El secreto de los Hoffman

Alejandro Palomas · Capítulo 1 de 7

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El secreto de los Hoffman

I un Brazo de Mar

I

UN BRAZO DE MAR

La sorpresa es tenerle aquí, a mi lado. No le creí anteayer cuando, al otro lado de la línea, respondió sin darme tiempo. No, no le esperábamos.

—Cogeré el primer avión —dijo—. No quiero faltar.

Todos juntos otra vez. Eso es también una sorpresa: volver a estar los que quedamos. Aquí. Y mentiría si dijera que no me alegra, a pesar de que las circunstancias sean las que son. Una muerte nos reúne, pero la compañía me hace bien. Tanto tiempo sin coincidir los cuatro…

Impoluto y elegante, el pelo blanco y fuerte, pantalones de lino y zapatos caros. Papá ha aparecido hace un par de horas por el camino que llega desde la iglesia con su maleta de ruedas como un turista accidental. Es un hombre recio, bien tratado por el tiempo y la suerte. Conserva la altura que sólo dan una espalda recta y una musculatura con la que sigue sorprendiendo a los médicos, a la vida y a su público.

—Menudo atajo de quinquis —susurra ahora a mi lado sin apartar la mirada de los operarios que manipulan la tumba de mamá como quien intenta cerrar una lata gigante. Siento su mano sobre mi hombro. No es el peso de la mano de un hombre de ochenta y cinco años, ni tampoco la de un padre que acaba de volar durante quince horas entre continentes para llegar a tiempo al entierro de su ex mujer.

En cuanto noto el contacto de sus dedos, me miro los míos y, al verme las uñas negras y mordidas, me las clavo en las palmas, avergonzada. Tengo uñas de vieja, agrietadas y mal cuidadas. Mamá me reñía continuamente por llevarlas así. Chasqueaba la lengua y me miraba con cara de pena. Uñas de pobre, decía.

—¿Y qué quieres? Si en vez de tener una hija ceramista hubieras tenido a una profesora de tango, o a una enfermera, te aseguro que otro gallo nos cantaría —le repetía yo mientras la lavaba. Ella me dejaba hacer, perdida en sus cosas durante unos minutos, hasta que llegaba su respuesta, también repetida. Siempre la misma. Casi como un juego.

—Si te hubieras casado cuando todavía podías, no tendrías que haberte pasado la vida amasando barro —mascullaba entre dientes—. Ahora eso ya no tiene remedio, claro.

Tenía razón. Han sido muchos años trabajando el barro, entre la humedad fría del torno y la torridez del horno. Dedicada primero al barro y luego a cuidar de ella. Quizá, ahora que ni mamá ni la cerámica están, empiece a cuidarme. Aunque puede que no, que sea tarde. Hay cosas que no tienen remedio.

—No sabes cuánto me alivia ver que no ha venido nadie de la prensa, hija. Sólo nos faltaban esos buitres rondando por aquí —sentencia papá de nuevo, rompiendo con su fingido alivio el silencio tenso que nos envuelve.

A su derecha asoma el verde de la chaqueta de Verónica y, junto a ella, el perfil amable de Lucas. En fila. En fila los cuatro frente a la tumba como un pequeño batallón de niños esperando un castigo delante de la pizarra. A nuestro alrededor, dos pequeñas paredes de nichos semivacíos como dos dentaduras picadas y al otro lado, el mar.

Papá vuelve la mirada hacia la entrada y estira el cuello con un gesto estudiado, teatral.

—Porque estamos seguros de que no ha venido prensa, ¿verdad?

Me hace reír y yo se lo agradezco. Sabe que su humor encuentra fácilmente el mío y me dejo arropar por él porque sé que estoy en buenas manos. Luego pasan tres cosas.

Una: nos miramos. Dos: me guiña el ojo. Tres: su guiño me llena la

garganta de una bola de lágrimas que no verán la luz mientras rompen a tocar las campanas de la iglesia y el olor a hojas húmedas lo llena todo. Es primavera y el sol calienta la tierra mojada por la lluvia tranquila de ayer.

Tanta paz…

—No, abuelo. No ha venido nadie… —responde Lucas a deshora, con una sonrisa que quiere ser tranquilizadora, hablándole al aire de la tarde.

Papá parpadea, incrédulo ante la inocencia del comentario, y Lucas cae de pronto en la cuenta de que la pregunta de papá era una simple puesta en escena con la que quebrar este silencio pesado. Una estrategia de viejo, nada más. Sacude la cabeza y reconduce su sonrisa, ahora más serena, casi infantil.

Por fin los de la funeraria terminan de colocar la losa de piedra que tapa la tumba y se retiran. Al pasar junto al portón de hierro, uno de ellos, el más joven, tropieza con la rama muerta de un ciprés y aterriza sobre el escalón de la entrada.

—La madre que parió… —suelta entre dientes. Luego se levanta y se escabulle hasta el coche con la mirada baja. Papá me da un apretón en el hombro y yo trago saliva mientras el coche arranca y nos deja a los cuatro solos delante de mamá.

Entonces, como es costumbre entre los que vamos quedando, nos situamos alrededor de la enorme losa de piedra y esperamos a que alguien diga algo. No sé por qué lo hacemos ni de dónde nos viene la costumbre. Lo hicimos cuando enterramos a Fernando y a Emma, aunque entonces todo era distinto. Todos más jóvenes, menos curtidos en el dolor. Papá y mamá rotos por la pérdida de un hijo, los padres de Emma también. Verónica y Lucas, dos niños encogidos y ausentes, vacíos de padre y madre. También entonces, primavera; pero el cielo estaba cubierto de nubes negras como el agua del océano. Había tanta gente en el cementerio que tardamos horas en

poder quedarnos a solas junto a la tumba y retomar lo que era sólo nuestro.

Había prensa a la que atender, mucha. Fernando Hoffman, el gran galán de las pantallas y de los escenarios, hijo de «La Voz», marido de Emma T., hija de…, nieta de…, la pareja ejemplar del cuché, tan discretos, tan queridos…

Nos sentamos y cada uno lloramos lo que pudimos. A solas, pero en compañía, como suele hacerse todo en esta familia.

—Menuda chusma. A saber de dónde habréis sacado a semejante pandilla de mangantes —farfulla papá, asesinando con la mirada al coche fúnebre que se aleja por el camino. Luego, saca un pañuelo del bolsillo y lo despliega sobre la losa antes de sentarse encima—. Ése, el que se ha caído, el canijo, era… por lo menos —balbucea entre dientes, buscando una palabra que se le resiste, hasta que escupe—… ilegal.

Verónica se vuelve hacia él con una mueca contenida.

—Abuelo…

—… o moro. O algo peor —remata, arrugando el morro. Lucas enciende un cigarrillo y se atusa el pelo. Tiene un pelo castaño y lacio. Cada vez se parece más a su padre. A su edad, Fernando se movía igual, la misma cadencia al andar, los mismos ojos verdes. Y los gestos, también los gestos.

—No empieces, abuelo. Haz el favor. —Es la voz de Verónica, una voz acerada de niña dura que no se corresponde con la mujer de facciones maduras y sonrisa entera en la que se ha convertido. Verónica es una de esas mujeres que parecen no estar, que viven concentradas en algo que no comparten. A veces, cuando reacciona, pregunta cosas que dicen muchas otras, muñecas rusas llenas de metralla. Siempre fue así.

Papá ni siquiera la mira.

—No empieces, no empieces —masculla entre dientes—. Eso, mejor nos callamos la boca y seguimos tragando quina mientras el mundo se llena de

cafres y nadie dice nada. Así nos luce a todos —sentencia, levantando los ojos y clavándolos en los jirones de nubes que colman este cielo.

Más silencio. Hoy es abril y esto un diminuto cementerio centenario colgado al borde del Atlántico. Azul, azul el cielo y el océano que separan a esta familia desde hace años. Papá instalado en la otra orilla, en ese Buenos Aires que yo sólo imagino porque me aterra volar y no he sido capaz de reunir el valor ni el arrojo para ir a verle. Nosotros en esta otra. Él viene una semana al año a hacerse un chequeo. Mi puesta a punto, lo llama. Siete días de operación Renove a cuerpo de rey en la misma clínica de lujo de la que sale con una sonrisa de estrella ofuscada, intentando esquivar a los fotógrafos y a la prensa que él mismo convoca. Luego se marcha. Así desde hace años, desde que dejó a mamá y puso agua de por medio entre lo que fue y lo que quería dejar atrás.

—Perdona, pequeña —se disculpa ahora con voz arrepentida—. Tienes razón. —Verónica arquea una ceja y me lanza una mirada extrañada—. Qué culpa tendrán esos pobres desgraciados de ser tan… —inspira hondo, baja la mirada y remata con una mueca de estrella compungida—: desgraciados.

Su arrebato de falsa compasión se diluye en el eco hueco del cementerio.

No le gusta. No le gusta nuestro silencio. Ni tener que contemplarse en él.

Me mira con cara de niño insatisfecho y aprieta los dientes. Y es que hay varias cosas que el gran Rodolfo Hoffman detesta desde siempre: una son los médicos y los hospitales públicos. La otra, que no le rían las gracias.

Lucas enciende un cigarrillo y el chasquido del encendedor saca a papá de su burbuja de ego dolido. Se vuelve hacia su nieto con cara de fastidio y arruga el morro.

—¿Cuánto tiempo te quedas? —pregunto, intentando distraerle como se distrae con un sonajero a un bebé que, ante un juguete no concedido, anuncia una pataleta.

Arranca una brizna de hierba y se la mete en la boca.

—¿Cuánto tiempo te gustaría? —bromea con aires de seductor, como si mirara directamente a cámara.

No le contesto. No me gusta lo trivial de su respuesta ni que me hable así, tan sin cuidado, tocando sin medirse lo que duele. Debería saberlo.

—Dos días. Vuelo pasado mañana —dice, poniéndose serio.

Siento un leve pinchazo en el pecho. Es un pinchazo conocido, convivido. Tan pronto…

—El lunes tengo una gala, una de esas maratones benéficas que organiza un canal de televisión para enfermos de no sé qué. No puedo faltar.

