El secreto de los Hoffman

Alejandro Palomas · Capítulo 4 de 7

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El secreto de los Hoffman

IV las Otras Orillas

IV

LAS OTRAS ORILLAS

Así. Ya casi estamos.

Se llama Graciela y tiene buenas manos. Dice que ya me ha maquillado antes, y, aunque no la recuerdo, la creo.

—En Miami —me ha dicho—. En 2001. Una gala para Televisa.

Le sonrío, pero no digo nada. Ella me pasa la brocha y el quitabrillos por la frente y las mejillas y luego me da un pequeño masaje en las sienes y en el cuero cabelludo.

—¿Es en directo? —pregunta desde el espejo, con una sonrisa encantada.

No la entiendo. Debe de ser el cambio horario—. La gala —insiste—.

¿Canta en directo o es playback?

Ah, la gala.

—No, no es en directo.

Si Graciela supiera cuántos somos los que hace años que no cantamos nunca en directo se ahorraría la pregunta.

—Claro.

Claro, dice. No me parece entender en ese «claro» mucha comprensión.

Es más un velado «claro, nadie puede ir por ahí cantando en directo a los ochenta y cinco años». Claro.

Me río y ella sonríe, sin saber de dónde me nace la risa. Me gusta que no me oiga.

En el suelo, a mi derecha, hay una cesta. Dentro duerme uno de esos perruchos enanos y peludos que ladran como demonios y a los que sus dueñas —porque suelen ser dueñas— les encanta hacerles moños en la cocorota. En el espejo, justo sobre la repisa, una foto sin marco, pegada con celo. Es el primer plano de una chica sentada en la terraza de un bar: una

chica joven, sonriente, con una copa de cerveza en la mano. Mira a la cámara y saluda con la copa en alto.

—Es mi hija.

—Muy guapa.

Graciela me sonríe.

—Sí. Era muy guapa.

Era, dice. Entiendo la parquedad de su sonrisa. Prefiero no preguntar, pero ella parece tener ganas de hablar y la regidora todavía no ha venido a buscarme para llevarme al plató.

—Clara, se llamaba Clara.

Automáticamente, el perro levanta la cabeza y suelta un par de ladridos que me pillan por sorpresa. A Graciela no.

—Max era suyo. Cuando Clara murió, me lo quedé. Lo heredé —añade con un gesto entre triste y resignado—. Es increíble lo que son los animales,

¿verdad?

No sé qué decir, pero sí sé que de pronto está empezando a pesarme todo.

No me gusta. No me gusta estar aquí. Hay algo que está mal y estoy demasiado cansado para intentar averiguar qué. Graciela entiende mi silencio como interés.

—Desde que Clara murió, Max duerme siempre en su cama. A los pies.

Yo creo que todavía la espera.

Se oyen pasos al otro lado de la puerta. Los pasos se acercan, se detienen y luego oigo el timbre de un móvil. Alguien responde. Los pasos se alejan.

—Lo curioso es que a veces también yo me voy a dormir a su cama.

Dormimos juntos Max y yo. Esperándola.

Confesiones. Éstos son los momentos que menos me gustan de mi trabajo: las pruebas de vestuario, maquillaje, sonido, iluminación… son paréntesis en los que uno no es ni anónimo ni estrella y parece que todo

valga. Momentos en los que no hay nada que hacer más que hablar de lo que tenemos o de lo que hemos perdido. Paréntesis en que somos como los demás.

—Estoy cansado —me oigo decir. Durante una décima de segundo no estoy seguro de si lo he dicho o de si sólo lo he pensado, pero la expresión que leo en la mirada de Graciela me hace saber que ha habido voz.

—Perdone, no quería molestarle.

Ay. No es lo que dice, son sus ojos. Son unos ojos que se disculpan por tener dolor y haber molestado con él. Siento una pequeña punzada en el pecho.

—No, si no me molesta. No se preocupe.

Baja un poco la cabeza.

—Es que estoy…

Diría que agotado, pero no estaría diciendo toda la verdad. Tendría que explicarme más y no tengo ganas. Diría también que apesadumbrado y sería lo mismo. Diría cosas que hablarían de mí parcialmente, sólo eso.

—Triste. Estoy triste.

Graciela alza la cabeza y me mira. Veo en su mirada un resquicio de algo que me es muy familiar y que no sé identificar. Son los ojos de una mujer que no juzga, de alguien que vive con algo que se le ha encallado en el tiempo y que la hace más entera. No dice nada.

