El último oso
Capítulo uno. La carta
CAPÍTULO UNO
La carta
APRIL WOOD SE ENCONTRÓ cara a cara con el oso polar exactamente tres semanas después de llegar a la Isla del Oso. Pero antes de eso, claro, tuvo que llegar hasta allí, en un viaje que comenzó cuatro meses atrás.
Hasta ese momento, la vida de April había sido bastante normal, aunque ella era la primera en reconocer que era una «normalidad rara». Su padre era científico en una universidad cercana y dedicaba todo su tiempo a investigar los ciclos meteorológicos. El hombre, al igual que el clima, llegaba y se iba de casa a las horas más impredecibles; podía entrar a las once de la noche o salir cuando ella llegaba a casa del cole. Trabajaba algunos fines de semana y después tenía tres días libres. Pero incluso entonces se encerraba en su estudio y hundía la cara en viejos libros polvorientos, escritos con una letra tan pequeña que los ojos dolían al leerlos. Cuando April le llevaba la tetera o la cena, él negaba con la cabeza, se quitaba las gafas y la miraba con curiosidad, como si se le hubiese olvidado del todo que tenía una hija. «Oh —le decía—, gracias… April». Y volvía a bajar la cabeza y mordía la punta del bolígrafo mientras ella se iba y cerraba la puerta del estudio en silencio.
April tenía apenas cuatro años cuando su madre murió, y cada vez que pensaba en ella era como recordar un precioso día de verano que había vivido una vez. Su padre no había vuelto a casarse, y se notaba en la casa. El edificio era alto y estrecho, y tenía un aspecto ligeramente infeliz; dentro parecía que siempre hiciera frío. Todo tenía una fina capa de polvo, y se respiraba la horrible sensación de que faltaba algo, aunque April nunca supo definir aquel sentimiento.
Pasaba la mayor parte del tiempo en el jardín trasero, donde vivía una familia de zorros urbanos entre los arbustos crecidos y descuidados. Estaba fascinada con uno en particular, al que llamó Braveheart porque una vez casi la había dejado darle de comer unas fresas de la mano. El tiempo que pasaba en el jardín parecía volar, y solo se veía interrumpido por el colegio. A April no le gustaba el colegio, o quizá fuera ella la que no gustaba a las niñas del colegio. No sabía si se debía a que olía a zorro o a que se cortaba el pelo con unas tijeras de jardín. Fuese como fuese, no le importaba demasiado: prefería los animales a los humanos. Eran más amables.
Y entonces llegó la carta.
April estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas, comiéndose un bol de cereales, mientras que en la otra punta de la sala su padre sostenía una tostada que goteaba mermelada sobre el periódico. Era finales de noviembre, y April corrió a la puerta cuando el paquete aterrizó con un ruido sordo sobre la esterilla de la entrada. ¿Sería una felicitación de Navidad de la abuela Apples? No solo le gustaban sus tarjetas sino que además era su abuela preferida porque olía a postres calientes y repletos de azúcar y además vivía a la orilla del mar.
Pero no se trataba de una felicitación de Navidad, sino que era un gran y grueso sobre con sellos de Noruega y que tenía escrito en texto de tampón ASUNTOS GUBERNAMENTALES OFICIALES .
Lo dejó al lado de la tostada de su padre, y este lo cogió sin mirar. Cuando iba a pegarle un mordisco se detuvo y, al ver lo que era, puso una mirada rara, como si alguien lo hubiese hechizado.
—¿Qué es? —le preguntó la niña.
—Nos vamos al Círculo Polar Ártico —respondió él mientras leía y parpadeaba rápidamente—. Me han dado el trabajo. La verdad es que no creía que fuera a conseguirlo; pensaba que escogerían a alguien del lugar. Pero se ve que mi estudio sobre la atmósfera terrestre los hizo decidirse. Es una estación meteorológica en una pequeña isla a más o menos un día de viaje en barco desde la costa de Noruega.
April dio unos saltitos antes de responder:
—¿Qué clase de isla? ¿Cuánta gente vive allí?
—Ah. —Él la miró como disculpándose—. No es esa clase de isla. La verdad es que… no va a haber nadie más que nosotros dos.
—¿Solo nosotros dos? —A la niña la invadió una extraña sensación, como un pequeño cosquilleo—. ¿Vamos a estar solos en una isla?
Él se inclinó hacia delante en su silla.
—Piensa en las aventuras que vamos a vivir. Seremos como el capitán Scott pero en el Ártico. La isla no se parece en nada al paisaje de aquí; tiene lagos interiores, montañas, arroyos. Imagínatelo, April. Es el último territorio inexplorado. No habrá coches, trenes ni aviones, ¡ni siquiera carreteras! Será naturaleza pura, nunca visitada.
No hizo falta que dijese más, a ella el corazón ya le latía a toda velocidad. No solo estarían en el Círculo Polar Ártico sino que iban a pasar un montón de tiempo juntos, solo ellos dos. Podrían hacer muchas cosas, como crear muñecos de nieve, tirarse en trineo por la montaña y…
—Por supuesto, el trabajo que haré allí será muy importante —añadió el padre con su cara más seria, y a ella las tripas se le revolvieron ligerísimamente.
—¿Qué vas a hacer?
—El gobierno noruego quiere tener una idea más precisa de cómo afecta el calentamiento global a la región ártica, así que voy a recopilar datos durante un período de seis meses.
April sabía mucho sobre el derretimiento de los polos. Al igual que la caza del zorro, era una de esas cuestiones que la indignaban y la hacían sentirse inútil a la vez.
—¿Y qué hay del colegio? —preguntó.
—April —dijo él, inclinándose hacia delante—, seis meses en el Ártico te van a enseñar más que seis años en la escuela.
Ella volvió a mirarlo. Le brillaban los ojos y en las pálidas mejillas tenía dos manchas de color rosado. Le volvió el pequeño cosquilleo.
—¿Cuándo nos vamos?
Por supuesto, hubo quienes no se emocionaron tanto. La abuela Apples llamaba por teléfono al menos tres veces al día para recordarles lo imprudentes que estaban siendo. ¿Qué pasaba con las gélidas temperaturas, las olas altas como rascacielos, las morsas asesinas de afilados colmillos que había visto en uno de esos documentales de David Attenborough, o de los peligros de vivir en una isla que no tenía ni hospital ni policía ni nadie que pudiera ayudarlos si estaban en peligro?
No era adecuado para una niña de once años, dijo, especialmente para una tan sensible como April y que gracias a su padre ya era «demasiado silvestre». ¿Cómo podía pensar él que llevársela a una isla desierta, en la que ni siquiera hacía sol, iba a ser conveniente para la niña?
Pero el padre era muy tozudo cuando quería, así que hacía como que no escuchaba.
—¡Por Dios, Edmund! —le gritaba ella, frustrada—. ¡Se llama Isla del Oso! ¿Y si se la comen?
Aunque su hijo intentó asegurarle de que no había osos en la Isla del Oso, la abuela Apples tampoco lo escuchó a él.
—April, si alguna vez ves un oso polar —le dijo—, acuérdate de echarte a CORRER.
Y así, el 1 de abril iniciaron el primer tramo de su viaje. Iban a volar hasta Oslo, cogerían otro avión hasta un pueblecito llamado Tromsø y desde allá irían en barco hasta la Isla del Oso. Cuando el avión despegó y dirigió su morro al norte, April apretó la cara contra la ventanilla y observó cómo iba desapareciendo su casa.
Era cierto: se iban al Círculo Polar Ártico.
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