Silencio. Pasa un segundo, dos, tres. A punto estoy de pedirle que se quede un poco más, que dos días no son nada. A punto, sí, pero no digo nada y él baja los ojos y clava en mi mano un ceño arrugado de cejas espesas. Tarda poco en preguntar.

—¿Y la muñeca? ¿Cómo sigue?

Mi muñeca, pregunta, jugando también él a despistar. «La muñeca es lo de menos —estoy tentada de responder—. Lo peor es todo lo que ha traído con ella. Lo que no se ve.» Vuelvo a oír de pronto la voz aburrida del médico del hospital cuando, días atrás, me quitó el yeso y dejó al descubierto lo que yo llevaba tiempo intuyendo:

—Los huesos no han quedado bien soldados. Quizá tengamos que plantearnos operar.

No he vuelto al hospital. Desde entonces, la mano se me hincha y se me deshincha cuando le da la gana. A veces duele tanto que pagaría para que me la cortaran. Hoy no.

Lo que la caída trajo consigo tiene nombre de mujer. La fractura se tradujo en dolor, el dolor en dos meses de yeso, el yeso en necesidad de ayuda y todo ello conjuró la llegada a casa de Marianne. Sí, lo peor se llama

Marianne, el efecto secundario de un estúpido accidente que podía haber quedado en nada y que colea como cualquiera de esas historias tan típicamente mías, tantas veces repetida en el catálogo de errores de Martina.

Mamá la odió desde el principio, aunque desde que papá se marchó su odio era tan general y tan falto de criterio que no indicaba nada, y yo no quise hacerle caso. Necesitaba ayuda y Marianne se me anunció nacida para ayudar. Me equivoqué.

Cuando anteayer papá me llamó para anunciarme su llegada, decidí que lo mejor era prepararle de algún modo para un posible encuentro con ella.

Fui torpe, aunque logré salir del paso. Dejé caer entre datos el nombre de Marianne como quien no quiere la cosa, como se menciona algo que no cuenta. Funcionó, sí. Aunque sólo unos segundos.

—¿Marianne? —preguntó él de pronto, parándome en seco.

Me puse alerta.

—Sí.

—Bonito nombre.

—Sí.

—¿Cuánto hace que la tienes?

—Me la mandó Matilde hace unas semanas. Aunque, ahora que mamá ya no está y que puedo hacer vida casi normal, no voy a seguir necesitándola.

Además, ya sabes que no me gusta tener a gente en casa.

Retomé enseguida la conversación y volvimos a la normalidad del satélite durante unos minutos.

—Y esa Marianne, ¿es guapa?

Tuve que tapar el auricular para que el omnipotente radar de papá no me oyera sonreír.

—No fastidies, papá, podría ser tu nieta.

Me lanzó un bufido de fastidio.

—Sólo era curiosidad.

—Ya. De todas formas, no creo que llegues a conocerla. Se ha ido unos días a casa de sus padres. Tiene a su abuela enferma y me ha pedido permiso para pasar algún tiempo con ella.

Mentí. Mentí para salir del paso y, como mala mentirosa que soy, olvido siempre los detalles de mis mentiras y tengo que pellizcarme de vez en cuando para recordarme la versión original de lo que invento. La realidad es que he enviado a Marianne a casa de Matilde para que la ayude a darle un buen repaso al hostal, porque a priori el binomio Marianne-papá se anunciaba una mala combinación. Supongo que Matilde no me lo agradecerá, pero eso ahora me da igual. Tengo todavía tanto por hacer, tantos capítulos por cerrar y tantas decisiones pendientes, que el alivio que siento viéndome libre de ella lo justifica casi todo.

No, no está. Marianne no está. Cuando la vida vuelva a la normalidad, hablaré con ella.

La mano, pregunta papá. Si me duele.

—Depende del día, como todo. —Dos gaviotas enormes planean sobre la cruz de la iglesia, chillando como un par de niñas de camino a casa. Al volver los ojos hacia ellas, veo a Lucas con el gesto encogido y la mirada perdida en el suelo. Lucas ha llegado preocupado. Creí al principio que el nubarrón que arrastra con él desde ayer es el reflejo de su duelo particular por mamá. Ahora ya no estoy tan segura. Hay algo en sus gestos, en su forma de estar y de no estar que lo aleja de este aquí más inmediato, acordonándonos fuera.

Ido. Lucas está ido o no llegado y de momento no puedo imaginar por dónde empezar a buscar.

Verónica lo atrae hacia ella y le quita el cigarrillo de la mano para darle

una calada mientras papá chasquea la lengua, se levanta y me tiende la mano.

—Ayúdame, hija.

No le entiendo. Por el brillo que veo en sus ojos, algo me dice que papá prepara el escenario para alguno de sus trucos con final sorpresa, pero estoy demasiado cansada para seguirle el juego. Él continúa con la mano tendida.

No es de los que tiran fácilmente la toalla. Yo tampoco. Soy la hija de mi padre. Eso decía siempre mamá.

—Está bien. —Suelta un bufido de mala leche y sube con cuidado a la losa que cubre la tumba. Luego, con una flexibilidad que yo no tengo, se pone en cuclillas y se deja caer suavemente hacia atrás sobre la piedra vieja hasta quedar completamente estirado sobre ella.

Verónica y Lucas se vuelven a mirarle. Ella esboza una sonrisa que corrige al instante.

—Abuelo…

Papá cierra los ojos y levanta los brazos.

—Dime.

—¿Se puede saber qué haces?

—¿A ti qué te parece? —pregunta él con un ceño de cejas blancas.

Verónica no espera.

—No creo que te haga ninguna gracia saberlo.

—Soy todo oídos —le contesta él, clavándola ahora sí con la mirada—.

Este caballero tiene siempre tiempo para una buena verdad.

La verdad. Verónica se cruza de brazos. Desde arriba, un viejo loco vestido de blanco dormita estirado sobre la tumba de mamá, ésa es la verdad. Y también que de pronto, viéndole actuar así, la niebla que hace apenas dos días levantó la noticia de su llegada empieza a disiparse y la luz tenue de una certeza toma forma en mi mente cansada. Viéndole así,

actuando ante nosotros como si nada de esto fuera con él, leo entre las líneas de su presencia y sé que papá ha venido para algo que no es el duelo por la muerte de mamá. El viejo tiene un plan. Trama cosas, algún golpe de efecto que ninguno de los tres imaginamos todavía. Su mente no descansa.

—La verdad es que a tu edad deberías ser más respetuoso con el dolor de los demás, joder —replica Verónica—. Y que no sé si a la abuela le habría gustado tenerte hoy aquí después de todos estos años.

Papá suelta un suspiro y pone los ojos en blanco.

—Bah, tú qué sabrás —murmura, arqueando una ceja—. Qué sabe nadie

—declama, imitando a otra de las grandes voces con cuya presencia en el mundo ha tenido que bregar desde siempre y cuya leyenda detesta. Luego nos salpica con una risotada de hombre de mundo y da una palmada en la tumba que provoca un respingo en Lucas—. Dos cosas. Eso es lo que hago, pequeña —añade, volviéndose de nuevo hacia Verónica.

Dos cosas, dice con la ceja todavía arqueada. Papá quiere jugar y cuando juega es peligroso.

—La primera —empieza con la voz envarada, alternando la mirada entre los tres—, es… —carraspea y hace una pausa. Ahora es el cantante ante su público, esperando el aplauso, reclamando atención—… aprovechar que estoy aquí para confirmar lo que ya sabía.

Le miramos sin comprender. Una nueva pausa y un suspiro impaciente.

Papá estira los pies.

—Que-no-que-po.

Nos miramos. Los cuatro. Es cierto: le asoman los pies desde el borde de la tumba como de un colchón de 1,80. Los levanta, dejando a la vista los calcetines de rayón y se lleva la mano a la canilla.

—Por aquí —dice, señalándose el calcetín con el dedo con voz de fastidio—. Cuando me muera, habrá que cortar por aquí.

Verónica sonríe a pesar de ella y Lucas parece concentrarse de pronto en lo que tiene delante, llevándose la mano a la ceja y tocándosela con un gesto nervioso. Luego también él sonríe. Hay en su sonrisa una dulzura frágil, como la de su madre. Eso y más cosas.

—¿Y la otra? —pregunta de pronto, sorprendiéndonos un poco a todos.

También a su abuelo.

Papá se vuelve a mirarle y en sus ojos sonríe alguien a quien no veo desde hace tiempo. Una de sus versiones que menos se prodiga.

—¿La otra qué?

—La segunda. Has dicho que había dos cosas —suelta Verónica con una mueca de impaciencia.

Habla papá.

—La otra es que este viejo está muy cansado —dice con un nuevo suspiro, apoyándose sobre un codo e intentando incorporarse hasta que por fin lo consigue. Luego deja escapar un pequeño eructo de caballero y se lleva la mano al costado con una mueca de dolor tan fugaz, tan fácilmente corregida, que no alcanzo a incorporarla del todo. De pronto le veo mayor

—. Y que a veces no sé qué hacer para que la vida no me pese tanto.

Verdades. Papá es mejor cuando actúa que cuando decide ser él, porque cuando no actúa nos llega a estallidos como un reguero de cartas atrasadas no siempre llenas de buenas noticias. Emerge entonces el Rodolfo humano, torpemente humano. Y, ante sus palabras, ante una confesión tan cruda y poco trabajada, los tres nos replegamos contra la realidad de la tarde, volviendo al cementerio, a mamá bajo tierra, a lo más físico. Me invade una oleada de añoranza por ella y, por primera vez desde que la vi morir en el hospital, palpo físicamente su carencia y entiendo que no podré volver a verla. Nunca más. Que ahora sólo es ausencia: ausencia de su mal humor,

de su genio torcido, de su mirada de madre dolida, pero ausencia al fin y al cabo.

Verónica me mira y cierra las manos. No le gustan las verdades a bocajarro, sobre todo si no son las suyas. Tampoco las sorpresas.

—Creo que deberíamos irnos —dice con la voz cortante como un cuchillo, volviéndose hacia el portón de hierro—. Le he dicho al padre Julián que le devolvería las llaves antes de las siete.

