El súbdito

Heinrich Mann · Capítulo 3 de 6 · parte 1/2

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El súbdito

Capítulo Tercero

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

 

Para que no le fastidiara más la familia Göppel marchó inmediatamente. En el compartimiento hacía un calor infernal y Diederich, que estaba solo, se quitó sucesivamente la chaqueta, el chaleco y los zapatos. Cuando faltaban pocas estaciones para llegar a Netzig, montar ron al tren más viajeros: dos damas, con aspecto de extranjeras, que no recataron su disgusto ante la camisa de franela de Diederich, y que a él le parecieron de una finura repugnante. En un idioma incomprensible, trataron de quejársele; él apenas si se encogió de hombros, poniendo sus pies descalzos en el asiento de enfrente. Ellas se taparon escandalizadas las narices, prorrumpiendo en gritos de auxilio. Atrajeron al revisor y basta al jefe de tren, pero Diederich exhibió su billete de segunda y se mantuvo en sus trece, llegando incluso a insinuarle al empleado que midiese sus palabras: nunca podía saberse con quién se estaba hablando. Lograda la victoria sobre aquellas damas, que buscaron otro compartimiento, apareció una tercera. Diederich la desafió con la mirada, pero ella, tranquilamente, abrió el bolso que llevaba, sacó de él una salchicha y se puso a cañería con las manos, sonriente. Esto aminoró la agresividad de Diederich; correspondió a la sonrisa con otra no menos amplia y radiante y trabó conversación con la muchacha. Resultó que también ella era de Netzig. Él se presentó, y ella, regocijada, dijo que eran viejos conocidos.

—¿Qué, no me reconoce?

Diederich la observó con más detenimiento: una cara mofletuda y sonrosada, una boca carnosa y una naricita picara y respingona; el pelo blanco de tan rubio, bonito, liso y aseado; el cuello joven y adiposo; de los mitones asomaban, sosteniendo la salchicha, unos dedos que parecían también salchichas coloradas.

—No —decidió—, no la recuerdo, pero la encuentro colosalmente apetitosa. Como un cerdito recién lavado.

Y la cogió por el talle, recibiendo al momento una sonora bofetada.

—¡Vaya torta! —dijo, frotándose la mejilla—. ¿Tiene usted muchas como ésta?

—Con una basta para los frescos.

Se rió a carcajadas y guiñó con picardía un ojo pequeñito.

—Si quiere, tenga un trozo de salchicha, pero nada más.

Sin quererlo, Diederich comparó la defensa de la chica con el desvalimiento de Agnes y se dijo: «Con una como ésta puede uno casarse tranquilo». Por fin dijo ella su nombre, y, viendo la perplejidad de Diederich, le preguntó por sus hermanas. De pronto exclamó él:

—¡Guste Daimchen!

Y se zarandearon los dos de alegría.

—Usted siempre me regala botones de los trapos viejos de su fábrica de papel. ¿Se acuerda, doctor? Y ¿sabe qué hacía yo con ellos? Me los guardaba, y cuando mi madre me daba dinero para botones, me compraba caramelos.

—¡Sentido práctico tampoco le falta! —Diederich estaba encantado—. Cuando era usted pequeña, pasaba siempre a nuestro jardín saltando la verja. Ahora recuerdo que casi nunca llevaba pantaletas, y cuando sé fe levantaba la falda enseñaba las nalgas.

Ella soltó un chillido agudo y dijo que un señor educado no debía acordarse de tales cosas.

—Claro que ahora serán más bonitas aún —insistió Diederich con intención.

Ella se puso súbitamente seria.

—Estoy prometida.

¡Y nada menos que con Wolfgang Buck! Diederich calló, decepcionado. Luego explicó can reserva que conocía a Buck. Ella dijo, precavida:

—Usted sin duda lo considerará un chico algo exaltado… Pero los Buck son una familia muy distinguida. Cierto que otras familias tienen más dinero… —agregó.

Diederich sintió un pinchazo, y la miró. Ella parpadeó varias veces. Él quiso hacerle una pregunta, pero le faltó valor.

Foco antes de llegar a Netzig, preguntó la señorita Daimchen:

—¿Y usted, doctor? ¿Todavía está libre su corazón?

—He estado en un tris de prometerme, pero me he librado a tiempo —dijo Diederich, dando grandes cabezazos.

—¡Ah! Tiene que contarme eso.

Pero el tren entraba ya en la estación.

—Espero que pronto volvamos a vemos —cortó Diederich—. Sólo le diré que un hombre joven se mete a veces en unos líos terribles. Un sí o un no pueden echar a perder toda una vida.

En la estación le esperaban sus hermanas. Al ver a Guste Daimchen, tuvieron primero un gesto de sorpresa, pero luego se abalanzaron a ellos y les ayudaron con los equipajes. Tal diligencia tuvo fácil explicación tan pronto estuvieron solas con Diederich. ¡Guste había heredado! ¡Era millonaria! ¡Ahora se explicaba…! Diederich se sintió sobrecogido de respetuoso asombro.

Las hermanas pasaron a los detalles. Un viejo pariente de Magdeburgo había legado a Guste todo su dinero, agradeciendo así los cuidados que ella le prestara.

—Y de veras que se lo ha ganado —observó Emmi—. Parece que al final el viejo estaba ya hecho un asco.

Magda añadió:

—Y además puede suponer cualquier cosa. Guste estuvo un año entero a solas con él.

Diederich enrojeció:

—¡Eso no debe decirlo una chica como tú! —exclamó indignado.

Y como Magda insistiera en que lo decían también Inge Tietz, Meta Harnisch y, en fin, todas, se puso todavía más serio:

—Entonces, os exijo terminantemente que desmintáis con firmeza tales rumores.

Callaron. Poco después, Emmi observó:

—No sé si sabrás que Guste está ya prometida.

—Sí, ya lo sé —contestó Diederich, malhumorado.

Encontraron por el camino a más de un conocido; Diederich se oyó llamar «señor doctor», irradió orgullo y prosiguió la marcha en medio de Emmi y Magda, que admiraban, con el rabillo del ojo, su nuevo bigote. En casa, Frau Hessling acogió al hijo con los brazos abiertos y a grito herido, como si le llegara el salvador al hilo mismo de la catástrofe. Diederich no lo hubiera creído nunca; también él se echó a llorar. Advirtió de pronto la solemnidad del momento. Por vez primera pisaba aquella habitación en calidad de verdadero cabeza de familia, ya doctor y con la misión de dirigir la fábrica según los dictados de su propio juicio. Estrechó a un mismo tiempo las manos de su madre y hermanas.

—Nunca dejaré de tener presente de ahora en adelante que soy responsable ante Dios de lo que os ocurra.

La señora Hessling se sentía ansiosa.

—¿Estás dispuesto, hijo mío? —preguntó—. Nuestra gente está esperándote.

Diederich acabó su cerveza y bajó al frente de los suyos. El patio había sido cuidadosamente barrido y fregado. El portal de la fábrica estaba adornado con guirnaldas formando una cenefa alrededor de la inscripción: «¡Bien venido!». Ante ella se encontraba el viejo contable Sötbier, quien saludó:

—Buenos días, señor doctor. No he podido subir a la casa porque todavía tengo mucho trabajo.

