El secreto de los Hoffman

Alejandro Palomas · Capítulo 3 de 7 · parte 1/2

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El secreto de los Hoffman

III Mar Abierto

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

III

MAR ABIERTO

Éste es el sol que yo recordaba. De día la casa es la misma, con las paredes de colores vivos, los suelos de madera y la balaustrada de hierro forjado perdiéndose en lo alto. El Indiano estaba chiflado pero tenía buen gusto, y Constanza también. Hay tantas cosas mías en este pasillo que de repente tengo la sensación de estar de visita en un museo dedicado a mí.

Ésa es probablemente la sensación que tendrán los que en su momento puedan regresar desde el futuro y revisitar lo que fue suyo. Extraña, muy extraña.

Me gusta este olor a casa vieja y los chispazos que suelta la hierba bajo la brisa de la mañana. Y este run run que llega ahora desde el comedor de verano, el tintineo de los cubiertos, las voces amortiguadas de Lucas y Verónica, cada vez más claras, los mensajes más entendibles. Oídos desde aquí, sin verlos, cuesta adivinar quién es quién. No en el timbre ni en el tono, sino en la intención. Lucas y Verónica piensan distinto pero hablan igual, se expresan igual. Son como dos partes de un todo cambiante, a veces con más de uno y a veces con más del otro. Juntos, las respuestas de él son el eco de los procesos de ella, desde ángulos distintos, sí, pero en la misma frecuencia.

—Buenos días, abuelo —saluda Verónica con la taza en la mano. Está sentada frente a su hermano a un extremo de la larga mesa de roble. La cabecera está vacante y la luz entra a raudales por los ventanales. Lucas me sonríe.

—¿Has dormido bien?

Me acerco a la cabecera y me siento.

—Como un bebé —miento, ajustándome el albornoz—. ¿Y Martina?

—En la cocina. Preparándote la fruta.

—Buena chica.

Verónica deja la taza en el plato y se lleva la servilleta a los labios. Retira un poco la silla y apoya las manos en la mesa, a punto de levantarse. Parece haber estado esperando a verme aparecer para retirarse. Apenas una sonrisa disimulada desde mi llegada. Sigue castigándome. No perdona.

—¿Sigue en pie lo de la playa? —le pregunto, colocándome la servilleta en el cuello de la camisa y fingiéndome ajeno a sus ganas de no tenerme cerca.

—Sí —responde Lucas. No tiene buena cara. Debe de haber dormido mal.

—Perfecto. Con un poco de suerte, hasta nos podemos dar un bañito.

Verónica sigue con el cuerpo en tensión, a punto de levantarse.

—¿Un bañito?

—¿Por qué no?

Suelta un suspiro, como siempre que la obligan a dar una explicación que no cree necesaria.

—El agua está helada en esta época del año, abuelo. Deberías saberlo. —

Sus dos últimas palabras suenan mal. Suenan a «si hubieras estado aquí estos últimos años, no lo habrías olvidado», y también a «es lo que pasa cuando uno no cumple. Cuando falla». Entiendo su mensaje porque sus miradas y sus gestos me lo han ido repitiendo continuamente en cada uno de nuestros encuentros: en cada conversación telefónica, en sus cartas y en sus visitas a la clínica. Desde que me marché, Verónica me habla como a un niño que molesta, con rabia, y, aunque hace años que no le conozco otra forma de tratarme, aún me duele porque sigo esperando que cambie.

—Es verdad —admito—. Debería saberlo.

Aprieta las manos sobre la mesa. No le gusta. No le gusta que juegue al

abuelo sumiso porque me ve viejo y débil y eso la hace verse mala.

Un poco mala sí que es a veces nuestra Verónica. Aunque ¿no lo somos todos?

Se hace un silencio incómodo que Lucas rompe pidiendo una tostada a su hermana. Verónica se la da y yo aprovecho para cambiar de tercio e incluir a Lucas en la conversación, a la espera de ver aparecer a Martina con mi ración de fruta.

—Me ha dicho Martina que pronto estrenas coreografía.

Lucas me mira y la luz del comedor queda atrapada en sus inmensos ojos verdes. De pronto tengo que tragar saliva porque en ellos veo los de Fernando y se me acelera el pulso.

—El lunes, sí.

—No paras, ¿eh?

—¿Y qué esperabas? —interviene Verónica, en un intento por intercalar un comentario cómplice que se tuerce sobre el mantel como un reguero de café. Ella se da cuenta y se esfuerza un poco más, probando con una sonrisa tensa que Lucas recibe con un parpadeo—. Es el nieto de su abuelo.

—Los dos sois nietos de vuestro abuelo, pequeña —le digo.

Ella recoge al instante la sonrisa como si hubiera cerrado una sombrilla y se sirve un poco más de café.

—Sí. Para lo bueno y para lo malo.

No digo nada. Lucas tampoco.

—Es lo que tiene la familia —remata, con una mueca de resignación—.

Que no se escoge.

Lucas se lleva la tostada a la boca y Verónica se acerca el café a los labios.

—Y que, a veces, nos toca pagar por sus errores.

Tira de la cuerda. Verónica tira y yo tengo que hacer esfuerzos para no

dejarme arrastrar por ella. No siempre es fácil. Una vez más, decido cambiar de tercio.

—Y, dime, pequeña, ¿cómo está Hans?

Se queda con la taza en alto y me mira con cara de poca fe.

—Bien. ¿Por qué?

Sigue tirando. Tensa esta cuerda que debería unirnos. Tan llena de nudos.

—A ver cuándo le conozco.

Sonríe sin ganas.

—Creo que no te gustaría.

—No digas eso.

—Es verdad.

—¿Por qué lo crees?

Arquea una ceja y parece pensar su respuesta.

—Porque es una buena persona.

Suelto una carcajada no forzada que la pilla por sorpresa. A veces, Verónica dice cosas que yo mismo diría, o que quizá me haya oído decir en situaciones que reconozco parecidas. Me gusta mi nieta, aunque a ella tampoco eso le guste. Durante un instante suelta cuerda y se lo agradezco.

