El súbdito

Heinrich Mann · Capítulo 2 de 6

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El súbdito

Capítulo Segundo

 

Se limpió como pudo y emprendió el regreso. En un banco había una dama sentada; a Diederich le molestó tener que pasar por delante de ella. Para colmo, ella se lo quedó mirando.

«¡Será estúpida!», pensó, malhumorado.

Le llamó la atención que pusiera una cara tan asustada; reconoció entonces a Agnes Göppel.

—Acabo de encontrar al Káiser —dijo él en seguida.

—¿El Káiser? —dijo ella, como en las nubes.

Gesticulando mucho más que de costumbre, Diederich soltó a ramalazos todo el lastre que llevaba dentro. ¡Nuestro joven Káiser, con toda su magnificencia, en medio de furiosos revolucionarios! ¡Habían destrozado un café, él había estado allí dentro! ¡En Unter den Linden había defendido al Káiser mi una lucha sangrienta! ¡Era imprescindible sacar los cañones a la calle!

—Pero la gente tiene hambre —dijo Agnes tímidamente—. Son personas como nosotros.

—¿Personas? —A Diederich se le salían los ojos de las órbitas—. ¡Son el enemigo interior: eso es lo que son!

Como Agnes volvía a asustarse, se calmó un tanto.

—¿Acaso le gusta que por culpa de esa chusma queden las calles interceptadas?

No, esto no le había parecido nada bien a Agnes. Había tenido que hacer unos encargos en la ciudad y cuando intentó volver a la Blücherstrasse no funcionaba ningún autobús y no se podía pasar por ningún sitio. La habían empujado hasta allí. Hacía un frío muy húmedo y su padre empezarla a preocuparse. ¿Qué podía hacer? Diederich le prometió llevarla sana y salva a su casa. Juntos hicieron el camino. De pronto, él no supo ya qué decir y meneaba la cabeza como buscando el camino. Estaban solos en medio de árboles desnudos y hojas secas mojadas. ¿Qué se había hecho de los sentimientos viriles de poco antes? Diederich se sentía cohibido como en el último paseo con Agnes, cuando, bajo los efectos de las advertencias de Mahlmann, había saltado a un ómnibus en marcha para desaparecer. Precisamente Agnes le decía ahora:

—Hace ya mucho, mucho tiempo que no se deja usted ver por casa. ¿No le ha escrito papá?

—Mi padre ha muerto —dijo Diederich, confuso.

Agnes tuvo que darle antes el pésame, pero luego siguió preguntando por qué tres años atrás había desaparecido tan repentinamente.

—Si no me equivoco, hace ya casi tres años, ¿verdad?

A Diederich le volvió la seguridad al cuerpo. La vida de corporación le había tenido completamente atado. Debe saberse que en ella rige una disciplina de lo más estricta.

—Y además he cumplido el servicio militar.

—¡Oh! —exclamó Agnes parándose a mirarle—. ¡Hay que ver a lo que ha llegado en este tiempo! ¿Y ya es doctor?

—Pronto lo seré.

Miró insatisfecho hacia adelante. Las cicatrices en la cara, la opulenta figura, toda la hombría legítimamente adquirida, ¿nada significaba acaso para ella? ¿No le merecían ningún comentario?

—Por lo que a usted se refiere… —dijo, desconsiderado.

Por la cara delgadísima de ella se extendió un finísimo rubor hasta las aletas de la naricilla aplastada y pecosa.

—Sí, a veces no me encuentro bien de salud, pero ya me iré poniendo mejor.

Diederich se arrepintió.

—Quería decir, naturalmente, que se ha puesto todavía más bonita.

Y contempló el mechón de pelo rojizo que se desparramaba por debajo del sombrero con mayor exuberancia que antes, porque la cara se había empequeñecido. Ello le hizo recordar las afrentas padecidas, y cómo habían cambiado las cosas. Desafiante preguntó:

—Y… ¿cómo está el señor Mahlmann?

Agnes hizo un mohín desdeñoso.

—¿Todavía se acuerda usted de él? Si volviera a encontrármelo, no le prestarla la menor atención.

—¿De veras? Pues tiene una agencia de patentes y no sería mal partido.

—¿Y a mí qué puede importarme eso?

—Antes mostraba usted interés por él.

—¿De dónde saca usted eso?

—Él siempre le hacía a usted regalos.

—De buena gana los hubiera rechazado; pero, en tal caso… —su mirada se posó en el camino, en las hojas mojadas del pretérito verano—. En tal caso tampoco hubiera podido aceptar los regalos de usted.

Después de haber dicho esto calló, asustada. Diederich sintió que había pasado algo grave y calló también.

—No tenía la menor importancia —musitó él finalmente—. Bah, unas cuantas flores.

Y añadió, agresivo otra vez:

—Mahlmann le regaló hasta una pulsera.

—No me la pongo jamás —dijo Agnes.

Diederich sintió de pronto palpitaciones y se atrevió a articular:

—¿Y si se la hubiera regalado yo?

Silencio. Diederich contuvo le respiración. De ella llegó como un susurro imperceptible:

—Entonces, sí.

Apretaron el paso sin decir palabra. Llegaron ante la Puerta de Brandeburgo, vieron Unter den Linden amenazadoramente ocupada por la policía, pasaron de prisa y se metieron por la Dorotheenstrasse, que se veía menos agitada. Diederich aminoró la marcha. Se echó a reír.

—Tiene gracia la cosa. Los regalos que le hacia Mahlmann los pagaba con mi dinero. Yo era todavía un pipiolo y él me sacaba todo cuanto llevaba yo encima.

Se pararon un momento. Ella se quedó mirándolo con un temblor de sus ojos pardos:

—¡Oh!, es espantoso… Le ruego que me perdone, por favor.

Diederich sonrió con aplomo. Lo pasado, pasado. Cosas de juventud.

—No, no… De ninguna manera —dijo ella, confusa.

Él replicó que lo importante, ahora, era ver cómo iba ella a llegar a casa. Nuevamente era imposible pasar. Tampoco había ningún ómnibus a la vista.

—Lo siento, pero todavía tendrá que soportar mi compañía durante algún tiempo. Mire usted, yo vivo ahí al lado. Si le parece, subamos, y por lo menos estará a resguardo del mal tiempo. Pero va usted, naturalmente, a decirme que subir no es propio de una señorita.

La mirada de ella aún suplicaba perdón.

—Es usted tan bueno —dijo respirando hondo—, tan noble.

Cuando entraban en la casa, observó:

—Supongo que puedo confiar en usted…

—Sé perfectamente a lo que me obliga el honor de mi corporación — manifestó Diederich.

Tuvieron que pasar por delante de la cocina, pero no había nadie.

—Póngase usted cómoda —dijo él, benevolente.

Mientras Agnes se quitaba el sombrero, se quedó allí en pie sin mirarla, balanceándose nervioso.

—Veré dónde está la patrona, para que nos haga unté.

Iba ya hacia la puerta, cuando tuvo un sobresalto: ¡Agnes le había cogido la mano y la llenaba de besos!

—Pero, pero, señorita Agnes… —balbució asustadísimo.

Como en un gesto de consuelo, extendió el brazo por encima de los hombros de ella, que cayó al momento sobre el pecho de él. Apretó la boca con fuerza contra el pelo de la muchacha porque creyó que era su obligación hacerlo. Aprisionado por Diederich, el cuerpo femenino temblaba y trepidaba como si lo golpeara. Bajo la sutil blusa, era tibio y húmedo. Diederich sentía un calor agobiante mientras besaba el cuello de Agnes. De pronto tío acercase el rostro de ella: con la boca entreabierta, los ojos semicerrados y una expresión para él desconocida, que lo hundió en el vértigo.

—¡Agnes! ¡Agnes! ¡Te quiero, Agnes! —dijo, con un grito desesperado.

Ella no respondía; de su boca abierta sallan cortos y cálidos suspiros. Sintió que se desplomaba, la llevó en andas y ella pareció derretirse en sus brazos.

Después, sentada en el diván, lloró a mares.

—No te enfades, Agnes —suplicó Diederich.

Ella lo miró con sus ojos húmedos.

—Estoy llorando de felicidad —dijo—. He estado esperándote tanto tiempo…

—¿Por qué? —preguntó, al ver que él quería abotonarle la blusa.

—¿Por qué quieres ya esconderlas? ¿Es que ya no te gustan?

Él se puso a la defensiva:

—Tengo plena conciencia de mi responsabilidad.

—¿Responsabilidad? —dijo Agnes—. ¿Quién te la pide? He estado queriéndote durante tres años y tú no lo supiste. ¡Ha sido el destino!

Diederich, con las manos en los bolsillos, pensó que aquél era el destino de todas las chicas imprudentes, pero por otra parte sintió el impulso de hacerse repetir los juramentos de amor.

—¿De verdad me querías a mí, sólo a mí?

—Ya sabía que no me habías creído. No sabes lo terrible que fue, cuando me di cuenta de que no ibas a volver y todo pareció terminado. Quise escribirte, quise ir a verte, pero siempre me faltaba el valor, porque sabía que no sentías nada por mí. Me puse tan mala, que papá tuvo que llevarme de viaje.