—Al menos hoy podía usted haberlo dejado irnos momentos —contestó Diederich siguiendo adelante.

Halló al personal dentro, en la sala de los harapos. Estaban todos, en masa: los doce operarios que servían la máquina papelera, la calandria y la guillotina, los tres oficinistas y las mujeres que seleccionaban trapos. Los hombres carraspearon, y hubo un breve tiempo muerto, hasta que por fin varias de las mujeres empujaron a una niña que ofreció torpemente a Diederich un ramo de flores, la cual, con voz de clarinete, dio al señor doctor la bienvenida deseándole prosperidad. Diederich tomó el ramo con gesto indulgente; le tocaba a él carraspear a su vez. Se volvió por un momento a los suyos y miró de hito en hito a cada empleado, uno tras otro, incluso al barbudo maestro mecánico, pese a que la mirada de aquel hombre le resultaba incómoda. Y comenzó:

—¡Empleados todos! Puesto que ahora estáis bajo mi mando, no debo deciros que en lo futuro se trabajará enérgica y decididamente. Me propongo dar nuevos bríos a la empresa. En los últimos tiempos, tal vez porque ha faltado el amo, quizá haya pensado alguno que podía tumbarse a descansar. Quien esto haya creído se ha equivocado de medio a medio; y esto lo digo especialmente a los más antiguos, los que aún están aquí desde los tiempos de mi difunto padre.

Alzando la voz, haciéndola más cortante, clavando los ojos en el viejo Sötbier, prosiguió:

—Tomo ahora el timón en mis manos. Mi ruta está bien trazada; os llevaré a tiempos de esplendor. Recibiré con los brazos abiertos a cuantos quieran prestarme ayuda en esta tarea, pero aplastaré inexorablemente a quienes se me opongan.

Aquí intentó centellear con los ojos, mientras erguía el bigote todavía más alto.

—Uno solo debe mandar aquí, y ese uno soy yo. Rendiré cuentas solamente a Dios y a mi conciencia. Siempre podréis contar con mi paternal benevolencia, pero las veleidades subversivas se hundirán ante mi inquebrantable voluntad. Si se descubriera algún tipo de relación con alguno de vosotros… —y captó con la mirada al maestro mecánico de barba negra, que ponía una cara sospechosa—… con círculos socialdemócratas, no dudaré un momento en romper los lazos que nos unen, pues para mí un socialdemócrata es, ni más ni menos, un enemigo de mi fábrica y de nuestra patria común… Bueno, podáis volver a vuestro trabajo. Reflexionad sobre lo que he dicho.

Oirá en redondo y se marchó, resoplando. En medio del vértigo que le habían producido sus duras palabras no tenía ojos para nadie más. La familia le siguió, consternada y temerosa. Los obreros se quedaron largo rato mirándose en silencio hasta que echaron mano de las botellas de cerveza de antemano dispuestas para celebrar el acontecimiento.

Ya en casa, Diederich expuso sus planes a la madre y a las hermanas. Había que ampliar la fábrica y comprar el edificio trasero. Era preciso competir, hacerse una posición cara al mercado. ¿Acaso creía el viejo Klüsing de la papelera de Gausenfeld que podía monopolizar el negocio eternamente…? Magda se atrevió a preguntar de dónde iba a salir el dinero, pero la señora Hessling le cortó la palabra:

—Tu hermano conoce esto más y mejor que nosotras.

Con cautela, añadió:

—Más de una muchacha se sentiría feliz de poder conquistar tu corazón.

Pensando que él estallaría en un arrebato de cólera, se llevó la mano a la boca. Pero Diederich sólo se ruborizó, y día se atrevió a abrazarlo.

—¡Qué dolor más terrible —sollozó—, si mi hijo, mi hijo querido, abandonara nuestra casa! Para una viuda el sufrimiento es mucho peor. La señora del inspector general Daimchen, la pobre, lo que está pasando, porque su pequeña Guste se casa con Wolfgang Buck.

—Todavía puede que no —dijo Emmi, la mayor—. Parece que el Wolfgang está liado con una actriz.

La señora Hessling olvidó por completo el deber de llamar la atención a su hija.

—¡Pero con la cantidad de dinero que hay en juego! ¡Dicen que un millón!

Diederich alegó con desprecio que al Buck ya lo conocía él, y que el chico no era normal.

—Le viene de familia. Su padre también se casó con una actriz.

—No hay más que ver las consecuencias —dijo Emmi—. De la hija, la señora Lauer, también se cuentan barbaridades.

—¡Niños! —suplicó la señora Hessling, temerosa.

Diederich la tranquilizó.

—No te alarmes, mamá. Ya va siendo hora de que se le cuelgue el cascabel al gato. A mi juicio los Buck han dejado hace tiempo de merecer la posición que ocupan en la ciudad. Esa familia está ya decrépita.

—La mujer de Moritz, el mayor —dijo Magda—, es una campesina. Hace poco estuvieron aquí en Netzig, y él es ya tan de pueblo como ella.

Emmi se indignó.

—¿Y qué me decís del hermano del viejo Buck? ¡Siempre tan elegante, y sus cinco hijas sin casar! Pues se hacen llevar el caldo del Comedor Popular; lo sé de buena fuente.

—No faltaba más, como el Comedor Popular lo fundó el señor Buck — explicó Diederich—. Y el Centro Asistencial para expresidiarios, también. Y una infinidad de cosas más. Me gustaría saber cuándo tiene tiempo para sus propios negocios.

—No me extrañaría —dijo la señora Hessling— que las cosas no le vayan ya demasiado bien. Yo, desde luego, sigo teniendo un gran respeto al señor Buck; todo el mundo lo respeta.

Diederich rió con amargura:

—¿Y eso por qué? Nos han educado a todos en el respecto al señor Buck. ¡El gran hombre de Netzig! ¡En el año cuarenta y ocho fue condenado a muerte!

—Tu padre siempre había dicho que era un mérito histórico.

—¿Un mérito? —chilló Diederich—. Si me entero de que alguien está contra el gobierno, para mí está ya muerto y enterrado. ¿Desde cuándo es un mérito la alta traición?

Y, ante el asombro de las mujeres, la emprendió con la política. ¡Aquellos viejos demócratas que todavía marcaban pautas eran, precisamente, la vergüenza de Netzig! ¡Holgazanes, antipatriotas, antigobiemo! Por haber elegido diputado al Reichstag al viejo magistrado Kühlemann, amigo del nefasto Eugen Richter, no había en Netzig negocio que avanzara y nadie obtenía créditos. Claro, a una circunscripción de tendencias tan liberales no se le concedían ni comunicaciones ferroviarias ni guarnición militar. ¡Sin afluencia de medios no hay desarrollo! Lo de siempre: los cargos municipales estaban copados por un puñado de familias; se repartían empleos entre ellos y así no quedaba nada para los demás. ¡La papelera de Gausenfeld acaparaba todos los pedidos importantes, porque Gausenfeld también estaba en la camarilla del viejo Buck!

Magda sabía algo más.

—Hace poco se suspendió la función de aficionados en la Pequeña Mutualidad, porque la ilustre hija del señor Buck, la señora Lauer, estaba mala. Eso es popismo.