—Y que me he equivocado mucho, Graciela.

Parpadea y se apoya sobre la repisa. Luego coge un pañuelo de papel y lo frota contra la foto.

—Todos nos equivocamos, señor Hoffman —dice, echando el pañuelo a la papelera.

Sí, todos nos equivocamos. Pero eso no nos acerca más. Debería, pero no es así.

—Yo también perdí un hijo.

Sonríe y me mira a través del espejo.

—Lo sé. Se habló mucho de eso.

Sí. Se habló mucho. Y yo tuve que oírlo también cientos de veces en cientos de entrevistas. Tuve que acostumbrarme a oírlo como si fuera una parte más de mi trabajo, como si no me hubiera pasado a mí. Pero me pasó a mí.

—Pero usted tiene más familia —dice.

—Sí.

—Yo no.

No habla con amargura. Simplemente expone lo que es verdad, lo que hay. Lo que no tiene.

—Lo siento.

Ella ladea la cabeza y me pone la mano en el hombro. Y en ese gesto tan sencillo, tan poco pensado, leo de pronto un torrente de cosas que me aplastan contra el sillón de cuero gastado y que, esta vez sí, me roban el aire. Leo que mi «lo siento» no llega al público al que va dedicado, que esto, este estar aquí, en este camerino y en esta ciudad después de quince horas de vuelo, no está bien, no está ordenado. Leo que he leído mal la letra pequeña de estas últimas horas en la otra orilla y que en ésta sólo hay eco, un eco que me devuelve mi voz intacta, que sólo me habla de mí.

Lejos. Por primera vez desde que me fui, estoy y me siento lejos porque no tengo razón para estarlo, sólo la costumbre y la inercia. Me he quedado lejos, he vuelto a ninguna parte. No. Mi «lo siento» no está bien aquí, y yo tampoco. Y me pesa, como me pesan de repente los años y tanto tiempo de lejanía.

—Estoy lejos, Graciela. Hace mucho tiempo.

Antes de que ella pueda decir nada, suena un pequeño timbre que nos

sorprende a los dos. Graciela me mira y tardo un par de segundos en entender que el timbre nace de mí, del bolsillo interior de la chaqueta.

Cuando cojo el móvil del bolsillo y pulso la tecla de «leer mensaje», veo a Graciela ocuparse en ordenar la pequeña repisa donde tiene su caja de potingues y en la que no hay nada que ordenar. El mensaje es de Verónica.

Cuando leo su nombre en «remitente», me da un vuelco el corazón y se me nubla la vista. Mi reacción es la de un abuelo que chochea. Lo veo en la mirada de Graciela cuando le digo:

—Es de Verónica.

Ni siquiera se me ocurre pensar que ella no sabe quién es Verónica. Mi nieta, estoy a punto de añadir. Desde el otro lado.

Quizá lo haya adivinado en mi voz. Por su sonrisa, apostaría a que sí.

Le doy al botón de «leer mensaje» otra vez y de repente aparece la pantalla de inicio con el logo de la maldita compañía telefónica. Trago saliva y noto las palmas sudadas.

—No sé por qué demonios no piensan en los viejos cuando inventan estas porquerías tan complicadas —oigo mascullar a alguien que resulto ser yo mientras intento recuperar el mensaje que no puede haberse esfumado así, sin que lo haya leído. No. No puede haberse ido. Ah, aquí está.

Verónica. ¿Leer mensaje? Sí.

Leo.

Sólo dos palabras.

«Por favor.»

Trago. Inspiro. Expiro. Ensayo la voz. Los graves primero, luego los agudos. La traquea se expande como un tentáculo y los pulmones pulsan e impulsan aire. Trago de nuevo y levanto los ojos.

Graciela me mira desde el espejo, inmóvil ante lo que ve. Lo que ve soy yo con el móvil en la mano y los ojos llenos de cosas que ella no pregunta.

—Es Verónica —vuelvo a decir, pero esta vez la voz no me suena. Es más o menos como la mía, pero no soy yo porque me sale partida en trozos.

«Por favor», dice mi pequeña. Y yo me vuelvo blando en este sillón porque mi nieta me ha escrito desde la otra orilla del mundo para probar, para llamar. Y esto es emoción. Lo sé porque si trago, duele, y porque ahora Graciela se acerca a mí desde el espejo con un pañuelo de papel y empieza a secarme los ojos con tanta suavidad, con tanto cariño, que por un momento intuyo entre el agua que no me deja ver la silueta borrosa de Martina y la siento tan lejos y tan sola como yo.

