El último oso

Hannah Gold · Capítulo 21 de 31

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El último oso

Capítulo veintiuno. El plan

CAPÍTULO VEINTIUNO

 

El plan

 

EN LOS DÍAS SIGUIENTES April notó de vez en cuando que su padre la observaba. No era una mirada cálida, benévola, paternal, sino de ojos entornados, desconfiada, que la hacía sentirse como si fuese una desconocida cada vez que estaba en su compañía. El hombre llegó incluso a contar todos y cada uno de los alimentos de la despensa, de forma que fuera imposible coger más; aunque, por suerte, la niña ya había previsto tal emergencia y tenía un escondite bajo su cama. Pero no había bastante, ni mucho menos, como para seis semanas, y ahora le resultaba más urgente que nunca pensar en un plan para ayudar a Oso.

—¿Cómo nos hemos vuelto tan descuidados? —April miró alrededor del salón como si lo viera por primera vez.

Había estado tan ocupada divirtiéndose durante todo el verano que le habían pasado desapercibidas las pilas de ropa sin lavar, las tazas, las teteras y las latas de sopa vacías. Al final encontró el libro sobre el Círculo Polar Ártico entre un tarro viejo de café y uno de los chalecos de cachemir de su padre, y enseguida miró la sección sobre Svalbard.

Cayeron un par de envoltorios de caramelos de anís. Resultó ser un archipiélago a medio camino entre Noruega y el Polo Norte; alrededor de un sesenta por ciento del conjunto de islas estaba compuesto por glaciares. Era el hogar de pájaros marinos, zorros árticos, renos y unos tres mil osos polares.

—¡Lo tengo!

Algo caliente fluyó por sus venas cuando se le ocurrió por fin la respuesta. ¡Era obvio! Tan obvio que la había tenido delante todo el tiempo. Solo había una cosa que hacer. No tenía por qué dejar a Oso en aquella cueva horrible y solitaria.

Iba a llevarlo a su casa.

Su casa, en Svalbard.

—Allí tendrás muchos amigos. ¡Quizá hasta tengas familia! Primos, tías, tíos… puede que hasta una pareja —susurró, rogando que Oso pudiese oírla desde el otro lado de la isla—. Ya no estarás solo.

El único problema era la distancia.

Svalbard estaba más o menos a un día en barco de la Isla del Oso, demasiado como para que él fuera por sí solo, o lo habría hecho hacía ya mucho tiempo. Pero tenía que haber otra forma de llevarlo, aunque fuera sin la ayuda del padre de April.

Y ya se le empezaba a ocurrir un plan.

 

La barca boca abajo de la bahía de la Morsa no era una embarcación típica.

—Más bien parece una canoa —dijo April para sí misma mientras la observaba—. Pero una canoa grande. En todo caso, lo bastante grande para nosotros dos.

Tenía el casco pintado de amarillo, curvo a los lados, como un barco vikingo. En algunas partes la pintura estaba desconchada, pero cuando la niña la frotó con su guante consiguió sacarle un poco de brillo, como un sol de invierno.

—Hace tiempo fuiste muy bonita, ¿verdad? Me pregunto cómo acabaste aquí. ¿A ti también te dejaron atrás? —Miró a su alrededor, contemplando todos los restos que los humanos habían abandonado en la bahía de la Morsa. La destartalada cabaña, el muelle destrozado, la soga de metal oxidada y las botellas de plástico traídas por la corriente. «¿Cómo nos hemos vuelto tan descuidados?», se preguntó por segunda vez aquel día.

Suspiró y volvió a concentrarse en la barca. Dentro había dos banquetas de madera, un viejo remo y muchas piedrecillas, arena, conchas y suciedad. Pero, por suerte, no se veía que tuviese ningún agujero.

—Lo primero es limpiarte.

Miró de reojo cómo el mar rompía contra la orilla. Algunas de las olas eran tan altas como ella. La mayoría aún más. April sintió un escalofrío en el estómago, que pareció dar una voltereta en su vientre. ¡Maldición! Pero, no importaba lo peligroso que fuese a ser el viaje o lo mucho que ella fuese a marearse en la barca, estaba decidida a llevar a Oso a casa.

La alternativa era imposible de contemplar.

 

Pasó los dos días siguientes estudiando mapas y repasando los muy necesarios consejos de supervivencia para un largo viaje en barco, tal como detallaba la enciclopedia. Pero cuanto más leía sobre navegar menos preparada se sentía. ¿Cómo podía saber que la forma de las olas podía anunciar un cambio en los vientos, o que las palabras que se usaban en la terminología de la navegación podían llenar casi todo un diccionario entero, o que había que tener un sexto sentido para las condiciones climáticas?