—¿Adónde? —preguntó Diederich. Pero Agnes no respondió, sino que volvió a atraerlo hacia sí.

—¡Sé cariñoso conmigo! ¡Sólo te tengo a ti!

Diederich pensó, avergonzado: «Pues bien poca cosa tienes». Seguro ya de que Agnes le quería, la toda en menos estima y a su juicio había perdido ella muchos de sus antiguos méritos. También se dijo que a una chica que hacia tal cosa, no había que creerle demasiado.

—¿Y Mahlmann? —preguntó sarcástico—. No me negarás que algo tuviste con él… Déjalo, no me hagas caso —dijo al verla erguirse horrorizada y procuró disimular su traspié diciendo que la felicidad le hacía perder el juicio.

Agnes comenzó a vestirse muy lentamente.

—Tu padre estará preguntándose lo que ha podido pasar contigo.

Ella apenas si se encogió de hombros. Cuando estuvo lista y él abrió la puerta, se detuvo todavía a pasear por la habitación una mirada larga y temerosa.

—Quizá —dijo como hablando consigo misma— no vuelva a venir jamás. Me siento como si hubiera de morir esta noche.

—¿Cómo puedes pensar eso? —dijo Diederich con cierto embarazo.

En lugar de responder se dejó caer nuevamente sobre él, poniendo la boca en la suya, el pecho contra el suyo, pegándose a él de la cintura a los pies. Diederich esperó pacientemente. Al cabo de un rato, ella se apartó, abrió los ojos y dijo:

—No pienses que te exijo nada. Te he dado mi amor, y lo demás no importa.

Él le ofreció ir en coche, pero ella prefirió caminar. Mientras iban andando, Diederich preguntó por su familia y demás conocidos. Al llegar a la plaza de Belle-Alliance le entró por fin el nerviosismo y se desató con voz algo ronca:

—Por supuesto, no traigo la menor intención de zafarme de las obligaciones que me ligan a ti. Pero, de momento… ¿comprendes?, no tengo aún ningún ingreso, debo terminar primero la carrera e iniciarme en el negocio de mi padre…

Agnes respondió tranquila y agradecida, como si hubiera recibido un halago:

—Sería para mí un placer ser algún día tu esposa.

Entraban ya en la Blücherstrasse y él se detuvo. Dijo con cierta inseguridad que le parecía mejor no seguir más adelante y despedirse allí, a lo que día replicó:

—¿Por si alguien pudiera vemos? No pasarla nada; de todas maneras tengo que explicar en casa que te he encontrado y hemos estado juntos en un café, esperando a que se pudiera volver a circular por las calles.

«Qué bien sabe mentir», pensó Diederich. Agnes añadió:

—Para el domingo estás invitado a comer. No puedes dejar de venir.

Aquello ya era demasiado y se indignó:

—¿Que tengo…? ¿A vuestra casa tengo que…?

Ella sonrió plácida y astutamente.

—No hay otra solución. Si nos vieran alguna vez juntos… ¿Acaso no quieres que volvamos a vemos?

¡Pues claro, no iba a querer! Sin embargo, se hizo rogar antes de prometer presentarse. Delante de la casa se despidió con una reverencia formal, giró en redondo rápidamente y pensó: «La astucia femenina es francamente repugnante. Esto no lo aguanto mucho tiempo». Entretanto, advirtió con desgana que había llegado la hora de ir a la tasca. No sabía por qué, pero le apetecía irse a casa. Una vez en su habitación, cerrada la puerta, se quedó allí inmóvil, mirando en la oscuridad. De pronto alzó los brazos al cielo, levantó el rostro y dijo con largo suspiro:

—¡Agnes!

Se sintió transformado, ligero, como flotando en el aire. «Soy terriblemente feliz», pensó. «En mi vida volveré a ser tan dichoso». Tenía la certeza absoluta de que hasta entonces, hasta aquel preciso momento, todo lo había visto confuso, se había equivocado en todo. ¿A él le importaban los judíos o los sin trabajo? ¿Por qué tenía que odiarlos? Estaba dispuesto a amarlos, si necesario fuera. ¿Había pasado realmente él, Diederich en persona, todo el día en medio de una masa de gente a la que había tomado por enemigos? Eran personas como él: Agnes tenía razón. ¿Había sido él quien le había pegado a uno por sólo unas palabras, quien había fanfarroneado, mentido, echado el bofe estúpidamente para acabar, roto y desaliñado, precipitándose en el fango de la manera más absurda, ante un señor a caballo, el Káiser, que se burló de él? Descubrió inesperadamente que hasta que Agnes no vino a él, había llevado una vida desgraciada, miserable e insignificante: ambiciones extrañas, sentimientos avergonzantes y nadie que le quisiera. ¡Y de pronto, con la aparición de Agnes todo había cambiado! «¡Agnes, dulce Agnes, no sabes lo mucho que te quiero!». Pero tenía que saberlo. Sintió que nunca podría volver a expresarlo como en aquellos momentos y escribió una carta. Escribió que él también había estado esperándola aquellos tres años y que no había alentado esperanza alguna, porque ella era demasiado hermosa, distinguida y buena para él; que lo de Mahlmann sólo había sido imaginación suya, fruto de la cobardía y el despecho; que ella era una santa bajada del cielo, a cuyos pies él se postraba. «¡Levántame del suelo, Agnes. Puedo ser fuerte, lo presiento, y quiero dedicarte toda mi vida!». Lloró, apoyó la cara contra el cojín del diván, en el que todavía quedaba el perfume de ella, y se durmió entre sollozos, como cuando era niño.

Claro está que por la mañana se extrañó no encontrarse en la cama. Se acordó del maravilloso trance y por las venas le llegó una inefable sensación de dulzura hasta el corazón. Pero también sospechó de haberse dejado arrebatar por penosas exageraciones. Releyó la carta: aquello tenía su encanto, y la súbita relación amorosa con una chica tan estupenda podía ponerle a uno fuera de sí. ¡Si en ese preciso instante hubiera estado Agnes allí, cuán cariñoso se hubiera mostrado! Pero era mejor no enviar aquella carta. Una imprudencia en toda regla. Si llegara a caer en manos del señor Göppel… Diederich escondió la carta en un cajón del escritorio. «¡Diablos! ¡Ayer ni siquiera he pensado en comer!». Se hizo servir un desayuno abundante. «Y hasta me he privado de fumar para no cubrir el olor de ella. Vaya tonterías: no hay que ser así». Encendió un cigarro y se fue al laboratorio. Decidió no expresar verbalmente los impulsos de su corazón (tan sublimes palabras eran poco viriles y fastidiosas), sino hacerlos fluir por medio de música. Alquiló un piano y le dio a las sonatas de Schubert y Beethoven con mucho mayor acierto que lo había hecho en las clases de música.

Cuando llamó el domingo a la cancela de los Göppel, le abrió Agnes en persona.

—La criada no puede salir de la cocina —explicó, pero declaraba con los ojos el motivo verdadero.

Como no sabía qué hacer, Diederich bajó los ojos hacia la pulsera de plata que ella hacía tintinear como para llamar su atención.

—¿La reconoces? —susurró Agnes.

A él se le encendieron las mejillas.

—¿La de Mahlmann?

—¡La tuya! Me la pongo por primera vez.

Le dio un apretón de manos rápido y cálido y luego abrió la puerta del saloncito berlinés. El señor Göppel venía hacia él.

—¡Vaya! ¿Apareció por fin nuestro fugitivo? —pero, al ver a Diederich más de cerca, cambió la expresión de su rostro, como arrepentido de su familiaridad—. ¡En verdad no le hubiera reconocido, señor Htessling!

Diederich lanzó a Agnes una mirada que decía «¿Lo ves? Él sí ha notado que ya no soy un chiquillo atolondrado».

—Ustedes siguen igual que siempre —observó Diederich, saludando a las hermanas y al cuñado de Göppel. Pero en realidad hallaba a todos considerablemente envejecidos, en particular al señor Göppel, que no se mostraba tan jovial como antes y de cuyas mejillas colgaba una lastimosa papada. Los niños habían crecido y en alguna parte de la habitación parecía faltar una persona.

—Sí, sí —dijo el señor Göppel, dando fin a la conversación preambular —, el tiempo pasa, pero los buenos amigos siempre vuelven al redil.

«Si supieras cómo», pensó Diederich con una mezcla de vergüenza y menosprecio, mientras se dirigían a la mesa. Comiendo el asado de ternera recordó al caso quién era la persona que solía sentarse frente a él: aquella tía que le había preguntado tan aparatosamente qué estudiaba, ignorando que la Química y la Física eran cosas distintas. Agnes, sentada a su derecha, le explicó que la tía había muerto dos años atrás. Diederich masculló unas palabras de pésame, diciendo para sus adentros: «A ésa ya no habrá que aguantarla.» tenía la impresión de que los allí presentes habían sido castigados y aplastados, y sólo a él, por fin, lo había elevado el destino al nivel merecido. Y desde lo alto acarició a Agnes con típica mirada de sano.

Los postres se hicieron esperar, igual que en otros tiempos. Agnes volvía inquieta la cabeza hacia la puerta. Diederich vio oscurecerse sus hermosos ojos pardos, como si hubiera ocurrido algo grave. Le invadió una profunda y repentina solidaridad con ella, una ola de cariño. Se levantó y gritó desde la puerta:

—¡Marie! ¡El pudding!

