El súbdito
Capítulo Sexto
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
El doctor Hessling y señora, de Netzig, se miraron en silencio en el ascensor del hotel, en Zürich. Subían al cuarto piso. Aquél había sido el resultado de la mirar da rápida y discreta con que les había clasificado el gerente. Diederich rellenó disciplinadamente la hoja de inscripción; no dio rienda suelta a su indignación sobre el mal servicio que había allí, ni sobre Zürich, hasta que el mayordomo se hubo marchado. Ella alzó poco a poco la voz y llegó al sublime extremo de proponer escribir a Beedeker. Como esta venganza no pareció, sin embargo, demasiado efectiva, él se revolvió contra Guste: toda la culpa la tenía el sombrero que ella se había puesto. Guste, por su parte, lo atribuyó al abrigo modelo Hohenzollern de Diederich.
Con las caras encendidas se precipitaran al lunch. En la puerta, se detuvieron jadeantes bajo las miradas de los otros huéspedes: Diederich con smoking, mientras Guste luda un sombrero repleto de cintas, plumas y hebillas, y todo a la vez, digno, indiscutiblemente, de ocupar el piso de honor. El maître, amistoso, les condujo triunfalmente hasta sus puestos.
Con Zürich, y también con el hotel, se reconciliaron esa noche, pues, en primer lugar, la habitación del cuarto piso no era digna, pero era barata; y, además, enfrente mismo de las camas del matrimonio se encontraba su cuerpo moreno sobre voluptuosos cojines con un brillo húmedo y lánguido en la oscura sombra de sus ojos. Estaba cortada a medio cuerpo por causa del marco, lo que dio ocasión de jugar a la pareja de recién casados. Al día siguiente vagaron lentos, con ojos plomizos, y devoraron abundantes manjares, preguntándose qué no hubiere ocurrido si la odalisca, en lugar de cortada por la mitad, hubiera estado entera. El cansancio les hizo perder el tren, y por la noche volvieron a su habitación barata y excitante. Aquella forma de vida no parecía ir a acabarse nunca; pero, inesperadamente, Diederich leyó con párpados pesados en el diario que el Káiser se encontraba en camino a Roma para visitar al rey de Italia.
De golpe se sintió despertar. Con movimientos elásticos se dirigió al portero, a la administración, al ascensor, y por mucho que Guste se quejara de vahídos, las maletas estuvieron hechas en un santiamén. Diederich arrastró a Guste fuera de la habitación.
—¿Es que no hay más remedio? —gimió ella—. ¡Con una cama tan buena como tenemos aquí!
Pero Diederich dedicó una mirada irónica a la odalisca.
—¡Que siga usted divirtiéndose, señora!
La emoción no le dejó dormir ni un momento. Guste roncaba tranquilamente contra su hombro, mientras Diederich, atravesando velozmente la noche, no dejaba de pensar que el Káiser en persona, utilizando otra línea, pero no menos veloz, se dirigía a la misma meta que él. ¡El Káiser y Diederich competían en una carrera! Y dado que Diederich ya había tenido la suerte varias veces en la vida de expresar pensamientos que, de forma misteriosa, parecían coincidir con los del máximo soberano, quizá sabía Su Majestad de Diederich en aquellos momentos: sabía que su fiel vasallo atravesaba los Alpes a su lado para hacerles saber a los cobardes güelfos lo que era fidelidad al emperador. Atravesó con la mirada a los adormilados viajeros del asiento de enfrente, gente bajita de pelo negro, cuyos rostros durmientes expresaban decadencia. ¡Ahora iban a saber lo que era la gallardía germánica!
La madrugada les cogió en Milán, y el mediodía en Florencia; allí se apearon buena parte de los viajeros, lo que resultó incomprensible para Diederich. Sin éxito perceptible intentó iniciar a los Testantes en los grandes acontecimientos que en Roma les esperaban. Dos americanos se mostraron más interesados, a lo que Diederich observó triunfalmente:
—¡Cómo se ve que ustedes también nos envidian un Káiser como el que tenemos!
Los americanos se miraron desconcertados, como formulando una pregunta que quedó sin respuesta.
En las cercanías de Roma la excitación de Diederich se convirtió en actividad delirante. Con el dedo metido en un manual de conversación corrió detrás de los empleados intentando averiguar quién llegaría primero, si su Káiser o él. La pasión de Guste se sintió azuzada por la del esposo.
—¡Diedel! —exclamó—. Estoy dispuesta a todo. Voy a arrojar mi velo ante él para que pase por encima. ¡Y también le echaré las rosas de mi sombrero!
—¿Y si te ve y se prenda de ti? —preguntó Diederich sonriendo febrilmente.
El pecho de Guste comenzó a agitarse y bajó los párpado. Diederich jadeaba, y se liberó esforzadamente de aquella horrible tensión.
—Para mí la honra matrimonial es algo sagrado, te lo advierto. Pero, en un caso así…
Y cerró la frase con un sobrio ademán.
Por fin llegaron…, pero todo fue distinto de como lo habían imaginado. En medio de una gran confusión, los viajeros fueron arrastrados fuera de la estación, hasta los bordes de una gran plaza y las calles contiguas, que al momento volvieron a quedar obstruidas. Pero Diederich, preso de desorbitado entusiasmo, rompió las barreras. Dejó allí abandonada con todo el equipaje a Guste, que extendía los brazos aterrada, y se lanzó a la plaza. Al momento estuvo en medió del ruedo, dos soldados de cascos emplumados le persiguieron, revoloteando sus uniformes multicolores. En aquel momento descendieron varios señores las escaleras de la estación y al poco avanzó una carroza hacia Diederich. Éste agitó el sombrero y se puso a gritar de tal manera, que los señores de la carroza interrumpieron su conversación. El de la derecha se inclinó hacia delante… y, frente a frente, se miraron: Diederich y su Káiser. El soberano lo examinó fríamente, sonrió con las comisuras de los ojos y las comisuras de los labios se inclinaron hacia abajo. Diederich corrió un trecho con él, los ojos abiertos y desorbitados, sin dejar de gritar y agitar el sombrero. Y por unos segundos, rodeados a distancia por una masa forastera que les aplaudía, los dos solos, en comunión inseparable, dominaron el centro de la plaza bajo un cielo azul rutilante: el monarca y su vasallo.