Entonces contesto a Verónica.

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Suenan los primeros acordes del piano y la electricidad se expande sobre el escenario, levantando el suelo hacia la oscuridad de lo que tengo encima. Siento las respiraciones de los cientos de personas que han venido a verme y las imagino elevándose en el aire cerrado del teatro, mezclándose, quitándose el oxígeno. He pedido sólo una luz. Cenital. Hoy quiero estar solo en la luz, rodeado de negro y de música. Llega la voz.

Llega la voz y desatasco mi postura acurrucada en el suelo, primero un brazo, después el otro, izquierda, derecha, extensión, punta, las manos cerradas. Aleluya, canta Rufus Wainwright sobre el piano, y yo siento las pulsaciones en los gemelos y en el cuello cuando llega el primer giro sobre el talón, difícil girar así, sobre una base tan poco natural, pero el giro es pura física, fuerza y contrafuerza, tirar y recoger, diálogo de musculatura.

Entendimiento.

Aleluya, repite Rufus, casi en un lamento.

La luz me sigue desde arriba en los saltos. A veces, cuando bailo, me siento como un gimnasta en una competición, actuando contra las miradas de los jueces, defendiendo una bandera. Imagino que hay un podio y también una medalla, y que me emociono mientras veo los colores de mi país elevándose despacio contra la pared, siguiendo los acordes de un himno. Así hasta que me doy cuenta de que no, de que no compito, de que no hay país. No hay jueces. No hay medalla. Sólo el público y sus aplausos.

Otras veces creo que bailo como vivo. Siento la música y me muevo sobre ella, activando y desactivando músculos y tendones como se activan y desactivan las funciones de un mecano, estudiando, calculando. Oigo la música, la leo, la entiendo y la muevo. La hago girar.

Pero hoy es distinto. «No es tu música», me ha dicho esta mañana el abuelo antes de desaparecer por el camino y volver a perderse en su orilla.

He querido decirle que nunca lo es, que nunca es mía. Sólo me acompaña, me da la pauta. He querido decirle más cosas, pero no ha habido tiempo y ahora llega más piano, más intensidad. Llegan las series de giros. Lo complicado. Lo que me gusta.

Giro sobre mí y todo da vueltas, el atrás pasa delante y el adelante desaparece: el pasado intercalándose en el presente y el futuro lejos, donde no hay nada. Y, mientras giro, se abre paso entre la oscuridad la voz de tía Martina escribiendo un mensaje que gira conmigo, apagando la música y el Aleluya, distrayéndome en circular.

«Vuelve para empezar, Lucas. Para vivir. Te estaré esperando.»

Ésa es la voz que me envuelve ahora como una serpentina, sacándome de aquí hacia ella, hacia su orilla, enredándoseme entre las piernas y tirando de mí fuera de aquí, hacia lo oscuro.

Tirando.

Y con la música llega también la voz de mamá y su última frase al teléfono antes de que el tráfico y el cansancio de papá se la tragaran en una bola de fuego. Es su voz y esas pocas palabras que han ido girando sobre mí desde entonces. Su voz.

«Cuida de tu hermana hasta nuestra vuelta, cariño.»

Eso es lo único que ahora oigo, nada más. El mensaje de mamá me bombea la sangre a trompicones, dándome equilibrio sobre el escenario. El suelo desaparece, dejando paso a lo que hace apenas un par de días he sabido de los míos, de mi gente, y en esta luz que viene de arriba desfilan cosas que yo no sabía y que a partir de ahora irán siempre conmigo, como la voz de mamá al teléfono y la mejilla rasposa de papá contra la mía. Y su risa, también su risa.

Llegan las verdades. Las de los Hoffman.

La primera es el abuelo y estos últimos veinte años encallado en su orilla, compartiendo con la abuela un secreto que quizá los que le sobrevivamos no sepamos calibrar del todo. Su verdad es la de un hombre entero, una voz magnífica con un corazón arrugado por un golpe de mala suerte que le partió la vida en dos. Su verdad es la que él no sabe: que aunque no hubiera habido secreto, para los que quedamos él es la veleta que nos marca el camino. Nuestro norte.

La segunda es Verónica y sus veintidós años silenciando su secreto sobre lo más real del accidente, callando todo este tiempo para protegerme, dice.