Al regresar a la mesa, el señor Göppel levantó la copa en su honor.

—Esto también lo había hecho usted antes. Es realmente como un hijo en la casa. ¿Verdad, Agnes?

Agnes le expresó a Diederich su agradecimiento con una mirada que le penetró hasta el fondo del corazón. Tuvo que contenerse para no soltar las lágrimas. ¡Con qué simpatía le sonreía la familia! El cuñado brindó con él. ¡Qué gente más buena! ¡Y Agnes, la dulce Agnes, le amaba! ¡Tanto favor no se lo merecía él! Sintió el fuerte latigazo de la conciencia y se propuso vagamente cambiar después unas palabras con el señor Göppel.

Pero por desgracia después de la comida al señor Göppel le dio por hablar de los disturbios.

—Cuando al fin nos hemos librado de la bota de Bismarck, nos vienen ahora a provocar a los obreros con discursos rimbombantes. Este jovenzuelo (¡así denominaba el señor Göppel al Káiser!) acabará echándonos encima la revolución, con tanta palabrería…

Diederich se vio obligado, en nombre de una juventud firmemente fiel a su joven y espléndido Káiser, a rechazar enérgicamente tales críticas sin fundamento. Su Majestad ya lo había dicho claramente:

—Recibiré con los brazos abiertos a cuantos quieran ayudarme. A los que se me opongan, los aplastaré.

Al decirlo, Diederich intentó centellear con los ojos. El señor Göppel manifestó que prefería esperar.

—En tiempos tan duros como los nuestros —añadió Diederich— nadie puede eludir sus responsabilidades.

Y se situó en pose ante Agnes, que le miró con admiración.

—¿Y quién dice que los tiempos son duros? —dijo el señor Göppel—. Sólo son duros si nos hacemos mutuamente la vida imposible. Yo siempre me he entendido muy bien con mis obreros.

Diederich manifestó su firme propósito de llevar las riendas de forma muy distinta en su fábrica. ¡Ni un socialdemócrata en la casa, y los domingos, toda la gente a la iglesia!

—¡Pues no pide usted poco! —exclamó el señor Göppel, aclarando que no exigía tanto a su gente, pues él mismo no iba más que por Viernes Santo —. ¿He de engañarles acaso? El cristianismo está muy bien, pero los sermones del pastor ya no se los cree nadie.

Aquí Diederich hizo una mueca de superioridad:

—Óigame usted bien, señor Göppel. Por mi parte sólo puedo decirle una cosa: las creencias que la gente de arriba y muy particularmente mi apreciado amigo el asesor Von Barnim tengan por justo ser, serán también las mías; ciegamente y sin reparos. Esto es todo lo que puedo decirle.

El cuñado, que era funcionario, se puso sin vacilar del lado de Diederich. La faz del señor Göppel se había puesto encendidísima. Agnes se interpuso con el café.

—Bueno, dígame, ¿qué le parecen mis puros? —declaró el señor Göppel, dándole a Diederich unos golpecitos en la rodilla—. ¿Ve usted cómo en lo humano no tenemos discrepancias?

Diederich pensó: «Como que casi soy de la familia…».

Abandonó un poco su actitud rígida; el ambiente era, pese a todo, muy íntimo y agradable. El señor Göppel quiso saber cuándo terminaría Diederich, cuándo podrían llamarle doctor. No le cabía en la cabeza que una tesis de Química pudiera durar dos años más. Diederich enhebró una serie de conceptos incomprensibles para los demás acerca de las dificultades de hallar una fórmula nueva. Tenía la impresión que el señor Göppel esperaba su promoción con ciertas intenciones. También Agnes pareció notarlo, pues intervino para cambiar de conversación. Cuando Diederich se despidió, lo acompañó hasta fuera y le dijo en voz baja:

—Mañana, a las tres, en tu casa.

En un arrebato de alegría, la abrazó y dio un beso entre puerta y puerta, mientras que al lado mismo se oían los ruidos de la criada con la vajilla. Ella le increpó afligida:

—¿No se te ocurre pensar en lo que podría pasarme, si ahora apareciese alguien?

Diederich se sintió culpable y le pidió otro beso como muestra de su perdón. Y ella se lo dio.

A las tres, Diederich acostumbraba a salir del café para volver al laboratorio, pero, en lugar de ello, al día siguiente a las dos estaba ya en su habitación. Ella llegó también antes de las tres.

—¡Ninguno de los dos ha podido esperar! ¡Cómo nos queremos!

Fue más bello que la primera vez; mucho más bello. Sin lágrimas, sin miedo y con el sol brillando en la habitación. Diederich extendió al sol la cabellera de Agnes y bañó en ella su cara.

Agnes se quedó hasta que casi fue demasiado tarde para hacer las compras que había pretextado en casa. Tuvo que correr Diederich, la acompañó haciéndole preocupados reproches: temía por su salud. Ella reía, tenía aspecto sonrosado y le llamaba «osito mío».

Siempre terminaban así los días que ella le visitaba. Siempre eran felices. El señor Göppel advirtió que Agnes se encontraba mejor y esto le rejuveneció. Los domingos se hacían cada vez más alegres. Se prolongaban hasta la caída de la tarde y luego se servía un ponche. Diederich tocaba una pieza de Schubert, o Herr Göppel y su cuñado cantaban canciones que Agnes acompañaba al piano. A veces miraban a su alrededor casi simultáneamente: traían la impresión de que estaban celebrando su propia felicidad.

Días hubo en que el bedel, en el laboratorio, se acercaba a Diederich para comunicarle que fuera había una dama esperando; él se levantaba entonces a toda prisa, encendido de satisfacción ante las miradas comprensivas de los colegas. Paseaban luego por ahí, iban al café, al Panóptico; y, como a Agnes le gustaba mirar cuadros, Diederich se enteró también de que existían exposiciones de arte. Uno de los placeres preferidos de Agnes era detraerse largo tiempo, entornados los ojos, ante un cuadro que le gustara —un paisaje alegre y suave, un país más hermoso que el propio— e intercambiar luego sus sueños con Diederich.

—Fíjate bien y verás que eso no es un marco, sino un portal con escalones de oro. Descendemos por ellos, bajamos el caminito y dando la vuelta por detrás de los matorrales subimos al bote, allí en la orilla. ¿No sientes cómo se balancea? Sí, porque dejamos que las manos se deslicen en el agua. ¡Hace tanto calor! Allí detrás, en la ladera de la montaña, el punto blanco, ya sabes, es nuestra casa. Mira: nos dirigimos a ella. ¿Lo ves, lo ves?

—Sí, sí —decía Diederich afanosamente.

Entornaba también los párpados y vela cuanto Agnes quería que viese. Se sugestionaba tanto, que cogía la mano de ella para secarla. Después, sentados en un rincón, hablaban de los viajes que harían, de la infinita felicidad en las lejanas tierras soleadas, de un amor interminable. Diederich creía lo que decía. En el fondo sabía muy bien que su destino sería di de trabajar y llevar una vida práctica, can poco sitio para las exaltaciones sentimentales; pero lo que decía en aquellos momentos era más auténtico y verdadero que todo lo que él mismo supiese de antemano. El Diederich sin deformaciones, el que debía haber sido, hablaba con sinceridad… Pero era de ver a Agnes: al levantarse los dos para salir, estaba pálida y parecía agotada. Sus bellos ojos pardos brillaban de un modo que acongojaba a Diederich, y preguntaba en voz baja y temblorosa:

—¿Y si nuestro bote se hubiera hundido?

—¡Yo te hubiera salvado! —decía Diederich con decisión.

—Pero la orilla está muy lejos y las aguas son muy profundas.

Él quedaba indeciso, sin saber qué responderle.

—Nos hubiéramos ahogado sin remedio —aseveraba ella—. Dime, ¿te hubiera gustado morir conmigo?

Diederich la miraba de hito en hito; luego cerraba los ojos.

—Si —decía con un suspiro.

Luego se arrepentía de estas conversaciones. Había advertido el motivo por el cual Agnes debía subir repentinamente a una berlina y marcharse a casa. El esfuerzo de contenerse la hacía enrojecer hasta la frente: no quería que él la viese toser. Toda la tarde acosaban a Diederich los remordimientos. Aquello no era bueno para la salud de Agnes, no conducía a ninguna parte, y sólo traía complicaciones. Su catedrático ya se había enterado de las visitas de la señorita. Al cabo de algún tiempo, lo sacaba ella del laboratorio cuando se le antojaba. Él le expuso el problema, intentando no herirla, a lo que ella repuso:

—Tienes razón, las personas ordenadas necesitan horarios fijos. Pero ¿y si se da el caso que hayamos de vemos a las cinco y media, y te he amado más a las cuatro?

Semejante salida le pareció digna de burla, quizá incluso de desprecio. Una amante que se interpusiera en su carrera no le hacía falta alguna, declaró, grosero. Aquello no era lo que él se había imaginado… Agnes lo interrumpió, pidiéndole perdón, prometiéndole ser docilísima y esperarle siempre en su habitación. Si su trabajo se prolongaba, por el amor de Dios, que no se preocupara por ella. Diederich se avergonzó, se ablandó y se quejó con Agnes de un mundo en que poco contaba el amor.

