El Veneciano

Blas Malo · Capítulo 38 de 40

Páginas del PDF

El Veneciano

Epílogo

 

EDICTO

 

1. Todo aquel que grite «Viva san Marco» será condenado a muerte. 2. Se prohíbe cualquier agrupamiento. Aquellos que así hagan, serán arrestados

como conspiradores contra la seguridad pública y serán condenados a muerte.

3. Todo aquel que realice discursos incitando a la insubordinación contra la

autoridad del gobierno será condenado a muerte.

4. Todo aquel que firme o difunda cartas difamatorias, o la enseña de san Marco,

y sea promotor o autor de tal señal de insurrección será condenado a muerte.

5. Aquellos autores e impresores de libros que exciten a la insubordinación

contra la autoridad del gobierno serán condenados a muerte.

6. Aquellos dueños, gerentes, cafeteros, gerentes de los casinos y otros negocios,

y sus subalternos, que no comuniquen a la comisión de salud pública la escucha en sus establecimientos de discursos que exciten a la insubordinación contra la autoridad del gobierno serán condenados a cinco años de cárcel.

 

VENECIA, 16 DE MAYO. MARTES

 

El orden quedó restablecido. En la violenta noche del viernes anterior, el puente de Rialto fue tomado al asalto con ayuda de la artillería por las tropas leales al Dogo, provocando una decena de muertos y dos centenares de heridos. Y tras eso, la multitud aterrorizada se dispersó. La euforia y las esperanzas de muchos se desvanecieron. El levantamiento había fracasado.

Según las clausulas finales estipuladas, una flotilla partió desde los muelles de la ciudad para recoger en las márgenes de la laguna a cuatro mil franceses armados e invitarlos a participar en el sostenimiento del orden y del imperio de la ley. Cuando el general Baraguey D’Hillier puso el pie en los muelles del sextiere del Arsenal dio comienzo una nueva era. Allí, al mando de la tropa leal, el caballero Juan Zusto, en sustitución del comisario Nicolás

Morosini, dio orden de arriar las banderas de San Marco izadas en las torres que guardaban el canal de entrada a las instalaciones navales. Nadie había podido encontrar al comisario. Las malas lenguas decían que, derrumbado por la presión de los acontecimientos después del último Gran Consejo, había huido a Dalmacia tras la rebelión de sus oficiales.

Arriadas las dos banderas del león de Venecia, se izaron en su lugar sendas banderas tricolores de la República de Francia.

El general francés había obligado a que embarcaran a su caballo y a los de sus oficiales. Zusto, de pie, intercambió una fría presentación formal y precedió al general y sus oficiales, que encabezaron la comitiva al frente de todos sus disciplinados soldados fusileros vestidos de casaca azul y bicornio negro con la escarapela tricolor roja, blanca y azul, desde el Arsenal hacia la plaza de San Marco. Al pasar junto al muelle del Palacio Ducal, el general señaló con su bastón de mando a una gran galera que permanecía desarbolada, atracada a uno de los postes del pantalán y oculta bajo una lona de rayas amarillas y rojas. La lona no ocultaba la larga proa de madera dorada ni la fila de remos entre volutas talladas embellecidas con pan de oro.

—¿Es el Bucintoro?

Juan Zusto dejó de andar. Asintió. Algunos de los caballos estaban soltando bostas apestosas sobre la calle. Que aquellos invasores se presentaran así era una ofensa más. Una parte de la humillación aceptada. Antes de que llegaran había ordenado sacar del Arsenal el barco ceremonial para que no fuera saqueado.

—Sigue siendo una galera, así que como barco de guerra ya no pertenece a Venecia. ¿Intentabais sustraerlo a nuestro control? Caballero Zusto, creí que estaba entre eso. Entre caballeros. Decepcionante. Sigamos.

Zusto sintió ganas de degollar a aquel francés presuntuoso.

Rodearon el Palacio Ducal. El general francés miró hacia arriba, hacia las columnas del león y de San Teodoro pisando el cocodrilo. Zusto resopló. O admiraba las esculturas o estaba pensando en derribarlas.