—Seguro que lo es.

—¿Ah, sí? —salta, crispada—. ¿Por qué?

—Porque tú te mereces a un buen hombre, Verónica.

Un nudo. La cuerda se atasca en un nudo. Su mirada también.

—Todas las mujeres se merecen a un buen hombre, abuelo.

Ay. Hemos tocado tierra.

—Eso también deberías saberlo —remacha.

—Lo sé, pequeña. Lo sé.

—Ya. Seguro que la abuela también lo sabía.

Embarrancados. Estamos embarrancados. Los dos. Éstas son aguas poco

profundas y desde hace ya mucho navegamos en ellas demasiado cargados de equipaje. Constanza ha caído sobre la conversación como un trapecista sobre el vacío en un ensayo. Hay red.

—No hay hombres buenos ni malos, Verónica. Es la vida la que nos vuelve así.

Chispea. Le chispean los ojos como dos carbones en agua.

—No me ralles, abuelo —me ladra—. La vida sólo nos hace felices o infelices. Lo de ser buenos o malos lo elige cada uno.

No me gustan estas aguas. Ni el tono de Verónica.

—Me congratula que pienses así, pequeña.

—¿Ah, sí? ¿Por qué?

—Porque te veo mayor. Adulta.

Baja la mirada y clava los ojos en el mantel.

—Lo soy desde hace muchos años, abuelo, por si no lo sabías.

Sé desde cuándo. La fecha exacta. Sé hasta la hora en que Lucas y ella dejaron de ser niños y se tropezaron con lo que ya no tendrían de la infancia. Recuerdo el olor de la noche. El calor de Verónica y de Lucas contra mis piernas y también su silencio. El coche era negro y el chófer se llamaba Samuel. No, Rafael. Recuerdo la matrícula y también la cara de Verónica pegada al cristal trasero, junto a la cabeza de Martina, mientras la distancia abría una trinchera de preguntas sin respuesta que no íbamos a poder cerrar. En mi vida he tenido muchas más noches en las que he soñado con esos ojos que las que he dormido sin verlos en sueños. «Es lo mejor», fue lo último que supe decirles. Y, desde entonces, leo en los ojos de mi pequeña que cree que «lo mejor» no les incluía a ellos, que lo mejor es todo lo que no soy yo.

Es duro vivir así, pero es elegido. Yo elegí callar una verdad porque creí que lo mejor era que todos sufriéramos menos, aunque dejé cosas en el aire,

vacíos que tengo que llenar ahora que quedamos los que quedamos y que Constanza ya no está. Verónica me ataca porque no sabe pedir, eso lo sé desde siempre, y aguanto sus ataques porque conozco el hueco del que se alimentan. No me duelen. Lo que me duele es pensar que quizá pasen los años y ella se quede varada en su rabia contra mí, contra los hombres que eligen no ser buenos y también contra ella misma por no haber sabido decir.

No. Eso no.

—Verónica…

Me mira. En sus ojos hay un hueco para mí. Ella no lo sabe, pero está ahí. La luz que sigue entrando desde el jardín refleja los cubiertos en la pared cuando pregunto lo que yo también quiero saber.

—¿De verdad crees que no soy un hombre bueno?

Entonces la vida, esa que, según mi pequeña, nos hace felices o infelices y no buenos ni malos, echa los dados sobre la mesa del desayuno, y los dados ruedan entre los platos y las tazas en diagonal hacia el borde. Y en la tensa espera que nos ampara, una voz conocida rompe el juego desde la cocina, malbaratando el momento con un NO que empuja los dados al vacío, estampándolos contra la tarima del suelo.

—¡No! —chilla la voz tensa de Martina desde el otro lado de la puerta que lleva a la cocina. No nos movemos. Una gaviota se bambolea contra el sol, dibujando su sombra inmensa y móvil en los cristales del ventanal, y a mi lado Lucas inclina la cabeza, a la escucha—. ¡No, Marianne! ¡Hoy no!

Dejo la servilleta encima del plato y me levanto. Verónica sigue con la mirada perdida en el suelo, quizá buscando los dados que yo intento no pisar. Abro la puerta del pasillo y acelero el paso hacia la cocina.

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Hoy no, Marianne. Habíamos quedado el lunes. El-lu-nes.

Marianne me mira desde la nevera con una sonrisa que conozco bien y que no me gusta. Hace más de un cuarto de hora que intento hacerle entender que hoy es domingo y que no la esperaba hasta mañana a mediodía. Ella abre los ojos como si estuviera viendo a un demonio y se coloca bien las gafas.

—Lunesh, shi —repite por enésima vez.

—Hoy es domingo, no lunes.

—Shi, shi. Dominga.

Dios mío.

Me siento a la mesa de la cocina e intento recobrar la poca calma que me queda después de haberla visto entrar a la cocina por la puerta de atrás como si llegara a su casa de la compra. Venía cargada de cosas que no necesito ni uso y con las que me persigue desde que empezó a trabajar aquí: un líquido espeso y amarillento que huele a vómito y que, según ella, lo limpia todo y que ni la bruta de Matilde sabe de dónde ha salido; los malditos folletos que quiere hacerme leer como sea y un montón de botes de especias que les echa a todos los platos y que yo no soporto. Estoy tan cansada de bregar con esta mujer que no puedo más, aunque al verla así, apoyada en el mármol de la cocina con su sonrisa salpicada de fundas de oro y esas gafas de cristales gruesos, otra vez puede más la pena que me inspira y también el miedo a sus cambios repentinos de humor. Respiro hondo. Hoy no es día para Marianne y esto no va a ser fácil.

—No puedes quedarte, Marianne. Hoy no.

—Shi, shi. Quedarme. Gushta mumusho.

—No. Ya te dije que están mis sobrinos en casa. Y mi padre. Y queremos estar solos.

Se seca las manos en la falda descolorida que le tapa las piernas hasta las canillas. Debajo lleva unas medias que se le caen y una especie de híbridos entre zuecos y manoletinas de color rosa. De repente estira el cuello.

—¿Padre? ¿Sheñor?

—Sí, Marianne. El señor.