—Se dice nepopismo —corrigió Diederich severamente; se desorbitó—. Y para mayor escarnio, el señor Lauer es un socialista. ¡Que el señor Buck se ponga en guardia! ¡Desde ahora vigilaremos los pasos!

La señora Hessling alzó las manos en actitud de súplica.

—Hijo mío, cuando vayas a hacer tus visitas, prométeme que no dejarás de ver al señor Buck. Piensa que pese a todo es muy influyente.

Pero Diederich no prometió nada.

—¡También otros quieren subir! —declamó.

Sin embargo, aquella noche no durmió tranquilo. A las siete de la mañana bajó a la fábrica y formó un escándalo al ver todavía allí las vacías botellas de cerveza de la víspera.

—¡Aquí no se viene a empinar el codo: la fábrica no es una taberna! ¡Señor Sötbier, supongo que esto consta en el reglamento!

—¿Reglamento? —dijo el viejo contable—. No tenemos ninguno.

Diederich quedó anonadado: se encerró con Sötbier en el despacho.

—¿Que no tenemos reglamento? Entonces ya no me asombrará lo que veo. Dígame: ¿qué son estos pedidos ridículos? —y echó desordenadamente un puñado de cartas sobre el escritorio—. Me parece que ya va siendo hora de que me ocupe en persona del negocio. Esto en sus manos está hundiéndose.

—¿Hundiéndose, señorito Didi? No diga usted eso.

—¡Exijo que me llame señor doctor!

Y a renglón exigió competir de verdad con las demás fábricas, ofreciendo por lo pronto precios más bajos.

—No lo resistiríamos, señor doctor —dijo Sötbier—, Y además, no estamos en condiciones de servir pedidos tan grandes como los de Gausenfeld.

—¡Buen hombre de negocios está usted hecho! Ponemos más máquinas y asunto concluido.

—Pero eso cuesta dinero —dijo Sötbier.

—¡Pues lo tomaremos prestado! Voy a darle aire a la cosa, ya verá. Si usted no quiere ayudarme, lo haré yo solo.

Sötbier meneó la cabeza.

—Con su señor padre estábamos siempre de acuerdo, señorito, los dos juntos hemos hecho progresar el negocio.

—Los tiempos han cambiado; recuerde esto, señor Sötbier. Ahora, yo soy mi propio gerente.

—¡Qué juventud, Dios mío! —suspiró Sötbier, mientras Diederich salía dando un portazo.

Atravesó dando zancadas la estancia donde el tambor mecánico limpiaba ruidosamente los harapos en cloro, y quiso pasar a la ocupada por la gran calandria de cocción. En la misma entrada se vio inesperadamente frente al maestro mecánico de la negra barba. Diederich se sobresaltó y estuvo a punto de ceder el paso al obrero, pero se rehízo y le empujó a un lado con el hombro, sin darle tiempo de apartarse. Resoplando, contempló el funcionamiento de la calandria: giraba el cilindro, las cuchillas deshacían en hebras el tejido. ¿No se reían solapadamente de él los operarios, divertidos con el susto que le había dado el tipo moreno? «¡Ese sujeto es un perro sinvergüenza! ¡Lo echaré, lo echaré!». En los adentros de Diederich se desperté un odio animal, el odio de sus carnes fofas y rubias contra el cenceño, contra el hombre de otra raza, una raza que te habría gustado tener por inferior, una raza que le parecía inquietante. Estallé:

—¡El cilindro no está bien puesto! ¡Las cuchillas no trabajan bien!

Al ver que atinaban sólo a mirarte sin decir palabra, grité otra vez:

—¡A ver, el maestro!

Y al entrar el de la barba negra, señalé:

—¡Venga y mire este destrozo! El cilindro está demasiado cerca de las cuchillas y éstas lo trituran todo. ¡Le voy a hacer responsable de daños y perjuicios!

El tipo se inclinó sobre la máquina.

—Aquí no veo ningún destrozo —dijo tranquilamente.

Diederich no tenía modo de saber si, defendido por su negra barba, no estaba el otro riéndose también. No pudo soportar la mirada entre socarrona y sombría del maestro mecánico, desistió de centellear con los ojos y se limité a alzar los brazos:

—¡Le hago a usted responsable!

—¿Qué pasa? —pregunté Sötbier, que había oído el escándalo. Explicó al amo que era imposible desmenuzar demasiado los tejidos, y que aquello siempre se había hecho así.

Los obreros asintieron ante la explicación de Sötbier, y el maestro siguió allí tranquilo, imperturbable. Diederich no se sintió suficientemente competente para discutir, así que dio una brusca media vuelta, no sin antes haber gritado:

—¡Desde ahora en adelante, se hará de otra manera!

Recompuso la facha y pasé a la sala de los harapos vigilando con gesto de perito el trapajo de las mujeres, que seleccionaban trapos sobre unas redes metálicas dispuestas en largas mesas. Cuando una de ellas, pequeñita, de ojos oscuros, intenté sonreírle un poco por debajo del pañuelo de colorines que llevaba, chocó con una expresión tan dura que bajó la cabeza asustada. De los sacos desbordaban retazos multicolores, el susurro de las mujeres había enmudecido bajo la mirada severa del patrón y en aquel ambiente cálido y pesado se percibía solamente el rumor sordo que hacían las cuchillas empotradas en las mesas, al cortar los botones. Pero aun así, Diederich, que examinaba los tubos de la calefacción, oyó algo sospechoso. Se inclinó tras de un montón de sacos, para ver mejor… y se echó atrás, las mejillas encendidas, tembloroso el bigote.

—¡Esto es el colmo! —gritó—. ¡Fuera de ahí!

Un joven obrero asomó la cabeza.

—¡Esa mujerzuela también! —chilló Diederich—. ¡Vamos! ¡Vamos…!

Cuando por fin se atrevió a salir también la muchacha, Diederich se puso en jarras. ¡En lugar de trabajar, la gente iba allí a divertirse! ¡Su fábrica no sólo se había convertido en una taberna, sino en algo mucho peor! Tanto gritó que todo el taller acabó por congregarse allí como un solo hombre.

—¡Señor, Sötbier! ¿También esto se ha hecho siempre así? Le felicito, su gestión ha sido un éxito en toda la línea. O sea, que el personal tiene por norma aprovechar las horas de trabajo para divertirse de lo lindo detrás de los sacos. ¿Cómo ha entrado aquí este hombre?

El joven alegó que la chica era su novia.

—¿Novia? Aquí no hay novias. Aquí sólo hay trabajo. Estáis robándome las horas que os pago. Sois unos indecentes y unos ladrones. ¡Estáis despedidos! ¡Os denunciaré por escándalo público!

Echó una mirada desafiante por la sala.

—En mi casa exijo decencia y moralidad estrictamente germánicas. ¿Comprendido?

En aquel momento vio al maestro mecánico.

—¡Las pondré en práctica, por muchas muecas que usted haga!

—Yo no hago muecas —dijo el hombre, muy tranquilo.

Pero no había ya quien contuviera a Diederich. ¡Por fin podía demostrarle algo al tipo aquel!

—¡Su conducta me es sospechosa hace tiempo! Si usted cumpliera con su deber, no hubiera tenido yo que descubrir a esa pareja de desvergonzados.