—Pero ¿no hay otra solución? —preguntó Agnes—. Tú tienes un poco de dinero y yo también. ¿Qué necesidad tienes de hacer carrera y matarte trabajando, cuando podríamos ser tan felices?

Diederich le dio la razón, pero luego se arrepintió y se enfadó con ella. A partir de entonces la hizo esperar casi adrede. Llegó incluso a declarar la asistencia a ciertos actos políticos como un deber por encima de los encuentros con Agnes. Una tarde de mayo llegó con retraso, y se encontró ante la puerta un joven con uniforme de «cuota» que lo miró como dudando.

—Perdone… ¿el señor Diederich Hessling?

—Ah, ya… —balbució Diederich—. Usted…, tú eres…, el señor Wolfgang Buck, ¿verdad?

El hijo menor del mayor personaje de Netzig se había finalmente decidido a obedecer la orden paterna visitando a Diederich. Éste lo hizo subir, pues en aquel momento no se le ocurrió ninguna excusa para quitárselo de encima. ¡Y Agnes estaba en la habitación! Habló bien alto en el pasillo para que ella lo oyera y se escondiera. Abrió la puerta con temor: nadie a la vista, ni sombrero alguno sobre la cama, pero supo perfectamente que un segundo antes había estado allí. La silla no estaba exactamente en su sitio y Diederich sintió la presencia de Agnes en el aire, que parecía vibrar todavía bajo el roce fugaz de su vestido. Estarla, de fijo, en el camarín sin ventanas que le servía de lavabo. Colocó un sillón delante de la puerta y masculló apresuradamente unas palabras poco amables sobre la patrona, que no arreglaba la habitación. Wolfgang Buck preguntó si venía en mal momento.

—¡Oh, no! ¡Ni mucho menos! —aseguró Diederich.

Invitó al huésped a sentarse y sacó coñac. Buck se disculpó por venir en hora tan intempestiva; esclavitudes del servicio.

—Sé lo que es eso —dijo Diederich.

Y adelantándose a las preguntas de su interlocutor, le informó de un tirón que había hecho un año de cuartel, que le entusiasmaba la vida militar, que la tenía por lo más auténtico: su verdadera vocación. ¡Qué no hubiera dado por dedicarle su vida! Pero, por desgracia, se interponían las obligaciones familiares.

Buck esbozó una sonrisa escéptica que a Dlederlch no le gustó nada:

—Sí, claro, los oficiales: uno alterna por lo menos con gente que tiene modales.

—¿Tiene usted trato con ellos? —preguntó Diederich con un poco de soma.

Pero Buck aclaró, displicente, que a veces le invitaban a la mesa de oficiales. Se encogió de hombros.

—Voy allí, porque me parece necesario echar un vistazo en todos los sectores. Por otra parte, me muevo también mucho en los círculos socialistas —volvió a sonreír—. A veces quiero ser general, y otras, dirigente obrero. Me gustaría saber de qué lado terminaré.

Diciendo esto se bebió la segunda copa de coñac. Diederich pensó: «¡Vaya tipo más repugnante! Y Agnes encerrada en el cuarto oscuro».

—Con los medios de que dispone —dije— puede hacer cualquier cosa: presentarse a elecciones como diputado o lo que más le guste. Yo no tengo otra alternativa que el trabajo práctico. Le advierto además que la socialdemocracia es enemiga mía, pues es enemiga declarada del Káiser.

—¿Está usted bien seguro? —replicó Buck—. Me inclinaría más bien por pensar que el Káiser alienta un secreto amor por la socialdemocracia. Le hubiera gustado ser dirigente máximo del movimiento obrero, pero a los socialdemócratas no les gustó la idea.

Diederich se indignó. Aquello era un insulto a Su Majestad. Pero Buck siguió sin inmutarse:

—¿Ya no se acuerda de cómo se enfrentó con Bismarck, amenazando con retirar a los ricos la protección militar? Por lo menos al principio, sintió tanto rencor contra los ricos como los mismos obreros, aunque claro está, por motivo distintos: a Guillermo le cuesta admitir que otros también puedan tener poder.

Adelantándose a las exclamaciones que se asomaban en el rostro de Diederich, Buck agregó con rapidez, en un tono menos flemático:

—No crea usted que hablo por antipatía, sino más bien al contrario. Le tengo algún afecto, una especie de afecto hostil, si usted quiere.

—No lo entiendo —dijo Diederich.

—Quiero decir el que se tiene a alguien en el que uno ve reflejadas sus propias faltas, o llamémoslas virtudes. En cualquier caso, a todos los jóvenes de hoy nos ocurre lo que a nuestro Káiser: quisiéramos realizamos individualmente, desarrollar nuestras personalidades, y, sin embargo, nos percatamos muy bien de que sólo la masa tiene futuro. Quizá sean los más dotados de entre nosotros quienes todavía no quieren aceptarlo. Él, por lo menos, no quiere aceptarlo. Y, la verdad sea dicha: cuando uno se encuentra con que le ha caído del cielo tan enorme poder, sería realmente suicida no sobreestimar sus propias cualidades. Pero, con seguridad, en lo más hondo de su alma está dudando de que pueda jugar el papel un tanto grotesco que se ha impartido él mismo.

—¿Papel grotesco? ¿Qué papel grotesco? —interrumpió Diederich, pero Buck ni se dio cuenta.

—Sí, le puede llevar a extremos insospechados, porque el mundo actual, en conjunto, tiene que manifestársele como una descomunal paradoja. Este mundo no espera de ningún individuo, sea quien fuere, ni un ápice más que del vecino de al lado. Cuenta el nivel alcanzado y no los títulos nobiliarios, y todavía menos cuentan los grandes personajes.

—¡Por ahí no paso! —estalló Diederich en un arranque—. ¿Y el Imperio Alemán? ¿Acaso hubiéramos llegado a él sin los grandes personajes? Los Hohenzollern nunca dejarán de ser grandes personajes.

Buck repitió su mueca de desaliento y escepticismo.

—Pues está usted bien servido, como lo estamos todos. A título de comparación puedo decirle que el Káiser se encuentra ante el mismo dilema que yo. ¿Quiero ser general y orientar mi vida hacia una guerra, cuando esperamos que ya no habrá guerras? ¿O me propongo ser un líder popular genial, cuando el pueblo está ya tan avanzado que puede prescindir tranquilamente de los genios? Lo uno o lo otro serían apenas gestos románticos, y ya se sabe que los gestos románticos sólo conducen al fracaso.

Buck se bebió de un golpe dos copas de coñac.

—¿Qué puesto me reserva el futuro?

«El de un alcohólico», pensó Diederich, preguntándose al mismo tiempo si era o no su deber de armarle tina bronca a Buck. Pero Buck llevaba uniforme, y, además, la violencia del altercado podría sacar a Agnes de su escondrijo. ¡Quién sabe cómo podía terminar la cosa! De todos modos decidió tomar buena nota de las opiniones de Muck. ¿Acaso creía ese majadero que con tales ideas iba a hacer carrera? Diederich recordó que en la escuela las redacciones de Buck le habían inspirado siempre, por lo exquisitas, una desconfianza inexplicable, pero profunda. «Exacto —pensó, esto es lo que ha sido siempre: un intelectualoide. Toda su familia es así». La esposa del viejo Buck había sido judía y actriz. Y Diederich se sentía todavía humillado por la actitud condescendiente del viejo Buck, cuando el entierro de su padre. También el hijo le estaba humillando ahora: con su inteligente manera de hablar, con sus formas refinadas, con su trato con los oficiales. ¿Acaso creía ser Herr von Barnim? No, era sólo un vecino de Netzig como él. «¡Odio a toda la familia!», pensó, contemplando con ojos entornados aquella cara carnosa con la nariz ligeramente curva y los ojos húmedos y brillantes, que parecían tramar algo: la faz de un judío.

Buck se levantó.

—Bueno, nos volveremos a ver en el pueblo. El próximo semestre o el otro voy a licenciarme. ¿Qué puedo hacer luego, si no de abogado en Netzig…? Dígame, ¿y usted?

Diederich declaró muy serio que no pensaba perder tiempo; quería concluir su tesis doctoral aquel mismo verano.

Acompañó a Buck afuera, mientras decía para su coleto: «Eres un pobre imbécil. Ni siquiera has visto que tengo una chica en la habitación». Volvió a su cuarto, satisfechísimo de su superioridad sobre Buck y también sobre Agnes, que había esperado en la oscuridad sin chistar.

Al abrir la puerta la vio desplomada sobre una silla, jadeante, intentando contraer la tos era el pañuelo. Lo miró con ojos enrojecidos. Diederich cayó en la cuenta de lo ocurrido: había estado a punto de asfixiarse allí dentro y había llorado, mientras él bebía coñac y hablaba de tonterías. Su primer impulso fue de inconmensurable arrepentimiento. ¡Lo amaba! ¡Lo amaba tanto que soportaba todas sus desconsideraciones! Estuvo a punto de alzar los brazos, abalanzarse a sus pies y pedirle perdón entre sollozos, pero se reprimió a tiempo por miedo a una escena y al subsiguiente sentimentalismo, que le hubiera costado varios días de trabajo concediéndole a ella la iniciativa. ¡No, no iba a darle el gusto! Bien claro se veía que exageraba adrede. Así que le dio un fugaz beso en la frente y le dijo:

—¿Ya estás aquí? No te había visto entrar.