—¿El sheñor bicho demoño dice sheñora Conshtancha?

—El mismo.

—Agh —sacude la cabeza con cara de asco, abre el cajón de los cubiertos y saca un cuchillo—. No gushta demoño.

—No te preocupes, mañana se irá.

—Mañana lunesh, shi, shi.

—Sí, mañana es lunes. Pero hoy es domingo y no puedes estar aquí, así que será mejor que vuelvas a casa de Matilde.

Vuelve a abrir los ojos como platos y suelta un rugido.

—Aghrrrrr. Matilde esh malamujr. No gushta.

—¿Ah, no? ¿Por qué?

—No gushta que yo habla por teléfono con mi madre. Mi madre enferma.

—Ya, Marianne. Pero es que llamar a casa de tu madre es muy caro.

Deberías entenderlo.

—Shi, shi. Yo te digo tú compra tarjeta para teléfono pero tú compra tarjeta mala. Mira, mira. —Abre el bolsito de tela que lleva cruzado sobre el pecho y saca dos tarjetas telefónicas. Coge una y empieza a leer: Perú, Chili, Culombia… ¡Mal! ¡No funcionas! ¡Compra mal! ¡Mala, mala, no gushtas! ¡No madre con teléfono tarjeta! —grita, agitando las tarjetas en el aire.

—Te he explicado mil veces que esas tarjetas sirven para cualquier país,

Marianne. Sólo tienes que llamar al número que está escrito detrás y marcar el código. Es muy fácil.

Está encendida y cuando se enciende es difícil apagarla, pero hoy no tengo tiempo ni fuerzas para intentar calmarla con instrucciones cien veces repetidas que sin duda tardarán un buen rato en hacerla entrar en razón. En el comedor, papá espera su desayuno y tengo que darme prisa si quiero evitar un encuentro que no me apetece. Demasiadas explicaciones.

—Está bien, está bien. Tranquila.

Se queda con las tarjetas en alto como un guardia de tráfico con una multa en la mano.

—Haremos una cosa.

Su cabeza cuadrada se inclina a un lado, casi topándose con uno de los armarios de la cocina.

—¿Cosha buena?

—Sí.

—Gushta.

—Te daré veinte euros para que vuelvas a casa de Matilde. En cuanto te marches, la llamaré para que te acompañe a comprar una tarjeta que te sirva. Y le diré también que te deje pasar una noche en el hostal, pero sin trabajar.

Me mira, pero no dice nada.

—¿Me entiendes, Marianne?

—Shi. No entiendesh.

—Mira: te doy veinte euros y pasas un día de vacaciones en el hostal con una tarjeta de veinte euros para poder llamar a tu familia. Pero no vengas hasta mañana.

—Ahhh. ¿Vacashones?

—Eso es.

—¿Chili, Colombia, Perú no?

Tengo que respirar hondo para no abrir la puerta que da al jardín, echar a correr y no parar hasta llegar al mar y ahogarme dentro.

—No, Marianne. Vacaciones en el hostal. Y una tarjeta buena.

—Buena, shi. Muy buena. Gushta buena.

Cojo el bolso que tengo colgado en el respaldo de la silla, saco el monedero y le doy un billete de veinte euros.

—Toma. Para la tarjeta.

Se acerca despacio y coge el billete. Luego me sonríe, iluminándolo todo desde el reflejo de sus dientes enfundados en oro.

—Ahora vete. Llamaré a Matilde.

Se echa hacia atrás con un bufido como si hubiera oído nombrar al demonio.

—No gushta Matilde. Mala mala. Limpia todo Marianne no deshcansha nunca.

—No te preocupes. Hablaré con ella. Hoy descansarás. Como una señora.

Tensa la espalda.

—¿Sheñora? ¿Sheñora Conshtansha muerta en hoshtal?

—No, Marianne. La señora Constanza ya está enterrada. Tú en el hostal.

Vacaciones.

—Ahhhhh. Entiende. Descansha domingo. Lunesh viene.

Por fin.

—Eso es. Muy bien.

—Y martesh Chili, Columbia, Marianne trabaja.

—Sí, hija. Eso mismo. En Chile, en Colombia… donde tú quieras. Pero ahora tienes que irte, ¿vale?

—Gushta, sí.

—Y, mañana, cuando vengas, tenemos que hablar.

—Shi, shi. Lunes hablar con tarjeta buena.

Se pone el chaquetón amarillo que lleva desde el primer día que llegó y sale por la puerta trasera que da al jardín. Cuando coge el sendero de grava que rodea la casa de los guardas y que baja hasta el camino del pueblo, se detiene en seco y se vuelve.

—¿No vuelvo eshte noche para cena con sheñor demoño?

Trago saliva y respiro hondo, pero no puedo contener un grito de exasperación que llevo demasiados días reprimiendo.

—¡No, Marianne! ¡Hoy no!

Desde donde está, la veo saludar mi pérdida de paciencia con un pequeño respingo. Luego se lleva la mano a las gafas, se las ajusta, da media vuelta y se pierde entre los macizos de hortensias, caminando a saltitos como un enano de cuento.

Entonces cierro los ojos y respiro, dándome unos segundos de descanso y de silencio, mientras busco un paréntesis de paz en el que poder abandonarme antes de coger el bol de fruta que le he preparado a papá y llevárselo al comedor. Me arrellano en esta luz de primavera como un gato, a salvo de Marianne y de lo que llevo posponiendo con ella por temor a herirla. Un respiro. Unas horas más. Y este silencio pausado en la cocina que es mi tiempo, el que me dedico a mí a diario para no perderme. Me hace bien.

—Vaya, vaya. Así que veinte euros y unas vacaciones. Menuda bicoca.

El silencio se quiebra como un jarrón caro contra el suelo y el susto me acogota la voz. A mi espalda, papá me mira desde la puerta que da al pasillo, apoyado contra el marco con su batín de terciopelo inmaculado y una sonrisa de doble fondo.

—Papá, ¿qué haces ahí?

Arquea una ceja.

—Ver. Te. A ti. Verte.