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Creo que deberíamos irnos —dice Verónica con gesto cansado. Está incómoda y me gusta verla así. Tan resistente, tan fuerte y tan poco rota. Ha venido al entierro de su abuela y está sólo de cuerpo presente, de mente presente. ¿Dónde demonios se le habrá quedado el corazón a esta niña?

Sigo donde estoy, semiincorporado sobre la losa y sin apartar la mirada de mi nieta, que ahora camina decidida hacia la salida. Cuando le hablo, su espalda se contrae como la buena madera con el frío.

—Y yo creo que nunca me ha gustado que me digan lo que tengo que hacer, jovencita.

Se detiene en seco y sigue donde está durante unos segundos. Luego se encoge de hombros, se lleva la mano a la nuca y escupe su respuesta.

—Y yo que hace años que no tienes a nadie que te diga lo que tienes que hacer, abuelo. Quizá por eso te pesa tanto la vida.

Cae un silencio sordo sobre el cementerio. Las dos gaviotas posadas sobre el campanario de la iglesia nos miran con sus ojos de carroñeras mientras un jirón de nube tapa el sol. Verónica guarda cosas contra mí que, por mucho que se empeñe, han ido acercándonos cada vez más en estos últimos años. Me busca. Mi nieta me busca y no lo sabe. Y eso es bueno.

Es bueno porque esta vez he venido a que me encuentre. Ella y también los demás.

—¿El padre Julián es… el mismo padre Julián? —le pregunto, acompañando la pregunta con un doble parpadeo.

Le molestan las obviedades. Y perder el tiempo con quien, a su seco entender, no lo merece. Algún día se dará cuenta de que se equivoca.

—Claro —replica—. ¿A cuántos conoces?

—Ay, hija, y yo qué sé. El mundo está lleno de padres Julianes, cómo se nota que viajas poco. Si no te pasaras la vida encerrada en esas jaulas, con tus monos y esos jipis de circo que trabajan contigo, seguro que te habrías encontrado con más de uno.

Martina parpadea y baja la cara durante un segundo. A juzgar por cómo me mira, diría que me estudia, que no se fía de mi presencia aquí. Mi hija intuye que algo no es lo que parece y eso me ayuda. Hay preguntas en sus ojos que ella todavía no identifica: «¿Qué quieres, papá? ¿A qué has venido? ¿Por qué?». Ésos son los mensajes que todavía no formula.

Llegarán. Con Martina las cosas tardan pero llegan.

No sé cuánto dolerá responderle. Ni si la verdad que traigo conmigo llegará a tiempo.

—Monos, no, abuelo —salta Verónica, echando chispas—. Son primates.

Y son recintos, no jaulas —remata, enseñando los dientes.

—Sí, hija, lo que tú digas.

—No, lo que yo diga, no. Es lo que es, abuelo, no lo que yo diga. Y

también es mi gente, así que vete con cuidado, no la vayamos a liar.

—Tu gente somos tu familia, niña. Los simios y tu trabajo son una vocación, no te confundas.

Está herida. En la emoción. Me gusta verla tan viva.

—¿Mi familia? —Suelta una risa forzada que suena como un pequeño ladrido—. Ay, abuelo, creo que tenemos un concepto de la familia muy distinto. Y no me parece que seas tú el más indicado para ir por ahí dando lecciones de lo que… en fin… qué más da.

Qué más da, dice, volviendo a encerrarse en su concha de mandíbulas apretadas. Está bien. Habrá tiempo. Siempre hay tiempo. Dejo pasar un par de segundos y vuelvo al padre Julián.

—¿De verdad que ese hombre sigue vivo?

Martina asiente.

—Pues claro.

Me llevo la mano a la cabeza. No me gusta este viento. Me despeina.

Vaya con el padre Julián.

—Quién me lo iba a decir, después de todos estos años. Deben de ser las obleas. Leí una vez que las obleas aportan un sesenta por ciento de la fibra diaria que necesita el organismo. —Vuelvo a mirar a Verónica—. Que ese viejo baboso siga vivo… eso sí que es un milagro.

Aprieta los dientes. Sigue tan tensa que veo cómo le palpita la vena del cuello.

—Qué milagro ni qué milagro, abuelo. ¡Pero si le sacas por lo menos quince años!

Vaya. Verónica tira a dar porque cree que sabe dónde apuntar. Desde muy jovencita aprendió de esta familia que lo que no se nombra es a menudo lo que no hay que tocar, lo que está mal colocado. Cree saber que no me gusta que me recuerden mis años así, a bocajarro, porque me toma por una de esas estrellas chifladas y obsesionadas con el paso del tiempo que intentan escatimarle años a la vida creyendo que la vida es imbécil. Y tira a dar porque tiene rabia. Cree que contra mí, que es capaz de hacerme saltar para saltar también ella conmigo. Tiene ganas de vacío.

Pero se equivoca. En el fondo no, en el momento. Los viejos lo somos cuando la edad nos permite jugar con nuestras debilidades. Si un viejo no contesta a una pulla, es quizá porque ha perdido el oído, o la atención, o simplemente porque va lento. Toreamos con la indiferencia, no con la cintura. Paso su estocada por alto y voy a lo que voy. Martina me espera.

—¿Y por qué no ha venido el baboso al entierro?

—Pues porque mamá dejó dicho que no quería ni misa ni cura —se

explica—. Sólo a nosotros. —Baja la mirada durante unos segundos cuando dice ese «nosotros». Sé que Constanza no me incluía en el grupo y ella también lo sabe, pero no importa. Constanza ya no está y eso ahora tiene sus ventajas.

—Ah.

Me miro los pies mientras muevo la boca como uno de esos viejos dementes que se sientan a destrozarse las encías en los bancos de las ciudades del mundo. Luego me rasco la cabeza.

—¿Tú sabías que, antes de venir al pueblo, al padre Julián lo echaron de un par de colegios porque metía mano a los niños?

Martina parpadea, sorprendida.

—No digas tonterías, papá.

—¿Tonterías? ¿Y cómo crees tú que aterrizó en esta ratonera? Lo echaron, lo desterraron. ¿No te lo dijo nunca tu madre?

Verónica y su poca paciencia empiezan a tocar techo. En su gesto se lee el fastidio contra el que se debate por no estar cumpliendo con el guión que en su imaginario íntimo había calculado para esta tarde antes de enterarse de que también yo estaría. En el guión, en el apartado observaciones, había anotado una pequeña lista al margen con su letra menuda y perfecta:

«drama contenido; los tres solos, Lucas, tía Martina y yo; parquedad en la pena; pasaremos el fin de semana juntos en la casa grande; bajar a dar un paseo por la playa; descansar; ¿ayudar a tía Martina a ordenar las cosas de la abuela?; llamar a Josué, el hijo de Mateo, para que venga a cuidar del jardín al menos dos veces por semana; preparar la reunión del martes con la comisión y la visita del concejal de medio ambiente. Descansar (repetido)».

—No, papá. No me lo dijo porque no es verdad.

—Y dale.

—¿De dónde lo has sacado?

—Ya estamos. ¿Cómo que de dónde lo he sacado? No deberías dudar así de la palabra de tu padre. Me ofende.

—Y tú mientes más que hablas —rabia Verónica.

—Lo leí una vez en in-ter-net —le escupo, perfilando cada sílaba como si practicara una escala acompañado al piano mientras me vuelvo hacia ella.

Nuestras miradas se encuentran y chocan como dos chispazos, quedando colgadas del aire que envuelve la tumba en un arco iris de colores chillones.

«Tan iguales nieta y abuelo», oigo pensar a Martina. «Y tan distintos»—.

En el Yujús.

—¿En internet?

Verónica se muerde el labio, intentando disimular una sonrisa. Acabo de ganármela, al menos de momento.

—Sí, hija. En la cosa esa de Billy Eliott.

Pica el anzuelo. Bendita niña.

—Yahoo, abuelo. Es Yahoo y es Bill Gates —me corrige con la misma voz que debe de emplear con sus monos cuando no comen.

—Pues eso. Un par de mafiosos es lo que son. Como Julio Iglesias. O

peor. Como los Panchos.

Me mira sin entender.

—Tú ni te imaginas el daño que han hecho y siguen haciendo aún esos mataboleros. Son como las tiendas de los chinos. Se muere uno y aparecen dos más. Una factoría de frikis.

Va a decir algo, pero se nota pillada a contrapié. No le doy tiempo.

—Como el padrecito Julián. Tú escribe «Julián cura cochino comeniños»

en el Yujús. Verás como sale. Y con foto y todo de esas de «se busca».

Como en el oeste. Menuda inmundicia.

Ya está. De pronto baja la cabeza y se rinde a escondidas como he visto rendirse a Martina tantas y tantas veces a este humor dislocado que los años

me han enseñado a manejar, y la veo destensar la frente y suavizarse entera, entregada al niño que este viejo bobo lleva dentro y que llega pataleando al rincón más blando de lo que no controla, el niño contra el que nadie ha podido hasta ahora y que tantas veces me ha salvado. Se ríe, mi nieta se ríe y su risa suena metálica, tímida. Desacostumbrada. Una risa a pesar de ella, eso es. Y a mí, verla así, tan floja, me quiebra cosas por dentro porque soy consciente de repente de cómo es mi pequeña cuando no es así. Y también del trabajo que nos queda con ella a los que la queremos.

Yo me río con ella, disfrutando tanto al verla reír que casi paso por alto a Martina tragando duro para no dejarse llevar por la emoción que tan bien está controlando hasta ahora. Artistas todos en esta familia en el control de lo que emociona. Asustados. Y todo eso —la risa, su garganta cerrada y el sol que vuelve a romper los jirones de nubes en lo alto— ocurre en paralelo a Lucas y a sus ojos grandes. Lucas que ha despertado de su lento letargo y que ahora se acerca a nosotros bordeando la tumba. Al llegar junto a mí, se sienta y mira de perfil a Martina. Y así se queda unos instantes, no ajeno a nuestra risa, pero sí lejano, concentrado en algo que le ronda y que quiere salir.

Cuando por fin habla, nuestro arco de risa se quiebra por la mitad, cayéndonos encima.

—¿Puedo hacerte una pregunta, abuelo?

