cesare ni siquiera fue consciente de que moviese la mano. El estilete penetró en el corazón del testigo con la misma facilidad que un cuchillo caliente lo hace en la mantequilla. Al abrir la mano Cesare notó que la hoja se replegaba de nuevo en el interior de la manga por efecto del muelle que llevaba sujeto a la empuñadura.

El testigo se tambaleó ligeramente mientras los dos policías se movían para abrir la puerta de la sala de vistas. Cesare echó a andar con tranquilidad hacia la escalera. El destello de un flash muy cerca de la cara lo cegó momentáneamente, pero enseguida recuperó la visión y continuó caminando.

 

Se hizo el silencio en la sala. Poco a poco empezó a oírse un ruido creciente que llegaba del pasillo. El sonido de las voces se fue haciendo más fuerte.

Matteo miró a los otros acusados. El Gran Holandés jugueteaba, nervioso, con el alfiler de la corbata; Allie Fargo se hurgaba las uñas con los dedos; Nick el Dandi hacía garabatos en el cuaderno de papel amarillo que tenía delante. El ruido seguía creciendo.

El Gran Holandés se inclinó hacia él.

—Me pregunto a quién traerán ahora.

Nick el Dandi sonrió. Era una sonrisa marcada por el miedo.

—Lo sabrás enseguida —indicó.

Matteo les hizo callar con un gesto sin apartar los ojos de la puerta de la sala. Los demás también se volvieron hacia allí.

En primer lugar apareció una pareja de detectives; después, el testigo, que comenzó a tambalearse. Un policía tendió la mano para sostenerlo.

El Gran Holandés se puso en pie de un salto profiriendo un rugido de ira.

—¡Es Dinky Adams! ¡Será hijo de perra!

El juez golpeó la mesa con el mazo. El testigo avanzó unos pasos por la sala. Tenía la cara vidriosa, pues estaba sobrecogido por el pánico. Volvió a tambalearse. Después miró hacia el banquillo de los acusados. Abrió la boca como si fuera a hablar, pero no llegó a proferir sonido alguno. Un tenue hilo de sangre le apareció en las comisuras de los labios. Los ojos adquirieron una expresión torturada. Vaciló una vez más y comenzó a desplomarse. Intentó aferrarse al abrigo de Baker con las dos manos, pero no consiguió sujetarse y cayó al suelo.

Un vocerío infernal, que el mazo del juez no pudo acallar, estalló en la sala de vistas.

—¡Cierren las puertas! —gritó Strang.

El Gran Holandés se inclinó para decirle algo a Matteo.

—¡Cierra la boca! —le espetó este; los oscuros ojos le brillaban en medio de un rostro impasible.

 

El empleado alzó la vista y sonrió al ver aparecer a Cesare por la puerta.

—Los documentos ya están preparados, señor Cardinali; tenga la amabilidad de firmar aquí.

Cesare tomó la pluma que el otro le tendía, firmó los documentos y se los devolvió.

—Gracias —dijo mientras recogía los papeles. Y acto seguido se marchó.

Mientras bajaba los peldaños y salía a la luz del sol, notaba aún en el pecho aquella extraña sensación de tirantez. Parpadeó, deslumbrado. Barbara le hacía señas desde el coche. Él sonrió y le devolvió el saludo, sosteniendo en el aire los papeles blancos que relucían a causa de la luz.

Mientras bajaba del bordillo, Barbara le sonrió maliciosamente.

—Enhorabuena, conde Cardinali.

Cesare se echó a reír mientras daba la vuelta alrededor del coche y subía a él.

—Se nota que no has visto estos documentos, querida. Ya no soy el conde Cardinali. Soy simplemente el señor Cesare Cardinali.

La muchacha rio mientras él ponía el motor en marcha.

—¿Cesare a secas? Me gusta. Creo que tiene un sonido muy familiar.

Cesare la miró y dirigió el coche hacia el tráfico.

—Me parece que te estás burlando de mí.

—No, de verdad —repuso ella rápidamente—. En realidad me siento muy orgullosa de ti.

A Cesare ya le había desaparecido la tensión del estómago en el momento de dar la vuelta a la esquina; después se alejaron del edificio.

—Enciéndeme un cigarrillo, ¿quieres, querida? —le pidió. Una sensación de calor le crecía en los riñones, y notaba el pulso latiendo claramente en los muslos.

Ella le colocó el cigarrillo entre los labios.

—Me pregunto qué diría mi madre —dijo sin darle mayor importancia —, si supiera que me marcho una semana de vacaciones con un hombre sin estar casada con él. ¡Ni siquiera prometida!

Por el rabillo del ojo, el conde vio que la joven sonreía.

—Lo que tu madre no sepa, no podrá hacerle daño.

—Lo entendería si me marchase con un conde, por supuesto. Los europeos son diferentes en ese sentido. Pero con un hombre normal y corriente...

Cesare la interrumpió.

—¿Sabes qué pienso?

Ella lo miró con los ojos muy abiertos.

—No. ¿Qué?

El dolor de riñones se le estaba haciendo insoportable. Tomó la mano de la muchacha y se la colocó sobre un muslo, cuyos músculos estaban rígidos. La sonrisa se esfumó de repente del rostro de Barbara al notar el estado de tensión en que él se hallaba. Cesare volvió el rostro hacia la joven y durante un instante a esta le pareció ver pasar cientos de años por aquellos ojos. Después un velo cayó sobre ellos.

—Creo que tu madre es una esnob —comentó el hombre.

Ella se echó a reír; después, mientras el coche torcía por el túnel Mid-Town y corría hacia el aeropuerto por las avenidas flanqueadas de árboles, permanecieron en silencio. Cesare conducía por reflejo, automáticamente, mientras tenía la mente ocupada en otras cosas, en Sicilia, en su hogar. Solo hacía unas semanas que había estado allí, pero le daba la impresión de que habían pasado años.

¿Cómo había llamado Don Emilio a su tío en cierta ocasión? Usurero. Rio para sus adentros. Se preguntaba qué opinión tendría ahora de él Don Emilio.

El hombre que yacía sin vida tras él representaba solo el pago de la deuda, la parte principal. Los dos que todavía quedaban serían los intereses, los intereses acumulados durante doce años. Tres vidas a cambio de una. Aquello era un buen negocio para la contabilidad de cualquier hombre.

Le vino a la memoria la noche en que Don Emilio le había presentado la factura.

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