La carroza desapareció por el fondo de una calle adornada de banderas, los vivas fueron amortiguados en la lejanía y Diederich, dando un suspiro y cerrando los ojos, volvió a ponerse el sombrero.
Guste le llamaba con gestos desesperados y la gente que todavía seguía allí le aplaudía con una expresión benévola y divertida en sus rostros. También los soldados que le habían perseguido, reían de buena gana. Uno de ellos se mostró tan solidario que llamó a un coche. Al partir, Diederich saludó a la multitud.
—Son como niños —explicó a su mujer—, aunque, como tales, también algo atolondrados.
Y después de esta coletilla crítica, confesó:
—En Berlín seguro que no hubiera podido hacerlo… Cuando recuerdo el jaleo de Unter den Linden… Allí las cosas fueron algo más en serlo.
Luego arregló su aspecto para hacer la entrada en el hotel. Gracias a su bizarría obtuvieron una habitación en el segundo piso.
Los primeros rayos del sol le vieron de nuevo en la calle.
—¡El Káiser es hombre madrugador! —le había dicho a Guste, que se limitó a gruñir desde la almohada.
De todas maneras, para el cumplimiento de su tarea no necesitaba de ella. Con el dedo puesto en el plano de la ciudad llegó hasta el Quirinal y se apostó enfrente. La plaza estaba tranquila y de un dorado claro bajo los rayos oblicuos de la mañana, rutilante y gigantesco el palacio… y frente a él, Diederich, aguardando al soberano, la Orden de la Corona de cuarto grado sobre el pecho dilatado. De la ciudad subió por la escalera una manada saltarina de cabras, desapareciendo detrás de la fuente y los ciclópeos domadores de caballos. Diederich no dio un solo vistazo al paisaje. Pasaron dos horas, los transeúntes se hicieron más frecuentes, un centinela había salido de su caseta, en uno de los dos portales se movía un conserje y varias personas entraron y salieron. A Diederich le entró cierto nerviosismo. Se acercó a la fachada, pasó despacio ante la puerta, espió inquieto el interior. Al aparecer por tercera vez, el portero se llevó algo inseguro la mano a la gorra. Al ver que Diederich se detenía y devolvía el saludo, le entró más confianza.
—Todo en orden —dijo por lo bajo.
Diederich acogió el parte con gesto de conformidad. Le parecía natural que se le pusiera en conocimiento del estado personal de su emperador. Sus preguntas sobre la hora y lugar de salida del Káiser fueron respondidas sin el menor reparo. El conserje advirtió por sí mismo que para acompañar al Káiser Diederich necesitarla un coche e hizo a que fueran por uno. Mientras tanto se había formado un grupito de curiosos y luego el conserje se retiró a un lado; detrás de un jinete de escolta apareció en coche descubierto, bajo los fulgores del águila de su casco, el rublo soberano del norte. El sombrero de Diederich se alzó al momento en el aire. Diederich gritó disparado, en italiano:
—¡Euviva il Kaiser!
Y el grupito gritó complaciente con él… Pero Diederich saltó sin perder tiempo en la berlina que estaba esperándole y salió disparado, azuzando al cochero con broncos gritos y una buena propina. Mire usted por dónde: tan sólo detenerse, ya se acercaba detrás de él la magna carroza. Cuando el Káiser se apeó, volvía a haber allí un grupito y Diederich volvía a gritar en Italiano… ¡Y a montar guardia ante el edificio en que se encontraba su emperador! ¡El pecho bien alto y la mirada fulminante a quienquiera que se acercase! A los diez minutos se había vuelto a completar el grupito, la carroza volvía a pasar el portal y Diederich: «Euviva il Kaiser…!». Y, en medio del eco del eco del grupito, de vuelta zumbando hacia el Quirinal. Plantó. El Káiser en chacó. El grupito. Nuevo objetivo, nuevo retomo, nuevo uniforme, Diederich de nuevo, y de nuevo una recepción jubilosa. Así sucesivamente: jamás había vivido Diederich horas tan felices. Su amigo el conserje le ponía fielmente en conocimiento los itinerarios. También ocurría que un funcionario le saludara dándole un parte, que él recibía con displicencia, o que otro se presentara como pidiéndole directivas… y entonces, Diederich las daba de forma ambigua, pero exigente.
El sol subió cada vez más alto; ante las ardientes losas de mármol de aquellas fachadas, tras las cuales su Káiser mantenía conversaciones de alto nivel internacional, Diederich sufrió los horrores del calor y la sed sin perder un momento la compostura. Pero, por muy firme que mantuviera el ademán, le parecía como si la panza fuera cayéndosele, bajo el peso del mediodía, hasta el empedrado del suelo, y en su pecho se derritiera la Orden de la Corona, medalla y cinta de cuarto grado… El cochero, cuyas idas a la taberna más cercana aumentaban en frecuencia, acabó por sentir admiración hacia el heroico sentido del deber de aquel tudesco y le llevó un cuartillo de vino. Con nuevo fuego en las venas se lanzaron los dos a la próxima carrera. Había que ver lo raudos que eran los corredores imperiales; para adelantárseles debían atravesarse a todo galope callejas estrechas y tortuosas cuyos escasos transeúntes se apretaban asustados a las paredes; o había que apearse y tomar a trancadas una escalera. Pero al final se encontraba Diederich puntualmente a la cabeza de su grupito, vela descender el séptimo uniforme y gritaba. Y luego el Káiser volvía la cabeza y sonreía. ¡Le reconocía de nuevo, a él, a su vasallo! Al que lanzaba los gritos, al que siempre estaba ya en la meta, como el erizo del cuento. Diederich, henchido de orgullo por la magna atención, centelleaba a la plebe, en cuyos rostros había una divertida complacencia.
Sólo la confirmación dada por el conserje de que Su Majestad estaba almorzando, le permitió volver a pensar en Guste.