—No estoy aquí para hacer de carabina —le interrumpió el hombre.

—Sí, ya lo sé: usted es un pillo insubordinado, usted está aquí para que se extienda la indisciplina entre la gente a su cargo. ¡Usted labora en pro de la subversión! ¡Dígame su nombre!

—Napoleon Fischer.

Diederich se atragantó.

—Nap… ¡Lo que faltaba! ¿Es usted socialdemócrata?

—A mucha honra.

—Lo suponía. Está usted despedido.

Volviéndose a los demás, dijo:

—¡Apuntaros bien eso! —Y salió malhumorado, otra vez dando zancadas.

Sötbier corrió detrás de él, alcanzándolo en el patio.

—¡Señorito!

Estaba muy excitado y no quiso decir nada hasta después de haber cerrado tras de sí la puerta del despacho.

—Señorito —dijo el contable—, no podemos despedir a Fischer; el hombre está organizado.

—Por eso mismo se va a ir a la calle —respondió Diederich.

Sötbier comenzó a explicarle que aquello no podía ser, que aquello traería una huelga. Diederich no quería entrar en razón. ¿Es que todos estaban organizados? No. ¿A qué venía entonces aquello? Pero Sötbier expuso que el temor a los rojos era tal que ni de los viejos podía uno ya fiarse.

—¡Los echaré a todos! —exclamó Diederich—. ¡De una vez para siempre! ¡El petate y a la calle!

—Lo difícil será que encontremos otros —dijo Sötbier, mirando con débil sonrisa, por debajo de su visera verde, al señorito que, colérico, se liaba a patadas con los muebles y gritaba:

—¿Soy el amo de mi fábrica o no? ¡Pues vamos a ver si…!

Sötbier le dejó desahogarse y luego dijo:

—No hará falta que el señor doctor le diga nada a Fischer. No se preocupe que no se marchará, pues sabe bien las complicaciones que con ello nos traería.

Diederich volvió a ponerse como una fiera.

—¡O sea que el señor Napoleón no esperará que vaya yo a pedirle que tenga la gracia de quedarse! ¿Tampoco hará falta que le invite el domingo a comer? ¡Sería demasiado honor para mí!

La cara se le había puesto como un tomate y parecía a punto de estallar, la habitación le vino estrecha y abrió la puerta de un golpe. En aquel momento pasaba el maestro por delante. Diederich le siguió con la vista. El odio aumentaba su capacidad de percepción y advirtió al mismo tiempo las piernas torcidas y delgadas de aquel hombre, sus hombros huesudos, los brazos que colgaban hacia delante, y, coincidiendo con que el maestro hablaba con los obreros, vio el juego de las fuertes mandíbulas bajo la negrura de la barba. ¡Cómo odiaba Diederich aquella quijada y aquellas manos nudosas! Mucho rato después de haber pasado el hombre moreno, Diederich percibía todavía su desagradable olor.

—Mírelo bien, Sötbier: los brazos le llegan casi al suelo. No me extrañaría que pronto se pusiera a andar a cuatro patas y a comer cacahuetes. ¡Ya le pondremos una trampa a este mono; esté seguro de ello! ¡Napoleon! Este nombre es ya un desafío. Pero que se ande con cuidado, porque de una cosa estoy cierto: que uno de nosotros dos —Diederich puso los ojos en blanco— no se apeará del burro.

 

Salió de la fábrica con la cabeza muy alta. Se había puesto la levita negra para las visitas de cortesía a los señores más importantes de la ciudad. Desde la Meisestrasse podía haber ido a la calle Schweininchen —donde vivía el alcalde doctor Scheffelweis— siguiendo simplemente la antigua calle Wücherer, rebautizada Kaiser-Wilhelmstrasse; pero en un momento dado, como siguiendo una orden interna y secreta hasta entonces para él mismo, echó a andar por la ronda de Fleischhauer. Los escalones ante la puerta del respetable señor Buck se velan gastados por los pies de todo Netzig a lo largo de dos generaciones, casi tres. La cadena junto a la puerta de vitrales amarillos provocó en el interior de la casa un prolongado campanilleo en el vado, luego se abrió una puerta trasera y la vieja criada se arrastró por el vestíbulo, pero bastante antes de que lograra atravesarlo, salió el señor Buck del despacho delantero y abrió él mismo. Cogió la mano de Diederich, que se deshacía en reverencias, y lo hizo pasar.

—¡Querido Hessling! Le estaba esperando. Ya me habían informado de su llegada. Reciba pues mi bienvenida a Netzig, señor doctor.

A Diederich se le humedecieron en el acto los ojos; y balbució:

—Su bondad no tiene límites, señor Buck. Naturalmente he querido, en primer lugar y antes de toda otra cosa, rendir a usted honores, señor Buck, y cerciorarle personalmente de que siempre y con toda el alma…, siempre y con toda el alma…, estaré a su servicio, señor Buck —concluyó con la satisfecha alegría de un buen colegial.

El viejo señor le estrechó todavía más la mano con la suya, cálida, frágil y suave.

—El servicio —dijo, colocándole él mismo el sillón— no tiene, naturalmente, que prestármelo a mí, querido Hessling, sino a sus conciudadanos, que se sentirán muy agradecidos por ello. No creo que tarden en elegirle concejal, podría asegurarlo, pues deben darle ese merecido galardón a tan honrada familia. Y después —prosiguió con solemne generosidad— confío plenamente en que sus cualidades nos permitan saludarle bien pronto en la alcaldía.

Diederich se inclinó con una sonrisa feliz, como recibiendo ya tal saludo.

—No voy a decir que en nuestra ciudad —prosiguió el señor Buck— el sentimiento político sea bueno en todos los sectores —y hundió su blanca perilla en el écharpe de seda—, pero todavía hay campo —la perilla reapareció—, y Dios quiera que por mucho tiempo, para los hombres de genuinas convicciones liberales.

Diederich aseveró:

—Tiene ante usted a un liberal acabado, no hace falta decirlo.

El viejo Buck acarició los papeles esparcidos sobre su mesa.

—Su difunto padre estuvo muchas veces sentado en esa misma silla, con más frecuencia en los tiempos en que levantaba su molino papelero. Entonces tuve el gran placer de poder prestarle ayuda. Estaba precisamente en litigio el canal que atraviesa el patio de su fábrica.

Diederich observó con voz ronca y emocionada:

—Muchas veces me dijo mi padre que el canal, sin el cual no podríamos existir, sólo a usted se lo debemos.

—No; sería un error decir que me lo deben sólo a mí. Se lo deben a las justas y razonables estructuras de nuestra comunidad, la cuales, sin embargo —el viejo señor Buck alzó aquí su blanco dedo clavando en Diederich una mirada profunda—, ciertas personas y cierto partido quieren cambiar de raíz tan pronto puedan. —Y subrayó, enfático—: El enemigo está al acecho: hemos de mantenemos unidos.

Hizo una pausa y agregó en temo más ligero, sonriendo con satisfacción evidente:

—Dígame, apreciado señor doctor, ¿se encuentra ahora en situación parecida a la de entonces su madre? ¿Desea ampliar el negocio? ¿Tiene proyectos?

