El Vikingo

Bobbi Smith · Capítulo 8 de 22

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El Vikingo

Capítulo 7

El tiempo transcurría con lentitud para Dynna y Matilda mientras se turnaban en aplicarle compresas de agua fría a Brage. Empezaban por el cuello y, sin tocar el hombro herido, le humedecían la espalda hasta el borde de la sábana que le cubría la cintura. Era casi medianoche cuando Dynna notó que Matilda apenas lograba mantener los ojos abiertos.

—Vete a dormir —le ordenó—; tiéndete en el camastro.

—No, milady. No puedo dormir sabiendo que vos también estáis exhausta.

—Una de nosotras ha de descansar mientras pueda.

—¿Estáis segura?

Dynna asintió con la cabeza.

—Él está tranquilo —observó—. Te despertaré si te necesito. Ahora debo velar su sueño. Dormiré después, lo prometo.

Matilda obedeció y se durmió con rapidez. Dynna permaneció junto a la cama del vikingo. Estaba agotada, pero no era momento de preocuparse por ella: quien la preocupaba era Brage. Todos sus esfuerzos por refrescarlo resultaron inútiles y la fiebre aumentaba cada vez más.

Le apoyó una mano en la frente, sintió el calor seco que lo consumía y comprendió que debía volver a aplicarle una compresa fría. Cogió el cuenco y fue a llenarlo con el agua del cubo junto a la puerta. Mientras vertía un poco en el cuenco, oyó gemir a Brage y corrió a su lado.

—Traidor… —oyó que murmuraba con los ojos cerrados, arrastrando las palabras debido a la fiebre—. Lo sabían…

—Chsss… Tranquilo… Todo irá bien —susurró Dynna y le aplicó el paño mojado en la espalda con movimientos suaves.

Brage no reaccionó; tampoco parecía oírla.

—Encontrarlos… He de encontrarlos… —murmuró, y se removió en el lecho, inquieto. Dynna temió que la cataplasma se desprendiera.

—Tranquilo, vikingo mío —repitió en voz baja—. Más adelante podrás ir en busca de lo que sea. Por ahora has de quedarte quieto y curarte.

Continuó aplicándole paños fríos y trató de considerarlo sólo como alguien que estaba herido y necesitado de su ayuda. Pero al seguir tocándolo una y otra vez, recorriendo su cuerpo musculoso con las manos, no pudo dejar de notar la belleza viril de su espalda y sus hombros. Era un hombre de complexión fuerte y, aunque ella estaba acostumbrada a los hombres bien afeitados, le pareció apuesto pese a la tupida barba. Se preguntó qué aspecto tendría si se afeitara y decidió que en cuanto hubiese pasado aquella crisis, lo acicalaría: lo afeitaría y le cortaría el pelo.

—¡Ulf!

Brage profirió el nombre en voz alta y Dynna despertó de su ensoñación.

—Otra vez él me protege las espaldas… —exclamó; su voz era una mezcla de grito y carcajada áspera—. Está caliente… Demasiado caliente… ¡Kristoffer! ¡No!

Presa de un pánico febril, con los ojos desorbitados, Brage trató de incorporarse. Dynna corrió a su lado y le habló en tono sereno, lo obligó a tenderse y volvió a acariciarlo con un masaje refrescante.

Brage alzó la mirada y contempló a la mujer inclinada por encima de él. En la penumbra de la habitación iluminada con velas parecía etérea, como un sueño, una visión que flotaba ante él en medio de la bruma causada por la fiebre. Era bella: sus cabellos oscuros, su vestido de líneas suaves, sus rasgos hermosos… Logró lanzarle una sonrisa torcida al tiempo que trataba de ignorar el dolor.

—Ah, valkiria… Así que por fin has venido por mí.

—No soy una valkiria. No quiero veros en el Valhala, vikingo. Bebed esto. — Dynna presionó una copa contra sus labios; contenía una poción que esperaba que le hiciera bien.

Brage bebió cuanto pudo y después se desplomó en el lecho y cerró los ojos.

—La leyendas eran ciertas —gimió—. Las valkirias son las más bellas de todas las mujeres…

Cuando por fin volvió a sumirse en el sueño, Dynna notó que estaba temblando. Temía que su delirio aumentara y que se lastimara al revolcarse en la cama. Durante un momento pensó en atarlo, pero la idea le pareció repugnante. Ya había estado encadenado bastante tiempo. Además, pensó, se había tranquilizado cuando le habló. Rogó que siguiera escuchándola, porque si decidía levantarse de la cama no sabía si podría impedírselo.

