El Veneciano
Capítulo 23
UN JUGUETE FEO
ESE MISMO JUEVES 4 DE MAYO, POR LA NOCHE
En el Palacio Ducal, la conferencia extraordinaria comenzó temprano. La preocupación era máxima. Cuando los demás cuarenta y dos consejeros llegaron aún faltaba el Dogo, que seguía encerrado en su alcoba junto a su asistente Trevisan.
—Es insoportable —dijo uno de los sabios—. Anoche no pude dormir y hoy la calle estaba llena de ebrios y maleantes que celebraban la justicia del Dogo.
—¡Chhhhhst! ¡Aquí llega!
Ludovico Manin entró sin agilidad y ocupó su asiento resoplando profundamente. Levantó el índice para exigir silencio y dar inicio a la reunión.
—Sabed que al alba un cañón francés acertó a una nave de la flota veneciana que se había acercado demasiado a la costa de Marghera.
—¡No!
—¿Hay víctimas?
—Al parecer no, solo daños menores. El lugarteniente extraordinario Coldumer había dado órdenes de no presentar batalla, solo tantearlos. No sabemos nada de si habrá prórroga o no. Debemos insistir y solicitar una prórroga adicional al general Baraguey d’Hillier. Es quien domina Marghera.
Se votó por mayoría enviar de inmediato a dos diputados al general.
—Queremos saber más, Serenísimo Príncipe. ¿Hay noticias de Querini?
El Dogo se indignó. La preocupación y la angustia les hacía perder las formas y el respeto a lo que representaba. Respondió con frialdad.
—Nuestro embajador Querini recibirá instrucciones que ya han sido cursadas. Deberemos esperar. —Por los rostros preocupados adivinó las intenciones de muchos. Viejos cobardes. Pondría remedio a eso—. Es nuestra
responsabilidad no dejar a la Serenísima sin nuestra prudente dirección. Por lo tanto, mientras esta conferencia siga en vigor, todos nosotros estaremos permanentemente encerrados en el Palacio Ducal. Se os asignará dónde alojaros. Como se comunica con palacio, en el Patriarcado hay espacio adicional. Nadie más entrará. Nadie más saldrá. Comeremos aquí. Dormiremos aquí. Qué menos que nuestro sacrificio en pos de un bien mayor. ¿Estáis de acuerdo?
Reluctantemente, todos asintieron. Vieron guardias armados. Los había ya por todas partes en el palacio, en los patios, en las galerías. No se repetirían los incidentes ni las huidas.
Y Pisani no se daba por vencido.
—¿No os bastan todas las evidencias? Me consta que tenemos doscientos tres leños armados disponibles. ¡Usémoslos! Usemos nuestras naves, carguémoslas de eslavos y dálmatas. No se lo esperan. Los franceses creen que estamos muertos de miedo, que no decimos nada a la población ni dejamos de celebrar fiestas por no causar un estado de pánico. Pues bien, desembarquemos en Marghera, hundamos toda su artillería, desfondemos esa flotilla de la que se rumorea y regresemos al mar. Será visto y no visto. Se quedarán intimidados y no hará falta ningún otro plan. Olvidémonos de Tierra Firme, ya está perdida para siempre, y concentrémonos en Venecia y en nuestras islas. No se atreverán a llegar. En el mar no tenemos rival.
—Os olvidáis de Napoleón Bonaparte.
—¡Y de que aún tenemos posesiones en tierra! —criticó Ruzzini.
—¡Imbéciles! ¡Viejos cegados y estériles! ¡Esto no es una enfermedad, es una gangrena, y si no se toman medidas definitivas todo estará perdido! ¿O no será que vuestros amigos franceses, esos a los que aplaudís en la ópera, os han prometido algo a cambio de vuestra blandura?
—¡Blasfemo!
El Dogo actuó e impuso orden; parecían niños de teta peleando por un juguete feo.
—Seremos prudentes en vez de imprudentes, y esa será mi decisión. Es la opción menos dañina ahora mismo para nuestra laguna. Pisani, retractaos. Estáis llamando mentiroso y traidor a un buen funcionario. ¿No habéis pensado que quizás eso es lo que quiere Napoleón, que cometamos ese error, que nos acerquemos con nuestra flota a la costa para en un golpe de mano derrotarnos y de paso hacerse con ella para cruzar y llegar hasta la mismísima plaza de San Marco?
—¡Quedarán los mercenarios!
—Los comprará con oro. O con tres días de saqueo. Basta ya de tanta tontería. Seremos prudentes. Pisani, os lo estoy ordenando. Pedid perdón a Ruzzini y retractaos de vuestras acusaciones.
—¡No quiero retractarme!
—¡Mal veneciano! —graznó Ruzzini sudando como un labriego abochornado y furioso.
El Dogo bufó. Sería una noche muy, muy larga.