Tanto la placeta como la propia plaza frente a la basílica estaban atestadas de ciudadanos. Los cascos de los caballos resonaron sobre el enlosado de piedra. La tropa veneciana estaba dispuesta en dos filas, flanqueando la fachada y los soportales del palacio. La llegada de Zusto y de los franceses fue recibida con gritos aislados y suspiros. La clase baja, el pueblo llano, contemplaba atónito cómo los franceses se hacían dueños de la ciudad. Los viejos pescadores lloraban de tristeza mientras aplaudían aquella farsa,

gritando sin cesar «¡Viva la Libertad!».

El general y sus oficiales se detuvieron frente a los tres mástiles y a la basílica. Admiraron sus cúpulas, sus mármoles bizantinos, sus columnas, botín de guerra de la lejana Constantinopla. Admiraron los cuatro caballos de bronce en lo alto de la fachada y el general pensó que robar lo que una vez ya fue robado no era robar, sino una retribución de la justicia, y también de los derechos de conquista.

Las banderas de Venecia que ondeaban en los mástiles conmemorativos de los reinos de Candia, Chipre y Morea fueron arriadas. Zusto, frente a ellos, recibió tres enseñas tricolores. Las entregó a los oficiales junto a los mástiles. Las izaron. San Marco había dejado de ser veneciana. Los caballos piafaron mientras sus excrementos ensuciaban la plaza.

Pero Marco Lascaris no se había quedado a contemplarlo. Después de la noche de terror tras el último consejo, Ludovico Manin, nunca más Dogo de Venecia, habló en su favor ante Villetard. El comisario francés consintió en entregar el salvoconducto de salida de las islas al embajador inglés y también al ruso, y en pago a la rápida represión de la insurrección aceptó también firmar el salvoconducto del mercader de sal.

La amnistía del gobierno provisional en tanto se instauraba la municipalidad no era garantía de nada para el mercader. Seguía temiendo a Villetard. Y no soportaría el gobierno de los franceses. El barco de Chipre llegó a la mañana siguiente tras la noche del puente de Rialto. Sin descargar la mercancía, Marco Lascaris se embarcó junto a su mujer y sus hijos rumbo a Dalmacia, refugio de quienes aún esperaban escapar de la sombra de Napoleón Bonaparte.

El mar, siempre el mar. Eterno, inmutable. Desde la proa, dejó que la espuma del mar le rodeara. Para él ya no habría más Consejo, más carnaval, más Bucintoro ni más Venecia. Lentamente, se quitó el anillo del dedo anular de la mano derecha que representaba su compromiso como senador. El mar encrespado esperaba un último sacrificio. Marco Lascaris pensó en Tortelli. En Silvio el zapatero. En el viejo Tiresias. Pensó en la desdichada Casandra. Alzó la mano hacia el mar. Una ola repentina sacudió el barco con violencia. El maderamen crujió. Lo contempló por última vez, redondo, dorado y precioso. Lo dejó caer al mar, que lo engulló para siempre.

—Hice lo que pude. No fue suficiente. Adiós, Venecia.

El mar, escuchando sus palabras, saltó por encima de la borda con su espuma. El mercader se volvió y regresó junto a su familia. Antonio y Sofía se cogían de la mano; ella posaba la otra en su vientre embarazado. Beatriz le

sonrió mientras jugaba con Ana, bajo la atenta mirada de su mujer Adriana. Qué hermosa y serena estaba ahora que todo había pasado. Marco Lascaris suspiró. Sería abuelo, y eso le daba esperanza entre tanta tristeza. Se agarró a una rugosa jarcia con la mano izquierda. Esperanza, qué palabra tan frágil, reflexionó. Se masajeó el pecho con la mano libre. Qué breve era la vida, y qué sinsentido desperdiciarla. Allá, en el horizonte lejano más allá de las aguas, le esperaba la libertad perdida.