Viéndole así, pidiendo permiso para hablar, me asalta un calambre de arrepentimiento y de vergüenza por haber estado tan lejos tantos años, tan aparte. Y porque leo en sus ojos que lo que traigo conmigo quizá lo cambie todo y quizá termine de matarlo también todo. Entonces ya no habrá vuelta atrás.

—Claro, hijo. Lo que quieras.

Suspira ligeramente antes de hablar.

—Papá también era muy alto, ¿verdad?

Verónica sigue de espaldas. Yo vuelvo a dejarme caer sobre la tumba y alargo la mano hasta tocar el brazo de mi nieto, pero él sigue mirando a su tía, aunque juraría que no la ve.

—Sí, cariño. Casi tan alto como el abuelo y como tú —responde Martina.

Él no dice nada. De pronto hay tanto silencio que hasta el tiempo parece haber desaparecido del cementerio, envasándonos al vacío.

—¿Y cómo cupo?

Martina carraspea y Verónica se seca de las mejillas esas lágrimas de risa que la pregunta tímida de su hermano ha cortado en seco.

—Si era tan alto como nosotros —insiste Lucas, mirándome ahora—,

¿cómo pudieron meterlo?

De esta nos va a costar salir. Lo veo en los ojos de Verónica y en la carraspera repetida de Martina. Y veo también que ellas no van a ser de mucha ayuda porque entiendo que la pregunta de Lucas no es más que la punta del iceberg, que a este muchacho lo que le falta no es voz, sino respuestas. Demasiadas. No está completo.

Pero hay que salir, porque cuando un hombre como Lucas pregunta, lo hace desde muy atrás, desde una cápsula de inocencia y de pureza que todavía no se ha roto y que hay que manejar como hilo de seda. Con cuidado. Callo la verdad con cuidado, como llevo haciéndolo desde que pasó lo que pasó y empezó a pasar lo demás.

—Los muertos se encogen, hijo —me oigo decir con voz de abuelo cuentabatallas—. Como los viejos. Por eso, cuanto más cerca estamos del final, más flacos y más pequeños nos volvemos. En vida, nos encogemos para no molestar. En la muerte, para caber.

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En vida para no molestar. En la muerte, para caber», dice el abuelo. A mi lado, tía Martina parpadea y traga saliva. Enciendo un cigarrillo y le doy vueltas a la sentencia del abuelo.

—No deberías fumar —me suelta, desconcentrándome—. ¿No os prohíben fumar en la compañía?

Expulso el humo por la nariz y sonrío. El abuelo juega a despistar. No le gustan las preguntas.

—No.

—Pues deberían. Por lo menos a las primeras figuras. No sé cómo podéis aguantar tantas horas de ensayo con tanto humo dentro. Deberían multaros, como a los ciclistas.

—No exageres. La verdad es que en la danza contemporánea las cosas son bastante relajadas, sobre todo en compañías como la de Copenhague.

Pero en el Royal lo del tabaco era un infierno. Ni te imaginas lo que nos machacaban con el tema. Bueno, con ése y con muchos otros.

—Ya lo sé.

Levanto la mirada.

—Lo vi en Billy Eliott.

Me río. Me río y él conmigo, y oírle reír así me estruja el esternón porque el abuelo es otro muy distinto al hombre que es cuando no lo hace. Y

porque su risa es la de papá. No la recordaba así.

Y, mientras la risa se apaga y yo sigo rumiando mi pregunta, tía Martina vuelve a sentarse a sus pies, de espaldas a nosotros, y Verónica se acerca también y se sienta entre las rodillas de la tía. Vistos desde arriba, somos una familia como otra cualquiera, disfrutando de una tarde de picnic un

domingo de abril. Mientras, el rugido sordo del Atlántico rasga el día como una lluvia de arena. De pronto me siento cansado. Las horas maldormidas de estos últimos días empiezan a pasarme factura y el jet lag bambolea al abuelo, atontándonos al sol. «Mañana, si hace buen día, podríamos bajar a la playa —pienso, incapaz de moverme—. Me gustaría bajar, sí.»

—¿Y tú?

Es mi voz y también mi pregunta. No está entera, pero es sincera.

El abuelo abre los ojos.

—¿Yo?

A sus pies, Martina acaricia la cabeza de Verónica, pero no hablan.

Verónica tiene un geranio rojo en la mano que va desgranando distraídamente como una judía multidimensional.

—Sí.

La pregunta no le ha llegado completa y él espera. Me concede unos segundos más.

—¿Por qué no te has encogido?

Su mirada recoge con cuidado mi curiosidad y a mí su cuidado me enternece.

—Porque duermo colgado de un gancho. Como los vampiros —dice con una sonrisa de niño viejo.

—Venga, abuelo. En serio.

Se pone serio y me mira despacio, cubriéndome con sus ochenta y cinco años de vida al aire.

—¿Qué es lo que quieres saber, Lucas?

Se me cae la sonrisa al suelo húmedo del cementerio. Siento cómo se tensan mis defensas y noto que mis músculos, entrenados una y mil veces, le cierran el paso a la sangre para darse tiempo. He entendido el tono, sí.

También la mirada.

—No lo sé, abuelo.

A sus pies, Verónica se ha quedado sin rojo en las manos. Ahora sólo un tallo torcido que hace girar entre los dedos. Una nube vuelve a tapar el sol o es el sol que se esconde.

—Es un buen principio —dice.

No le entiendo y él se da cuenta.

—El no saber, digo.

Intento sonreír. Me sale mal.

—¿Tú crees?

—A tu edad, yo creía saberlo casi todo.

—¿Entonces?

—Entonces nada. Tardé muchos años en darme cuenta de que saber no ayuda a vivir. Ayuda a justificar y a explicar. Y a entender, también a entender. A vivir no.

Apago el cigarrillo en la hierba y lo aplasto con el pie. Luego apoyo los codos en las rodillas y la barbilla en las manos.

—Tus padres te quisieron mucho, hijo. Aunque no sé si es eso lo que quieres saber.

No me muevo. Ni parpadeo. Nada.

—Ya lo sé.

Suspira y se recoloca sobre la dureza de la piedra.

—No, no lo sabes. No lo sabes porque no tuviste tiempo. No llegaste a tiempo. Tu cerebro lo sabe pero tu corazón no lo recuerda. Y es que la memoria se alimenta del corazón, no de lo que uno sabe.

Suelta un pequeño suspiro y aprieta los puños. Vuelvo a nosotros dos.

—¿Y será siempre así?

—¿Así?

Busco otro cigarrillo con gesto automático, pero lo pienso mejor.

—Como si todo terminara siempre antes de empezar. En el aire. Como cuando giro en el escenario y llega un momento en que no sé dónde buscar lo que estaba delante y dónde lo que tenía detrás, y entonces me da miedo parar porque si paro todo volverá a ser como era, porque por mucho que gire, el que da vueltas soy yo, y sobre el mismo sitio. Pero la vida queda fuera. No sé si me explico.

Cierra los ojos.

—No puedo responderte a eso, hijo.

Adivino la silueta de Verónica levantándose a mis pies y también la de tía Martina. Va siendo hora de irnos, sí.

—¿Por qué?

Tía Martina y Verónica se mueven hacia el portón, cogidas del brazo.

Chilla una gaviota sobre las palabras del abuelo, trenzándolas.

—Porque desde que murió tu padre también yo busco la respuesta.

De repente asoma el sol en lo alto. Lo siento en la piel y en la calidez repentina del aire. El abuelo se incorpora sobre la tumba y se queda sentado con los pies en la hierba mientras yo me vuelvo hacia el portón de la entrada. Sus palabras tímidas de abuelo viejo me llegan como una voz en off que me recoloca la espalda, abriéndomela despacio como un bisturí.

—Quizá me ayudaría si pudiéramos buscarla juntos —le oigo decir.

No me vuelvo a responderle.

No me saldría la voz.

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Ellos dos van delante. Lucas arrastra la maleta del abuelo por el camino mojado, llevándose a su paso hojas, restos de corteza y semillas. Hace muchos años que no los veía juntos, prácticamente desde que el abuelo se marchó y se instaló en Buenos Aires. Sé que, de una época a esta parte, se han estado viendo porque uno y otro me han ido poniendo al día de sus encuentros, pero también sé que sus lugares comunes casi nunca han sido buscados: las giras de uno y las del otro les han cruzado en las ciudades del mapa entre cenas compartidas después de una actuación, unidos los dos en lo que hacen, cantando el abuelo y bailando el nieto. Dos escenarios en paralelo. Poco más.

A mi lado tía Martina con su brazo en el mío, cabizbaja y concentrada en la mano hinchada que se masajea con la sana. Vista así, de perfil, no sería difícil confundirla con un hombretón de campo —pantalones llenos de bolsillos cargados de cosas que luego no recuerda haber guardado, camisa abierta sobre la camiseta gris desteñida, mocasines con suela de goma de las ocasiones especiales y pelo gris cortado al cepillo—, aunque eso a ella siempre le ha dado igual, sobre todo desde que cerró su casa de Ibiza para volver aquí a cuidar de la abuela. Eso y muchas otras cosas: el qué dirán, el qué pensarán, lo que pasa en el mundo al otro lado del muro de piedra del jardín, los chismes que hasta hace poco todavía llegaban a veces del pueblo y a los que ahora ya nadie da cuerda porque, aparte de Matilde y su hostal, aquí ya no queda nadie.

A pocos metros de nosotras, Lucas se ríe con el abuelo. El abuelo le pasa la mano por los hombros y él se acomoda en su abrazo, confiado.

—¿Es verdad lo de la llave? —pregunta tía Martina.

Me vuelvo a mirarla, sin entender.

—Eso de que tenemos que devolvérsela al padre Julián.

—Sí.

—Entonces, ¿pasamos antes por la iglesia?

La pregunta es en sí una estupidez, básicamente porque para tomar el camino que lleva a la casa grande hay que pasar por delante de la puerta de la iglesia. Asiento con la cabeza sin poder controlar un pinchazo de fastidio en el estómago. A veces me pregunto dónde narices tendrá la cabeza esta mujer.