Contempló el mapa de la Isla del Oso pegado en la pared y se mordió un labio, ansiosa. Solo había una cosa que hacer. Se trataba, sin duda, de una emergencia, y, como su padre estaba en la estación meteorológica, aquel era el momento perfecto.

Había guardado el sobre en el cajón lateral de su cama. Olía ligeramente a caballa, cuerda vieja y algo más. Era un aroma reconfortante y seguro, y fue lo que la hizo decidirse por fin a marcar el número antes de convencerse a sí misma de no hacerlo.

El teléfono sonó dos veces.

—¿Hallo? —La línea era sorprendentemente clara, como si él estuviera en la habitación de al lado—. ¿Hallo?

A April se le había secado la boca del todo.

—¿Tör? —consiguió croar por fin—. Soy yo, April. April Wood.

—¿April? —dijo él, y sonó sorprendido, como si no esperara oírla de nuevo—. ¿Va todo bien por la isla?

La niña asintió con un gesto, aunque entonces se dio cuenta de que no podía verla.

—Sí —contestó apresuradamente—. Todo va bien.

April se detuvo un momento. Ni en sus mejores tiempos se le había dado bien hablar por teléfono, y hacerlo con alguien a quien solo había visto una vez la había puesto aún más nerviosa. Agarró más fuerte el aparato.

—¿En qué puedo ayudarte? —le dijo él al silencio.

—Solo quería hacerte una pregunta sobre navegación —dijo la niña, cruzando los dedos por sonar creíble—. Estoy… escribiendo un trabajo para el cole, y tengo que explicar cómo ir de la Isla del Oso a Svalbard en barco.

—¿Y quieres asegurarte de que el barco vaya en la dirección adecuada? —preguntó Tör—. ¿Para que los pasajeros no acaben en Nueva York?

—Algo así —admitió ella.

—Bueno, en los viejos tiempos se usaba el mapa del cielo para encontrar el camino.

—¿El mapa del cielo? —La enciclopedia no decía nada al respecto—. ¿Quieres decir las estrellas?

—Exacto. Aunque hoy en día una brújula es mucho más práctica.

Bufff. Al menos eso sí que lo tenía.

—También necesitarías un mapa del mar de Barents.

Miró el mapa. Un poco viejo y arrugado. Iba a tener que servir.

—Y un GPS.

—¿Un qué?

—Está conectado a un satélite y muestra tu posición —dijo Tör, justo cuando empezaba a haber interferencias en la llamada—. Todos los lugares del mundo, incluso los lugares tan pequeños como la Isla del Oso, tienen coordenadas. Los navegantes las usan como sistema de navegación. Pensamos en ello como las estrellas de hoy.

—Pero ¿se puede navegar sin GPS? —preguntó ella, levantando la voz —. ¿O sin las estrellas?

—Sí —dijo él. La llamada se estaba cortando. También Tör empezó a hablar más alto—. Pero… más difícil… confiable… tu brújula. Poner… las coordenadas… Svalbard. Ten… cuidado… vientos.

April podía obtener las coordenadas del mapa —era de lo más sencillo — y seguir la brújula hasta allá.

—¿April? —preguntó él, mientras la línea se aclaraba de repente—. ¿Sigues ahí?

—Oh. —De pronto la niña vio a su padre al otro lado de la ventana, dirigiéndose directo a la cabaña—. Tengo que irme —dijo rápidamente—, pero gracias.

Y antes de que Tör pudiera respirar una vez más, y mucho menos contestar, ella colgó.

—¿Va todo bien, April? —preguntó su padre mientras entraba en la cabaña junto a una bocanada de aire frío, helado, con un toque de caramelo de anís.

—Perfectamente —respondió ella mientras pasaba por su lado para salir.

No tenía nada más que perder. Era el momento de decírselo a Oso.

 

Cuando llegó a la bahía de la Morsa, Oso estaba jugando con las olas, ocultándose bajo ellas como una foca y emergiendo momentos después con una gran sonrisa feliz. No la vio; ella se quedó mirándolo.

No pudo evitar comparar lo que estaba viendo con lo que vio cuando se conocieron. Su pelaje ya no era gris y mate y duro; ahora era brillante como la luz de las estrellas. Ya no tenía las orejas caídas; ahora danzaban en su cabeza y se movían llenas de vida. Ya no podía contarle las costillas; ahora incluso estaba ligeramente entrado en carnes. Su rostro tenía el aspecto satisfecho de quien acaba de comerse su cena favorita y está a punto de soltar un gran eructo.