—Así es —dijo Diederich, y expuso anhelosamente todo lo que pensaba hacer.

El viejo le escuchó atentamente, asintió, tomó una pizca de rapé y dijo finalmente:

—Me parece que las reformas arquitectónicas no sólo le traerán grandes gastos, sino que, eventualmente, podría tropezar con la Inspección Municipal de Edificar dones, con la cual, casualmente, tengo yo algo que ver en el Ayuntamiento. Dele ahora un vistazo, querido Hessling, a lo que tengo aquí sobre la mesa.

Diederich pudo reconocer un plano exactísimo de los edificios de su propiedad y de los adyacentes en la parte trasera. Su asombro provocó una sonrisa satisfecha en el viejo Buck.

—Como bien puede usted ver —dijo—, en mis manos está evitarle dificultades.

Ante las expresiones de gratitud de Diederich, observó:

—Siempre que ayudamos a progresar a uno de los nuestros, ayudamos al progreso de la gran causa; todos son amigos de un partido popular, menos los tiranos.

Tras estas palabras el viejo Buck se recostó en el sillón y entrelazó las manos. Su rostro se había distendido y meneaba la cabeza como un abuelo bondadoso.

—De niño tenía usted unos hermosos rizos rubios —dijo.

Diederich comprendió que había terminado la parte oficial de la conversación.

—Recuerdo aún —se atrevió a decir— cuando venía a esta casa a jugar a soldados con su hijo Wolfgang.

—Sí, si… Y ahora está él haciendo otra vez de soldado.

—¡Oh! Sus superiores, incluso los oficiales, le aprecian mucho, según me ha dicho él mismo.

—Me gustarla, querido Hessling, que mi hijo tuviera más sentido práctico, como usted… Bueno, ya entrará en razón, una vez lo haya casado.

—Creo —dijo Diederich— que su hijo tiene destellos de genio, lo cual le lleva a sentirse insatisfecho con todo. No sabe si quiere ser general u otro tipo de personaje.

—Y mientras tanto va por ahí haciendo tonterías.

El viejo miró por la ventana. Diederich no se atrevió a mostrar abiertamente su curiosidad.

—¿Tonterías? Apenas puedo creerlo; siempre me impresionó su inteligencia. Recuerdo sus magníficas redacciones en la escuela. Y lo que me dijo últimamente acerca de nuestro Emperador, afirmando que al Káiser, en el fondo, le gustaría ser 61 mayor líder obrero…

—Dios libre de ellos a los obreros.

—¿Por qué? —preguntó Diederich, sorprendido.

—Porque saldrían mal parados. Nosotros también hemos salido mal parados.

—Pero gracias a los Hohenzollern tenemos la unidad del Imperio alemán.

—¿De veras cree usted que la tenemos? —dijo el viejo Buck saltando de su silla—. Para demostrar nuestra unidad, debiéramos haber podido manifestar libremente nuestra propia voluntad. ¿Hemos podido acaso? «¡Creéis estar unidos, y lo que se extiende es la peste de la esclavitud!». Herwegh, un superviviente como yo, les gritó estas palabras a los ebrios de victoria en la primavera del setenta y uno. ¡Qué no diría hoy!

Ante los ecos de aquella voz de ultratumba, Diederich sólo pudo balbucir:

—Si, claro, usted luchó en el cuarenta y ocho.

—Mí querido amigo, con ello insinúa usted que soy un loco y un vencido. ¡Pues bien, si! Fuimos vencidos porque estuvimos lo bastante locos y creímos en este pueblo. Creímos que lograrla por sí mismo lo que ahora le dan sus asnos al precio de la pérdida de la libertad. Lo creímos poderoso, rico, consciente de sus problemas y con fe en el porvenir. No vimos que, sin madurez política, que tiene tan poca como todos los demás pueblos, estaba condenado, después de su auge, a ser presa de las fuerzas reaccionarias que miran al pasado. Ya en nuestros tiempos abundaban los que, despreocupados del bien general, corrían en pos de sus intereses privados y se sentían felices con sólo poder tumbarse al sol que más calienta, satisfaciendo las bajas necesidades de una vida de lujo y placer. Y desde entonces acá esas gentes se han vuelto legión, pues se les ha dispensado del deber de ocuparse del bien público. Los sojuzgadores han hecho ya de vosotros una gran potencia, y mientras vais ganando dinero como podéis y gastándolo como gustáis, construirán para vosotros (o más bien para sí mismos) las flotas que hubiéramos construido nosotros mismos. Nuestro poeta ya sabía entonces lo que ahora os enseñan como algo nuevo: ¡Por los surcos que Colón trazó, corre el futuro de Alemania!

—Entonces, Bismarck ha hecho realmente algo grande —dijo Diederich, apuntándose un triunfo.

—¡Esto es lo malo: que haya podido hacerlo! Y ni tan sólo se ha responsabilizado de ello, sino que lo ha ejecutado formalmente en nombre de su señor. Los ciudadanos del año cuarenta y ocho fuimos más sinceros y honrados, y esto se lo digo yo, que tuve que pagar entonces mi osadía.

—Ya sé que estuvo usted condenado a muerte —dijo Diederich, de nuevo cohibido.

—Se me condenó por defender la soberanía de la Asamblea Nacional contra un poder privado, y por en armas a un pueblo víctima de la agresión. Aquélla era la unidad alemana que llevábamos en nuestros corazones: un deber de conciencia, la responsabilidad individual asumida hasta las últimas consecuencias. ¡No, nosotras no idolatrábamos a un supuesto artífice de la unidad alemana! Cuando, vencido y traicionado, esperé aquí en casa, con los últimos amigos que me quedaban, a los soldados del rey, me sentía, con grandeza o sin ella, un hombre que había contribuido por si mismo a la forja de un ideal: un hombre entre muchos, pero todo un hombre. ¿Y dónde están hoy los hombres?

El anciano interrumpió su discurso y adoptó la expresión de quien oye voces. Diederich se sintió agobiado por el calor, algo le decía que no podía seguir callado ante tales dislates y observó tímidamente:

—Debemos reconocer que el pueblo alemán no es ya, gracias a Dios, un pueblo de filósofos y poetas, sino que persigue fines más prácticos y modernos.

El viejo señor salió de su ensimismamiento y señaló al cielorraso.

—Antes venía toda la ciudad a mi casa, y ahora se siente uno aquí más solo que nunca. El último en marcharse ha sido Wolfgang. Por mí renunciaría a todo, pero le digo, joven, que debemos respetar lo que entonces creímos…, aunque nos hayan derrotado.

—Indiscutiblemente —dijo Diederich—. Y además sigue usted siendo el hombre más poderoso de la ciudad. El señor Buck, se dice siempre, es el dueño de la ciudad.

—Pero no es eso lo que yo quiero. Lo que quiero es que la ciudad sea dueña de sí misma —y suspiró profundamente—. Se trata de algo muy difícil; ya irá usted dándose cuenta cuando empiece a familiarizarse con los problemas de nuestra administración. Cada día que pasa, nos hostiga con más fuerza el gobierno y los elementos feudales que sirven de él. Hoy quieren obligarnos a darles nuestra luz eléctrica a los terratenientes, que no nos pagan impuestos, y mañana tenemos que construirles carreteras. Lo que está en juego, en resumidas cuentas, es nuestra autonomía municipal. Ya lo verá: Netzig es una ciudad sitiada.