—Me habría gustado tanto cubrirle la tumba de flores… —dice de pronto, sin levantar la mirada. Ahora sé dónde tiene la cabeza y me arrepiento de haberla juzgado tan pronto—. Antes de… de bueno, de que papá se fuera, le encantaban, sobre todo los liliums. Los amarillos. No sé si te acordarás. Tenía la casa siempre llena.

Me acuerdo, sí: de la abuela, de sus liliums y de muchas otras cosas que no hemos vuelto a mencionar y que no entiendo.

—Sí, me acuerdo.

—Pero cuando papá se marchó, se acabaron las flores en casa. Mamá decía que le recordaban a él. —Levanta la mirada y se topa con la fachada de piedra de la iglesia, a la que ya casi hemos llegado. El abuelo y Lucas se acercan a paso lento a la puerta abierta, concentrados en lo suyo—. Aunque, ahora que lo pienso —sigue tía Martina—, creo que todo le recordaba a papá. Ella no lo decía, o al menos no así. Pero todo eran referencias veladas a él y a… bueno, a otras cosas.

Otras cosas, dice. Yo sé lo que incluye ese «otras cosas». Las dos sabemos que «otras cosas» es lo que no se dice, lo que no tocamos en nuestras conversaciones y, en el recuerdo, lo que todos han querido enterrar porque para qué decir. «Otras cosas» es mamá. Prohibido nombrarla delante

de la abuela desde que el accidente nos dejó a Lucas y a mí colgando del tiempo como dos marionetas con los hilos sueltos. Luego, con los años, la prohibición incluyó también al abuelo. Rodolfo y Emma. Fuera los dos.

Expulsados de la vida y del recuerdo. Uno en vida, la otra en clave de pasado. Y lo que no se nombra no existe porque no tiene nombre. Los años nos convencerán de que nunca existió. Claro. Cómo no.

Estoy cansada, cansada de tanto caminar por la acera de mi historia con Lucas en brazos como sobre un campo lleno de minas. Cansada de callar, de batallar. Y de años inventando para mi hermano una familia que no es.

—¿Otras cosas? —pregunto, al tiempo que freno en seco sobre la grava del camino y siento el brazo de tía Martina tirando de mí hacia delante—.

¿Como cuáles?

El brazo se tensa. Unos metros más adelante, el abuelo se vuelve hacia nosotras y nos sonríe. No nos oye.

—Bueno… —balbucea tía Martina—, ya sabes como era tu abuela.

Había cosas, gente…

Vuelve el calambre a rayarme la pared del estómago y vuelve también la rabia, una rabia sorda y fea con la que he aprendido a malvivir. Hemos pisado una mina y nos ha estallado en la cara.

—¿Gente? ¿Qué gente?

Se encoge. Tía Martina se encoge. La metralla le ha perforado el ahora y no tiene dónde esconderse, esposada a mi brazo como una convicta a su condena.

—Ay, hija, no sé… —empieza, agitando nerviosa en el aire su mano libre y mirándome con una mezcla de odio y de miedo en los ojos que yo no le conocía o que, si le conocía, no había sabido identificar hasta ahora. Son los ojos de un animal asustado, los ojos de quien confía poco en lo bueno que pueda venir de fuera. Me miran como tantas veces la he visto mirar a la

abuela, esperando siempre un comentario agrio, una orden fea, un machacón «Que me llegue pronto la muerte, hija. No soporto más esto». Y

en ese «esto» iba incluido su nombre de hija mayor, el de la que se quedó y también el de la que se equivocó quedándose en vez de su hermano. La metralla de ese «No soporto esto» de la abuela decía cosas feas: «No soporto la vida sin mi hijo. No soporto esta vida de vieja sin mi marido. No soporto no tener la vida que imaginé, la que me merecía. No soporto mi vida contigo, hija, ni la tuya conmigo porque no suman una, no la que esperaba. Sin tu hermano y sin tu padre, viviendo sólo esta mierda. Los restos. Lo que nadie quiere. Y todo eso eres tú, mi pobre Martina».

De pronto veo también en esos ojos una sombra que se superpone a la de la figura reconcomida de la abuela, encajando las dos, amalgamadas. Y veo a una Verónica seca y unidimensional que asusta a tía Martina, que sabe debilitar al débil, y no quiero, así no. Así me pierdo. Nos perdemos todos.

Entiendo de repente que mi tía ha vivido tantos años a la sombra de la abuela, confinada a ella, que todavía no entiende que la abuela ya no está.

Su cabeza lo sabe, sí, porque contiene los datos físicos que lo confirman.

Pero la información todavía no ha llegado al corazón. En estos momentos vive con dos Constanzas, la muerta en la cabeza y la viva en la emoción. Es demasiado pronto para pedirle nada. Necesita tiempo.

—Cuando decidí volver e instalarme aquí con mamá, estaba convencida de que con el tiempo lograría que saliera adelante —dice—. Los primeros meses fueron horribles. Mamá no hablaba, ni siquiera conmigo. Ni «sí» ni

«no». Nada. Ni un suspiro. Se pasaba los días en la cama, mirando por la ventana. Hubo veces en que creí que se dejaría morir. —Se vuelve a mirar al océano, que salpica de azul todo lo que hay más allá del camino—.

Nunca imaginé que esos meses de silencios serían los mejores de nuestra vida juntas. Que lo peor estaba por llegar.

También yo vuelvo la mirada hacia el norte. La brisa trae con ella una fina lluvia de sal que lo acartona todo. Tía Martina se pasa la mano sana por la cara y se lame la yema del índice en un gesto que le he visto hacer muy a menudo en el pasado y que me acerca a ella. Un gesto muy Hoffman.

Frente a nosotras, apoyado contra la puerta de la iglesia, el abuelo repica con el pie en la piedra del suelo y el gesto torcido, impaciente. No le gusta esperar.

—Vamos —le digo a tía Martina, tirando ahora de ella hacia delante. Ella se vuelve a mirarme, volviendo a lo que hay con un parpadeo y una sonrisa de disculpa.

—Sí, vamos.

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Verónica tira de mí y recorremos del brazo la escasa distancia que nos separa de Lucas y de papá antes de entrar a la iglesia en silencio y sumergirnos en la penumbra verdeazulada que se filtra por las pequeñas ventanas abiertas en la solidez de los muros.

La vieja iglesia: paredes desnudas de piedra clara cerrándose sobre una fila de bancos escasos que terminan en un pequeño altar. Detrás, la imagen tallada en madera de un Cristo con la mirada en alto. A un lado del altar, una figura retoca unas flores en un jarrón. Es el padre Julián, vestido de calle, concentrado en su ramo de calas y apartado del mundo al abrigo de su sordera.

Por un momento nos quedamos donde estamos, vencidos por el espacio familiar y reconocido del templo. Hay demasiados recuerdos entre estas paredes, para nosotros al menos. Aquí hemos vivido lo mejor y lo peor de lo que compartimos como familia: los bautizos de Fernando y el mío, también el de Lucas y el de Verónica; el funeral de Fernando y Emma…, demasiadas cosas. Demasiada vida y demasiada muerte. Papá no se mueve.

De nuevo los cuatro en fila, esperando.

Justo cuando Verónica tira de mí hacia la primera fila de bancos, el padre Julián termina de colocar la última flor en el jarrón y levanta la cabeza. En su rostro, una sonrisa de sorpresa. Nos saluda con la mano y, sin dejar de sonreír, viene hacia nosotros por el pasillo central.

—Buenos días, buenos días —dice con voz de cura, llegando hasta la entrada. Al ver a papá, se para en seco y, tras un par de segundos en blanco, se acerca a él con rostro compungido y le tiende la mano—. Señor Hoffman, cuánto tiempo. No sabe cuánto me alegra verle. —Se interrumpe,

vacilante—. A pesar de que las circunstancias… Ya sabe cuánto queríamos en la parroquia a la señora Constanza.

Papá le devuelve una sonrisa beatífica y le estrecha la mano.

—Y ella a ustedes, padre —suelta con aire tristón.

—Lo sé, lo sé.

—Fíjese si les quería que no ha querido molestarles ni en el día de su muerte —añade con un suspiro y un brillo malévolo en los ojos.

El padre Julián no está seguro de haber captado el mensaje y prefiere dejarlo de lado. Al volverse hacia los demás, repara en la llave que Verónica lleva en la mano y arquea las cejas, fingiendo sorpresa.

—Ah, la has traído. Habrás cerrado bien, hija.

—Sí.

—Todo en orden, padre —interviene papá, apoyándose en el respaldo del banco que tiene delante—. Los hemos dejado a todos bien instalados, no vaya a ser que a alguno le dé por levantarse y venga a pedir el libro de reclamaciones, ¿eh? —suelta, alzando la voz y regalándole un guiño cómplice que el padre saluda con un parpadeo.

Me llevo la mano a la cara. Se me ha puesto morada como la tenía esta mañana. La mano.

Verónica se adelanta a darle la llave al padre. Él la coge y se la mete en el bolsillo, acompañado por nuestro silencio.

—En fin —dice—. Me alegro de haberles servido de ayuda, aunque hubiera deseado haber hecho algo más.

Silencio. Se acerca a la puerta de madera y la abre, sujetándola al tiempo que se hace a un lado para cedernos el paso.

—Quizá quieran venir a misa el domingo. Podríamos dedicársela a la señora Constanza —propone con voz de anuncio.

Me oigo balbucear algo, buscando las palabras adecuadas con las que

despachar cuanto antes la propuesta del padre, pero papá toma la delantera.

—Lo siento, padre, pero no va a poder ser —anuncia con voz neutra—.

Vuelo a Buenos Aires pasado mañana.

El padre baja la mirada y chasquea la lengua.

—Vaya.

—Aunque, se me ocurre que quizá… —vuelve papá, dejando que su

«quizá» nos sobrevuele como uno de esos globos que suben despacio con la brisa, en ascenso directo hacia un cable forrado de espinos.

El globo toca el cable y se frota contra él, hasta que una punta lo clava a traición, arrebatándole el continente y esparciendo sobre nosotros su contenido: una maraña de agua sucia y caliente. Una baraja de cartas marcadas. El resto de una frase en boca de papá que suena así:

—Quizá le gustaría venir a cenar a casa mañana. Nos encantaría tenerle entre nosotros, padre.