Ella hizo un arranque como para replicar, pero calló, a lo que él explicó que acababa de salir una visita.

—¡Un tipo medio judío que va por ahí dándose importancia! ¡Francamente repugnante!

Diederich se puso a dar vueltas por la habitación. Para no mirar a Agnes, alargaba los pasos y hablaba con vehemencia creciente.

—¡Estos son nuestros peores enemigos: los que se las dan de cultos e intelectuales! ¡Estos exquisitos se atreven con lo que los alemanes tenemos de más sagrado! Este pedazo de judío debería dar gracias de que lo soportemos. Debería empollar sus pandectas y cerrar el pico. ¡Al cuerno con sus libracos intelectuales!

Lo último lo dijo todavía más alto, con la intención de herir también a Agnes. Al ver que ella nada decía, tomó nuevo impulso:

—Esto me pasa porque ahora cualquier tipo puede encontrarme en casa. ¡Sólo por ti, que haces que tenga que pasarme aquí las horas!

Agnes dijo tímidamente:

—Hace ya seis días que no nos vemos. El domingo tampoco viniste. Me temo que ya no me quieres.

Aquí se detuvo ante ella y peroró desde lo alto:

—Óyeme, nena: me parece que te he dado ya suficientes pruebas de lo mucho que te quiero, pero eso no significa que me agrade pasar los domingos viendo cómo tus tías hacen ganchillo o hablando de política con tu padre, que no entiende ni jota de ella.

Agnes bajó la cabeza:

—Antes los pasábamos tan bien… Y tú llegaste a entenderte con papá.

Diederich le volvió la espalda y se puso a mirar por la ventana. Eso era precisamente lo que tañía: entenderse demasiado bien con el señor Göppel. Por mediación de su contable, el viejo Sötbier, se había enterado de que el negocio de Göppel iba de capa calda. Su celulosa ya no servía; Sötbier ya no le hacía pedidos. En tal situación no le hubiera ido mal un yerno como Diederich, y a éste le parecía que aquella gente lo estaba envolviendo. ¡Y Agnes también! Diederich alentaba la sospecha de que ella estaba en confabulación con el padre. Indignado, se volvió hacia ella:

—Pues voy a decirte otra cosa, querida. Con toda franqueza: lo que nosotros hagamos, con nuestro pan nos lo comemos. ¿De acuerdo? O sea que a tu padre más vale no mezclarlo. Un tipo de relación como la nuestra no tiene por qué andar del brazo con la amistad familiar. Mi pundonor exige que hagamos una estricta separación.

Pasó un momento y Agnes se levantó, como si hubiera comprendido. Se había ruborizado en extremo. Se dirigió decidida a la puerta. Diederich la detuvo.

—Agnes, perdona; no quise decir eso. Me salió así porque te respeto demasiado… El domingo volveré, si quieres.

Ella le dejó hablar sin inmutarse.

—Y ahora tranquilízate —pidió Diederich—. Todavía no te has quitado el sombrero.

Agnes se sacó el sombrero. Él la exhortó a que se sentara en el diván y así lo hizo. También le besó, siguiendo los deseos del hombre. Pero mientras sus labios sonreían y besaban, sus ojos seguían rígidos y ausentes. De pronto lo tomó violentamente en sus brazos. Diederich se asustó, no sabiendo si sería odio, pero luego se sintió amado con más ardor que nunca.

—Hoy ha sido algo realmente hermoso. ¿Verdad, mi pequeña y dulce Agnes? —dijo plácido y satisfecho.

—Adiós —dijo ella, recogiendo con precipitación el paraguas y el bolso mientras él aún estaba vistiéndose.

—¿A qué viene tanta prisa?

—Ya he hecho todo lo que podía hacer por ti.

Ya estaba junto a la puerta. De pronto cayó con el hombro contra el marco y quedó inmóvil.

—Pero ¿qué te pasa?

Al acercarse, Diederich vio que sollozaba. La tocó.

—Dime: ¿Qué tienes?

Su llanto se hizo más fuerte y convulsivo. No había manera de dominarlo.

—Pero, Agnes —decía Diederich de vez en cuando—, ¿qué ha ocurrido de pronto? ¿A qué viene esto? Si lo hemos pasado tan bien…

Entre dos crisis, consiguió decir, medio ahogada:

—No puedo. Perdona.

La llevó al diván. Cuando por fin pasó aquello, Agnes se avergonzó.

—Perdóname, por favor. Ha sido sin querer. No me lo reproches.

—¿Acaso tengo yo la culpa?

—No, no. Son los nervios. Perdóname.

Tuvo compasión y paciencia. La acompañó hasta un coche. Pero más tarde también llegó a pensar que el ataque de nervios había tenido buena parte de comedia y que no era más que un medio para pescarlo de una buena vez. La impresión de que estaban tejiéndose intrigas contra su libertad y su futuro no le abandonó ya. Se defendió de ellas con la grosería, exagerando su soberanía masculina y mostrándose frío tan pronto como la atmósfera se enternecía. El domingo, en casa de los Göppel, se mantuvo a la defensiva, como en territorio enemigo: formal, correcto e impenetrable. Le preguntaron que cuándo terminaría su tesis y contestó que la fórmula podía encontrarla al día siguiente o al cabo de dos años, que ni él mismo lo sabía. Insistió en que también en el futuro seguirla dependiendo económicamente de su madre, que por muchos años no tendría tiempo para nada más que para el negocio. El señor Göppel dijo que en la vida había que pensar también en los valores espirituales, pero Diederich lo rechazó con brusquedad:

—Ayer mismo vendí las obras de Schiller que tenía, pues ni estoy chiflado ni me dejo impresionar por tan poca cosa.

Cuando después de esta y otras frases semejantes sentía sobre si la mirada silenciosa y desesperanzada de Agnes, tenía por un momento la sensación de no haber hablado él mismo, de encontrarse en un campo nebuloso, de equivocarse y actuar contra su voluntad. Luego se le pasaba.

Agnes iba a verle tantas veces como él la reclamaba y se iba cuando él tenía que trabajar o tasquear. No hizo nada más por inducirlo a fantasear ante algún cuadro, a partir del día en que él se paró ante una tocinería y, a la vista de los embutidos, declaró que aquello representaba para él el máximo deleite estético. Él mismo acabó sintiéndose preocupado por lo poco que se veían y reprochó a Agnes su indiferencia.

—Antes eras de otra manera.

—Tengo que esperar —dijo ella.

—A que tú también vuelvas a ser como eras. ¡Oh! Estoy segura de que llegará el día.

Él calló, por miedo a la discusión. Y, no obstante, llegó el día, tal como ella había profetizado. La tesis estaba terminada y aprobada; sólo faltaba un examen oral sin importancia, y Diederich se encontraba en el elevado estado de ánimo de los momentos cruciales. Al presentarse Agnes con una felicitación en los labios y rosas en los brazos estalló en lágrimas y dijo que nunca, nunca iba a dejar de quererla. Ella le informó de que el señor Göppel salía por unos días de viaje de negocios. «Y el tiempo es ahora tan hermoso…». Diederich intervino inmediatamente:

—¡Tenemos que aprovecharlo! ¡Una ocasión como ésta no la hemos tenido nunca!

Decidieran irse al campo. Agnes sabía de un lugar llamado Mittenwalde; debía ser solitario y romántico como su nombre.

—¡Estaremos juntos todo el día!

—¡Y toda la noche! —agregó Diederich.

Incluso la estación de la que salieron era pequeñita y apartada. Y el tren era diminuto y antiguo. Quedaron solos en el vagón; oscureció lentamente, el revisor les encendió una lámpara que daba muy poca luz y ellos se mantuvieron estrechamente abrazados en silencio, mirando con ojos muy abiertos los campos llanos y monótonos. ¡Salir a pie por aquellos parajes, muy lejos; perderse en la acogedora oscuridad! Estuvieron a punto de apearse en una aldea con un puñado de casas. El revisor los hizo regresar a sus asientos preguntándoles jovialmente si querían pasar la noche en un pajar. Finalmente llegaron al destino.

La posada tenía un gran patio, una amplia sala de huéspedes con quinqués colgados de las vigas, y un patrón bonachón que le daba a Agnes el tratamiento de «señora» con un brillo astuto en los ojos tímidos, con reflejos de secreta condescendencia. Después de la orna hubieran subido inmediatamente a la habitación, pero no se atrevieron y hojearon, obedientes, las revistas que les ofreció el posadero. Pero en cuanto éste volvió la espalda, cruzaron miradas y en menos que canta un gallo volaron escaleras arriba. La luz estaba aún sin encender, la puerta seguía abierta y ellos estaban ya uno en brazos del otro.

Muy temprano brilló el sol en la habitación. Abajo, en el patio, picoteaban las gallinas, revoloteando, sobre la mesa situada ante la pérgola.