Callando para no oírse decir la verdad y enfrentarse a un dolor que no entiende ni quiere, digo. Su verdad es su fragilidad, y su fragilidad, lo mejor de ella. Ése es su secreto. El que todavía desconoce.

La tercera es tía Martina y sus años a la sombra de la abuela, esperando un milagro y renunciando a su vida para vivir en el error. Equivocada tía Martina por querer mal desde el quererse poco. Su secreto es que desde la muerte de papá se olvidó de sí misma. Se perdió y ahora ya no sabe dónde buscar. Su verdad es que no se ve. Navega a oscuras, creyéndose huérfana.

Cuidando de los demás para no recoger lo que queda de ella e inventarse un futuro sin culpa. Toca crecer, tía. Ésa es la verdad.

La cuarta soy yo, Lucas Hoffman. Tengo treinta años y desde que pisé mi primer escenario guardo un secreto. Sí, yo también. Como los demás. Mi verdad es que no puedo romperme como me pide tía Martina porque me rompí hace tiempo y he aprendido a vivir roto. La verdad es que bailo sobre los escenarios del mundo porque sólo cuando bailo se hace el silencio, y sólo en el silencio, en el mío, giro en el vacío como papá y mamá sobre su barranco. Entonces me voy con ellos a mundos que aquí no tengo, y les siento aquí, conmigo, juntos los tres, en paralelo a todos los demás. Lo que

no saben Verónica ni tía Martina es que tengo una vida que ellas no verán nunca. Es una vida donde sólo hay emoción, pura, completa. Estamos papá, mamá y yo, volando juntos en el vacío, entre la vida y la muerte, encontrándonos a diario, envueltos en música.

Siempre es así. Desde el primer día, desde el primer giro. Hoy, ahora, Rufus sigue cantando sobre el escenario hasta que el Aleluya muere en sus últimos acordes y el silencio es total, tanto que desde el suelo distingo algunos murmullos y toses que se elevan desde las primeras filas, las más cercanas. Distingo también otras cosas: mi respiración contra el suelo, el calor de la luz sobre mí, la placidez de lo bien hecho. Y el abandono.

Respiro tranquilo durante unos instantes y me quedo así, de pie ante el público como si estuviera en el salón blanco de la abuela, de cara a la ventana, esperando. El silencio es tan amplio que podría bailar en él y el tiempo se diluye en los primeros segundos mientras en la oscuridad se abre paso un aplauso tímido, como algo que despierta despacio hasta encontrar el eco de más manos, de más ruido, y el aplauso rompe contra el escenario como el océano contra las piedras de la playa, abarcándome, creando su propia música, como si a mi espalda Verónica acabara de preguntarme:

«¿Quieres que vuelva a poner la canción?». El público aplaude y vuelve a respirar. Yo sonrío, agotado. Y asiento. Sí, Verónica, vuelve a ponerla.

Claro que sí. Cántamela tú y que la cante también el abuelo, dadme compañía para que os sienta aquí conmigo, en esta orilla que es la mía y que es también mi secreto.

Y en mi cabeza suena de nuevo un piano, pero esta vez es la voz del abuelo la que llega desde su orilla, y la mía la que canta con él, con tía Martina y con Verónica, acercándonos los cuatro. «Ojalá tuviera un río helado sobre el que poder huir de aquí patinando», cantamos con el abuelo al piano. Y yo volveré a girar, una y cien veces, porque giro confiado en las

voces de los míos y porque el corazón sabe que está yendo a un lugar donde alguien le espera, donde alguien quiere verle llegar.

Hay música nueva esta noche. Y hay también una familia que vive como puede sus verdades y sus silencios, lo pasado y lo que nunca debió pasar. El aplauso del público rebota en mí hacia las demás orillas de los Hoffman porque yo soy ellos y porque estamos vivos, y cruzo los dedos mientras saludo para que tía Martina se dé permiso para romperse bien y para que entre todos construyamos algo nuevo, nuevo para ella y nuevo también para los que la queremos.

Quizá estemos todavía a tiempo.

Y quizá sea sólo un principio. Aunque dará igual porque será verdad.

Seguro que sí.

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El pitido del móvil resuena contra la quietud, magnificándola. Son más de las tres y media de la madrugada y aquí todo duerme. Esta tarde ha llovido un poco y la grava del camino cruje bajo mis pies mientras rodeo la alambrada hacia la caseta de la oficina y los dos edificios donde los chimpancés duermen desde hace horas. Inspiro hondo el aire de la noche. El pitido me ha sorprendido, no tanto en sí mismo, sino por la rapidez con que ha llegado. No lo esperaba hasta mañana. No estaba preparada. No lo estoy.