—¡Pero cómo vienes! —exclamó ella al verle, retrocendiendo hacia la pared.
Estaba rojo como un tomate, completamente deshecho, su mirada tenía un fulgor salvaje como un guerrero germánico de la antigüedad en una incursión a tierra transalpina.
—¡Este es un gran día para la causa nacional! —dijo arrebatado—. ¡Su Majestad y yo estamos haciendo grandes botines morales!
¡Qué pose la suya! A Guste se le pasó el susto y el mal humor por la larga espera, se acercó con brazos amorosos y se colgó sumisa de su cuello.
Pero Diederich apenas se concedió el reposo del breve lapso de la comida. Sabía bien que después del almuerzo el Káiser descansaría; le tocaba, pues, montar guardia bajo su ventana sin abandonar el puesto un momento. No lo abandonó y tuvo la demostración de lo bien que hacía. No habían pasado ni siquiera ochenta minutos de guardar el puesto enfrente del portal cuando sucedió que un individuo de aspecto sospechoso, aprovechando una corta ausencia del conserje, se deslizó alevosamente hasta emboscarse detrás de una columna, alentando en la sombra planes que no podían ser más que funestos. ¡Pero allí estaba Diederich! Se le vio abalanzarse a través de la plaza como un huracán, dando alaridos de guerra. Detrás de él se precipitó un grupo de gente alarmada, la guardia acudió a todo correr, el personal de servicio se concentró en el portal… y todos se asombraron de ver cómo Diederich, a brazo partido, sacaba a un individuo de su escondrijo. Daban los dos tales puñadas y manotazos que ni la fuerza armada pudo poner mano sobre ellos. De pronto se vio cómo el contrincante de Diederich, que había logrado soltarse el brazo derecho, blandía un bote metálico. ¡Una bomba! ¡Va a lanzarla…! Ta la había lanzado. Esperando la explosión, los más próximos yacían en el suelo, gimiendo ya antes de que nada hubiera ocurrido. Pero Diederich, no: blanco el rostro, los hombros y el pecho, seguía en pie y estornudaba. Se expandió un fuerte olor de menta. Los más osados regresaron y le husmearon; un soldado de alto plumero le tocó con el dedo humedecido y probó. Diederich entendió perfectamente lo que a continuación comunicó a la gente y el motivo por el cual en todos los rostros volvió la expresión de divertida complacencia, pues desde hacía un momento no le cabía la menor duda de que le habían arrojado polvos dentífricos encima. A pesar de ello, no perdió de vista el peligro del que quizá se había librado el Káiser gracias a su vigilancia. El terrorista intentó, absolutamente en vano, hacerse el escurridizo: al pasar junto a Diederich, la mano férrea de éste le atrapó, entregándole a los guardias del orden. Éstos sacaron en limpio que se trataba de un alemán y le pidieron a Diederich que lo interrogara. Éste, a pesar del polvo que lo cubría, asumió la tarea con el máximo empaque. Las respuestas del sujeto, quien, como no podía menos, tenía una profesión artística, no contenían maíz político apreciable, pero su índole profundamente irrespetuosa e inmoral dejaba traslucir con toda evidencia el espíritu de la subversión, por lo que Diederich recomendó acuciantemente su detención. Los guardias se lo llevaron, no sin antes cuadrarse con un saludo ante Diederich, a quien sólo le quedó tiempo de hacerse cepillar por su amigo el conserje, pues ya se había anunciado al Káiser. El servicio personal de Diederich volvía a empezar.
El cumplimiento de éste le llevó sin descanso de un lado a otro hasta bien entrada la noche, para terminar ante el edificio de la embajada alemana, donde Su Majestad daba una recepción. El carácter más prolongado de aquella estación del máximo soberano le dio ocasión a Diederich de elevar el ánimo en la terraza del café más próximo. Se subió a una silla y dirigió al pueblo una alocución henchida de espíritu nacional, exponiendo meridianamente aquella pandilla ociosa la conveniencia de poseer un fuerte ejército y un monarca que no fuera un figurón… Iluminado por el rojo resplandor de los braseros que llameaban ante el palacio del Reich, le vieron sobre la silla mover una bocaza coronada por un bigote en ángulo recto, le vieron centellear con la mirada y adoptar posturas férreas… y aquello bastó, por lo visto, para entenderle, pues le acogieron con júbilo, aplausos y vivas al Káiser cada vez que él lanzaba uno. Con seriedad no desprovista de amenaza, Diederich recibió, en nombre de su soberano y del terrible poder que tafia éste en sus manos, los homenajes del extranjero, después de lo cual bajó de la silla y volvió a los placeres del vino. Varios paisanos suyos, no menos animados que él, brindaron a su salud y fueron acercándose con aire de complicidad. Uno de ellos abrió un periódico vespertino con un enorme retrato del Káiser y leyó la crónica de un incidente provocado por un alemán en la puerta del Quirinal. Sólo gracias a la eficiente intervención de un agente del servicio personal del Káiser había podido evitarse una catástrofe; y se encontraba también representado el retrato del agente. Diederich lo reconoció sin dificultad. Si bien el parecido era más bien superficial y el nombre había sufrido una lamentable transformación, las proporciones de la cara y el bigote coincidían. De esta manera Diederich vio unidos al Káiser y él mismo en la misma página de periódico, el monarca y su vasallo puestos a la luz de la admiración pública. Aquello era demasiado. Húmedos los ojos, Diederich se levantó y entonó La guardia del Rhin. La baratura del vino y las renovadas olas de entusiasmo tuvieron como efecto que la noticia de que el Káiser abandonaba a la embajada hallase a Diederich en un estado que ya no era de absoluta formalidad. A pesar de todo, hizo lo imposible por cumplir con su deber. Se abalanzó, haciendo eses. Capitolio abajo, dio un traspié y bajó rodando las escaleras. Sus compinches de mesa le alcanzaron en la calleja que había bajado, hallándole en pie, de cara a la pared… Fulgor de antorchas y trotar de caballos: ¡el Káiser! Los otros corrieron tras él tambaleándose, pero a Diederich ya no hubo espíritu de lealtad que le recuperara: cayó en su puesto, bajo los luceros. Dos guardias municipales le encontraron tumbado contra la pared, sentado sobre un charco. Reconocieron al agente del servicio personal del Káiser y, profundamente alarmados, se inclinaron sobre él. Pero al instante se miraron y estallaron en horrendas carcajadas. El agente extranjero no estaba muerto, gracias a Dios, pues emitía suaves ronquidos; y el charco en que yacía, no era sangre ni mucho menos.