 

Durante dos días y dos noches, Dynna permaneció junto a Brage, que se debatía contra la muerte. Sin embargo, su estado empeoró y la elevada fiebre puso al límite su talento como sanadora. Casi no dormía, sólo echaba una cabezadita ocasional sentada en la silla.

Las visitas cotidianas de sir Edmund suponían un sufrimiento. Siempre que lo veía, recordaba que cada día la boda estaba más próxima, y la idea acabó con su ya precaria serenidad.

La tercera noche, cerca de medianoche, Dynna y Matilda estaban sentadas en la habitación que se había convertido en una cámara de tortura para ellas.

—¿Sobrevivirá a esta noche? —preguntó Matilda.

—No lo sé —contestó Dynna de veras, lanzándole una mirada de preocupación a su criada—. Hace horas que no bebe ni una gota.

—No hay nada más que podáis hacer, milady. Lo habéis intentado todo.

—Sólo nos queda rezar —repuso Dynna en tono solemne, y contempló los rasgos enrojecidos del vikingo.

Brage sonrió. Estaba en su hogar, con su padre y sus hermanos, cazando, montando a caballo y disfrutando de la vida. Las cimas de las montañas estaban nevadas y las aguas eran frescas y tentadoras. El hogar…

Miles de imágenes se agolpaban en su cabeza. A lo lejos veía a la encantadora Inger saludándolo con la mano, llamándolo. Recordó el dulce adiós de la beldad rubia. Sus besos insinuaban que ansiaba su regreso, y él sabía que lo estaría esperando. Curiosamente, saberlo no lo excitaba, aunque sospechaba que su padre se sentiría muy complacido si se casaban.

De repente sintió calor, un calor extraño. Anhelaba encontrarse en lo alto de las montañas, donde el aire era puro y frío. El calor ardiente le palpitaba en las venas y Brage se removió, tratando de encontrar el frescor de la brisa, queriendo que el aire glacial lo envolviera, pero no fue así. Sólo existían el dolor atroz y las llamaradas que le atravesaban el cuerpo. Se agitó, incapaz de sufrir en silencio y seguir negando el tormento que sentía.

—Tranquilo, vikingo mío —dijo una suave voz femenina entre las brumas—. No os mováis, dejad que os ayude.

—¿Ayudarme? —preguntó con voz profunda y áspera.

Durante un momento no ocurrió nada. Luego volvió a sentir los movimientos refrescantes. Brage notó que el ritmo de las caricias con el paño húmedo era casi sensual. Sintió frío y se estremeció.

—Eso está mejor —dijo la mujer—, mucho mejor.

Las caricias continuaron y cada roce del paño fresco apagaba el fuego que lo consumía.

Brage luchó por emerger del abismo de dolor y por fin logró abrir los ojos. Vio a una bella mujer y le pareció conocida, pero no logró recordar dónde la había visto antes.

—Aún estáis aquí…

—No os dejaré hasta que la fiebre haya bajado. —Dynna le tocó el hombro.

El roce de su mano era fresco y Brage volvió a cerrar los ojos. La paz estaba próxima. Si sólo lograra alcanzarla…

Entonces lo invadieron los recuerdos de la batalla, y la paz que anhelaba desapareció en cuanto se le aparecieron las imágenes de sus compañeros muertos.

—¡Ulf! ¡Cuidado! Lo saben… ¿Quién puede habérselo dicho a lord Alfrick? ¿Por qué alguien habría de traicionarnos?

—No os preocupéis tanto, vikingo. Todo ha pasado. Descansad y dejad que vuestro cuerpo sane. —Las palabras de la mujer le llegaron a través de la bruma causada por el dolor.

—No puedo olvidar… —murmuró, porque sabía que entre los hombres de su padre había un traidor, sabía que debía encontrarlo y desenmascararlo antes de que causara más muertes entre los vikingos. El traidor debía recibir su castigo—. No olvidaré.

Trató de incorporarse, pero unas manos suaves lo obligaron a tenderse.

—No os resistáis. Descansad. Más tarde habrá tiempo para librar vuestras batallas, pero ahora no es el momento.

Brage quería levantarse y buscar al hombre que había causado la muerte y la destrucción de él y de sus hombres. Su ira era tan ardiente como la fiebre.