Tenía el aspecto que deberían lucir todos los osos polares. Feliz. Sano. Alegre.

Por un momento, April se quedó sin aliento al pensar que se les acababa su tiempo juntos. Hacía solo una semana que el sol había desaparecido por fin bajo el horizonte, marcando el fin de la época del sol de medianoche un año más. Hasta su reloj volvía a funcionar y marcaba con su tictac lo que les quedaba.

—Oso —susurró, con la voz rota, como papel de lija.

Él la oyó y levantó la cabeza, con las orejas aguzadas y la cara iluminada, igual que lo hacía siempre que veía a April. Se sacudió para secarse el agua, que saltó en miles de gotitas del color del arcoíris por toda la playa, y se acercó al galope. Al llegar a su lado le acarició el hombro con el morro a modo de saludo y le lamió la cara un par de veces. Cuando ya se habían dirigido unos cuantos rugidos el uno al otro, ella apoyó la barbilla en el pecho de él y absorbió su olor.

Era un olor que le recordaba a casa.

April parpadeó un par de veces, enterró la nariz en su pelaje, lo rodeó con sus brazos y tragó fuerte. No necesitó decirle nada.

Oso lo sabía.

A ella le rascaba la garganta. Miró fijamente hacia las montañas, con sus cimas cubiertas por la nieve, antes de hablar.

—Pronto voy a tener que volver a casa —consiguió decir por fin—. No es que quiera, pero debo hacerlo. Tengo que ir al cole y aprobar unos exámenes para conseguir los papeles que me permitan hacer algo importante cuando crezca —dijo—. Pero ¿sabes qué? Ni siquiera tengo que esperar a crecer. Ya no puedo dejar que sean otros quienes me solucionen los problemas. Voy a hacer algo por ayudar a salvar el Ártico, y quizá hasta el planeta. Y ese algo empieza ahora mismo. —Respiró hondo—. No voy a abandonarte, Oso. Tengo un plan.

Le agarró la cabeza entre sus manos, forzándolo a mirarse a los ojos, que eran de chocolate, cálidos y brillantes. Los ojos de Oso la observaron de tal forma que casi se derritió. April dudó de que pudiera encontrar a nadie más en toda su vida que la mirase como Oso la miraba en aquel momento.

—Es un plan peligroso, pero no tenemos elección. Es eso o… bueno, eso no va a suceder. Tranquilo; todo irá bien. —Le secó la humedad de la cara con las puntas de los dedos y le rascó debajo de la oreja izquierda, en ese sitio que tanto le gustaba—. La verdad es que tengo miedo. No soy tan valiente como tú. Yo no hubiese podido estar aquí sola tantos años como tú. Pero es mejor que no hacer nada y, como sabes, los humanos somos muy buenos en eso de no hacer nada. Ya no quiero ser de esa clase de personas. —Levantó la barbilla y habló con más confianza de la que sentía—: Pero tienes que prometer que me acompañarás aunque te parezca la peor idea del mundo.

Y entonces señaló hacia la barca.

Oso movió las orejas, agitó los bigotes y se echó atrás tan repentinamente que ella tuvo que soltarse para no salir disparada hasta el otro lado de la playa. El animal se levantó de inmediato sobre sus patas traseras, quedando como un rascacielos al lado de ella, y rugió, lleno de furia. Fue con toda seguridad el rugido más fuerte que ella le había oído, y si hubiesen estado al borde de la cumbre de la montaña el sonido hubiese viajado hasta la Luna y de vuelta unas cuantas veces.

Cuando acabó, ella se quitó los dedos de los oídos y se irguió a toda su altura tamaño April.

—Escúchame, Oso: voy a hacerlo, te guste o no —dijo—. No puedes detenerme. Pero será mucho más fácil si estás de acuerdo…

El animal volvió a rugir, ahogando el resto de las palabras de la niña. Y esta vez incluso el sol se escondió, la tierra tembló y la montaña se agitó. Rugió y rugió y rugió durante lo que pareció muchísimo tiempo, difícil saber cuánto, pero fue lo suficiente como para que April se sentara al lado de la barca boca abajo, jugara al cordel al menos diez veces y hasta se echara una pequeña siesta. Y al final, Oso se cansó de rugir, como ella sabía que sucedería.

—Es tu única oportunidad. No puedes quedarte —le susurró.

Él, por fin, llevó el morro al hombro de la niña, soltó una especie de ronroneo y le lamió la cara.

—Voy a llevarte a casa.

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