—Ahora mismo iba a llevarte la fruta. —No dice nada y tampoco se mueve de la puerta—. ¿Cómo estás? ¿Has pasado buena noche?

—Estoy en plena forma —dice, dándose unas palmaditas en el pecho—.

Y también es-tu-pe-fac-to.

Me levanto y me acerco a la encimera donde está el bol. Lo cojo y voy hacia la puerta.

—¿Vamos?

No se mueve.

—Shi shi —responde, abriendo los ojos y ladeando la cabeza en una imitación casi perfecta de lo que acaba de ver—. No gushta fruta oshidada

—añade, señalando al bol con el mentón. Tiene razón. Los trozos de pera y de manzana están cubiertos de una capa de óxido amarillo que yo no había visto. Vuelvo a la encimera y vacío el bol en el cubo de la basura mientras él se sienta a la mesa.

—¿Por qué no me habías dicho que Marianne era la madre de las gremlins?

Bajo la cabeza e intento no sonreír, pero en cuanto imagino el impacto que debe de haber sufrido papá al ver la extraña figura de Marianne, con su falda tiesa, las medias medio bajadas y esa cabezota desproporcionada sobre el cuello de alfiler, no puedo reprimir una carcajada que espero que él no haya visto.

—No digas eso, papá.

—Perdona. Es que mientras os miraba, no sabía si lo que tenía delante era la prima rumana de Olivia o la novia de ET.

—No es rumana, papá.

—¿Ah, no?

—No.

—Eso me tranquiliza.

—Es marroquí.

Parpadea y se lleva la mano al cuello mientras empiezo a trocear una nueva manzana.

—¿Es peligrosa?

Ay. Cuánto cuesta tomarse en serio a este hombre cuando empieza así.

—No.

—Pues a mí me lo ha parecido.

Prefiero no decir nada y seguir troceando. A mi espalda, él se entretiene con un par de folletos que Marianne ha dejado olvidados sobre la mesa.

Papá los estudia con atención.

—¿Y esto qué es?

Me vuelvo a mirar. Reconozco los folletos.

—Son de Marianne.

—¿El reino de Dios? —pregunta, leyendo uno de los títulos del primer panfleto. Empiezo ahora con la pera Conference.

—Es testigo de Jehová.

—¿La novia mora de ET es testigo de Jehová?

—Se llama Marianne, papá, haz el favor.

—Se llama Chiflada Pérez, hija.

Ahora un plátano de Canarias. A papá no le gustan las bananas.

—Me pregunto de dónde habrá sacado todo ese oro que lleva en los dientes.

El plátano ya está. Falta el zumo de pomelo amarillo y una cucharada sopera de levadura de cerveza. O no. Mejor de polen.

—Y me pregunto también qué es lo que está pasando aquí, contigo. ¿Tú crees que es normal tener que pagarle a una chacha para que te dé el día libre? Pero hija, ¿en qué mundo vives, si se puede saber?

Ya está. Enjuago el exprimidor en el grifo y lo dejo en el escurreplatos.

Luego saco una cuchara limpia del cajón y me vuelvo a mirarle.

—No pasa nada, papá. Es sólo que no quería tenerla hoy aquí y con ella no es fácil entenderse.

—Y que te da pena.

Me siento a su lado. Él hunde la cuchara en el bol y se la lleva a la boca.

—Y que, con tanta pena, le has ido dando cuerda y se te ha ido de las manos y ahora no sabes cómo quitártela de encima.

—Ay, papá, no empieces.

—Y que no deberías permitir que nadie te hablara como le he visto hacerlo a Chichi. Tendrías que haberla largado.

Chichi. Tenía que llegar el mote, claro. También una excusa que no me gusta oírme utilizar.

—Estaba esperando a que pasaran estos días. A que todo se calmara un poco.

—Mentirosa.

—Es que no tiene a donde ir, papá. Ésa es la verdad. Tiene a su madre enferma en Marrakech y está sola, y además…

—Y además se ha encontrado con un alma cándida que no sabe decir que no y que vive el sufrimiento de los demás como si fuera el suyo propio.

Como si tú tuvieras la culpa de todo lo que pasa a tu alrededor.

—Ya lo sé, papá.

—Pues no se nota —masculla con la boca llena, dejando a un lado el bol con un mal gesto.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta?

Sigue masticando durante unos segundos hasta que por fin traga.

—No, no me gusta. No me gusta verte así, Tina. No me gusta que sigas

sin saber poner límites porque te da miedo enfrentarte a la gente. Ni que creas que defender lo tuyo te hace mala persona.

Tiene razón y los dos lo sabemos, pero me gustaría que no siguiera por ahí. Estoy cansada.

—Tienes sesenta años, pequeña, y todavía no has aprendido a decir que no a lo que no te hace bien. Y eso es muy triste.

Desde donde estoy veo a Verónica pasar por delante de la puerta acristalada que da al jardín. Camina cabizbaja, distraída.

—Como te pasó con Constanza, hija.

Durante un segundo, Verónica se detiene junto a un macizo de hortensias y se concentra en algo que desde aquí no alcanzo a ver.

—Te equivocaste quedándote, Tina.

Verónica desaparece de la puerta seguida de su sombra sobre el césped.

—Por ti. Te equivocaste por ti —dice, dolido—. Tendrías que haberme hecho caso.

Durante todos estos años, ésa ha sido siempre la piedra en la que papá y yo solemos encallar cuando hablamos de nosotros. Al principio él insistía en que contratara a alguien para que se quedara con mamá. Insistía también en correr con los gastos. «Una persona, dos. Las que necesite, hija», empujaba desde la distancia, la física y la real. Y yo mentía, encajada contra el encierro silencioso de mamá y la mirada triste con la que lo barría todo cuando salía de él y se compartía conmigo. Mentía sí: «No te preocupes, papá. En cuanto mamá esté un poco mejor, en cuanto empiece a superarlo, traeré a alguien y volveré a lo mío. Aún no. Es demasiado pronto. Hay que darle tiempo». Y tiempo es lo que le di entonces y lo que fue cogiendo ella, dejándome sin él para desesperación de papá. Tiempo es lo que se me ha ido colando entre los dedos durante más de veinte años hasta ayer, viviendo dedicada a quien no era yo. Esperando primero, resignada después.