—No tenéis fuerzas, guerrero. No podríais luchar, puesto que ni siquiera podéis blandir vuestra espada. Descansad. Recuperad vuestras fuerzas. Si os agitáis con tanta violencia pondréis en peligro vuestra vida…

La voz y las manos que lo tranquilizaban tenían efecto sobre su cuerpo, pero toda la sabiduría y la bondad del mundo no podían aliviar la pena que lo embargaba. Sus hombres habían muerto y, dado que era su jefe, suya era la responsabilidad.

—Bebed esto —dijo Dynna.

Una copa le presionó los labios y, ante la insistencia de la mujer, bebió la amarga poción. Unos instantes después, al recostarse, se sumió en el olvido y volvió a dormirse; al menos aquel remedio logró proporcionarle cierta paz.

 

El vigía de Anslak anunció el avistamiento de las naves haciendo sonar el cuerno. El sonido retumbó a través de los fiordos y anunció a los habitantes de la aldea que algunos de los suyos regresaban de sus aventuras en tierras remotas.

Como siempre cuando una nave regresaba a casa, todos corrieron a observar su llegada. Suponían que llegaría otro de sus hombres, uno de los mercaderes que había partido hacia el este hacía muchos meses.

Cuando oyó la llamada del cuerno, Anslak recorría los campos a caballo, animando a los agricultores. Complacido ante el regreso de uno de sus hombres, espoleó el corcel y galopó hasta la orilla del mar, esperando ver las riquezas y saber los relatos que traería el mercader.

Cuando Anslak alcanzó la cima de la colina que daba al fiordo, refrenó su corcel. Cuando divisó la vela del Halcón Negro se quedó inmóvil. Brage había regresado…

El jefe vikingo estaba eufórico ante el rápido regreso de su hijo, creyendo que el ataque había sido exitoso. Debían de haber atacado y saqueado con rapidez, y después escapado. Orgulloso de su hijo galopó colina abajo, ansioso por obtener información sobre el ataque.

Tove, la segunda mujer de Anslak y madre de Kristoffer, oyó el llamado de los cuernos y se apresuró a unirse a los demás para darle la bienvenida. Ella también se sentía sorprendida por el pronto regreso de las naves de Brage, y permaneció junto a los aldeanos, esperando recibir buenas noticias.

Anslak alcanzó al grupo y al ver a su mujer se apeó del caballo y se acercó a ella.

—Nadie lucha como los guerreros del Halcón Negro —exclamó en un tono que rezumaba orgullo—. Estoy seguro de que estuvieron a la altura de su reputación, de lo contrario, ¿por qué habrían regresado tan pronto?

—¿Puedes ver a Kristoffer? —Tove mantenía la vista clavada en las embarcaciones buscando a su único hijo.

Anslak se protegió los ojos con la mano y escudriñó la nave capitana, tratando de reconocer a los hombres que iban a bordo.

—Veo a Ulf…

Tove aguardaba presa de la impaciencia.

—Y a nuestro hijo —añadió Anslak.

—Regresa sano y salvo —dijo Tove, sonriendo—. Eso es bueno. Ya empezaba a echarle de menos.

—Y pensar que eres la mujer de un vikingo… —se burló Anslak. Ella nunca parecía acostumbrarse a que Kristoffer participara en las incursiones. Aunque era un hombre hecho y derecho, aún lo adoraba como si fuera un bebé.

—También te echo de menos a ti cuando te marchas y siempre me alegro cuando regresas —dijo Tove, y le rodeó la cintura con un brazo.

—Lo sé —repuso él, con una risita sensual que cubrió de rubor las mejillas de su mujer.

Anslak volvió a dirigir la mirada a las naves y observó como se acercaban a la costa. En cuanto los hombres empezaron a desembarcar se elevaron vítores celebrando su regreso. Pero los vítores se apagaron en cuanto vieron que muchos de sus seres queridos no se encontraban entre los guerreros.

—¿Dónde está mi Seger? —preguntó su esposa, Marta, a la mujer que estaba a su lado.

—Tampoco veo a mi Neils. ¿Y dónde está Brage? El Halcón Negro suele ser el primero en pisar la orilla.

Ulf y Kristoffer bajaron de la nave capitana y se dirigieron hacia la multitud con una expresión sombría que reflejaba las graves noticias que traían.