Diederich sonrió circunspecto.

—Tampoco hay para alarmarse. Nuestro Káiser es una relevante figura moderna.

—Bueno, eso… —dijo el viejo Buck. Se puso en pie, meneó la cabeza… y optó por dejar en suspenso la frase.

Tendió Diederich la mano.

—Estimado doctor, su amistad significará para mi tanto como significó la de su padre. Después de esta conversación, aliento la esperanza de que en todo llegaremos a un acuerdo.

Bajo la cálida mirada azul del respetable anciano, Diederich se llevó enfáticamente la mano al pecho.

—¡Le aseguro que soy un liberal hasta el tuétano!

—Sobre todo, guárdese bien del gobernador Von Wulckow. Es el más importante de los enemigos que tenemos ahora en la ciudad. El ayuntamiento mantiene con el Gobierno Civil nada más que las relaciones estrictamente oficiales. Aquí donde usted me ve, tengo el honor de no ser nunca saludado por ese señor.

—¡Oh! —exclamó Diederich, sinceramente afectado.

El viejo Buck abría ya la puerta, de pronto recordó algo.

—¡Un momento aún, mi querido Hessling!

Rebuscó afanosamente en la biblioteca, se agazapó y sacó de lo más hondo y polvoriento de ella un libro pequeño y casi cuadrado, que entregó a Diederich. Su rostro ruborizado tenía un brillo furtivo.

—Tenga usted: un pequeño obsequio. ¡Es mi «Retablo de campanas»! En mis tiempos también fui poeta. Y luego empujó suavemente a Diederich hacia fuera.

 

La ronda de Fleischhauer tenía bastante pendiente, pero no era ésta la única razón del jadeo de Diederich. Después de haber experimentado al principio cierto anonadamiento, le fue dominando la sensación de haberse dejado impresionar tontamente. «Este viejo charlatán no es sino un fantoche. ¡Y tal viejo a mí me deja boquiabierto!». Recordó vagamente los días de su infancia, cuando el respetable señor Buck, ex condenado a muerte, le infundía respeto y terror parecidos al que le producían el policía de la esquina o el fantasma del castillo. «¿Es que siempre seré así de blando? ¡Otro no habría dejado pasar lo que yo!». Pensó también que su silencio podía traerle desagradables consecuencias; había callado ante palabras muy comprometedoras o no las había rechazado de manera suficientemente concreta. Empezó a preparar algunas respuestas enérgicas para la próxima vez. «¡Todo ha sido una trampa! Ha querido aprisionarme, anonadarme… ¡Pero ya verá, ya!». Diederich cerró el puño dentro del bolsillo mientras avanzaba rígido por la de Kaiser-Wilhelmstrasse. «Por ahora habrá que seguir correcto con él… ¡Pero pobre de él, cuando yo sea el más fuerte!».

La casa del alcalde estaba recién pintada y los vidrios brillaban como nunca. Le abrió una camarera de bonito aspecto. Diederich fue conducido al comedor a lo largo de una escalera cuyo pasamanos remataba en una lámpara sostenida por un gracioso efebo de porcelana, atravesando luego una antesala en la que había una alfombrilla casi ante cada mueble. En aquel ambiente de muebles claros y cuadros que abrían el apetito, el alcalde y otro señor tomaban el segundo desayuno. El doctor Scheffelweis tendió a Diederich su blanca mano, observándolo a través de sus quevedos. Sin embargo, no se sabía nunca si en verdad el doctor Scheífelweis lo miraba a uno: tan vaga era la expresión de sus ojos, incoloros como el rostro y las finas patillas. El alcalde hizo varias veces intención de hablar, hasta que dio con algo que podía, en todo caso, decirse.

—Bonitas cicatrices —refiriéndose a las que adornaban la mejilla de Diederich—. ¿No le parece a usted?

Diederich mantuvo al principio una gran reserva respecto al otro señor, pues tenía un aspecto muy judío, pero el alcalde hizo la presentación:

—El asesor Jadassohn, del ministerio fiscal.

Aquello obligaba, naturalmente, a un saludo en toda regla.

—Tome asiento sin más ceremonia, estimado amigo —dijo el alcalde—. Acabamos de empezar.

Sirvió a Diederich cerveza negra y una porción de jamón asalmonado.

—Mi mujer y mi suegra han salido, los niños están en la escuda… Gocemos, pues, de la libertad: Prost!

El judío del ministerio fiscal parecía tener ojos sólo para la camarera. El tiempo que tuvo ella algo que hacer en la mesa, junto al señor asesor, fue imposible saber dónde estaba una de las manos de dicho caballero. Cuando se marchó por fin la doncella, quiso él hablar de los asuntos públicos, pero el alcalde no se dejó adelantar.

—Las señoras no volverán hasta la hora de comer, pues mi suegra ha tenido que ir al dentista. La cosa ya me la conozco: con ella, todo dura el doble de tiempo. O sea que, mientras tanto, somos los amos de la casa.

Sacó una botella de licor del aparador, alabó el contenido, obligó a los huéspedes a confirmar tales excelencias y prosiguió luego con voz monótona, interrumpida por la masticación, el elogio de sus idílicas mañanas. Pero poco a poco fue dibujándose la preocupación en su rostro; caía en la cuenta de que aquella conversación no podía prolongarse. Tras un momento de silencio, se decidió:

—Es de suponer, doctor Hessling… Mi casa no se encuentra demasiado cerca de la suya; sería muy comprensible que haya visitado a otros señores antes de mí.

Diederich enrojeció bajo los efectos de la mentira que iba a soltar, pero pensó a tiempo: «Se enterará de todos modos». Dijo:

—Me he tomado en efecto la libertad… Quiero decir que por supuesto pensaba venir a verle a usted el primero, señor alcalde, pero, por respeto a la memoria de mi padre, que tanta devoción tenía al viejo señor Buck…

—Muy comprensible, muy comprensible —aprobó el alcalde con graves cabezazos—. El señor Buck es el decano entre nuestros próceres y goza de influencia perfectamente legítima.

—¡Por ahora! —dijo con voz inesperadamente incisiva el judío del ministerio fiscal, mirando desafiante a Diederich.

El alcalde se había concentrado en el queso con muchísimo interés, y Diederich, desamparado, parpadeó varias veces. Viendo que la mirada de aquel hombre exigía insoslayablemente una toma de posición, discurrió sobre el «respeto heredado» sin dejar de referirse, no faltaba más, a recuerdos de infancia como excusa por haber ido primeramente a casa del señor Buck, mirando al mismo tiempo, aterrorizado, las enormes orejas rojas y prominentes del señor asesor.

Éste le dejó concluir sus balbuceos, como si Diederich fuese un reo agobiado por sus propias contradicciones, y luego remató cortante:

—En ciertos casos, el respeto no tiene otra función que desacostumbrarse de él.

