El último oso

Hannah Gold · Capítulo 24 de 31

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El último oso

Capítulo veinticuatro. La barca

CAPÍTULO VEINTICUATRO

La barca

 

LA LLUVIA VOLVIÓ, formando gruesas y pesadas cortinas de agua durante todo el camino hasta la bahía de la Morsa. A April le caía por el cuello, le bajaba por la espalda y hasta consiguió metérsele dentro de las botas de agua.

Cuando llegó a la barca se dio cuenta de que se había olvidado el teléfono por satélite. No podía arriesgarse a volver a buscarlo. Se maldijo a sí misma por ser tan olvidadiza.

En cuanto vio a Oso posó la cabeza en su pecho. Era como envolverse en la más suave lana o vestir cien gatos peludos o que la abrazara una gigantesca bolsa de agua caliente. Tras unos minutos, los dientes dejaron de temblarle.

De cerca olía como huelen todos los animales. Ligeramente salvaje, a almizcle, pero a la vez dulce. Se sintió segura y a salvo. Se quedaron así mucho más tiempo del necesario. Pero, claro, los abrazos de oso son los mejores, así que no tenía la menor importancia lo que durase.

—Mejor que nos vayamos ya.

La barca era demasiado pesada para April, por lo que tuvo que confiar en que Oso lo hiciera por ella. Pero conseguir que él lo entendiera era otra historia, ya que estaba mucho más interesado en jugar con las olas. Al final la niña acercó el hombro al casco e intentó empujar desesperadamente, pero fue inútil. Era como intentar mover una montaña. Bajo la lluvia que no dejaba de caer, dio un golpe a la barca con las manos abiertas, frustrada.

Fue entonces cuando Oso se le acercó, curioso, bajó los hombros y empujó, primero divertido, como si fuera un juego, y después, gradualmente, con más y más fuerza.

April se apartó, aliviada, con el aliento entrecortado en su pecho.

—¡Vamos, Oso! ¡Tú puedes hacerlo!

Pero, aun así, la barca no se movió ni un centímetro. ¿Cuándo había sido la última vez que lo había hecho? ¿Y si se había quedado atascada en tierra? ¿Y si pesaba demasiado? ¿Y si Oso no podía abandonar nunca la isla?

Contuvo el aliento.

Oso empujó más. Empujó con toda la fuerza y magnitud del oso que era. Rugió y gruñó y empujó. Por fin la barca empezó a crujir de lado a lado, aunque siguió sin moverse, solo se sacudía. El ruido era como el de un martillo clavando clavos o el torno de un dentista.

El animal mostró los dientes, bajó la cabeza e intentó un empujón aún más poderoso, de fuerza bruta. Y entonces la barca hizo un ruido como de raspado. Y después otro.

—¡Se mueve! ¡Lo estás consiguiendo!

Centímetro a centímetro, la barca fue acercándose cada vez más hacia la orilla, hasta que la primera ola chocó contra el casco. April, que había vitoreado cada paso de avance, aprovechó la oportunidad para subirse a bordo. Se quedó sin aliento y masculló algo cuando el agua le cayó encima como una nueva lluvia helada.

—¡Un empujón más, Oso, y llegaremos al agua!

El animal volvió a hundir los hombros y reunió hasta su último ápice de fuerza. Después, con un último e increíble empujón, la barca salió de la bahía de la Morsa y por fin empezó a mecerse en el mar.

—¡Flotamos! —gritó April, mientras la primera ola levantaba la barca y volvía a bajarla.

Oso se quedó en la orilla, mirando; durante un horrible momento, la niña pensó que no iba a seguirla, que se iba a tener que quedar flotando sola. Se llevó los dedos a la boca y silbó, rogando que él captara el mensaje. Por suerte, no necesitó pedírselo dos veces: el animal saltó al agua y empezó a nadar hacia ella.

Cuando llegó y trepó a bordo, casi haciendo que la embarcación volcara por un lado y después por el otro, April lo abrazó con todas sus fuerzas. Cuando lo soltó, ella estaba empapada y la barca ya se adentraba en el mar, mecida por las olas grises y frías.

Mientras luchaba por fijar la lona recordó el aviso de su padre de no acercarse demasiado a la orilla. Pero ya era tarde. La Isla del Oso había desaparecido de la vista. El estómago le dio vueltas y acabó de hacer el último nudo a toda prisa.

—Estamos de camino —susurró, acurrucándose contra Oso en la oscuridad y cruzando los dedos para pedir suerte—. Próxima parada: Svalbard.

 

No sabía cuántas horas pasaron, pero fue tiempo suficiente como para que ella remara un rato —cosa que le resultó mucho más difícil de lo que nunca había creído—, tomar un poco de sopa fría, compartir los biscotes de avena y —a saber cómo— dormir una siesta, acurrucada contra Oso en el fondo de la barca. Cuando de repente despertó se encontró en medio de unas montañas rusas. Arriba, arriba, bien alta como una cometa. En la cresta su estómago hizo eso tan curioso que hacía a veces de encogerse. Y entonces cayeron, cayeron.

Frente a ella, Oso soltó un gemido.

—Sssh, no te asustes ahora —murmuró la niña, soltándose del asiento para tocarle una mejilla—. Todo va a ir bien. Mira, la brújula sigue señalando al norte.

La barca volvió a elevarse, como un avión que corre por la pista y despega. Subieron y subieron hasta llegar a la cresta de la ola y entonces volvieron a bajar. April tuvo que morderse un labio para ahogar un grito.

—Todo va bien —dijo cuando Oso volvió a lamentarse—. No va a pasarnos nada. Voy a echar un vistazo rápido afuera, a ver si ya llegamos.

Le dolían los dedos por el frío, y le costó desanudar la cuerda que sujetaba la lona. La royó con los dientes hasta que se soltó, y entonces se asomó.

—Oh, oh.

Hasta donde le llegaba la vista no había más que olas grises que se retorcían y rodeaban la barca desde todos los ángulos. Pero no eran las mismas olas que chocaban contra la costa en la Isla del Oso. Estas eran monstruosas. De un tamaño colosal. Se elevaban como árboles, tan grotescamente grandes que hacían que la barca pareciera un juguete en miniatura.

April tragó saliva.

No había tierra.

No había nada… excepto las horribles olas y ellos dos.

Oso estaba en la otra punta de la barca, mirándola con sus enormes ojos de chocolate. Ella extendió una mano y con los dedos lo acarició detrás de la oreja.

—Todo va bien.

Cerró la lona de golpe y decidió no mencionarle lo de las nubes negras.

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