A la noche siguiente, durante la función de gala en la Ópera, el Káiser presentaba un aspecto mucho más serio que de costumbre. Diederich lo advirtió y le dijo a Guste:
—Ahora ya sé de qué me ha servido gastar tanto dinero. Fíjate bien: ¡vamos a ser testigos de un momento histórico!
Su olfato no le engañó. La prensa vespertina comenzó a correr por el teatro y se supo que el Káiser emprenderla el viaje aquella misma noche: ¡había disuelto el Reichstag! Diederich, tan serio como el Káiser mismo, explicó a todos los que había sentados a su alrededor la gravedad del acontecimiento. ¡La subversión había tenido la desfachatez de rechazar el nuevo presupuesto militar! ¡Para los espíritus nacionales había empezado una lucha a vida o muerte por su Káiser! Por su parte, regresaría él también con el próximo tren, aseguró, a lo que inmediatamente se le dieron las indicaciones precisas de horario… Quien no estuvo conforme fue Guste.
—Por una vez en la vida he hecho un viaje al extranjero y, gracias a Dios, dispongo de todo y puedo permitirme lo que me plazca. ¿Te parece bien que tenga que tirarme dos días encerrada en el hotel y luego, sin más, a casita corriendo, sólo por culpa de…?
La mirada que lanzó hacia el palco imperial contenía tal dosis de insubordinación que Diederich le cortó con la máxima severidad. Guste, a su vez, levantó la voz; a su alrededor comenzaron a sisear y cuando Diederich se enfrentó centelleante con los protestatarios, se vio invitado por éstos a largarse de una vez con Guste aun antes de que saliera el tren.
—Esta gentuza no tiene la más mínima educación ni dignidad —observó una vez fuera, resollando enérgicamente—. Y, en definitiva, me gustarla saber qué hay aquí de particular. Tiempo soleado, bueno… Anda, mira por lo menos las antiguallas que se alzan por ahí.
Guste, que se había vuelto a calmar, dijo como en un lamento:
—Sí, las estoy gozando.
Más tarde rodaban ya, a distancia prudencial, detrás del tren del Káiser. Guste había olvidado con las prisas sus esponjas y cepillos y en cada estación quería apearse. Para que conservara la paciencia durante las próximas treinta y seis horas, Diederich tuvo que hacerle incansablemente mención de la causa nacional. Pese a todo, cuando por fin puso el pie en Netzig, su primera preocupación fueron las esponjas. ¡Tenían que haber llegado precisamente en domingo! Menos mal que, por lo menos, estaba abierta la farmacia Loewe. Mientras Diederich esperaba el equipaje ante la estación, Guste se dio un salto hasta la botica. Al ver que no volvía, fue él también hacia allí.
La puerta de la farmacia estaba medio abierta y dos jovenzuelos espiaban el interior muertos de risa. Diederich hizo caso omiso de ellos, entró y quedó de una pieza: detrás del mostrador paseaba de un lado a otro, con los brazos cruzados y mirada siniestra, su viejo amigo y compañero de estudios Gottlieb Hornung. Guste estaba diciendo:
—Bueno, a ver si me da el cepillo de dientes de una vez.
Al oír tales palabras, Gottlieb Hornung salió del mostrador sin dejar de cruzar los brazos y posando su mirada siniestra sobre Guste.
—Por mi expresión habrá reconocido —comenzó a hablar, adoptando un tono de orador—, que ni la situación me lo permite, ni tengo el menor interés en venderle un cepillo de dientes.
—¡Caramba! —hizo Guste, retrocediendo—. Pero si aquí tiene un jarrón lleno de ellos…
Gottlieb Hornung sonrió demoníacamente.
—El tío ese de ahí arriba —dijo echando atrás la cabeza y señalando con la barbilla al techo, encima del cual vivía seguramente su patrón— puede rebajarse a vender lo que le parezca. Esto a mí no me incumbe en absoluto. Por mi parte, no he hecho seis semestres de universidad y pertenecido a una de las corporaciones más distinguidas para ponerme luego aquí a vender cepillos de dientes.
—Y, entonces, ¿qué hace aquí? —preguntó Guste, visiblemente cohibida.
—¡Yo estoy aquí para las recetas! —contestó Hornung marcando majestuosamente las palabras.
Guste sintió que la batalla estaba perdida y se dispuso a marcharse. Pero todavía le vino una idea.
—¿Y qué pasa con las esponjas? ¿Lo mismo?
—Exactamente lo mismo —confirmó Hornung.
Parecía que Guste hubiera esperado esto para dar rienda suelta a su indignación. Hinchó el pecho dispuesta a estallar, pero todavía tuvo Diederich tiempo de intervenir. Le dio toda la razón al amigo en que había que salvaguardar la dignidad de Neoteutonia manteniendo alto su estandarte, pero que si, a pesar de todo, alguien necesitaba una esponja, podía servirse en definitiva él mismo y depositar el dinero en su lugar. Y así lo hizo Diederich. Gottlieb Hornung se fue mientras tanto a un lado y se puso a silbar como si no hubiera nadie. A continuación, Diederich manifestó interés por cómo le habían ido las cosas a su amigo. Desgraciadamente le habían ido bastante mal, pues como Hornung siempre se había negado a vender esponjas y cepillos de dientes, ya le habían despedido de cinco farmacias. No obstante, seguía plenamente decidido a ser consecuente con sus principios aunque se expusiera a volver a perder el puesto.
—¡Ahí puedes ver lo que es todo un neoteutón! ¡Míralo bien! —le dijo Diederich a Guste.
Y Guste se lo miró bien.