—Mamá me necesitaba. No podía dejarla sola. Tú lo sabes.

Es una conversación que hemos tenido muchas veces sin llegar a tenerla así, al descubierto. Papá está dolido conmigo. Con mi debilidad. No le gusta.

—No es verdad. Constanza necesitaba un testigo para su desgracia, no a ti. Tú sólo elegiste dejar que ella y la culpa decidieran por ti. Nada más.

Nada más, dice. Puede ser. Aunque ahora eso ya no importa.

—¿Y tu vida, Tina? ¿Dónde la dejaste? ¿Dónde se te ha quedado desde entonces?

Me duele. Me duele que me hable así. Las cosas no son tan fáciles. Para algunos no.

—Aquí, papá. Mi vida está aquí. Es ésta.

—No es verdad. Esto es lo que quedó cuando renunciaste a vivirla. Tu vida es otra cosa, hija. La vida es otra cosa.

No acusa, papá. No es eso. Me habla como si empezara a no verme.

Como si pensara en alguien que no estuviera aquí en este momento.

—Para ti es muy fácil, papá.

Guarda silencio durante un par de segundos. Cuando vuelve a hablar, su voz me llega envuelta en un tono distinto, más cansado, más rendido.

—No, no lo es. Ni lo fue entonces. Pero hice lo que creí que era lo mejor.

—Ya lo sé.

—Y, a pesar de todo, de tanto tiempo viviendo al margen de lo que es mío, de lo que me tocaba por derecho, no me he arrepentido nunca de haberme marchado. Puedes estar segura.

—Te creo.

—Lo que quizá no llegue a perdonarme nunca es no haber estado y haberme perdido tu vida. Haberme fallado contigo. Contigo y también con Lucas y con Verónica. De haberos perdido.

Pone las manos sobre la mesa y clava los ojos en las baldosas blancas de la pared. Así, envuelto en la luz cruda de la cocina, está viejo. La piel transparente alrededor de los ojos, tapizada de pequeñas venas y arrugas muy finas que normalmente no quedan a la vista. El gesto cansado. Son muchos años de padre.

—Tengo miedo, Tina —dice con una mueca que no alcanzo a descifrar

—. Miedo de que sea demasiado tarde.

No sé qué decir porque él parece no esperar que diga nada. Mira la pared sin verla, con los ojos perdidos en algo que no está aquí y que no comparte conmigo ni con la luz de la cocina. Papá habla con él y me gusta que lo haga porque así se olvida de mí y me da un respiro, pero a la vez entiendo en su frase algo que hasta ahora no había percibido. Es una prisa, unas ganas de decir, de comunicar algo que no sabe cómo sacar. Como un niño que espera a que le pregunten para confesar algo que ha hecho mal. O como alguien que teme no ser perdonado pero que tampoco quiere mentir.

—Hay cosas que tú no sabes, pequeña.

Cosas que no sé, dice. No suena bien. Viniendo de papá, de un hombre como él, siempre tan franco y tan enemigo de los rodeos, es un anuncio extraño. Un aviso, eso es lo que es.

—¿Cosas como qué? ¿Sobre qué?

Vuelve despacio la mirada hacia la ventana y con la uña persigue el rastro de una grieta que el frío y el calor de los años han ido abriendo en la madera de la mesa.

—Sobre mí. —Hinca la uña en la grieta y la deja ahí, como un clavo torcido sobre un tablón—. Sobre tu madre.

Respiro un poco más tranquila. A fin de cuentas, después de todos estos años juntas, no creo que haya muchas cosas que yo no sepa de mamá. Al menos, nada que cambie nada.

—¿Quieres contármelas?

No me mira. Le hablo como se le habla a un niño y él vuelve a pasear el dedo sobre la madera, concentrado en rascar con la uña las migas que se han ido colando en la grieta.

—Contároslas —dice en un murmullo. No le entiendo. Por un instante no estoy segura de haberle oído bien, no entiendo ese plural ni a quién incluye.

Él me saca de dudas—. A los tres.

Despistada. Me despista este hombre de vida viajada que tengo sentado a mi lado y que de pronto se muestra casi tímido, avergonzado. No es así papá. O no lo era. Ya no sé.

—Aunque no sé cómo —suelta en un susurro cargado de aire denso—. Y

tampoco sé lo que vendrá después.

La uña se detiene sobre la mesa y papá se vuelve a mirarme. Hay un niño ahí dentro, ahora lo sé. El niño tiene miedo porque intuye que la verdad no siempre lleva premio. Hay miedo a lo desconocido y miedo también a pedir ayuda, a no saber cómo. No sé qué es lo que tiene que decir ni por qué ha decidido decirlo ahora, pero sí entiendo al ver su mirada que a eso ha venido y que para él es vital hablar. Que lo necesita. Quiero decirle que espere, que iré a buscar a Lucas y a Verónica y los sentaré a la mesa para que su abuelo les cuente lo que ha venido a contar. Que no se preocupe.

Que ahora vuelvo. Que no pasa nada. Pero prefiero que sea él quien pida, quien marque el tiempo.

—Encontrarás la manera, papá —le digo, cubriendo con mi mano la suya

—. Ya lo verás.

Su respuesta es una sonrisa agradecida y una pequeña frase que apenas murmura antes de apoyarse sobre las manos para ponerse de pie.

—Ojalá, pequeña. Ojalá —dice, acariciándome la cara y dirigiéndose con paso cansado hacia la puerta del jardín.

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La brisa de abril apenas sopla y el olor a sal nos llena los pulmones mientras bajamos despacio por el camino que bordea el acantilado hasta la playa. El abuelo y tía Martina van delante, flanqueados por los perros que corretean entre la hierba, persiguiéndose. Lucas camina a mi lado y las gaviotas se mecen perezosas, a veces chillando desde lo alto, a veces no.

—¿Has hablado con el abuelo? —pregunta sin mirarme.