—Kristoffer… Ulf… ¿Dónde está Brage? —preguntó Anslak de inmediato, y su expresión se tornó angustiada al tiempo que su mirada oscilaba entre ellos y la nave.

—Las noticias no son buenas, padre —dijo Kristoffer. Había temido ese momento todo el viaje. ¿Cómo decirle a su padre que Brage había caído…, que estaba muerto?

—¿Qué ocurrió?

Los aldeanos se aproximaron para escuchar. Los que vieron a sus parientes echaron a correr hacia ellos. Los que no los encontraban querían saber qué había sido de ellos.

—De camino a la torre de lord Alfrick sufrimos una emboscada. Era como si los sajones supieran con antelación que llegaríamos. Muchos hombres cayeron… — explicó Ulf, con la mirada oscurecida por el dolor.

—¿Y Brage? ¿Qué hay de Brage? —insistió Anslak; su expresión se endureció en previsión de lo que estaba a punto de averiguar—. ¿Dónde está mi hijo?

—Está muerto, padre —dijo Kristoffer—. Murió en la batalla.

La noticia provocó gritos de horror.

—¿Brage ha muerto? —Anslak estaba aturdido.

Kristoffer le contó todo lo que había causado la tragedia.

—Estaba tan seguro de poder sorprender a lord Alfrick… —afirmó Anslak—. ¿Cómo pudo suceder?

Ulf y Kristoffer intercambiaron una mirada. Luego Ulf contestó:

—Lo único que se me ocurre es que, de algún modo, los sajones averiguaron nuestros planes. Eran muy numerosos y estaban bien armados. Era como si se hubiesen preparado para el ataque.

—¿Cuántos hombres hemos perdido? —preguntó Anslak, recorriendo a los que desembarcaban con la mirada.

—Más de cincuenta —le dijo Kristoffer.

Entonces los aldeanos comprendieron que muchos de sus seres queridos no se encontraban entre los sobrevivientes y se echaron a llorar.

—¿Estás seguro de que Brage ha muerto? —repitió Anslak.

—Lo vi caer. —Ulf mantenía la vista clavada en el suelo, incapaz de mirar a su padre a los ojos.

—Ulf y yo regresamos de noche para tratar de encontrarlo, pero los sajones habían quemado los cuerpos. No quedaba nada… —dijo Kristoffer, con voz abrumada por la tristeza.

Anslak se quedó petrificado tras recibir la noticia. Brage… Su amado hijo, muerto.

Se le aparecieron imágenes mentales de Brage: regresando triunfante tras su primera incursión; descollando sobre sus iguales hasta convertirse en su jefe indiscutido; confiado y dispuesto a navegar hasta la costa sajona…

Sus pensamientos retrocedieron en el tiempo y recordó el nacimiento de Brage, y a Mira, su amada primera mujer, que murió al darle a luz. Mira… Sintió una punzada de dolor al recordarla. Brage era el único vínculo que lo unía a su adorada Mira, y ahora estaba muerto, como ella. El dolor atroz que le taladraba el pecho era casi insoportable.

Tove lo miraba fijamente, boquiabierta e incrédula.

—Brage no puede estar muerto. Era el mejor de los guerreros. ¿Cómo pudo haber ocurrido esto?

—Nos superaban en número y casi lograron rodearnos. No tuvimos oportunidad de tomar la torre —continuó Ulf—. Cuando Brage murió, los hombres comprendieron que la batalla estaba perdida. Nos retiramos a las naves y, después del intento de encontrar a Brage aquella noche, regresamos aquí.

—¡Oh, Anslak…! —Tove abrazó a su marido tratando de consolarlo—. Lo siento mucho.

Anslak se dirigió a Ulf y a Kristoffer, atormentado por una pena atroz.

—Hablaremos de ellos más adelante —dijo y, rodeando a Tove con el brazo, apartó la mirada de los drakkar de Brage y la vela rojo sangre con el emblema del Halcón Negro.

Aquella noche, los hombres se reunieron en la habitación principal de la casa de Anslak para hablar del viaje. Estaban de un humor solemne. Habían estado próximos a la muerte y los que sobrevivieron sabían que eran afortunados de seguir con vida.

Todos lloraron la muerte del Halcón Negro, cada uno a su manera. Cuando sirvieron vino y cerveza, muchos alzaron las jarras y los cuernos en su honor. Todos sabían que el Halcón Negro estaba en el Valhala. Era un jefe valiente e intrépido caído en el campo de batalla. Nadie estaba a su altura y sus compañeros lo echarían de menos.