Diederich no supo de momento qué hacer, pero luego se decidió por una carcajada cómplice. El alcalde intervino, con sonrisa tímida y gesto conciliador:

—En fin…, al doctor Jadassohn le complace lucir su ingenio…, lo que, personalmente, aprecio mucho. Pero, desde luego, en mi posición, me veo obligado a ver las cosas objetivamente y sin prejuicios, por lo cual debo decir que, por un lado…

—¡Vamos directamente al «por otro lado»! —exigió el asesor Jadassohn —. A mi modo de ver, en tanto en cuanto representante de un organismo estatal y decidido partidario del orden establecido, este señor Buck y su compinche el diputado Kühlemann, tanto por su pasado como por sus ideas, me parecen, ni más ni menos, cabecillas de la subversión. En mi corazón no hay cobijo para los criminales; tales debilidades, en mi opinión, son ajenas al carácter alemán. Fúndense todos los comedores populares que se quiera, pero el mejor alimento para el pueblo es y será siempre la cereza en las convicciones. ¿Por qué no fundar también una residencia para imbéciles? No niego la utilidad que tendría.

—¡Pero sólo la utilidad fundamentada en la fidelidad al Káiser! — especificó Diederich.

El alcalde hizo gestos de apaciguamiento.

—¡Señores! —imploró—. ¡Señores! Puestos a decir todas las cosas, no puedo negar que, a pesar de todo el mérito civil de los mentados señores, por otro lado…

—¡Por otro lado…! —repitió Jadassohn severamente.

—… debo lamentar profundamente lo difícil de nuestras relaciones con los representantes del gobierno central… Si bien ruego que se tenga también en cuenta que la inusitada agresividad del señor gobernador Von Wulckow respecto de los organismos municipales…

—¡Contra corporaciones de orientación hostil! —corrigió Jadassohn.

Diederich se permitió observar:

—Yo soy un liberal de una pieza, pero me parece…

—Una ciudad —explicó el asesor— que cierra los oídos a las justas peticiones del gobierno, no tiene por qué mostrarse sorprendida si luego recibe un trato poco considerado.

—De Berlín a Netzig —aseguró Diederich— podría viajarse en la mitad de tiempo, si nuestras relaciones con las altas esferas fuesen más cordiales.

El alcalde les dejó terminar el dúo. Había empalidecido y bajado los párpados detrás de sus gafas. De pronto levantó la vista hacia ellos, con débil sonrisa.

—Por favor, señores, no insistan ustedes más. Ya sé que hay ideas más acordes con nuestro tiempo que las proclamadas por los representantes municipales. Créanme que no ha sido culpa mía, si, con motivo de la única estancia de Su Majestad en la provincia durante las maniobras militares del año pasado, no se envió ningún telegrama de adhesión.

—La negativa del Ayuntamiento fue del todo extraña a los principios de la unidad patria —afirmó Jadassohn.

—Hay que levantar bien alto el pendón nacional —proclamó Diederich.

El alcalde alzó los brazos al cielo.

—Por favor, señores, ya lo sé, pero no soy más que el presidente del consejo municipal y debo respetar sus acuerdos. ¡Cambien primero la situación! El doctor Jadassohn recordará nuestro conflicto con el Gobierno en el caso del maestro socialdemócrata Rettich. Me fue completamente imposible aplicar medidas disciplinarias contra él. Y el señor Von Wulckow sabe muy bien —dijo el alcalde guiñando un ojo— que estaba yo decidido a hacerlo.

Estuvieron los tres un rato en silencio, mirándose mutuamente. Jadassohn resopló por la nariz, como si con lo oído le bastara, pero Diederich no pudo aguantar más.

—¡El liberalismo es el germen de la socialdemocracia! —exclamó—. Gentes como Buck, Kühlemann y Eugen Richter hacen que los obreros nos pierdan el respeto. Mi fábrica exige de mi los mayores sacrificios, gran trabajo y enorme responsabilidad, y por añadidura tengo una situación conflictiva con el personal. ¿Por qué? Porque no formamos un frente unido contra el peligro rojo, y ciertos patronos se dejan llevar por la corriente socialista, como el yerno del señor Buck por ejemplo. El señor Lauer deja que los obreros participen en los beneficios de su fábrica. ¡Eso es inmoral! —aquí Diederich centelleó con los ojos—. Porque así se mina el orden, y para mí no cabe la menor duda de que, en tiempos tan duros como el presente, necesitamos orden más que nunca; se precisa, es evidente, una firme cohorte como la que acaudilla nuestro joven y espléndido Káiser. Declaro en todo mi adhesión más firme y absoluta a Su Majestad…

Aquí hicieron los otros dos una reverenda, a la que Diederich correspondió sin dejar de centellear. Y siguió diciendo que, en contraposición a la mescolanza democrática, en la cual creía aún la generación menguante, el Káiser representaba a la juventud y era la personalidad más personal por su alentador impulso y la enorme originalidad de su pensamiento. Y, por último, enfáticamente:

—¡Siempre debe asumir uno solo el mando! ¡En todos los campos!

Diederich hizo una completa, militante e intransigente profesión de fe, declarando que las ruinas enmohecidas del viejo liberalismo debían ser derribadas, también en Netzig, desde los cimientos.

—¡Estamos en las puertas de una nueva era! —proclamó.

Jadassohn y el alcalde le escucharon en silencio hasta que hubo concluido. Las orejas de Jadassohn parecían aumentadas de tamaño. Chilló con voz de corneja:

—¡Tampoco en Netzig faltan alemanes fieles al Káiser!

Y Diederich gritó todavía más alto:

—¡Y a los que no lo sean, les vigilaremos los pasos! ¡Entonces se verá si a ciertas familias todavía les corresponde la posición que se atribuyen! Dejando ya de lado al viejo Buck: ¿Qué clase de gente son los suyos? Los hijos, hechos unas patanes o unos vagos, un yerno que es socialista, y por lo que se dice de su hija…

Cruzaron miradas. El alcalde soltó una risita y se ruborizó. Llevado por el regocijo, disparó con bala:

—¡Y no saben ustedes todavía que el hermano del señor Buck ha quebrado!

Estallaron carcajadas de satisfacción. ¡Tanto presumir con sus cinco hijas elegantes! ¡El señor presidente de la Harmonie! Y comían los guisos del Comedor Popular, esto lo sabía Diederich de buena tinta. Para celebrarlo, el alcalde volvió a servir licor y ofreció puros. Desde aquel momento ya no le cupieron dudas: no tardaría en producirse un cambio.

—Dentro de año y medio tendremos elecciones para el Reichstag. De aquí a entonces, tendrán que moverse ustedes bastante.

Diederich propuso:

—¡Considerémonos desde ahora mismo el núcleo de la comisión electoral!

Según Jadassohn, lo primero a hacer era tomar contacto con el gobernador civil Von Wulckow.

—Con la máxima discreción —especificó con un guiño el alcalde.

Diederich lamentó que el Netziger Zeitung, el mayor periódico de la ciudad, siguiera la corriente liberal.

—¡No es más que un panfleto judaico! —dijo Jadassohn, quejándose de que el Diario Comarcal, progubernamental, tuviera tan poca influencia.

El viejo Klüsing, de Gausenfeld, suministraba papel a ambos periódicos. A Diederich no le pareció descabellada la idea de utilizarle para influir de algún modo en la línea del Zeitung. Klüsing tenía algún dinero puesto en éste, y al mismo tiempo le atemorizaría perder los pedidos del Diario Comarcal.