Por un momento no sé a qué se refiere y su voz abre de pronto un vacío que lleno con la pregunta lanzada al aire esta mañana por el abuelo: «¿Crees que soy un hombre bueno?». No he sabido responder entonces y la sigo teniendo encallada entre lo que oigo y lo que hago, buscándole respuesta.

Lucas se vuelve a mirarme.

—La fundación, Verónica. La apuesta —dice con una sonrisa, arrancándome de mí.

Fastidio. Me fastidia que me pidan los deberes cuando no toca y él lo sabe. A mí, la única que siempre los tiene hechos.

—Tranquilo, ¿eh?

Levanta las manos. Sigue la sonrisa.

—Vale, vale. Sólo preguntaba.

—Te dije que lo haría, ¿no? Pues ya está. No me agobies.

Volvemos al silencio, yo a la pregunta del abuelo y Lucas a su mundo tranquilo. Unos metros por delante de nosotros, el abuelo y tía Martina se han parado delante de un arbusto en flor que examinan con atención. Dos de las perras se alejan camino abajo. La tercera se queda junto al abuelo, pegada a su pierna. Enseguida les alcanzamos.

Al vernos llegar, el abuelo baja los ojos hacia Primavera, que levanta la cabeza y se sienta.

—Hija —dice él, hablándole a Martina—. ¿Tú sabías que la gremlin es sonámbula?

Tía Martina aparta los ojos del arbusto.

—¿Cómo que sonámbula?

—Como lo oyes. Mírala. Tiene los ojos abiertos y camina.

—Claro.

—Pero ronca.

Nos reímos. Los tres. Tiene razón el abuelo. Las tres perras carraspean al respirar, como si roncaran. Como si les costara.

El camino se ensancha en este tramo, ahora más plano, y caminamos los cuatro juntos, envueltos en los salpicones de olor crudo que el océano lanza sobre la costa. Andamos despacio, cada uno perdido en lo suyo hasta que de pronto la voz del abuelo nos sorprende desde atrás.

—¿Sabes una cosa, niña?

Es una sorpresa no haberle visto rezagarse a nuestra espalda. También la pregunta. Nos volvemos a mirarle y le encontramos apoyado en una de las estacas redondas unidas entre sí por cuerdas que marcan el camino hasta la playa. Se lleva la mano al costado y se frota bajo las costillas con un movimiento tranquilo.

Niña, dice. En cuanto mis ojos encuentran los suyos, entiendo que esa niña soy yo y que me habla a mí. No digo nada. No me da tiempo.

—Necesito que me respondas —dice. Junto a mí, tía Martina frunce el ceño, descolocada—. A la pregunta.

En fila. Lucas, Martina y yo en fila delante del abuelo como tres niños castigados de cara a la pared. O como tres soldados ante un reo, armados cada uno con lo suyo.

Sé lo que él me pide, pero no sé lo que yo quiero darle y eso me incomoda. ¿Soy un hombre bueno?, pregunta.

—¿Por qué, abuelo? ¿Para qué?

Él sigue frotándose el costado con un gesto automático.

—Quizá porque estoy viejo.

«Y a mí qué —me oigo pensar—. A mí qué que estés viejo. Como si eso te diera derecho a algo. A preguntar. O a que te den respuestas.»

—Y porque me importa lo que pienses —dice, bajando la mirada durante una décima de segundo que se me hace extrañamente larga. Cuando vuelve a levantar los ojos, nos abarca a los tres con ellos—. Lo que penséis.

Hay un paréntesis de silencio entre sus palabras y nosotros. Es el paréntesis que deja el artista entre él y su público cuando sube al escenario.

Entiendo ahora la distancia, su distancia. Se mueve mejor en ella. Nosotros no.

—¿Sabes lo que creo, abuelo?

Detiene sus ojos en mí.

—No.

A mi lado, Lucas enciende un cigarrillo, inclinándose sobre sí mismo para proteger con el cuerpo la llama del encendedor. Tía Martina no se mueve.

—Creo que te has hecho viejo y quieres morirte tranquilo.

Sonríe, pero mal.

—Puede ser.

—Y que te han fallado los cálculos. —La bocanada de humo de Lucas me envuelve durante un instante, nublando lo que veo. Luego desaparece—.

Te han fallado porque no te ves.

Arruga la frente y estira la espalda contra el apoyo que le da la estaca.

—¿Y tú sí? —pregunta con una voz opaca que no recuerdo haberle oído

hasta ahora. Es una voz que vibra poco, aspirada—. ¿Tú me ves?

Preguntas. Más.

—Sí, abuelo. Hace años, muchos años que te veo. Aunque no hayas estado.

Vuelve los ojos hacia el mar y recorre con ellos el azul. Una ráfaga de brisa le alborota el pelo y una gaviota se ha posado sobre una estaca lejana y nos mira, inmóvil.

—¿Y qué es lo que ves, niña?

Noto la mano huesuda de tía Martina sobre mi hombro y el peso de sus dedos repartiéndose en mi piel como si de pronto la gaviota se hubiera teletransportado hasta aquí desde la estaca. Los dedos se cierran un poco.

Yo no.

—Veo a un hombre que tiene miedo de una respuesta que conoce. Eso es lo que veo.

Me sonríe y esta vez sí reconozco la sonrisa. Es la del Rodolfo acostumbrado a su público. La del que sabe estar. La de «La voz».

—Quizá podrías intentar mirar mejor.

—Y quizá tú podrías haber hecho las cosas de otra manera.

Cambia el peso de una pierna a la otra e inclina un poco la cabeza.

—Seguro que sí. O quizá las cosas no sean como tú crees.

—Ya, claro. Y por eso has venido.

—No —replica con una extraña suavidad—. He venido porque quería veros. A los tres. Juntos.

Salto sobre él. No sé exactamente desde dónde. Sólo que el salto es casi físico, muscular.

—Muy bien. Pues ya nos has visto. Muchas gracias por la visita, abuelo.

Ahora ya puedes volver a tu vida. ¿Contento? ¿Feliz?

Suspira hondo y chasquea la lengua.