Al pasar por delante de la oficina, veo luz en la ventana y me acerco a ver. Carmen está sentada a su mesa, rodeada de un montón de papeles e iluminada por la luz que despide la pantalla del ordenador. Golpeo el cristal con los nudillos y ella levanta la mirada, sobresaltada. Al verme, me sonríe.

Tiene la mirada cansada y su saludo es un poco automático. Luego se levanta, se acerca y abre la ventana.

—¿No duermes?

Sabe que estoy de guardia. Las dos lo estamos.

—No puedo —le contesto.

—Pues deberías —me dice con voz de madre—. Mañana tenemos tres grupos.

Es verdad. Mañana hay tres visitas organizadas y las tres me tocan a mí, la primera a las nueve y media.

—Tú también.

Se encoge de hombros.

—Estaba adelantando trabajo. El miércoles me voy de vacaciones y quería dejar las cosas un poco ordenadas para que Silvia no se acuerde demasiado de mí mientras estoy fuera.

Silvia es la otra administrativa de la fundación. No se llevan bien. De hecho, casi nadie se lleva bien con Silvia, pero es buena en lo suyo y hoy por hoy no podemos darnos el lujo de contratar a nadie más.

—¿Bien el fin de semana? —me pregunta, volviendo a la mesa y tomando un par de sorbos de la botella de agua que tiene en el suelo.

No sé qué contestar. El fin de semana, dice. Un fin de semana son sólo dos días y en este momento tengo la sensación de que he estado fuera toda una vida.

—Verónica.

—Sí, bien. Un poco intenso, pero bien.

Vuelve a sus papeles.

—Con la familia suele ser así.

Sonrío. Carmen no conoce a mi familia. Si la conociera, seguro que entendería lo que quiero decir cuando digo que es intensa.

—¿Alguna novedad?

Levanta la mirada. Ahora sí entiende el matiz de la pregunta. Es una pregunta que nos hacemos todos desde que las cosas empezaron a ir mal y sabemos que todo esto tiene un final contra el que no tenemos armas. Yo le pregunto por las novedades y ella entiende que le pregunto si algo ha cambiado en las últimas horas. Si ha habido un milagro, un nuevo plazo, un algo, lo que sea.

Niega con la cabeza.

—No. Nada.

Ya. Claro.

—¿Y los niños? ¿Todos bien?

Entre nosotros, los niños son los chimpancés que viven aquí. Nos referimos a ellos así, aunque somos conscientes de que suena un poco

torcido. Los niños son lo que nos mueve a seguir. Para muchos de nosotros, lo son casi todo.

—Sí. Mirta tuvo un pequeño accidente con una de las pelotas de arena, aunque nada importante. Se torció un dedo y costó pillarla. Ya sabes cómo es.

Sonríe. Yo también.

—Sí, ya sé cómo es.

Nos quedamos en silencio y ella vuelve a lo suyo mientras yo me apoyo en la ventana y repaso los espacios de la oficina como si hiciera tiempo que no vengo por aquí. Las repisas, las fotos de los niños en las paredes, los pósteres, las camisetas, las gorras y los llaveros para la venta, los montones de folletos. Ésta es mi casa, pienso de pronto. Son muchos años aquí, mucho tiempo dedicada a esto, viviendo esto, luchándolo. Es mucha vida la que hemos empeñado en esta aventura. Demasiada para que quede aquí.

Así. En nada.

—Qué injusto todo.

Carmen detiene los dedos sobre el teclado y me mira por encima de la pantalla. Tiene dos ojeras como dos anillos alrededor de sus planetas. Sabe que sí y yo sé que ella sabe, pero de nada vale hablarlo más. Intenta una sonrisa que no le sale y vuelve a la pantalla. No es una mujer de muchas palabras. Más de cifras que de letras. Le agradezco el silencio, luego cierro la ventana desde fuera y vuelvo al galpón de madera que nos sirve de dormitorio.

Desde la ventana, la luz encendida de la habitación ilumina el pequeño porche y la tumbona de nailon blanca. La noche es espléndida y está llena de ruidos vivos. No hace frío y la tumbona cruje un poco bajo mi peso, pero aguanta bien porque está hecha para resistir, como todo aquí, como todos.