Diederich no pudo contenerse más de explicar lo que había pasado y conseguido. Exhibid su medalla, le hizo darse la vuelta a Guste ante Hornung y nombró la cifra de su dote. El Káiser, cuyos enemigos y ofensores se encontraban a buen recaudo gracias a los servicios de Diederich, hacía muy poco que había podido escapar en Roma a un atentado gracias también a los servicios de Diederich. Para evitar el pánico en las cortes y en la bolsa, los periódicos habían dicho que sólo se había tratado de la broma de un perturbado mental.
—Pero, dicho entre nosotros, Hornung, tengo motivos para creer que detrás había un complot de consecuencias insospechadas. Comprenderás que el interés nacional exige la máxima discreción. Supongo, sin duda, que tú también eres hombre de firmes ideas nacionales.
Hornung lo era, naturalmente, y Diederich pudo así dar toda clase de explicaciones sobre el importantísimo cometido que le había obligado a regresar tan precipitadamente de su viaje de bodas. ¡Había que imponer en Netzig a un candidato nacional! Sería, desde luego, equivocado pasar por alto las dificultades. Netzig era un bastión del liberalismo masónico, la subversión estaba minando sus fundamentos… Aquí, Guste empezó a amenazar con irse a casa con todo y equipaje. A Diederich sólo le quedó tiempo de invitar acuciantemente a su amigo a que les visitase aquella misma noche, pues debía hablarle con urgencia. Al subir al coche vio cómo uno de los pilluelos que habían esperado fuera, entraba en la farmacia y pedía un cepillo de dientes. Diederich se puso a dudar que Gottlieb Hornung, precisamente por aquella actitud aristocrática tan poco práctica a la hora de vender esponjas y cepillos, fuese un valioso aliado en la lucha contra la democracia. Pero ésta fue la menor de sus perentorias preocupaciones. A la anciana señora Hessling se le permitieron sólo algunas lágrimas por brevísimo tiempo y tuvo que volver al piso alto, donde antes sólo se había alojado a la criada y tendido la ropa, y ahora, Diederich había confinado a su madre y a Emmi. Con el hollín del viaje todavía en los bigotes, visitó subrepticiamente al gobernador Von Wulckow, hizo además llamar de forma no menos discreta a Napoleon Fischer, y efectuó los primeros pasos para organizar rápidamente un encuentro con Kunze, Kühnchen y Zillich.
La tarde del domingo hizo más difícil la empresa; hubo que hacer grandes esfuerzos para que el comandante renunciara a su partida de bolos, al pastor hubo que apartarlo de la idea de una excursión familiar con Käthchen y el asesor Jadassohn, y el profesor se encontraba en manos de sus dos pupilos, que ya lo habían emborrachado a medias. Por fin logró arrastrarlos a todos al local de la Hermandad de Combatientes, donde les puso en conocimiento sin pérdida de tiempo de la necesidad de presentar un candidato nacional y que, tras un análisis de la situación, no quedaba más que uno apropiado para ello: el comandante Kunze.
—¡Hurra! —gritó Kühnchen inmediatamente.
Pero el rostro del comandante se arrugó más aún, amenazando tormenta. Masculló malhumorado que si se le tenía por tonto, que si creían que tenía ganas de hacer el ridículo.
Pero Diederich invalidó rápidamente tal opinión.
—Tenemos la Hermandad de Combatientes, recuérdenlo ustedes. La Hermandad es una base operacional de incalculable valor. A partir de ella avanzamos en guerrilla, si se me permite la expresión, directamente hasta el monumento al Káiser Guillermo y, una vez allí, ganaremos la batalla.
—¡Hurra! —volvió a gritar Kühnchen.
Pero los otros dos quisieron saber en concreto cómo iba a ser aquello del monumento, y Diederich les hizo participes de su invención. Prefirió, desde luego, pasar por alto que el monumento era materia de un pacto entre él y Napoleon Fischer. Lo más que llegó a revelar fue que la casa cuna masónico-liberal no gozaba de popularidad y que gran cantidad de electores podrían inclinarse por la causa nacional si se les prometía un monumento al Káiser Guillermo. Primero, porque con ello se daría trabajo a más artesanos y productores y, luego, porque con ello se activaría la vida de la ciudad. La inauguración de un monumento como aquél atraería a amplios círculos; Netzig tenía la oportunidad de perder su mala fama de charca democrática y alcanzar el estado de gracia. Diederich pensaba en el pacto que había hecho con Wulckow, pero prefirió también pasarlo por alto.
—Y al hombre que tanto y tan inconmensurables cosas haya logrado y conquistado para todos nosotros —y señaló a Kunze con un amplio gesto—, a este hombre nuestra adorada ciudad le levantará también en su tiempo un monumento. Él y el Káiser Guillermo el Grande se mirarán uno a otro…
—Y se sacarán la lengua —apostilló el comandante en su tozuda incredulidad—. Si está tan convencido que la gente de Netzig sólo espera al hombre que bajo sonoros acordes los conduzca al campo nacional, ¿por qué no se pone usted mismo a hacer el papelito?
Y clavó su mirada en la de Diederich. Pero éste la recibió con ojos absolutamente inocentes, y, llevándose la mano al corazón, dijo:
—¡Señor comandante, mi fidelidad al Káiser, de todos bien conocida, ha pasado por pruebas más difíciles que una candidatura para el Reichstag, y puedo afirmar sin temor a réplica que las he superado con creces! Para ello no me ha importado concentrar sobre mí, en tanto que avanzado de la buena causa, todo el odio de la masa descarriada, haciéndome imposible gozar del fruto de mi sacrificio. La población de Netzig no me votarla a mí, pero en cambio votará a la causa que yo defiendo, y por ello mismo me abstengo, pues ser veraz es ser alemán, y le dejo a usted, señor comandante, tales honores y alegrías, sin el menor asomo de envidia.
Reacción general. El bravo de Kühnchen se sonó ahogado en lágrimas, el pastor cabeceó como dando su bendición, y Kunze bajo la mirada visiblemente conmovido. Diederich, por su parte, sintió desahogo y bienestar; había abierto su corazón expresando fidelidad, espíritu de sacrificio e idealismo viril. Su mano de vellos rubios avanzó por encima de la mesa y en ella se cerró indecisa, pero con fuerza, la mano de vellos negros del comandante.