Anslak estaba desolado. Su confianza en las aptitudes de su hijo jamás le había permitido considerar que quizá no regresara de una incursión. Esa noche lloraba su muerte, bebiendo vino y lamentando no haber podido despedirse de Brage.

—Brindo por mi hijo —dijo, con la voz embargada por la emoción y los ojos llenos de lágrimas. Se puso de pie y alzó el cuerno—. ¡Brindo por el Halcón Negro!

Sus hombres lanzaron vítores y ellos también brindaron por Brage.

Ulf los imitó; después dejó su jarra a un lado y salió de la habitación con expresión tensa.

Anslak volvió a tomar asiento. Al otro lado de la mesa, Kristoffer observó a su padre y deseó poder aliviar su tormento.

—¿Cómo pudo haber ocurrido una cosa semejante, Kristoffer? Brage planeó el ataque con mucho cuidado. Y las runas le profetizaron que obtendría un gran tesoro, el más grande obtenido jamás. —Al recordar la profecía, la voz de Anslak se volvió desdeñosa—. ¿Cuál es ese gran tesoro? ¿Valhala? Hubiese preferido que obtuviera oro y aún estuviera entre nosotros —añadió en tono amargo.

—No sé cómo pudo ocurrirnos —contestó Kristoffer—. Sólo sé que parecían conocer nuestros planes tan bien como nosotros.

—Pero ¿cómo?

—¿Acaso gracias a un traidor? Porque de lo contrario ¿cómo es posible que lord Alfrick estuviera tan bien armado?

Anslak le lanzó una mirada aguda.

—¿Quién traicionaría a su jefe? —preguntó—. Los únicos que conocían sus planes eran su familia y sus mejores guerreros. ¿Quién se convertiría en un traidor?

—¿Quién, en efecto? —repuso Kristoffer—. No he dejado de pensar en ello desde la batalla. ¿Quién saldría beneficiado si Brage moría? ¿Quién quería apoderarse de todo lo suyo? Y aún más: ¿Quién quería hacerse con su honor y ocupar su lugar como jefe?

Anslak miró a los guerreros sentados en torno a la mesa. El único que no estaba presente era Ulf y se preguntó dónde habría ido.

—No lo sé, pero lo averiguaré, aunque sea lo último que haga —aseguró.

Guardó silencio y pensó en Brage. Su hijo había sido un guerrero precavido, tan astuto como poderoso. Para que algo tan terrible pudiese suceder, el traidor tenía que ser alguien en quien Brage confiaba. La posibilidad de que alguien de la habitación hubiera traicionado a su hijo lo enfureció, y golpeó la jarra contra la mesa para llamar la atención de los presentes.

—¡Prestad atención a mis palabras! —bramó—. Corren rumores y sospechas de que una traición ha costado la vida a mi hijo y a sus hombres. —Hizo una pausa mientras un trasfondo de inquietud recorría la habitación—. ¡Si uno de vosotros traicionó a Brage, ha de saber que lo perseguiré hasta el fin del mundo y lo haré pagar por su muerte!

Los hombres volvieron a soltar un rugido de aprobación; quienes habían perdido a sus amigos en la batalla también estaban ansiosos por encontrar al responsable.

Anslak deseaba fervorosamente identificar al hombre que había causado la muerte de Brage. Trató de adivinar quién podría haber sido; dudaba de que fuera uno de los hombres que navegaron con él, puesto que sólo un tonto hubiera traicionado a su jefe y después participado en el ataque. Tenía que tratarse de alguien que había escuchado sus planes y alertado a los sajones, pero ¿quién? La posiblidad de no descubrirlo jamás lo frustraba. Se trataba tanto de un cobarde como de un asesino y Anslak estaba convencido de que merecía arder en el infierno.

 

Cuando Ulf se alejó de la casa era casi de noche. Oyó a su padre jurando que encontraría al traidor y su estado de ánimo se tornó aún más lúgubre. Se dirigía a la orilla del mar, con la esperanza de encontrar un poco de paz, cuando oyó el llamado de una mujer.

—¡Ulf! ¡Aguarda! ¡He de hablar contigo!

Se giró y vio a Inger corriendo hacia él. Cuando se acercó, notó su expresión desesperada y angustiada y comprendió que se había enterado de la muerte de Brage.