—¡Vamos a desayunar allí!

Bajaron al patio. ¡Qué temperatura más agradable! Del granero llegaba un embriagador aroma de heno. El café y los bocadillos les parecieron más frescos y apetitosos que nunca. ¡Qué alegría de corazón! ¡La vida se abría ante ellos! Querían pasear horas enteras, se hicieron explicar por el posadero todos los caminos y aldeas, le hicieron un elogio de la casa y de las camas.

—¿Se encuentran los señores en viaje de bodas?

—¡Exacto! —y soltaron una risa franca y abierta.

El empedrado de la calle principal era irregular y puntiagudo, y parecía multicolor bajo los rayos cálidos del sol de junio. Las casas se veían como abolladas, torcidas y tan pequeñas que la calle hacia el efecto de un campo sembrado de rocas. La campana del buhonero sonó, insistente, en pos de los forasteros. Por los rincones sombreados pasaban furtivas unas pocas personas, con indumentaria, semiciudadana, y volvían la vista hacia Agnes y Diederich, quienes ponían caras muy satisfechas porque, sin duda, eran los mejor vestidos. Agnes descubrió la tienda de modas, que exhibía unos cuantos sombreros de señora para las elegantes del lugar.

—¡Increíble! ¡Eso se llevaba en Berlin por lo menos hace tres años!

Luego salieron al campo a través de una puerta, bastante ruinosa, de las antiguas murallas. En los campos se segaba. El cielo era tan espesamente azul que las golondrinas parecía que nadaban en él. A lo lejos, las casas campesinas se bañaban en el cálido fulgor; un bosque se levantaba tenebrosamente oscuro, recorrido por caminillos azulados. Agnes y Diederich se cogieron de las manos y comenzaron a cantar espontáneamente, sin acuerdo previo, una canción infantil de excursión, aprendida en la escuela. Diederich cantó con voz grave para que Agnes le admirara. Al llegar al punto en que ninguno de los dos sabía más estrofas, se miraron, besándose sin dejar de caminar.

—Nunca había caído en la cuenta de lo bonita que eres —dijo Diederich mirando cariñosamente su cara sonrosada, con aquellos ojos pardos de dorados destellos envueltos por rubias pestañas.

—El verano me sienta bien.

Y Agnes respiró a pleno pulmón, tensando la tela de su blusa. Se adelantó con su figura delgada, con sus caderas estrechas y el manto azul que ondeaba tras ella. Diederich, que tenía calor, se quitó la chaqueta, luego el chaleco, y acabó confesando que quería buscar una sombra. La encontraron por fin en la margen de un campo todavía no segado, bajo una acacia que aún desprendía aroma. Agnes se sentó y reposó sobre su regazo la cabeza de Diederich. Jugaron y retozaron todavía un poco. De pronto, Agnes notó que Diederich se quedaba dormido.

Cuando despertó, miró a su alrededor. Al ver la cara de Agnes se le iluminó el rostro.

—Querido —dijo ella—, ¡qué cara más tonta de sorpresa pones!

—¡Oye, que habré dormido cinco minutos cuando mucho! ¿Cómo…? ¿Ha sido realmente una hora? ¿No te has aburrido?

Pero ella estaba tan sorprendida como él de que hubiera pasado tanto tiempo. Él sacó la cabeza de debajo de la mano que ella le había puesto sobre el cabello al quedarse dormido.

Regresaron a campo traviesa. En un sembrado había tendida una masa oscura. Al acercarse a mirar a través de las espigas, vieron que era un viejo con gorra de piel, chaquetón de un rojo oxidado y pantalones de pana, también rojizos. Yacía encorvado con la barba envolviéndole las rodillas. Se agazaparon algo más para verle la cara y advirtieron de pronto que desde un principio aquél había estado mirándoles con unos ojillos negros y brillantes. Involuntariamente apretaron el paso y en las miradas que mutuamente se daban podía leerse un pánico infantil, un miedo de libro de cuentos. Miraron a su alrededor: estaban en un país lejano y ajeno, el pueblo allí enfrente dormía extranjero bajo el sol, y el cielo parecía indicarles que habían viajado día y noche.

¡Qué pintoresca la comida en la pérgola de la posada, con sol, con gallinas, con la ventana de la cocina abierta, por la que Agnes recibía los platos! ¡Qué lejos estaban el orden y el aseo burgués de la calle Blücher, la mesa rígida y ceremoniosa de las tertulias de Diederich!

—Me quedo aquí para siempre —declaró Diederich— y a ti tampoco te dejo marchar.

—¿Por qué voy a marcharme? Le escribo a papá y le hago enviar la carta por una amiga mía casada que vive en Küstrin. Así creerá que estoy allí.

Por la tarde salieron de nuevo a pasear. Esta vez fueron por el otro lado, por donde corría agua y el horizonte se veía coronado por las aspas de tres molinos de viento. En el canal había una barca; la alquilaron y bogaron aguas abajo. Se les acercó, de frente, un cisne. Ave y bote se cruzaron, deslizándose sin el menor rumor. Bajo de unos matorrales, que extendían sus ramas por encima del agua, se detuvo la barca por su propio impulso, y también por impulso propio se puso Agnes a preguntar por la madre y las hermanas de Diederich.

Él dijo que siempre habían sido buenas para con él, y que las quería. Se haría mandar los retratos de las hermanas: se habían puesto muy guapas. O tal vez, más que guapas, seriecitas y dulces. Una, Emmi, leía poesía, como Agnes. Quería Diederich cuidar de ellas hasta casarlas, pero su madre deseaba tenerlas consigo siempre; a ella debía agradecerle todo lo bueno que hubiera habido en sus vidas antes de conocer a Agnes. Y le habló de las horas crepusculares con ella, de los cuentos bajo el árbol de Navidad e incluso de los rezos que «salían del corazón». Agnes le oía extasiada. Luego dio un suspiro.

—Me gustaría conocer a tu madre. No conocí a la mía.

Él la besó compasivo y respetuoso, sintiendo a la vez una oscura sensación de remordimiento. Su corazón le decía que había llegado el momento de decir algo que la consolara del todo y para siempre, pero lo aplazó para otra ocasión; no pudo con ello. Agnes lo miró profundamente.

—Sé muy bien —dijo con lentitud— que times muy buen corazón, pero a veces debieras comportarte de otra manera.

Esto le sobresaltó y ella dijo luego, como excusándose:

—Hoy no tengo miedo de ti.

—¿Y normalmente tienes miedo? —preguntó él, pesaroso.

Ella dijo:

—Siempre he tenido miedo cuando la gente se sentía animada y bulliciosa. Con mis amigas me ocurría muchas veces que me parecía no poder medirme con ellas y temía que lo notaran y me despreciaran. Pero no lo notaban. Eso me viene ya de niña: tenía una muñeca con unos enormes ojos azules de vidrio; cuando murió mi madre fui a sentarme sola en la habitación de al lado con la muñeca. Ella me miraba fijamente con aquellos ojos abiertos y duros, que me decían: tu madre ha muerto; ahora, todos te mirarán como yo. Hubiera querido tenderla de espaldas para que cerrara los ojos; pero no me atreví a hacerlo. ¿Acaso podía atender a la gente de espaldas? Todos tienen unos ojos como aquéllos, y, a veces —escondió el rostro contra su hombro—, a veces también los tienes tú.

A él se le hizo un nudo en la garganta, sus manos acariciaron el cuello de ella y su voz tembló:

—¡Agnes! Agnes, dulzura, no sabes cuánto te quiero… He tenido miedo de ti. ¡Sí, yo! Tres años enteros he estado deseándote, pero eras demasiado hermosa para mí, demasiado elegante, demasiado buena…

El corazón se le derretía por completo; dijo todo lo que, después de la primera tarde de amor, había escrito en aquella carta que aún conservaba en su escritorio. Ella se había erguido y le escuchaba, encantada, con los labios abiertos. En voz baja, dijo triunfante:

—¡Lo sabía! ¡Tú eres así! ¡Eres como yo!

—Somos el uno para el otro —dijo Diederich y la abrazó con fuerza, pero asustado de lo que acababa de decir.

«Ahora ella espera —pensó—, ahora tengo que hablar». Él quería hacerlo, pero se sentía paralizado. La presión de sus brazos contra la espalda de ella se hacía cada vez más débil… Ella se movió. Diederich supo: ya no espera más. Y se separaron el uno del otro sin mirarse a la cara. Diederich se llevó súbitamente las manos a la cara y sollozó. Ella no le preguntó por qué; le acarició el pelo con un gesto de consuelo. Así estuvieron un buen rato.

Sin hablarle a él, ni a nadie, Agnes dijo:

—¿He creído en algún momento que eso duraría? tenía que terminar mal: era demasiado hermoso.

Él saltó, desesperado:

—¡No ha terminado!

Ella preguntó:

—¿Crees en la felicidad?

—¡Si tengo que perderte, nunca más creeré en ella!

Ella murmuró:

—Te marcharás, te perderás en la vida, me olvidarás…

—¡Antes morir! —y la abrazó contra él.