Después de hablar el corazón, habló, no faltaba más, la razón en boca de los cuatro hombres. El comandante pidió explicaciones: era preciso saber si Diederich estaba dispuesto a compensarle las pérdidas ideales y materiales en caso de ser apabullado y vencido en su lucha contra el candidato del contubernio liberal.
—¡Fíjese usted bien! —saltó señalando con el dedo a Diederich, quien ante maniobra tan directa, quedó ipso facto cortado—. No pretenderá usted hacerme creer que su amor por la causa nacional es puramente platónico, y el hecho de que usted, señor doctor, quiera embarcarme en esto de todas todas, algo tendrá que ver. Por lo que de usted colijo, con esas triquiñuelas suyas de las que yo, con mi sencillez castrense, no entiendo ni pizca, ni falta que me hace.
Diederich se apresuró entonces a prometer una condecoración al virtuoso soldado, dejando traslucir su buena relación con Wulckow… y el candidato se entregó finalmente sin reservas.
Entretanto, el pastor Zillich había reflexionado sobre si su posición ciudadana le permitía asumir la presidencia del comité electoral nacional. ¿Debía acaso fomentar la división entre sus fieles? ¡Su cuñado Heuteufel era el candidato de los liberales! Si en lugar del monumento se construyera una iglesia, la cuestión habría sido muy otra.
—Puedo asegurarles que las mansiones del Señor están ahora más faltas de ayuda que nunca. Mi pobre parroquia de Santa María se halla tan falta del cuidado municipal, que cualquier día de éstos se desplomará sobre mi cabeza y la de mis amadas ovejas.
Sin más dilación, Diederich garantizó bajo palabra todas las reparaciones deseables, poniendo como única condición que el pastor mantuviera apartadas de los puestos de responsabilidad del nuevo partido a aquellas personas que en ciertos detalles hubieran despertado dudas sobre la autenticidad de su fe nacional.
—Sin que yo quiera intervenir en cuestiones familiares… —abundó Diederich mirando fijamente al padre de Kathchen, quien, por lo visto, había comprendido muy bien, pues no protestó en absoluto.
Pero también Kühnchen, que hacía tiempo que había dejado de gritar hurras, tomó a su vez la palabra. Los otros dos habían tenido que hacer violentos esfuerzos para mantenerlo sentado mientras hablaban; apenas lo soltaron, acaparó tempestuosamente el debate. ¿En qué sector debía, sobre todo, asentarse firmemente la ideología nacional? ¡En la juventud! Pero ¿cómo iba ello a ser posible, siendo rector del instituto un amigo del señor Buck?
—Así están las cosas, por mucho que yo me desgañite hasta volverme tísico contando nuestras glorias del año setenta, y…
En definitiva: Kühnchen quería el rectorado, y Diederich se lo concedió generosamente.
Después de haber fijado de forma tan inequívoca las posiciones políticas sobre la sana base de los intereses, se pudo ya, con tranquilidad de conciencia, dar rienda suelta a la alegría, que, según explicó el pastor Zillich, era un don de Dios y hacía que incluso la mejor causa tuviera el realce merecido. Y con tal propósito se encaminaron al Ratskeller.
A primeras horas de la madrugada, cuando los cuatro caballeros regresaron finalmente a sus hogares, ya estaban pegados en las paredes, entre las proclamas electorales de color blanco de Heuteufel y las rojas del camarada Fischer, los carteles enmarcados de rojo, blanco y negro que recomendaban al comandante Kunze como candidato del Partido del Káiser. Diederich se plantó delante de uno de ellos con toda la «firmeza que le permitía su estado y leyó, con voz aguda y cortante:
—Los elementos sin patria confabulados en la disuelta cámara del Reichstag han osado negarle a nuestro invicto Káiser los medios de fortaleza que necesita para afirmar la grandeza del Imperio… ¡Mostrémonos dignos de tan gran monarca, y aniquilemos a sus enemigos! ¡Como único programa: el Káiser! ¡O los que están conmigo, o los que están contra mí: la subversión o el Partido del Káiser!».
Klihnchen, Zillich y Kunze lo subrayaron todo con un griterío de rigor. Viendo que algunos obreros que se dirigían a la fábrica se paraban sorprendidos. Diederich giró en redondo para anunciarles el manifiesto nacional.
—¡Gente del pueblo! —exclamó—. No tenéis ni idea de la suerte que os ha caído con ser alemanes. Sabed que el mundo entero nos envidia el Káiser que talemos. Ahora mismo valgo de convencerme plenamente de ello en el extranjero.
Aquí Kühnchen dio un golpe de atención con el puño sobre la tabla de proclamas y los cuatro señores gritaron «burra» bajo la mirada silenciosa de los obreros.
—¿Queréis que vuestro Káiser os regale colonias? —les preguntó Diederich—. Claro que sí. ¡Venga, entonces: afiladle el sable! ¡No votéis a ninguno de los confabulados contra la patria, esto no lo permito yo, sino únicamente al candidato del Káiser, comandante Kunze: de lo contrario, os aseguro que nuestra posición en el mundo va a hundirse en cualquier momento y podría pasaros que los sábados volvierais a casa con diez marcos menos de salario!
Los obreros se miraron en silencio y siguieron su camino.
Pero tampoco nuestros prohombres perdieron más tiempo. Con paso rígido, Kunze se dispuso en persona a cantárselas muy claras, aquel mismo día, a los miembros de la Hermandad de Combatientes.
—¡Van listos estos tipos —declaró—, si todavía creen que en el futuro podrán seguir perteneciendo a los sindicatos libres! ¡Les extirparemos el cáncer de la libertad! ¡De hoy en adelante, se adoptará un tono mucho más duro!