—No, niña. Feliz no.

—Pues haberlo pensado antes, coño.

La mano en el costado y una leve mueca de dolor. Dolor que pasa.

—Lo pensé, niña. No sabes tú cuánto.

De pronto el calor que la mano de tía Martina va inculcándome en los huesos se mezcla con un calor distinto que sube desde más abajo, desde el estómago. Es un calor sucio de color y el color, el de la rabia. Así es como me sale la voz: a chorro y encendida en amarillo. Prendida.

—Yo ya sé lo que tenía que saber, abuelo. Hace mucho que lo sé, que lo sabemos todos. Y también sé que tú no deberías estar aquí. Que no nos haces bien.

Él no se mueve ni parpadea. Está tenso y terso como si se hubiera quitado veinte años de encima. Más alto. Preparado.

—Y sé también que un hombre bueno no tiene nada de lo que tú tienes.

Un hombre bueno no deja a su mujer como lo hiciste tú con la abuela, acabada y medio loca de pena después de habernos arrancado a papá por un capricho de estrella egoísta. Eso no es un hombre bueno, abuelo. Eso no es un hombre. ¿Qué quieres? ¿A qué has venido? ¿A pedir perdón? ¿A que los que dejaste aquí, bregando con tu mierda, te digamos que sí, que pobrecito, que puedes morirte en paz porque ya pasó y no pasó nada? Pues no. Pasó, abuelo, y pasó mucho. Todo. Pasó que mi hermano y yo nos quedamos colgados en esta cosa que debería ser la vida porque tú te empeñaste en que papá viajara esa noche a verte triunfar. Pasó que tú sabías que por muy cansado que estuviera, por mucho que no pudiera ser, él no te fallaría porque él no fallaba a nadie. Y que no te importó el riesgo. Que no te importó nada. Sólo tú y tu maldito público. Eso fue lo que pasó.

Me mira despacio el abuelo desde su orilla del camino. Es una mirada sin brillo, hacia dentro, una mirada que no ve lo que soy ahora ni lo que me

rodea. Hay voces en esos ojos, voces que sólo él oye y que circulan sobre nosotros como una bandada de pájaros que no aletean, pájaros llenos de silencios. Y hay también una cuerda tensa y vieja que nos sujeta sobre el vacío del acantilado, él encima, nosotros debajo, colgados tía Martina, Lucas y yo en el aire: tres alpinistas que han perdido pie y que el cabeza de fila arrastra montaña arriba, agotado. Rendido.

Y hay un chasquido que rebota contra los arbustos, llenándolo todo con todo lo que el abuelo no ha dicho nunca hasta ahora. Y ese todo es lo que hay, lo que ha habido siempre oculto entre nosotros, en silencio, al otro lado del océano.

El chasquido es el de la cuerda al romperse.

Es la voz del abuelo. Y una frase de ocho palabras cortada en dos.

—No, niña. Eso no fue lo que pasó.

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Se ha hecho el silencio y el mediodía maniobra entre nosotros, cuajado de mensajes. Detrás de Verónica, de Martina y de Lucas está el vacío que descansa en el azul. Sobre ellos navega alguna gaviota a la deriva que no cuenta. Cuenta su atención. La de los tres. Y cuenta lo que ha sido verdad y no ha dejado de serlo a pesar de los años, la verdad de esa noche negra que se tragó a Fernando y a Emma y que nos partió la vida entre lo que había hasta entonces y lo que hubo después. Y cuenta también lo que recuerdo y recuento en voz alta para mi gente ahora que Constanza no está y poco daño puede hacerle ya lo que yo diga. En alto. Para que me oigan y entiendan que a veces lo mejor no es lo que menos duele. No, no lo es.

La verdad.

La verdad es que hubo una llamada desde París que Fernando contestó, sí, pero no fue mía sino de Constanza. Fuera de sí Constanza, arrebatada contra mí porque una vez más sus fantasmas la quemaban de celos, disparándole el pánico en las venas. Fuera de lo controlable, buscando a ciegas, llamando a ciegas.

Desde el mismo día en que aterrizamos en París, Constanza se atrincheró en guardia perpetua contra Michele, la asistente personal que la dirección del Olimpia me había asignado y en la que ella vio enseguida resumidos todos los peligros y todas las seducciones que solían acompañarla. Los celos llegaron casi al instante y todo se volvió difícil. Difícil preparar la gala, difícil moverme, difícil respirar con esa Constanza de miradas sufridas y suspiros falsamente resignados que lo ensombrecían todo como tantas otras veces en tantas otras ciudades. Difícil convencerla de que lo que Michele hacía en mi suite esa tarde era ayudarme a elegir el vestuario para

mis apariciones en televisión. Era trabajo lo que ella vio y locura lo que la visión activó en sus pocas ganas de entender. Fue tal la escena y tanta la violencia que vimos en Constanza, tantas sus ganas de hacer daño, que Michele huyó en cuanto tuvo ocasión y yo me encerré en un silencio duro y castigador con el que me defendí desde el otro lado de la puerta del baño. Y, mientras yo buscaba un poco de serenidad en la fría palidez de aquel baño de hotel, oía a Constanza al teléfono, llamando una y otra vez, dejando siempre el mismo mensaje, respirando mal, moqueando mal: «Soy su madre. Que me llame en cuanto termine. Es urgente». Ése era el mensaje y esas las palabras. Y los minutos iban pasando en nuestro micromundo de desentendimiento como en dos países con husos horarios distintos. El de ella pidiendo ayuda, lanzando mensajes a quien sabía que la escucharía porque siempre era así. Fer siempre estaba para su madre. Siempre a punto.

Mi país al otro lado de la puerta, cansado de ella y de sus miedos, cansado de tanto.

Hasta que por fin sonó el teléfono de la habitación y la voz de Constanza recuperó el dolor, la rabia y todo lo que imaginaba que yo le ocultaba tras la puerta y lo vertió en el auricular para nuestro hijo entre sollozos, falsos silencios y ganas de ser escuchada. Y entonces la oí pedir.

—Ven, Fernando. Por favor. Ven o no sé lo que soy capaz de hacer. Te lo juro.