Ella le susurró al oído:

—Mira qué ancha es aquí el agua. ¡Un lago! Nuestra barca se ha soltado por sí misma y nos ha llevado hasta aquí. ¿Te acuerdas todavía de aquel cuadro? ¿Y del lago que atravesamos en sueños? ¿Adónde íbamos? —Y todavía más quedo—: ¿Adónde vamos ahora?

De él no llegó respuesta. Fuertemente abrazados y con los labios apretados, iban inclinándose hacia atrás, cada vez más cerca del agua. ¿Era ella quien lo empujaba? ¿Era él quien la atraía? Nunca habían estado más unidos. Diederich sintió en su interior: así debe ser. Para vivir con Agnes no había tenido suficiente nobleza, suficiente fe, suficiente valor. Ahora había logrado alcanzarla: así debía ser.

De pronto, un empujón, un brusco envión hacia arriba. Diederich había necesitado tanta fuerza que Agnes se desprendió de él y cayó al enrejillado fondo de la barca. Él se pasó la mano por la frente:

—¿Pero qué íbamos a…?

Helado de espanto y como ofendido, apartó la mirada de ella.

—No se puede ser tan imprudente cuando se va en barca.

Dejó que se levantara sola, cogió inmediatamente los remos y emprendió el regreso. Agnes volvió la cara hacia la orilla. Una vez quiso mirarle, pero chocó con unos ojos tan duros y desconfiados que se sobresaltó.

Con la calda del crepúsculo, regresaron a lo largo de la carretera apretando el paso. Al final casi corrían. Y cuando ya estaba tan oscuro que no podían reconocer sus caras, sólo entonces comenzaron a hablar. La mañana siguiente podía volver el señor Göppel a casa. Agnes tenía que regresar… Apenas llegados a la posada, oyeron el silbido del tren en la lejanía.

—¡Ni tiempo para comer! —dijo Diederich con forzada insatisfacción.

Recogieron sus cosas a toda prisa, pagaron y se marcharon. El tren echó a andar en cuanto subieron ellos. Menos mal que pudieron aún reposar un poco luego de tantas prisas, y hablar de los asuntos más urgentes del último cuarto de hora. Cayó la última palabra sobre ellos y allí se estuvieron sentados, cada uno a solas consigo mismo, a la luz mortecina de la lámpara y anonadados como después de un gran fracaso. ¿Se había mostrado alguna vez atractivo y prometedor el oscuro paisaje de fuera? ¿Había sido ayer aquello? Imposible volver atrás. ¿Cuándo llegarían de una vez las luces de la ciudad a liberarlos?

Una vez apeados, estuvieron de acuerdo en que no valía la pena subir al mismo coche. Diederich cogió el tranvía. Las manos y los ojos apenas si se rozaron.

 

—¡Uf! —exhaló Diederich, una vez solo—. Asunto arreglado.

Se dijo: «Igual hubiera podido terminar mal la cosa». Irritado: «Hay que ver lo histérica que es». No le cabía duda de que, por su parte, ella se hubiera agarrado a la barca y él hubiera tenido que tomar el baño sólito. La comedia la hizo solamente porque, sin duda, quería casarse a toda costa. «Las mujeres se las saben todas, y nada las avergüenza. Está uno como inerme ante ellas. Sí me descuido, esta vez me hace una jugada peor que cuando con Mahlmann. Bueno, me servirá de lección para toda la vida. ¡Ahora, se acabó!». Y con paso decidido se fue a la tertulia de los neoteutones. A partir de aquél día pasó allí todas las noches. De día empollaba para el examen oral, pero no en casa, por si acaso, sino en el laboratorio. Cuando volvía, le costaba subir las escaleras. Tuvo que reconocer que el corazón le saltaba en el pecho. Abría indeciso la puerta de la habitación: nada. Tranquilizado preguntaba como siempre a la patrona si había venido alguien. Nadie había estado allí.

Quince días después llegó una carta. La abrió en un santiamén, sin pensar siquiera. Luego quiso echarla al cajón sin leerla, pero volvió a sacarla y la desplegó a buena distancia de los ojos. Atolondradamente, con desconfiados ojos, apenas si captó, aquí y allá, una frase que otra:

«Me siento tan desgraciada…».

—¡Esto ya me lo conozco!

«No me atrevo a visitarte…».

—¡Pues no sabes de la que te libras!

«Es espantoso que no nos entendamos…».

—Por lo menos, lo reconoces.

«Perdóname por lo ocurrido. ¿O crees que no ha ocurrido nada…?».

—¿Te parece poco?

«No puedo seguir viviendo…».

—¿Vuelves a las andadas? —y la carta, definitivamente, fue a parar al cajón, a hacerle compañía a la que él había escrito tumultuosamente en una noche desenfrenada y que, por suerte, no había llegado a enviar.

Una semana después, al volver de noche a casa, oyó tras de él unos pasos que le parecieron raros. Giró la cabeza: en la penumbra se detuvo una figura con las manos ligeramente levantadas, como agarrándose en el vacío. Mientras abría la puerta de la calle, todavía pudo verla allí inmóvil. Una vez en la habitación dejó la luz apagada. Sintió reparos: mientras ella estuviera aguardando en la oscuridad, no podía iluminar el recinto que ella había presidido. Llovía. ¿Cuántas horas habría estado esperando? Seguro que estaba todavía allí, con su última esperanza. ¡Aquello no había quien lo aguantara! Quiso abrir la ventana, pero se echó atrás. En un momento dado se encontró ya en la escalera con la llave en la mano, pero aún tuvo tiempo de echarse atrás. Después de aquello, cerró definitivamente y se desnudó. «Hay que tener más aguante, hombre». Si hubiera llegado a ceder, habría sido ya muy difícil salirse de la telaraña. La chica era realmente digna de compasión, pero, al fin de cuentas, ella misma se lo había buscado. «En primer lugar, tengo deberes para conmigo mismo».

A la mañana siguiente, con la sensación de haber dormido mal, despotricó contra ella por haber intentado de nuevo apartarlo de su camino. ¡Precisamente en el momento en que sabía que tenía en puertas el examen final! Tan poco sentido de la responsabilidad era realmente digno de ella. La escena nocturna, la mascarada mendicante bajo la lluvia, había dado además a su figura un algo sospechoso e inquietante. Diederich la consideró liquidada para siempre. ¡En lo futuro, ni lo más mínimo! —se juró a sí mismo, y decidió cambiar de domicilio por lo que le quedaba de estancia en Berlín—: aunque tenga que sacrificar algo de dinero. Por suerte, encontró un colega que buscaba una habitación, de manera que no perdió ni cinco y se cambió inmediatamente a un barrio alejado del Norte. Poco después, aprobó. Neoteutonia le agasajó con un aperitivo que duró hasta bien entrada la tarde. Al llegar a casa, le dijeron que un señor le esperaba en su habitación. «Será Wiebel —pensó—. Habrá venido a felicitarme». Y henchido de esperanza, añadió: «¿O será quizá el asesor Von Barnim?». Abrió la puerta y se quedó atónito. Allí estaba el señor Göppel.

Tampoco éste supo al principio qué decir.

—¡Vaya! ¿Viene usted vestido de frac? —dijo, y añadió luego inseguro —: ¿Ha estado quizá en mi casa?

—No —dijo Diederich, asustándose de nuevo—. Es que he hecho mi examen de doctorado.

Göppel, a su vez:

—¡Ah! Enhorabuena, pues.

Luego, Diederich se atrevió a preguntar:

—¿Cómo ha hallado usted mi nueva dirección?

Y Göppel respondió:

—Cierto que no se la dejó usted a su patrona anterior, pero hay otros medios.

Después de esto quedaron mirándose. El tono de Göppel había sido tranquilo, pero Diederich vio en él terribles amenazas. Siempre había apartado de si el pensamiento de una catástrofe; ahora ya la tenía encima. Tuvo que sentarse.

—En fin —comenzó Göppel—, vengo porque Agnes no se encuentra bien.

—¡Oh! —hizo Diederich con desesperada hipocresía—. ¿Qué le pasa?

El señor Göppel movió la cabeza preocupado.

—El corazón no anda bien, pero naturalmente no son más que los nervios… Naturalmente —repitió, después de haber esperado inútilmente que Diederich lo repitiera—. Y ahora se me vuelve melancólica de aburrimiento y quisiera alegrarla de alguna manera. De momento no puede salir de casa… Pero vuelva usted a visitamos; mañana es domingo.

«¡Salvado! —pensó Diederich con alivio—. No sabe nada». La alegría le dio dotes diplomáticas; se rascó la cabeza y dijo:

—Me lo había propuesto firmemente, pero ocurre que debo regresar urgentemente a casa: nuestro viejo encargado está enfermo. No tengo tiempo ni de despedirme de mis profesores. Salgo mañana mismo, por la mañana.

Göppel le apoyó la mano en la rodilla:

—Debería pensarlo dos veces, señor Hessling. Hay momentos en que debe hacerse algo por los amigos.

Habló con lentitud, tan penetrante la mirada que Diederich tuvo que desviar la vista.

—Si estuviera en mis manos… —balbució.

Göppel dijo:

—Está en sus manos. Precisamente en sus manos está hacer todo lo que en tal caso puede hacerse.

—¿A qué viene eso?