El cura parpadea, incrédulo. Verónica me mira de reojo y Lucas se escurre al otro lado de la puerta, buscando aire fresco.

—Son tan pocas las veces en que podemos estar todos juntos —insiste papá—. Y, yo, a mi edad… en fin, no sé ya si habrá muchas ocasiones más.

—Bueno, yo… la verdad es que no esperaba…

—Anímese, hombre —remata papá, dando una palmadita en el hombro flacucho del cura—. Además, hay algo que quiero hablar con usted. —El padre se tensa, intuyendo un peligro cuya magnitud no termina de acotar del todo. Papá le toma del brazo—. Hace tiempo que llevo dándole vueltas a un proyecto y creo que ha llegado el momento de ponerlo en marcha. —Trago mal. Trago mal y me atoro al tiempo que el padre tensa la espalda—. Estoy pensando en abrir una escuela para nuevos talentos del canto.

Ay.

El padre lo mira. Por su mirada y la forma de ladear la cabeza, sé que no

está seguro de haber oído bien. Sigue así un instante, como un loro en el alambre, la pata levantada, la cabeza inclinada. Papá levanta la mirada hacia la talla de madera que, desde donde yo estoy, corona la calva del padre como si la tuviera clavada en todo lo alto.

—Ya sabe, padre —suelta con aire modesto—. Un internado donde cultivar las voces del futuro. —Ante los ojos acuosos y desconfiados del cura, tensa la cuerda—. Y, quién sabe, ¿quién nos dice que no podría ser aquí? —Se vuelve a mirarme y entrelaza las manos como un predicador chiflado—. ¿No, hija?

A veces admiro a papá. Admiro su capacidad de inventarse la vida y de vivir en lo inventado. No sé por qué le admiro, pero es así. Tiene tantas vidas dentro, tantas ganas de jugar con todo a sus ochenta y cinco años, que lo demás y los demás nos dibujamos siempre perdedores a su alrededor. Y

le admiro por saber reírse de quien es, por su desvergüenza y, porque a pesar de haber perdido tantas cosas en el camino, sigue teniendo una ilusión que a mí me cuesta atesorar, que no valoro.

A veces le admiro, sí. Otras, cuando recupero mi peor visión, le detesto por su inmadurez y también por ser culpable de muchas cosas que no deberían formar parte de mí y que él jamás ha reconocido ni explicitado.

Entonces lo mataría.

Me mira esperando una confirmación, ofreciéndome su complicidad como un regalo. Sé que juega con el padre Julián, pero no sé a qué y me da miedo. A su lado, el padre se pregunta cosas. Hay un gusano que cuelga de un anzuelo delante de él y él lo mira de reojo, salivando. Picará. Papá lo sabe y lo sé yo.

—Sí, papá. Claro. ¿Por qué no? —Es mi voz. Es mi voz que miente, siguiéndole el juego. Al fin y al cabo, el padre Julián es un baboso. Después de lo que hizo, no me da pena verle retorcerse bajo la lupa de papá.

El cura aparta los ojos del cebo y me dedica una mirada iluminada. Tiene unos ojos pequeños, hendidos en carne blanca y colgona, y unas manitas de bebé.

—La verdad es que es muy amable de su parte —dice con una risilla sin labios—. Y, bueno… claro, será un placer cenar con ustedes. —Me mira, abre los brazos y suspira—. Así, en familia.

Papá sonríe, mostrándonos su dentadura perfecta, y se infla como un pavo.

—Sabía que no me fallaría, padre —murmura, dándole la mano y volviéndose hacia la puerta—. Fíjese que venía dormitando en el avión, dándole vueltas a lo de la escuela, y de pronto me he dicho: el padre Julián es mi hombre. —El cura aguza el oído, atento, y el abuelo baja la voz—.

Nadie tiene tan buena mano con los niños como él. ¿A que sí, padre?

El cura entrelaza las manos, impertérrito. Se ha perdido las dos últimas intervenciones de papá y busca algo que responder a lo que no ha oído, estudiando con atención la expresión de Verónica y la mía por si lee en ellas alguna información que le sea de ayuda. Verónica se abandona a su impaciencia y decide encarar la puerta. El padre me mira, sorbe un poco y por fin sale del atolladero con un:

—Naturalmente. Mañana por la noche. A las nueve. Allí estaré.

Es cierto. Hay veces en que mataría a papá. Otras, me sorprendo preguntándome quién hay ahí en realidad, quién se oculta bajo esa voz sobrenatural y ese porte de eterno marino, sostenido sobre ese mástil de vértebras viejas que le articula. Hace veintidós años, poco después del accidente que se llevó a Fernando y a Emma, él y su voz se convirtieron en padre y abuelo ausente en una extraña maniobra que aquí no entendimos.

Huyó. Papá huyó y renunció a los que quedábamos, a lo que hasta entonces había sido su puerto de llegada y de salida. Empezó de nuevo en la otra

orilla, borrándose en lo privado, tragado por los años y por el fardo de reproches y de no perdones que mamá hizo extensivo a todos nosotros hasta que poco a poco su luz de náufrago volvió a parpadear tímidamente en la oscuridad con sus postales, que luego fueron cartas, que luego llamadas, hasta que llegaron los encuentros, fugaces visitas anuales a la clínica donde nos hemos ido viendo sin retomar mucho, sin intimar apenas, visitas restringidas en las que nos hemos ido poniendo al día de lo más inmediato: yo estoy bien, tú estás bien, yo tan ocupada como siempre, él con mil galas y proyectos, viajando, grabando, a la estela de esa voz que no se apaga. Y

luego otra vez el vacío. Y la distancia. Y vuelta a empezar.

Hasta aquí. Hasta hoy. De pronto, viéndole así, enmarcado en luz contra la puerta de la iglesia, su vejez se me cae encima como un disparo, empequeñeciéndome. Sus ochenta y cinco años de padre tienen cosas que son mías y que yo quiero saber, frases en blanco que sólo él puede llenar.

Sobre mí, sobre mamá y sobre lo que ocurrió esa fea noche que nos rompió la vida a todos los que quedamos. Quiero que me explique, que se explique.

Y entiendo que es ahora o nunca, y que si no lo hago antes de que el lunes coja ese vuelo que le devolverá a su destierro, quizá ya no pueda ser.

Y tengo miedo. De lo que no sé. De lo que esconde. También de no volver a verle.

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Eres un demonio, papá.

Tía Martina está molesta con el abuelo, benévolamente molesta. Él, por su parte, sonríe satisfecho mientras dejamos el camino principal e iniciamos el ascenso por la senda de grava bordeada de enormes castaños de Indias que lleva a la casa grande. Discuten. Discute ella, él calla. Se adelantan poco a poco, dejándonos a su estela mientras los dos torreones escamados de tejas brillantes que encuadran la fachada principal asoman ya en lo alto, coronando las inmensas copas.

A mi lado, Verónica camina en silencio, su brazo en el mío. Está ausente, concentrada en algo que tira de ella hacia dentro desde que hemos salido de la iglesia. Sopla una brisa fresca que peina la hierba en las lomas y desde el océano llegan batallones de nubes hinchadas como velas. Va a cambiar el tiempo.

—Va a cambiar el tiempo —dice, cerrando los ojos y olfateando el aire.

—¿Tormenta?

—Tormenta.

Cuando éramos pequeños jugábamos a adivinar cosas en el viento y en los olores que el aire traía desde el acantilado. Los olores llegaban impregnados de mensajes y había que adivinarlos, anticipando lo que estaba por llegar: si tormenta, alguna trifulca; si niebla, lo injusto; si sol, papá o el abuelo regresaban de alguna de sus giras, cargados de regalos, con ganas de nosotros. Con los años, el juego ha seguido vivo, convertido ahora en un lenguaje propio con el que Verónica y yo nos conectamos sin esfuerzo.

Tormenta, dice. Y yo leo en sus ojos y en la brisa húmeda que la habrá en el

cielo, y también en la vida, en las próximas horas. Vuelvo a nuestro lenguaje común.

—¿Dolerá?

No me mira. Las nubes barren el azul como flores sueltas, flotando sobre el brillo de sus ojos.

—Claro.

—¿Mucho?

Se vuelve a mirarme y me atrae hacia ella, arrimándose contra mí.

—Sí —augura rotunda, con la cabeza apoyada en mi hombro—. Pero dolerá bien, ya lo verás.

Dolerá bien. Ésa era una frase de mamá. La usaba siempre que nos acompañaba en el dolor de una cura después de una caída, en los segundos previos a la llegada de la señora Sonia y sus gammaglobulinas con jeringa de cristal y en el terror que me encogía y que me encoge aún en la sala de espera de cualquier dentista. Ésa era mamá. Ésas, sus dos palabras.

Verónica y yo lo sabemos bien y, cuando uno de los dos se las dice al otro, dibujamos con ellas un crucigrama inmenso en el que caben millones de combinaciones. En el uno vertical, escribimos: «la echo de menos», y en el uno horizontal escribimos también: «fue un bien compartido, una suerte que podremos rescatar siempre del pantano de mala muerte que nos dejó sin ella, un anclaje que todavía dura y que nos une desde su ausencia».

Decimos con esas dos palabras que hemos sido y somos hermanos por partida doble: la primera cuando, años después de nacer ella, nací yo y la hermané a mí; la segunda, la noche en que perdimos a mamá y a papá y tuvimos que seguir solos, aprendiendo a doler bien.

Echamos a andar de nuevo. El día empieza a diluir su luz y el cielo atrapa la oscuridad que ya llega.

—¿Sabes una cosa? —dice.

Caminamos al mismo paso, su pregunta encajada en mi curiosidad.

—Hans me ha pedido que me case con él.

Sigo sin decir nada. Conociéndola como la conozco, sé que no es eso lo que quiere que sepa. Una ráfaga de viento sacude el seto que orilla la curva del camino. Las hojas sisean como la arena de un reloj.

—Me gusta Hans.

—Ya —replica—. A todo el mundo le gusta Hans.

Tiene razón. Hans es uno de esos hombres que parecen vivir en la época y en el cuerpo adecuados, cómodo con su suerte. Quiere a Verónica con locura, pero la quiere sin entenderla. A pesar del tiempo que llevan juntos, todavía no se ha dado cuenta de que Verónica prefiere que la entiendan a que la quieran.