Te lo juro. Entendí la respuesta de Fernando en el silencio sordo que siguió y en la calma tensa con la que Constanza depositó el auricular en el teléfono. Luego la oí salir.

Horas más tarde, en mitad de la noche, volvió a sonar el teléfono.

Entonces llegó lo peor. Llegó el horror, la noticia que ningún padre está preparado para oír porque no está calculada en la paternidad, porque es el final de todo. Llegó la muerte, el accidente, y el horror fue esparciéndose

por la habitación como un mar de fango, mojándolo todo desde el teléfono e inundándonos a los dos de espanto. A partir de entonces, en las horas que siguieron, llegaron también en tromba remolinos de palabras e imágenes que jamás hubiéramos imaginado oír en vida: barranco, llamas, cuerpos, cadáveres, reconocer, repatriar, autopsia, funeral, flores.

Flores.

No más flores en el caserón. No más luz. La vida manchada desde esa noche y una grieta abierta entre Constanza y yo que no habría de cerrarse.

Ella enclaustrada en su dolor y yo en el mío. No un dolor común, no un vamos a compartirnos para que duela menos. El entierro de Fernando y de Emma enterró lo que podríamos haber salvado de nosotros dos y la tierra nos cubrió desde arriba, enfrentándonos. Constanza se refugió en un silencio pétreo de madre destrozada mientras todo en ella me acusaba de una desgracia que era mutua y que ella empezó muy pronto a apropiarse, dejándome al margen primero, haciéndome responsable de ella después. Yo me aparté y le dejé espacio, confiándome al tiempo, pero su espacio fue ganando terreno, arrinconándome contra todo lo que iba perdiendo, a merced de su avance de madre rabiosa. Volví a cantar, a viajar. Más galas, más conciertos, más discos. Más, más, más… lejos, fuera, aire. Y me equivoqué. Me equivoqué porque mis ausencias no ayudaron y dejaron un margen demasiado amplio para que ella fabricara poco a poco su verdad. Lo que, durante un tiempo fueron comentarios feos y mal dirigidos en los que me culpaba, a mí y a mis infidelidades, de haberla obligado a hacer esa llamada a Fernando, cubriéndome de todo lo que ella no quería ni podía afrontar, fueron dibujando una verdad nueva y sanadora en la que ella era tan víctima de lo ocurrido como lo habían sido Fernando y Emma. Volvió atrás en el tiempo e inventó una nueva tarde en el hotel, cincelándola a conciencia, reconstruyendo voces, cambiando planos y secuencias,

poniéndome a mí al teléfono para oírme pedirle a Fernando que se reuniera con nosotros en París porque sin él mi debut en el Olimpia estaba cojo, porque no podía fallarme, enredándonos con su imaginación en una complicidad que Fernando y yo nunca tuvimos porque ella nunca la permitió. Fernando era suyo, de nadie más. No de Emma, no de sus hijos, no de la vida. Lo había atado a ella y él había crecido así, hiedra sobre tronco, sombra sobre sombra, aire sin aire.

Dos años. Fueron dos años de culpa a la que yo no supe poner freno porque no tenía fuerzas. Porque si paraba me hundía. Constanza no tardó en reacomodarse en esa nueva verdad y en hacerla extensiva a todo lo que era nuestro, de los dos. Habitaciones separadas, silencios feos, no perdón, no descanso. Hasta que un día, a la vuelta de una gira, le dije que ya no más, que no podía seguir, y que quería separarme de ella. No quiso saber. Me escuchó en silencio hasta que terminé de hablar. Siguió sentada donde estaba y me miró como si me viera por primera vez desde hacía meses.

Luego dijo algo que sonó así:

—Si te vas, lo sabrán.

Sólo eso. Si te vas, lo sabrán. Y en ese «lo sabrán» entendí incluida la nueva verdad, el nuevo culpable, el asesino de Fernando huyendo y dejándolo todo atrás: casa, nietos, hija y esposa deshecha por la desgracia.

Y supe entonces que no había nada que hacer porque ella ya había decidido quedarse con todo y dejarme fuera. Entendí que había compartido ya esa verdad con Martina y con los pequeños y que la había hecho real en mi ausencia, que vivían todos en ella, mirándome desde dentro, situándome fuera. Enajenándome.

—Lejos —dijo entonces—. Vete lejos. Desaparece.

Lejos fue la otra orilla del mismo océano. Lejos fue Buenos Aires, dejando a Constanza recreada en su rencor contra la vida y contra la culpa

para que viviera su personaje a solas, sin testigos de cargo. Lejos fue triunfar a tiempo completo sobre los escenarios del mundo, negado en lo privado y fundido en lo público, volviéndome sólo voz, enterrado el hombre y renacido el artista. Lejos han sido veinte años de silencio y también muchas otras cosas: vivir las vidas de los míos en diferido, esperando la muerte de Constanza para poder llegar a tiempo. Y el miedo. Miedo a morir antes que ella, a la enfermedad, a la invalidez. A desmemoriarme.

A olvidar.

Y a que sea demasiado tarde. A que los míos no me crean. Ni me perdonen.

Hasta aquí.

Tanto tiempo.

Las gaviotas van y vienen sobre la playa, planeando en el silencio que flota sobre lo que he dejado al hablar. Han vuelto los pinchazos en el costado y un dolor más constante que me sube desde el sigma hacia el pulmón, escorándome contra la estaca. Quizá Verónica tenga razón y yo no debería estar aquí. Quizá me he equivocado y estoy demasiado viejo para esto. Ya no tengo edad.

Delante de mí, Verónica me mira con la cabeza apoyada en el brazo de Martina, que tiene los ojos cerrados y la cabeza gacha. A su lado, Lucas clava la mirada en el cielo. Huele a sal y a limpio.

—¿Qué os parece? ¿Seguimos bajando hasta la playa? —me oigo decir desde una voz gastada que apenas reconozco como mía pero que me ayuda a volver a lo real.

Espero. No se mueven. No hablan.

—Aunque puede que ya no sea una buena idea, ¿no?

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