—Claro, en Netzig existe también una fábrica de papel —dijo el alcalde sonriendo maliciosamente.

En éstas se presentó la camarera y anunció que era hora de poner la mesa para el almuerzo; la señora regresaría muy pronto.

—Y también la señora madre de la señora —subrayó.

Al oír mentar a su suegra, la viuda del capitán, el alcalde se puso en pie en el acto. Acompañó a sus huéspedes, hundida la cabeza en los hombros, y, a pesar del alcohol consumido, blanco como la leche. En la escalera dio a Diederich un tirón en la manga. Jadassohn se había retrasado, y se oían los sofocados chillidos de la camarera. En la puerta ya sonaba la campana.

—Mi querido doctor —susurró el alcalde—, espero que mis palabras no hayan sido mal comprendidas. Con todo, sólo me dejo guiar, naturalmente, por los intereses de la ciudad. Evidentemente, estaría muy lejos de hacer algo que me pusiera en desacuerdo con las instituciones que tengo el tumor de presidir.

Al decir estas palabras, pestañeó con insistencia. Antes que Diederich hubiera podido hacerse cargo de la situación, entraron en casa las señoras y el alcalde soltó la manga de la chaqueta de Diederich para correr a recibirlas. Su mujer, seca, abatida y con el rostro marcado por los disgustos, apenas si saludó a los señores: tuvo que separar a los niños, que peleaban entre sí a brazo partido. Por su parte, la suegra, una cabeza más alta que la hija y bastante bien conservada, analizó severamente las caras enrojecidas de los huéspedes y avanzó como una diosa Juno hacia el alcalde, que empequeñeció a ojos vistas… El asesor Jadassohn se había largado ya; Diederich ejecutó unas no correspondidas reverencias formales, y se apresuró a seguirle. Pero no se sentía tranquilo; su mirada se paseaba inquieta por la calle, sin prestar atención a lo que Jadassohn decía. Repentinamente se volvió atrás. Llamó insistentemente varias veces, pues en el interior había un ruido espantoso. Los dueños se encontraban todavía discutiendo a gritos al pie de la escalera, los niños chillaban y se daban empellones… La alcaldesa quería que su marido fuera a ver al director de la escuela para quejarse de un maestro que trataba mal a su hijo. La capitana, por su lado, exigía que su yerno ascendiera al maestro de marras, porque su mujer gozaba de máxima influencia en la sociedad de muchachas desvalidas del Niño Jesús de Belén. El alcalde procuraba alternativamente apaciguarlas con ademanes conciliatorios. Al fin pudo tomar la palabra.

—Por un lado… —dijo.

Pero en este momento, Diederich le cogió por la manga y, tras excusarse profusamente ante las damas, lo llevó a un lado y le susurró, tembloroso:

—Respetado señor alcalde, sólo quisiera adelantarme a cualquier equivoco. Me permito repetirle que soy un liberal acabado.

El doctor Scheffelweis le aseguró sin ambages que de ello estaba tan convencido como de su propio liberalismo. Las señoras volvieron a reclamar en seguida su presencia, y Diederich abandonó la casa algo más tranquilo. Jadassohn le esperaba con una sonrisa irónica.

—¿Temía usted quizá…? ¡No se preocupe! Con nuestra máxima autoridad municipal nadie se ve metido en compromisos. Él, como la Divina Providencia, está siempre del lado de los batallones más fuertes. Hoy sólo me interesaba saber hasta qué punto se ha liado con Von Wulckow. Parece que la cosa no va mal: podemos atrevernos a algún paso más.

—Tenga, por favor, en cuenta —dijo Diederich con precaución— que yo soy un miembro de la burguesía de Netzig y, naturalmente, liberal.

Jadassohn miró la solapa izquierda de Diederich.

—¿Neoteutonia? —preguntó. Y al volverse Diederich sorprendido—: ¿Cómo se encuentra mi viejo amigo Wiebel?

—¿Le conoce? ¡Fue mi protector!

—¿Si lo conozco? Eramos inseparables.

Diederich chocó los cinco que le tendía Jadassohn, y se dieron un fuerte y largo apretón de manos.

—¡Bueno, entonces…!

—¡Claro, hombre!

Y cogidos del brazo se fueron a almorzar al Ratskeller.

 

El indefectible mesón instalado en las bóvedas subterráneas bajo el Ayuntamiento estaba a esa hora desierto y penumbroso. En un rincón del fondo les encendieron la luz de gas, y, hasta la llegada de la sopa, Jadassohn y Diederich recorrieron completa la lista de los amigos comunes. ¡El gordo Delitzsch! Diederich informó de su trágica muerte con la precisión del testigo ocular. El primer vaso de vino de Rauenthal lo dedicaron silenciosamente a su memoria. Resultó que Jadassohn también había vivido los disturbios de febrero e, igual que en Diederich, procedía de entonces su veneración por el poder.

—Su Majestad demostró una valentía —dijo el asesor—, que le ponía a uno la piel de gallina. ¡Por Dios, que varias veces llegué a creer…!

No pudo seguir. Ambos se miraron horrorizados. Para librarse de la espeluznante idea, brindaron y se tutearon:

—Con tu permiso —dijo Jadassohn.

—Te sigo en todo —repuso Diederich, de acuerdo con el ceremonial.

—Con inclusión de los seres queridos —siguió Jadassohn.

—Sabré honrarlos entre los míos —cerró Diederich.

A continuación, Jadassohn, a pesar de estar enfriándosele la comida, se extendió en el detallado elogio del carácter del Káiser. Los filisteos, los eternos descontentos y los judíos podían decir de él lo que quisieran; pero el joven y esplendoroso Káiser era la personalidad más personal, por su alentador impulso y la enorme originalidad de su pensamiento. Diederich creyó haber llegado por su parte también a tales conclusiones y afirmó satisfecho con la cabeza. Se dijo que a veces las apariencias engañaban, y que el espíritu germánico de una persona no dependía necesariamente del tamaño de las orejas. Y vaciaron sus copas por el éxito de la lucha por la corona y el altar contra la subversión en todas sus formas y disfraces.

Casi sin darse cuenta volvieron al tema de la situación en Netzig. Concordaron en que el espíritu nacional, para el cual había que conquistar la ciudad, no necesitaba más programa que el Santo Nombre de Su Majestad. Los partidos políticos sólo eran trastos viejos, como Su Majestad misma había dicho. «Conozco dos partidos: el de los que están por mi y el de los que están contra mi», así lo había dicho, y así era, indiscutiblemente. En Netzig tenía por desgracia más fuerza el de los que estaban en contra, pero esto iba a cambiar, concretamente (esto Diederich lo veía muy claro) con la ayuda de la Hermandad de Ex combatientes. Jadassohn, aun cuando no era miembro de día, prometió a Diederich presentarle a las personalidades dirigentes. ¡Estaba, sobre todo, el pastor Zillich, ex compañero de armas de Jadassohn, alemán de casta! Irían a visitarle después de los postres. Bebieron a su salud. Diederich brindó también a la salud de su capitán, aquel capitán que había sido al principio un rígido superior para convertirse luego en su mejor amigo.

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