—¿Y?

Me mira desde abajo con cara de hermana mayor. Me río. Ella no.

—¿Me estás pidiendo consejo? ¿Tú?

—No.

—Ah.

Podría ser el fin de la conversación. Tiene orgullo Verónica, un orgullo de niña. Y a veces le cuesta reírse de sí misma. Pero sabe que conmigo no peligra.

—Tu opinión. Quiero tu opinión —rectifica a regañadientes.

—¿Por qué?

—Porque eres mi hermano.

—Creo que deberías pedírsela a alguien que tuviera más experiencia que yo en matrimonios.

—Idiota.

—Y también creo que no te quieres casar. Y que no es eso lo que quieres decirme.

Tensa el brazo alrededor del mío. Me gusta su brazo flaco dándome calor.

—Te crees muy listo, ¿eh, niñato?

—No, cariño. Es que sólo te tengo a ti y te conozco bien.

La siento sonreír contra mi chaqueta. Relaja el brazo.

—Ya lo sé.

Y yo. Tengo a Verónica y tengo también la danza, pero a veces me gustaría que hubiera algo más, que eso no fuera todo.

—¿Qué pasa, Verónica?

Hemos llegado a la rotonda que separa la casa de la boca del camino. En el centro, un estanque. Carpas de colores que bucean bajo el agua tintada por el crepúsculo. Los nenúfares de siempre y tía Martina y el abuelo convertidos en sombras, al pie de los escalones que llevan a la puerta de entrada.

—Pasa que te noto raro —dice—. Como mayor. Y que tú no eres así. No eres de preguntar tanto.

Me conoce bien. Tan bien como yo a ella.

—Y que cuando preguntas tanto es que no quieres hablar de ti porque algo escondes.

Reacciono sin pensarlo y mi respuesta me sorprende casi tanto como a ella.

—A lo mejor yo también necesito que me pregunten.

Se para junto al estanque y yo la imito un par de pasos por delante. El viento ha dejado de soplar y el silencio es tan denso que parecemos movernos en agua.

—¿Quieres que te pregunte? —Su voz me llega empapada en cariño.

Cuando se deja ver, Verónica es tan frágil que dan ganas de abrazarla.

Fuerte.

—No lo sé.

—¿Por qué?

—Porque si me preguntas, no podré mentirte.

—¿Y eso es malo?

Ay, Verónica. Lo bueno y lo malo. Lo que duele y lo que no. Lo que somos y lo que nos gustaría que fuera. ¿Por qué vivimos tan distraídos todos? ¿Y por qué nos da tanto miedo saber?

—No, Verónica. No es malo.

—¿Entonces?

—Es que, cuando te responda y me oiga hablar, ya no habrá marcha atrás. Y tengo miedo.

Durante unos segundos no decimos nada. El abuelo y tía Martina conversan en los escalones y el silencio es ahora liviano, casi móvil.

Verónica llega hasta mí y vuelve a tomarme del brazo. Ante nosotros, la descomunal fachada de la casa grande se levanta contra el cielo, con sus torres, sus ventanas y sus sombras, enmarcada por la oscuridad de lo que ahora ya es noche.

—Entonces tendré que pensar bien la pregunta —me susurra al oído, tirando de mí hacia delante.

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Ytú, ¿cómo estás, pequeña?

Pequeña. Cuando papá me llama «pequeña» me reduzco entera y me pasan cosas que me pasan desde que éramos uno, él y yo, mi peso sobre sus rodillas, él contándome historias que yo no entendía. Daba igual. Sentía los huesos de sus piernas bajo las mías y su brazo alrededor de la cintura mientras su voz me envolvía como el papel de celofán. Entonces todo estaba bien.

Preguntas. Papá pregunta y sé que lo hace de corazón, aunque sé también que entre nosotros las respuestas deben medirse porque no hemos aprendido todavía a gestionarlas del todo. Hubo un tiempo que sí, que las preguntas tenían respuesta, que la risa era limpia y que todo respondía a un orden sano. Pero eso fue antes del accidente. Todo fue antes del accidente y también después, como las dos caras de una moneda lanzada al aire que no termina de caer nunca y que cuando por fin cae, cae de canto. El cielo y el mar. Arriba y abajo. Una vida en positivo y la otra en negativo. Fernando y yo. Verónica y Lucas. Papá y mamá.

No, desde hace tiempo no sabemos gestionar las respuestas entre nosotros. Las de verdad, no.

—¿La verdad?

Sonríe.

—Claro.

Estoy cansada, ésa es una verdad. Cansada de estos últimos años cuidando de mamá en el caserón, las dos solas, un mano a mano con sus silencios, su decrepitud y sus intervalos de rabia acumulada. Cansada de Marianne, que llegó para ayudarme con la casa y con la cocina y que poco a

poco se ha ido haciendo un hueco donde no estaba invitada, ocupando demasiado espacio. Estoy cansada, sí. Y además me duele la muñeca. Me preocupa que no esté bien soldada porque a pesar de las semanas que han pasado ya, se me sigue hinchando la mano como la manopla rasposa con la que lavaba a mamá.

Ésa es una verdad. También hay otras.

—Estoy bien.

Arquea una ceja.

—Mentirosa.

Nos miramos. Si sonrío, me emocionaré y si me emociono no podré contener las lágrimas. Estoy demasiado blanda.

—Y cansada. Llevo dos días sin dormir, de acá para allá haciendo trámites, el hospital, la funeraria… ya sabes, la intendencia. —No dice nada pero sigue con su brazo alrededor de mi espalda—. Y triste. También estoy triste. Voy a echar de menos a mamá.

Se vuelve a mirarme y me sonríe. No es la sonrisa del artista. No la que Rodolfo Hoffman lleva regalando a su público desde que tengo memoria.

Es la del padre. Hacía tiempo que no se la veía y me pilla con la guardia baja.

—Eso habla muy bien de ti.

No sé qué decir. Él sí. Baja la voz y también la mirada.

—Tu madre no era una mujer fácil.

Es verdad, mamá no era una mujer fácil, pero su vida tampoco lo fue.

Sobre todo desde que se quedó sin Fernando y su mundo perfecto de madre perfecta se le volvió del revés.

—Eso decía ella de ti.

Papá suelta una carcajada abierta que alborota la quietud del jardín. Risa de niño sano. Contagiosa.

—Chica lista tu madre.

—No, papá. Puede que mamá fuera muchas cosas, pero lista, lo que se dice lista no era —replico, no de muy buena gana—. Para qué nos vamos a engañar.

—No digas eso.

Me sorprende su respuesta, pero no se lo digo. No hace falta.

—¿Sorprendida?

—Qué más da.

—A mí sí.

—No me gusta que la defiendas, papá. No te toca.

—¿Por qué?

—Porque no creo que ella lo hubiera hecho contigo de haber estado en tu lugar. De hecho, nunca lo hizo.

No. Mamá nunca habló bien de papá. Al principio lo nombraba a menudo, pero nunca directamente. «Tu padre», decía sin mirarme. Y lo decía contra mí porque no había nadie más, como si yo fuera la culpable de que papá hubiera hecho lo que hizo. Con el tiempo su discurso cambió, el tono no, y un día decidió que ya no más, que aquel «tu padre» ya no le servía. Entonces hiló más fino y papá pasó de ser un vínculo heredado por mi culpa a un opaco «ese hombre». «Así que vas a ver a ese hombre», suspiraba con una mueca de resignación mientras me veía preparar la breve escapada anual que me habría de llevar al encuentro con él en la clínica.

«Ese hombre no nos merece. No nos mereció nunca», remataba entre dientes.

Llegó un momento en que dejó de mencionarle. Apagó el recuerdo de papá y lo enterró en algún desván de su memoria como lo había hecho con tantas otras cosas. Se lo arrancó y vivió sin él. Hasta su muerte.

—No la culpo —murmura papá a mi lado. Su figura blanca atrapa los

rescoldos de luz que el día ha dejado en el cielo. No le veo la cara—. Ya es tarde para eso, hija.

Ya es tarde, dice, y aunque sé que lo dice por él, su mensaje resuena en mí y en mi cabeza. Hace mucho que también yo lo pienso. Tantos años aquí, enganchada a mamá como un matojo de hiedra a un árbol lleno de espinos. Tanto tiempo esperando un cambio en ella que me abriera una puerta a lo que había dejado ahí fuera, pendiente de su dolor, de que un día se levantara con ganas de algo que no fuera la rabia contra la vida, el mal humor, el mal perder. «Veinte años esperando es tarde», se me ocurre de pronto.

—¿Qué piensas? —pregunta desde las sombras.

Pienso que han sido tantos años viviendo con mamá, pendiente de su infelicidad, que ahora que no está, no sé cómo inventarme lo que me queda por vivir. Que ni siquiera puedo echarla de menos, porque en cuanto lo haga, estaré sola y tendré que empezar de cero.

—Que tengo sesenta años, papá. Y que sí, que es tarde para muchas cosas.

Le oigo respirar por la nariz. Cruje el algodón de su chaqueta y cruje también el cielo a lo lejos, abriéndose en un trueno suave como un murmullo.

—Esta noche habrá tormenta —dice.

—Eso parece.

Justo entonces se encienden los dos enormes faroles que cuelgan sobre la puerta de la entrada, sensibles a la oscuridad y a nuestra presencia. A pocos pasos delante de mí, papá me mira con una mueca de dolor que la luz de los faroles descubre a traición. Está ligeramente encogido y se apoya la mano en el costado izquierdo. Al verse así, descubierto, intenta una sonrisa que le

sale torcida. Su gesto me remonta durante un instante al cementerio y lo entiendo repetido.

—¿Estás bien?

Yergue la espalda y arruga el morro.

—No es nada. Estos malditos divertículos que últimamente no paran de… —Una nueva mueca—. De fastidiar.

—Pero, papá, ¿por qué no habías dicho nada? ¿Cuánto hace que estás así?

No le gusta. No le gusta verme alarmada.

—Así, así… ¿así cómo? Unos divertículos de nada, hija. Cosas de viejos.