El pastor Zillich quiso hacerse responsable de llevar a cabo una acción similar entre las asociaciones cristianas, mientras que Kühnchen se puso a cantar por adelantado el fresco y juvenil entusiasmo de sus alumnos, que se lanzarían en bicicletas por toda la ciudad arrastrando en masa a los electores. Pero el más animado de todos por un arrollador sentido del deber fue Diederich. Ya no hubo ni ocio ni descanso; a su mujer, que le recibió en la cama con duros reproches, le respondió centelleante:
—Mi Káiser ha levantado el sable, y cuando mi Káiser levanta el sable, se acaban los deberes conyugales. ¿Está claro?
La reacción inmediata de Guste fue darse vuelta bruscamente y levantar, como un bastión entre ella y el desdeñoso, la confortable colcha abultada por sus encantos traseros. Diederich contuvo la compasión que, traidoramente, quería hacer presa en él, y escribió sin pérdida de tiempo una diatriba contra la casa cuna masónico-liberal. El Netziger Zeitung no tuvo inconveniente en publicarla, a pesar de haber parecido dos días antes en el mismo periódico un artículo, firmado por el doctor Heuteufel, en el que se recomendaba la guardería infantil con las más cálidas alabanzas. Como el redactor Nothgroschen anotó adicionalmente, el órgano de la ciudadanía civilizada estaba obligado ante sus suscriptores y lectores en general a hacer pasar toda iniciativa de carácter renovador por la piedra de toque de la responsabilidad moral. Y esto precisamente hizo Diederich, con espíritu fulminante. ¿A quién iba destinada, lógicamente, una guardería así? ¿A quién, en primera línea? A los hijos naturales. ¿Qué se favorecía, pues, con ello? El libertinaje. ¿Acaso hacía falta? En absoluto: «pues, gracias a Dios, no nos encontramos en la triste situación de los franceses, quienes, como consecuencia del desenfreno democrático en que se han sumergido, se encuentran ya casi en estado de extinción. Que entronicen ellos todo lo que quieran la generación extramatrimonial, pues se quedarán sin soldados. ¡Pero nosotros no estamos podridos, nosotros gozamos de inagotables recursos de descendencia! ¡Somos la sal de la tierra!». Y Diederich hizo cuentas a los lectores del Netziger Zeitung: ¿en qué fecha ellos y sus semejantes llegarían a la cifra de cien millones y cuánto tardaría, cuando mucho, en ser alemana toda la superficie terrestre…?
Al propio tiempo se dieron por realizados, al parecer del comité nacional, los preparativos de la primera asamblea electoral del Partido del Káiser. Debía verificarse en la cervecería de Klappsch, que la había adornado patrióticamente. Coronas y cenefas con ramas de abeto, en las que brillantes pancartas, rezaban: «La voluntad del monarca es el máximo precepto», «Vuestro único enemigo es mi enemigo», «La socialdemocracia, dejádmela a mí», «Mi camino es el buen camino», «¡Pueblo, despierta activo de tu letargo!». De la viveza de aquel despertar se cuidaron Klappsch y su hija, quien esta vez se dedicó a repartir continuamente renovadas jarras de cerveza en todas las mesas, sin poner tanta minuciosidad como de costumbre en el buen orden del mostrador. De tal manera, Kunze fue acogido con bastante animación cuando el pastor Zillich, que hacía las funciones de presidente, te presentó. Sin embargo, Diederich pudo observar con desagrado, a través de la cortina de humo que rodeaba el emplazamiento del ejecutivo, que también Heuteufel, Cohn y algunos de sus seguidores habían logrado colarse en la sala. Inmediatamente pidió explicaciones a Gottlieb Hornung, que era el encargado del control, pero éste no quiso saber nada; estaba de mal humor, bastante trabajo había tenido con reunir a toda aquella gente. ¡Con tantos proveedores como tenía ya el monumento al Káiser Guillermo gracias a su agitación, el municipio iba a quedar endeudado para toda la vida y no lo iba a salvar ni la muerte triple del viejo Kühlemann! ¡Tenía las manos hinchadas de tanto saludar a los patriotas reconvertidos! ¡Y la de cosas absurdas que habían llegado a pedirle! Con decir que lo mínimo fue que se asociara con un droguista… Pero Gottlieb Hornung se rebeló contra esta falta democrática de distancias jerárquicas. El propietario de la farmacia Loewe acababa de despedirlo, y estaba él más decidido que nunca a no vender ni esponjas, ni cepillos de dientes, ni nada…
Entretanto, Kunze había comenzado a perder el hilo de su discurso programático, pues la sombría expresión de su rostro no le había ocultado a Diederich que el comandante distaba mucho de dominar con seguridad lo que quería decir, y la contienda electoral le daba más miedo que todas las contiendas genuinas. Había dicho:
—Señores, el ejército es la única columna…
Y alguien había gritado por el lado de Heuteufel:
—¡Mal comienzo ése!
Kunze perdió el hilo, y añadió de pronto:
—¿Pero quién lo paga? El pueblo.
—¡Bravo! —gritaron aquí los reunidos alrededor de Heuteufel.
Llevado contra su voluntad en dirección falsa, Kunze les explicó:
—De ello resulta que todos somos columnas, tenemos derecho a serlo, a exigirlo, y mal andará el monarca…
—¡Muy bien dicho! —respondieron voces liberales, coreadas ingenuamente por la gran mayoría de los fervorosos patriotas.
El comandante se limpió el sudor; contra sus propósitos, sin poner nada de su parte, el discurso tomó un derrotero muy adecuado para pronunciarlo en el seno mismo de la asociación liberal. Diederich le tiró de la chaqueta conminándole a acabar, pero Kunze, por más que lo intentaba, no lo conseguía: no daba de ninguna manera con la introducción adecuada a la consigna electoral del Partido del Káiser. Al final perdió la paciencia, se le puso el rostro color grana intenso, y exclamó con violencia súbita e inesperada:
—¡Aniquilemos hasta el último brote! ¡Hurra!
La Hermandad de Combatientes aplaudió tempestuosamente. En los rincones en que no fue aplaudido, aparecieron rápidamente Klappsch o la señorita Klappsch, obedeciendo a las acuciantes señales de Diederich.