Más arriba, las estrellas inundan el cielo de primavera. Algunas parpadean.

El pitido del móvil vuelve a avisarme de que hay un mensaje pendiente, una lectura no hecha, y ahora, en este porche, bajo esta luz estrellada, trago mal porque trago nervios. Me descoloca la rapidez de la respuesta del abuelo, tan extraña que quizá ni siquiera sea una respuesta a mi pregunta.

Quizá su mensaje se haya cruzado con el mío como pasa a veces con las malas sincronías. Quizá haya sido un error. Mi mensaje, digo. Demasiado escueto. Demasiado seco. Es lo que pasa cuando pensamos demasiado las cosas, cuando no sabemos hacerlas. Ocuanto tenemos miedo de que no salgan bien y las forzamos tanto, nos forzamos tanto, que todo se tuerce.

Quizá no me haya entendido. Puede que su mensaje diga eso: «No te entiendo, niña», o «Por favor ¿qué?». O que me salga con alguna de las suyas y tenga que empezar de nuevo. Puede ser, sí.

También puede ser que me envíe una respuesta y que la respuesta sea la que temo: «No, hija. Lo siento». Eso es lo probable, sí. Y, si es así, creo que lo entenderé. Me enfadará y necesitaré mis días para tragármelo, pero lo entenderé. Y quién sabe, igual hasta podemos hablarlo. Quizá él también necesite explicarme por qué. Ya me lo anticipó antes de irse: «Si alguien te dice que no a lo que le pides, puede que sus razones no tengan nada que ver contigo ni con lo que esperas. No es tu pregunta la que habrá fallado. Son cosas que también cuentan, que están ahí y que no son tú».

Pero es que esto, esta tumbona, este olor y este albergue son todo lo que tengo, abuelo. Esto soy yo. Y si me dices que no, me dices no a mí, a lo que es más Verónica que nada. Y tendré que buscarme la vida en otra parte. Y

en este momento no sé cómo. Si he llegado hasta ti es porque he agotado todas las puertas, abuelo. He bajado hasta lo más hondo del frío para llamar a tu ventana y esperar a que me abras. Y si es no, seguirá el frío. Y tengo miedo, mierda.

Entonces pulso el botón del móvil que activa la pantalla y tomo aire.

Luego llega el «leer mensaje». Cierro los ojos. Fuera el aire. Fuera la mala suerte, el mal augurio y también la desconfianza. Dime, abuelo. Dímelo y déjame tranquila.

El mensaje. Leo.

«Pero los jipis que se corten el pelo antes de mudarse.»

Si pudiera moverme, me dejaría caer al suelo y me arrastraría sobre la madera hasta la hierba para besarla. Si pudiera llorar, aullaría como una loba y despertaría a todos los cachorros del mundo para decirles que estamos bien, que todos estamos bien y que alguien ha inventado un continente nuevo al que podemos emigrar, ahora, para lo bueno. Si pudiera ver, leería otra vez el mensaje del abuelo para estar segura de que es verdad y de que no estoy loca porque de pronto oigo mi risa y me cuesta entender que es la mía casi tanto como parar. Me río en este porche con el móvil en la mano mientras camino de un lado a otro sin saber adonde ir, por dónde empezar, hacia dónde. Y la risa me suelta entera contra lo que ya no es miedo y sigo así, desbocada hasta que veo recortada la silueta de Carmen en la puerta de la oficina, mirándome con sus ojeras y las manos en los costados, atenta a mí, perdida en su preocupación.

—Verónica —dice.

Y yo no encuentro las palabras. Sólo esta risa que viene de la otra orilla del mundo y que ella no puede compartir todavía.

—Verónica, ¿estás bien?

Sí, Carmen. Estoy bien, quiero decirle. Pero no ahora, todavía no. Ahora quiero seguir así unos minutos: estando bien, riéndome con el abuelo entre mi continente y el suyo, solos los dos. Quiero que esto dure y que lo que estoy viviendo me cubra entera. Sí, Carmen, estoy bien porque he pedido y

no soy menos, porque, aunque tú todavía no lo sepas, respiro mejor y más hondo para abarcar todo este alivio, toda esta bonanza.

Sí, Carmen. Estoy y estaremos bien en lo que nos espera allí porque ese allí de repente está cerca y nos espera para que lo vivamos entre todos.

Y porque vuelvo, volvemos, a casa.

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