Ulf sabía que Inger siempre había albergado la esperanza de que algún día su hermanastro se casara con ella, pero no estaba seguro de que las intenciones de Brage fueran las mismas. Aunque era bonita (su cabello era rubio plateado, sus ojos azul claro y tenía una figura esbelta) no tenía la impresión de que Brage la amara. Su hermano sólo la había mencionado de pasada, y sin manifestar una gran pasión.

—¡Dime que no es verdad, Ulf! —exclamó Inger cuando se detuvo ante él. Las lágrimas le empapaban el rostro y le tendió sus manos temblorosas—. ¡Brage no puede estar muerto! ¡No es posible!

La expresión de Ulf se ablandó al contemplar su dolor. Sus sentimientos eran auténticos. Ser el que le confirmaba las malas noticias le resultaba incómodo, pero no había manera de suavizar el golpe.

—Lo lamento, Inger.

—¿Lo lamentas? ¿Qué es lo que lamentas? —preguntó con voz atormentada, cogiéndolo del brazo.

—Lo que has oído es verdad. Brage murió durante el ataque, al igual que muchos de sus hombres.

—Pero dijeron que no recuperasteis su cadáver. Aún podría estar vivo. Podrías regresar a por él… —suplicó, negándose a aceptar la verdad y la pena que la acompañaba.

—Inger —prosiguió Ulf en tono bondadoso—, tanto Kristoffer como yo lo vimos caer. No se levantó. Incluso regresamos esa misma noche después de la batalla para buscarlo, pero sólo encontramos las piras funerarias. Mi hermano no sobrevivió.

—Pero a lo mejor sólo…

—Basta —la cortó Ulf—. ¿Acaso crees que Kristoffer y yo no iríamos adonde fuera y haríamos lo que sea para regresar con su cuerpo? Pero era demasiado tarde, Inger. Lo mataron por la espalda. No habrá ningún rescate. Nuestros enemigos quemaron su cuerpo, no volveremos a verlo.

Cuando asimiló la horrenda verdad, Inger soltó un sollozo y se tambaleó. Creyendo que estaba a punto de desmayarse, Ulf la cogió en brazos.

—Inger… —Pronunció su nombre en tono dubitativo, sin saber qué hacer con ella.

—Lo siento, Ulf —repuso ella con voz entrecortada—, pero no logro creer que esté muerto… —Inger siempre había sabido que las incursiones eran peligrosas, pero Brage parecía invencible.

—Debes tratar de aceptar que nunca regresará, todos hemos de hacerlo.

 

Brage despertó lentamente. Le dolía todo el cuerpo, pero de algún modo era un dolor diferente al anterior. Levantó la cabeza para echar un vistazo alrededor, y se asombró al ver a lady Dynna sentada junto a la cama.

Brage albergaba un recuerdo vago y enturbiado por la fiebre: ella había tratado de prestarle ayuda cuando estaba encadenado, y también había cuidado de él cuando lo trasladaron a la habitación.

Se apoyó en un codo y vio que estaba dormida. La contempló atentamente y notó que parecía exhausta. Manchas oscuras le rodeaban los ojos, estaba encorvada y se preguntó por qué estaría tan cansada.

De pronto permanecer tendido le resultó insoportable. Hizo un esfuerzo por incorporarse y entonces un dolor punzante en el hombro hizo que recordara la herida; soltó un gruñido de dolor y comprendió que no debía hacer movimientos bruscos.

Dynna no tenía intención de echar una cabezadita, pero las horas interminables de vigilia la habían afectado. Matilda se había marchado para cumplir con otros deberes y Dynna se había quedado a solas con el vikingo, a excepción del guardia apostado delante de la puerta. Había vuelto a aplicarle paños húmedos con la intención de vencer la aborrecida fiebre, pero todos sus esfuerzos parecían vanos. En el transcurso de los últimos días, ninguno de sus intentos había surtido efecto sobre la fiebre que lo abrasaba. Totalmente agotada, casi se había desplomado en la silla tras tratar de obligarlo a beber otra dosis de su pócima.

Pero el gruñido de dolor la despertó de inmediato. Suponía que se encontraba peor y estaba preparada para hacer lo que fuera necesario. Cuando lo vio sentado en la cama casi entró en pánico.