—Usted sabe muy bien a qué viene —dijo el padre, y añadió, después de retirar un poco su silla—. ¿No creerá usted por ventura que me manda Agnes? Pues no: todo lo contrario. A ella he tenido que prometerle no hacer nada y dejarle a usted completamente en paz. Pero luego he pensado que en el fondo es completamente absurdo que nosotros dos sigamos escurriendo el bulto mutuamente, con lo que nos conocemos, con lo que he conocido a su difunto padre, con nuestras relaciones comerciales, etcétera.

Diederich pensó: «Las relaciones comerciales están rotas, amigo», y se puso en guardia.

—Yo no escurro el bulto ante usted, señor Göppel.

—Así me gusta. Entonces no tenemos por qué preocupamos. Lo comprendo muy bien: el paso al matrimonio no lo da ningún joven, especialmente hoy día, sin antes atemorizarse un poco. Pero cuando la cosa es tan singular como en este caso, ¿verdad…? Nuestras ramas industriales se complementan perfectamente y si usted quiere ampliar el negocio de su padre, la dote de Agnes le vendrá muy bien.

Y siguió de un tirón, con los ojos extraviados:

—De momento sólo puedo ofrecerle doce mil marcos en líquido, pero puede recibir toda la celulosa que quiera.

«¿Lo ves?», pensó Diederich. «Y los doce mil marcos también tendrá que tomarlos prestados…, si todavía llegan a dártelos».

—Usted no me ha comprendido bien, señor Göppel -explicó—. No pienso casarme. Para ello sería necesaria una suma demasiado grande.

El señor Göppel dijo, el miedo en los ojos y la risa forzada:

—Todavía podría hacer algo más…

—Déjelo —dijo Diederich, rechazándolo dignamente.

Göppel estaba cada vez más desconcertado.

—Bueno, diga: ¿Qué es lo que usted quiere?

—¿Yo? Nada. Pensé que usted quería algo, al venir a visitarme.

Göppel se dio ánimos.

—Esto no puede ser, querido Hessling. Después de todo lo que ha pasado. Y, sobre todo, si se tiene en cuenta el tiempo que ya lleva.

Diederich miró al padre de Agnes de arriba abajo con una mueca de desprecio.

—¿Así, usted lo sabía?

—No del todo —murmuró Göppel.

Y Diederich atacó con superioridad:

—Ya, ya, la cosa hubiera tenido visos extraños…

—Qué quiere: he tenido confianza en mi hija.

—Bonito error —dijo Diederich, dispuesto a emplear todos los medios para defenderse.

La frente de Göppel comenzó a teñirse de rojo.

—También confió en usted.

—Es decir, que me tomó por tonto.

Diederich hundió las manos en los bolsillos del pantalón y se echó hacia atrás.

—¡No! —Göppel saltó de la silla—. ¡Pero no creí que usted fuera tan canalla!

Diederich se levantó con tranquilidad ceremoniosa.

—¿Está usted dispuesto a dar satisfacción? —preguntó.

Göppel chilló:

—¡Esto es lo que usted quisiera! ¡Seducir a la hija y matar de un tiro al padre! ¡Así su honor se darla del todo por satisfecho!

—¡Qué poco entiende usted de eso! —Diederich comenzó también a excitarse—. Yo no he seducido a su hija. Hice lo que ella quería y luego no hubo manera de sacármela de encima. Esto lo ha heredado de usted. — Indignado, añadió—: ¿Quién me dice que ustedes dos no se habían puesto de acuerdo desde un principio? ¡Esto ha sido una trampa!

Göppel puso una cara como si quisiera gritar todavía más fuerte, pero de pronto se arredró y dijo con su voz normal, aunque algo temblorosa:

—Nos estamos acalorando demasiado para asunto tan grave. Le he prometido a Agnes portarme con tranquilidad.

Diederich rió sarcásticamente.

—¿Ve usted cómo hace trampa? Antes me había dicho que Agnes ignoraba su presencia aquí.

Göppel esbozó una sonrisa de disculpa.

—Buenamente, siempre puede llegarse a un acuerdo. ¿No cree usted, querido Hessling?

Pero Diederich encontró peligroso volver a ponerse apacible.

—¡Aquí no hay querido Hessling, ni cuernos! —chilló—. ¡Para usted soy el doctor Hessling!

—¡Vaya! —exclamó Göppel muy tieso—. Por lo que veo es la primera vez que alguien tiene que llamarle doctor. ¡Felicidades! Puede sentirse orgulloso de tan gloriosa ocasión.

—¿Acaso quiere hollar también el honor de mi profesión?

Göppel se batió en retirada.

—Yo no quiero hollar nada. Sólo me pregunto qué le habremos hecho mi hija y yo. ¿Necesita usted realmente una dote tan grande?

Diederich sintió enrojecérsele las mejillas, pero no se cohibió, sino que atacó más a fondo.

—Si se empeña en oír la verdad, le diré que mis sentimientos morales no me permiten casarme con una muchacha que no llega pura al matrimonio.

Göppel estuvo otra vez a punto de indignarse, pero no podía ya más. Sólo le quedaban fuerzas para contener los sollozos.

—¡Si usted hubiera visto esta tarde la tragedia! Me lo ha confesado, porque ya no podía resistirlo más, la pobre. Creo que ya ni tan sólo a mí me quiere: sólo a usted. ¿Qué más quiere usted? ¡Es su primer y único hombre!

—¿Qué prueba tengo de ello? Antes de mí, frecuentaba su casa un señor llamado Mahlmann.

Y al ver que Göppel se echaba atrás, como si le hubieran dado un golpe en el pecho, siguió adelante:

—Dígame: ¿existe tal seguridad? Quien miente una vez, no es digno de crédito.

Y todavía llegó a decir:

—Nadie puede exigirme que eleve a madre de mis hijos a una mujer así. Tengo demasiada conciencia social para prestarme a ello.

Con estas palabras dio la espalda a Göppel, se inclinó y comenzó a llenar de cosas la maleta que tenía allí abierta.

Oyó, sin volverse, los sollozos del otro. Y no pudo evitar conmoverse él mismo; por la desgracia caída sobre Agnes y su padre, que el deber le impedía aliviar; por el doloroso recuerdo de su amor, por todo aquel trágico destino… Escuchó con el corazón en vilo cómo el señor Göppel abría y cerraba tras de sí la puerta, oyó cómo se deslizaba por el corredor y luego el ruido de la puerta del piso. Adiós para siempre… y Diederich se dejó caer de bruces sobre su maleta medio llena y lloró copiosamente contra ella. Aquella noche la pasó tocando a Schubert.

Y ya bastaba como concesión a los sentimientos; había que ser fuerte. Diederich pensó, medio avergonzado, que Wiebel no hubiera llegado nunca a ponerse tan sentimental. Incluso un palurdo sin formación corporativa cono Mahlmann le había dado a Diederich una lección de energía sin escrúpulos. Que los otros también pudieran tener puntos débiles en su vida interior, le parecía a todas luces improbable. Sólo él tenía que cargar con ellos, a causa de su madre; y precisamente una chica como Agnes, que era tan poco cuerda como su madre, le hubiera inutilizado del todo para estos tiempos tan duros. Estos tiempos tan duros: la expresión le hacía ver siempre Unter den Linden con el torbellino de obreros parados, de mujeres y niños, de miseria, miedo, rebelión; y todo ello domado, domado hasta el punto de hacerle arrancar gritos de «hurra», domado por el poder, el poder total, inhumano, que sentaba allí en medio los cascos del caballo, pisando cabezas, pétreo y centelleante.

«Es inevitable», se dijo con conformismo entusiasta. «¡Hay que ser así!». Tanto peor para los que no lo eran: calan irremisiblemente bajo los cascos de los caballos. ¿Qué podían reclamar los Göppel, padre e hija, contra él? Agnes era mayor de edad y él no la había dejado embarazada. ¿Qué querían, pues? «Sería un imbécil, si me conformara a hacer algo desventajoso, a lo que no puede obligárseme por la fuerza. A mí tampoco nadie me regala nada». Diederich sintió alegría y orgullo por lo bien educado que ya estaba. La corporación, el servido militar y la atmósfera imperial lo habían adiestrado haciendo de él una persona útil. Se hizo el firme propósito de hacer valer en Netzig, su lugar natal, tan bien aprendidos principios y convertirse en un mensajero anunciador del espíritu del tiempo. Para imprimir a su persona un signo externo de tales principios, se dirigió a la mañana siguiente al establecimiento de Haby, peluquero de la corte en la Mittelstrasse, y mandó que hicieran en su cara un cambio que venía observando últimamente, y cada vez con mayor frecuencia, en los oficiales y personas de categoría. Si no lo había mandado hacer antes, era porque le parecía demasiado distinguido para ser imitado.

Con la ayuda de una bigotera especial dirigieron las guías del bigote hacia arriba, en ángulo casi recto. Una vez practicada la operación apenas se reconoció ante el espejo. La boca, sin pelos que la cubrieran, adquiriría, especialmente al bajar las comisuras de los labios, una apariencia felina y amenazante. Las puntas del bigote se erguían hasta los ojos, que llegaban a inculcarle temor a Diederich mismo, como si centellearan desde la faz del poder.