Al momento pidió la palabra Heuteufel para objetar, pero se le adelantó Gottlieb Hornung. Diederich, por su parte, prefirió quedarse en la sombra, tras la cortina de humo de la presidencia. Le había prometido diez marcos a Gottlieb Hornung, y éste no se encontraba en situación de rechazarlos. Se adelantó con un rechinar de dientes basta el borde de la tarima y comentó el discurso del respetable comandante en el sentido de que el ejército, en aras del cual todo súbdito estaba dispuesto a inmolarse, constituía el bastión más sólido para contener el avance de las turbias aguas democráticas.
—La democracia es una ideología de pseudointelectuales trasnochados — afirmó el farmacéutico—. La ciencia la ha superado ya por completo.
—¡Muy bien dicho! —gritó alguien. Era el droguista que quería asociarse con él.
—¡Siempre habrá señores y siervos! —decretó Gottlieb Hornung—. No puede ser de otra manera, pues así ocurre también en la naturaleza. Esta es la verdad, y no otra. ¡Todo ser debe tener a otro por encima de él que le dé miedo, y otro por debajo que sienta miedo ante él! ¡Adónde llegaríamos si no! ¡Estaríamos buenos, si al primero de turno se le ocurre pensar que por sí mismo es ya algo, y que todos somos iguales! ¡Ay del pueblo cuyas formas heredadas, tan dignas de respeto, empiezan a disolverse en el desbarajuste democrático y donde gana terreno el demoledor principio del individualismo!
Gottlieb Hornung cruzó los brazos y estiró el pescuezo.
—¡Yo —chilló—, que he pertenecido a una distinguida corporación y sé lo que es dar la sangre por el honor de unos colores, no me prestaré nunca a vender cepillos de dientes!
—¿Y esponjas tampoco? —preguntó uno.
—¡Tampoco! —decidió Hornung—. Le plantaré cara enérgicamente a quien me vuelva con ésas. Hay que saber siempre con quién está uno tratando. A cada uno, lo que se merece. Y en este sentido debemos dar nuestros votos a uno solo candidato; el candidato que concede al Káiser tantos soldados como el Káiser quiera. ¡Una de dos: o tenemos un soberano o no tenemos ninguno!
Con estas palabras, Gottlieb Hornung se retiró hacia atrás y, avanzando la mandíbula, miró cejijunto a la marejada de aplausos. La Hermandad de Combatientes no se perdió la ocasión de desfilar ante él, Kunze blandiendo sus jarras de cerveza. El comandante recibió apretones de mano, con Hornung a su lado, firme e impertérrito… y Diederich no pudo evitar cierta amargura al ver cómo estas dos figuras de segunda fila sacaban provecho de lo que era una obra suya. Pero debía dejar para ello la popularidad del momento, pues sabía mejor que esos dos mentecatos dónde pararía aquello. Puesto que el candidato nacional no tenía otro objeto que reclutar reservas para Napoleon Fischer, era mejor no salir uno mismo a la palestra.
Pero Heuteufel estaba evidentemente empeñado en sacar a Diederich de su madriguera. El pastor Zillich, presidente de la asamblea, no pudo negarle más tiempo el derecho a hablar y al momento se puso a perorar sobre la casa cuna. La casa cuna era una cuestión de conciencia social y humanitarismo. ¿Y qué era en definitiva el monumento al Káiser Guillermo? Una especulación, en la que la vanidad era todavía el más decente de los instintos con que se especulaba… Los proveedores apiñados en la sala escucharon con un silencio preñado de vergüenza que se manifestaban en uno u otro lugar con un sordo rumor. Diederich comenzó a temblar de nerviosismo.
—Hay gente —afirmó Heuteufel— a la que no le importan cien millones más para gastos militares, pues ya saben, por lo que a ellos respecta, de qué manera van a volver a sus bolsillos.
Al momento saltó Diederich:
—¡Pido la palabra!
Los sentimientos de los proveedores estallaron entonces con gritos de ¡bravo!, ¡ahora verá! y ¡fuera, fuera! No se aplacaron hasta que Heuteufel bajó y subió Diederich. Éste esperó largo tiempo, hasta que amainó el temporal de la ira nacional. Luego empezó:
—¡Respetables señores…!
—¡Bravo! —gritaron los proveedores.
Y Diederich debió esperar nuevamente en medio del clima de sentimientos unánimes, que le hizo respirar con mayor desahogo. Una vez le dejaron hablar, reflejó en sus palabras la indignación general por el hecho de que el orador anterior hubiera osado poner en duda la pureza de ideales nacionales de los reunidos en asamblea.
—¡Una monstruosidad! ¡Un escándalo! —gritaron los proveedores.
—¡Esto nos demuestra —gritó Diederich— cuán oportuna ha sido la fundación del Partido del Káiser! El mismo Káiser ordenó que se unieran quienes, nobles o plebeyos, quisieran desembarazarle de la plaga subversiva. ¡Esto es lo que nos proponemos, y por dio mismo nuestro espíritu nacional y de fidelidad al Káiser está muy por encima de las viles acusaciones de quienes no son más que el germen de la subversión!
—¡Ya veremos qué pasa en la segunda vuelta!
Y a pesar de que los proveedores le acallaron con el fragor de sus manos, Diederich vio tras de esta sola frase insinuaciones tan alarmantes que rápidamente cambió de tema. La guardería infantil era asunto menos escurridizo. ¿Conque una cuestión de conciencia social? ¡Terreno abonado para el pecado era aquello!
—Nosotros, los alemanes, dejamos eso para los franceses, que son un pueblo decadente y agonizante.
Diederich se limitó a recitar su artículo del Netziger Zeitung. La cofradía de mozos que guiaba el pastor Zillich, así como los auxiliares cristianos, aplaudieron cada frase.
—¡El germano tiene la virtud de la castidad! —exclamó Diederich—. ¡Ello nos dio la victoria en el año setenta!
Entonces tuvo la Hermandad de Combatientes oportunidad de expresar tumultuosamente su entusiasmo. A espaldas de la mesa presidencial soltó Kühnchen blandiendo el puro, y chilló:
—¡Y lo que les vamos a atizar de nuevo a los gabachos!