—No os mováis. Tened cuidado. Quedaos quieto… —le advirtió, creyendo que deliraba y temiendo que se hiciera daño—. Os ruego que os quedéis quieto. Volveré a lavaros y después…

—¿Lavarme? —preguntó.

La cordura de su tono la dejó perpleja.

—¿Os encontráis mejor? —preguntó, y por primera vez lo miró a los ojos. Luego se apresuró a tocarle el hombro y la frente. Dynna suponía que aún estaría afiebrado y, al descubrir que estaba fresca, se animó y sintió un gran alivio.

—Así parece.

—Estáis mejor… —Dynna sonrió, y fue su primera sonrisa en muchos días—. Será mejor que volváis a acostaros.

—No puedo. He de quedarme sentado. Hace demasiado tiempo que no me muevo. —Y al decirlo, comprendió que era verdad, porque se sentía aletargado y débil, y era como si la habitación girase en torno a él.

—Habéis estado muy enfermo. Teníais mucha fiebre y durante los dos últimos días temí que no sobrevivierais —le explicó.

—¿Por qué habría de importaros si vivo o muero, milady? ¿Por qué os esforzasteis en salvarme? —preguntó mirándola fijamente.

Dynna había descubierto el poder de su mirada de ojos azules la primera vez que se encontró frente a él. Y en ese instante, cuando sus miradas se cruzaron, le pareció que la de Brage penetraba hasta lo más íntimo de su ser y desvió la suya, ruborizándose.

—Hubiese hecho exactamente lo mismo por cualquier animal herido —murmuró.

Sus palabras hirieron al vikingo. La cogió del brazo y la obligó a girarse.

Dynna clavó la vista en la mano aferrada a su brazo, perpleja ante las sensaciones inquietantes que le provocaba el contacto.

—Pues no os creo —dijo él.

—Creed lo que os parezca. —Dynna procuró sonar indiferente.

—Creo en lo que sé, y sé que los sajones nunca hacen nada sin un motivo. Así que decidme, milady, ¿qué planeáis? ¿Qué queréis de mí?

—No quiero nada de vos —insistió Dynna.

—Entonces ¿por qué me salvasteis? —preguntó sin dejar de mirarla—. ¿Por qué no me dejasteis morir?

—Cuando vuestros hombres nos descubrieron a Matilda y a mí y nos llevaron ante vos la mañana anterior a la batalla, podríais haber ordenado que nos mataran, pero no lo hicisteis. No podía permitir que sufrierais algún daño.

Durante un largo momento, Brage la contempló en silencio, sin saber si creerla o no. Intuía que ella se callaba muchas cosas, pero optó por no seguir preguntando. Por ahora le seguiría el juego y agradecería el hecho de estar vivo. Entonces la soltó.

—En ese caso, os agradezco vuestra ayuda. Es obvio que sois una sanadora de mucho talento. Me encuentro mejor —dijo por fin y, al mover el hombro para comprobar su estado, sólo hizo una mueca.

Dynna se alegró de que la soltara. Había algo en el roce de sus manos, cuando la sujetaba sin hacerle daño, que la perturbaba. Se entretuvo trayéndole una copa de su pócima curativa para no tener que pensar en los desconcertantes sentimientos que despertaba en ella.

—Bebed esto.

—¿Qué es? —preguntó él.

—Un tónico que os ayudará a recuperar fuerzas. Mandaré que os traigan algo de comer. Hace días que no probáis bocado y no empezaréis a sentiros mejor hasta que hayáis ingerido algo sólido.

Brage estaba de acuerdo. Quería recuperar sus fuerzas… y cuanto antes, mejor. Ignoraba qué querían de él los sajones, pero quería tener fuerzas para enfrentarse a ellos cuando llegara el momento.

—Hay algo más. —Ante la mirada inquisitiva de ella, añadió—: Me vendrían bien un par de pantalones.

Dynna no pudo evitar que el rubor le cubriera las mejillas.

—Desde luego.

Por el momento, Brage decidió que seguiría fingiendo ser un inválido, que Dynna pensara que estaba más débil de lo que realmente estaba. No quería que volvieran a encadenarlo. De ese modo, podía moverse un poco y tal vez descubrir un modo de escapar. Porque estar encadenado a la pared en la Gran Sala suponía perder toda esperanza.

Observó a Dynna mientras abría la puerta y hablaba con el guardia. No resultaría fácil salir de allí, pero en cuanto se presentara la oportunidad, la aprovecharía.