A mi edad, es lo menos que uno puede tener.

No sé qué decir. Él sigue frotándose el costado.

—¿Quieres que llamemos a un médico?

Me mira como si acabara de oír desafinar a la chica del coro.

—Tú estás loca.

—Papá…

—No-es-na-da —masculla con un empeño y un terror a los médicos que conozco bien y que comparto—. A veces, cuando se me va la mano en las comidas, se me inflaman. Sólo tengo que cuidarme un poco. Comer mucha fruta, beber mucha agua… esas tonterías que te dicen siempre los médicos cuando no saben qué hacer contigo, que es siempre.

—¿Estás seguro?

—Claro. Lo único que necesito es tumbarme en una buena cama. Y

dormir, sobre todo dormir. Ya sabes lo mal que llevo lo del jet lag.

Vuelve a sonreír y me regala un guiño tranquilizador. Decido creerle. De pronto caigo en la cuenta de que tengo un padre con ochenta y cinco años que se mueve por el mundo como un veinteañero, con una energía que nadie se explica. Él inspira hondo y saca el aire como un viejo corredor de

fondo. Luego se lleva las manos al pecho y se da unas palmaditas con cara de hombre nuevo. Detrás de nosotros, junto a la fuente, Verónica y Lucas caminan abrazados. No veo a mi sobrina, hundida como está en el abrazo de su hermano. Hace veintidós años, la escena y el escenario eran los mismos.

Estábamos aquí, de pie sobre estos escalones de piedra gastada, y ellos dos formaban un bloque de dolor sólido, vallado. Verónica sin derramar una sola lágrima. Él más líquido, menos corpóreo. Tan niños los dos entre tanto adulto.

Repentinamente, en el silencio de la noche, algo rebota desde dentro contra la doble puerta de madera y cristal de la casa, devolviéndome al aquí más inmediato. Papá clava los ojos en la puerta, se lleva la mano al pecho y da un paso atrás. El ruido cesa durante unos segundos y él sigue sin apartar la mirada de la entrada, expectante, hasta que llegan nuevos golpecitos, acompañados ahora de rascadas y gruñidos contra la madera. Papá no parpadea. Se lleva ahora la mano al costado con un gesto automático mientras, a nuestra espalda, se abre paso un nuevo trueno, está vez más cercano.

—Hija —susurra, sin mirarme. Desde donde estoy, le veo blanco como su traje, aunque podría ser el efecto de la luz del farol sobre su piel. Me muerdo el labio para que no me vea reír.

—Son las niñas, papá.

La explicación no le ayuda. Ahora sí me mira. Traga saliva y busca apoyo en la columna que tiene tras él mientras intenta dar un sentido a lo que le digo.

—¿Las niñas? —Tiene miedo. Papá tiene miedo y a la luz del farol se me dibuja de pronto como un viejo aterrado, perdido entre el tráfico de una ciudad que no reconoce y cuyas calles no recuerda haber recorrido. Respira mal, trabajando el aire.

—Las niñas, papá. Mis niñas —me apresuro a recordarle mientras subo los dos escalones que me separan del descansillo y abro la doble puerta de par en par, empujándola con fuerza. Fauna, Flora y Primavera salen disparadas al descansillo como tres pequeños genios liberados de una lámpara demasiado pequeña y me rodean al instante, poniéndose en pie y saltando una sobre la otra, reclamando mis brazos y mis caricias. Me agacho y dejo que me mordisqueen y que me hagan suya durante unos segundos. Siempre es así.

Contra la columna, papá vuelve a ser él. Ni rastro del anciano aterrado y mudo que he visto aparecer hace unos segundos bajo el farol. Casi sonríe, sobrado.

—Vaya, vaya… así que éstas son las famosas Fauna y compañía —

empieza, con un brillo repentino en los ojos que conozco bien.

—Sí.

No se acerca. Nos observa a las cuatro desde su distancia al tiempo que una ceja empieza a arquearse sobre las arrugas de su frente.

—Ajá.

Ahora Fauna se ha tumbado boca arriba. Le gusta que le rasquen las ingles. Flora ha empezado a lamerle el hocico mientras Primavera baja los escalones, se escurre entre los macizos de hortensias y se agacha a hacer pipí en el césped.

—¿Y dices que esto es una raza?

—Sí, papá. Son Bulldogs franceses.

—¿Franceses? —pregunta con una exagerada mueca de asco—. Ya.

Sonrío. Ahora es Flora la que quiere que la rasque. Ella detrás de la oreja.

—¿Y viven dentro?

—Claro.

—¿Siempre?

—Sí

—Ajá.

No decimos nada durante unos segundos. Lucas y Verónica hablan junto al estanque, pero su conversación apenas nos alcanza. Las tres perras jadean, excitadas, aunque ya más tranquilas. Fauna sigue boca arriba a mis pies con la lengua fuera. Flora se deja rascar.

—Hija.

Al levantar la mirada, me encuentro con papá apostado contra la columna, la espalda tiesa y los ojos fijos en Primavera, que se ha sentado delante de él y lo mira desde su pequeñez con la cabeza inclinada. Papá ni siquiera pestañea.

—Por casualidad no será este el gremlin psicópata que escupía veneno,

¿no?

Me río. Él no. Si se viera, se reiría conmigo. Lo haremos juntos algún día, cuando esta noche sea un recuerdo compartido. Seguro.

—No te hará nada, papá. Las tres son muy cariñosas. Sólo quiere que le digas algo.

Sigue sin apartar la mirada de Primavera, que no se mueve y que le estudia desde el suelo con sus ojos saltones y las orejas a media asta.

—¿Algo?

—Sí.

—¿Agradable?

—A ser posible.

Se lleva la mano a la barbilla y se agacha un poco, entrecerrando los ojos con un gesto que no es nuevo para ninguno de los dos.

—Tendré que mentir.

Y yo tengo que contener la risa y no sé si podré seguir haciéndolo mucho más. Papá sigue agachándose sobre Primavera al tiempo que tiende con

cuidado la mano hasta posarla sobre su cabeza, apenas rozándola. Luego parece acariciarla con un gesto mecánico, mientras le dice:

—Debe usted de tener una gran belleza interior, señorita.

Y entonces Primavera, la más tímida y arisca de las tres, la que come aparte, la que duerme aparte, cierra los ojos y levanta la pata, dejándola suspendida en el aire como a punto de llamar a una puerta que nadie vemos mientras papá se incorpora y, apoyándose de nuevo en la columna, entrelaza las manos. Un instante después, Primavera se levanta, se vuelve a mirarme y se acerca despacio, muy despacio a él, dibujando a su alrededor un círculo completo con sus pasitos cortos y ligeros hasta plantarse junto a sus pies.

Luego alza la mirada, se tumba y apoya la cabeza en el zapato de papá con un suspiro ronco.

Papá la mira, desconcertado.

—¿Qué hace?

A sus pies, Primavera suelta un pequeño suspiro.

—Ahora eres suyo.

Papá suelta una risilla y menea la cabeza.

—¿Por qué será que a mí siempre me toca bailar con la más fea?

Nos reímos: él y yo, Rodolfo y Martina, y entre nosotros se cruzan ahora preguntas, recuerdos y fragmentos del pasado, toda la historia que nos hace comunes y que conforma las dos vidas que hemos compartido hasta hoy: la que vivimos aquí juntos hasta que la muerte de Fernando y Emma nos dislocó a todos contra nuestra suerte y la otra, la que llegó a partir de entonces, seccionando el casco del barco en el que habíamos navegado hasta entonces y separándonos en balsas distintas, cada uno hacia su orilla, nada acostumbrados a sentir el agua tan cerca, a remar con las manos sobre la profundidad.

Han pasado muchas cosas desde entonces, y veo en los ojos brillantes de

papá que ninguna me ha pasado a mí, que llevo años sintiendo pasar la vida a mi alrededor, arropada por la fidelidad huérfana de mis sobrinos y por la cadena corta con la que me he dejado atar a mamá. Han sido tantos años sola en esta casa con ella que de pronto, al ver a papá aquí, apoyado en la columna de madera con Primavera a los pies, entiendo que esto es real, que han pasado veinte años desde que se fue y que ha vuelto a casa, que ésta es su casa. Y me cuesta respirar porque entiendo que, después de todo, lo único que sé hacer es tragar una y otra vez para no soltar amarras y volver a quererle cerca, en casa, para no tener que seguir echándole de menos, gastando más años de añoranza.

Papá me mira y quiero decirle que tenerle aquí, tan cerca, me hace daño porque sé que volverá a marcharse dentro de unas horas, dejándome atrás con lo que es mío, que es nada. Y quiero decirle también que se vaya ahora, que no lo alargue, que así no. No, así no.

—¿Por qué has venido, papá?

Me sorprende mi voz y lo que descubro en ella. No es rabia y tampoco es reproche. Es una pregunta automática lanzada al aire con la que cubro la que no me atrevo a hacerle porque me da miedo oír lo que ya sé. Pregunto

«Por qué has venido» y silencio un «por qué no te quedas» que no procede porque, como para muchas otras cosas, ya es tarde. Se nos ha hecho tarde.

Me sonríe desde la columna. Con la boca, con los ojos no.

—Quería conocer a tus niñas antes de que los divertículos las dejen sin abuelo.

No funciona. Su respuesta no funciona. Más abajo, en tierra firme, Lucas y Verónica vienen ya, ella cobijada en el brazo de su hermano, diciendo nada. Papá vuelve los ojos hacia ellos. Luego despega la espalda de la columna, se agacha despacio, aparta a Primavera de su zapato y se acerca a mí con paso tranquilo.

—Porque tenía miedo de que se me hiciera tarde —dice.

Entonces la noche se cierra sobre nosotros y siento el brazo huesudo de papá rodeándome la cintura y tirar de mí hacia él. Y entiendo que hace demasiados años que nadie me abraza.

Me hace bien. Su calor me hace bien.

Y su mano anciana y huesuda sobre mi cintura me acompaña ahora hacia la puerta, juntos los dos entre la oscuridad de esta noche y la del inmenso vestíbulo de luces apagadas. Él de vuelta a casa y su calor circulándome entera como un largo y cálido brazo de mar.

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